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Capitulo XVII La fidelidad de Dios
"Conoce, pues, que Jehová
tu Dios es Dios, Dios fiel..."
(Deut. 7:9). La infidelidad es una de las características más sobresalientes de estos días malos. ¿Quién no ha sufrido a manos de la infidelidad de los hombres? ¿Dónde encontraremos al hombre que no ha sido culpable, al menos en alguna medida, de este gran pecado? En el mundo económico casi todas las fallas son el resultado de la infidelidad de los deudores o los empleados. En la esfera social la infidelidad marital ha venido a ser un terrible azote; los sagrados votos matrimoniales son quebrantados con la facilidad con que uno tira la ropa vieja a la basura. En el mundo político las promesas pre-electorales son rotas de manera poco seria en contraste de como fueron hechas. En los asuntos internacionales los acuerdos entre las naciones son tratados meramente como papel de desperdicio. Una vez que los hombres aprenden que no se puede confiar en otros, existe temor y alarma por todas partes. También en la esfera religiosa la infidelidad es tan evidente como en todas las demás partes. Multitudes que profesan creer en la Biblia, son ignorantes de grandes porciones de ella, la citan fuera de su contexto, y al mismo tiempo buscan explicar mucho de ella quitándole su verdadero significado. (Nota del Traductor: El autor se refiere a que muchos profesantes no solo son ignorantes de las enseñanzas bíblicas, sino también al hecho de que secularizan o contemporarizan sus enseñanzas, tratando de entenderlas y adecuarlas según la perspectiva del hombre moderno.)
Enfermo de humanidad
Un reportero de uno de los más grandes diarios de América, quien testificaba de la batalla de Alcázar en España, en medio de la balas y empapado en sangre, en una guerra desgarradora; cuando yacía en la cama de un hospital en Francia, llamó a su Director hasta el otro continente y le dijo: "¡Estoy enfermo de humanidad!" La raza humana comenzó su carrera hacia abajo en el jardín del Edén, con la infidelidad a su Creador, y por el mismo pecado se está destruyendo a sí misma. Tengo una pregunta que nos ayudará a escudriñar nuestros corazones: ¿Hemos sido nosotros la causa de dolores para otros debido a nuestra infidelidad? ¿Le ha provocado dolor o sufrimiento por su infidelidad a su esposa, esposo, sus hijos, sus padres, sus vecinos, su pastor, sus hermanos en la fe o alguien más? Recuerde que las lágrimas causadas por las ofensas son guardadas en la redoma del Señor, para ser presentadas como una evidencia en el día del juicio.
El Dios fiel
Hay Uno quien es grande en
fidelidad. La fidelidad es una perfección en Dios por la cual El es fiel
a Su Palabra y a todos sus compromisos pactados. El nunca quebrantará un
contrato consigo mismo o con alguna de sus criaturas. Lo que El se ha
propuesto es lo que El hará, y lo que El ha prometido es lo que El
realizará. Las mentiras son uno de los pecados que más se han extendido
en todos los tiempos. Fue el creer en una mentira lo que causó la ruina
de la raza humana. Adán y Eva dieron la espalda a la palabra de Dios y
siguieron al padre de mentira. Y todos sus hijos han seguido sus pasos.
En el pasado, los hijos de Israel inclusive rogaban a sus profetas que
les predicasen mentiras. Ellos clamaban: "No nos profeticéis lo
recto, decidnos cosas halagüeñas, profetizad mentiras" (Isa. 30:10).
En nuestros días la mentira ha sido disimuladas con la gran palabra
"propaganda". La tendencia a decir y creer mentiras es uno de los hechos más alarmantes de la historia humana. Solamente un hombre ha sido encontrado lleno de verdad en todos sus dichos, y en su boca nunca hubo engaño. Y este fue el Dios-hombre, Cristo Jesús, la verdad encarnada (vea Isa. 53:9).
Dios es fiel consigo mismo
De Dios leemos que: "El permanece fiel, no se puede negar a sí mismo" (2Tim. 2:13). Esto significa que El será completamente fiel en realizar todo aquello que se ha propuesto. En Rom. 8:28 está escrito que: Todas las cosas cooperan para el bien de aquellos que aman a Dios y que conforme a su propósito son llamados. Retrocediendo en la eternidad podemos ver que había un pueblo conocido (amado) y predestinado, al cual Dios se propuso llamar, justificar y glorificar. Este era un propósito secreto conocido solamente a Dios mismo y no una promesa hecha a los hombres, pues el hombre aún no llegaba a existir. Entonces, si Dios fallara en llamar, justificar y glorificar a los que antes conoció y predestinó, El no sería fiel o veraz consigo mismo. Sería como cuando un hombre se propuso hacer algo y luego falla por falta de constancia o habilidad. Dios es fiel a sus propósitos, y tiene poder amplio para ejecutar todos sus planes. "...Y en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra, hace según su voluntad: ni hay quien estorbe su mano, y le diga: ¿Qué haces?" (Dan. 4:35).
Dios es fiel a su Hijo
Hubo ciertas promesas hechas a Jesucristo, el David espiritual, a condición de que cumpliera sus compromisos como el Mediador de un mejor pacto. Y Dios ha jurado que no mentirá a David, es decir a Cristo, quien es el David espiritual. El tuvo que ver Su simiente y el trabajo de Su alma y ser satisfecho. Acerca del pacto de gracia acordado por las tres personas de la Deidad, no podemos hacer algo mejor que citar a B.H. Carroll: "Antes de que el mundo existiera, un pacto de gracia y misericordia fue acordado entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; las evidencias de este pacto son abundantes en el Nuevo Testamento, y también están claramente expresadas las partes que debían ser cumplidas por cada persona de la Deidad, es a saber: La gracia y el amor del Padre estuvieron de acuerdo en enviar al Hijo, sus obligaciones del pacto eran dar al Hijo una simiente, así como la presciencia, la predestinación, la justificación y la adopción de esta simiente en el tiempo. El pacto del Hijo fue la obligación de asumir la naturaleza humana en Su Encarnación, renunciando voluntariamente a la gloria que El tenía con el Padre antes de que el mundo fuese,... y ser obediente hasta la muerte y muerte de cruz. La recompensa ofrecida a Cristo, como una esperanza puesta delante de El, que le indujo a soportar la vergüenza de la cruz, (también estaba delante de El la recompensa otorgada debido a tal obediencia) fue su resurrección, su glorificación, su exaltación a su regio trono sacerdotal y su investidura con el derecho de juicio. Las obligaciones del Espíritu Santo con respecto al pacto fueron las de aplicar esta obra de redención a la simiente prometida al Hijo; llamándolos eficazmente, convenciéndoles de pecado, regenerándoles, santificándoles y resucitándoles de la muerte espiritual. La totalidad de este pacto nos muestra que el plan de la salvación no fue una reflexión tardía o improvisada de Dios, sino que la raíz de este pacto está en la elección y la predestinación, hechas ambas en la eternidad, antes de que el mundo fuese; y los frutos de este pacto alcanzan también hasta la eternidad después del juicio. Cada creyente es llamado a considerar esta cadena, a probar cada uno de sus eslabones, a chocarlos y escuchar su golpeteo, que viene desde la eternidad y va hasta la eternidad. Todo aquel que Dios escogió es atraído por el Espíritu a Cristo. Todo aquel que Dios predestinó es llamado por el Espíritu en el tiempo, justificado en el tiempo, y será glorificado cuando el Señor venga".
La muerte de Cristo no fue un experimento
La muerte de Cristo no fue un experimento ni algo incierto en sus resultados. La obra del Espíritu Santo no es un mero ensayo para ver como puede ser completada. Nosotros no aprobamos la doctrina de un Padre infiel, un Espíritu Santo derrotado y un Hijo decepcionado. Nosotros creemos en un Dios fiel, un Espíritu invencible y un Cristo victorioso. C.H. Spurgeon dice: "Yo creo firmemente que toda alma por quien Cristo derramó su sangre como un substituto, El la reclamará como de Su propiedad y con todo derecho sobre ella. Amo el abrazar y me deleito en proclamar esta preciosa verdad. Ni todo el poder de la tierra o del infierno, ni toda la obstinación de la voluntad humana, ni tampoco la profunda depravación de su mente, podrán jamás impedir que Cristo vea el trabajo de su alma y sea satisfecho". Pero aún mejores son las palabras de los labios de la Verdad encarnada, escúchelo: "Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera. Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, mas la voluntad del que me envió. Y esta es la voluntad del que me envió, del Padre: Que todo lo que me diere, no pierda de ello, sino que lo resucite en el día postrero. Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna: y yo le resucitaré en el día postrero" (Jn. 6:37-40). Y otra vez El dijo: "Como le has dado la potestad de toda carne, para que dé vida eterna a todos los que le diste" (Jn. 17:2).
La base de nuestra seguridad
La base de nuestra seguridad es la fidelidad del Padre hacia su Hijo. "Fiel es Dios, por el cual sois llamados a la participación de su Hijo Jesucristo nuestro Señor" (1Cor. 1:9). En conformidad con el compromiso del pacto Cristo había de tener amigos o compañeros. Ahora, por el llamamiento de Dios (el llamamiento eficaz efectuado por el Espíritu Santo a través de la Palabra) nosotros fuimos primeramente admitidos en el compañerismo y la comunión con Cristo, y el fin último es que estemos presentes con El en la gloria. Y esto es garantizado por la fidelidad de Dios, quien nos confirmará hasta el fin (vea 1Cor. 1:8), porque los llamados son para ser justificados y glorificados. Los llamados y justificados serán seguros con tal que Dios guarde Su palabra a Su Hijo. La libertad de la disciplina y/o corrección depende de la buena conducta del creyente, pero la certidumbre de llegar a la gloria descansa sobre la fidelidad de Dios a Su Hijo. "Si dejaren sus hijos mi ley, y no anduvieren en mis juicios; si profanaren mis estatutos, y no guardaren mis mandamientos; entonces visitaré con vara su rebelión, y con azotes sus iniquidades. Mas no quitaré de él mi misericordia, ni falsearé mi verdad. No olvidaré mi pacto, ni mudaré lo que ha salido de mis labios. Una vez he jurado por mi santidad, que no mentiré a David. Su simiente será para siempre, y su trono como el sol delante de mí" (Sal. 89:30-36). ¡Que fundamento tan firme para nuestra fe! Nuestra seguridad no descansa sobre nuestra fidelidad a Dios, sino sobre la fidelidad de Dios hacia Su Hijo. ¡Aleluya!
Dios es fiel a sus santos
Dios ha hecho promesas a los creyentes en Cristo; a los pobres, a los indefensos, a los enlutados y El cumplirá fielmente cada una de las promesas que ha hecho. Porque "sin arrepentimiento son las mercedes y la vocación de Dios" (Rom. 11:29). Esto significa que Dios es fiel y verdadero acerca de sus promesas del pacto, y no fallará en glorificar a todos los llamados. Todas las promesas de Dios en Cristo son "sí" (ciertas), por lo cual todo creyente puede decir "amén" para la gloria de Dios (vea 2Cor. 1:20).
Preservación
Dios es fiel en preservar a Su pueblo. "Porque Jehová ama la rectitud, Y no desampara sus santos: Para siempre serán guardados; mas la simiente de los impíos será extirpada" (Salmos 37:28). "Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen; Y yo les doy vida eterna y no perecerán para siempre, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, mayor que todos es; y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre" (Juan 10:27-29). Cualquiera que es preservado, es indefenso para guardarse a sí mismo. Los creyentes son débiles, pero son guardados por el poder de Dios: "Para nosotros que somos guardados en la virtud de Dios por fe, para alcanzar la salud que está aparejada para ser manifestada en el postrimero tiempo" (1 Pedro 1:5). La promesa de Dios a los creyentes es la vida eterna. Y esta no es existencia eterna, sino eterno favor o justificación; así que, el creyente nunca volverá a estar bajo condenación otra vez. (Vea Jn. 5:24).
"Y el Dios de paz os
santifique en todo; para que vuestro espíritu y alma y cuerpo sea
guardado entero sin reprensión para la venida de nuestro Señor
Jesucristo. Fiel es el que os ha llamado; el cual también lo hará"
(1 Tesalonicenses
5:23-24). En estos versículos, la completa santificación de los
creyentes y su liberación del pecado, son hechos dependientes de la
fidelidad de Dios. Los llamados no solo son justificados, también serán
glorificados, debido a que Dios es fiel. Dios no va a llamar eficazmente
a pecadores, concediéndoles la vida para luego dejarlos abandonados a la
mitad del camino a la gloria. No hay un ataúd "a la vuelta de la
esquina" esperando por los creyentes. Ni su huida será como lo que
sucedió a los Británicos en 'Dunkirk'. Todos aquellos que han huido
hacia Cristo como refugio para escapar de la tormenta de ira divina,
tienen como fundamento de su esperanza, la Palabra y el juramento de
Dios, dos cosas inmutables en las cuales es imposible que Dios mienta.
Disciplina
Dios es fiel en disciplinar a su pueblo. El salmista clama: "Conozco, oh Jehová, que tus juicios son justicia, Y que conforme á tu fidelidad me afligiste" (Salmos 119:75). Aquí David se somete a los tratos de Dios con él y reconoce que los tratos divinos son rectos y buenos. En el credo de David no había lugar para la suerte o el oportunismo. El sabía que Dios ordenaba todas las cosas que le sucedían. Sus aflicciones fueron muy dolorosas, pero él vio la mano de Dios en ellas y creyó que eran para su bien. Pero David fue más lejos y dijo que Dios era fiel en enviarle tales aflicciones. Dios estaba activo en relación con los mejores intereses de David y sabía muy bien lo que él necesitaba. Dios es fiel a sí mismo tanto cuando disciplina, como cuando preserva a los creyentes. Dios no es un Padre infiel, ni indulgente como lo fue Elí. El no permitirá que sus hijos pequen y queden sin corrección. "El que detiene el castigo, á su hijo aborrece: Mas el que lo ama, madruga á castigarlo" (Proverbios 13:24). Los creyentes deberíamos alabar a Dios por Su fidelidad en usar la vara para hacernos volver a El y para mantenerlos en la senda de la obediencia. Los creyentes tienen la naturaleza descarriada de una oveja y son propensos a desviarse del camino. Dios es un Pastor fiel quien conoce como usar la vara para hacernos volver al redil. Escuche a David otra vez: "Antes que fuera yo humillado, descarriado andaba; Mas ahora guardo tu palabra" (Salmos 119:67). Y la doctrina es la misma tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo. En Hebreos 12:11 leemos: "Es verdad que ningún castigo al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; mas después da fruto apacible de justicia á los que en él son ejercitados". A medida que el creyente crece en el conocimiento de la verdad acerca de Dios y el hombre, vendrá a estar más y más enfermo y cansado de sí mismo y se hará más amoroso hacia Dios. En la medida en que la verdad acerca de Dios y de nosotros mismo se extiende hasta nuestro hombre interior, entonces obraremos justicia, amaremos misericordia, y caminaremos humildemente delante de Dios. (Vea Miq. 6:8).
¡Oh, cuánto necesitamos ser
más fieles a El, Quien nos compró con su sangre; y que nunca permitirá
que Su fidelidad falle delante de nosotros! Esto es lo que El requiere
de nosotros como administradores de Sus bienes. No importará mucho
cuando muramos si hemos tenido mucho honor o mucho de los bienes de este
mundo o no; pero si importará mucho el haber sido o no fieles a nuestro
redentor. ¡Qué la fidelidad de Dios venga a ser en nosotros como una
fuente, de donde fluyan ríos de servicio fiel a El!
"Oh amor que no me dejará
ir, |
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Martha Iñiguez Moreno
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