El Santo Evangelio según
San Juan

Porque por gracia sois salvos

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Jesús el camino al Padre

Juan 14.1-14

No se turbe vuestro corazón;  creéis en Dios,  creed también en mí.

En la casa de mi Padre muchas moradas hay;  si así no fuera,  yo os lo hubiera dicho;  voy,  pues,  a preparar lugar para vosotros.

Y si me fuere y os preparare lugar,  vendré otra vez,  y os tomaré a mí mismo,  para que donde yo estoy,  vosotros también estéis.

Y sabéis a dónde voy,  y sabéis el camino.

5  Le dijo Tomás: Señor,  no sabemos a dónde vas;  ¿cómo,  pues,  podemos saber el camino?

6  Jesús le dijo: Yo soy el camino,  y la verdad,  y la vida;  nadie viene al Padre,  sino por mí.

Si me conocieseis,  también a mi Padre conoceríais;  y desde ahora le conocéis,  y le habéis visto.

8  Felipe le dijo: Señor,  muéstranos el Padre,  y nos basta.

9  Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros,  y no me has conocido,  Felipe?  El que me ha visto a mí,  ha visto al Padre;  ¿cómo,  pues,  dices tú: Muéstranos el Padre?

10  ¿No crees que yo soy en el Padre,  y el Padre en mí?  Las palabras que yo os hablo,  no las hablo por mi propia cuenta,  sino que el Padre que mora en mí,  él hace las obras.

11  Creedme que yo soy en el Padre,  y el Padre en mí;  de otra manera,  creedme por las mismas obras.

12  De cierto,  de cierto os digo: El que en mí cree,  las obras que yo hago,  él las hará también;  y aun mayores hará,  porque yo voy al Padre.

13  Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre,  lo haré,  para que el Padre sea glorificado en el Hijo.

14  Si algo pidiereis en mi nombre,  yo lo haré.

 

Comentarios de J. C. Ryle

Juan  14:1-3.

En este pasaje se nos ofrece, primeramente, un eficaz remedio contra una enfermedad muy antigua. La turbación de corazón es la enfermedad: el remedio es la fe.

La turbación de corazón es uno de los achaques más comunes. Ninguna clase social, ninguna raza está exenta de él. Debido en parte, á causas externas, en parte á causas internas; ya á afecciones del cuerpo, ya á afecciones de la mente; ora á lo que amamos, ora á lo que temernos, la peregrinación de la vida es afanosa.

Aun los mejores cristianos tienen que apurar muchos cálices de amargura antes de llegar á la gloria.

La fe en nuestro Señor Jesucristo es el mejor bálsamo para los corazones atribulados. Creer con más firmeza, y confiar en sus promesas de una manera más absoluta-he aquí la receta que el Maestro recomendó á sus discípulos. Es bien seguro que los miembros de la pequeña compañía que se participó de la última cena habida creído ya. Ellos habían probado la sinceridad de su fe abandonándolo todo por Jesucristo. Sin embargo, ¿qué les dijo nuestro Señor? Les dijo lo que les había encarecido desde el principio: que creyeran, que creyeran en Él.

No olvidemos jamás que hay varios grados de fe, y que existe una gran diferencia entre los creyentes firmes y los creyentes débiles. La fe más débil une el hombre á Cristo de tal manera que aquel puede salvarse, y por lo tanto no es de despreciarse; pero no le comunica esa tranquilidad interna que siente el que posee una fe firme. El defecto de los creyentes débiles es que sus ideas son vagas y sus percepciones confusas. No comprenden con claridad qué creen y porqué creen. Como Pedro en el lago, necesitan fijarse más en Jesús y menos en las olas y en el viento. Escrito está: " Guardarás paz, paz; porque en ti se ha confiado." Isaías 26:3.

En estos versículos, en segundo lugar, se nos presenta en breves palabras una descripción del cielo.

El cielo es la "mansión del Padre," la mansión del Dios al cual se refirió Jesús cuando dijo: "Voy á mi Padre y á vuestro Padre." El cielo es, en una palabra, un hogar: el hogar de Cristo y de los cristianos. Esta es una expresión dulce y tierna. El hogar, como es bien sabido, es el lugar donde se nos ama por puro afecto, y no a causa de nuestros dotes ó de nuestros bienes; el lugar donde se non ama hasta el fin, donde jamás nos olvidan y siempre nos dan la bienvenida. Los creyentes en esta vida son peregrinos en tierra extraña. En la vida venidera habitarán en su hogar.

El cielo es un lugar de muchas moradas, de moradas duraderas, permanentes, eternas. Allí habrá asilo para toda clase de de creyentes, para los pequeños así como para los grandes; para los más débiles así como para los más firmes. Solo los pecadores impenitentes y los incrédulos obstinados quedarán fuera.

El cielo es un lugar donde Jesucristo mismo estará presente. "Para que donde Yo estoy, vosotros también estéis." No, no estaremos solos y abandonados: nuestro Salvador, nuestro Hermano mayor, nuestro Redentor, que nos amó y dio su vida en rescate de las nuestras, estará para siempre con nosotros. En cuánto á qué cosas y á quiénes veremos en el cielo, no podemos en este mundo formarnos una idea adecuada. Pero podemos sí estar ciertos de que veremos á Cristo.

En este pasaje se nos presenta, por último, una razón sólida en qué fundar nuestras esperanzas de futuras bendiciones. Nuestro espíritu de incredulidad nos arrebata muchas veces el consuelo que acerca del cielo debiéramos tener, y nos hace decir entre nosotros: " Ojalá que pudiéramos pensar que todo es cierto: mucho nos tememos de que no seremos recibidos en el cielo." Examinemos lo que Jesús nos dice para alentarnos.

Una de sus expresiones es esta: "Yo voy á aparejaros el lugar." El cielo está preparado para un pueblo escogido: Cristo mismo lo ha preparado. Lo ha preparado yendo antes de nosotros como nuestro Jefe y nuestro Representante, y adquiriéndolo para todos los miembros de su cuerpo místico. Como Precursor nuestro ha ascendido llevando "cautiva la cautividad," y ha erigido su trono en la morada de gloria. Lo ha preparado llevando nuestros nombres, en calidad de sumo sacerdote, hasta el santo de los santos y previniendo á los ángeles de nuestra llegada. Los que entren en el cielo verán que ni son desconocidos, ni se extraña su presencia.

Otra expresión consoladora es la siguiente: "Vendré otra vez y os tomaré á mí mismo." Á la manera que José fue á encontrar á Jacob, así Jesús vendrá á convocar á su pueblo y á conducirlo á su eterna mansión. Muy consolador es el pensar en la primera venida de Cristo, cuando habitó en el mundo y sufrió por los pecadores; ¡pero no es menos consolador el imaginarnos su segundo advenimiento, cuando descenderá á resucitar y á premiar á los justos!

NOTAS.    JUAN 14:1-3.

1. No se turbe vuestro corazón. Es preciso notar cuidadosamente que no hay interrupción alguna entre la concatenación final del capitulo trece y el principio del capítulo catorce. Nuestro Señor continuó el discurso que había empezado después de terminada la cena. Sí debió de haber, sin embargo una corta pausa, puesto que antes había estado hablando á Pedro en particular, y después se dirigió á todos los apóstoles colectivamente. Pero no hubo cambio de tiempo ni de lugar.

3. Para que donde yo estoy, etc. Estas palabras expresan una de las ideas más sencillas acerca de la naturaleza del cielo, es á saber: que Cristo morará allí.

 

Comentarios de J. C. Ryle

Juan   14:4-11.

Es de notarse en estos versículos cuánto mejor habla Jesús de los creyentes de lo que ellos hablan de sí mismos. El les dijo á sus discípulos que sabían á donde iba Él, y conocían el camino. Y sin embargo Tomas exclama al punto: "No sabemos á dónde vas, ni conocemos el camino." Esta contradicción, que es más aparente que real, exige una explicación.

Es verdad que, bajo cierto punto de vista, los conocimientos de los discípulos eran muy pequeños. Sabían muy poco antes de la crucifixión y de la resurrección, en comparación con lo que debían haber sabido y con lo que supieron el día de Pentecostés. Grande y sorprendente era su ignorancia acerca del fin que se había propuesto nuestro Señor al Teñir á la tierra, y acerca del verdadero significado de su pasión y muerte. Se habría podido decir con razón que no sabían sino en parte, y que eran niños en inteligencia.

Y sin embargo, bajo otro punto de vista los conocimientos de los discípulos eran vastos. Ellos sabían más que la gran mayoría de la nación judía, y aceptaban verdades que los escribas y fariseos rechazaban de un todo. Comparados con los que los rodeaban eran hombres ilustrados, en el sentido más elevado de la palabra. Sabían y creían que su Maestro era el Mesías prometido, el Hijo del Dios vivo; y que creer en Él era dar el primer paso hacia el cielo. Todo mérito es relativo: en vez de menospreciar á los discípulos á causa de su ignorancia, cuidemos de no formar un juicio errado acerca de su saber. Sabían más de lo que ellos mismos se figuraban.

Observemos, en segundo lugar, qué gloriosos títulos se dio á si mismo nuestro Señor. "Yo soy el camino, y la verdad, y la vida," dijo Él. Acaso el hombre no alcanzará jamás á comprender de lleno estas palabras. Cualquiera examen que de ellas se haga tiene por fuerza que ser muy somero.

Jesucristo es " el camino"-el camino que conduce al cielo. No es solamente guía, maestro y legislador como Moisés; sino también el camino por el cual podemos acercarnos á Dios. Por medio de la expiación hecha en la cruz, El abrió el camino que conduce al árbol de la vida y que había sido cegado cuando cayeron Adán y Eva.

Jesucristo es "la verdad," es decir, toda la esencia de esa religión verdadera que exige el entendimiento humano. Sin Él los paganos más sabios anduvieron á tientas en medio de las tinieblas, y no llegaron jamás á conocer á Dios. Antes de su venida aun los mismos judíos veían la verdad espiritual como al través de oscuro prisma, y no percibían con claridad el significado de los símbolos, emblemas y ceremonias cíe la ley Mosaica. Cristo es la verdad y satisface todo deseo, todo anhelo, toda aspiración de la mente humana.

Jesucristo es "la vida:" mediante El es que el pecador puede recibir el perdón y obtener un título para recibir el don de la vida eterna. El es, además, la fuente de la vida espiritual y de la santidad del creyente, y por Él es que éste tiene seguridad de su resurrección. El que cree en Cristo tiene vida eterna. Él que se adhiere á la vid, producirá mucho fruto. El que confía en Él, aunque, estuviere muerto, vivirá.

Notemos, en tercer lugar, cuan expresamente excluye Jesucristo todo medio de salvación que no sea d señalado en el Evangelio. "Nadie viene al Padre," dijo El, "sino por mí."

De nada sirve al hombre ser inteligente, ilustrado, amable, caritativo, de buen corazón, y celoso en materias religiosas, si no se acercare á Dios implorando la mediación de su Hijo. Dios es tan santo que á sus ojos todos los hombres son culpables, y el pecado es en sí mismo tan malo que ningún hombre puede expiarlo. Es preciso que haya entre Dios y nosotros un medianero, un redentor-de lo contrario no podremos jamás ser salvos. No hay sino un Juez de paz entre la tierra y el cielo: el Hijo crucificado de Dios. El que entrare por la puerta que Él abre se salvará; pero al que rehusare entrar por ella la Biblia no ofrece esperanza alguna. Sin derramamiento de sangre no hay remisión.

Debemos notar, por último, cuan estrecha y misteriosa es la unión de Dios Padre y Dios Hijo. Por cuatro veces se nos repite esta verdad en palabras inequívocas. "Si me conocieseis, también á mi Padre conoceríais." "El que me ha visto, ha visto al Padre." "Yo soy en el Padre, y el Padre en mí." "El Padre que está en mí, él hace las obras."

Expresiones como estas son profundamente misteriosas. No es posible sondear su significado, nuestro entendimiento no alcanza a comprenderlo, el lenguaje humano no alcanza á expresarlo. No pudiendo explicar, debemos contentarnos con creer; no pudiendo interpretar, debemos contentarnos con admirar y reverenciar. Bástenos saber que el Padre es Dios, y el Hijo es Dios, y que, sin embargo, son uno en sustancia, aunque distintos en persona.

No obstante, debe consolarnos la verdad de que Jesucristo es verdadero Dios de verdadero Dios, igual en todo al Padre y Uno con Él. El que nos amó hasta el extremo de derramar su sangre por nosotros en la cruz, no es mero hombre como nosotros, mas es Dios sobre todos, bendito para siempre. Aunque nuestros pecados fueren como la grana, Él puede emblanquecerlos como la nieve.

NOTAS.    JUAN 14:4-11.

4. Y sabéis donde yo voy, etc. Jesús pronunció evidentemente estas palabras para infundir ánimo en el corazón de sus discípulos, recordándoles lo que les había dicho repetidas veces.

6. Jesús le dice: Yo soy el camino, etc. Ningún maestro, profeta ó apóstol empleó jamás semejantes palabras. El que las pronunció sabía que Él era Dios.

8. Le dice Felipe: Señor, muéstranos el Padre, y nos basta. No se nos dice qué movió á Felipe á hacer esa súplica. Quizá, á semejanza de Moisés, él y los otros discípulos estaban animados de un piadoso deseo de obtener una revelación más completa de la gloria de la divinidad, como prueba de la misión de su Maestro. Exod. 30:18. Ó quizá se nos ha trasmitido esa petición para que comprendamos cuán confusas eran aún las ideas que los apóstoles tenían acerca de la naturaleza de su Maestro.

9. El que me ha visto, ha visto al Padre. Es decir, "El que me ha contemplado con fe, y comprendido que soy el eterno Hijo, el divino Mesías, ha visto al Padre, de quien soy la expresa imagen, tanto como el hombre puede verlo."

10. Las palabras que yo os hablo......Padre......él hace las obras.    Es decir: Al pronunciar mis palabras y al ejecutar mis obras no prescindo del Padre. El Padre, que mora en mí, habla en mí y obra en mí. Mis palabras y mis obras me han sido señaladas en el eterno consejo que tuvo lugar entre el Padre y el Hijo. Tanto al hablar como al obrar el Padre y yo somos uno; lo que yo hablo, Él habla; y lo que yo obro, Él obra.

11. Creedme, etc. El verbo es plural. Nuestro Señor no se dirigió á Felipe solamente, sino á todos los apóstoles.

O si no, creedme por las mismas obras. En esto manifestó nuestro Señor su indulgencia hacia sus discípulos.

Texto Bíblico
Textos Paralelos
Referencias

La promesa del Espíritu Santo

Juan 14.15-31

15  Si me amáis,  guardad mis mandamientos.

16  Y yo rogaré al Padre,  y os dará otro Consolador,  para que esté con vosotros para siempre:

17  el Espíritu de verdad,  al cual el mundo no puede recibir,  porque no le ve,  ni le conoce;  pero vosotros le conocéis,  porque mora con vosotros,  y estará en vosotros.

18  No os dejaré huérfanos;  vendré a vosotros.

19  Todavía un poco,  y el mundo no me verá más;  pero vosotros me veréis;  porque yo vivo,  vosotros también viviréis.

20  En aquel día vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre,  y vosotros en mí,  y yo en vosotros.

21  El que tiene mis mandamientos,  y los guarda,  ése es el que me ama;  y el que me ama,  será amado por mi Padre,  y yo le amaré,  y me manifestaré a él.

22  Le dijo Judas  (no el Iscariote): Señor,  ¿cómo es que te manifestarás a nosotros,  y no al mundo?

23  Respondió Jesús y le dijo: El que me ama,  mi palabra guardará;  y mi Padre le amará,  y vendremos a él,  y haremos morada con él.

24  El que no me ama,  no guarda mis palabras;  y la palabra que habéis oído no es mía,  sino del Padre que me envió.

25  Os he dicho estas cosas estando con vosotros.

26  Más el Consolador,  el Espíritu Santo,  a quien el Padre enviará en mi nombre,  él os enseñará todas las cosas,  y os recordará todo lo que yo os he dicho.

27  La paz os dejo,  mi paz os doy;  yo no os la doy como el mundo la da.  No se turbe vuestro corazón,  ni tenga miedo.

28  Habéis oído que yo os he dicho: Voy,  y vengo a vosotros.  Si me amarais,  os habríais regocijado,  porque he dicho que voy al Padre;  porque el Padre mayor es que yo.

29  Y ahora os lo he dicho antes que suceda,  para que cuando suceda,  creáis.

30  No hablaré ya mucho con vosotros;  porque viene el príncipe de este mundo,  y él nada tiene en mí.

31  Mas para que el mundo conozca que amo al Padre,  y como el Padre me mandó,  así hago.  Levantaos,  vamos de aquí.

   

Comentarios de J. C. Ryle

Juan   14:12-17.

En estos versículos se nos presenta un ejemplo que demuestra hasta que punto se compadecía nuestro Señor de sus discípulos por su debilidad. Percibiendo que estaban afligidos y angustiados ante la perspectiva de quedar solos en el mundo, les hizo tres promesas que debieron llenarlos de consuelo.

La primera tenía referencia á las obras que los cristianos pueden hacer. "El que en mí cree, las obras que yo hago también él las hará, y mayores que estas hará; porque yo voy á mi Padre."

No creemos que estas palabras puedan ser aplicadas primariamente á los milagros que obraron los apóstoles después de la ascensión de Jesús. Los hechos contradirían esa opinión, puesto que no sabemos, por ejemplo, que apóstol alguno resucitara á un hombre de cuatro días de muerto. A lo que nuestro Señor aludió fue á la difusión del Evangelio que seria más extensa en tiempo de los apóstoles que en sus días, y al mayor número de conversiones que en consecuencia tendrían lugar. Que así sucedió lo sabemos por los hechos que se nos narran en los Actos de los Apóstoles. Ninguno de los sermones que Jesucristo predicó convirtió á tres mil personas en un solo día, como sucedió el de Pentecostés. "Mayores obras," en breve, significa un número más crecido de conversiones. No cabe en lo posible ejecutar sobre la tierra una obra mayor que la de convertir una alma.

Admiremos la misericordia de nuestro Maestro en permitir que sus siervos tuvieran tan buen éxito; convenzámonos de que no es necesario para que su reino progrese que Él esté siempre presente do una manera visible; estemos seguros de que nada hay imposible para el creyente en tanto que nuestro Señor interceda por él en el cielo; y trabajemos con fe y con esperanza aunque nos sintamos débiles y desamparados como los discípulos.

La segunda promesa es relativamente á lo que los cristianos pueden obtener por medio de la oración. Nuestro Señor dijo: "Todo lo que pidiereis en mi nombre, esto haré...." "Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré."

Estas palabras ofrecen un grande estímulo para el cumplimiento del sencillo pero importante deber de la oración. Ellas deben ser una fuente de consuelo para el que diariamente se postre ante Dios y le ore de todo corazón. Acaso esas plegarias sean débiles é imperfectas; mas si son ofrecidas en el nombre de Jesucristo, no son ofrecidas en vano. El es el Abogado y Medianero que tenemos con el Padre; y, si imploramos su intercesión, es seguro que cumplirá la promesa que nos ha hecho. Esto, por supuesto, es así siempre que lo que pidamos sea para bien de nuestras almas, y no para mero provecho temporal. "Todo," y "algo," en los versículos citados no incluyen riqueza y felicidad mundanas, cosas que siendo á veces para nuestro mal, nos son rehusadas por nuestro Señor.

¿Por qué es que muchos cristianos verdaderos obtienen tan pocas bendiciones? ¿Por qué es que en su marcha hacia el cielo riegan el camino de lágrimas y están constantemente llenos de zozobra y de temor? La contestación es sencilla: es que no piden á Dios lo que necesitan. La falta de vehemencia en los deseos sea la causa de la falta de entusiasmo en los hechos. Aquel servirá más á Jesucristo y se distinguirá más por su piedad que ora á Dios con perseverancia y con fervor.

La tercera promesa se refiere al Espíritu Santo. Nuestro Señor dijo: "Yo rogaré al Padre, el cual os dará otro Consolador."

De que esta sea la primera vez que se mencione al Espíritu Santo como don especial que Jesucristo concede á los creyentes, no vayamos á suponer que no fuera concedido á los justos del Antiguo Testamento. Lo que sí es cierto es que el Espíritu ejerció mayor influjo sobre los creyentes cuando empezó el reinado del Evangelio, y esa es la promesa que entraña el pasaje citado. Es, pues, útil examinar lo que acerca de El se nos dice.

Se nos dice indirectamente que es persona. Para aplicar las palabras en cuestión á un mero influjo ó fuerza interior seria necesario torcer su significado.

Que es el Espíritu de verdad. Su función especial es aplicar la verdad á los corazones de los cristianos, guiar á estos hacia ella y santificarlos por su poder.

Que el mundo no lo recibe, porque no lo conoce. El hombre, en su estado natural, hace irrisión de sus operaciones. La convicción, el arrepentimiento, la fe, la esperanza, el temor y el amor que produce interiormente-todo esto es precisamente lo que el mundo no puede comprender de la religión cristiana.

Que los creyentes lo conocen porque está en ellos. Ellos saben qué sentimientos infunde y qué frutos produce, aunque no puedan explicar del todo su naturaleza ó determinar al principio de donde provienen. Pero son lo que son, (criaturas trasformadas, luz del mundo, en comparación con los impenitentes) mediante la morada del Espíritu en sus corazones.

Dios concede su Santo Espíritu á la iglesia para que habitando con ella hasta el segundo advenimiento de nuestro Señor Jesucristo, provea entre tanto á todas las necesidades de los creyentes.

Estas son verdades de la mayor importancia. Cualquiera doctrina acerca de la iglesia, del clero, ó de los sacramentos que tienda á ofuscar la gracia del Espíritu ó á reducirla á una mera forma, debe rechazarse como error de funestas consecuencias. No estemos tranquilos hasta que no tengamos una convicción íntima de que ese Espíritu mora en nosotros. "Si algún no tiene el Espíritu de Cristo el tal no es de él." Rom. 8:9.

NOTAS.   JUAN 14:12-17.

12. Las obras que yo hago también él las hará. Esta promesa se refiere sin duda al don de milagros que fue concedido á la primera generación de cristianos, según puede verse en los Actos de los Apóstoles. Es innegable que los enfermos fueron curados, los muertos resucitados y los espíritus inmundos arrojados por los apóstoles después de la ascensión de nuestro Señor. Las palabras citadas tuvieron, pues, su cumplimiento.

Y mayores que estas harán. Como queda dicho, estas palabras Re refieren á las maravillosas trasformaciones morales y espirituales que resultaron de la predicación de los apóstoles.

13.   Y todo lo que pidiereis en mí nombre, esto haré.    Este es uno de los textos que nos autoriza á implorar la intercesión de Cristo en todas nuestras oraciones.

15. Si me amáis, guardad mis mandamientos.    He aquí una exhortación de importancia práctica Es como si les hubiera dicho: "Si realmente me amáis, demostrad vuestro amor, no derramando lágrimas y lamentando mi separación, sino haciendo esfuerzos por cumplir mi voluntad, después que me haya ido.

16. El cual os dará, otro Consolador. La voz que en el original corresponde á "Consolador" es la misma que en Juan 2:1 ha sido traducida "abogado." Esta circunstancia ha dado lugar á diversidad de opiniones. Lampe observa con justicia lo siguiente: "El adjetivo 'otro' parece indicar que la palabra que califica debiera traducirse 'abogado' y no 'consolador.'" Todos convienen en que Jesucristo  es nuestro Abogado. Lo que nuestro Señor dijo, pues, fue que sus discípulos tendrían otro Abogado, además de Él. ¿Por qué empleó la palabra otro si lo que quiso decir fue Consolador?"

 

Comentarios de J. C. Ryle

Juan   14:18-20.

En este pasaje se nos enseña que él segundo advenimiento de Cristo es para especial consuelo de los creyentes.    "No os dejaré huérfanos: yo vendré á vosotros."

Ahora bien, ¿á qué venida de Jesús se refirió? Justo es confesar que este es un punto sobre el cual los cristianos han tenido muchas disputas. Muchos hay que creen que se refiere á su venida al mundo cuando resucitó. Otros piensan que alude á su venida invisible hacia los corazones de su pueblo por medio de la gracia del Espíritu Santo. Otros á su venida espiritual el día de Pentecostés. Es de dudarse que alguna de estas opiniones pueda apoyarse en el sentido de la palabra "vendré."

Nosotros creemos que la voz citada se refiere al segundo advenimiento del Señor, al fin del mundo. La promesa es amplia, universal, hecha á los creyentes de todos los siglos, y no á los apóstoles solamente. Es semejante al anuncio que los ángeles hicieron á los discípulos después de la ascensión: "Este Jesús que ha sido tomado arriba de vosotros al cielo, así vendrá, como le habéis visto ir." Es semejante á la promesa con la cual termina el libro de la Revelación: " Ciertamente vengo en breve." Rev. 22:20.

También se nos enseña en el pasaje arriba trascrito que la vida de Jesucristo garantiza la vida de los creyentes.

Entre Jesucristo y el verdadero cristiano existe una unión misteriosa pero indisoluble. El hombre que se adhiere á Él por medio de la fe, queda en tan íntima relación con Él como un miembro del cuerpo está relacionado con la cabeza. Siempre que Cristo viva él también vivirá. Para que muriera seria necesario que Cristo pudiese ser arrebatado del cielo y entregado á la muerte. Pero siendo Cristo Dios, esto es imposible que suceda. "Cristo habiendo resucitado de los muertos, ya no muere: la muerte no se enseñoreará más de él."

La vida de Cristo garantiza la continuación de la vida espiritual de los creyentes. Estos no caerán del todo, mas perseverarán hasta el fin. La naturaleza divina de que son partícipes, subsistirá para siempre. El germen incorruptible que existe dentro de ellos no será jamás destruido ni por el diablo ni por el mundo.

La vida de Cristo garantiza la resurrección de los creyentes. Así como Él se levantó otra vez de entre los muertos, porque la muerte no pudo detenerlo un instante más del tiempo señalado, los cristianos también resucitarán el día que Él los llame de sus tumbas. La victoria que ganó Jesús cuando hizo á un lado la piedra que lo cubría y salió del sepulcro, fue una victoria ganada para gloria de Él y provecho de su pueblo.

El mundo en su indiferencia no alcanza á estimar en su debido valor los privilegios del cristiano, y no puede comprender por qué mi fortaleza es tan grande y por qué sus esperanzas acerca de la vida de ultratumba son tan risueñas. Y ¿por qué es? Porque está invisiblemente unido á un Salvador invisible que mora en los cielos. Cada hijo de Dios está imperceptiblemente ligado á la Roca de los Siglos. Cuando ese trono sea desquiciado, y solo entonces, debemos desesperar.

En este pasaje se nos enseña, finalmente, que los creyentes no tendrán pleno y perfecto conocimiento de las cosas divinas sino hasta el segundo advenimiento. Nuestro Señor dijo: "Aquel día" (el de Su venida) " vosotros conoceréis que yo soy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros."

En esta vida no nos es dado saber sino muy poco. La caída de nuestro padre Adán ha corrompido nuestros entendimientos, nuestras conciencias, nuestros corazones y nuestras voluntades. Aun después de la conversión no percibimos la verdad sino como al través de oscuro prisma; y en ningún punto son nuestras ideas tan confusas como en lo que respecta á nuestra unión con Cristo, y á la de Cristo con el Padre.

Mas es un pensamiento que llena de alegría y de consuelo el de que cuando nuestro Señor venga otra vez los restos de nuestra ignorancia serán disipados. Resucitados de entre los muertos, sacados de la oscuridad de este mundo, sin ser ya tentados por el demonio ó por la carne, los creyentes se verán á sí mismos como han sido vistos y se conocerán como han sido conocidos.

NOTAS.   JUAN 14:18-20.

19. Aun un poquito.... empero vosotros me veréis. Según nuestra opinión el significado de estas palabras es como sigue: "Bien luego el mundo malvado é incrédulo no me verá más, pues me retiraré de él y ascenderé al cielo. Pero aun entonces vosotros me veréis constantemente-no ciertamente con vuestra vista natural, sino con los ojos de la fe.

 

Comentarios de J. C. Ryle

Juan  14:21-26.

En estos versículos se nos enseña que la mejor prueba de amor hacia Cristo es el guardar sus mandamientos.

El verdadero creyente no es el que puede disertar largamente o con lucidez sobre materias religiosas, sino el que obedece la voluntad de Cristo y sigue en el camino de la justicia. Los buenos sentimientos y los buenos deseos son inútiles si no van acompañados de las buenas acciones. Aun más, pueden hasta ser perjudiciales al alma, puesto que la conciencia, satisfecha con ellos, no se apercibe de la falta de éstas. Impresiones pasivas, esto es, impresiones que no conducen á la acción, paralizan y matan el corazón. La vida y los hechos son los que manifiestan si determinada persona posee ó no la gracia. El hombre, que esté de veras iluminado por el Espíritu, seguirá una vida santa. Un ansioso cuidado acerca de nuestra índole, de nuestras palabras, de nuestros hechos, un esfuerzo constante de ajustar nuestra conducta á loa preceptos del Sermón en el Monte-he aquí la mejor prueba de que amamos á Cristo.

Mas es preciso no torcer el significado de ese pensamiento. No vayamos á suponer que si guardamos los mandamientos del Redentor nos hacemos por ese mismo acto merecedores de la salvación. Nuestras mejores obras están llenas de defectos. Cuando hayamos hecho todo lo que esté á nuestro alcance, seremos aún "siervos débiles é inútiles." "Por gracia sois salvos por medio de la fe....no por obras." Efes. 2:8. Pero mientras defendemos una verdad no debemos olvidar otra. La fe en Jesucristo debe ir acompañada de la obediencia á su santa voluntad. Lo que el Maestro ha unido no es dado al discípulo separar.

En estos versículos se nos enseña también que hay galardones reservados para los que aman á Cristo y manifiestan ese amor por medio de la obediencia á sus preceptos. Tal, por lo menos, parece ser el significado de las siguientes palabras que pronunció nuestro Señor: "Mi Padre le amará, y vendremos á él y haremos con él morada."

Desde luego se comprende que el entendimiento humano no alcanza a á abarcar todo el significado de estas profundas palabras. Más no debemos vacilar en creer que la santidad de vida  acarrea muchos bienes, y que aquel halla más gozo en su vida religiosa que como Enoch y Abrahán, se acerca más á Dios.    La mayor parte de los cristianos ignoran cuánto puede participarse en la tierra de la bienaventuranza del cielo. "El secreto de Jehová á los que le temen: y su concierto, para hacerles saber." "Si alguno oyere mi voz y me abriere la puerta, entraré a él y cenaré con él, y él conmigo." Salmo 25:14; Rev. 3:20.

Enséñasenos, por último, en estos versículos, que parte de la, obra del Espíritu Santo es enseñar y recordar. Escrito está: "El Consolador os enseñará todas las cosas, y os recordará lo que os he dicho."

Circunscribir esta promesa, como lo hacen algunos, á los once discípulos, es un modo mezquino y poco satisfactorio de interpretar las Escrituras. Es más prudente y más en armonía con el carácter del último discurso de nuestro Señor, el aplicar la promesa á todos los creyentes, en todas partes del mundo. Nuestro Señor sabe cuan grande es, por naturaleza, nuestra ignorancia y nuestro descuido acerca de las cosas espirituales; por eso prometió que cuando partiera de este mundo no faltaría á su pueblo quien, le enseñase y le trajese á la memoria las verdades eternas de la religión.

Si tenemos convicción de que somos ignorantes en lo espiritual, y de que solo sabemos á medias; si deseamos entender con más claridad las doctrinas del Evangelio, imploremos diariamente la ayuda del Espíritu que ilumina. El puede alumbrar nuestro camino y allanar todas las dificultades.

Si nuestra memoria es defectuosa en la recordación de las cosas espirituales; si olvidamos con facilidad lo que leemos y oímos acerca de los preceptos y doctrinas de la religión, oremos diariamente implorando el auxilio del Espíritu Santo. El puede traer á nuestra memoria toda verdad espiritual, todo deber religioso, y prepararnos para la enunciación de toda buena palabra y la ejecución de toda buena obra.

NOTAS.    JUAN 14:21-26.

22. Le dice Judas, no Iscariote. Judas, autor de una de las Epístolas, y hermano de Santiago, fue el que habló en esa ocasión. En otros pasajes se le apellida Lebeo y Tadeo. Como en la Epístola á los Gálatas se dice que Santiago era hermano de nuestro Señor, claramente se deduce que debió de haber parentesco entre Judas y nuestro Señor.    Tal vez eran primos.

23. Vendremos á él, y haremos con ti morada. El sentido de estas palabras es místico. La verdad que entrañan es experimental: solo pueden conocerla los que la han sentido en su pecho.

 

Comentarios de J. C. Ryle

Juan   14:27-31.

Antes de seguir adelante en nuestro examen del Evangelio de San Juan, debemos notar una particularidad en el final del capítulo de que hemos venido ocupándonos, es á saber: la frecuencia con que nuestro Señor usó la expresión, "mi Padre" ó "el Padre." Encontrárnosla cuatro veces en los últimos cinco versículos, y nada menos que veintidós veces en todo el capítulo.

Qué razón motivara ese uso es una cuestión muy profunda. Quizá cuanto menos cavilemos acerca de ella es mejor. Nuestro Señor  jamás habló por hablar, y no hay duda que fue con algún alto designio que empleó la expresión citada. ¿No podemos con reverencia hacer la suposición de que quisiera imprimir fuertemente  en la mente de sus discípulos la idea de la unidad del Hijo con el Padre? Raras veces, á la verdad, se adscribió nuestro Señor a sí mismo tanto poder para consolar á su iglesia, como hizo en último discurso. ¿No había, por lo tanto, cierta conveniencia en que recordase continuamente á sus discípulos que siempre que otorgaba bendiciones era uno con el Padre, y que sin el Padre no hacía nada? Notemos en este pasaje cuál fue el último legado que Cristo  dio á su pueblo. He aquí sus palabras: "La paz os dejo: mi paz os doy: no como el mundo la da, yo os la doy."

La paz: he aquí el don particular que Jesucristo concede: no es la riqueza, ni la opulencia, ni la prosperidad temporal, pues estas son de dudoso provecho, y muchas veces acarrean más males que bienes, sirviendo de rémora á nuestro progreso espiritual. La paz de conciencia que el hombre experimenta cuando siente interiormente que sus pecados han sido perdonados y que ha sido reconciliado con Dios, es una bendición mucho mayor. Y esa paz pertenece á todos los creyentes, ya sean ricos ó pobres, nobles ó plebeyos.

Jesucristo la llama "mi paz." Es á Él á quien toca darla, porque la compró con su sangre, y el Padre lo ha señalado para que la conceda á un mundo que agoniza en el pecado. Así como se comisionó á José para que repartiera trigo á los hambrientos egipcios, el Hijo de Dios fue comisionado en los consejos eternos de la Trinidad para que diese paz á la humanidad.

Jesucristo no da la paz como el mundo la da. El concede una paz que al mundo no le es dado proporcionar, y eso no de mal grado, con parsimonia, ni por corto tiempo, pues tiene más voluntad de dar que el mundo tiene de recibir. Lo que concede es para toda la eternidad, y en mayor abundancia de lo que podemos pensar ó pedir.

Debemos observar también cuan perfecta es la santidad de Jesucristo. Dijo Él: "Viene el príncipe de este mundo, mas no tiene nada en mí."

De estas palabras no puede hacerse sino una sola interpretación. Nuestro Señor, quería dar á entender á sus discípulos quo Satanás, el príncipe de este mundo, estaba para hacerle el último y más violento ataque. Sí, ese espíritu maligno estaba concentrando todas sus fuerzas para un asalto más terrible. Iba á presentarse con toda su malicia á tentar al segundo Adán en el Jardín de Getsemaní, y en la cruz del Calvario. Mas nuestro Señor mismo manifestó que no encontraría mal en Él; que no tenía ningún lado vulnerable que le pudiera herir; que había cumplido la voluntad de su Padre y que había acabado la obra que se le había encomendado.

Notemos en qué se diferencia Jesús de los demás seres humanos: El ha sido el único en quien Satanás no ha podido encontrar mal ninguno. Tentó este adversario á Adán y á Eva, y los encontró débiles. Tentó á Noé, á Abran, á Moisés, á David y á todos los santos, y los encontró llenos de faltas. Tentó á Cristo, pero no pudo vencerlo, porque El era un Cordero sin culpa y sin mancha, quo iba á ser ofrecido por todo un mundo pecador.

Rindamos gracias á Dios por habernos enviado un Salvador tan perfecto, un Salvador cuya justicia es sin tacha, cuya vida es sin mancha. En cuanto á nosotros, nuestro ser y nuestras acciones son imperfectas, y si todas nuestras esperanzas estuvieran fincadas en nuestra propia rectitud, razón tendríamos para desesperar del porvenir. Más nuestro Sustituto es perfecto y sin pecado. Por lo tanto podemos decir como el victorioso apóstol: " ¡Quién Acusará á los escogidos de Dios!" Jesucristo ha muerto por nosotros, y sufrido en nuestro lugar. El Padre nos ve unidos á Él, Indignos como somos, y por amor suyo se complace.

NOTAS.   JUAN 14:27-31.

27. La paz os dejo. El comentador Henry hace la siguiente curiosa pero profunda observación: " Cuando Jesucristo estaba para separarse de este mundo hizo su testamento. A su Padre legó su alma, y el cuerpo á José. Á los soldados les correspondieron la vestidura. Puso á María bajo la protección de Juan Más ¿qué les dejó á sus discípulos que habían abandonado por Él todas las cosas? No tenía ni oro ni plata que darles, mas les dejó algo que era mejor - su paz.

28. Porgue el Padre mayor es fue yo.    Estas palabras han dado lugar á muchas controversias y disputas,    Dos son los puntos discutibles.

(a) ¿Qué quiso decir nuestro Señor con que el Padre era mayor que él?   En concepto, en el credo de Atanasio se encuentra la mejor réplica.    Cristo es sin duda, "igual al Padre en cuanto á su divinidad, pero inferior á Él en á su humanidad."    Es en esta sentido que Jesús dijo : "El mayor es

(b) Pero ¿por qué dijo nuestro Señor que los discípulos debían regocijarse de que fuera al Padre, porque el Padre era mayor que El? Este es un punto á la verdad muy difícil. Creemos que el significado es poco más ó menos como sigue: " Debéis regocijaros de que voy á donde está el Padre, porque al hacerlo así reasumiré esa gloria de que gozaba con Él antes de que el mundo fuese, y de que me despojé para hacerme hombre."

30. Ya no hablaré mucho con -vosotros. Es decir, desde esa hora hasta la crucifixión.

Viene el príncipe de este mundo, etc. Es muy digno de notarse que nuestro Señor no dijo que venían les soldados romanos ó los fariseos, sino el príncipe de este mundo, es decir, el diablo.

31. Para que conozca el mundo que amo al Padre,. . . así hago. Este pasaje no es claro. Tal vez podría expresarse en el sentido como sigue: "Hago todo lo que me veis hacer y voy á la cruz voluntariamente, aunque inocente, para manifestar al mundo que amo al Padre quo me envió á morir, y que estoy pronto á pasar por todo lo que me impusiere."

Levantaos, vamos de aquí. Estas palabras indican, según parece, un cambio de posición, y probablemente significan que nuestro Señor se levantó de la mesa, dónde había estado hablando, y salió en dirección del Jardín de Getsemaní. Parece que hizo el resto de su discurso en tanto que caminaba, sin ser interrumpido por sus discípulos, hasta el fin del capitulo dieciséis; y luego, en un paraje que nos es desconocido, se detuvo y ofreció la oración contenida en el capítulo diez y siete.

El Texto Bíblico esta siendo transcrito por:

Martha Iñiguez Moreno
de La Biblia Devocional de Estudio
Reina Valera Revisión 1960
de La Liga bíblica

Los Textos Paralelos y las Referencias están tomados de:

La Santa Biblia
Reina-Valera (1960)
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Los comentarios son tomados del libro:

Los Evangelios Explicados
Volumen Segundo, Juan
J.C. C Ryle
Libros CLIE
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"Pero en cuanto a ti, enseña lo que está de acuerdo con la sana doctrina. Porque vendrá tiempo cuando no soportarán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oídos, acumularán para sí maestros conforme a sus propios deseos; y apartarán sus oídos de la verdad, y se volverán a mitos." (2 Timoteo 2:1; 4:3-4)

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