El Santo Evangelio según
San Juan

Porque por gracia sois salvos

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Jesús, la vid verdadera

Juan 15.1-17

Yo soy la vid verdadera,  y mi Padre es el labrador.

Todo pámpano que en mí no lleva fruto,  lo quitará;  y todo aquel que lleva fruto,  lo limpiará,  para que lleve más fruto.

Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado.

Permaneced en mí,  y yo en vosotros.  Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo,  si no permanece en la vid,  así tampoco vosotros,  si no permanecéis en mí.

Yo soy la vid,  vosotros los pámpanos;  el que permanece en mí,  y yo en él,  éste lleva mucho fruto;  porque separados de mí nada podéis hacer.

El que en mí no permanece,  será echado fuera como pámpano,  y se secará;  y los recogen,  y los echan en el fuego,  y arden.

Si permanecéis en mí,  y mis palabras permanecen en vosotros,  pedid todo lo que queréis,  y os será hecho.

En esto es glorificado mi Padre,  en que llevéis mucho fruto,  y seáis así mis discípulos.

Como el Padre me ha amado,  así también yo os he amado;  permaneced en mi amor.

10  Si guardareis mis mandamientos,  permaneceréis en mi amor;  así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre,  y permanezco en su amor.

11  Estas cosas os he hablado,  para que mi gozo esté en vosotros,  y vuestro gozo sea cumplido.

12  Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros,  como yo os he amado. (Jn. 13.34; 15.17; 1 Jn. 3.23; 2 Jn.5)

13  Nadie tiene mayor amor que este,  que uno ponga su vida por sus amigos.

14  Vosotros sois mis amigos,  si hacéis lo que yo os mando.

15  Ya no os llamaré siervos,  porque el siervo no sabe lo que hace su señor;  pero os he llamado amigos,  porque todas las cosas que oí de mi Padre,  os las he dado a conocer.

16  No me elegisteis vosotros a mí,  sino que yo os elegí a vosotros,  y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto,  y vuestro fruto permanezca;  para que todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre,  él os lo dé.

17  Esto os mando: Que os améis unos a otros.

Juan 15.12 Jn. 13.34; 15.17; 1 Jn. 3.23; 2 Jn.5

Jn. 13.34 Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado,  que también os améis unos a otros.; 15.17 Esto os mando: Que os améis unos a otros.

1 Jn. 3.23 Y este es su mandamiento:  Que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo,  y nos amemos unos a otros como nos lo ha mandado.

2 Jn.5 Y ahora te ruego,  señora,  no como escribiéndote un nuevo mandamiento,  sino el que hemos tenido desde el principio,  que nos amemos unos a otros.

Comentarios de J. C. Ryle

Juan   15:1-6.

Menester es tener en cuenta que estos versículos contienen una parábola, que debemos interpretar según la regla aplicable á todas las parábolas de nuestro Señor. Esa regla es que lo que principalmente ha de notarse es la lección general que cada una enseña, sin estirar y torcer los detalles indebidamente para exprimirles un significado que tal vez no entraña. Los errores en que han incurrido los cristianos por haber descuidado esta regla han sido numerosos y graves.

De estos versículos se infiere, primeramente, que la unión entre Jesucristo y los creyentes es muy estrecha. El es la "Vid" y ellos los " sarmientos."

La unión que existe entre el ramo de la vid y el tronco principal es de lo más estrecha que puede concebirse. De ella depende la vida, la fuerza, el vigor, la lozanía y la fertilidad del ramo. Separado este de aquella se marchita y se seca. La savia que afluye del tronco es lo que alimenta las hojas, los botones, las flores y la fruta.

Tan estrecha y tan real como esta unión es la que existe entre Jesucristo y los creyentes. Por sí mismos estos no tienen ni vida, ni vigor, ni fuerza espirituales. La fuente de su actividad religiosa es Jesucristo. Lo que son, lo que sienten, lo que hacen-todo es debido á la gracia y el poder que Él les comunica. Unidos al Señor por medio de la fe y ligados á Él misteriosamente por el Espíritu, hacen su peregrinación en este mundo y lidian, don buen éxito contra todos sus enemigos.

De estos versículos se desprende, en segundo lugar, que así como hay cristianos verdaderos, los hay también falsos. Hay sarmientos en la vid que parecen ligados á la cepa, y que sin embargo no producen fruto alguno. Hay hombres que parecen ser miembros del cuerpo de Cristo, y no obstante en el postrero día tal vez resultará que su unión no había sido vital.

En todas las iglesias hay cristianos que han hecho profesión de fe y cuya unión con Jesucristo es, sin embargo, solamente aparente. Algunos de ellos se han unido por medio del bautismo; otros han ido más allá y comulgan con regularidad y discurren en voz alta sobre materias religiosas; mas todos ellos carecen del único elemento esencial. A pesar de todos los oficios divinos á que han concurrido, de los sermones que han oído, de los sacramentos de que han participado, en su corazón no ha penetrado ni la gracia divina, ni la fe, ni el influjo del Espíritu Santo. Es que no están unificados con Jesucristo; es que parecen vivir, pero en realidad están muertos.

Con mucha propiedad se simboliza á los cristianos de esta laya por medio de los sarmientos de una vid que no produce fruto alguno. Inútiles y feos como son, lo que puede hacerse con esos sarmientos es cortarlos y arrojarlos al fuego. Nada absorben del tronco, y nada producen por el lugar que ocupan. Así sucederá en el último día con los pseudo-cristianos. Su fin, si no se arrepienten, será terrible. Serán separados de los verdaderos creyentes, y arrojados, como ramos marchitos é inútiles, en el fuego eterno. Cualesquiera que hayan sido sus ideas en esta vida, en la otra se apercibirán de que hay un gusano que nunca muere y un fuego que nunca se apaga.

De estos versículos so colige, en tercer lugar, que los frutos del Espíritu ofrecen la única prueba satisfactoria de que un hombre dado sea verdadero cristiano. El discípulo que "permanece" en Jesucristo, como el pámpano que permanece en la vid, siempre producirá fruto.

El que desee saber lo que fruto significa en este caso obtendrá prontamente una respuesta. El arrepentimiento ante Dios, la fe en nuestro Señor Jesucristo, la santidad de vida-he aquí lo que en el Nuevo Testamento se llama fruto, he aquí lo que distingue al que es vástago viviente de la verdadera vid. Donde eso falta es en vano querer encontrar gracia latente ó vida espiritual. En donde no hay fruto no hay vida.

La verdadera gracia nunca está ociosa, nunca permanece indiferente ó se amortece. Es un engaño suponer que somos miembros vivientes de Jesucristo, si no imitamos el ejemplo que Él nos legara. El Espíritu de vida en Cristo Jesús se dará á conocer en la conducta diaria de aquellos que están penetrados de su influjo. El Maestro mismo dijo: "Todo árbol se conoce por su fruto."

Inferimos, por último, de estos versículos, que Dios aumenta menudo la santidad de los verdaderos creyentes por medio de sus visitaciones.    Escrito está: "Todo pámpano que lleva fruto, lo limpia (ó le poda), para que lleve más fruto."

El sentido de estas palabras es bien claro.    Así como el viñador segrega y poda los ramos de una vid fructífera, á fin de que de más fruto, así Dios purifica y santifica á los creyentes por medio de las circunstancias de que los rodea.

Para expresarnos en lenguaje más claro, el sufrimiento  y el infortunio es el medio de que hace uso la Providencia para purificar á los cristianos. Por medio del sufrimiento los hace Él poner en juego las virtudes pasivas, y manifestar si pueden sobrellevar las penalidades que les envíe, así como obedecer los preceptos que les imponga. Por medio del sufrimiento los separa del mundo; los acerca á Jesucristo; los induce á leer la Biblia y á orar; los obliga á conocer sus propios corazones y los hace ser humildes. Ese es el procedimiento por el cual los limpia y los hace más fructíferos. Así, á lo menos, lo prueban las vidas de los justos de todos los siglos.

Aprendamos, pues, á tener paciencia en los días da duelo y de pesar. Recordemos la doctrina contenida en el pasaje de que tratamos, y no nos quejemos ni murmuremos cuando nos sobrevengan desgracias. Nuestros sufrimientos no son para nuestro daño, sino para nuestro bien. "Dios nos castiga para lo que es provechoso, á fin de que participemos de su santidad." Heb. 12: 1G.

NOTAS.    JUAN 15:1-6.

3. Ya vosotros sois limpios por la palabra, etc. Habiendo explicado en qué relación estaba hacia su pueblo en general, nuestro Señor se dirigió á sus discípulos y les hizo ver en qué circunstancias se encontraban, y qué deberes les incumbía cumplir.     "Vosotros habéis sido purificados por medio de la doctrina que os he enseñado y que vosotros habéis aceptado y creído. Más no os contentéis con lo que hayáis alcanzado en el pasado. Escuchad con atención el consejo que os voy a dar."

Nuestro Señor usó sin duda la palabra "limpios" en un sentido relativo. Comparados con los escribas y fariseos incrédulos, comparados consigo mismos antes que nuestro Señor los hiciera sus discípulos, los apóstoles eran limpios, aunque solo imperfectamente.

5 Porque sin mi nada podéis hacer.    Es decir, separados de mí no tenéis fuerza espiritual y nada podéis hacer.

 

Comentarios de J. C. Ryle

Juan   15:7-11.

Los creyentes difieren mucho entre sí. En algunos respectos todos son semejantes: todos sienten pesar á causa de sus pecados; todos confían en Jesucristo; todos se arrepienten y se esfuerzan en ser rectos en su conducta; todos, en fin, poseen la gracia divina, ejercen la fe, y experimentan el cambio de corazón. Pero difieren mucho en el grado en que poseen esas prendas. Unos son más felices y más religiosos que otros, y gozan de mayor influjo en el mundo.

Ahora bien, ¿qué incentivos presenta nuestro Señor á su pueblo para que aspire á la más elevada santidad de vida? Esta es una cuestión de grandísimo interés para todo espíritu piadoso. ¿Quién hay que no quisiera ser siervo útil y dichoso de nuestro Señor Jesucristo? El pasaje que tenemos á la vista aclara este asunto de tres modos.

En primer lugar nuestro Señor dijo: "Si permaneciereis en mí, y mis palabras permanecieren en vosotros, todo lo que quisiereis pediréis y os será hecho." Es esta una promesa explícita acerca de la validez y buen éxito de la oración en general. Y ¿con qué condición? Con la condición de que permanezcamos en Jesucristo y de que sus palabras permanezcan en nosotros.

Permanecer en Jesucristo es estar en constante comunión con Él-es confiar en Él, fincar en su gracia nuestras esperanzas, abrirle nuestros corazones, y acudir á Él como á la fuente de donde mana toda nuestra fuerza espiritual. Sus palabras permanecen en nosotros cuando tenemos constantemente presentes sus preceptos, y arreglamos á ellos nuestras acciones, nuestra conducta, nuestra vida.

Los cristianos de esa clase no orarán en vano. Todo lo que pidan lo obtendrán, siempre que lo que pidan sea del agrado de Dios. Por eso Lutero, el reformador alemán, y Latimer, el mártir inglés, oraron muchas veces con buen éxito. Y respecto de Juan Knox la reina María decía que le temía más á sus oraciones que á un ejército de veinte mil hombres. Escrito está: "La oración eficaz del justo puede mucho."

Nuestro Señor dijo, en segundo lugar: "En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto; así seréis mis discípulos." El significado de esta promesa es, en nuestro concepto, que la fructuosídad de la vida cristiana no solo contribuye á la gloria de Dios, sino que nos presenta á nosotros mismos la prueba más concluyente de que somos discípulos de Jesucristo.

Tener certidumbre de que somos cristianos, y de que por tanto nuestra salvación eterna está asegurada, es uno de los más grandes privilegios que resultan de la religión. En todo asunto de importancia, y sobre todo en lo que concierne al porvenir de nuestras almas, no hay nada peor que la duda. El que desee, pues, saber cual es el medio más eficaz de obtener esa certidumbre tan apetecida, debe examinar detenidamente las palabras de que tratamos. Que se esfuerce por producir abundantes frutos en sus palabras, en sus modales, en su conducta, en su vida. Si así lo hiciere, el Espíritu le testificará en su corazón que es un ramo viviente de la verdadera vid, y su conducta manifestará al mundo que es verdadero hijo de Dios.

Nuestro Señor dijo, en tercer lugar: "Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor."  El hombre para quien es un sagrado deber de conciencia el obedecer los preceptos de Jesucristo, es el que experimentará en su alma el amor de Jesucristo hacia él.

Mas no vayamos á dar una inteligencia errada á las palabras, "si guardareis mis mandamientos." Estrictamente hablando, no hay quien pueda guardar los mandamientos. Nuestras mejores acciones son imperfectas y defectuosas, y cuando hayamos llegado al grado más alto de religiosidad podremos aún decir con razón: " Apiádate, ¡oh Dios! de nosotros, que somos pecadores." Sin embargo, es preciso no irnos al otro extremo, pensando que no podemos hacer nada. Mediante la gracia de Dios podemos adoptar los preceptos del Evangelio como regla de nuestra conducta, y manifestar diariamente que deseamos agradar á nuestro Señor Jesucristo.   Si así lo hiciéremos, nuestro benignísimo Maestro nos dispensará sus bendiciones y nos dejará ver su risueño rostro.

Aquel cristiano será por lo general más feliz que es comedido en sus palabras, que refrena su genio y ajusta sus acciones á los principios de la religión. El que lleve una vida que no esté en armonía con sus votos jamás experimentará el gozo y la paz del creyente sincero. Por eso nuestro Señor dijo: "Estas cosas os he hablado para que mi gozo permanezca en vosotros."

NOTAS.    JUAN 15:7-11.

10. Como yo también.... y permanezco en su amor. En esto, como en todo lo demás, se nos pone delante el ejemplo de Jesucristo como el dechado que hemos de imitar, aunque solo sea de una manera imperfecta.

11. Estas cosas. ... sea cumplido. En este versículo expresó nuestro Señor las dos razones que lo determinaron á dirigir á los discípulos todo lo que dijo en sus discursos. La una era que su gozo (de Él) permaneciera en ellos; la otra que el gozo de cada uno de ellos pudiera ser aumentado y perfeccionado.

 

Comentarios de J. C. Ryle

Juan   15:12-16.

Llaman nuestra atención en este pasaje tres puntos de grande importancia. Las palabras que nuestro Señor empleó acerca de cada uno de ellos son sobremanera instructivas.

Debemos observar primeramente lo que nuestro Señor dice acerca del amor fraternal. Aunque ya había tocado ese punto en la primera parte de su discurso, vuelve ahora á ocuparse de él. Quiero así darnos á entender que no podemos exagerar el valor de de su virtud ni hacer esfuerzos demasiado grandes por practicarla.

Mándanos amarnos los unos á los otros. "Este," dijo, "es mi mandamiento." Es un deber de conciencia el poner en práctica esa virtud. De la misma manera que no nos es dado desentendernos de los preceptos del Monte Sinaí, no nos es dado desentendernos de ella.

El amor que Él recomienda es el más puro y elevado: "Amaos los unos á los otros como yo os amé." No debemos menospreciar ni al más débil ni al más ignorante discípulo. Es de nuestro deber amarlos á todos con ese amor verdadero que va siempre acompañado de actos de bondad, de abnegación y de sacrificio. El que no puede ó no procura amar así, desobedece los preceptos de su Maestro.

Las palabras que quedan citadas deben impulsarnos á hacer un escrupuloso examen de conciencia. De nada nos servirá tener opiniones acertadas acerca de las doctrinas cardinales y poseer habilidad para tomar parte en las controversias que se susciten, si no hemos sido animados del amor cristiano. Sin ejercer la caridad podremos acaso jactarnos de ser miembros de la iglesia; mas, como dice el apóstol, seremos tan solo "como metal que resuena, Ó platillos que retiñen." 1 Cor. 13:1. El cristiano que no es amoroso no se encuentra en estado de penetrar en la celeste morada.

Observemos, en segundo lugar, lo que dice nuestro Señor respecto de la relación que existe entre Él y los creyentes. Estas son sus palabras: "Ya no os llamaré siervos,.... mas os he llamado amigos." Este es, á la verdad, un privilegio glorioso. Conocer á Jesucristo, seguirle, amarlo, obedecerle, trabajar en su viña, combatir en sus filas-todo esto es de no poca consideración. Pero que á unos pecadores como nosotros se nos llame amigos suyos, es algo que nuestro débil entendimiento no alcanza  á comprender.    El Rey de reyes y el Señor de señores no solo se compadece de los le oreen en Él, y los salva, sino que los llama "amigos."   No es, pues, extraño que San Pablo dijera que "el amor de Jesucristo sobrepuja á todo entendimiento."

Que esta expresión aliente á los cristianos á dirigirse frecuentemente al Redentor por medio de la oración. ¿Por qué hemos de temer el abrir nuestros corazones y revelar nuestros secretos al hablar con ese Ser misericordioso que nos llama amigos? "El hombre de amigos," dice Salomón, "se mantiene en amistad." Prov. 18: 24 Nuestro gran Maestro no abandonará á sus amigos. Desdichados é infelices como somos, no nos desechará, más nos acogerá bajo su protección y nos protegerá hasta el fin. David jamás olvidó á Jonatan, y el Hijo de David jamás olvidará á su pueblo.

NOTAS.   JUAN 15:12-16.

16. No me elegisteis vosotros, etc. No es fácil percibir que relación tenga este versículo con el pasaje que, precede.

Hengstenberg cree que se refiere al mandamiento que nuestro Señor acababa de dar respecto del amor mutuo. En ese caso lo que nuestro Señor quiso decir fue: "Yo tengo derecho de imponeros reglas de conducta, porque yo os elegí primero como miembros de mi iglesia."

A nosotros nos parece, sin embargo, que el objeto de nuestro Señor fue ensalzar ante los once los privilegios del apostolado. "Recordad, cuando os llamo amigos, que os elegí y conté en el número de mi pueblo antes de que vosotros me eligierais. Comprended pues cuan espontáneo, cuan grande, cuan profundo es mi amor hacia vosotros."

Creemos que al hacer uso nuestro Señor de la palabra elegir, aludió á dos cosas: la elección de los once como apóstoles, y la eterna elección de todos los que se salvan. Sin embargo, Calvino dice: "El tema del discurso no es esa elección ordinaria de los creyentes, por la cual se les adopta como hijos de Dios. Sino esa elección particular por la cual Jesucristo designa quiénes han de predicar el Evangelio." Esta es también la opinión de Crisóstomo y de Cirilo.

Texto Bíblico
Textos Paralelos
Referencias

El mundo os aborrecerá

Juan 15.18-27

18  Si el mundo os aborrece,  sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros.

19  Si fuerais del mundo,  el mundo amaría lo suyo;  pero porque no sois del mundo,  antes yo os elegí del mundo,  por eso el mundo os aborrece.

20  Acordaos de la palabra que yo os he dicho: El siervo no es mayor que su señor. (Mt. 10.24; Lc. 6.40; Jn. 13.16)  Si a mí me han perseguido,  también a vosotros os perseguirán;  si han guardado mi palabra,  también guardarán la vuestra.

21  Más todo esto os harán por causa de mi nombre,  porque no conocen al que me ha enviado.

22  Si yo no hubiera venido,  ni les hubiera hablado,  no tendrían pecado;  pero ahora no tienen excusa por su pecado.

23  El que me aborrece a mí,  también a mi Padre aborrece.

24  Si yo no hubiese hecho entre ellos obras que ningún otro ha hecho,  no tendrían pecado;  pero ahora han visto y han aborrecido a mí y a mi Padre.

25  Pero esto es para que se cumpla la palabra que está escrita en su ley: Sin causa me aborrecieron. (Sal. 35.19; 69.4)

26  Pero cuando venga el Consolador,  a quien yo os enviaré del Padre,  el Espíritu de verdad,  el cual procede del Padre,  él dará testimonio acerca de mí.

27  Y vosotros daréis testimonio también,  porque habéis estado conmigo desde el principio.

Juan 15.20 Mt. 10.24; Lc. 6.40; Jn. 13.16

Mt. 10.24 El discípulo no es más que su maestro,  ni el siervo más que su señor.

Lc. 6.40 El discípulo no es superior a su maestro;  mas todo el que fuere perfeccionado,  será como su maestro

Jn. 13.16 De cierto,  de cierto os digo:  El siervo no es mayor que su señor,  ni el enviado es mayor que el que le envió

Juan 15.25 Sal. 35.19 No se alegren de mí los que sin causa son mis enemigos,  Ni los que me aborrecen sin causa guiñen el ojo.; 69.4Se han aumentado más que los cabellos de mi cabeza los que me aborrecen sin causa;  Se han hecho poderosos mis enemigos,  los que me destruyen sin tener por qué.  ¿Y he de pagar lo que no robé?

Comentarios de J. C. Ryle

Juan   15:17-21.

El pasaje que acabamos de transcribir empieza con una nueva exhortación acerca del amor fraternal.    Por tercera vez nuestro Señor cree necesario llamar la atención de sus discípulos á esta bella virtud. Rara á la verdad debe de ser la verdadera caridad, cuando se la menciona tan repetidas veces. En el caso de que tratamos es digna de notarse la relación en que se la hace aparecer. Se la hace aparecer en contraste con el odio del mundo.

Se nos manifiesta, primeramente que lo que á los cristianos espera en este mundo es el odio y la persecución. Si los discípulos esperaban ser recompensados con el cariño y la gratitud de los hombres, sus esperanzas serian dolorosamente burladas.

Los hechos, hechos tristes, han suministrado en todas las edades pruebas abundantes de que la advertencia de nuestro Señor no fue inmotivada. Los apóstoles y sus compañeros eran perseguidos por donde quiera que fueran. Solo uno ó dos de ellos murieron tranquilamente en sus lechos. Los creyentes han sido siempre perseguidos durante los diez y ocho siglos de la era cristiana. Sirvan si no de ejemplo las atrocidades cometidas por los papas y los emperadores romanos, por la inquisición española y por la reina María. Aún el día de hoy las almas piadosas tienen que sufrir persecución diariamente; pues ¿qué otra cosa son el ridículo, la befa, la calumnia y el baldón que los no convertidos lanzan contra ellas?

Importa mucho que comprendamos bien todo esto. Nada hay tan perjudicial como la costumbre de alimentar falsas esperanzas. Persuadámonos de que la naturaleza humana jamás cambia, de que "el ánimo carnal es enemistad contra Dios," y contra su pueblo. Estemos convencidos de que, por puros y sinceros que los cristianos sean, los malos siempre los aborrecerán, así como aborrecieron a su inocente Maestro.

En este pasaje se nos presentan, además, dos razones que deben s á sufrir con paciencia las persecuciones de este mundo.  Ambas son poderosas y dan mucho en qué pensar.

Por una parte, la persecución es el cáliz que Jesús mismo libó. Perfecto como era en todo-en su carácter, en sus palabras, en sus hechos; infatigable como era en bien hacer, ninguno fue jamás tan aborrecido como Jesús hasta el último día de su vida terrenal. Escribas y sumos sacerdotes, fariseos y saduceos, Judíos y gentiles-todos se unieron para escarnecerlo y hacerle oposición, y no suspendieron sus ataques basta que no le hubieron dado la muerte.

Tomemos, pues, en consideración que solo estamos pasando por el mismo trance por el cual pasó nuestro Maestro, y participando de la herencia que Él nos legó. ¿Merecemos mejor tratamiento? ¿Somos acaso mejores que Él? No consintamos tan impíos pensamientos. Apuremos tranquilamente el cáliz que nuestro Padre celestial nos presenta, y recordemos constantemente estas palabras: "No es el siervo mayor que su señor."

Por otra parte, la persecución es útil en cuanto por ella se sabe si somos verdaderos hijos de Dios, si tenemos un tesoro en el cielo, si realmente hemos nacido de nuevo, si poseemos la gracia divina y somos herederos de la gloria. "Si fuerais del mundo, el mundo amarla lo que es suyo."

Fortifiquemos nuestra mente con esta consoladora idea cuando nos veamos abrumados por el odio del mundo. Sin duda, se necesita mucha paciencia, tanto más cuanto nuestra conciencia nos dice que somos inocentes. Mas, a pesar de todo, no olvidemos que eso es un síntoma favorable, por cuanto indica que dentro de nosotros empezamos á experimentar la eficaz operación del Espíritu Santo. Además, en todo caso, podemos asirnos de esta admirable promesa: "Bienaventurados sois cuando os maldijeren y os persiguieren, y dijeren de vosotros todo mal por mi causa, mintiendo. Regocijaos y alegraos; porque vuestro galardón es grande en los cielos."

Hacia los que persiguen á los demás por sus convicciones religiosas no debemos sentir sino profunda compasión. A menudo hacen, como dijo nuestro Señor, por ignorancia. "No conocen al que me ha enviado." Á semejanza de nuestro divino Maestro y el siervo Esteban, oremos por los que nos persiguen y calumnian. Esas persecuciones rara vez redundan en daño nuestro, y bien muchas veces nos hacen más adictos á la Biblia y nos acercan más á Cristo y al trono de la gracia, en tanto que nuestra intercesión, si fuere atendida en lo alto, acaso acarree bendición a sus almas

 

Comentarios de J. C. Ryle

Juan  15:22-27.

En estos versículos nuestro Señor Jesucristo aclara tres asuntos de grande importancia, que son difíciles de suyo, y acerca de los cuales podemos incurrir en muchos errores.

Es de observarse lo que nuestro Señor dijo respecto de la desatención de los privilegios religiosos.    Manifestó á los discípulos que si él no hubiera dicho y hecho en presencia de los judíos cosas que nadie había dicho ó hecho antes, no habrían tenido ellos pecado, es decir, no habrían pecado tan gravemente como lo habían hecho, puesto que no tenían como excusar su incredulidad habiendo visto sus obras y oído sus preceptos. ¿Qué otros medios se podrían haber empleado  para convencerlos? Ningunos,  absolutamente ningunos. Pecaron voluntariamente, á despecho de la luz que resplandecía en torno suyo, y por lo tanto vinieron á ser los mas culpables de los hombres.

En cierto sentido los privilegios religiosos son peligrosos. Si no nos encaminan hacia el cielo, nos sumen más profundamente en el oscuro abismo, pues aumentan en mucho nuestra responsabilidad. "A cualquiera que fue dado mucho, mucho será vuelto á demandar de él."   Lucas 12:48.    El que, viviendo en un país lo donde circula la Biblia en el idioma patrio y se predica el Evangelio en su pureza, cree que en el día del juicio final se le juzgará del mismo modo que á los habitantes de la China ó de Patagonia, se engaña gravemente.    El mero hecho de haber poseído conocimientos y no haberlos aprovechado, será uno de los mayores pecados de que se le acusará. "El siervo que entendió la voluntad de su señor y no se apercibió, será azotado mucho." Lucas 12: 47.

Es de notarse, en seguida, en que términos se refiere nuestro Señor al Espíritu Santo.

En primer lugar, da claramente á entender que es Persona, pues dice que es el Consolador que ha de venir, y que es un ser que procede del Padre y que da testimonio. Ahora bien, tales términos no pueden aplicarse, como pretenden algunos, á un mero influjo ó afección interna del hombre. Interpretarlos así seria obrar en contradicción con el sentido común, y torcer el sentido de voces de clara significación. La razón y la justicia nos obligan á reconocer que nuestro Señor aludió á ese ser á quien se nos ha enseñado á adorar como la tercera persona de la Trinidad.

En segundo lugar, nuestro Señor dice que el Espíritu Santo es un ser á quien el Padre ha de enviar, y que procede del Padre. Estas son, evidentemente, palabras muy profundas, tan profundas que no alcanzamos á sondearlas. El mero hecho de que por algunos siglos la iglesia oriental y la occidental de la cristiandad han diferido en cuanto á su significado, debiera hacernos disertar sobre ellas con modestia á la par que con reverencia. Esto, á lo menos, es claro: que existe una relación íntima entre el Espíritu, el Padre y el Hijo. No podemos explicar por qué se nos diga que el Espíritu procede del Padre y ha de ser enviado por el Hijo; mas sí podemos tranquilizar nuestra mente con las siguientes palabras de un credo antiguo: "En esta Trinidad ninguna de las Personas fue antes ó después que otra, y ninguna es inferior ó superior á otra." "Tal como es el Padre así es el Hijo y así el Espíritu Santo." Y sobre todo podemos tranquilizarnos con la verdad de que, en todo lo que concierne á la salvación de nuestras almas, todas las tres personas de la Trinidad cooperan igualmente. El Dios trino fue quien dijo, "Criemos," y el Dios trino es quien dice "Salvemos."

Es digno de observarse, finalmente, en que términos habla i nuestro Señor de las funciones especiales de los apóstoles. He aquí cómo se expresa: "Vosotros también daréis testimonio."

Estas palabras quieren decir mucho y son muy instructivas.

Por ellas los once supieron qué era lo que debían esperar durante su vida. Tendrían que dar testimonio de hechos que muchos rehusarían creer y de verdades que repugnarían á los hombres no convertidos. Muchas veces se verían solos, como pequeño rebaño, en medio de una gran multitud. Ni deberían extrañar cuando se vieran perseguidos, aborrecidos y atacados, ó cuando se dudase de la verdad de sus enseñanzas. Su deber seria dar testimonio, ya les creyesen los hombres ó no. Haciéndolo así sus nombres serian registrados en lo alto, en el libro de los recuerdos de Dios; y el Juez universal les daría una corona inmarcesible de gloria.

Antes de terminar este pasaje será bueno observar que todo cristiano tiene, en cierto sentido, que cumplir el mismo deber que Jesús encomendó á los apóstoles. Todos tenemos obligación moral de dar testimonio acerca del Redentor. Jamás debemos avergonzarnos de defender su causa y de declarar nuestra fe en las verdades del Evangelio. En donde quiera que estemos, ya sea en la ciudad ó en el campo, en público ó en privado, en nuestra patria ó en el extranjero-en todas partes y en toda oportunidad debemos dar á conocer quién es nuestro Maestro, y cuál es nuestro credo.

NOTAS.   JUAN 15:22-27.

23 El que me aborrece, también á. mi Padre aborrece. Estas palabras tuvieron por objeto dar á conocer á los discípulos una de las razones por qué el pecado de oír y no creer á Jesucristo era tan grande. Era porque los preceptos que Él anunciaba no dimanaban solamente de Él, sino también de su Padre.

96. Mas esto sucede, para que se cumpla, etc.    No es fácil determinar á qué texto fue que precisamente hizo alusión nuestro Señor.    Algunos creen que no se refirió á ningún texto en particular sino al testimonio de las Escrituras en general.   Otros, sin embargo, citan Salmos 31:19 y 69:4.

Empero cuando viniere el Consolador, etc. ¿Quién era ese Consolador? Era el Espíritu Santo que había de descender con gran poder en el día de Pentecostés y morar con los miembros de la primitiva iglesia. En el segundo capítulo de los Actos puede verse cómo se cumplió por primera vez este versículo. El influjo irresistible que el Evangelio obtuvo en Jerusalén, á despecho de toda la oposición de escribas y sacerdotes, de fariseos y saduceos fue el segundo cumplimiento.

17.   Y vosotros también daréis testimonio.    Para convencernos de qué manera tan notable se cumplieron estas palabras nos basta leer los siete primeros capítulos de los Hechos de los Apóstoles. Véase si no el versículo 33 del capítulo 4: "Y los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con gran poder."

El Texto Bíblico esta siendo transcrito por:

Martha Iñiguez Moreno
de La Biblia Devocional de Estudio
Reina Valera Revisión 1960
de La Liga bíblica

Los Textos Paralelos y las Referencias están tomados de:

La Santa Biblia
Reina-Valera (1960)
e-Sword
Versión 7.6.1
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Rick Meyers
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Los comentarios son tomados del libro:

Los Evangelios Explicados
Volumen Segundo, Juan
J.C. C Ryle
Libros CLIE
Galvani, 115, Terrassa (Barcelona)

 

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"Pero en cuanto a ti, enseña lo que está de acuerdo con la sana doctrina. Porque vendrá tiempo cuando no soportarán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oídos, acumularán para sí maestros conforme a sus propios deseos; y apartarán sus oídos de la verdad, y se volverán a mitos." (2 Timoteo 2:1; 4:3-4)

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Martha Iñiguez Moreno
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