El Santo Evangelio según
San Juan

Porque por gracia sois salvos

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Jesús ora por sus discípulos

Juan 17.1-26

1  Estas cosas habló Jesús,  y levantando los ojos al cielo,  dijo:  Padre,  la hora ha llegado;  glorifica a tu Hijo,  para que también tu Hijo te glorifique a ti;

como le has dado potestad sobre toda carne,  para que dé vida eterna a todos los que le diste.

Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti,  el único Dios verdadero,  y a Jesucristo,  a quien has enviado.

Yo te he glorificado en la tierra;  he acabado la obra que me diste que hiciese.

Ahora pues,  Padre,  glorifícame tú al lado tuyo,  con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese.

He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste;  tuyos eran,  y me los diste,  y han guardado tu palabra.

Ahora han conocido que todas las cosas que me has dado,  proceden de ti;

porque las palabras que me diste,  les he dado;  y ellos las recibieron,  y han conocido verdaderamente que salí de ti,  y han creído que tú me enviaste.

Yo ruego por ellos;  no ruego por el mundo,  sino por los que me diste;  porque tuyos son,

10  y todo lo mío es tuyo,  y lo tuyo mío;  y he sido glorificado en ellos.

11  Y ya no estoy en el mundo;  mas éstos están en el mundo,  y yo voy a ti.  Padre santo,  a los que me has dado,  guárdalos en tu nombre,  para que sean uno,  así como nosotros.

12  Cuando estaba con ellos en el mundo,  yo los guardaba en tu nombre;  a los que me diste,  yo los guardé,  y ninguno de ellos se perdió,  sino el hijo de perdición,  para que la Escritura se cumpliese. (Sal. 41.9)

13  Pero ahora voy a ti;  y hablo esto en el mundo,  para que tengan mi gozo cumplido en sí mismos.

14  Yo les he dado tu palabra;  y el mundo los aborreció,  porque no son del mundo,  como tampoco yo soy del mundo.

15  No ruego que los quites del mundo,  sino que los guardes del mal.

16  No son del mundo,  como tampoco yo soy del mundo.

17  Santifícalos en tu verdad;  tu palabra es verdad.

18  Como tú me enviaste al mundo,  así yo los he enviado al mundo.

19  Y por ellos yo me santifico a mí mismo,  para que también ellos sean santificados en la verdad.

20  Mas no ruego solamente por éstos,  sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos,

21  para que todos sean uno;  como tú,  oh Padre,  en mí,  y yo en ti,  que también ellos sean uno en nosotros;  para que el mundo crea que tú me enviaste.

22  La gloria que me diste,  yo les he dado,  para que sean uno,  así como nosotros somos uno.

23  Yo en ellos,  y tú en mí,  para que sean perfectos en unidad,  para que el mundo conozca que tú me enviaste,  y que los has amado a ellos como también a mí me has amado.

24  Padre,  aquellos que me has dado,  quiero que donde yo estoy,  también ellos estén conmigo,  para que vean mi gloria que me has dado;  porque me has amado desde antes de la fundación del mundo.

25  Padre justo,  el mundo no te ha conocido,  pero yo te he conocido,  y éstos han conocido que tú me enviaste.

26  Y les he dado a conocer tu nombre,  y lo daré a conocer aún,  para que el amor con que me has amado,  esté en ellos,  y yo en ellos.

Juan 17.12 Sal. 41.9 Aun el hombre de mi paz,  en quien yo confiaba,  el que de mi pan comía,  Alzó contra mí el calcañar

Comentarios de J. C. Ryle

Juan  17:1-8.

Con estos versículos empieza uno de los capítulos más admirables de la Biblia-un capítulo que contiene la larga oración que nuestro Señor Jesucristo dirigió á su Padre celestial. Es admirable por lo que presenta un ejemplo de la comunión entre el Hijo y el Padre cuando Aquel estuvo en la tierra, y de la intercesión que el Hijo hace continuamente por nosotros. Más no es menos admirable, por cuanto nos enseña qué es lo que los creyentes han de pedir en la oración. Á los miembros de la iglesia universal les incumbe implorar para sí lo que Jesucristo ha pedido para ellos. Razón tenía un antiguo teólogo cuando dijo que el más célebre sermón que jamas se haya predicado fue seguido por la mejor oración que jamas se haya hecho.

Superfluo seria decir que el capítulo que tenemos á la vista contiene muchas verdades profundas. No podria ser de otro modo. Quienquiera que lea las palabras que una persona de la

Trinidad dirige á otra, como el Hijo al Padre, tiene que resignarse a leer mucho que no puede del todo comprender. Limitaremos nuestra atención á esas verdades que se destacan, por decirlo así, con toda claridad.

Es de notarse, primeramente, qué relación tan gloriosa contienen eslos versículos del oficio y dignidad de nuestro Señor Jesucristo. Se nos dice que el Padre le ha dado poder sobre toda carne para que dé vida eterna. Las llaves del cielo están en sus manos. La salvación de toda alma humana está en su poder. También dice la oración que es vida conocer al único Dios verdadero, y á Jesucristo á quien Él ha enviado. Un mero conocimiento de Dios no es suficiente, y no salva á nadie. Es preciso que conozcamos al Hijo juntamente con el Padre. Dios revelado á nuestra mente sin Jesucristo, es un Ser á quien solo podemos temer y á quien no nos es dado acercarnos. Dios en Cristo, reconciliando consigo al mundo, es el único Ser que puede darnos vida y paz. En seguida dice Jesús en la oración que ha acabado la obra que el Padre le había encomendado. Sí ha acabado la obra de la redención y ha obtenido completa justicia para su pueblo. Muy distinto del primer Adán, que dejó de cumplir la voluntad de Dios y trajo pecado al mundo, el segundo Adán ha hecho todo, no ha dejado sin ejecutar nada de lo que vino á hacer. Dice, ademas, Jesús, que poseia gloria con el Padre antes de que el mundo fuese. A diferencia de Moisés y de David, existió desde toda eternidad; y participó del esplendor del Padre antes de que se hiciese carne y de que naciese de la Virgen María.

Demos constantemente gracias á la Providencia de que el cristiano no tiene que fincar sus esperanzas en un ser mutable, perecedero, finito, sino en el divino y eterno Salvador. Aquel á quien se nos manda acudir para obtener perdón y sosiego es Dios y hombre. Para los que realmente se interesan por el bien de sus almas esa idea es muy consoladora, pues saben que ningún Salvador humano podria satisfacer las necesidades del pecador.

Es de notarse, también, los benignos términos en que nuestro Señor aludió á sus discípulos. "Guardaron tu palabra-han ya conocido que todas las cosas que me diste son de tí-han conocido verdaderamente que salí de tí - han creído que Tú me enviaste."

Si consideramos el carácter de los hombres á quienes se refirieron estas palabras, no podrán menos de parecemos maravillosas. ¡Cuan débil era su fe! ¡Cuan limitados sus conocimientos! ¡Cuan pequeño su ánimo en la hora del peligro! Solamente unos pocos momentos después de que Jesús pronunció esas palabras todos le abandonaron y huyeron, y uno de ellos lo negó tres veces bajo juramento. En una palabra, ninguno que lea los cuatro Evangelios con atención dejará de percibir que ningún maestro tuvo jamas discípulos tan frágiles como los que tuvo Jesús. Y sin embargo, de esos mismos discípulos fue que Él habló con tanta bondad.

Es evidente que Jesús descubre en los creyentes mayores cualidades que las que ellos advierten en sí mismos, ó que las que los demás les reconocen. La más mínima fe es valiosa á sus ojos. Aunque no sea más grande que un grano de mostaza es sin embargo una semilla celestial, una semilla que hace distinguir al cristiano del hombre del mundo. Cuando el Salvador percibe que alguno tiene fe en Él, por débil que sea, le tiene compasión y le disimula muchos defectos y flaquezas. Eso fue lo que aconteció con los apóstoles. Cierto es que eran frágiles como el vidrio y movedizos como la arena, mas creyeron en su Maestro y lo amaron en tanto que era despreciado y escarnecido por la multitud. Y la circunstancia de haber dicho Él que la copa de agua dada en nombre de un discípulo no dejarla de obtener su galardón, manifiesta claramente que jamas se arrojó al olvido la constancia de esos discípulos.

Aun el más recto y piadoso de los creyentes tiene por fuerza que percibir en sí mismo muchos defectos y flaquezas, y que avergonzarse de lo poco que avanza en el campo do la religión. Más ¿siquiera creemos en Jesús? ¿Nos acogemos á Él y le confesamos nuestras culpas? ¿Podemos decir con toda sinceridad lo que Pedro dijo más tarde: "Señor, tú sales todas las cosas-tú sabes que te amo" Si así fuere, consolémonos con las palabras que quedan citadas, y no dejemos que nuestro ánimo desmaye.

NOTAS.   JUAN 17:1-8.

1. Estas cosas habló Jesús. Nada sabemos de cierto acerca del lugar en que fue ofrecida la oración contenida en este capítulo. Algunos creen que fue el cuarto alto, el cuarto en el que se había ofrecido la cena del Señor. Pero esto no concuerda con aquellas palabras que nuestro Señor dirigió á sus discípulos: "Levantaos, vamos de aquí." Cap. 11:31. Es más probable que la oración fue pronunciada en algún paraje sosegado, fuera de los muros de la ciudad antes de que nuestro Señor atravesase el torrente Cedrón. Juan 18:1. Lo quo si parece cierto es que fue una oración distinta de la que pronunció en el Jardín de Getsemaní, aunque algún autor asegura que fue la misma.

En cuanto al auditorio, no hay porqué dudar que los once apóstoles estuvieran presentes y la oyeran.

Relativamente al plan y disposición de la oración, nos al atenemos de expresar opinión alguna, pues nos parece más en armonía con el espíritu reverente no examinar con demasiada minuciosidad una pieza de esa clase. De una ojeada puede percibirse que nuestro Señor oró por sí mismo y por todos sus discípulos, tanto por los que lo eran entonces como por los que lo serian después. Una sola cosa podremos hacer notar: la frecuente repetición de la palabra "mundo." Se encuentra diez y nueve veces.

Melanchton dice: "Ningunas palabras que se hayan oído jamás en los cielos ó en la tierra son más excelsas, más santas, más fértiles ó más sublimes que esta oración."

Y levantados los ojos el cielo. Estas palabras demuestran que cierta actitud devota en la oración no es del todo sin significado. Al dirigirnos á Dios debemos hacerlo da un modo reverente.

Dijo: Padre, la hora ha venido. Esa hora fue la designada en los eternos consejos de Dios para el sacrificio y muerte de nuestro Señor Jesucristo. Esa hora que habían estado esperando los justos por cuatro mil años había llegado al fin, y la simiente de la mujer iba á quebrantar la cabeza de la serpiente.

Glorifica a tu Hijo, etc. El significado de esta cláusula debe de ser como sigue: "Da gloria á tu Hijo conduciéndolo al través de la muerte y del sepulcro hacia una consumación victoriosa de la obra que vino á ejecutar, y colocándolo á tu diestra y ensalzándolo sobre todo otro nombre. Haz esto para que Él pueda glorificarte á ti. Hazlo para que glorifique de nuevo tu santidad, tu justicia, tu misericordia y tu fidelidad."

Estas palabras prueban que el Hijo es igual al Padre en cuanto á su divinidad, pues ¿qué criatura podría presentarse ante el Creador y decir: "Glorifícame para que yo te glorifique"?

2. Como le has dado poder, etc. Existe, evidentemente, cierta concatenación entre este versículo y la cláusula final del que le precede. "Qué tu Hijo te glorifique salvando á los hombres, según Tú lo has ordenado, siendo así que le has dado poder y autoridad sobre toda carne, á fin de que comunique la vida á todos los miembros de ese cuerpo místico que Tú le has dado."

La expresión "toda carne" quiere decir "toda la humanidad."

3. Y esta es la vida eterna, etc. Este versículo ha sido misericordiosamente preservado como una descripción del alma que ha sido salva. "El secreto pava poseer la vida eterna, para ser justificado y santificado en la vida presente y glorificado en la venidera, consiste simplemente en esto: en poseer un recto conocimiento del verdadero Dios y de Jesucristo á quien ha enviado á salvar á los pecadores." Es preciso, sin embargo, tener presente, que el conocimiento á que se refirió nuestro Señor no es meramente intelectual, sino es un conocimiento que afecta el corazón y modifica la vida del que lo posee.

4. Yo te he glorificado en la tierra. Es decir: "Te he glorificado durante mi vida en la tierra guardando tu ley tan perfectamente que Satanás no ha podido hallar culpa alguna en mi, dando fiel testimonio de tu verdad en oposición á las falsas doctrinas de los Judíos, y dando á conocer tus designios acerca de los hombres de una manera antes ignorada."

He acabado la obra, etc. Es decir: "He completado la obra de la redención que tú me encomendaste. Mi muerte está tan cercana que bien puede decirse que esa obra está completa.

5. Ahora pues, Padre, glorifícame tú en ti mismo, etc. Podría explanarse así este versículo: "Padre, habiendo terminado mi obra acá en la tierra, te pido que me vuelvas al goce de esa gloria que de una manera inefable tenía contigo, como miembro de la indivisible Trinidad, antes de que el mundo fuese."

6. He manifestado tu nombre. Es decir: "He dado á conocer tu ser, tu naturaleza y tus atributos a mis discípulos." La palabra nómbrese encuentra con frecuencia empleada en la Biblia en este sentido. Véase Salmos 22:22; 52:9; 119:55; Isaías 26:8; Actos 9:4; Prov. 18:10.

A los hombres que del mundo me diste. Nuestro Señor describió á sus discípulos por medio de esas palabras.

Los creyentes fueron dados á Jesucristo por el Padre de acuerdo con una alianza hecha y ratificada largo tiempo antes de su nacimiento; y, en debido tiempo, son separados del mundo por medio de la vocación del Espíritu.

 

Comentarios de J. C. Ryle

Juan 17:9-16

Estos versículos, como el resto del capítulo, contienen pensamientos profundísimos, pensamientos que nosotros no alcanzamos á descifrar. Más hay dos puntos que sí están á nuestro alcance y que merecen la atención de todo cristiano. Á ellos circunscribiremos nuestro examen.

Se nos enseña, en primer lugar, que nuestro Señor Jesucristo hace algo por su pueblo creyente que no hace por los impenitentes. Acude al socorro de sus almas por medio de una intercesión especial. He aquí sus propias palabras á este respecto:" Yo ruego por ellos: no ruego por el mundo, sino por los que me diste."

Es esta una doctrina por la cual el mundo siente particular repugnancia. Nada causa tanto encono á los malos como la idea de que Dios haga distinción alguna entre los hombres; que ame á unos más que á otros. Mas las objeciones que aducen son débiles é injustas. Á la verdad, un poco de reflexión debiera convencernos que un ser que contemplase con igual agrado lo bueno y lo malo, lo santo y lo impío, lo justo y lo injusto, seria un Dios de muy extraña naturaleza. La intercesión que Jesucristo hace por los que en Él creen, está en armonía con la sana razón y con el sentido común.

Desde luego se deja comprender, por supuesto, que como sucede con toda otra verdad evangélica, es preciso enunciar esta doctrina con precisión, señalando, además, aquellas limitaciones que se desprenden del tenor de las Escrituras mismas. Debemos guardarnos, por una parte, de estrechar ó limitar indebidamente el amor de Jesucristo hacia los pecadores, y por otra de exagerar su inmensidad. Es cierto que Jesucristo ama á todos los pecadores y los exhorta para que sean salvos; mas no es menos cierto que ama de una manera especial al bienaventurado gremio de los fieles, al gremio de las almas que santifica y glorifica. Es cierto que Él ha perfeccionado una redención que es suficiente para toda la humanidad y que la ha ofrecido gratuitamente á todos; pero no es también menos cierto que tan solo los que creen participan de los efectos de esa redención. De la misma manera es cierto que Él es Mediador entre Dios y los hombres; pero no es menos cierto que solo intercede activamente por los que se acercan á Dios por medio de Él.

De aquí la seguridad del creyente. Un Ser que jamás se cansa ó se adormece, está siempre pensando en él, está siempre velando por su bienestar espiritual y proveyendo á las necesidades de su alma. "Jesús puede también salvar perpetuamente á los que por él se allegan á Dios." Heb. 7:25. Es bien sabido que Judas cayó y no volvió á levantarse, en tanto que Pedro cayó también, pero se arrepintió y fue contado otra vez en el número de los fieles. La razón de esa diferencia se encuentra en aquellas palabras que Jesucristo dirigió á Pedro: "Yo he rogado por ti que tu fe no falte." Lucas 22:32.

En estos versículos se nos enseña, en segundo lugar, que Jesucristo no quiere que se quite á los creyentes del mundo, sino que se les guarde del malo.

Es bien seguro que nuestro Señor en su omnisciencia alcanzó á percibir en el corazón de sus discípulos un deseo ansioso de salir de este angustioso mundo. Pocos en número y careciendo de fuerza, rodeados por todas partes por enemigos y perseguidores, no es extraño que quisieran alejarse de la arena del combate y ascender á las moradas eternas. Aun David dijo en cierto lugar; "¿Quién me diese alas como de paloma? -volaría y descansaría." Salmo 55:6. Sabiendo todo esto, nuestro Señor permitió para provecho de la iglesia que se trasladase al papel la parte de su oración que versa sobre el particular. De eso modo nos ha enseñado la gran lección de que es mejor que su pueblo permanezca en el mundo y sea preservado del mal, que no que sea alejado de todo contacto con el mal.

Ni es difícil percibir, después de alguna reflexión, que nuestro Señor pensó sabiamente sobre este, así como sobre todo otro asunto. Agradable como seria al creyente el que se le apartase de toda tentación, se advierte prontamente que no seria conveniente. ¿Cómo podrían los discípulos de Jesucristo hacer bien alguno en el mundo, si se les arrebatase de él tan luego como se convirtiesen? ¿Cómo darían á conocer el poder de la gracia, y someterían á prueba su fe, y su valor y su paciencia como leales soldados de un Señor crucificado? ¿Cómo podrían ser disciplinados para el cielo, y cómo aprenderían a estimar en su debido valor la expiación hecha por su Salvador? A preguntas de este linaje solo puede darse una sola contestación. Permanecer en este valle de lágrimas expuestos á todo sufrimiento, á toda tentación, á todo ataque es el medio más seguro de propender por la propia santificación y de glorificar á Jesucristo. Si fuéramos al cielo inmediatamente después de verificada nuestra conversión, se nos evitarían, sin duda, muchas molestias. Mas el camino más fácil no es siempre el que el deber nos señala. Quien desee ceñirse la corona de la gloria, tiene primero que llevar á cuestas la cruz, y ser luz en medio de las tinieblas y sal en medio de la corrupción. "Si sufrimos, también reinaremos con él." 2 Tim. 2 :11,

Si tenemos razón para creer que somos verdaderos discípulos de Jesucristo, estemos persuadidos de que nuestro Maestro sabe mejor que nosotros qué es lo que nos conviene. Encomendémonos completamente en sus manos, y contentémonos con vivir en este mundo todo el tiempo que Él quiera, con tal de que seamos preservados del mal.

NOTAS.   JUAN 17:9-16.

9. Ya ruego por ellos, etc. Nuestro Señor empezó así la parte intercesora de su oración, haciendo peticiones á favor de sus discípulos. Es bueno recordar que esas peticiones versaron principalmente sobre cuatro puntos: que los discípulos fueran (1) preservados, (2) santificados, (3) unidos é (4) introducidos á la gloria. Imposible es desear para los creyentes cosa alguna más importante.

10. Y he sido glorificado en ellos. Es decir: "He sido glorificado en ellos por medio de su fe, de su obediencia, y de su amor cuando la -mayor parte de mis compatriotas me han aborrecido y rechazado."

11. Guárdalos por tu nombre, á los cuales me has dado. He aquí la primera petición que nuestro Señor elevó por sus discípulos, rogando que fuesen preservados del mal, de la apostasía, de las falsas doctrinas, de ser vencidos por la tentación y abatidos por la persecución, y, en una palabra, de todos los ataques y ardides de Satanás.

La expresión "por tu nombre" es notable. Creemos que quiere decir "por tus propios atributos, tales como tu amor, tu poder y tu sabiduría."

Para que sean uno, así como nosotros lo somos. El objeto principal por el cual nuestro Señor desea que sus discípulos sean preservados del malo es su unión, ó mejor dicho, su unidad. "Guárdalos para que sean de un mismo parecer, de unos mismos sentimientos; para que luchen de consuno contra adversarios comunes y por fines también comunes; para que no sean separados, debilitados y paralizados por divergencias y contiendas internas."

Presenta, además, como modelo, la unidad más perfecta: la del Padre y el Hijo. Se advierte, por supuesto, que no deben tomarse las palabras de Jesús en un sentido rigurosamente literal, pues es imposible que exista entre los cristianos una unión tan estrecha como la que existe entre dos personas de la Trinidad.

12. Yo los guarde, y ninguno de ellos se perdió, etc. La palabra traducida en esta cláusula por el verbo "guardar" es distinta, en el original, de la palabra así traducida al principio del versículo. Tornándolas en su orden respectivo, la una significa meramente "preservar," la otra "velar por la seguridad de alguna persona ú objeto."

Sino el hijo de perdición. Esta singular expresión se refiere á Judas Iscariote. Es un hebraísmo muy significativo, que denota una persona digna de perdición á causa de su maldad.

Para que la Escritura se cumpliese. Estas palabras, como otas semejantes que se encuentran en varios pasajes, no significan que Judas se perdió á fin de que se cumpliese la Escritura, sino que la Escritura su cumplió con la caída de Judas.

14. Yo les di tu palabra, etc. Es como si el Señor hubiera dicho: "No es sin buenas y inertes razones que pido que mis discípulos; sean preservados. Habiéndoles dado yo el Evangelio, y habiéndolo recibido ellos, han sido luego perseguidos y ultrajados por esa conducta. El mundo los ha aborrecido desde que se hicieron mis discípulos, porque, como yo, no son del mundo ni siguen las sendas del mundo.

15. No ruega que los quites del mundo, etc. Este es un argumento de bastante fuerza, aunque indirecto, contra los que pretenden que el secreto de obtener la santidad consiste en el retiro del mundo y el aislamiento en los conventos. Es luchando frente á frente con el mal y ganando la victoria que se manifiesta la más elevada santidad, y no abandonando cobardemente nuestro puesto en la sociedad.

Las únicas tres oraciones de hombres piadosos que nos diga la Escritura que no fueron concedidas son las que Moisés, Elías y Jonás hicieron implorando que fueran quitados del mundo.

 

Comentarios de J. C. Ryle

Juan   17:17-26.

Estos versículos forman una digna conclusión de la más admirable plegaria que jamás haya sido ofrecida en la tierra. Prescindiendo de todo lo ciernas que contienen ceñiremos nuestra atención á las tres importantísimas peticiones que nuestro Señor hizo á favor de sus discípulos.

1. Que su pueblo fuera santificado. "Santifícalos por tu verdad; tu palabra es la verdad."

Es esta una petición á fin de que el Padre hiciera á los creyentes más santos, más espirituales, más puros en pensamiento, palabra y obra, en carácter y conducta. La gracia divina había ya ejercido algún influjo en el ánimo de los discípulos-los había llamado á abrazar el Evangelio, y los había convertido y renovado. El Jefe de la iglesia pidió que esa obra continuase, y que su pueblo fuera santificado de una manera más completa en cuerpo y en espíritu para que se asemejase más á Él mismo.

Mayor santidad es precisamente lo que cada siervo de Jesucristo debe anhelar. La santidad de vida de parte del creyente es la mejor prueba do que el Cristianismo es la religión verdadera. Los hombres del mundo podrán muchas veces negarse á percibir la validez do nuestros argumentos, mas no pueden cerrar los ojos á la evidencia que ofrece una vida santa. Además, el vivir santamente prepara a los cristianos para el cielo. Cuanto más cerca estemos de Dios mientras vivamos, tanto más prontos estaremos para habitar en su presencia cuando muramos. Es por la gracia divina y no por nuestras obras que seremos recibidos en la gloria; pero el cielo mismo no seria para nosotros un lugar de bienaventuranza si entráramos en él sin haber sido santificados. Para que podamos gozar de la felicidad de esa eterna morada es preciso que nuestros corazones estén en armonía con la inefable pureza que allí reina. Para entrar en el cielo necesitamos, además de ciertos títulos, idoneidad para participar en sus goces. Solamente la sangre de Cristo puede darnos título alguno. La santificación debe hacernos idóneos.

En vista de estas verdades, ¿quién puede sorprenderse do que lo primero que Jesús pidiera por su pueblo fuera mayor santidad? ¿Quién que haya sido realmente iluminado por el Espíritu cío Dios, puede ignorar que ser santo es ser feliz, y que los que más se acercan á Dios hallan mayor placer en obedecerle y servirle? Que nadie nos engañe sobre este asunto con vanas palabras. El que, bajo pretexto de manifestar su veneración por la doctrina de la justificación por medio de la fe, desdeña la santidad y descuida las buenas obras, manifiesta claramente que no tiene el espíritu del Salvador.

2a petición. Que su pueblo viviera en unión, formando una unidad. "Para que todos ellos sean uno," etc.

No puede exigirse mayor prueba de la importancia de la concordia entre los cristianos, y de lo pernicioso de la desunión, que la gran prominencia que nuestro Señor dio al asunto en el pasaje de que nos ocupamos. Cuan doloroso y cuan cierto no es que en todos los siglos las disensiones han sido el escándalo de la religión y el pecado de la iglesia de Jesucristo. ¡Cuántas veces no han gastado sus fuerzas los cristianos en contender contra sus hermanos, en vez de emplearlas en luchar contra el demonio! Cuántas veces no han dado motivo para que el mundo diga: "Cuando vosotros hayáis arreglado vuestras disputas entonces creeré." Nuestro Señor sin duda previo todo esto con el ojo perspicaz del profeta, y por esa razón oró que los creyentes estuvieran siempre unidos.

3a petición. Que su pueblo estuviera al fin con Él y contemplara Su gloria. "Aquellos que me has dado," dijo, "quiero que donde yo estoy ellos estén también conmigo."

Bellas y conmovedoras son, á la verdad, estas palabras. No hay duda que tuvieron por objeto consolar y reanimar á los apóstoles, y darles fuerzas para la triste separación que rápidamente se acercaba. Mas también están llenas de un indecible consuelo aun para los que en estos remotos tiempos las leen.

Ahora no podemos ver á Jesucristo. Leemos y oímos hablar acerca de Él, creemos en Él y ciframos nuestras esperanzas de salvación en la obra redentora que efectuó; mas aun los cristianos más santos con en su camino guiados por la fe, no por lo que ven con sus propios ojos; y corno esa fe es débil, resulta que sus pasos son, á menudo, vacilantes y pausados. Mas esa situación llegará á su término algún día. Al fin hemos de ver á Jesucristo tal como es y de conocerle como nosotros hemos sido conocidos. Si el creer ha sido tan agradable, mucho más lo será el ver; y si la esperanza ha sido dulce, mucho más lo será la realidad. Por eso San Pablo, después de haber dicho que siempre estaremos con el Señor, agrega: "Consolaos los unos á los otros en estas palabras." 1 Tes. 4:17, 18.

Al presente sabemos muy poco acerca del cielo. Nuestro entendimiento se abisma cuando procuramos formarnos una idea de ese estado futuro en que los pecadores absueltos serán completamente felices. "Aún no es manifestado lo que hemos de ser." 1 Juan 3: 2. Mas debemos tranquilizarnos con saber que después de la muerte estaremos con Jesucristo, ya sea en el paraíso, antes de la resurrección, ó en la gloria final, después de ese acontecimiento. Y donde esté ese Ser que nació, murió y resucitó por nosotros, nada nos puede faltar. Con razón dijo David: "Hartura de alegrías hay en tu rostro: deleites en tu diestra para siempre."    Salmo 16:11.

NOTAS.    JUAN 17:17-26.

17. Santifícalos por tu verdad. Esta fue la segunda bendición que nuestro Señor pidió á favor de sus discípulos. Que fuesen preservados fue la primera, que fuesen santificados fue la segunda.

De este texto surgen tres grandes verdades.

1°. Que la santificación y la práctica de las virtudes cristianas son de suma importancia. De nada vale nuestra religión si no nos inclina á bien obrar y bien vivir.

2°. Que existe una gran diferencia entre la justificación y la santificación. La primera es mi acto externo y completo, llevado á su perfección desde el momento en que creemos, y no es susceptible de grados; la segunda es una operación interna que se verifica gradualmente en nuestros corazones por el influjo del Espíritu Santo, y que no puede llegar á su perfección en esta vida. No había necesidad de pedir la justificación de los discípulos, porque ya habían sido justificados; pero sí la había de orar por su santificación, pues aún no habían sido completamente santificados.

3°. Que la palabra divina es el gran medio por el cual el Espíritu Santo lleva á efecto la obra de la santificación. Es convenciendo la mente, dominando la voluntad, é iluminando la conciencia por medio de esa palabra que el carácter del hombre puede ser santificado. La santificación por medios externos, como las flagelaciones del cuerpo y el asceticismo, los ritos y ceremonias, es un engaño. Su origen debe ser interno.

18. Como tú me enviaste, etc. Podría expresarse así la concatenación que existe entro este versículo y el que lo precede: "Te pido mayor santidad para mis discípulos, á cansa de la posición que tienen que ocupar sobre la tierra. Así como Tú me has enviado á este mundo pecador como mensajero tuyo, yo los envió ahora á ellos como mensajeros míos. Es, por lo tanto, de suma importancia que sean santos."

19. Y por ellos yo me santifico á. mí mismo. Estas palabras son de difícil interpretación. En cierto sentido nuestro Señor no necesitaba de santificación. Él era perfectamente santo y no tenía pecado. El sentido debe de ser como sigue: "Yo me consagro y me ofrezco como sacrificio por esta, entre otras razones: que mis discípulos sean santificados por la verdad." El siguiente texto entraña la misma idea: "Que se dio á sí mismo por nosotros, para redimirnos de toda iniquidad, y limpiar para sí un pueblo propio, seguidor de buenas obras." Y este otro: "Cristo amó á la iglesia, y se entregó á si mismo por ella para santificarla." Tito 2:14; Efes. 5:25.

20. Más no ruego solamente por ellos, etc. Nuestro Señor pidió así que su pueblo fuera "uno." Ya había hecho esa petición á favor de los once apóstoles; mas luego la hizo más extensiva é incluyó en ella á todos los creyentes.

21. Que ellos en nosotros sean uno. Es decir: "Te ruego que mis discípulos, tanto estos como los que lo sean después, sean de un mismo modo de pensar: profesen las mismas doctrinas, abriguen idénticos sentimientos, sigan las mismas prácticas y estén en todo estrechamente unidos, así como Tú, oh Padre, y yo tenemos un mismo pensamiento y una misma voluntad, á consecuencia de esa inefable unión en virtud de la cual Tú estás en Mi, y yo en ti."

22. Y yo la gloria que me diste, etc. ¿Qué quiso decir nuestro Señor con "la gloria" en este pasaje? Esa es una expresión que ha confundido á los comentadores.

(a) Algunos, como Calvino, creen que "la gloria" quiere decir la imagen y semejanza de Dios, á la cual fueron restituidos los discípulos.

(b) Otros creen que significa ese poder insensible, ese influjo y autoridad que ejerció nuestro Señor en todos sus actos y palabras durante su permanencia en la tierra, y que comunicó oportunamente á sus discípulos.

(c) Otros que fue el poder de obrar milagros.

(d) Otros, y esta es la interpretación que nosotros preferimos, creen que "la gloria" se refiere al Espíritu Santo á quien cu otro pasaje se llama "el Espíritu de gloria."

23. Yo en ellos, y tú en mí, etc. Antes de terminar el examen de este difícil pasaje acerca de la unidad, será bueno observar que Jesucristo no oró por la unidad de una iglesia particular ó visible, sino por la iglesia, que se compone solamente de los verdaderos creyentes.

Además, la unidad por la cual oró no fue una unidad de ritos, disciplina y régimen. Muy equivocados están los que confunden la unidad con la uniformidad. Puede haber uniformidad sin unidad, como sucede, en nuestros días, en muchas iglesias visibles; y puede haber unidad sin uniformidad, como sucede entre muchas de las diversas sectas protestantes.

26. Y yo les hice conocer tu nombre, etc. Nuestro Señor resumió así lo que había hecho y todavía estaba haciendo por sus discípulos. "Les he dado á conocer tu nombre, tu naturaleza y tus atributos, como el dador de la salvación á un mundo perdido; y continúale dándoselos á conocer, por medio del Espíritu, después de la ascensión.

Esté en ellos, y yo en ellos. Nuestro Señor terminó su ovación expresando el deseo que el amor del Padre y Él mismo moraran en el corazón de sus discípulos.

El Texto Bíblico esta siendo transcrito por:

Martha Iñiguez Moreno
de La Biblia Devocional de Estudio
Reina Valera Revisión 1960
de La Liga bíblica

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La Santa Biblia
Reina-Valera (1960)
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Los comentarios son tomados del libro:

Los Evangelios Explicados
Volumen Segundo, Juan
J.C. C Ryle
Libros CLIE
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"Pero en cuanto a ti, enseña lo que está de acuerdo con la sana doctrina. Porque vendrá tiempo cuando no soportarán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oídos, acumularán para sí maestros conforme a sus propios deseos; y apartarán sus oídos de la verdad, y se volverán a mitos." (2 Timoteo 2:1; 4:3-4)

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