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Jesús ante Pilato Juan 19.1-16 1 Así que, entonces tomó Pilato a Jesús, y le azotó. 2 Y los soldados entretejieron una corona de espinas, y la pusieron sobre su cabeza, y le vistieron con un manto de púrpura; 3 y le decían: ¡Salve, Rey de los judíos! y le daban de bofetadas. 4 Entonces Pilato salió otra vez, y les dijo: Mirad, os lo traigo fuera, para que entendáis que ningún delito hallo en él. 5 Y salió Jesús, llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Y Pilato les dijo: ¡He aquí el hombre! 6 Cuando le vieron los principales sacerdotes y los alguaciles, dieron voces, diciendo: ¡Crucifícale! ¡Crucifícale! Pilato les dijo: Tomadle vosotros, y crucificadle; porque yo no hallo delito en él. 7 Los judíos le respondieron: Nosotros tenemos una ley, y según nuestra ley debe morir, porque se hizo a sí mismo Hijo de Dios. 8 Cuando Pilato oyó decir esto, tuvo más miedo. 9 Y entró otra vez en el pretorio, y dijo a Jesús: ¿De dónde eres tú? Más Jesús no le dio respuesta. 10 Entonces le dijo Pilato: ¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para crucificarte, y que tengo autoridad para soltarte? 11 Respondió Jesús: Ninguna autoridad tendrías contra mí, si no te fuese dada de arriba; por tanto, el que a ti me ha entregado, mayor pecado tiene. 12 Desde entonces procuraba Pilato soltarle; pero los judíos daban voces, diciendo: Si a éste sueltas, no eres amigo de César; todo el que se hace rey, a César se opone. 13 Entonces Pilato, oyendo esto, llevó fuera a Jesús, y se sentó en el tribunal en el lugar llamado el Enlosado, y en hebreo Gabata. 14 Era la preparación de la pascua, y como la hora sexta. Entonces dijo a los judíos: ¡He aquí vuestro Rey! 15 Pero ellos gritaron: ¡Fuera, fuera, crucifícale! Pilato les dijo: ¿A vuestro Rey he de crucificar? Respondieron los principales sacerdotes: No tenemos más rey que César. 16 Así que entonces lo entregó a ellos para que fuese crucificado. Tomaron, pues, a Jesús, y le llevaron. |
Jesús ante Pilato Juan 19.1-16 Mt. 27.1-2; 11-31; Mr. 15.1-20; Lc. 23.1-5; 13-25 Mt. 27.1-2 1 Venida la mañana, todos los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo entraron en consejo contra Jesús, para entregarle a muerte. 2 Y le llevaron atado, y le entregaron a Poncio Pilato, el gobernador; 11-31 11 Jesús, pues, estaba en pie delante del gobernador; y éste le preguntó, diciendo: ¿Eres tú el Rey de los judíos? Y Jesús le dijo: Tú lo dices. 12 Y siendo acusado por los principales sacerdotes y por los ancianos, nada respondió. 13 Pilato entonces le dijo: ¿No oyes cuántas cosas testifican contra ti? 14 Pero Jesús no le respondió ni una palabra; de tal manera que el gobernador se maravillaba mucho. 15 Ahora bien, en el día de la fiesta acostumbraba el gobernador soltar al pueblo un preso, el que quisiesen. 16 Y tenían entonces un preso famoso llamado Barrabás. 17 Reunidos, pues, ellos, les dijo Pilato: ¿A quién queréis que os suelte: a Barrabás, o a Jesús, llamado el Cristo? 18 Porque sabía que por envidia le habían entregado. 19 Y estando él sentado en el tribunal, su mujer le mandó decir: No tengas nada que ver con ese justo; porque hoy he padecido mucho en sueños por causa de él. 20 Pero los principales sacerdotes y los ancianos persuadieron a la multitud que pidiese a Barrabás, y que Jesús fuese muerto. 21 Y respondiendo el gobernador, les dijo: ¿A cuál de los dos queréis que os suelte? Y ellos dijeron: A Barrabás. 22 Pilato les dijo: ¿Qué, pues, haré de Jesús, llamado el Cristo? Todos le dijeron: ¡Sea crucificado! 23 Y el gobernador les dijo: Pues ¿qué mal ha hecho? Pero ellos gritaban aún más, diciendo: ¡Sea crucificado! 24 Viendo Pilato que nada adelantaba, sino que se hacía más alboroto, tomó agua y se lavó las manos delante del pueblo, diciendo: Inocente soy yo de la sangre de este justo; allá vosotros. 25 Y respondiendo todo el pueblo, dijo: Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos. 26 Entonces les soltó a Barrabás; y habiendo azotado a Jesús, le entregó para ser crucificado. 27 Entonces los soldados del gobernador llevaron a Jesús al pretorio, y reunieron alrededor de él a toda la compañía; 28 y desnudándole, le echaron encima un manto de escarlata, 29 y pusieron sobre su cabeza una corona tejida de espinas, y una caña en su mano derecha; e hincando la rodilla delante de él, le escarnecían, diciendo: ¡Salve, Rey de los judíos! 30 Y escupiéndole, tomaban la caña y le golpeaban en la cabeza. 31 Después de haberle escarnecido, le quitaron el manto, le pusieron sus vestidos, y le llevaron para crucificarle. Mr. 15.1-20 1 Muy de mañana, habiendo tenido consejo los principales sacerdotes con los ancianos, con los escribas y con todo el concilio, llevaron a Jesús atado, y le entregaron a Pilato. 2 Pilato le preguntó: ¿Eres tú el Rey de los judíos? Respondiendo él, le dijo: Tú lo dices. 3 Y los principales sacerdotes le acusaban mucho. 4 Otra vez le preguntó Pilato, diciendo: ¿Nada respondes? Mira de cuántas cosas te acusan. 5 Más Jesús ni aun con eso respondió; de modo que Pilato se maravillaba. 6 Ahora bien, en el día de la fiesta les soltaba un preso, cualquiera que pidiesen. 7 Y había uno que se llamaba Barrabás, preso con sus compañeros de motín que habían cometido homicidio en una revuelta. 8 Y viniendo la multitud, comenzó a pedir que hiciese como siempre les había hecho. 9 Y Pilato les respondió diciendo: ¿Queréis que os suelte al Rey de los judíos? 10 Porque conocía que por envidia le habían entregado los principales sacerdotes. 11 Mas los principales sacerdotes incitaron a la multitud para que les soltase más bien a Barrabás. 12 Respondiendo Pilato, les dijo otra vez: ¿Qué, pues, queréis que haga del que llamáis Rey de los judíos? 13 Y ellos volvieron a dar voces: ¡Crucifícale! 14 Pilato les decía: ¿Pues qué mal ha hecho? Pero ellos gritaban aun más: ¡Crucifícale! 15 Y Pilato, queriendo satisfacer al pueblo, les soltó a Barrabás, y entregó a Jesús, después de azotarle, para que fuese crucificado. 16 Entonces los soldados le llevaron dentro del atrio, esto es, al pretorio, y convocaron a toda la compañía. 17 Y le vistieron de púrpura, y poniéndole una corona tejida de espinas, 18 comenzaron luego a saludarle: ¡Salve, Rey de los judíos! 19 Y le golpeaban en la cabeza con una caña, y le escupían, y puestos de rodillas le hacían reverencias. 20 Después de haberle escarnecido, le desnudaron la púrpura, y le pusieron sus propios vestidos, y le sacaron para crucificarle. Lc. 23.1-5 1 Levantándose entonces toda la muchedumbre de ellos, llevaron a Jesús a Pilato. 2 Y comenzaron a acusarle, diciendo: A éste hemos hallado que pervierte a la nación, y que prohíbe dar tributo a César, diciendo que él mismo es el Cristo, un rey. 3 Entonces Pilato le preguntó, diciendo: ¿Eres tú el Rey de los judíos? Y respondiéndole él, dijo: Tú lo dices. 4 Y Pilato dijo a los principales sacerdotes, y a la gente: Ningún delito hallo en este hombre. 5 Pero ellos porfiaban, diciendo: Alborota al pueblo, enseñando por toda Judea, comenzando desde Galilea hasta aquí; 13-25 13 Entonces Pilato, convocando a los principales sacerdotes, a los gobernantes, y al pueblo, 14 les dijo: Me habéis presentado a éste como un hombre que perturba al pueblo; pero habiéndole interrogado yo delante de vosotros, no he hallado en este hombre delito alguno de aquellos de que le acusáis. 15 Y ni aun Herodes, porque os remití a él; y he aquí, nada digno de muerte ha hecho este hombre. 16 Le soltaré, pues, después de castigarle. 17 Y tenía necesidad de soltarles uno en cada fiesta. 18 Mas toda la multitud dio voces a una, diciendo: ¡Fuera con éste, y suéltanos a Barrabás! 19 Este había sido echado en la cárcel por sedición en la ciudad, y por un homicidio. 20 Les habló otra vez Pilato, queriendo soltar a Jesús; 21 pero ellos volvieron a dar voces, diciendo: ¡Crucifícale, crucifícale! 22 El les dijo por tercera vez: ¿Pues qué mal ha hecho éste? Ningún delito digno de muerte he hallado en él; le castigaré, pues, y le soltaré. 23 Más ellos instaban a grandes voces, pidiendo que fuese crucificado. Y las voces de ellos y de los principales sacerdotes prevalecieron. 24 Entonces Pilato sentenció que se hiciese lo que ellos pedían; 25 y les soltó a aquel que había sido echado en la cárcel por sedición y homicidio, a quien habían pedido; y entregó a Jesús a la voluntad de ellos. |
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Comentarios de J. C. Ryle Juan 19:1-16. Estos versículos presentan un cuadro histórico de grande interés para todos los que profesen ser cristianos. Contiene ese cuadro dos figuras y un grupo, pintados al vivo, que bien merecen un examen detenido. La primera figura es la de nuestro Señor Jesucristo. Vernos ahí al Salvador del género humano azotado, coronado de espinas, befado, rechazado por los de su misma nación, condenado por un juez que no halla falta en Él, y, por último, entregado á la muerte más dolorosa. Y no obstante, era Él el Hijo eterno de Dios, el Ser que había sido adorado por una multitud innumerable de ángeles; era el Ser que había venido al mundo para salvar á los pecadores, y que después de haber vivido treinta años sin cometer falta alguna, pasó los últimos tres de su existencia en la tierra en socorrer á los afligidos y menesterosos, y en predicar el Evangelio. ¡Desde el día que apareció por vez primera, jamás resplandeció el sol sobre una escena más maravillosa! No hay amor terrenal que pueda compararse con el amor de Jesucristo, pues es un amor sin igual, un amor que como dice San Pablo, sobrepuja todo entendimiento. Cuando meditemos sobre la triste historia do la pasión, no olvidemos que Jesucristo sufrió por los pecados de nosotros, el Justo por los injustos; que fue llagado por nuestras iniquidades, quebrantado por nuestros pecados, y que con sus cardenales fuimos sanados. Isaías 53. Imitemos escrupulosamente su paciencia en todos los contratiempos y aflicciones que nos sobrevengan, especialmente en los que nos acaezcan á consecuencia de nuestra religión. Recordemos que cuando le maldecían, no tornaba á maldecir, cuando sufría no amenazó á nadie, mas se encomendó á Aquel que juzga con justicia. Imitemos su ejemplo, y procuremos glorificar su nombre con el bien sufrir, así como también con el bien obrar. El grupo del cuadro se compone de los incrédulos Judíos que estaban á favor de la muerte de nuestro Señor. Vedlos como rechazan obstinadamente la oferta que Pilato les hace de soltar á nuestro Señor. Vedlos cómo exigen ferozmente su crucifixión, y piden á gritos salvajes su condenación, como un derecho que les es debido; vedlos cómo rehúsan firmemente reconocerlo como Rey, cómo aseveran que César era su soberano y acumulan sobre sus cabezas la mayor parte del crimen atroz. Y esos hombres eran los hijos de Israel, la simiente de Abraham, los que habían recibido las promesas y la ley ceremonial, la institución de los sacrificios y el orden de sacerdotes. ¡Esos eran los hombres que decían que estaban esperando a un Profeta semejante a Moisés, y a un hijo de David que había de fundar un reino y proclamarse Mesías! Un espíritu sensible no puede menos que sentir cierto pavor religioso al considerar las terribles consecuencias que sobrevienen a los que repetidas veces rechazan la luz y los conocimientos que Dios les concede. La ceguedad espiritual es la desgracia más grande que Dios envía al hombre. El que, como Faraón y Ahab, desoye las frecuentes amonestaciones del Altísimo, vendrá al fin a tener un corazón tan duro como el granito y una conciencia cauterizada como un hierro hecho ascua. Tal era el estado de los judíos en la época de que nos ocupamos, los cuales llenaron la copa de su maldad con el acto de escarnecer y menospreciar a Aquel a quien Pilato quería poner en libertad. ¡Plegue a Dios librarnos de semejante obstinación! El peor castigo que la Providencia puede enviarnos acá en la tierra es abandonarnos al mal que existe dentro de nosotros a las tentaciones de Satanás. Y el medio más seguro de atraer sobre nosotros ese castigo es desoír la voz de admonición que en variados acentos se nos dirige. Las siguientes palabras de Salomón son muy solemnes: "Por cuanto llamé y no quisisteis, ext4endí mi mano y no hubo quien escuchase, y desechasteis todo consejo mío, y no quisisteis mi reprensión: también yo me reiré en vuestra calamidad, y me burlaré cuando os viniere lo que teméis." Prov. 1.24-26. y no olvidemos que nosotros estamos amenazados por los mismos peligros que habían amenazado a los judíos y que podemos de tal manera llegar a engañarnos, que adoptemos falsas doctrinas y creamos que estamos sirviendo a Dios cuando estamos incurriendo en el pecado. La tercera figura es la de Poncio Pilato. Un personaje de elevado rango y posición, un representante de la nación más poderosa de la tierra, un hombre que debía ser el más entusiasta defensor de la equidad y la justicia, en fin, todo un gobernador romano, está suspenso entre dos juicios de una causa en que la verdad es tan clara como la luz meridiana. Sabiendo de parte de quien está el derecho, se niega a obrar de acuerdo con sus convicciones; diciéndole su conc8iencia que debe poner en libertad al prisionero, teme desagradar a sus acusadores, y sacrifica así la justicia al capricho de los hombres, y sanciona un crimen atroz, y consiente a que se de muerte a una persona inocente. Jamás la naturaleza humana presentó tan triste ejemplo de una degradación. Ningún hombre ha sido jamás con más justicia transmitido por la historia para desprecio de la posteridad, como el que se encuentra incrustado en nuestros credos, el de Poncio Pilato. ¡Qué criaturas tan despreciables son los hombres grandes cuando no están animados de principios elevados y no tienen fe en Dios! El labriego más humilde que posea la gracia divina y tema a Dios es un se más noble a los ojos de su Creador que el gobernante o estadista cuya principal aspiración es agradar al pueblo. Tener como guía una conciencia para la conducta pública y otra para la conducta privada; saber lo que ante los ojos de Dios es bueno, y sin embargo obrar el mal en obsequio de la popularidad, es un proceder que ningún cristiano puede contemplar con aprobación. Pidamos a la divina Providencia que en el país que nos haya dado por patria no falten nunca magistrados que tengan la rectitud suficiente para concebir ideas sanas, y la enterca necesaria para ajustar sus acciones a esas ideas, sin ceder servilmente a las opiniones de los hombres. Los que temen a Dios más que a los hombres y prefieren agradarle a Él más bien que a éstos, son los mejores gobernantes de una nación, y los que a la larga se granjean más el respecto de los gobernados. Magistrados como Pilato son a menudo el azote con que Dios castiga a los pecados de todo un pueblo. NOTAS. JUAN 19.1-16 1. Entonces tomó Pilato a Jesús, y le azotó. Ese cruel tormento aplicado al cuerpo del Redentor debió de ser más severo de lo que generalmente se supone. Los romanos imponían por lo general ese castigo antes de la crucifixión, y era tan doloroso y tan violento que á menudo causaba la muerte de la victima. El Diccionario bíblico de Smith dice que el modo de azotar de los romanos era el siguiente: se desnudaba al reo, se le estiraba en un bastidor por medio de una soga y luego se le azotaba con varas. Es fácil percibir qué razones tuviera Pilato para infligir ese castigo á nuestro Señor. El alimentaba secretamente la esperanza de que los judíos quedaran así satisfechos; y que después de ver el lacerado cuerpo de Jesús, consintieran en ponerlo en libertad. Véase Isaías 53:5; 1 Pedro 2:24; Lucas 18:33. El lugar donde se cometió ese atroz atentado contra la persona del Salvador era probablemente una especie de cuarto de guardia donde los soldados romanos pasaban la mayor parte del tiempo. Algunos creen que nuestro Señor fue azotado dos veces: una cuando empezó el examen ante Pilato, y otra después de su condenación final. 2. y los soldados entretejieron de espinas una corona, etc. También es fácil percibir cual fue el objeto que los soldados se propusieron con ese acto: no fue otro que el de befar á nuestro Señor y hacer burla de la idea de que él fuera rey. Según el escritor Tristram las espinas son tan comunes en Palestina que los soldados no debieron de tener gran dificultad en encontrar material para tejer la corona. La historia de las Cruzadas nos dice que Godofredo de Bouillonu, general cristiano, habiendo sido nombrado rey, se negó á que le pusieran la corona de oro diciendo: "No es propio que yo me ciña una corona de oro en la ciudad donde mi Salvador se ciñó una corona de espinas." Y le vistieron de una ropa de grana. Eso también fue hecho por burla en señal de desprecio. La ropa de grana representaba el manto que generalmente usaban los reyes. 3. Y decían: Dios te guarde, Rey de los judíos. Esas palabras eran una imitación despreciativa de las que se dirigían a los emperadores romanos el día de su inauguración", á saber: "Ave Imperator." 3. y le daban de bofetadas. La expresión equivalente en el original quiere decir dar golpes, y bien pudieron ser estos con la mano ó con un palo. Probablemente fue lo mismo á que se hace referencia en Mat. 27:27, 30. 4. Entonces Pilato salió otra vez fuera, etc. Con este versículo empieza una nueva escena en el doloroso drama de la pasión. Terminados los azotes y habiéndose prolongado el escarnio durante todo el tiempo que Pilato lo tuvo á bien, este salió de su palacio y se presentó ante los Judíos, los cuales lo esperaban para saber el resultado de su entrevista privada con nuestro Señor. 5. ¡He aquí el hombre! Estas célebres palabras, bien conocidas en el latín Ecce Homo, son susceptibles de dos interpretaciones. Ó bien las pronunció Pilato en tono de desprecio, en cuyo caso querrían decir: "He aquí al hombre que acusáis de quererse hacer rey: ¡Mirad que criatura tan despreciable es!" Ó bien las pronunció en tono de lástima, y entonces el sentido seria como sigue: "He aquí al hombre débil é inerme á quien vosotros queréis que yo sentencie á muerte. Lo que ya se le ha hecho debiera haberos satisfecho. ¿No se le ha castigado lo bastante?" 6. Y como le vieron los príncipes de los sacerdotes, etc. Los medios de que se valió Pilato para evitar la condenación de nuestro Señor no surtieron el efecto que él esperaba. La conmovedora vista del ensangrentado y menospreciado prisionero no fue parte á ablandar los corazones de sus crueles enemigos. Les dice Pilato: Tomadle vosotros, etc. Bien se deja conocer que Pilato estaba aburrido y enfadado de la terquedad de los sacerdotes. Es digno de notarse que Pilato dijo por tercera vez: "No hallo crimen en él." 7. Le respondieron los judíos, etc. Los judíos echaron mano de otra inculpación. Habiendo percibido que su cargo por delito político no habla tenido buen éxito, porque Pilato se negaba á condenar á Jesús por hacerse rey, resolvieron acusarlo de haber cometido una blasfemia y de haber violado la ley santa. En cuanto á lo que Pilato les dijo relativamente á que lo crucificaran, no hicieron ellos caso, pues seguramente percibieron que el gobernador habló irónicamente y no en serio. La disposición particular de la ley á que se refirieron los judíos es probablemente la contenida en Levítico 25:16. Mas es curioso observar que el castigo de que trata esa disposición consiste en dar pedradas al delincuente, y no en crucificarle. 8. Pilato.... oyó.... tuvo miedo. Pilato cambió algún tanto de parecer. Esa nueva acusación influyó en su ánimo de un modo distinto. Empezó á asustarse y á sentir alguna inquietud. La idea de que el manso prisionero que tenia delante fuese algún Ser superior á él, y no mero hombre, llenó de alarma su débil conciencia. ¿Qué vendría á ser de él si el acusado era algún Dios en figura de hombre? ¿Qué vendría á ser de él si resultase que aquel á quien había hecho azotar era uno de los dioses? Siendo romano sin duda había leído y oído muchos cuentos, tomados de la mitología de Roma y de Grecia, acerca de los dioses que se decían venir á la tierra y aparecer en figura humana. Acaso el prisionero pertenecía á ese numero. Ya antes había sentido algún sobresalto. La calma y majestad de nuestro Señor, por una parte, y el sueño de su esposa por otra, lo habían impresionado. Hasta cuando oyó decir que era el Hijo de Dios tuvo mayor temor. 9. Y entró otra vez en el pretorio. Ese nuevo cargo era tan serio que no quiso examinarlo públicamente, y resolvió interrogar á nuestro Señor en secreto. Mas Jesús no le dio respuesta. Es singular que nuestro Señor guardara silencio. Hasta entonces había hablado sin reserva y había contestado á las preguntas que se le habían hecho. Mas Pilato, por el modo como hasta entonces se había conducido, se había hecho indigno de recibir respuesta. 10. Entonces le dice Pilato, etc. Acostumbrado á ver á los prisioneros amilanados ante su presencia, y prontos á hacer cualquier cosa para granjearse su buena voluntad, no podía comprender cómo nuestro Señor se atrevía á guardar silencio. 11. Respondió Jesús, etc. La contestación de nuestro Señor revela calma y dignidad. Lo lacónico de sus términos, sin embargo, hace difícil su interpretación. No es fácil explicar cuál sea el verdadero oficio de la conjunción "por tanto," ni porqué, habiendo acontecido todo bajo la dirección de la Providencia, los Judíos fueran más culpables que los gentiles. No se puede menos que inferir que el objeto que nuestro Señor se propuso fue recordar á Pilato que, en comparación con los judíos, él sabia muy poco lo que estaba haciendo. ¿Á quién se refiere "el que."? Probablemente al pueblo judío colectivamente, y representado por el Sumo Sacerdote. 12. Desde entonces procuraba Pílalo soltarle. San Juan no nos dice cómo ó de que manera. Mas es claro que Pilato dejó á nuestro Señor en el salón donde lo había sido interrogando y salió al lugar en donde estaban los judíos, á fin de decirles que el cargo de blasfemia no había sido hallado válido, y que él quería poner en libertad al prisionero. Los judíos daban voces, diciendo: Si á. este sueltas, etc. Con un argumento que sabían era de peso en el ánimo de un romano, los Judíos hicieron detener á Pilato cuando estaba haciendo algunos esfuerzos, aunque débiles, por libertar á nuestro Señor, y le dijeron claramente que lo acusarían ante César como hostil á la causa imperial. El argumento era fuerte y concluyente. Pilato sabia bien que estaba expuesto á censura por muchos de sus actos como gobernador, y que Tiberio César era de un carácter frió y suspicaz. Desde eso momento perdió la esperanza de deshacerse de ese juicio poniendo en libertad á nuestro Señor. 13. Pilato oyendo este dicho, etc. El juicio iba á llegar á su término. Los esfuerzos que Pilato había hecho para librar al prisionero de manos de sus calumniadores habían sido infructuosos. No se atrevía á oponer por más tiempo las sanguinarias exigencias de los judíos. Lo único que lo tocaba hacer era sentarse en el tribunal y pronunciar la sentencia. En las provincias romanas se administraba la justicia al raso, y el tribunal se colocaba en un terraplén embaldosado de mármol. El embaldosado se llamaba Pavimento. 14. Y era la preparación de la pascua. No que era la hora de preparar la comida de pascua, porque no lo era, sino que era la víspera del gran sábado de pascua. Y como la hora de sexta. San Marcos dice expresamente: "Y era la hora de tercia cuando le crucificaron." Marcos 15:2. ¿Cómo, pues, pueden armonizarse estas dos aserciones al parecer contradictorias? Varias soluciones se han propuesto. Mencionaremos solo las principales. (1.) Algunos dicen que debe atribuirse la discrepancia á algún yerro cometido por los amanuenses, y que lo que San Juan escribió fue tercera y o sexta. Esta solución parece demasiado cómoda y está en oposición á la mayor parte de los manuscritos. (2.) Otros dicen que Marcos expresó las horas de acuerdo con el sistema judío, que consistía en empezar á contar desde el amanecer, de manera que la una correspondía á las siete de nuestro sistema; y que San Juan las indicó en conformidad con el sistema romano, al cual el nuestro es idéntico. (3.) Otros creen que la expresión como la hora de sexta quiere decir cualquiera hora entre la de tercia (nueve de la mañana) y la de sexta (doce del día). (4) Otros creen que sexta no se refiere á la hora del día sino á la preparación de la pascua, y que quiere decir que era la sexta hora desde que había empezado la preparación de la pascua. Es preciso confesar que la dificultad es seria, y que tal vez nunca se logrará hacerla desaparecer completamente. Entonces dijo: ¡He aquí vuestro Rey! Pilato debió de pronunciar esas palabras con ironía, cólera y desprecio. 15. Les dice Pilato: ¿A vuestro Rey? etc. Pilato ofreció así á los judíos la última oportunidad de arrepentirse. Respondieron los sumos sacerdotes: No tenemos rey, sino á César. Con estas palabras los sumos sacerdotes se cubrieron de baldón eterno, y marcaron para siempre á los judíos como un pueblo caído, apóstata y abandonado de la gracia de Dios. 16. Entonces, pues, se le entrega, etc. En este versículo se nos describe la conclusión del injusto juicio de nuestro Señor. Todo había ya terminado. So había apelado por última vez á los Judíos, y por última vez habían contestado ellos negativamente. Véase Lucas 23:21. Nótese que, según la relación de San Juan, la crucifixión tuvo lugar inmediatamente después de la condenación. Nuestro Señor fue al punto conducido de Gabbatha al Gólgota. Parece á primera vista difícil de comprender cómo la masa del pueblo que de tan buen grado había oído predicar; a Jesús, permitió que se le crucificara, y no opuso resistencia alguna. Muchos de los galileos que habían querido hacerlo rey estaban en Jerusalén á causa de la pascua. Y solo uno pocos días antes había tenido lugar la entrada triunfal en Jerusalén, cuando la muchedumbre había gritado: "¡Hosanna al Hijo de David!" Deben tomarse en consideración las siguientes circunstancias. 1°. Que los judíos tenían una veneración supersticiosa por los sacerdotes, y que el mero hecho de que ellos eran quiénes habían acusado á Jesús tendría muchísimo influjo. 2°. Que el pueblo temía á la guarnición romana. 3°. Que los que habían manifestado adhesión á Jesús eran, en su mayor parte, de las clases pobres. 4°. Que todas las multitudes han sido veleidosas y caprichosas. |
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Crucifixión y muerte de Jesús Juan 19.17-30 17 Y él, cargando su cruz, salió al lugar llamado de la Calavera, y en hebreo, Gólgota;* ((Γολγοθᾶ, Golgothá, de "un cráneo") : En las tres referencias (Mat_27:33; Mar_15:22; Joh_19:17) es interpretado con el significado κρανίου τόπος, kraníou tópos, "el lugar del cráneo.") 18 y allí le crucificaron, y con él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio. 19 Escribió también Pilato un título, que puso sobre la cruz, el cual decía: JESÚS NAZARENO, REY DE LOS JUDÍOS. 20 Y muchos de los judíos leyeron este título; porque el lugar donde Jesús fue crucificado estaba cerca de la ciudad, y el título estaba escrito en hebreo, en griego y en latín. 21 Dijeron a Pilato los principales sacerdotes de los judíos: No escribas: Rey de los judíos; sino, que él dijo: Soy Rey de los judíos. 22 Respondió Pilato: Lo que he escrito, he escrito. 23 Cuando los soldados hubieron crucificado a Jesús, tomaron sus vestidos, e hicieron cuatro partes, una para cada soldado. Tomaron también su túnica, la cual era sin costura, de un solo tejido de arriba abajo. 24 Entonces dijeron entre sí: No la partamos, sino echemos suertes sobre ella, a ver de quién será. Esto fue para que se cumpliese la Escritura, que dice: Repartieron entre sí mis vestidos, Y sobre mi ropa echaron suertes. (Sal. 22.18) Y así lo hicieron los soldados. 25 Estaban junto a la cruz de Jesús su madre, y la hermana de su madre, María mujer de Cleofas, y María Magdalena. 26 Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo. 27 Después dijo al discípulo: He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa. 28 Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba consumado, dijo, para que la Escritura se cumpliese: (Sal. 69.21) Tengo sed. 29 Y estaba allí una vasija llena de vinagre; entonces ellos empaparon en vinagre una esponja, y poniéndola en un hisopo, se la acercaron a la boca. 30 Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: Consumado es. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu. |
Crucifixión y muerte de Jesús Juan 19.17-30 Mt. 27.32-50; Mr. 15.21-37; Lc. 23.26-49 Mt. 27.32-50 32 Cuando salían, hallaron a un hombre de Cirene que se llamaba Simón; a éste obligaron a que llevase la cruz. 33 Y cuando llegaron a un lugar llamado Gólgota, que significa: Lugar de la Calavera, 34 le dieron a beber vinagre mezclado con hiel; pero después de haberlo probado, no quiso beberlo. 35 Cuando le hubieron crucificado, repartieron entre sí sus vestidos, echando suertes, para que se cumpliese lo dicho por el profeta: Partieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes. 36 Y sentados le guardaban allí. 37 Y pusieron sobre su cabeza su causa escrita: ESTE ES JESÚS, EL REY DE LOS JUDÍOS. 38 Entonces crucificaron con él a dos ladrones, uno a la derecha, y otro a la izquierda. 39 Y los que pasaban le injuriaban, meneando la cabeza, 40 y diciendo: Tú que derribas el templo, y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, desciende de la cruz. 41 De esta manera también los principales sacerdotes, escarneciéndole con los escribas y los fariseos y los ancianos, decían: 42 A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar; si es el Rey de Israel, descienda ahora de la cruz, y creeremos en él. 43 Confió en Dios; líbrele ahora si le quiere; porque ha dicho: Soy Hijo de Dios. 44 Lo mismo le injuriaban también los ladrones que estaban crucificados con él. 45 Y desde la hora sexta hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena. 46 Cerca de la hora novena, Jesús clamó a gran voz, diciendo: Elí, Elí, ¿lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? 47 Algunos de los que estaban allí decían, al oírlo: A Elías llama éste. 48 Y al instante, corriendo uno de ellos, tomó una esponja, y la empapó de vinagre, y poniéndola en una caña, le dio a beber. 49 Pero los otros decían: Deja, veamos si viene Elías a librarle. 50 Mas Jesús, habiendo otra vez clamado a gran voz, entregó el espíritu. Mr. 15.21-37 21 Y obligaron a uno que pasaba, Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, que venía del campo, a que le llevase la cruz. 22 Y le llevaron a un lugar llamado Gólgota, que traducido es: Lugar de la Calavera. 23 Y le dieron a beber vino mezclado con mirra; mas él no lo tomó. 24 Cuando le hubieron crucificado, repartieron entre sí sus vestidos, echando suertes sobre ellos para ver qué se llevaría cada uno. 25 Era la hora tercera cuando le crucificaron. 26 Y el título escrito de su causa era: EL REY DE LOS JUDÍOS. 27 Crucificaron también con él a dos ladrones, uno a su derecha, y el otro a su izquierda. 28 Y se cumplió la Escritura que dice: Y fue contado con los inicuos. 29 Y los que pasaban le injuriaban, meneando la cabeza y diciendo: ¡Bah! Tú que derribas el templo de Dios, y en tres días lo reedificas, 30 sálvate a ti mismo, y desciende de la cruz. 31 De esta manera también los principales sacerdotes, escarneciendo, se decían unos a otros, con los escribas: A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar. 32 El Cristo, Rey de Israel, descienda ahora de la cruz, para que veamos y creamos. También los que estaban crucificados con él le injuriaban. 33 Cuando vino la hora sexta, hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena. 34 Y a la hora novena Jesús clamó a gran voz, diciendo: Eloi, Eloi, ¿lama sabactani? Que traducido es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? 35 Y algunos de los que estaban allí decían, al oírlo: Mirad, llama a Elías. 36 Y corrió uno, y empapando una esponja en vinagre, y poniéndola en una caña, le dio a beber, diciendo: Dejad, veamos si viene Elías a bajarle. Lc. 23.26-49 26 Y llevándole, tomaron a cierto Simón de Cirene, que venía del campo, y le pusieron encima la cruz para que la llevase tras Jesús. 27 Y le seguía gran multitud del pueblo, y de mujeres que lloraban y hacían lamentación por él. 28 Pero Jesús, vuelto hacia ellas, les dijo: Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, sino llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos. 29 Porque he aquí vendrán días en que dirán: Bienaventuradas las estériles, y los vientres que no concibieron, y los pechos que no criaron. 30 Entonces comenzarán a decir a los montes: Caed sobre nosotros; y a los collados: Cubridnos. 31 Porque si en el árbol verde hacen estas cosas, ¿en el seco, qué no se hará? 32 Llevaban también con él a otros dos, que eran malhechores, para ser muertos. 33 Y cuando llegaron al lugar llamado de la Calavera, le crucificaron allí, y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. 34 Y Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Y repartieron entre sí sus vestidos, echando suertes. 35 Y el pueblo estaba mirando; y aun los gobernantes se burlaban de él, diciendo: A otros salvó; sálvese a sí mismo, si éste es el Cristo, el escogido de Dios. 36 Los soldados también le escarnecían, acercándose y presentándole vinagre, 37 y diciendo: Si tú eres el Rey de los judíos, sálvate a ti mismo. 38 Había también sobre él un título escrito con letras griegas, latinas y hebreas: ESTE ES EL REY DE LOS JUDÍOS. 39 Y uno de los malhechores que estaban colgados le injuriaba, diciendo: Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros. 40 Respondiendo el otro, le reprendió, diciendo: ¿Ni aun temes tú a Dios, estando en la misma condenación? 41 Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; mas éste ningún mal hizo. 42 Y dijo a Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino. 43 Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso. 44 Cuando era como la hora sexta, hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena. 45 Y el sol se oscureció, y el velo del templo se rasgó por la mitad. 46 Entonces Jesús, clamando a gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, expiró. 47 Cuando el centurión vio lo que había acontecido, dio gloria a Dios, diciendo: Verdaderamente este hombre era justo. 48 Y toda la multitud de los que estaban presentes en este espectáculo, viendo lo que había acontecido, se volvían golpeándose el pecho. 49 Pero todos sus conocidos, y las mujeres que le habían seguido desde Galilea, estaban lejos mirando estas cosas. |
Juan 19.24 Sal. 22.18 Repartieron entre sí mis vestidos, Y sobre mi ropa echaron suertes. Juan 19.28 Sal. 69.21 Me pusieron además hiel por comida, Y en mi sed me dieron a beber vinagre. |
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Texto Bíblico
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Textos
Paralelos
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Referencias
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El costado de Jesús traspasado Juan 19.31-37 31 Entonces los judíos, por cuanto era la preparación de la pascua, a fin de que los cuerpos no quedasen en la cruz en el día de reposo (pues aquel día de reposo era de gran solemnidad), rogaron a Pilato que se les quebrasen las piernas, y fuesen quitados de allí. 32 Vinieron, pues, los soldados, y quebraron las piernas al primero, y asimismo al otro que había sido crucificado con él. 33 Más cuando llegaron a Jesús, como le vieron ya muerto, no le quebraron las piernas. 34 Pero uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua. 35 Y el que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero; y él sabe que dice verdad, para que vosotros también creáis. 36 Porque estas cosas sucedieron para que se cumpliese la Escritura: No será quebrado hueso suyo. (Ex. 12.46; Num. 9.12; Sal. 34.20) 37 Y también otra Escritura dice: Mirarán al que traspasaron. (Zac. 12.10; Apo. 1.7) |
Juan 19.36 Ex. 12.46; Num. 9.12; Sal. 34.20 Ex. 12.46 Se comerá en una casa, y no llevarás de aquella carne fuera de ella, ni quebraréis hueso suyo. Num. 9.12 No dejarán del animal sacrificado para la mañana, ni quebrarán hueso de él; conforme a todos los ritos de la pascua la celebrarán Sal. 34.20 El guarda todos sus huesos; Ni uno de ellos será quebrantado Juan 19.37 Zac. 12.10 Apo. 1.7 Zac. 12.10 Y derramaré sobre la casa de David, y sobre los moradores de Jerusalén, espíritu de gracia y de oración; y mirarán a mí, a quien traspasaron, y llorarán como se llora por hijo unigénito, afligiéndose por él como quien se aflige por el primogénito Apo. 1.7 He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá, y los que le traspasaron; y todos los linajes de la tierra harán lamentación por él. Sí, amén |
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Comentarios de J. C. Ryle Juan 19.17-27 Quien lea un pasaje como este sin sentir profunda gratitud hacia Jesucristo debe ser muy insensible ó muy indiferente. Grande debe de ser el amor de Jesucristo hacia los pecadores cuando se sometió -voluntariamente á tantos sufrimientos á fin de salvarlos; y grande debe de ser la maldad del pecado cuando tantos sufrimientos fueron necesarios para obtener nuestra redención. Debemos advertir, en primer lugar, cómo nuestro Señor tuvo que llevar la cruz á cuestas desde la ciudad hasta el Gólgota.. Ese acto tuvo su significación. Por una parte, fue una porción de la profunda humillación á que tuvo que someterse nuestro Señor como nuestro sustituto. Á. los más viles criminales se les obligaba á que llevaran su propia cruz cuando iban á ser ejecutados, y nuestro Señor no fue eximido de ese castigo. Por otra parte, fue el cumplimiento de la grande ofrenda del pecado prescrita en la ley de Moisés. Lev. 16:27. Al insistir que los romanos crucificaran á Jesús fuera de los muros de la ciudad, los judíos no llegaron á imaginarse que impensadamente estaban presentando la más grande ofrenda por el pecado que jamás había sido dado á los mortales contemplar. Escrito está: "Por lo cual Jesús también, para santificar al pueblo por su propia sangre, padeció fuera de la puerta." Hebreos 13:12. Nosotros debemos estar prontos, como nuestro Maestro, á dar un adiós á nuestro sosiego y sufrir las afrentas que él sufrió. Debemos estar prontos á dejar el mundo, y vivir separados de él, aunque nadie imite nuestra conducta y siga nuestros pasos. Á semejanza de nuestro Maestro, es menester que nos resignemos á llevar la cruz diariamente y á ser perseguidos por nuestros principios y nuestra conducta. Fácil y hacedero es usar por adorno cruces materiales, y colocarlas en las iglesias ó en las tumbas; mas tener grabada en nuestros corazones la cruz de Jesucristo y llevarla ahí todos los dias, crucificar nuestros afectos y nuestra vida misma, de manera que participemos de algún modo en los sufrimientos del Redentor-son actos para los cuales necesitamos de abnegación. Y sin embargo, ese modo moral de llevar la cruz es el único que puede producir bienes al mundo. Lo que en estos tiempos se necesita no es de la cruz que adorna, sino de la que humilla. Es de advertirse, en segundo lugar, que nuestro Señor fue crucificado como Rey. La inscripción colocada en la parte superior de la cruz expresaba esto de una manera clara e inequívoca. Cualquier espectador que pudiera leer griego, latín ó hebreo no podría menos de percibir que al que pendía de la cruz se le había dado el título de rey. Dios en su omnipotencia arregló de tal manera los acontecimientos que la voluntad de Pilato prevaleció siquiera en un respecto sobre los malignos deseos de los judíos. Á. despecho de los sumos sacerdotes nuestro Señor fue crucificado como Rey de los Judíos. Había cierta congruencia en que así sucediese. Aun antes de que nuestro Señor hubiera nacido, el ángel Gabriel dijo así á la Virgen María: "Le dará el Señor Dios el trono de David su padre; y reinará en la casa de Jacob eternamente, y de su reino no habrá cabo." Lucas 1:32, 33. Casi tan pronto como nació concurrieron á la Palestina unos sabios del Oriente que decían: "¿Dónde está el Rey de los Judíos, que ha nacido?" En la semana misma que precedió á la de la crucifixión la muchedumbre que acompañó a nuestro Señor en su entrada triunfal á Jerusalén había dicho: "Bendito el que viene en el nombre del Señor, el Rey de Israel." Juan 12:13. La creencia general entre el pueblo judío era que el Mesías, el Hijo de David, había de venir como Rey. Nuestro Señor, por su parte, proclamó durante su ministerio el reino de los cielos, el reino de Dios. Sí era Rey á la verdad, como le dijo á Pilato, mas de un reino enteramente distinto de los de este mundo, aunque no menos real y verdadero. Come Jefe de ese reino había nacido, y había vivido, y había sido crucificado. Cuidemos de reconocer á Jesucristo como nuestro Rey, como el Rey de nuestros corazones. Tan solo de los que le han obedecido como tal en este mundo, será el Salvador en el último día. Tributémosle con alborozo esa fe, ese amor, esa obediencia que Él estima más que el oro. Y sobro todo, no recelemos jamás de declarar que somos súbditos, siervos y discípulos suyos, por mucho que el mundo lo desprecie. Vendrá un día en que el escarnecido Nazareno que fue suspendido de la cruz, tomará en sus manos el poder que le pertenece y pondrá bajo sus plantas á todos sus enemigos. Según predijo Daniel, los reinos terrenales serán derruidos, y el mundo entero formará el reino de Dios y de su Hijo; y al fin toda rodilla se hincará ante él y toda boca confesará que Jesucristo es el Señor. Debe advertirse, por último, con cuánta ternura pensó nuestro Señor en su madre María. Aun en medio de su terrible agonía corporal y mental, Jesús no se olvidó de la mujer de quien había nacido, mas se acordó de su estado de desamparo, y del quebranto que debía producirle la luctuosa escena que tenía á la vista. El sabía que, santa como era, no era más que una mujer, y que, como tal, debería sentir profundamente la muerte de su Hijo. Por lo tanto la encomendó á la protección de Juan, su más amado y más amante discípulo. "Mujer," le dijo, "he ahí tu hijo" Entonces dijo al discípulo: "He ahí tu madre." "Y desde aquella hora." agrega el Evangelista, "el discípulo la recibió en su propia casa." No necesitamos prueba más concluyente que la que nos suministra este pasaje para convencernos de que Dios jamás ordenó que venerásemos como divina á la madre de Jesús, ó que le orásemos y confiásemos en ella como patrona de los pecadores. El sentido común nos enseña que, habiendo ella necesitado ajena protección, mal puede ayudar á los hombres á llegar al cielo, ó ser bajo respecto alguno mediadora entre Dios y los hombres. Por doloroso que ello sea, no podemos menos que afirmar que de todas las doctrinas de la iglesia de Roma no hay ninguna que carezca tanto de apoyo en la Escritura, ó en la razón natural como la de la adoración de María. Más, prescindamos de estos puntos de controversia, y consideremos un asunto de importancia más práctica. Consolémonos con el pensamiento de que Jesús es un Salvador de sin igual ternura y compasión, y que toma en consideración el estado de los creyentes. No olvidemos jamás estas palabras suyas: "Cualquiera que hiciere la voluntad de Dios, esto es mi hermano, y mi hermana, y mi madre." Marcos 3: 35. Jesús no se olvida nunca de los que lo aman, y en todo tiempo tiene presentes sus necesidades. NOTAS. JUAN 19:17-27. 17. Y él llevando su cruz. No se sabe á punto fijo si la cruz que nuestro Señor tuvo que llevar consistía de un madero recto con un atravesaño para los brazos, ó si era más bien una especio de horcón, pues ambas clases se usaban con generalidad. Mas de esto sí estamos ciertos: que, cualquiera que fuera su forma, la cruz no pudo ser del tamaño que la representan los pintores y escultores. Es un absurdo suponer que hombre alguno pudiera llevar un objeto tan pesado como la cruz, según la representó Rubens en su célebre cuadro del descendimiento. Es digno de notarse que San Juan es el único evangelista que dice que nuestro Señor mismo llevó la cruz. Mateo, Marcos y Lucas dicen que se obligó á Simón Cirineo á llevarla. Estas dos aserciones no se contradicen. Nuestro Señor probablemente cargó con la cruz parte del tránsito del pretorio al Gólgota. La debilidad y la fatiga, después de todo lo que había sufrido la noche anterior, le impidieron llevarla hasta el lugar de la ejecución. Precisamente cuando le faltaron las fuerzas, acaso á inmediaciones de la puerta de la ciudad, los soldados vieron á Simón que entraba á la ciudad y lo obligaron á que ayudase á llevar la cruz. Véase Gen. 22.6. El lugar de la Calavera, y en Hebreo Gólgota. No se sabe con seguridad en dónde estaba situado ese lugar. Solo podemos inferir, por lo que se nos dice en el versículo veinte, que en aquel entonces quedaba fuera de los muros de la ciudad, y cerca de algún camino real. Véase Mat. 27:39. (a) Algunos escritores opinan que el Gólgota estaba situado entre el muro y el descenso al valle del Cedrón, al oriente de la ciudad y cerca del camino que conducía á Betania. (b) Sin embargo, otros que han examinado con cuidado la topografía de esa región, son decididamente del concepto de que el Gólgota quedaba al norte de Jerusalén cerca de la puerta de Damasco. (c) Otros se inclinan á creer que quedaba al occidente de Jerusalén cerca de la puerta de Jaffa. En vista de opiniones tan diversas nada puede decirse con certeza y es preciso dejar que el lector juzgue por sí mismo. Ni sabemos tampoco porqué se le llamara el lugar de la calavera. La opinión más comúnmente aceptada es que se le dio ese nombre porque la tierra formaba una protuberancia en forma de calavera. Lo que si se sabe de cierto es que no hay prueba alguna de que fuera un collado ó monte. 18. Donde le crucificaron. Acerca del sufrimiento físico que causaba la crucifixión, la siguiente relación del facultativo Richter no carecerá de interés para los lectores de la Biblia. He aquí lo que él dice: (1.) A causa de la postura forzada del cuerpo y la tensión violenta de los miembros, el menor movimiento producía una sensación dolorosa. (2.) Como se introducían los clavos al través do aquellas regiones del cuerpo que están llenas de nervios y tendones, y que sin embargo se hallan muy distantes del corazón, el dolor era agudísimo aunque no mortal. (3.) Como todas las heridas y laceraciones quedaban al descubierto, se producía una inflamación que gradualmente se convertía en gangrena, y cada momento el sufrimiento se hacia más intenso. (4.) En las partes infladas del cuerpo afluía en las arterias más sangre de la que podían recibir á su turno las venas; y, por consiguiente, una cantidad de sangre demasiado grande pasaba de la aorta á la cabeza y al estómago, y los vasos sanguíneos de la cabeza se hinchaban. El impedimento general de la circulación producía una irritación interna, un desasosiego más intolerable que la muerte misma. (5.) La angustia que aumentaba poco á poco causaba un malestar indecible. (6.) Á todo esto debe agregarse una sed intensa, devoradora." Si además de esto tenernos presente que nuestro Señor ceñía en la cabeza una corona de espinas, que tenía la espalda despedazada de azotes, y que estaba gastado por la agonía mental y corporal que había sufrido en una noche de insomnio, entonces podremos formarnos una ligera idea de lo intenso de su sufrimiento. Y con él oíros dos, etc. Aunque los enemigos de nuestro Señor no obraron con tal fin, ese hecho produjo dos resultados: el primero fue el de cumplir la profecía de Isaías acerca del Mesías (Isa. 53:12); y el otro fue el de dar á nuestro Señor la oportunidad de convertir al ladrón penitente. No estará por demás agregar que el emperador Constantino abolió la pena cruel de la crucifixión hacia fines de su reinado. Es un hecho histórico que causa pasmo, que cuando Jerusalén fue tomada por Tito, éste hizo crucificar tantos Judíos que, según dice- Josefo, no había suficiente campo para colocar todas las cruces, ni cruces bastantes para suspender á todas las victimas. 19. Y escribió Pílalo un título. Los escritores clásicos nos dicen que se acostumbraba poner á la cabeza de los crucificados una tabla con una inscripción; así es que Pilato no hizo en eso nada extraño. Jesús Nazareno, Rey de los Judíos. No se nos dice que razón tuviera Pilato para elegir esa inscripción. En nuestro concepto lo hizo movido de cólera y disgusto, y con el objeto de zaherir y ofender á los judíos. Quienquiera que hubiere leído la Biblia con algún cuidado no habrá dejado de observar que cada evangelista ha trasmitido la inscripción en una forma algún tanto distinta, de manera que existen en efecto cuatro versiones diferentes. Naturalmente ocurre preguntar, ¿cuál es correcta? No hay entre ellas contradicción ninguna, pero la de Marcos, por ejemplo, es más breve que la de Juan. En contestación diremos que la inscripción estaba expresada en tres idiomas; y que no es en manera alguna inverosímil que estuviera en una forma en, un idioma y en otra distinta en otro. En lo que seguramente todas se asemejaban era en que contenían la expresión, "Rey de los Judíos:" y esa es la que registra Marcos, que es el más lacónico de los Evangelistas. Juan trasmite toda la inscripción, porque -solo él refiere la disputa que acerca de ella hubo entre los sacerdotes y Pilato. Si nos es dado conjeturar, nos atrevemos á expresar el concepto de que San Marcos usó la versión latina, Lucas la griega, y Juan y Mateo la hebraica. Casi es superfluo decir que el título estaba escrito en Hebreo porque era el idioma sagrado de los judíos y el más antiguo del mundo; en Griego, porque era el idioma mejor conocido en los países orientales, y la lengua de los literatos y la gente ilustrada; y en Latín, porque era el idioma de los romanos, el pueblo dominante del mundo. 21. Y decían á Pílalo los sumos sacerdotes, etc. En este versículo se nos da á conocer que impresión produjo en el ánimo de los sacerdotes la inscripción, que Pilato hizo poner. Se disgustaron en extremo y se enfadaron. No les agradaba la idea de que ese criminal fuera llamado públicamente "Rey de los Judíos." Además de esto, tal vez sintieron algunos remordimientos de conciencia. Malos y crueles como eran, muchos de ellos debieron de tener cierta convicción recóndita de que estaban cometiendo una mala acción. 23. Y como los soldados, etc. Habiendo los soldados llevado á cabo su sangrienta comisión, procedieron á ejecutar lo que probablemente siempre acostumbraban hacer, es decir, dividir entre sí la vestidura del reo. En cuanto á la antigua tradición de que la túnica de nuestro Señor había sido tejida por su madre cuando Él era niño, y que había crecido á medida que Él crecía, sin que jamás se pusiera vieja ni se gastara, creemos que es una tradición necia y apócrifa. 24. Dijeron pues entre sí, etc. La profecía á que se refiere este versículo se encuentra en Salmo 22:18. Relativamente á la leyenda de que esa túnica sin costura fue preservada y trasmitida á la iglesia, de generación en generación, apenas vale la pena de que hagamos aquí mención. Baste decir que el que la acepte como verdadera ha de ser tan crédulo que todo argumento con él seria inútil. La exhibición de la santa túnica de Treves es un escándalo y una deshonra para el Cristianismo. 25. Y estaban junto a la cruz, etc. "El amor es tan poderoso como la muerte;" y aun en medio de la multitud de atrevidos judíos y de groseros soldados romanos, estas santas mujeres habían resuelto acompañar á nuestro Señor hasta los últimos momentos, y á dar pruebas de su afecto constante hacia él. Si se tiene presente que nuestro Señor era extremadamente odiado de los sacerdotes, que estaba ahí como criminal y que los verdugos eran soldados romanos, es imposible admirar suficientemente su fidelidad y valor. Es interesante inquirir quiénes eran las personas que estaban al pié de la cruz de nuestro Señor. Juan, el discípulo amado, estaba .ahí, aunque él con su genial modestia, no lo menciona directamente. También se encontraba ahí María, la madre de nuestro Señor. Ella debió de haber venido de Galilea á la fiesta de la pascua, en compañía de las otras mujeres que servían á nuestro Señor. Ya era de edad algún tanto avanzada, de unos cuarenta y ocho años, por lo menos. Es absurdo pintarla en los retablos como joven y bella. María, la esposa de Cleofas ó Alfeo estaba presente. Según el original griego es dudoso si era esposa ó hija de Alfeo, mas la mayor parte de los comentadores creen que quiere decir esposa. Según parece, era madre de los apóstoles Santiago y Judas, y tenía parentesco con la Virgen María, ó bien como hermana ó como cuñada. La otra acompañante era María de Magdala (pueblo de Galilea), generalmente llamada María Magdalena. De ella solo sabemos que nuestro Señor le había arrojado fuera siete demonios, y que sentía hacia Él una gratitud y un afecto profundos. La tradición tan generalizada de que era bien conocida por sus repetidas violaciones del sétimo mandamiento, no tiene apoyo alguno en la Escritura. Más ¿había solo tres mujeres junto á la cruz? (a) La mayor parte de los comentadores son de opinión que las palabras, "la hermana de su madre "se refieren á María la esposa de Cleofas. (b) Otros, sin embargo, creen que se refieren á una cuarta mujer, y que esa mujer era Salome, la madre de Santiago y de Juan. El argumento más fuerte que puede aducirse en defensa de esta opinión se apoya en Marcos 15:40. Si Salome estaba mirando de lejos con María Magdalena es bien probable que había estado con ella también junto á la cruz. De estas dos opiniones el lector debe escoger la que le parezca más en armonía con los hechos. 26 y 27. Y como vio Jesús á su madre, etc. Nótese la veneración que nuestro Señor tributó así al quinto mandamiento. El cristiano que no honra á su padre y á su madre sabe muy poco en qué consiste la verdadera religión.
Comentarios de J. C. Ryle Juan 19:28-37. Este pasaje contiene también alusiones que Mateo, Marcos y Lucas omiten del todo. Notemos primeramente cuántas fueron las profecías que se cumplieron en la crucifixión de nuestro Señor. De tres, tomadas del Éxodo, los Salmos y Zacarías, se hace especial mención; y, como sabe todo lector de la Biblia, á esas podrían agregarse otras. Todas á una prueban lo mismo, á saber: que la muerte de nuestro Señor Jesucristo en el Calvario era un acontecimiento que Dios había previsto y preordenado. Es pues cierto, en el sentido más genuino y elevado que "Jesucristo fue muerto conforme á las Escrituras." Esas realizaciones de las profecías son pruebas muy vigorosas de que la Biblia es de autoridad divina. Los profetas predijeron no solo la muerte de Jesucristo sino todos sus detalles; y es imposible explicar el cumplimiento de sus pronósticos si no se admite que habían sido inspirados por Dios. Decir que aquello fue obra del acaso, de la suerte ó de una coincidencia, es incurrir en un absurdo. Sí, los profetas que predijeron los pormenores de la escena del Gólgota fueron inspirados por aquel Ser que ve todo desde el principio; y los libros que fueron escritos bajo su soberana dirección no deben ser leídos como composiciones humanas, sino como una obra divina. En grandes dificultades se sumen los que se esfuerzan por, negar la inspiración de la Biblia. A la verdad, se necesita más fe (y esa una fe ciega) para ser infiel que para ser cristiano. Debemos fijar, en seguida, la atención en las palabras sobre manera solemnes que pronunció nuestro Señor cuando estaba para morir. San Juan refiere que habiendo tomado el vinagre exclamó: "¡Consumado está!" El Espíritu Santo no ha tenido a bien revelarnos cual sea el significado preciso de estas palabras. Son ellas tan profundas que el hombre no alcanza á sondearíais; mas, no obstante, tal vez no se nos tachará de irreverentes si procuramos conjeturar cuales eran los pensamientos que ocupaban la mente del Señor cuando las pronunció. A la consumación, de todos los sufrimientos, conocidos y desconocidos, por los cuales tuvo que pasar como sustituto nuestro; á la consumación de la ley ceremonial que Él vino á terminar y á cumplir como sacrificio por el pecado; á la consumación de muchas profecías que vino á realizar; á la consumación de la obra de la redención que ya estaba cercana: he aquí á lo que sin duda se refirió nuestro Señor con la expresión: "Consumado está." Acaso se refirió á algunos hechos más, empero, el comentador debe proceder con cautela cuando se trata do un momento tan crítico y tan misterioso como aquel. Á todo trance, una idea consoladora surge de esas palabras: nuestras esperanzas estriban en una obra consumada, si confiamos en la de nuestro Señor Jesucristo, no tenemos porqué temer que el pecado, ó Satanás, ó la ley nos condenen en el último día, pues nuestro Salvador ha ejecutado y cumplido todo lo que era necesario para nuestra salvación. En lugar de sobrecogernos de pavor podemos lanzar el reto del apóstol: "¿Quién es el que condena? Cristo es el que murió: antes el que también resucitó, el que también está á la diestra de Dios, el que también demanda por nosotros." Rom. 8:34. Debemos observar, por último, que la muerte da Jesús fue real y verdadera. Cuéntasenos que uno de los soldados le hirió el costado con una lanza, y que luego salieron sangre y agua. Insignificante como á primera vista parece esta circunstancia, ella demuestra que es bien probable que le atravesaran el corazón á nuestro Señor, y que así se cercioraran que su vida se había extinguido, no fue que se desmayó ó que se quedó sin sentido meramente, como han pretendido algunos: fue que le dejó de latir el corazón y murió efectivamente. Grande es, á la verdad, la importancia de ese hecho, pues bien se comprende que sin haber ocurrido una muerte real, no podía haber habido verdadero sacrificio ni verdadera resurrección; y que sin verdadero sacrificio ni verdadera resurrección todo el edificio del Cristianismo seria como la casa edificada sobre la arena movediza. Muy poco se imaginó el feroz soldado al introducir su lanza en el costado de nuestro Señor, que ese acto redundaría en provecho de nuestra santa religión. Mo es de dudarse que la sangre y agua de que se hace mención en este pasaje tengan un significado profundamente místico. San Juan mismo parece aludir á ellas en su primera Epístola cuando dice: "Este es Jesucristo que vino por sangre y agua." La iglesia en todos tiempos parece haber convenido en que son emblemas de cosas espirituales, más respecto de qué es lo que representan las opiniones han sido muy diversas, y quizá jamás habrá un acuerdo completo hasta que el Señor venga. Más, cualquiera que sea nuestra opinión en el asunto, esforcémonos para ser lavados y emblanquecidos en la sangre del Cordero. Rev. 7:14. Poco importará en el último día que hayamos tenido opiniones elevadas acerca de tales materias, si no nos hubiéremos acercado á Jesucristo por medio de la fe, ni hubiéremos tenido comunión con Él. La fe en Jesucristo es lo esencial. "El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios, no tiene vida." 1 Juan 5:12. NOTAS. JUAN 19 -.28-37. 28. Después de esto. Según parece, luego que nuestro Señor hubo encomendado su madre á Juan fue que sobrevino la oscuridad, y durante esas tres horas el Redentor no dijo otras palabras que las siguientes: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" Además de esta solo pronunció las dos últimas da las siete "palabras" durante las tres horas postreras. El orden de las siete célebres palabras es como sigue: 1. "Padre, perdónalos; porque no saben lo que hacen." 2. "Hoy estarás conmigo en el paraíso." 3. ''Mujer, he ahí tu hijo." "He ahí tu madre." 4. "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" 5. "Tengo sed." 6. "Consumado está." 7. "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu." Sabiendo Jesús que todas las cosas estaban ya, cumplidas, etc. Para comprender este versículo debidamente es preciso tener presente que la muerte de nuestro Señor fue un acto enteramente voluntario, lo cual no es extraño siendo como era Dios y hombre. 29. Entonces ellos hinchieron, etc. "Ellos" se refiere, sin duda, á los soldados romanos. Es preciso no confundir ese acto con el que se nos refiere en Mat. 27:48. Nuestro Señor rehusó la bebida de vinagre y hiel; mas aceptó la segunda, que es á la que se alude en el pasaje de que tratamos, y que, en nuestro concepto, fue ofrecida de lástima hacia el Redentor. Hasta ahora no se ha determinado con exactitud que cosa era el hisopo da que se hace mención. Algunos creen que era una rama de la planta llamada hisopo atada á la punta de una caña. Mas, ¿qué necesidad había en tal caso de la esponja? Otro escritor dice que era un palo de alcaparra. 30. Dio el espíritu. La causa física de la muerte de nuestro Señor es un asunto altamente interesante y que merece por tanto atenta y reverente atención. El Dr. Stroud, en su obra sobre la materia, expresa una opinión que ha sido reforzada por el dictamen de tres eminentes facultativos de Edimburgo. Esa opinión es que la muerte de nuestro Señor fue causada por la ruptura del corazón. Otro médico dice que todos los últimos accidentes de nuestro Señor confirman este concepto, y agrega que fuertes luchas mentales producen á veces laceración ó rompimiento del corazón. Con respecto á la profundísima cuestión sobre qué se hizo del alma de nuestro Señor luego que Él dio el espíritu, nosotros creemos que fue al paraíso, ó sea el lugar donde moran los espíritus que se han separado de sus cuerpos. Véase Lucas 23:43. Ese es el verdadero sentido de la cláusula del credo que dice que descendió á los infiernos, pues esta palabra no quiere ahí decir el lugar de castigo. 31. Entonces los Judíos, etc. Por "los judíos" debe entenderse los sumos sacerdotes y los caudillos del pueblo. La preparación significa el día anterior al gran sábado de pascua. 34. Y luego saltó sangre y agua. Acerca de esta circunstancia singular hay diversas opiniones. (1.) Calvino y otros escritores opinan que ella prueba que el corazón ó pericardio había sido herido, y que como el mismo resultado se seguiría si se hiciese otro tanto con cualquiera persona recientemente muerta, el hecho no tuvo en si nada de extraordinario ó sobrenatural. (2.) Otros creen que sí fue contrario á lo que la experiencia nos enseña, y por lo tanto extraordinario y sobrenatural. Séanos permitido agregar que hemos consultado con tres médicos de mucha experiencia, separadamente, y que todos se adhieren á la última opinión. 35. Y el que lo vio da testimonio, etc. Este versículo no puede referirse sino a Juan, y lo que vio es lo que relata en los tres versículos anteriores. 36. 37. Porque estas cosas fueron hechas, etc. Para la mejor inteligencia do estos versículos véanse los siguientes pasajes: Éxodo 12:46; Zac. 12:10. |
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Jesús es sepultado Juan 19.38-42 38 Después de todo esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, pero secretamente por miedo de los judíos, rogó a Pilato que le permitiese llevarse el cuerpo de Jesús; y Pilato se lo concedió. Entonces vino, y se llevó el cuerpo de Jesús. 39 También Nicodemo, el que antes había visitado a Jesús de noche, (Jn. 3.1-2) vino trayendo un compuesto de mirra y de áloes, como cien libras. 40 Tomaron, pues, el cuerpo de Jesús, y lo envolvieron en lienzos con especias aromáticas, según es costumbre sepultar entre los judíos. 41 Y en el lugar donde había sido crucificado, había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el cual aún no había sido puesto ninguno. 42 Allí, pues, por causa de la preparación de la pascua de los judíos, y porque aquel sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús. |
Jesús es sepultado Juan 19.38-42 Mt. 27.57-61; Mr. 15.42-47; Lc. 23.50-56 Mt. 27.57-61 57 Cuando llegó la noche, vino un hombre rico de Arimatea, llamado José, que también había sido discípulo de Jesús. 58 Este fue a Pilato y pidió el cuerpo de Jesús. Entonces Pilato mandó que se le diese el cuerpo. 59 Y tomando José el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia, 60 y lo puso en su sepulcro nuevo, que había labrado en la peña; y después de hacer rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, se fue. 61 Y estaban allí María Magdalena, y la otra María, sentadas delante del sepulcro. Mr. 15.42-47 42 Cuando llegó la noche, porque era la preparación, es decir, la víspera del día de reposo, 43 José de Arimatea, miembro noble del concilio, que también esperaba el reino de Dios, vino y entró osadamente a Pilato, y pidió el cuerpo de Jesús. 44 Pilato se sorprendió de que ya hubiese muerto; y haciendo venir al centurión, le preguntó si ya estaba muerto. 45 E informado por el centurión, dio el cuerpo a José, 46 el cual compró una sábana, y quitándolo, lo envolvió en la sábana, y lo puso en un sepulcro que estaba cavado en una peña, e hizo rodar una piedra a la entrada del sepulcro. 47 Y María Magdalena y María madre de José miraban dónde lo ponían. Lc. 23.50-56 50 Había un varón llamado José, de Arimatea, ciudad de Judea, el cual era miembro del concilio, varón bueno y justo. 51 Este, que también esperaba el reino de Dios, y no había consentido en el acuerdo ni en los hechos de ellos, 52 fue a Pilato, y pidió el cuerpo de Jesús. 53 Y quitándolo, lo envolvió en una sábana, y lo puso en un sepulcro abierto en una peña, en el cual aún no se había puesto a nadie. 54 Era día de la preparación, y estaba para comenzar el día de reposo. 55 Y las mujeres que habían venido con él desde Galilea, siguieron también, y vieron el sepulcro, y cómo fue puesto su cuerpo. 56 Y vueltas, prepararon especias aromáticas y ungüentos; y descansaron el día de reposo, conforme al mandamiento. |
Juan 19.39 Jn. 3.1-2 Había un hombre de los fariseos que se llamaba Nicodemo, un principal entre los judíos. |
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Comentarios de J. C. Ryle Juan 19:38-42. Estos cinco versículos son notablemente interesantes, por cuanto en ellos se introduce á un personaje antes desconocido, y otro cuyo nombre es familiar en dondequiera que se lee la Biblia, y por cuanto describen el funeral más importante que jamás haya tenido lugar en el mundo. En primer lugar se nos enseña, que hay en el mundo algunos cristianos verdaderos de los cuales se tiene muy poco conocimiento. La historia de José de Arimatea nos manifiesta esto de una manera muy clara. No se le nombra siquiera en ninguna otra parte del Nuevo Testamento, ni sabe la iglesia nada de su vida antes ó después de aquel momento supremo; y sin embargo ese hombre es el que acude á tributar honores á Jesucristo cuando sus mismos apóstoles lo han abandonado y han huido. Lo estima y siente gusto en servirle, no porque le haya visto hacer milagro alguno, sino porque le profesa un amor espontáneo y desinteresado; y no vacila en confesar su adhesión hacia él, á la hora misma en que los judíos y los romanos lo han condenado como malhechor y le han dado la muerte. ¡El hombre que así obra ha de tener á la verdad una fe firme! Es de desearse y de creerse que en todos los siglos ha habido cristianos que, á semejanza de José, han sido discípulos secretos, ignorados de la iglesia y del mundo, pero bien conocidos de Dios. Aun en los tiempos de Elías había siete mil Israelitas que no habían doblado la rodilla ante Baal, aunque el desalentado profeta no lo sabía. Acaso el día de hoy en los suburbios de las grandes ciudades ó en los parajes aislados del campo hay creyentes que no hacen ruido en el mundo y que sin embargo aman á Jesucristo y son amados de Él. Las enfermedades, ó la pobreza, ó los deberes diarios de algún oficio laborioso les impiden aparecer en público, y por eso viven y mueren ignorados de casi todos. Y, sin embargo, en el último día se revelará ante un mundo estupefacto, que algunas de esas personas honraron á Jesucristo tanto como cualesquiera otras, y que sus nombres fueron inscritos en el cielo. De aquí se sigue que son circunstancias especiales que descubren á los cristianos de especiales dotes, y que los que hacen mayor ostentación en la iglesia no siempre resultan ser los más leales discípulos del Salvador. En estos versículos se nos enseña, en segundo lugar, que hay algunos discípulos que se conducen mejor hacia el fin que hacia el principio de su vida cristiana. La historia de Nicodemo nos lo demuestra claramente. El único que se atreviera á ayudar á José en la santa obra de dar sepultura al cuerpo de nuestro Señor fue un hombre que acudió á Jesús de noche y era en aquel entonces un ignorante investigador de la verdad. Más tarde ese mismo Nicodemo se portó con algo más de valor, é hizo en el concilio de los fariseos la siguiente pregunta: "¿Juzga nuestra ley á hombre alguno, si primero no oyere de él, y entendiere lo que ha hecho?" Juan 7: 51. Y aun más tarde, según el presente pasaje, se presentó á cuidar del cuerpo de nuestro Señor, y no se avergonzó de tomar parte activa en dar al despreciado Nazareno una sepultura honrosa. ¡Qué contraste tan grande entre el hombre que penetró tímidamente en la habitación de nuestro Señor para hacer una pregunta, y el que trajo cien libras de mirra y áloes para embalsamar su cuerpo! Y, no obstante, ¡era el mismo, Nicodemo! Y todo ese cambio se efectuó en el corto espacio de tres años. Bueno será que tengamos esto presente cuando tratemos de juzgar de la religiosidad de nuestros prójimos. Es menester que no tildemos á los demás de impíos é irreligiosos porque no puedan percibir toda la verdad de un golpe. El Espíritu Santo siempre guía á los creyentes á un punto desde el cual puedan percibir las mismas verdades fundamentales y desde donde encaminarse derechamente al cielo: en esto la uniformidad es invariable. Empero, no siempre hace pasar al cristiano por unas mismas pruebas ó con la misma rapidez: en esto sus operaciones son diversas. El que diga que la conversión es inútil y que una persona no convertida puede ser salva, está muy engañado; pero también lo está el que diga que ninguno so ha convertido á menos que se haga un cristiano consumado en un solo día. La vida de un infante es tan real y verdadera como la de un adulto: la diferencia es solo de grado. ¿Por qué despreciar el día de "los principios"? Zac. 4:10. El mismo cristiano que empieza con una visita nocturna es tal vez el que después se presenta con intrepidez y confiesa á la plena luz del día su fe en el Salvador. NOTAS. JUAN 19:38-42. 38. Pasadas estas cosas, etc. Con este versículo empieza la relación que San Juan hace de la inhumación del cadáver de nuestro Señor. Isaías había predicado (Cap. 53:9) cual seria la naturaleza de esa inhumación. Todos los cuatro evangelistas narran los detalles del suceso; mas es singular que cada uno dice acerca de José algo que los otros no mencionan. Compárense Mat. 27: 15; Marcos 15:43; Lucas 23:50, 51; Juan 19:38. Nada de cierto se sabe acerca de Arimatea. Algunos creen que era el mismo lugar llamado en el Antiguo Testamento Rama, donde vivió Samuel. Véase 1 Sam. 7:19. El cual era discípulo de Jesús, más secreto, etc. Claramente se colige que había Judíos que creían en secreto que Jesús era el Mesías, y que no habían tenido el valor de dar á conocer sus convicciones antes de la crucifixión. En Juan 12:12 Se nos dice que "de los príncipes muchos creyeron en él, mas por causa de los fariseos no le confesaban." Es de inferirse, no obstante, que José no pertenecía á ese número, pues el evangelista agrega luego que "amaban más la gloria de los hombres que la de Dios," lo cual es una falta que no podría quizá atribuírsele con justicia. Aunque ser tímido no es disculpable, debe tomarse en consideración que como rico y como miembro del consejo tenía que sacrificar más y afrontar mayor oposición que los humildes pescadores ó publícanos. Entonces él vino y quitó el cuerpo de Jesús. Algunos comentadores creen que los soldados romanos quitaron el cuerpo de la cruz; mas, en nuestra opinión, José mismo fue quien lo hizo con el auxilio de Juan y Nicodemo. No se poseen datos suficientes para determinar si apoyaron una escalera en la cruz y bajaron el cuerpo después de haberlo desclavado, como lo representa Rubens en su famoso cuadro; ó si sacaron la cruz del hoyo en que había sido introducida y la pusieron en el suelo para desclavar el cadáver. 39. Trayendo una mixtura de mirra y de áloes como cien libras. Los ingredientes de esa mixtura, que seguramente eran en polvo, eran fuertemente aromáticos y antisépticos. La cantidad empleada prueba, por una parte, que Nicodemo era rico y generoso; y, por otra, que era previsor, porque un cadáver tan herido y lacerado como el de nuestro Señor necesitaba de muchas aromas para ser preservado de la putrefacción. 40. Y tomaron el cuerpo de Jesús, etc. De acuerdo con la costumbre en aquel tiempo y en aquel país, en vez de colocar el cadáver en un ataúd, lo envolvieron en la sábana en la cual habían regado la confección de mirra y de áloes. 42. Allí pues pusieron á Jesús, etc. Para la mejor inteligencia de este versículo será bueno parafrasearlo y alterar algun tanto el orden de las palabras, así: "En este sepulcro nuevo, cortado en la roca, pusieron, pues, José y Nicodemo el cuerpo de Jesús, porque estaba á corta distancia, y porque, siendo el día de la preparación para el gran sábado de pascua, les quedaba muy corto tiempo para efectuar la inhumación." Que les quedaba poco tiempo es evidente, pues nuestro Señor no expiró sino hasta las tres de la tarde, y el día terminaba á las seis. Así terminó el entierro más maravilloso que jamás haya tenido lugar en el mundo. Nunca hubo y nunca habrá otra muerte y otro entierro como aquel- tan escasamente comprendido de los hombres, tan importante á los ojos de Dios. ¿Quién podrá dudar del amor de Jesucristo cuando haya considerado cuan profunda fue la humillación á que se sometió por nosotros? |
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El Texto Bíblico esta siendo transcrito por:
Martha Iñiguez Moreno
de La Biblia Devocional de Estudio
Reina Valera Revisión 1960
de La Liga bíblicaLos Textos Paralelos y las Referencias están tomados de:
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