El Santo Evangelio según
San Juan

Porque por gracia sois salvos

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La resurrección

Juan 20.1-10

1  El primer día de la semana,  María Magdalena fue de mañana,  siendo aún oscuro,  al sepulcro;  y vio quitada la piedra del sepulcro.

2  Entonces corrió,  y fue a Simón Pedro y al otro discípulo,  aquel al que amaba Jesús,  y les dijo: Se han llevado del sepulcro al Señor,  y no sabemos dónde le han puesto.

3  Y salieron Pedro y el otro discípulo,  y fueron al sepulcro.

4  Corrían los dos juntos;  pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro,  y llegó primero al sepulcro.

5  Y bajándose a mirar,  vio los lienzos puestos allí,  pero no entró.

6  Luego llegó Simón Pedro tras él,  y entró en el sepulcro,  y vio los lienzos puestos allí,

7  y el sudario,  que había estado sobre la cabeza de Jesús,  no puesto con los lienzos,  sino enrollado en un lugar aparte.

8  Entonces entró también el otro discípulo,  que había venido primero al sepulcro;  y vio,  y creyó.

9  Porque aún no habían entendido la Escritura,  que era necesario que él resucitase de los muertos.

10  Y volvieron los discípulos a los suyos.

La resurrección

Juan 20.1-10 Mt. 28.1-10; Mr. 16.1-8; Lc. 24.1-12

Mt. 28.1-10 1  Pasado el día de reposo,  al amanecer del primer día de la semana,  vinieron María Magdalena y la otra María,  a ver el sepulcro. 2  Y hubo un gran terremoto;  porque un ángel del Señor,  descendiendo del cielo y llegando,  removió la piedra,  y se sentó sobre ella. 3  Su aspecto era como un relámpago,  y su vestido blanco como la nieve. 4  Y de miedo de él los guardas temblaron y se quedaron como muertos. 5  Mas el ángel,  respondiendo,  dijo a las mujeres: No temáis vosotras;  porque yo sé que buscáis a Jesús,  el que fue crucificado. 6  No está aquí,  pues ha resucitado,  como dijo. Venid,  ved el lugar donde fue puesto el Señor. 7  E id pronto y decid a sus discípulos que ha resucitado de los muertos,  y he aquí va delante de vosotros a Galilea;  allí le veréis. He aquí,  os lo he dicho. 8  Entonces ellas,  saliendo del sepulcro con temor y gran gozo,  fueron corriendo a dar las nuevas a sus discípulos. Y mientras iban a dar las nuevas a los discípulos, 9  he aquí,  Jesús les salió al encuentro,  diciendo: ¡Salve!  Y ellas,  acercándose,  abrazaron sus pies,  y le adoraron. 10  Entonces Jesús les dijo: No temáis;  id,  dad las nuevas a mis hermanos,  para que vayan a Galilea,  y allí me verán.

Mr. 16.1-8 1  Cuando pasó el día de reposo,  María Magdalena,  María la madre de Jacobo,  y Salomé,  compraron especias aromáticas para ir a ungirle. 2  Y muy de mañana,  el primer día de la semana,  vinieron al sepulcro,  ya salido el sol. 3  Pero decían entre sí: ¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro? 4  Pero cuando miraron,  vieron removida la piedra,  que era muy grande. 5  Y cuando entraron en el sepulcro,  vieron a un joven sentado al lado derecho,  cubierto de una larga ropa blanca;  y se espantaron. 6  Más él les dijo: No os asustéis;  buscáis a Jesús Nazareno,  el que fue crucificado;  ha resucitado,  no está aquí;  mirad el lugar en donde le pusieron. 7  Pero id,  decid a sus discípulos,  y a Pedro,  que él va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis,  como os dijo. 8  Y ellas se fueron huyendo del sepulcro,  porque les había tomado temblor y espanto;  ni decían nada a nadie,  porque tenían miedo.

Lc. 24.1-12 1  El primer día de la semana,  muy de mañana,  vinieron al sepulcro,  trayendo las especias aromáticas que habían preparado,  y algunas otras mujeres con ellas. 2  Y hallaron removida la piedra del sepulcro; 3  y entrando,  no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. 4  Aconteció que estando ellas perplejas por esto,  he aquí se pararon junto a ellas dos varones con vestiduras resplandecientes; 5  y como tuvieron temor,  y bajaron el rostro a tierra,  les dijeron: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? 6  No está aquí,  sino que ha resucitado.  Acordaos de lo que os habló,  cuando aún estaba en Galilea, 7  diciendo: Es necesario que el Hijo del Hombre sea entregado en manos de hombres pecadores,  y que sea crucificado,  y resucite al tercer día. 8  Entonces ellas se acordaron de sus palabras, 9  y volviendo del sepulcro,  dieron nuevas de todas estas cosas a los once,  y a todos los demás. 10  Eran María Magdalena,  y Juana,  y María madre de Jacobo,  y las demás con ellas,  quienes dijeron estas cosas a los apóstoles. 11  Más a ellos les parecían locura las palabras de ellas,  y no las creían. 12  Pero levantándose Pedro,  corrió al sepulcro;  y cuando miró dentro,  vio los lienzos solos,  y se fue a casa maravillándose de lo que había sucedido.

Comentarios de J. C. Ryle

Juan   20:1-10.

El capítulo que pasamos á examinar nos trasporta de la muerte á la resurrección de Jesucristo. Á semejanza de los otros tres Evangelistas, San Juan refiere detenidamente los pormenores de esos dos grandes acontecimientos. Ni es esto de extrañarse: el gran sistema del Cristianismo estriba sobre estos dos hechos-que Jesucristo murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación.

En este pasaje se nos enseña que los que han recibido mayores beneficios de Jesucristo son los que más lo aman. La primera persona que menciona San Juan, de las que vinieron al sepulcro de Jesús, es María Magdalena. La mayor parte de la historia de esta mujer nos es desconocida, pero sí sabemos que el Señor le había echado fuera "siete demonios" (Marcos 15:9: Lucas 8.2), y que su gratitud hacia Él no tenía límites. En una palabra, ningún discípulo de nuestro Señor parecía amarlo tanto como María Magdalena; ninguno estaba tan agradecido; ninguno tenía tan buena voluntad en servirle. Por eso, como bellamente lo expresa el obispo Butler, "Ella fue la última en separarse del pié de la cruz, y la primera en acudir al lado del sepulcro. No pudo estar tranquila hasta que se levantó á buscarle, y lo buscó cuando aún el día no había esclarecido suficientemente para poderlo ver." Habiendo recibido muchas bendiciones, amó con mucha vehemencia; y habiendo amado con vehemencia, se esforzó en manifestar la sinceridad de su amor.

Lo que queda dicho nos pondrá en aptitud de comprender mejor una cuestión de grande interés para todo verdadero discípulo de Jesucristo. ¿Cómo es que muchos que se apellidan cristianos hacen tan pocos esfuerzos por servirle al Salvador en quien profesan creer? ¿Cómo es que muchos, cuya fe y cuyas virtudes no podrían negarse sin calumniarlos, toman tan poco interés en propender por la difusión del Evangelio y glorificar á Jesucristo sobre la tierra? Á estas preguntas solo puede darse una respuesta: es que esos cristianos no se han formado una idea adecuada de los inmensos beneficios que han recibido de Jesucristo. Quien no se apercibe de sus culpas, no hace nada por la causa; y quien se apercibe poco, hace poco. El hombre que tiene convicción íntima de su culpabilidad y corrupción, y que está plenamente persuadido que á no ser por la mediación de Cristo, seria merecidamente sumergido en el infierno, ese hombre, decimos, es el que se afana por servir á Jesús, y el que cree que, por mucho que haga, ha faltado á su deber. Pidamos diariamente á Dios nos haga percibir más y más cuan horrible es el pecado, y cuán benigno es el Redentor. Así dejaremos de ser tibios e indiferentes con relación a nuestros deberes religiosos, y así alcanzaremos a comprender cómo era que María de Magdala estaba animada de un celo tan intenso y cómo fue que San Pablo escribió las siguientes palabras: "El amor de Cristo nos constriñe;  juzgando esto: que si uno murió por todos, luego todos estaban muertos; y que murió por todos para que los que viven ya no vivan para sí, sino para aquel que por ellos murió y resucitó." 2 Cor. 5.14 y 15.

En estos versículos se nos enseña, en segundo lugar, que los creyentes difieren mucho en índole.

Dejase esto ver de una manera notable en lo que Pedro y Juan hicieron cuando María Magdalena les dijo que el cuerpo del Salvador había desaparecido. Ambos corrieron hacia el sepulcro; pero Juan adelantó a Pedro y llegó primero. Mas la diferencia de índole se descubre en esto: que Juan como más suave en sus modales, mas sosegado, mas tierno, mas reservado y de sentimientos más profundos, se inclinó a la entrada y miró, más no penetró dentro; en tanto que Pedro como más fogoso, más entusiasta, más fervoroso y más precipitado en sus acciones, no se contentó hasta que no hubo penetrado en el sepulcro y mirando con sus propios ojos. Ambos, sin duda, amaban a nuestro Señor; ambos sentían el corazón, en aquella hora solemne, lleno de encontrados deseos y temores, esperanzas y zozobras. Y sin embargo, cada uno se condujo de una manera distinta.

Ese suceso debe enseñarnos a ser indulgentes con los creyentes por su diversidad de caracteres. Si así lo hiciéramos nos evitaremos en la vida muchos desazones y nos guardaremos de formar juicios que pequen contra la caridad cristiana. No censuremos ni menospreciemos a nuestros hermanos porque dejen de percibir las cosas como nosotros las percibimos, o porque no se sientan impresionados de la misma manera que nosotros nos sentimos. Las flores de ese gran jardín que se llama la iglesia invisible no son del mismo color ni despiden el mismo aroma. Los súbditos del reino del Señor no son exactamente del mismo genio y las mismas inclinaciones, aunque todos aman al mismo Salvador y tienen inscritos sus nombres en el libro de la vida. Unos se parecen a Pedro, otros a Juan, más para todos hay lugar, para todos hay esfera de acción. Amemos a los que aman a Jesucristo, y demos gracias a Dios de que se hallen animados de tales sentimientos. Ese amor es lo esencial.

En ese pasaje se nos enseña, finalmente, que aún las mentes de los verdaderos creyentes pueden adolecer de mucha ignorancia. Juan, el evangelista, dice de sí mismo y de Pedro, su compañero, que aún no sabían la Escritura relativamente a que era necesario que Jesús resucitase de entre los muertos. ¡Cuán extraño no parece eso! Estos dos apóstoles distinguidos habían oído a nuestro Señor hablar, por tres largos años, de su resurrección con un hecho que había de acontecer, y no obstante no le habían entendido. Nosotros no nos formamos una idea adecuada del influjo que tienen sobre la mente las enseñanzas erróneas inculcadas en la infancia, o las preocupaciones adquiridas en la juventud. Ciertamente ningún ministro del Evangelio tiene derecho para quejarse de la ignorancia de sus oyentes.

Mas la fe y no la ciencia es lo esencial. El Salvador que está de nuestra parte es muy indulgente y disimula y perdona mucha ignorancia cuando ve que el corazón es recto a los ojos de Dios. Es cierto que hay algunas cosas que nos es necesario saber, y que si las ignoramos no podemos ser salvos; tales son, por ejemplo estas: que somos pecadores, que Jesucristo es nuestro Salvador, que la fe y el arrepentimiento son indispensables para obtener el cielo. Más en otros respectos se puede ser muy ignorante. Esforcémonos por adquirir conocimientos, pues la ignorancia es hasta cierto punto deshonrosa, más ante todo, cuidemos de que nuestro corazón sea recto a los ojos de Dios.

NOTAS.   JUAN 20.1-10

En los dos últimos capítulos de San Juan se nos refieren los sucesos relacionados con la vida de nuestro Señor que tuvieron lugar después de la resurrección. Siendo dichos sucesos de la más alta importancia, se nos permita hacer algunas observaciones preliminares.

En cuanto a las once apariciones de Jesucristo, creemos que ocurrieron en el orden siguiente:

1)   A María magdalena sola, marcos 16.9; Juan 20.14

2)   A unas mujeres que regresaban del sepulcro. Mat. 28.9, 10

3)   A Simón Pedro solo, Lucas 24.34

4)   A los dos discípulos que iban a Emmaús, Lucas 24.13

5)   A diez apóstoles y a algunos otros discípulos, Juan 20.19

6)   A los once apóstoles en Jerusalén (incluyendo a Tomás), Juan 20.26-29

7)   A siete discípulos que pescaban en el mar de Tiberías, Juan 21.1

8)   A los once discípulos en una montaña de Galilea, y quizá a otros con ellos, Mat. 28.16

9)   A más de quinientos hermanos, 1 Cor. 15.7

10) A Santiago solamente, 1 Cor. 15.7

11) A todos los apóstoles, quizá juntamente con otras personas, en el Monte Olivar cuando estaba para ascender a los cielos.

De las apariciones que quedan enumeradas solos las dos primeras presentan obstáculos al comentador; más, en nuestro concepto, esos obstáculos no son insuperables. El quid de la dificultad es el siguiente: San Marcos dice expresamente que nuestro Señor apareció primero a María magdalena. Marcos 16.9. San Juan describe el mismo suceso y deja comprender claramente que la mujer de Magdala estaba sola. Juan 20.11-13. Más, a pesar de esto San Mateo dice que ésta y la otra María vinieron juntas al sepulcro; que un ángel se les aparición y les dijo que nuestro Señor había resucitado; y que, habiéndose apresurado a dar la nueva a los discípulos, Jesús salió a su encuentro en el camino, de manera que ambas lo vieron la mismo tiempo. Ahora bien ¿Cómo se explica esto? ¿Cómo puede hacerse armonizar la disposición de estos tres testigos?

Relativamente a este asunto opinamos lo siguiente:

1.   Que María Magdalena y la otra María no se encaminaron solas al sepulcro la mañana de la resurrección. Comparando Marcos 16.1 y Lucas 23.55 y 20.1, con Mateo 28.1, se convencerá cualquiera que fueron acompañadas de otras mujeres.

2.   Que todas ellas al acercarse al sepulcro vieron que se había quitado la piedra de la entrada, y que María Magdalena corrió al punto a participar lo ocurrido a Juan y a Pedro. Véase Juan 20.1-2

3.   Que mientras María Magdalena así se ocupaba, las otras mujeres penetraron en la tumba y se cercioraron que el cadáver había desaparecido; que entonces se les aparecieron los ángeles, quienes les dijeron que Jesús había resucitado y les mandaron que fuesen a dar parte de lo sucedido a los discípulos. Unas se encaminaron con María y Salomé en una dirección y otras con Jesús en otra.

4.   Que, entre tanto, María Magdalena había encontrado a Pedro y a Juan, y que todos tres concurrieron al sepulcro poco después de que las otras mujeres habían partido. Tal vez María Magdalena no llegó tan pronto como Pedro y Juan.

5.   Que estos se fueron y la Magdalena quedó llorando al lado del sepulcro.

6.   Que tan luego como los otros apóstoles se hubieran ido, la pobre mujer vio a los dos ángeles, y después a nuestro Señor mismo. Juan 20.19

7.   Que María de Cleofás y Salomé estaban todavía en el camino cuando Jesús se vio con ellas, poco después de su encuentro con la Magdalena.

8.   Que las mujeres que fueron con Juana no vieron a nuestro Señor, más se encaminaron al lugar donde se encontraban los discípulos y les comunicaron lo que les habían dicho los ángeles.

9.   Que poco tiempo después nuestro Señor se apareció a Pedro, quien probablemente, habiendo oído lo que la Magdalena decía, se había dirigido hacia el sepulcro otra vez.

1 Y el primer día de la semana. Es decir, el domingo o día del Señor.

Y vio la piedra quitada del sepulcro. Según parece, María fue la primera que notó a la luz crepuscular que habían quitado la piedra.

3 Y el otro discípulo. Es decir, a Juan.

5 Y bajándose a mirar, etc. Algunos viajeros que han visto las tumbas de las cercanías de Jerusalén son de opinión que el sepulcro de nuestro Señor era una especie de gruta socavada en un collado rocalloso, y que o bien había en el interior una cavidad cortada en la roca para colocar el cadáver, o que la gruta tenía un declive hacia el fondo, que era el lugar donde se ponía el cuerpo. En cualquiera de los dos casos sería necesario inclinarse para ver desde la entrada lo que estuviera dentro de la gruta.

No se sabe que razón tuviera el amado discípulo para no entrar. Quizá fue que se convenció suficientemente de que el cuerpo de nuestro Señor había desaparecido, y que eso era todo lo que quería averiguar. O tal vez fue contenido por la reverencia que naturalmente debía de sentir por el lugar donde su Maestro había sido sepultado.

7 Y el sudario. Crisóstomo hace la siguiente observación: "La presencia de las sábanos y el sudario confirmaba la verificación de la resurrección, porque ninguna persona que hubiera sacado el cuerpo, ya fuera por orden de la autoridad o ya clandestinamente, se había tomado la molestia de quitar las sábanas y doblar el sudario, y ponerlo aparte, sino se lo habría llevado en el estado que se encontraba. Por esta razón San Juan nos había dicho de antemano que había sido sepultado con mirra, cuya sustancia hace que el lino se adhiera firmemente al cuerpo."

9 Porque aún no sabían la Escritura, etc. O más fielmente vertido: Porque aún no habían sabido, etc. El significado es como sigue: "Hasta aquel tiempo esos dos apóstoles, como el resto de los discípulos de nuestro Señor, no habían entendido el significado de la Escritura que enseñaba que Jesucristo había de resucitar den entre los muertos.

Es bien digno de notarse que en tanto que Pedro, Juan y sus compañeros parecían haberse olvidado de las predicciones de nuestro Señor respecto de su resurrección, existían algunos judíos que no las habían olvidado. Y ¿Quiénes eran? Las personas en quienes menos hubiera uno pensado -los sumos sacerdotes y los fariseos. Véase Mat. 27.62-64

10 Así que volvieron los discípulos a los suyos. ¿No es de suponerse que uno de los motivos por los cuales los discípulos no permanecieron cerca del sepulcro, como María Magdalena, era que tenían un deseo ardiente de regresar a la casa a contarle a la madre de nuestro Señor lo que habían visto.

Texto Bíblico
Textos Paralelos
Referencias

Jesús se aparece a María Magdalena

Juan 20.11-18

11  Pero María estaba fuera llorando junto al sepulcro;  y mientras lloraba,  se inclinó para mirar dentro del sepulcro;

12  y vio a dos ángeles con vestiduras blancas,  que estaban sentados el uno a la cabecera,  y el otro a los pies,  donde el cuerpo de Jesús había sido puesto.

13  Y le dijeron: Mujer,  ¿por qué lloras?  Les dijo: Porque se han llevado a mi Señor,  y no sé dónde le han puesto.

14  Cuando había dicho esto,  se volvió,  y vio a Jesús que estaba allí;  mas no sabía que era Jesús.

15  Jesús le dijo: Mujer,  ¿por qué lloras?  ¿A quién buscas?  Ella,  pensando que era el hortelano,  le dijo: Señor,  si tú lo has llevado,  dime dónde lo has puesto,  y yo lo llevaré.

16  Jesús le dijo: ¡María!  Volviéndose ella,  le dijo: ¡Raboni!  (Que quiere decir,  Maestro).

17  Jesús le dijo: No me toques,  porque aún no he subido a mi Padre;  mas ve a mis hermanos,  y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre,  a mi Dios y a vuestro Dios.

18  Fue entonces María Magdalena para dar a los discípulos las nuevas de que había visto al Señor,  y que él le había dicho estas cosas.

Jesús se aparece a María Magdalena

Juan 20.11-18 Mr. 16.9-11 9  Habiendo,  pues,  resucitado Jesús por la mañana,  el primer día de la semana,  apareció primeramente a María Magdalena,  de quien había echado siete demonios. 10  Yendo ella,  lo hizo saber a los que habían estado con él,  que estaban tristes y llorando. 11  Ellos,  cuando oyeron que vivía,  y que había sido visto por ella,  no lo creyeron.

 

Comentarios de J. C. Ryle

Juan 20.11-18

Solo en el Evangelio de San Juan se nos describe la entrevista que nuestro Señor tuvo, después de su resurrección, con María Magdalena, entrevista que, en cuanto a lo conmovedora tal vez no tuvo igual. El que pueda leer este pasaje sin sentir un profundo interés, ha de tener por fuerza un corazón muy duro y frío.

Se advierte, en primer lugar, que los que aman a Jesucristo con mayor vehemencia y constancia son aquellos que reciben mayores privilegios de su divina mano. Es un hecho que conmueve y que merece particular atención, que María Magdalena no quiso separarse del sepulcro, en tanto que Pedro y Juan se encaminaron a su casa. El amor hacia su Maestro la tenía atada al lugar en donde había yacido muerto. No sabía en donde estaba o que se había hecho. Pero un afecto profundo la detenía allí junto a la fría y vacía tumba y la movió a contemplarla con veneración. Y ese afecto fue abundantemente recompensado. Vio unos ángeles que Juan y Pedro no habían visto; los oyó hablar y dirigirle palabras tranquilizadoras. Fue la primera que vio a nuestro Señor después de resucitado; la primera que oyó su voz y que tuvo una conversación con Él. En donde quiera que se predique el Evangelio este pequeño suceso servirá de prueba, que los que tributaren gloria a Jesucristo serán a su turno bendecidos por Él.

Se advierte, en seguida, que los temores y pesares de los cristianos son muchas veces infundados. Se nos dice que María Magdalena permaneció derramando lágrimas junto al sepulcro y eso de tal manera como si nada fuese parte a consolarla. Lloraba cuando los ángeles le hablaron, puesto que le dijeron: "Mujer, ¿por qué lloras?" También estaba llorando cuando nuestro Señor se dirigió a ella: "Mujer," le dijo Él también, ¿por qué loras? Y siempre hizo en respuesta la misma queja: "Porque han llevado a mi Señor, y no se donde lo han puesto." Y sin embargo, su maestro había estado junto a ella, revestido otra vez del cuerpo humano. Sus lágrimas eran innecesarias, su ansiedad superflua. Como Agar en el desierto, tenía a su lado un pozo de agua cristalina, más no lo había percibido.

Ningún cristiano reflexivo dejará de notar que ese es solo un ejemplo de lo que acontece a muchos de los creyentes. Cuantas veces no nos afanamos sin justo motivo para ello. Cuantas veces no nos lamentamos de la falta de algo que realmente está a nuestro alcance. Dos terceras partes de las cosas que tememos en esta vida jamás acontecen y muchas de las lágrimas que derramamos son vertidas en vano. Pidamos a Dios nos conceda más fe y más paciencia para aguardar sin zozobra que se cumplan sus designios; y estemos convencidos que muchos acontecimientos que nos parecen tristes y azarosos vendrán a fin a redundar en nuestro provecho. El anciano Jacob dijo una vez que sobre él eran todas las cosas que habían sucedido (Gen. 42.36); y sin embargo vivió lo suficiente para alcanzar a ver a José otra vez, lleno de riqueza y prosperidad y a dar gracias a Dios por todo lo que había acaecido. Si María hubiera encontrado sellada la tumba y hubiera sabido que ahí yacía el cadáver yerto de nuestro Señor entonces habría tenido razón para llorar. El hecho mismo de que el cadáver había desaparecido era un indicio favorable, un indicio que debía causar júbilo a ella y a toda la humanidad.

Es de advertirse, además, que ideas tan mezquinas y tan materiales pueden apoderarse, acerca de Jesucristo, de la mente de un creyente. No creemos que enseñen otra cosa las siguientes palabras que nuestro Señor dirigió a la Magdalena: "No me toques; porque aún no he subido a mi Padre." Aunque este lenguaje es de suyo misterioso, hay alguna razón para suponer que la sorpresa y la súbita transición de pasar al gozo pusieron a María como fuera de sí, pues a pesar de ser una verdadera cristiana, era mujer como cualquier otra. Es muy probable que en el primer transporte de júbilo, se arrojara a los pies de nuestro Señor e hizo manifestaciones que eran impropias. Quizá dejo ver que en su concepto todo iba bien si nuestro Señor estaba presente corporalmente y mal si sucedía lo contrario, y se condujo como si hubiera olvidado que Él era Dios además de hombre. Por esa razón nuestro Señor le dijo que no lo tocara, y le dio a entender lo siguiente: "No hay necesidad de esta expresión excesiva de afecto. Mi ascensión al trono del Padre no tendrá lugar sino hasta de aquí a cuarenta días; tu deber al presente no es permanecer a mis plantas, sino ir y decir a los hermanos que he resucitado. Pensado en los demás, así como en ti misma"

Empero, menester es confesar que muchos otros creyentes ha incurrido en la misma falta de esta buena mujer. Ha habido en todos los siglos una tendencia a dar una importancia indebida y exagerada a la presencia corporal de Jesucristo. La terquedad con que los romanistas se adhieren a la doctrina de la presencia corporal en la Cena del Señor no es otra cosa que una manifestación de esa tendencia. Pidamos a Dios nos ayude a juzgar con acierto sobre este asunto así como también sobre todo lo que concierna al Salvador. Lo que necesitamos no es su carne material, sino su Espíritu. Por esto está escrito: "El Espíritu es el que da vida: la carne de nada aprovecha." "Y si aún a Cristo conocimos según la carne, ahora empero ya no le conocemos más." Juan 6.63; 2 Cor. 5.16.

Se advierte, por último, en estos versículos con cuenta bondad y benignidad nuestro Señor habló acerca de sus discípulos. A María Magdalena le mandó que llevara un mensaje a sus hermanos, y que les dijera que el Padre de Él era su Padre, y el Dios de Él su Dios. Apenas hacia tres días que todos ellos lo habían abandonado vergonzosamente y habían huido; sin embargo Él se expresó como si ya hubiera perdonado y olvidado todo. Su primer pensamiento fue recobrar a los que así se habían extraviado; y volverles la calma a la conciencia, infundirles nuevo ánimo y restaurarlos en un todo a su anterior situación. Ese fue  la verdad un amor grande: el hombre no alcanza a comprenderlo. Las siguientes palabras de David son muy ciertas: "Como el Padre tiene misericordia de los hijos, tiene misericordia Jehová de los que le temen. Porque él conoce nuestra hechura, se acuerda que somos de polvo." Salmo 103:13,14

NOTAS.   JUAN 20.11-18

11 Empero María estaba fuera llorando. El lector naturalmente preguntará: "¿Por qué no se fue la Magdalena con Pedro y Juan?" Es preciso recordar que cada sexo tiene sus peculiaridades. María se condujo como mujer, y Pedro y Juan como hombres. Por lo general, en la mujer la mente es más débil pero los afectos son más fuertes. María no podía convencerse de que nuestro Señor hubiese resucitado de entre los muertos; y su amor profundo hacia Él la obligaba a permanecer al lado del sepulcro.

12. Y vio dos ángeles en ropas Mancas, etc. Ese suceso fue muy notable é interesante. Maria vio dos bultos en ropas blancas sentados dentro del sepulcro. Parecían hombres, mas en realidad eran ángeles-dos de esos espíritus misteriosos que, según nos enseña la Biblia, Dios se digna emplear en grandes ocasiones.

La naturaleza de los ángeles es asunto profundo y misterioso de suyo, y sobre el cual debemos guardarnos de enseñar ó creer nada que no nos esté revelado en las Sagradas Escrituras. Mas el caso de que nos ocupamos nos enseña una ó dos cosas que haremos bien en recordar. Esos dos ángeles venían y se iban, aparecían y desaparecían de una manera sobrenatural, invisible y para nosotros inexplicable. Consta que había unos ángeles en la tumba cuando llegó la compañía de mujeres, después de que Maria Magdalena como á dar parte de lo ocurrido á Pedro y á Juan. También consta que habían desaparecido cuando Juan y Pedro llegaron al sepulcro. Y sin embargo, cuando la Magdalena miró hacia adentro, luego que Pedro y Juan se habían ido, vio dos ángeles y habló con ellos. Acaso cerca de nosotros haya ahora espíritus de esa naturaleza enviados por Dios, aunque nosotros no lo sabemos. Más esto no pasa de ser una conjetura. Lo que sí sabemos con certeza es que no hay en ninguna parte de la Escritura pasaje alguno que prescriba la adoración á los ángeles.

13. Y le dijeron: ¿Mujer, por que lloras? Le preguntaron para hacerla reflexionar sobre lo que hacia y para que se preguntase á si misma si tenia motivo para llorar.

14. Más no sabía que era Jesús. Solo hay tres hipótesis que expliquen el hecho de que María no reconociese de una vez á Jesús. 1a. Que estaba llorando tan amargamente, que tenia los ojos velados de lágrimas. 2a. Que todavía no había acabado de amanecer, y estaba tan oscuro que era difícil distinguir persona alguna. Esta es la opinión de Cirilo, pero es de inferirse que no es correcta, si se tiene en cuenta todo lo que había tenido lugar esa mañana. 3a. Que sus ojos fueron ofuscados de una manera sobrenatural, como los de los discípulos que iban para Emmaús, y que por esa razón no pudo distinguir que quien delante de ella estaba era nuestro Señor. La última solución es quizá la mejor.

15. Le dice Jesús: ¿Mujer, por que lloras? ¿Á quién buscas? Desde luego se comprende que nuestro Señor sabia perfectamente por qué lloraba y á quién, buscaba. Si preguntó fue por el bien que de ello redundaría á la interrogada, y no por enterarse de algo que ignoraba.

Ella, pensando, etc. Es digno de notarse que al contestar al supuesto jardinero, María no mencionó á su Maestro por su nombre, mas por medio del pronombre le, así: Señor, si tú le, etc. Esto demuestra que su mente estaba tan preocupada acerca de nuestro Señor, que creyó innecesario nombrarlo, y que supuso que, por da contado, el jardinero entendería de quién hablaba.

16. Le dice Jesús: María. En un tono de voz bien conocido nuestro Señor llamó á la Magdalena por su nombre-el nombre por el cual la había llamado, sin duda, muchas veces. Esa sola palabra tocó, por decirlo así, un secreto resorte, y le abrió los ojos en un momento. No es de creerse que al punto el mundo le pareció completamente trasformado á la atónita mujer, y que á causa de la completa revolución de ideas y do emociones que experimentó al oír esa voz tan querida, fue que solo pudo articular una palabra: ¿Rabboni, Maestro?

17. Le dice Jesús: No me toques, porque aún no he silbido á mi Padre. Este dicho es muy profundo, y los comentadores se han visto muy perplejos al determinar su significado. Quizá es uno de aquellos puntos que no podrán aclararse en esta vida. Entre tanto debemos contentarnos con hacer humildemente algunas conjeturas. El camino quedará algo más despejado si tenemos presente que no es posible que nuestro Señor quisiera decir que era pecaminoso tocar su cuerpo resucitado, puesto que más tarde permitió á las otras mujeres que le asieron de los pies. Mat. 28:9. Además, una semana después le dijo á Tomas: "Da acá tu mano, y métela en mi costado." Ahora bien, habiendo dicho qué fue lo que nuestro Señor no quiso decir, todavía queda en pié la pregunta: ¿Qué fue lo que quiso decir? Nuestra opinión ha sido expresada ya en la parte principal del capítulo: es innecesario que la repitamos aquí. Sin embargo, no estará por demás advertir que la palabra traducida "tocar" tiene a veces la acepción de "asir," "abrazar," "estrechar."

Aún más difíciles de interpretar son las palabras "porque aún no he subido á mi Padre" (ó, "porque aún no he ascendido al lugar donde está mi Padre"); y es sobremanera dificultoso determinar que relación existe entre las dos sentencias.

(1.) Algunos creen que el sentido es como sigue: "Todavía no he ascendido al lugar donde está mi Padre. Hasta que haya ascendido y me haya sentado á su derecha, no habré completado y perfeccionado mi obra como vuestro Salvador. No me toques ni me asgas como si quisieras tenerme para siempre en la tierra."

(2.) Otros creen que el significado es: "Todavía no voy á ascender al lugar donde está mi Padre. No ascenderé sino hasta dentro de cuarenta días. Todavía queda mucho tiempo para que se me toque, se me oiga y se me hable. No gastes, pues, momentos que son preciosos en demostrar tu afecto hacia mi persona, mas levántate y, sin pérdida de tiempo, ve á decir á los hermanos que he resucitado."

Creemos que de estas dos explicaciones la segunda es preferible.

Subo á mi Padre y á vuestro Padre, etc. Relativamente á esta expresión Flavel hace la siguiente observación: "Si Jesucristo no hubiera ascendido, no podría interceder por nosotros como lo hace ahora; y al momento que quitáis la intercesión de Jesucristo desvanecéis las esperanzas del cristiano."

Al hablar nuestro Señor de Dios como su Padre y su Dios, se refirió, como solía hacerlo, á la íntima unión que siempre ha existido entre Él y la primera persona de la Trinidad. Es de advertirse que no dice, "subo á nuestro Padre," Sino "A mi Padre," con lo cual dio á entender que debía hacerse una distinción entre su relación para con el Padre y la de sus discípulos.

18. Vino María Magdalena dando las nuevas á los discípulos. Se percibe en esta versículo qué efecto produjeron las palabras de nuestro Señor en el ánimo de la amante discípula á quién se apareció primero. Aceptando dócilmente la suave amonestación que le había dirigido, procedió al punto á hacer lo que le mandó. Es bien seguro que la primera casa á la cual se encaminó fue aquella en que habitaban Pedro y Juan, y que una de las primeras personas á quien dio la alegre noticia fue la madre de nuestro Señor.

Texto Bíblico
Textos Paralelos
Referencias

Jesús se aparece a sus discípulos

Juan 20.19-23

19  Cuando llegó la noche de aquel mismo día,  el primero de la semana,  estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos,  vino Jesús,  y puesto en medio,  les dijo:  Paz a vosotros.

20  Y cuando les hubo dicho esto,  les mostró las manos y el costado.  Y los discípulos se regocijaron viendo al Señor.

21  Entonces Jesús les dijo otra vez: Paz a vosotros.  Como me envió el Padre,  así también yo os envío.

22  Y habiendo dicho esto,  sopló,  y les dijo: Recibid el Espíritu Santo.

23  A quienes remitiereis los pecados,  les son remitidos;  y a quienes se los retuviereis,  les son retenidos. (Mt. 16.19; 18.18)

Jesús se aparece a sus discípulos

Juan 20.19-23 Mt. 28.16-20; Mr. 16.14-18; Lc. 24.36-49

Mt. 28.16-20 16  Pero los once discípulos se fueron a Galilea,  al monte donde Jesús les había ordenado. 17  Y cuando le vieron,  le adoraron;  pero algunos dudaban. 18  Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. 19  Por tanto,  id,  y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre,  y del Hijo,  y del Espíritu Santo; 20  enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado;  y he aquí yo estoy con vosotros todos los días,  hasta el fin del mundo.  Amén.

Mr. 16.14-18 14  Finalmente se apareció a los once mismos,  estando ellos sentados a la mesa,  y les reprochó su incredulidad y dureza de corazón,  porque no habían creído a los que le habían visto resucitado. 15  Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. 16  El que creyere y fuere bautizado,  será salvo;  mas el que no creyere,  será condenado. 17  Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios;  hablarán nuevas lenguas; 18  tomarán en las manos serpientes,  y si bebieren cosa mortífera,  no les hará daño;  sobre los enfermos pondrán sus manos,  y sanarán.

Lc. 24.36-49 36  Mientras ellos aún hablaban de estas cosas,  Jesús se puso en medio de ellos,  y les dijo: Paz a vosotros. 37  Entonces,  espantados y atemorizados,  pensaban que veían espíritu. 38  Pero él les dijo: ¿Por qué estáis turbados,  y vienen a vuestro corazón estos pensamientos? 39  Mirad mis manos y mis pies,  que yo mismo soy;  palpad,  y ved;  porque un espíritu no tiene carne ni huesos,  como veis que yo tengo. 40  Y diciendo esto,  les mostró las manos y los pies. 41  Y como todavía ellos,  de gozo,  no lo creían,  y estaban maravillados,  les dijo: ¿Tenéis aquí algo de comer? 42  Entonces le dieron parte de un pez asado,  y un panal de miel. 43  Y él lo tomó,  y comió delante de ellos. 44  Y les dijo: Estas son las palabras que os hablé,  estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés,  en los profetas y en los salmos. 45  Entonces les abrió el entendimiento,  para que comprendiesen las Escrituras; 46  y les dijo: Así está escrito,  y así fue necesario que el Cristo padeciese,  y resucitase de los muertos al tercer día; 47  y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones,  comenzando desde Jerusalén. 48  Y vosotros sois testigos de estas cosas. 49  He aquí,  yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros;  pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén,  hasta que seáis investidos de poder desde lo alto.

Juan 20.23 Mt. 16.19 Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos;  y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos;  y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos; 18.18 De cierto os digo que todo lo que atéis en la tierra,  será atado en el cielo;  y todo lo que desatéis en la tierra,  será desatado en el cielo

Comentarios de J. C. Ryle

Juan 20.19-23

Estos versículos tienen mucho que es difícil de entender, mucho que es misterioso y que merece ser considerado con reverencia. Sea, por ejemplo, el acto de aparecerse nuestro Señor súbitamente delante de los discípulos a darles el Espíritu, cuando las puertas de la estancia estaban cerradas. Para hacer un examen detenido de ese acontecimiento tendríamos que entrar en disertaciones que, sobre ser largas, serían tal vez inútiles, pues en tales casos el escritor está expuesto más bien a confundir que a iluminar la mente del lector. Por lo tanto, nos ceñiremos a examinar aquellos puntos que sean claros a la vez que instructivos.

Debemos observar las notables palabras con que nuestro Señor saludó a los apóstoles la primera vez que los vio después de su resurrección. Por dos veces les dirigió estas benignas palabras: "Paz sea con vosotros." En lugar de quejarse contra ellos, en lugar de reprenderlos y censurarlos por su mala conducta, les deseó paz. Propio en muy alto grado era que así sucediese. "Paz en la tierra" fue el cántico que entonaron las huestes celestiales cuando nació Jesús. La paz y el sosiego del alma formaron el tema constante de los discursos de nuestro Señor por un período de tres años. Paz y no riqueza fue el legado que dejó con los once la víspera de su crucifixión. Ciertamente armonizaba con todos sus actos el que al visitar a su puñado de discípulos su primera palabra fuera "Paz." Ese vocablo iba a volver la calma a sus ánimos.

Se infiere de esto que nuestro Señor quiso que la paz fuese el blanco al cual se dirigiesen los esfuerzos del ministro del Evangelio. El mismo asunto sobre el cual habló nuestro Señor tantas veces había de ser el gran tema de la predicación de sus discípulos: paz entre Dios y el hombre mediante la sangre de la expiación; paz de los hombres entre sí mediante la inoculación de la gracia y de la caridad. Una religión como la de Mahoma, que fue difundida por medio de la espada, no es de lo alto sino de la tierra. Cualquiera secta que bajo el título de cristiana quema en hogueras a los hombres para hacer prosélitos, lleva en sí el sello de su apostasía. Aquella es la mejor religión y l más verdadera que hace más por difundir la paz.

Debemos notar, en seguida, que prueba tan notable dio nuestro Señor de su reacción. Con su acostumbrada benignidad de refirió a los sentidos corporales de sus discípulos. Les mostró las manos y el costado. Los excitó a que vieran con sus propios ojos que realmente tenía un cuerpo material y que no era un fantasma. Grande a la verdad fue la condescendencia que manifestó nuestro Señor en acomodarse así a la fe débil de los once apóstoles. Más no menos grande fue el principio que sentó para que sirviera de guía a la iglesia en las generaciones futuras hasta su segundo advenimiento. Ese principio es que nuestro Maestro no nos exige que creamos cosa alguna que se oponga al testimonio de nuestros sentidos. En una religión que emana de Dios es de esperarse que haya verdades que estén fuera del alcance de la razón humana; pero no que se opongan a ella.

Adoptemos este principio y no olvidemos aplicarlo, especialmente cuando se trata de los efectos que los sacramentos producen o de las operaciones el Espíritu Santo. Querer que creamos que alguno está experimentando el influjo vivificador el Espíritu Santo, cuando nuestros principios ojos nos están diciendo que vive entregado al pecado que el pan y el vino de la Cena son realmente el cuerpo y la sangre de Cristo -querer esto, decimos, es exigir más fe de lo que Cristo exigió de sus discípulos, es exigir algo que se opone diametralmente a la razón y al sentido común.

Observemos, por último, que misión tan notable encomendó Jesucristo a sus discípulos. "Entonces," dice el evangelista, "les dice otra vez: 'Paz a vosotros: como me envió mi Padre, así también yo os envío.' Y como hubo dicho esto sopló sobre ellos y les dijo. 'Recibid el Espíritu Santo. A los que perdonareis los pecados, les son perdonados; y a los que les retuviereis les son retenidos.'" En vano pretenderíamos negar que por muchos siglos el significado de estas palabras haya sido tema de acaloradas controversias, controversias que acaso jamás terminarán. Por lo tanto, lo más que podremos hacer será presentar una exposición probable del pasaje.

Es muy verosímil que nuestro Señor encargara a los apóstoles que fuesen por todo el mundo predicando el Evangelio como Él lo había predicado. Les confirió también la facultad de declarar a quienes les son perdonados los pecados, y a quienes no. Que esto fue precisamente lo que los apóstoles practicaron es un hecho que cualquiera que leyere el libro de los Hechos puede convencerse. Cuando Pedro exhortó a los judíos a que se arrepintieran y se convirtieran, y cuando Pablo dijo a sus oyentes en Antioquia que a ellos era enviada la palabra de salvación, y que mediante Cristo se predicaba el perdón de los pecados, hicieron lo que el Salvador les encargó en el pasaje de que tratamos. Hechos 3.19; 13.26-38.

Más, por otra parte, parece muy improbable que nuestro Señor quisiera instituir esa absolución privada que se practica después de una confesión secreta de los pecados. Por mucho que algunos afirmen lo contrario, no se refiere en los Hechos un solo caso en que los apóstoles pronunciaran semejante absolución. Aún más, en las epístolas pastorales dirigidas a Tito y a Timoteo no existe indicio alguno de que se recomendara esa absolución. En breve, no hay para tal práctica un solo precedente en la Palabra de Dios.

Las funciones del ministro son de suma importancia cuando se ejercen de acuerdo con los preceptos del Maestro. No puede imaginarse mayor honra que la de ser embajador o enviado del Salvador, y la de proclamar en su nombre a un mundo perdido el perdón de los pecados. Más es preciso guardarnos de conceder al ministro mayor autoridad y más amplias facultades de las que Cristo quiso darle. Considerar a los ministros como mediadores entre Dios y los hombres, es arrebatar a Cristo una prerrogativa que solo a Él pertenece; es ocultar a los pecadores la verdad que salva, y elevar al clero a un posición para la cual no es idóneo en manera alguna.

NOTAS.   JUAN 20.19-23

19. Y como fue tarde, etc. No se nos dice precisamente que hora era, pero parece bien probable que era después de la puesta del sol, para evadir las miradas del público. Lo que motivó la reunión de los discípulos fue sin duda la noticia de que nuestro Señor había resucitado de entre los muertos. Habría sido muy extraño, en verdad, si no se hubieran congregado al recibir tales noticias.

En cuanto al modo como nuestro Señor se apareció a los discípulos hay diversos conceptos. Enumeraremos dos:

1.     Algunos creen que de súbito abrió las puertas, entró y se presentó en medio de ellos.

2.     Otros piensan que las puertas quedaron cerradas como estaban y que nuestro Señor se pauso de pie en medio de los apóstoles instantáneamente y sin que se hubiese notado su entrada.

No importa mucho que opinión adoptemos: en cualquiera de los dos casos se verificó un milagro.

20. Y como hubo dicho esto, etc. Después de hablar, nuestro Señor procedió benignamente a dar pruebas tangibles de que realmente había resucitado de entre los muertos y de que se había presentado ante sus discípulos,  revestido de un cuerpo vivo y material. No hay duda que les mandó que le tocasen las manos y el costado. Véase Lucas 24.39

Acerca del estado de las heridas de nuestro Señor nos incumbe tratar con reverencia. Basta solo un conocimiento superficial de la cirugía para saber que una herida de esa clase hecha el viernes estaría muy inflamada el domingo por la noche. Empero, es preciso recordar que el cuerpo de nuestro Señor en aquel entonces aunque real y material no estaba sujeto a todos los accidentes de un cuerpo ordinario, o de su cuerpo antes de su muerte. Era, según creemos, un cuerpo glorificado semejante a los que nosotros tendremos cuando resucitemos.

21. Entonces les dice otra vez, etc. Nuestro Señor manifestó en seguida a sus discípulos cual era la misión que iba a encomendarles. Iba a enviarlos en distintas direcciones como ministros y mensajeros suyos, así como el Padre lo había enviado a Él al mundo. Véase Heb. 3.1; Juan 18.37.

22. Y como hubo dicho esto, sopló sobre ellos, etc. Nuestro Señor procedió a conferir un don especial a sus discípulos y a ordenarlos, por decirlo así, para la grande obra que quería que ejecutasen; y lo hizo por medio de un acto emblemático y notable, y de las palabras no menos notables.

Ahora bien, ¿Qué simbolizó el acto de soplar? En nuestra opinión la única explicación que puede darse se encuentran en la relación que en el Génesis se nos hace de la creación del hombre. Véase Gen. 2.7. Así como el primer hombre no tuvo animación hasta que Dios le hubo inspirado el aliento de vida, así también el primer requisito del ministro del Evangelio es que sea iluminado por el Espíritu Santo.

Recuérdese que en las Escrituras se emplea a menudo el viento como símbolo del Espíritu Santo. Véase Juan 3.8; Ezeq. 37.9; Hechos 2.2

¿Qué quiso decir nuestro Señor con las palabras, "Recibid el Espíritu Santo"? Seguramente que los apóstoles recibieran la tercera Persona de la Trinidad como el Espíritu de sabiduría e inteligencia, pues iba a comunicarles mayores conocimientos de la verdad divina de los que hasta entonces habían poseído.

23. A los que perdonareis los pecados, etc. Creemos que estas palabras podrían explanarse así: "Yo os doy la facultad de declarar con autoridad a quienes les son y a quienes no les son perdonados su pecados, así como el sumo sacerdote de los judíos declaraba que los leprosos habían sido purificados y quienes no." En nuestro concepto no puede inferirse de las palabras del versículo citado nada más que al autoridad de declarar; y por lo tanto rechazamos del todo la idea de que nuestro Señor hubiera querido conceder a los apóstoles, o a cualesquiera otras personas, la facultad del perdonar o condenar las almas de una manera absoluta. Las siguientes son algunas de las razones en que nos apoyamos:

1.   Que la Escrituras enseña que el poder de perdonar los pecados es una prerrogativa exclusiva de Dios. Los judíos mismos admitieron esta verdad cuando dijeron: "¿Quién puede perdonar pecados sino solo Dios?" Marcos 2.7; Lucas. 5.21

2.   Que el Antiguo Testamento prueba de una manera concluyente que, por medio de una metáfora de uso frecuente, se decía que los profetas hacían algo cuando apenas declaraban que estaba para ejecutarse. Jeremías, por ejemplo, recibió su misión en estas palabras: "Te he puesto en este día sobre naciones y sobre reinos para arrancar, y para destruir, y para echar a perder, y para derribar, y para edificar, y para plantar." Estas palabras no pueden significar otra cosa sino que Jeremías había de declarar que se iba a arrancar, destruir, etc. Véase también. Ezeq. 43.3

3.   Que en los Hechos o en las Epístolas no se encuentra un solo ejemplo que apóstol alguno asumiera la facultad de absolver o perdonar.

4.   La razón ya apuntada de que en las Epístolas de San Pablo escribió a Timoteo y a Tito no se encuentra un solo pasaje que demuestre que el Apocalipsis consideraba que el acto de absolver formaba parte de las funciones del ministro.

5.   Que la fragilidad de la naturaleza humana es tan grande, que es bajo todo punto imposible que un poder tan tremendo como el de la absolución se confiriese a un mortal.

6.   Que lo que hoy tiene lugar en el seno de la iglesia romanista está demostrando que las palabras de que tratamos no tienen el sentido que se les quiere dar. El sistema de esta iglesia ha degradado a los legos, ha enorgullecido al clero, ha alejado de Cristo a millares de personas y las ha mantenido en tinieblas y esclavitud espirituales.

Texto Bíblico
Textos Paralelos
Referencias

Incredulidad de Tomás

Juan 20.24-29

24  Pero Tomás,  uno de los doce,  llamado Dídimo,  no estaba con ellos cuando Jesús vino.

25 Le dijeron,  pues,  los otros discípulos: Al Señor hemos visto.  El les dijo: Si no viere en sus manos la señal de los clavos,  y metiere mi dedo en el lugar de los clavos,  y metiere mi mano en su costado,  no creeré.

26  Ocho días después,  estaban otra vez sus discípulos dentro,  y con ellos Tomás.  Llegó Jesús,  estando las puertas cerradas,  y se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros.

27  Luego dijo a Tomás: Pon aquí tu dedo,  y mira mis manos;  y acerca tu mano,  y métela en mi costado;  y no seas incrédulo,  sino creyente.

28  Entonces Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío,  y Dios mío!

29  Jesús le dijo: Porque me has visto,  Tomás,  creíste;  bienaventurados los que no vieron,  y creyeron.

   

Texto Bíblico

Textos Paralelos
Referencias

El propósito del libro

Juan 20.30-31

30  Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos,  las cuales no están escritas en este libro.

31  Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo,  el Hijo de Dios,  y para que creyendo,  tengáis vida en su nombre.

   

Comentarios de J. C. Ryle

Juan 20.24-31

El de San Juan es el único Evangelio que contiene el episodio de la incredulidad de Tomas, y por lo tanto es bien probable que el público no lo leyera sino después de la muerte de éste. El pasaje pertenece a la clase de los que presentan pruebas poderosísimas de la rectitud de los evangelistas. Si los que compilaron la Biblia hubieran sido unos impostores, jamás habrían dicho al mundo que uno de los fundadores de la nueva religión se había conducido como Tomás se condujo.

Notemos, el primer lugar, cuanto pueden perder los cristianos por dejar de concurrir con regularidad a las reuniones del pueblo de Dios. Tomás estaba ausente la primera vez que Jesús apareció a sus discípulos, y por lo tanto perdió una bendición. Por supuesto que no sabemos que motivara su ausencia; mas parece muy improbable que en una crisis como aquella le asistiera alguna razón justa para no estar con sus hermanos. Lo cierto es que a causa de su conducta tuvo que sufrir zozobras y dudas por toda una semana, mientras que los otros discípulos estaban regocijándose de que el Salvador hubiese resucitado. No nos es dado suponer que esto habría sucedido si su falta de puntualidad hubiera sido disculpable.

Bueno será que recordemos la exhortación de San Pablo: "No dejando nuestra congregación como algunos tienen por costumbre." Heb. 10.25. No estar ausente los domingos de la casa del Señor, salvo caso de necesidad; no dejar de participar en la Cena del Señor, cuando se administre en nuestra propia congregación; no dejar de valernos de los medios de gracia -he aquí el modo de hacer progresos en nuestra vida cristiana. Puede acontecer que el mismo sermón que dejamos de oír innecesariamente contenga algunas preciosas palabras que tengan especial aplicación a nuestra alma. La misma reunión de plegaria a que nos abstenemos de concurrir puede ser quizá la que nos hubiera infundido ánimo y despertado nuestra conciencia. El necio argumento de que muchos concurren a los ejercicios religiosos y no enmiendan de vida, no debe tener para el cristiano valor alguno. Este tiene presentes las palabras de Salomón: "Bienaventurado el hombre que me oye, velando a mis puertas cada día, guardando los umbrales de mis entradas.2 Prov. 8.34. Así mismo la siguiente promesa de Jesucristo: "Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos." Mat. 18.20

Notemos, en segundo lugar, cuan benigno y misericordioso es Jesucristo con los creyentes débiles y tardos. La conducta de Tomás fue desagradable y fastidiosa en extremo, ni aún el testimonio de diez fieles hermanos fue parte a convencerlo, y tercamente dijo: "Si no viere con mi propios ojos y tocare con mis propias manos, no creeré." Mas nuestro Señor lo trató con una paciencia y una compasión que son difíciles de describir. No lo rechazó, ni lo despidió, ni lo excomulgó. Antes bien, pasada una semana se presentó otra vez -según era de juzgarse, en obsequio de Tomás-y trató a éste como una amble nodriza trataría a un niño desobediente. "Mete tu dedo aquí," le dice, "y ve mis manos; y da acá tu mano y métela en mi costado." Si solo las pruebas más materiales y palpables podían satisfacerlo, esas pruebas le fueron suministradas. ¡Que amor! ¡Que paciencia!

Cuidemos de imitar el ejemplo de nuestro Señor. No estigmaticemos a ningún hombre como impío e incrédulo, porque sea débil en su fe y tibio en su amor. Recordemos la historia de Tomás y seamos compasivos e indulgentes. Nuestro Señor tiene muchos hijos frágiles en su familia, muchos discípulos torpes en su escuela, muchos reclutas en su ejército, y sin embargo, a todos los sobrelleva y a ninguno echa de sí. Dichoso el cristiano que ha aprendido a conducirse de la misma manera con sus hermanos. Hay muchos en la iglesia que, a semejanza de Tomás, son tardos para creer y para entender, y que como él, son cristianos verdaderos.

Notemos, por último, en estos versículos como Jesús fue llamado Dios por un discípulo, sin que Él, por su parte, se opusiera a ello. La elocuente exclamación en que prorrumpió Tomás cuando se convenció de nuestro Señor había resucitado, esa elocuente exclamación ("Señor mío y Dios mío") no tiene sino un solo significado: fue una declaración de fe en la divinidad de nuestro Señor. Cuando Cornelio se postró a los pies de Pedro y quería adorarlo, el Apocalipsis rehusó al punto semejante honor, diciendo: "Alzate, que yo también soy hombre." Hechos 10.26. Cuando el pueblo de Listra quería ofrecer sacrificios a Pablo y Baranabás, estos, "Rompiendo sus ropas, saltaron en medio de la multitud, dando voces y diciendo: 'Varones, ¿Por qué hacéis esto?" Hechos 14.14. Mas cuando Tomás llamó a Jesús "Señor y Dios" el Santo y verás Maestro no pronunció ni una sola palabra de reconvención.

La divinidad de Jesucristo es una de las verdades fundamentales del Cristianismo. Si el Salvador no es verdadero Dios y verdadero Dios, de nada sirven su mediación, su expiación, su intercesión ni su obra de la redención. Demos constantemente gracias á Dios de que las Escrituras enseñan abundantemente la doctrina de la divinidad de nuestro Señor, y eso de tal manera que sus pruebas no pueden ser refutadas. Y ante todo, encomendemos diariamente nuestras almas á Cristo con toda confianza, sabiendo que es perfecto Dios así como también perfecto hombre. Nada debe arredrar al cristiano que puede tornar los ojos á Jesús por medio de la fe y decirle como Tomas: "¡Señor mío y Dios mío!"

NOTAS.   JUAN 20:24-31.

24 Empero Tomas, uno de los doce, que se llamaba Didymo. Poco se sabe acerca del apóstol Tomas. En otros dos pasajes del Evangelio de San Juan en que se menciona lo que dijo, revela el mismo carácter que en el presente. Cuando nuestro Señor manifestó que tenía intenciones de ir á Betania, y dijo claramente que Lázaro había muerto, Tomas dijo á sus cofrades: "Vamos también nosotros para que muramos con él." Juan n 11:16. Cuando nuestro Señor dijo á sus discípulos, en su discurso de despedida, que ellos sabían á dónde iba y por qué camino, Tomas le dijo: "Señor, no sabemos á dónde vas, ¿como pues podemos saber el camino?" Parecía ser uno de aquellos cristianos melancólicos y aprensivos que siempre se están imaginando desgracias y contratiempos.

25. Y él les dijo: Si no viere, etc. La incredulidad que así manifestó Tomas es una falta que no puede del todo disculparse. En obsequio de la justicia, sin embargo, deben tenerse presentes dos circunstancias atenuantes. 1°.  Que hasta el día de la crucifixión ninguno de los apóstoles  pareció haber entendido que nuestro Señor había de ser realmente crucificado y sepultado, y que luego había de resucitar. 2°. Que Tomas, como todos los judíos, creía en la aparición de espíritus y fantasmas.

28. Entonces Tomas respondió, etc. No se sabe si Tomas tocó las heridas de nuestro Señor, es de creerse que el conocimiento que reveló Jesús de todo lo que había dicho el domingo anterior, junto con el testimonio de su vista, fue suficiente para convencerlo.

29. Le dice Jesús, etc. Este versículo contiene una solemne reconvención y debe servir de escarmiento .á los que exigen una suma excesiva de pruebas antes de creer. Podría explanarse así: Tomas, tú has creído al fin en mi resurrección, porque me has visto con tus ojos. Bien está; mas mejor hubiera sido que hubieras creído ocho días ha, cuando tus hermanos te dieron la noticia. Recuerda en lo sucesivo que serán más bienaventurados en mi reino los que creen un testimonio fidedigno, que los que insisten en ver para creer.

Muchas personas en nuestros días se niegan á creer lo que está fuera del alcance de su razón, y dicen que no pueden creer en religión lo que no entienden del todo, y que para ejercer su fe es preciso que perciban todo con claridad. Por lo que respecta á materias científicas ¿qué hombre juicioso hay que no sepa que es preciso empezar por creer muchas cosas que no se pueden comprender, dando por sentadas muchas verdades y aceptando el testimonio de los demás hombres respecto á otras? Aun en las ciencias más exactas, el educando tiene que principiar por aceptar muchos axiomas y postulados. Fe y Confianza en el Maestro son indispensables para la adquisición de nuevos conocimientos. El que se resuelve á no creer desde el principio cosa alguna que no se le demuestre claramente, hará muy pocos progresos.

El Cristianismo no se niega á apelar al entendimiento y no exige de nosotros una fe ciega é irracional; mas sí nos exige que creamos muchas verdades que están fuera del alcance de nuestra razón, con la promesa de que, si así comenzamos, bien luego percibiremos con mayor claridad.

30. 31. Y también muchas otras señales, etc. Mucho se ha disputado acerca del significado de estos versículos.

(1.) Algunos, como Calvino, Ecolampadio, etc., creen que San Juan se refiere á toda la historia del ministerio de nuestro Señor, y que compara su Evangelio con los de Mateo, Marcos y Lucas; por lo tanto hacen la siguiente paráfrasis: "Jesús hizo muchos otros milagros durante su ministerio y en presencia de sus discípulos, que no se registran en este mi Evangelio, aunque sí se encuentran en los otros tres. Pero los pocos que he referido servirán para convenceros de que Jesús es el Mesías, el Cristo de Dios, y para que creáis y obtengáis vida eterna por medio de su nombre."

(2.) Otros creen que el Evangelista hace alusión á las señales y pruebas maravillosas, que el Señor había acabado de dar á sus discípulos de su resurrección de entre los muertos. Y esta opinión es, en nuestro concepto, preferible.

El Texto Bíblico esta siendo transcrito por:

Martha Iñiguez Moreno
de La Biblia Devocional de Estudio
Reina Valera Revisión 1960
de La Liga bíblica

Los Textos Paralelos y las Referencias están tomados de:

La Santa Biblia
Reina-Valera (1960)
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Los comentarios son tomados del libro:

Los Evangelios Explicados
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"Pero en cuanto a ti, enseña lo que está de acuerdo con la sana doctrina. Porque vendrá tiempo cuando no soportarán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oídos, acumularán para sí maestros conforme a sus propios deseos; y apartarán sus oídos de la verdad, y se volverán a mitos." (2 Timoteo 2:1; 4:3-4)

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