El Creyente y
La Ley Moral de Dios

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EL PRIMER MANDAMIENTO

"No tendrás dioses ajenos delante de mí." (Éxodo 20:3)

Empezamos con la frase "dioses ajenos" u otros dioses. En este mandamiento Dios exige que El sea el único objeto de nuestra adoración. Exige que reconozcamos su soberanía y su señorío sobre nosotros. Esto implica que no tengamos ningún ídolo en nuestras vidas. Muchas personas creen que la prohibición contra los ídolos se encuentra en el segundo mandamiento. La verdad es que el primer mandamiento prohíbe la adoración de dioses falsos o sea ídolos. El segundo mandamiento prohíbe la adoración del Dios verdadero en una forma falsa (prohíbe la fabricación de imágenes). La adoración de dioses ajenos es la idolatría, y la adoración de dichos dioses incluye también la adoración de los dioses paganos. En los tiempos antiguos los dioses paganos fueron invenciones de la mente humana, o fruto de la inspiración satánica, dioses que tomaron el lugar de Jehová el Dios verdadero.

Es imposible para el hombre vivir sin un objeto de adoración. Todos los que no adoran al Dios verdadero inventan un dios falso que es muy semejante a ellos. Adoran un dios que les permite vivir en pecado y hacer lo que quieran. A fin de cuentas cada ser humano tiene un dios, y la vida del hombre es un reflejo del carácter y la naturaleza de "su dios". Podemos definir los dioses falsos como todo aquello que ocupa el lugar del Dios verdadero.

La idolatría es la adoración de "dioses ajenos". Es importante señalar que el hombre mismo puede ser un tipo de "dios ajeno". Esto es precisamente lo que sucedió en la caída cuando Adán dejó la adoración del Dios verdadero y comenzó a adorarse a sí mismo como si fuera dios. La religión del humanismo (es decir la adoración del hombre mismo como su propio dios) comenzó en el jardín del Edén. Por lo tanto el humanismo en todas sus formas modernas es la idolatría. La adoración de la voluntad humana, la adoración de las capacidades humanas o de la mente humana es en realidad la adoración de la criatura en lugar del Creador y es la base de toda idolatría. Es la fuente y origen de toda clase de dioses falsos.

El primer mandamiento (junto con el segundo) no solo prohíben lo que hacen en las religiones paganas, es decir la postración del hombre ante un muñeco de oro o plata, también prohíbe la adoración de toda clase de dioses falsos. Prohíbe la adoración de todos los ídolos. Hay ídolos religiosos, ídolos materiales, ídolos emocionales, ídolos intelectuales y aún ídolos sensuales. Por ejemplo, Colosenses 3:5 dice que "la avaricia es idolatría". 2 Tim.3:4 habla de aquellos que son "amadores de los placeres más que de Dios". El placer es su ídolo y por lo tanto son idólatras. Fil.3:18-19 al decir "cuyo dios es su vientre" se refiere a los apetitos naturales del cuerpo como ídolos.

Entonces, podemos definir los dioses falsos como cualquier cosa a la cual damos nuestros afectos y nuestra adoración, cualquier cosa que impide o disminuye nuestra adoración y servicio para el Señor. En otras palabras, los dioses ajenos no son simplemente los objetos de adoración religiosa, sino todo aquello que impide que amemos al Dios verdadero con toda nuestra alma, mente y fuerza.

"No tendrás dioses ajenos delante de mí" significa que ninguna persona, ni cosa, ni ideología, ni propósito debe interponerse entre Dios y nosotros. El Señor Jesucristo dijo: "Ninguno puede servir á dos señores; porque ó aborrecerá al uno y amará al otro, ó se llegará al uno y menospreciará al otro: no podéis servir á Dios y á Mammón." (Mateo 6:24) Aquí Cristo estaba explicando el significado del primer mandamiento. "Mammón" representa los tesoros terrenales en cualquier forma que existan. También en el mismo pasaje Cristo nos exhorta a "no hacernos tesoros en la tierra" (Mat.6:19). La palabra "tesoros" se refiere a las cosas que estimamos, a las cosas que nos son preciosas, incluso las cosas que hemos atesorado como posesiones de gran valor, las cosas en que confiamos en forma indebida, las cosas mundanas en que nos deleitamos en forma excesiva. Nuestro "tesoro terrenal" viene a ser nuestro ídolo o nuestro dios falso, no importa lo que sea. El hecho es que sea lo que fuere, tal cosa se convierte en nuestro tesoro, nuestro todo, o aquello por lo cual vivimos. El "dios ajeno" es aquello que nos domina y nos controla, y por esto dijo Cristo que ninguno puede servir a dos señores.

¿Cuáles son algunos de estos "dioses ajenos"? Enseguida daremos algunos ejemplos de ellos:

1.    Los apetitos del cuerpo. "Porque los tales no sirven al Señor nuestro Jesucristo, sino á sus vientres..." (Romanos 16:18). La totalidad de la vida de muchas personas consiste precisamente de esto. Viven como si sus apetitos fueran lo único, su dios. La verdad es que vivir para su propio placer es la cosa menos placentera que un ser humano puede hacer.

2.    El sexo. Quizás sube más humo a baal de los altares de la pasión que de cualquier otro. Las imágenes de los dioses de la cultura moderna están por todos lados. Son los cuerpos femeninos y masculinos semidesnudos exigiendo una reacción sensual en sus adoradores. No hay duda de que estos dioses de la sensualidad pueden ser los más exigentes de todos los dioses.

3.    El dinero. Mateo 6:24 dice: "No podéis servir a Dios y a las riquezas". La mayoría de las personas confía en el dinero más que cualquier otra cosa, y así el amor al dinero se convierte no sólo en un ídolo, sino en la raíz de todos los males.

4.    El mundo. Hay muchos que se dejan dominar por la moda, la corriente y el estilo de vida de este mundo. Tienen miedo de lo que los demás piensen o digan de ellos. No quieren ser diferentes, y en realidad temen no conformarse al mundo. "No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, la concupiscencia de la carne, y la concupiscencia de los ojos, y la soberbia de la vida, no es del Padre, mas es del mundo." (1 Juan 2:15-16)

5.    La ambición. Muchos permiten que sus carreras y sus ambiciones se conviertan en un ídolo. Si nuestro deseo supremo es el de tener éxito en nuestra carrera, entonces somos culpables de la idolatría. Hay muchos que dicen no ser culpables de esto; sin embargo, sus sueños despiertos, sus ilusiones y fantasías tienen que ver precisamente con sus carreras, con el dinero o con sus posesiones materiales. Se preocupan muy poco por la obra del Señor y dedican la mayor parte de sus esfuerzos a buscar la prosperidad económica y la satisfacción de sus ambiciones.

6.    La familia. Existen muchas personas que son manipuladas y controladas por sus familias. Inclusive algunos creyentes se dejan dominar por la influencia de sus padres inconversos y sus familiares. Cualquier relación personal o familiar puede llegar a ser un ídolo cuando comienza a dominarnos y controlarnos. Cristo dijo: "Si alguno viene á mí, y no aborrece á su padre, y madre, y mujer, é hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su vida, no puede ser mi discípulo" (Lucas 14:26).

7.    El "Yo". Quizás la cosa más común a la cual damos prioridad por encima de Dios es el egoísmo o el "yo". Muchos se adoran a sí mismos con todo su corazón, sus fuerzas y su mente; se sirven sólo a ellos mismos. Su propia voluntad, deseos y sueños tienen el primer lugar en su vida. Entonces, es fácil ver que cualquier posesión, relación, circunstancia o persona puede convertirse en un ídolo. Debemos entender el hecho de que ningún ídolo terrenal estará contento hasta que nos domine totalmente, nadie puede servir a Dios y a sus ídolos.

Esto nos conduce a comentar la frase del mandamiento que dice: "Delante de mí". Esta frase quiere decir "en mí presencia" o "delante de mis ojos". Quiere decir que no podemos ocultar nuestros ídolos; no podemos guardarlos en nuestras casas y dejarlos ahí para ir a adorar a Dios. "Todas las cosas están desnudas y abiertas á los ojos de aquel á quien tenemos que dar cuenta" (Hebreos 4:13).

Si nuestro ídolo es visible o invisible Dios lo ve. El corazón dividido (el hombre de doble ánimo) no puede servir a Dios. El hombre de doble ánimo tiene un ojo puesto en las cosas de Dios y otro puesto en sus ídolos. El resultado es que no puede ver a ninguno de los dos con claridad.

Nuestro Dios es celoso y no aceptará la adoración a medias. No permitirá que ningún ídolo ocupe una parte de nuestro corazón. El mundo religioso está lleno de personas que quieren servir a Dios en los domingos y a sus ídolos entre semana. Quieren servir a Dios a condición de que les convenga, pero el Dios verdadero no permite que le sirvan así. El amor celoso de Dios:

En Éxodo 20:5 y también en Éxodo 34:14 Dios se identifica como un Dios celoso. "Porque no te has de inclinar á dios ajeno; que Jehová, cuyo nombre es Celoso, Dios celoso es" (Éxodo 34:14). Esto no se refiere a un celo vicioso, sino al celo que nace de proteger una relación de amor (una relación de amor verdadero). Este celo es el fruto del amor conyugal y se manifiesta principalmente en la relación matrimonial. La relación matrimonial exige una lealtad y una fidelidad absolutas. Es por ello que el adulterio es uno de los pecados más graves, porque se trata del quebrantamiento de la relación más íntima que existe sobre la faz de la tierra. El adulterio no solo es el quebrantamiento de los votos y los compromisos y las promesas del matrimonio, sino que significa la destrucción de una relación de amor.

Es en este contexto que la Biblia se refiere a Dios como un Dios "celoso". El celo de Dios está directamente relacionado con su amor por su pueblo, es una manifestación de amor. En la Biblia Dios habla de sí mismo como "casado" con su pueblo y nos dice que tiene celo por mantener la pureza y la fidelidad que existe entre El y ellos. A menudo se refiere a Dios como "el esposo" o "el marido" y a los creyentes como su esposa. A través del Antiguo Testamento encontramos la figura de Dios como el esposo y a Israel como su esposa. Israel es caracterizado como su "esposa adúltera", es decir culpable del adulterio espiritual por haberse contaminado con los ídolos de los pueblos paganos. El amor celoso de Dios exigía de los israelitas una lealtad y una fidelidad absolutas, es decir un amor puro, un amor de entrega total al Señor. Los israelitas en su mayoría no le ofrecieron a Dios esta clase de amor.

En el Nuevo Testamento encontramos el uso de la misma figura para ilustrar la responsabilidad de los creyentes ante su Señor. Pablo dice en 2 Cor.11:2 "Pues que os celo con celo de Dios; porque os he desposado á un marido, para presentaros como una virgen pura á Cristo". Y también en relación con el peligro de los ídolos les advierte en 1 Cor.10:22: "¿O provocaremos á celo al Señor? ¿Somos más fuertes que él?

Entonces, cualquier compromiso o contaminación con los ídolos de este mundo, sea en sentido religioso, material o sensual provoca a celos al Señor. Su amor celoso es un amor soberano y omnipotente que busca el bienestar espiritual de los suyos, de "los santos", "los apartados". Este amor celoso de Dios es más fuerte que nosotros y jamás será frustrado ni desilusionado en sus propósitos. No permitirá que ningún rival ocupe nuestros afectos, ni tampoco que seamos contaminados por ningún ídolo.

"Adúlteros y adúlteras, ¿no sabéis que la amistad del mundo es enemistad con Dios? Cualquiera pues que quisiere ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios. ¿Pensáis que la Escritura dice sin causa: Que el espíritu que él ha hecho morar en nosotros nos anhela celosamente?" (Santiago 4:4-5) En otras palabras Dios nos ama tanto que su intenso deseo para nuestro bienestar solo puede ser comparado a un "anhelo celoso". Nos ama tanto que no se dará por vencido; por lo tanto, la infidelidad o la falta de amor en nosotros le provocarán a celos. La amistad del mundo es considerada como una enemistad en contra de El. El amor de Dios no es indulgente, débil, ni indiferente ante el pecado. En su amor santo, Dios aborrece cualquier cosa que haga daño a sus elegidos.

 

¿Qué significa tener a Dios como nuestro Dios?

En sentido positivo significa que Dios nos quiere a nosotros, quiere nuestros corazones. Si Dios tiene el corazón de uno, entonces tiene a la persona completa. Dios no estará contento con menos que esto. Nos quiere a nosotros y exige que le amemos de todo corazón, cuando un hombre preguntó a Cristo: "Maestro, ¿cuál es el mandamiento grande en la ley? Y Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y de toda tu mente" (Mateo 22:36-37). Aquí está encerrado todo lo que significa tener a Dios como nuestro Dios.

Para tener a Jehová como nuestro Dios tenemos que escogerlo, reconociendo su soberanía y su señorío sobre nosotros; en palabras del Nuevo Testamento, tenemos que pertenecer a El. La unión con El comienza con el arrepentimiento del pecado y la sumisión de nuestros corazones al señorío de Cristo. Al arrepentirnos de nuestros pecados y entregarnos a Cristo, renunciamos para siempre a todos nuestros ídolos y todos los dioses ajenos de cualquier tipo o clase que sean. Significa que entregamos nuestros corazones al Señor para servirle, como el apóstol Pablo dijo a los tesalonicenses: "y cómo os convertisteis de los ídolos á Dios, para servir al Dios vivo y verdadero" (1 Tesalonicenses 1:9).

El amor para con Dios no es simplemente una emoción, un afecto bueno o algo sentimental. Es un amor inteligente basado en conocimiento y producido por el Espíritu Santo. En Prov.23:26 Dios dice: "Dame hijo mío, tu corazón". No es posible ser convertidos a Dios a menos que sea "de todo corazón"; es decir, solo hasta que nuestros afectos y nuestro amor hayan sido conquistados por El. La conversión que no llega hasta el corazón es falsa.

Cristo vino no solo para "ganar" nuestro amor, sino para enseñarnos a amar verdaderamente. "Nosotros le amamos á él, porque él nos amó primero" (1 Juan 4:19). Cristo es el mensajero del amor, el maestro del amor, el que vino a revelar y a manifestar el amor de Dios. Todos aquellos que conocen el amor de Dios en Cristo, se sienten impulsados a amar a Dios.

En una ocasión Cristo preguntó a Pedro si en verdad le amaba. También Cristo dijo a la iglesia de Éfeso: "tengo algo contra ti, porque has dejado tu primer amor". Amigo lector, le pregunto ahora ¿Ama usted a Dios? Le pregunto si ¿lo ama con toda su mente, su corazón y sus fuerzas? Muchos serán condenados en el día del juicio por no haber amado a Dios. Es por esto que el apóstol Pablo escribió: "El que no amare al Señor Jesucristo, sea anatema (maldito, condenado al infierno). Maranatha" (1 Corintios 16:22).

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"Pero en cuanto a ti, enseña lo que está de acuerdo con la sana doctrina. Porque vendrá tiempo cuando no soportarán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oídos, acumularán para sí maestros conforme a sus propios deseos; y apartarán sus oídos de la verdad, y se volverán a mitos." (2 Timoteo 2:1; 4:3-4)

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