El Creyente y
La Ley Moral de Dios

Porque por gracia sois salvos

Búsqueda personalizada
Página principal

Página Principal
Regresar al listado de La Ley Moral de Dios
Regresar al listado El Creyente y la Ley Moral de Dios
Locations of visitors to this page

EL DÉCIMO MANDAMIENTO

"No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo." (Éxodo 20:17)

El significado de la palabra codiciar:

La palabra codiciar significa simplemente desear con un deseo muy intenso, muy fuerte. La palabra puede ser usada tanto en sentido bueno como malo. En el Nuevo Testamento esta palabra es traducida generalmente al español como avaricia y aquellos que son caracterizados por ella se les llama avaros. La palabra avaricia en el Nuevo Testamento se refiere al deseo de siempre tener más y la persona descrita como un avaro es aquel que siempre está deseando tener lo ajeno. Entonces, en este estudio usaremos las palabras avaro, avaricia y codicia como términos sinónimos.

Hay ciertas cosas que deberíamos desear o codiciar. Podemos desear cosas buenas y lícitas. Además, cada persona tiene el derecho de poseer bienes, de adquirir posesiones, de usarlas, etcétera. El derecho de la propiedad privada se establece en el octavo mandamiento que prohíbe el robo. Entonces, este décimo mandamiento no se refiere a una prohibición de poseer bienes sino que da por sentado que todos los hombres poseen bienes y cosas materiales de este mundo.

El décimo mandamiento usa la palabra codiciar en sentido negativo; se refiere a un mal estado mental. La codicia mencionada aquí es un deseo excesivo, un anhelo profundo y un afán por las cosas de este mundo que pone de manifiesto que hemos puesto nuestros corazones y afectos en ellas. El deseo de tener y poseer las cosas de este mundo llega a convertirse en la codicia o la avaricia cuando nuestras mentes y pensamientos comienzan a ser controlados por sueños despiertos y deseos mundanos. La codicia consiste en el acto de fijar nuestras mentes y corazones en las cosas materiales o en los beneficios temporales y comodidades que nos ofrecen.

Es en el sentido mencionado que la codicia se convierte en un acto de idolatría. Ya hemos comentado en nuestro estudio sobre el primer mandamiento respecto a los ídolos sensuales, intelectuales y materiales. La cosa de nuestra codicia puede ser una posesión, una posición, algún placer, el éxito, el poder, el dinero, etcétera. Uno de los autores puritanos resumió los objetos de la codicia, como bajo tres encabezados; placer, ganancias y promociones. Algunas personas codician a otras personas o si no codician a las personas mismas, por lo menos codician sus logros, su posición o sus dones y habilidades.

La codicia se manifiesta cuando el deseo de adquirir o poseer algo nos domina y nos controla. Llegamos a pensar que no podemos estar contentos y felices sin aquello que codiciamos. Pensamos erróneamente, que no podemos estar satisfechos, si no tenemos la cosa deseada. Sentimos que la necesitamos y que no podemos vivir sin ella. Otro síntoma de la codicia es cuando sentimos envidia y celos respecto a aquellos que poseen lo que nosotros deseamos. Nos llenamos de envidia y de celos porque otras personas poseen lo que nosotros codiciamos.

 

Los efectos inevitables y los peligros de la codicia:

1.    Los resultados en la vida del creyente son un conflicto entre lo material y lo espiritual. La codicia siempre tiende a disminuir y a debilitar la vida espiritual del creyente. En la parábola del sembrador, Cristo dijo que la codicia es un poder que "entrando, ahoga la palabra y se hace infructuosa" lo que ha sido sembrada en el corazón humano. (Vea Mat.13.) Esto es lo que sucede a muchos inconversos que escuchan el evangelio. Lo rechazan porque tienen su corazón lleno de las cosas de este mundo, el afán de este siglo y el engaño de las riquezas. Los creyentes que ponen sus corazones en las cosas de este mundo muy pronto sienten un deseo fuerte y una atracción casi incontrolable hacia ellas. En el sermón del monte Cristo advirtió respecto al poder de los tesoros terrenales. Dijo que ninguno puede servir a dos señores, explicando que el tesoro terrenal en cualquier forma que exista es un poder totalitario que quiere dominar y controlarnos. Es evidente entonces, que esto significa un conflicto entre lo material y lo espiritual.
 

2.    Siempre hay un peligro espiritual en cuanto a las cosas terrenales y especialmente en los tesoros terrenales. Las cosas que codiciamos siempre tienen un poder sobre nuestros corazones. Con razón dijo Cristo: "Donde estuviere vuestro tesoro, ahí estará vuestro corazón." (Mat.6:21) El tesoro terrenal no se refiere necesariamente al dinero, lo incluye, pero va más allá de ello. El tesoro terrenal significa cualquier cosa que el hombre codicia, lo que los hombres consideran como de gran valor, las cosas que estiman y desean, inevitablemente ocuparán sus mentes y afectos. En otras palabras, las cosas que codiciamos afectarán nuestra perspectiva y ocuparán nuestros corazones. Es muy fácil ver como esto sucede fijándonos en el dinero. Los hombres que buscan su felicidad en el dinero, aquellos que confían en el dinero y lo atesoran muy pronto llegan a amarlo. Aún más, muy pronto el dinero les domina y les controla. Aún podemos decir que llega a ser "su dios" porque la totalidad de sus vidas, sus pensamientos y aún sus emociones se centran en ello. Aunque no se percaten de ello, pronto su voluntad misma estará esclavizada por el amor al dinero. Por fin, todo estará subordinado al dios de las riquezas. De tal modo que su forma de ver todas las cosas, toda su perspectiva terminará afectada e influenciada por el dinero. Entonces el amor al dinero se convierte en la raíz de toda maldad en ellos.
 

3.    La codicia nos convierte en idólatras porque reduce todas las cosas al nivel más bajo de existencia, es decir al nivel animal. La codicia ubica todas las cosas a un nivel temporal y material pasando por alto lo espiritual y lo eterno. Es por esto que Dios aborrece la codicia; la aborrece por lo que hace a los hombres. En Filipenses 3 Pablo se refiere a aquellos que piensan sólo en lo terrenal. Este es el efecto de la codicia en los hombres. Les conduce a pensar que todos sus recursos están en este mundo y que todas sus esperanzas y sus motivos para vivir están anclados aquí. Todo queda reducido a un nivel temporal, material y físico. El hombre no fue creado solo para existir a nivel temporal y material. Fue creado para Dios, para tener comunión con El, para glorificarle y servirle. En realidad el hombre fue creado para la eternidad. Pero la codicia va directamente en contra del propósito divino para el cual el hombre fue creado. Dios aborrece la codicia porque es un acto de adoración, es un acto de idolatría. La codicia coloca las cosas temporales al nivel de las cosas eternas y aún por encima de ellas. En Efesios 5:5 Pablo dice que los avaros son servidores de ídolos. ¿Por qué? Porque el objeto de su codicia se convierte en un dios al que sirven.

¿Cuántas personas pasan todos los días de su vida pensando en sus ídolos materiales? ¿Cuánto tiempo, cuánta energía y cuánto esfuerzo son dedicados a la adquisición de las cosas temporales que no pueden dar lo que prometen? Y una vez obtenidas ¿Cuánto tiempo es malgastado para cuidarlas, protegerlas y mantenerlas? La codicia es la adoración de las cosas creadas en vez del Creador.
 

4.    La codicia muy pronto se convierte en un tipo de adicción. Vivimos en un mundo en que la mayoría de las personas son adictas al materialismo. "Esto también sepas, que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos: Que habrá hombres amadores de sí mismos, avaros... (codiciosos)" (2 Timoteo 3:1-2). En el Antiguo Testamento el profeta Jeremías lamentaba la condición espiritual de Israel diciendo: "Desde el más chico de ellos hasta el más grande, cada uno sigue la avaricia... (codicia)" (Jer.6:13  y 8:10).
La fuerza que motiva y anima a la mayoría de los hombres es la codicia. ¿Por qué es así? Porque la mayoría de los hombres  tienen la idea de que si solo pueden obtener ciertas cosas o alcanzar cierto nivel de vida, estarán contentos y satisfechos. Aquellos que ya han logrado cierto nivel tienen la idea de que solo necesitan subir "un poquito más", pero al alcanzar ese nivel descubren que no están contentos y desean subir aún más. Es por eso que la codicia siempre resulta en un ciclo vicioso.

Podemos ver este ciclo vicioso en el siguiente ejemplo: Un hombre se dedica a lograr cierta meta o adquirir cierta posesión. Al principio la meta fijada le anima y le motiva a dedicar su tiempo, sus recursos y su esfuerzo para lograrla. Su meta le promete una satisfacción y un contentamiento que no ha tenido antes. Por fin, alcanza su meta y se siente bien, lleno de satisfacción y orgullo. Pero, el problema consiste en que su satisfacción y contentamiento no son permanentes y muy pronto se desvanecen y entonces, el proceso comienza de nuevo.

De nuevo el hombre se siente insatisfecho, vacío y nuevamente cae en el error de pensar que puede lograr la felicidad permanente si solo pudiera lograr "ciertas cosas". Su codicia le convence de que su felicidad depende de la adquisición de "esas cosas". El ciclo vicioso ha comenzado otra vez. Una vez que el hombre ha pasado por este proceso dos o tres veces, ya se ha convertido en un adicto de la codicia y el materialismo. El problema sigue siendo el mismo, es a saber los hombres no pueden ser satisfechos así. Nunca pueden lograr la paz y el contentamiento codiciando las cosas de este mundo. Lo más sorprendente es que muchos no se dan cuenta de esto, sino que siguen engañándose y siendo engañados. La verdad es que el hombre fue hecho para Dios y no encontrará la paz, hasta que la encuentre en Dios.
 

5.    Cristo nos advirtió acerca del peligro de adoptar esta filosofía de vida cuando dijo: "Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee." (Lucas 12:15) La filosofía de este mundo caído dice lo opuesto. La filosofía mundana dice y afirma tenazmente que la vida del hombre consiste de lo que posee. Esta filosofía de vida puede conducirnos a quebrantar todos los mandamientos de Dios. La codicia en sí misma es una transgresión del primer mandamiento pero puede conducirnos a mentir, robar, matar, adulterar y quebrantar todos los demás mandamientos. Es un hecho que muchas muertes, robos, engaños, adulterios, etc. son motivados por la codicia y la avaricia.

 

Los síntomas de la codicia:

La codicia no es siempre un pecado visible; frecuentemente es un pecado oculto o encubierto. Es un pecado que se esconde detrás de varios pretextos y excusas que parecen ser razonables. En 1 Tes.2:5 el apóstol Pablo dijo: "Nunca usamos de palabras lisonjeras, ni encubrimos avaricia (codicia)". Debido a la naturaleza sutil de este pecado, uno puede estar viviendo en una orgía de codicia sin que nadie lo note. Entonces, enseguida daremos una lista parcial de los síntomas de esta enfermedad espiritual:

1.    Casi siempre la codicia viene a nosotros "disfrazada". Es decir viene bajo el pretexto de suplir una necesidad. La codicia puede encontrar un motivo para justificarse más fácilmente que cualquier otro pecado. Casi cualquier "necesidad" se convierte en un pretexto para justificar la avaricia. Pero en realidad, muchas personas confunden sus necesidades reales con sus deseos codiciosos. Es por esto que casi nadie piensa que es culpable de este pecado. A menudo podemos ver la codicia en otras personas, pero no la podemos ver en nosotros mismos. Podemos afirmar fuertemente que no creemos que la vida del hombre consiste de las cosas que posee, cuando en realidad eso sea lo que creemos. Entonces, muchos son culpables de sostener esta filosofía de vida sin darse cuenta de ello.
 

2.    Nuestros pensamientos son otro síntoma de este pecado. Si la mayoría de nuestros pensamientos se centran en las cosas de este mundo, entonces somos culpables de este pecado. La persona codiciosa ha perdido el control de las prioridades correctas en sus pensamientos. A cada rato se encuentra soñando despierta con los ídolos de este mundo, planeando y proyectando sus fantasías.
Sus pensamientos están ocupados con la acumulación de bienes, con las promociones y ascensos, con la prosperidad de sus negocios, su carrera, etc. Estas cosas se convierten en la fuerza estimulante y el motivo principal de su vida.
 

3.    Otro síntoma de la codicia o la avaricia es cuando estamos dispuestos a hacer cualquier sacrificio y a pagar cualquier precio para obtener las cosas codiciadas, pero no estamos dispuestos a sacrificar nada para el Señor. La mayoría de las personas religiosas persigue las cosas terrenales a expensas de su servicio para Dios. Es decir, ponen más importancia en las cosas que desean, que en servir a Dios. Todo su tiempo, su energía y sus esfuerzos están dedicados a las cosas temporales y no a las cosas eternas. Muchas personas llegan a creer que su autoestima, su felicidad, su bienestar y comodidad dependen de la adquisición de más cosas. En este sentido, la codicia puede ser definida como siempre estar deseando más y más de lo que sea. Entonces, la codicia puede ser llamada simplemente el egoísmo o el egocentrismo. Cuando nos vemos obligados o presionados para escoger entre servir a Dios y servirnos a nosotros mismos ¿Cuál de las dos cosas preferimos? La persona codiciosa, igual como el joven rico en Marcos 10, preferirá dejar a Cristo que sus posesiones materiales. Cristo no exige que dejemos nuestras posesiones materiales sino solo que no las amemos, que no las codiciemos y que no pongamos nuestros afectos y corazón en ellas. Debemos preguntarnos cuáles son las cosas que buscamos más: ¿Las cosas mundanas o las celestiales? ¿Cuáles cosas nos atraen más? ¿Cuál de las dos nos produce más tristeza o más dolor: la pérdida temporal o la pérdida de nuestra comunión con Dios? Además, debemos preguntarnos como usamos nuestro tiempo "libre". ¿Lo dedicamos a la búsqueda de cosas personales y temporales, o lo dedicamos a Dios?
 

4.    El cuarto síntoma de la codicia es lo que tenemos en Éxodo 20:17: "No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo." ¿Por qué nos da aquí una lista de todas las cosas que no debemos codiciar? Porque la codicia siempre nos conduce a fijarnos, no en el bienestar de nuestro prójimo, sino en sus pertenencias, sus ventajas y sus beneficios. La persona codiciosa no puede mirar a los demás sin fijarse en sus bienes. La codicia se fija en todo, desde la manera de vestirse hasta los muebles de la casa; todo cae bajo la observación y la crítica de la persona codiciosa. Tal persona ya no considera a los demás como personas, ni siquiera como seres humanos, sino como los objetos de su codicia. La codicia le conduce a fijarse en todo lo que su prójimo tiene desde su esposa hasta su asno (en los valores actuales, el asno equivaldría al automóvil del prójimo). La persona codiciosa siempre está comparándose con los demás y deja de tomarles como personas para considerarles como el objeto de su envidia, de su codicia. Se pregunta a sí misma ¿Porqué esta persona tiene más que yo? Y comienza a sentirse celosa y envidiosa respecto de ellas. La prosperidad de otros, el hecho de que otros tengan más que ella, es un golpe para su orgullo, su autoestima y su valor personal. La persona codiciosa es incapaz de ser un amigo verdadero, es incapaz de negarse a sí misma y buscar el bien de su prójimo. La codicia le ha engañado y le ha reducido al nivel más bajo de la existencia, al nivel de las cosas materiales. Tal persona llega a creer verdaderamente, que la vida del hombre consiste de las cosas que posee.
 

5.    El quinto síntoma de la codicia es la ingratitud. La codicia nos hace descontentos e ingratos. La persona codiciosa pierde la capacidad de apreciar las bendiciones que ha recibido de Dios. Siempre se está fijando en sus carencias y no se fija en las bendiciones que tiene.
 

6.    Podemos resumir los síntomas de la codicia en los siguientes puntos:

a.    Primero, si el amor al dinero, al status o a las posesiones ha llegado a ser la fuerza dominante de nuestras vidas y un factor motivante en nosotros, entonces somos codiciosos.

b.    Segundo, si estas cosas (dinero, status y posesiones) son consideradas como esenciales para nuestra felicidad, y son las únicas cosas que nos emocionan y animan nuestra vida, y las consideramos como la única solución a nuestros problemas, entonces somos codiciosos.

c.     Tercero, si buscamos mejorar nuestra posición y nuestras posesiones a expensas de nuestro servicio cristiano, entonces somos codiciosos.

d.    Cuarto, si los ascensos (promociones) y la auto-realización personal son buscados con el fin de exaltarnos a nosotros mismos e incrementar nuestra autoestima, entonces somos codiciosos.

e.    Quinto, si el deseo de las ganancias terrenales se ha apoderado de nuestro corazón, de tal modo que siempre nos hace falta algo nuevo o algo más, entonces somos codiciosos.

 

La perspectiva neo-testamentaria de la codicia:

El Nuevo Testamento considera este pecado como tan grave que las personas que son culpables de él no pueden permanecer como miembros de una iglesia. El Nuevo testamento dice que los avaros deben ser expulsados de la membresía, como cualquier otra persona que vive en pecado. "Mas ahora os he escrito, que no os envolváis, es á saber, que si alguno llamándose hermano fuere fornicario, ó avaro, ó idólatra, ó maldiciente, ó borracho, ó ladrón, con el tal ni aun comáis" (1 Corintios 5:11). Ya hemos visto que la avaricia (codicia) es la idolatría y aquí el apóstol dice que ni siquiera debemos comer con quienes se identifican como creyentes pero que viven bajo este pecado.

"Ni los ladrones, ni los avaros (codiciosos), ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los robadores, heredarán el reino de Dios." (1 Corintios 6:10) "Porque sabéis esto, que ningún fornicario, ó inmundo, ó avaro (codicioso), que es servidor de ídolos, tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios." (Efesios 5:5) Estos dos textos declaran que la persona que vive abiertamente en la codicia y en la avaricia, no es un hijo de Dios.

Este asunto se vuelve aún más grave cuando consideramos el hecho de que en muchas iglesias de hoy existe una conspiración de silencio respecto a este pecado. Es decir, nadie dice nada en contra de la codicia. Peor aún, en muchas iglesias no solo los miembros ordinarios, sino también los líderes espirituales y aún los pastores y diáconos son culpables de este pecado. Esto resulta obvio por el hecho de que las iglesias evangélicas de hoy no expulsan a nadie por este motivo. Es decir, no consideran la codicia y la avaricia como pecados que merecen una expulsión pero el Nuevo Testamento enseña lo contrario.

Aún peor, hoy en día tenemos el fenómeno de muchas iglesias que predican el evangelio de la prosperidad. En estas "iglesias" se enseña que la prosperidad económica y las posesiones materiales son señales de la bendición de Dios y cosas que son garantizadas por el evangelio. El apóstol Pedro nos advierte respecto a los maestros falsos que "por avaricia harán mercadería de vosotros con palabras fingidas." (2 Pe.2:2) 1 Tim.6:6 nos advierte respecto a ciertos hombres "corruptos de entendimiento y privados de la verdad, que toman la piedad como fuente de ganancia", diciéndonos que nos apartemos de ellos.

Muchos pastores se han callado respecto a los pecados de los miembros de su iglesia porque no quieren perder su ayuda económica. Sin lugar a dudas, hay muchos "ministros" que ingresaron al ministerio por motivos económicos. Muchos de ellos son simplemente charlatanes religiosos y ladrones. Además de esta triste realidad, debemos reconocer también que hay algunos miembros de iglesias evangélicas que tratan de controlar y manipular a su pastor por medio del dinero.

 

¿En qué medida podemos buscar la prosperidad en este mundo?

La respuesta a esta pregunta está en 3 Juan 2 que dice: "Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas cosas, y que tengas salud, así como tu alma está en prosperidad". Entonces, podemos buscar la prosperidad en este mundo en la medida en que prospere nuestra alma. Es decir, debemos buscar primero la prosperidad de nuestras almas. Si la medida en que nuestra alma prospera espiritualmente fuera la medida de nuestra prosperidad económica, muchos de nosotros estaríamos en banca rota y en la calle pidiendo limosna. Y si el bienestar de nuestra alma correspondiera a nuestra salud física, muchos estaríamos muy enfermos y algunos estaríamos muertos. Debemos dar gracias a Dios que no existe un paralelo exacto entre nuestra condición espiritual y nuestra condición física o económica en este mundo. Cristo dijo que una persona pudiera ganar todo el mundo y no le serviría para nada, si perdiere su alma.

No es un pecado ser rico, pero tampoco podemos considerar la pobreza como una virtud. En la Biblia tenemos muchos ejemplos de personas ricas y de personas pobres, y ambas evitaron la codicia. ¿Cómo lo hicieron? Buscando primeramente y sobre todas las cosas, la prosperidad de sus almas. No es pecado nacer pobre, no heredar nada de nuestros padres y trabajar con nuestras manos para ganar nuestro pan cotidiano, y tampoco no tener casas ni terrenos, ni muchas posesiones materiales. Tampoco es una virtud o mérito. No nos hace ni mejores, ni peores ante Dios. El Señor Jesucristo era pobre. No tenía plata ni oro y muchas veces; no tenía ni siquiera en donde reclinar su cabeza. Cristo sabe qué significa ser pobre. La pobreza no es un pecado y tampoco la riqueza. Lo que cuenta es la actitud del hombre respecto a lo que tiene.

Todos tendremos que rendir cuentas a Dios por lo que nos ha dado. Si tenemos mucho nuestra responsabilidad es mayor. Todos somos mayordomos. Nuestras ventajas, capacidades, talentos, posesiones, etc. nos han sido prestadas por Dios y debemos usarlas para el máximo provecho en su servicio.

 

¿Cómo podemos evitar la codicia?

Primero, por medio de la fe. Frecuentemente la raíz de la codicia es la desconfianza en la providencia de Dios. La fe nos conduce a buscar todo en Dios. Cuando reconocemos que todo lo que somos y tenemos viene de Dios y que todo lo que pudiéramos desear se encuentra en El, entonces la codicia ya no será una tentación para nosotros.

La fe nos conduce a estimar y valorar las cosas espirituales y eternas. Frecuentemente, la causa de la codicia es la ingratitud, es decir el hecho de que no estamos agradecidos por lo que Dios nos ha dado. La fe nos conduce a reconocer que nuestras bendiciones y privilegios más grandes son los espirituales. Vemos por ejemplo, el privilegio de conocer a Dios, de tener una relación personal con El, la oportunidad de vivir una vida que tiene propósito y produce fruto para la eternidad, la oportunidad de glorificar a Dios, etcétera. ¡Estas bendiciones son de valor infinito! Entonces, la fe nos conduce a "codiciar" las cosas espirituales en lugar de las materiales. A fin de cuentas, la codicia pecaminosa consiste en desear las cosas terrenales más que las celestiales.

Colosenses 3 dice que debemos poner nuestros afectos en las cosas de arriba y no en las de la tierra, la fe nos enseña a hacer esto. Segundo, una forma para evitar la codicia es el contentarnos con lo que tenemos. "Sean las costumbres vuestras sin avaricia (codicia); contentos de lo presente; porque él dijo: No te desampararé, ni te dejaré." (Hebreos 13:5) "No lo digo en razón de indigencia, pues he aprendido á contentarme con lo que tengo. Sé estar humillado, y sé tener abundancia: en todo y por todo estoy enseñado, así para hartura como para hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece." (Filipenses 4:11-13) Aquí el apóstol Pablo nos enseña que la felicidad y el contentamiento del creyente no dependen de su situación económica, ni de sus buenas circunstancias (el apóstol escribió estas palabras desde la prisión en Roma).

El contentamiento es algo que tenemos que aprender. Cuando estamos contentos con lo que tenemos, no codiciaremos lo que otros tienen. La base del contentamiento cristiano es la soberanía de Dios. Los creyentes pueden estar contentos porque saben que Dios es soberano. En su soberanía y en su amor infinito, Dios ha colocado a cada uno en el sitio más apropiado para su bienestar espiritual. Romanos 8:28 es una promesa de que Dios siempre hará lo mejor para nosotros. Si no nos ha dado mucha prosperidad, es porque sabe que dicha situación sería un peligro espiritual para nosotros. Aún más, cada creyente sabe que no merece nada y que Dios no le debe nada, y que en realidad nosotros le debemos una deuda infinita de amor y de gratitud.

Tercero, para evitar la codicia debemos practicar la auto negación. No debemos pensar que siempre merecemos más y mejores cosas. Debemos aprender a negarnos las cosas que no nos son necesarias, aunque tengamos la capacidad para adquirirlas. No debemos consentirnos, ni mimarnos. Debemos poner un alto en cuanto a nuestros caprichos y necesidades creadas, o nunca podremos evitar la codicia.

Cuarto, siempre debemos estar agradecidos. Esto significa que debemos practicar las acciones de gracias en forma cotidiana. Siempre recordándonos de que tenemos más de lo que merecemos. Muchas personas tienen gran cantidad de posesiones materiales pero no las disfrutan. ¿Por qué no? ¿Por qué es que muchos de ellos son miserables a pesar de poseer tanta abundancia? La respuesta es que solamente la bendición de Dios puede capacitarnos para disfrutar realmente lo que tenemos. Tener mucho sin la bendición de Dios se convierte en una maldición. Dios concede su bendición solamente a aquellos que están agradecidos.

Quinto, en tiempos de prosperidad siempre debemos hacernos la siguiente pregunta: ¿Para beneficio de quién me ha prosperado el Señor? ¿Para prosperarme a mí o para la prosperidad de su causa?

Sexto, siempre debemos guardar en mente que solamente Dios nos puede dar "la prosperidad o la promoción santificada" es decir, aquella prosperidad que resulta en mayor santidad y no en una maldición.

Ministerio 100% bíblico
Hacemos traducciones cristianas del Inglés - Español - Inglés
Consulta nuestro índice de libros que podemos traducir para tí.
Tenemos obras cristianas desde el siglo XV en formato electrónico.

"Pero en cuanto a ti, enseña lo que está de acuerdo con la sana doctrina. Porque vendrá tiempo cuando no soportarán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oídos, acumularán para sí maestros conforme a sus propios deseos; y apartarán sus oídos de la verdad, y se volverán a mitos." (2 Timoteo 2:1; 4:3-4)

Este sitio está siendo desarrollado por:
Martha Iñiguez Moreno
Por favor, haga llegar cualquier comentario sobre el mismo a:

lady59cat@yahoo.com.mx


Ladycat