El Santo Evangelio según
San Lucas

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Arrepentíos o pereceréis

Lucas 13.1-5

1  En este mismo tiempo estaban allí algunos que le contaban acerca de los galileos cuya sangre Pilato había mezclado con los sacrificios de ellos.

2  Respondiendo Jesús,  les dijo: ¿Pensáis que estos galileos,  porque padecieron tales cosas,  eran más pecadores que todos los galileos?

Os digo: No;  antes si no os arrepentís,  todos pereceréis igualmente.

O aquellos dieciocho sobre los cuales cayó la torre en Siloé,  y los mató,  ¿pensáis que eran más culpables que todos los hombres que habitan en Jerusalén?

Os digo: No;  antes si no os arrepentís,  todos pereceréis igualmente.

Comentarios de J. C. Ryle

Lucas 13.1-5

El asesinato de los galileos a que alude el primer versículo de este pasaje, es un acontecimiento sobre el cual no sabemos nada de cierto. Relativamente a las razones que tuvieran algunas de los oyentes de nuestro Señor para hacer alusión a él, solo podemos formar conjeturas. Más, sea de esto lo que fuere, Jesús se valió de esta oportunidad para hablar a los circunstantes respecto de sus almas. Como lo hacía de costumbre, se refirió al acontecimiento y aplicándolo a lo que se proponía enseñar, mandó a sus interlocutores que examinasen su corazón y pensasen en que estado estaban sus relaciones con Dios. Es como si les hubiera dicho: "¿Qué os va en que esos galileos murieran asesinados? Considerad vuestros hechos. A menos que os arrepintáis, todos vosotros pereceréis también."

Notemos primeramente en estos versículos como estamos mucho más dispuestos a hablar de la muerte de los demás, que de la nuestra.

La muerte de los galileos fue, sin duda, asunto general de conversación en Jerusalén, y en toda la Judea. Ya podemos imaginarnos que todos sus pormenores y circunstancias fueron repetidos por millares de hombres que no pensaban en el fin de su propia existencia. Lo mismo sucede hoy día: un asesinato, una muerte repentina, un naufragio, un accidente de ferrocarril, se apoderan de los ánimos de toda una población, y están en boca de todos los que encontramos de día en día. Y sin embargo, a esas mismas personas les disgusta hablar de su propia muerte y de la suerte que les espera más allá del sepulcro. Tal es la naturaleza humana en todos los siglos. En lo que toca a religión, todos están dispuestos a hablar de los demás más bien que de sí mismos.

El estado de nuestras propias almas debiera ser lo que primero ocupara nuestra atención. Con sobra de razón se ha dicho que la verdadera religión empieza siempre por el "Yo." El hombre convertido piensa primero, en todo caso, en su propio corazón, en su propia vida, en sus propios merecimientos, en sus propios pecados. ¿Llega a sus oídos la noticia de una muerte repentina? El se dice para sí: "¿Habría estado yo preparado para tal evento?" ¿Le refieren algún crimen horroroso? Se pregunta: "¿Han sido perdonados mis pecados, y me he arrepentido de mis culpas?" ¿Sabe que algunos hombres irreligiosos están cometiendo toda clase de pecados? Se interroga: "¿Quién me ha hecho diferir de ellos?""¿Qué sino la gracia de Dios ha podido librarme de seguir las mismas sendas?" Aspiremos a pensar siempre de este modo. Tomemos interés en todo lo que acaezca en torno de nosotros; tengamos piedad y compasión de todos los que son víctimas de la violencia o de una muerte repentina; más no olvidemos hacer un examen de conciencia y fijar en la memoria las lecciones que nos enseñe la experiencia de los demás.

Observemos, además, en estos versículos de que manera tan explícita nuestro Señor proclama la necesidad universal del arrepentimiento. Dos veces dice con ahínco: "Antes si no os arrepintiereis todos pereceréis así."

La verdad que estas palabras expresan, es uno de los principios fundamentales del cristianismo. "Por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gracia de Dios." Todos nosotros hemos nacido en el pecado, y en nuestro estado natural no podemos agradar a Dios. Dos cosas son absolutamente indispensables para la salvación de cada uno de nosotros: el arrepentimiento y la fe en el Evangelio. Sin arrepentimiento delante de Dios y sin fe en nuestro Señor Jesucristo, ninguno puede ser salvo.

En las Sagradas Escrituras se nos explica de una manera clara e inequívoca la naturaleza del verdadero arrepentimiento. Empieza por la percepción del pecado; crea en seguida pesar por las culpas cometidas; y después impele al penitente a confesarlas ante Dios. El cambio de vida y el odio al pecado dan a conocer a los demás hombres que realmente ha habido arrepentimiento; más la fe viva en nuestro Señor Jesucristo es su más importante distintivo.

Que el arrepentimiento es necesario para la salvación, ninguno que escudriñe las escrituras y medite sobre el asunto podrá dudarlo. Sin arrepentimiento no puede haber perdón de los pecados. Toda persona que ha sido perdonada ha sido también penitente. De los que han sido lavados en la sangre del Redentor no ha habido uno que no haya percibido sus pecados  sentido pesar por ellos. Sin el arrepentimiento no estaremos jamás en aptitud de entrar en el cielo. No podríamos ser felices si llegáramos al reino de la Gloria con un corazón que amara aún el pecado, pues no sentiríamos júbilo en la sociedad de los santos y de los ángeles, y nuestro ánimo no se encontraría en estado de gozar una eternidad de pureza. Que estas verdades se graben profundamente en nuestro corazón. Si hemos de salvarnos, preciso es que nos sintamos arrepentidos y que tengamos fe.

Terminemos este tema haciéndonos esta solemne pregunta "¿Hemos arrepentido?" Vivimos en un país cristiano; pertenecemos a una iglesia cristiana; tenemos ceremonias y culto cristianos; y con nuestros oídos hemos oído hablar del arrepentimiento centenares de veces; más ¿nos hemos arrepentido? ¿Percibimos realmente cuan grande es nuestra propia culpabilidad? ¿Sentémonos contritos por nuestros pecados? ¿Hemos confesado a Dios nuestras culpas e implorado perdón ante el trono de la gracia? ¿Hemos cesado de hacer mal y abandonado nuestras malas costumbres? ¿Aborrecemos de todo corazón todo lo que sea contrario a los preceptos de Dios? Estas son cuestiones serias y merecen grave consideración. El asunto de que tratamos no es insignificante. En él se nos va nada menos que la vida, la vida eterna. Si morimos impenitentes y sin que nuestro corazón haya sido renovado, sería mejor que nunca hubiéramos nacido.

Si todavía no nos hubiéramos arrepentido, hagámoslo sin tardanza, pues de ello tendremos que dar cuenta. "Arrepentíos, pues y convertíos" fueron las palabras de Pedro a los judíos que habían crucificado a nuestro Señor. Hechos 8.22. "Arrepiéntete y ruega a Dios," fue la exhortación dirigida a Simón el Mago cuando estaba "en hiel de amargura y en prisión de iniquidad."

Todo nos estimula a arrepentirnos. Cristo nos invita; en las Escritura se nos prometen bendiciones; gloriosas aseveraciones de que Dios tiene voluntad de recibirnos abundan en la Santa palabra; y "hay gozo en el cielo cuando un pecador se arrepiente." Levantémonos pues, y dirijámonos a Dios.

Si ya nos hemos arrepentido repitamos ese acto hasta el fin de nuestra vida. En tanto que estemos revestidos de este cuerpo mortal, tendremos pecados que confesar y culpas que lamentar. Arrepintámonos y humillémonos más profundamente cada año. Que cada vez que llegue nuestro cumpleaños aborrezcamos más el pecado y amemos más a Cristo. Un sabio santo de la antigüedad dijo: "Espero llevar mi arrepentimiento hasta a la puerta misma del cielo."

NOTAS. LUCAS 13.1-5

1. Los Galileos, cuya sangre, etc. No sabemos nada del acontecimiento a que este versículo hace alusión. Es probable que el asesinato cuyos pormenores refirieron a nuestro Señor fuera el de ciertos galileos que, habiendo concurrido al templo a rendir culto, fueron inmolados por Pilato en un motín del pueblo.

2. Pensáis que estos Galileos. hayan sido mayores pecadores? Sin duda los que habían referido a nuestro Señor el incidente citado, creían, como la mayor parte del vulgo, que muertes repentinas o violentas acaecían como castigo y que si un hombre moría de súbito era a consecuencia de algún gran pecado que había cometido. Nuestro Señor dio a entender que tal opinión no tenía fundamente alguno. De que Dios ponga fin súbitamente a la existencia de un hombre no tenemos razón para concluir que esté airado con él.

He aquí, sobre este mismo asunto, una cita que merece leerse: "La opinión general  es que si alguno muerte sosegadamente como un cordero (lo cual en ciertas enfermedades, como la tisis, bien puede suceder a cualquiera) se va derechamente al cielo; pero si la violencia de la enfermedad inquieta al paciente y lo obliga a hacer contorsiones, entonces dicen que el juicio de Dios se ha manifestado para descubrir a un hipócrita o para castigar a un malvado. Pero este es un error: un hombre puede morir como un cordero, y sin embargo irse al infierno y uno que muera en terribles agonías y con movimientos extraños del cuerpo, puede irse al cielo.

3. Todos pereceréis así. Es probable que estas palabras tuvieran una significación profética y que nuestro Señor se refiriera a la terrible carnicería de judíos hecha por el ejército romano bajo las órdenes de Tito, que iba a tener lugar pocos años después en el sitio de Jerusalén.

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Parábola de la higuera estéril

Lucas 13.6-9

6  Dijo también esta parábola: Tenía un hombre una higuera plantada en su viña,  y vino a buscar fruto en ella,  y no lo halló.

7  Y dijo al viñador: He aquí,  hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera,  y no lo hallo;  córtala;  ¿para qué inutiliza también la tierra?

8  El entonces,  respondiendo,  le dijo: Señor,  déjala todavía este año,  hasta que yo cave alrededor de ella,  y la abone.

9  Y si diere fruto,  bien;  y si no,  la cortarás después.

Comentarios de J. C. Ryle

Lucas 13.6-9

La parábola que acabamos de citar humilla a la vez que conmueve. El cristiano que la oiga y no sienta pena y dolor por el estado en que se encuentra la cristiandad, debe de carecer de fe y piedad.

Este pasaje nos enseña, en primer lugar, que Dios exige una fidelidad proporcionada a los privilegios espirituales que concede.

Nuestro Señor enseñó esta verdad, comparando a la iglesia judaica de su época con "una higuera plantada en una viña" Tal era exactamente la posición que Israel ocupaba en el mundo. Las leyes y los ritos mosaicos habían contribuido a la par con la situación geográfica de su suelo, a separarlos de las otras naciones. Dios se dignó favorecerlos con revelaciones que no hizo a ningún otro pueblo. Se les concedieron prerrogativas de que jamás gozaron Nínive, Babilonia, Grecia o Roma. No era sino justo y razonable que por medio de sus frutos, es decir, de sus hechos, dieran alabanza a Dios. Naturalmente se hubiera creído que habría habido más fe, y contricción, y santidad y devoción en el pueblo de Israel que en las naciones paganas; y esto era lo que Dios esperaba. El dueño de la higuera "vino a buscar fruto."

Más, si queremos aprovechar lo que la parábola nos enseña, debemos dirigir los ojos más allá de la iglesia judaica para ver que sucede en las iglesias cristianas. Ellas poseen conocimientos, verdades, doctrinas y preceptos de los cuales los paganos nada saben. Cuán grande es su responsabilidad: ¿No es justo que Dios espere que produzcan fruto? Vivimos en una tierra donde circula la Biblia, donde se disfruta la libertad y donde se oye predicar el Evangelio. Cuán grandes no son las ventajas de que gozamos comparadas con las de los chinos o los indostaníes. No olvidemos por un solo momento que Dios espera que produzcamos buenos frutos.

Estas son verdades importantísimas. Hay pocas cosas que el hombre olvide con tanta facilidad como la relación íntima que existe entre un privilegio y la responsabilidad que de él resulta. Muy prontos estamos a hacer uso de las bendiciones que el cielo nos concede; pero rara vez recordamos que tenemos que dar cuenta a Dios de todo lo que recibimos y que a cualquiera que fue dado mucho, mucho le será vuelto a demandar.

Este pasaje nos enseña, en segundo lugar, que es peligroso no dar fruto cuando se goza de grandes privilegios religiosos. El Señor nos enseña esto de una manera muy notable. Nos dice como se quejó el dueño de la higuera estéril de que no diese fruto: "He aquí tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera y no lo hallo." También nos dice como mandó destruir el árbol para que no sirviese de estorbo en el huerto: "Córtalo, ¿Por qué hará inútil aun la tierra?" En seguida representa al viñero intercediendo por la higuera y pidiendo que la deje permanecer algún tiempo más. "Señor, déjala aún este año." Y concluye la parábola poniendo en boca del viñero estas palabras: "Y si hiciere fruto, bien; si no, la cortarás después."

Esta parábola implica una admonición para todas las iglesias cristianas. Si sus ministros no enseñan sanas doctrinas, y sus miembros no viven santamente, están en gran riesgo de perderse. Dios los observa constantemente y lleva cuenta de todas sus acciones. Acaso sean muy fieles en el cumplimiento de ritos y ceremonias. Acaso sean árboles cubiertos de las hojas del culto, los servicios y los sacramentos. Pero si carecen de los frutos del espíritu, serán considerados como estorbos en el huerto del Señor. A menos que se arrepientan serán cortados. Así sucedió con la iglesia judaica cuarenta años después de la ascensión de nuestro Señor; así ha sucedido con las iglesias de África; y así es de temerse que acontecerá con otras muchas hasta el fin del mundo.

Pero la admonición dirigida a los cristianos no convertidos es todavía más clara. En toda congregación donde se oye predicar el Evangelio hay muchos que se encuentran al borde de un abismo. Han estado creciendo por mucho tiempo en la parte más fértil de la viña del Señor, y sin embargo no han producido fruto. Han oído predicar fielmente el Evangelio centenares de domingos, y sin embargo, jamás lo han abrazado, ni tomado la cruz y seguido a Cristo. Tal vez no cometen aquellos pecados que el mundo llama graves, pero por otra parte, no hacen nada en Gloria de Dios. Nada hay en su religión que sea de un carácter positivo. A cada uno de ellos el Dueño de la viña podría con razón decir: "He aquí muchos años ha que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo hallo; córtala, es un estorbo en la viña." Hay millares de cristianos de respetabilidad que se encuentran en estas circunstancias, y que no saben absolutamente cuan cerca están del abismo de perdición. No olvidemos por un momento que contentarnos con ir a la iglesia a oír predicar, en tanto que nuestras vidas son estériles en bienes, es una conducta altamente ofensiva a Dios. Nos exponemos a que nos arroje de sí repentina e irremediablemente.

Esta parábola nos enseña, por último, cuánto debemos a la Gloria de Dios y a la intercesión de Cristo. No es dable inferir otra cosa de la súplica del viñero: "Señor, déjala aún este año." Ahí se contempla como en un espejo la bondad de Dios, y la mediación de Cristo.

Con razón se ha dicho que la misericordia es el atributo predilecto de Dios. El poder, la justicia, la pureza, la santidad, la sabiduría, la inmutabilidad, son todos atributos de Dios y han sido manifestados al mundo de mil maneras diversas, tanto en sus obras como en su Palabra. Pero si hay un atributo que se complazca en ejercer respecto al hombre más que otro, ese atributo es la misericordia. "Dios es amador de misericordia." Mic. 7.18

La misericordia divina basada en la mediación del Salvador que estaba por venir, fue lo que hizo que Adán y Eva no fueran arrojados al infierno el día de su caída. La misericordia ha sido el atributo por medio del cual Dios ha tolerado por tanto tiempo un mundo pecador y no ha descendido a castigarlo. Y es por la misericordia divina que aún hoy día los pecadores viven tanto tiempo, y no son arrebatados cuando se encuentran entregados a la maldad. Nosotros no tenemos, tal vez, ni la más mínima idea de cuantas bendiciones recibimos de la clemencia de Dios. El último día pondrá de manifiesto ante la humanidad entera que todos son deudores a la misericordia de Dios y a la mediación de Cristo. Aún los que son condenados a la miseria eterna sabrán que, debido a la misericordia de Dios, no fueron consumidos largo tiempo antes del día de su muerte. Por lo que toca a los que se salvan, la misericordia manifestada en el nuevo testamento, o sea, la nueva alianza, será todo lo que tiene que alegra a su favor.

Ahora bien, ¿producimos buenos frutos o somos infecundos? Esta es, sobre todo, la cuestión que más nos interesa. ¿Qué ofrecemos en la presencia de Dios cada año? Vivamos de tal manera que produzcamos buenos frutos.

NOTAS. LUCAS 13.6-9

6. Tenía una higuera, etc. No hay duda que el objeto primordial que el Señor se propuso al pronunciar  esta parábola fue manifestar el peligro en que se encontraba la iglesia judaica entonces. Es digno de notarse que la higuera sin fruto a la cual Jesús dijo que nunca más comiera nadie fruto de ella, fue un emblema o signo de la iglesia judaica. Pero el significado primario de esta parábola no debe hacernos perder de vista su significado secundario. Puede aplicarse tanto a los individuos como a la iglesia hebrea.

8. Señor, déjala aún este año. Hay diversidad de opiniones sobre quien sea el ser a quien el viñero representa. En nuestro concepto, representa a Jesucristo mismo, por cuya intercesión han obtenido muchos la salvación.

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Jesús sana a una mujer en el día de reposo

Lucas 13.10-17

10  Enseñaba Jesús en una sinagoga en el día de reposo;* (Aquí equivale a sábado"

11  y había allí una mujer que desde hacía dieciocho años tenía espíritu de enfermedad,  y andaba encorvada,  y en ninguna manera se podía enderezar.

12  Cuando Jesús la vio,  la llamó y le dijo: Mujer,  eres libre de tu enfermedad.

13  Y puso las manos sobre ella;  y ella se enderezó luego,  y glorificaba a Dios.

14  Pero el principal de la sinagoga,  enojado de que Jesús hubiese sanado en el día de reposo,*  dijo a la gente: Seis días hay en que se debe trabajar;  en éstos,  pues,  venid y sed sanados,  y no en día de reposo. (Ex. 20.9-10; Dt. 5.13-14)*

15  Entonces el Señor le respondió y dijo: Hipócrita,  cada uno de vosotros  ¿no desata en el día de reposo* su buey o su asno del pesebre y lo lleva a beber?

16  Y a esta hija de Abraham,  que Satanás había atado dieciocho años,  ¿no se le debía desatar de esta ligadura en el día de reposo?*

17  Al decir él estas cosas,  se avergonzaban todos sus adversarios;  pero todo el pueblo se regocijaba por todas las cosas gloriosas hechas por él

Lucas 13.14 Ex. 20.9-10; Dt. 5.13-14

Ex. 20.9-10 9  Seis días trabajarás,  y harás toda tu obra; 10  mas el séptimo día es reposo para Jehová tu Dios;  no hagas en él obra alguna,  tú,  ni tu hijo,  ni tu hija,  ni tu siervo,  ni tu criada,  ni tu bestia,  ni tu extranjero que está dentro de tus puertas

Dt. 5.13-14 13  Seis días trabajarás,  y harás toda tu obra; 14  mas el séptimo día es reposo a Jehová tu Dios;  ninguna obra harás tú,  ni tu hijo,  ni tu hija,  ni tu siervo,  ni tu sierva,  ni tu buey,  ni tu asno,  ni ningún animal tuyo,  ni el extranjero que está dentro de tus puertas,  para que descanse tu siervo y tu sierva como tú.

Comentarios de J. C. Ryle

Lucas 13.10-17

Estos versículos nos presentan un caso notable en que los medios de gracia fueron usados con solicitud. En ellos se nos refiere lo que aconteció a una "mujer que tenía espíritu de enfermedad diez y ocho años había, y andaba agobiada, así que en ninguna manera podía enhestarse." No sabemos quien fuera dicha mujer. Como nuestro Señor dijo que era hija de Abrahán, nos inclinamos a creer que fue una verdadera creyente; pero su historia y su nombre nos son desconocidos. Lo único que sabemos es que cuando Jesús estaba enseñando en una de las sinagogas en sábado, ella se hallaba presente. Las enfermedades no le servían de pretexto para ausentarse de la casa de Dios. A despecho de sus sufrimientos, concurría al lugar donde la palabra y el día del Señor eran venerados, y donde el pueblo de Dios acostumbraba reunirse. ¡Y a la verdad que por esta acción fue bendecida! Sus afanes fueron abundantemente recompensados. Vino a la sinagoga oprimida de tristeza, y regresó a su hogar llena de júbilo.

El comportamiento de esta pobre judía puede con razón hacer ruborizar de vergüenza a muchos cristianos que se encuentran en el pleno goce de su salud. Cuántos hombres llenos de vigor dejan que causas insignificantes les impidan de concurrir a la casa de Dios. Cuantos hay que pasan el domingo en la ociosidad, o tomando parte en diversiones, o haciendo negocios y miran con desprecio a los que santifican ese día. Cuantos hay que piensan que han hecho mucho cuando concurren a la iglesia una vez cada domingo, y creen que concurrir dos veces es un exceso de celo que raya en fanatismo.

¡Cuántos hay que se alegran cuando terminan los servicios divinos porque producen ellos aburrimiento! Cuán pocos son lo que piensan del mismo modo que David cuando dijo: "Yo me alegraré con los que me decía: A la casa de Jehová iremos." ¡Cuán amables son tus moradas, oh Jehová de los ejércitos!

Ahora bien, ¿cómo se explica esto? ¿Por qué es que hay tan pocos que se parezcan a la mujer de quien venimos hablando? La respuesta es corta: es que hay pocos que tengan un corazón dispuesto a servir a Dios. "El ánimo carnal es enemistad contra Dios." Tan luego como un hombre se convierte, desaparece todo obstáculo para tomar parte en el culto público; y el que ha sido renovado por el Espíritu Santo no tiene inconveniente alguno en santificar el sábado. Querer es poder.

No olvidemos que el grado de veneración en que tengamos el domingo es un signo que indica el estado en que se encuentran nuestras almas. El que no sienta gusto en dedicar a Dios un día de cada semana, no es digno de entrar en el cielo.

El cielo no es otra cosa que un domingo eterno. Si en este mundo no podemos sentir placer en pasar unas pocas horas adornado a Dios, es bien claro que no podremos sentir placer en pasar del mismo modo toda una eternidad. ¡Felices los que imiten a la mujer que sanó a Jesús! En vida obtendrán las bendiciones del cielo, y cuando mueran la Gloria eterna.

En estos versículos se nos revela también el poder infinito de Cristo. Cuando vio a la enferma la llamí, y le dijo: "Mujer libre eres de tu enfermedad," y le puso encima las manos, y ella quedó sana. Al punto una enfermedad que había durado dieciocho años desapareció ante el Señor de la vida. "Y luego se enderezó y glorificaba a Dios."

No debemos dudar que por medio de este gran milagro se quiso dar consuelo y esperanza a todos los afligidos por la enfermedad del pecado. Para Cristo nada hay imposible. El puede hacer enderezar a hombres que por "dieciocho años" hayan estado encorvados bajo el peso de sus apetitos, del pecado y del mundo. El puede hacer que miren al cielo y contemplen el reino de Dios pecadores que por largo tiempo han tenido los ojos fijos en las cosas terrestres. Nada es demasiado difícil para el Señor. El puede crear, transformar, renovar, demoler, edificar y estimular con un poder irresistible. Aquel que hizo el mundo de la nada vive todavía y permanece inmutable. Acojamos esta verdad y no la olvidemos jamás. Ni perdamos la esperanza de obtener nuestra salvación. Tal vez nuestros pecados sean innumerables. Acaso hayamos pasado un largo período de nuestra vida en pasatiempos frívolos o aún entregados al libertinaje; más ¿queremos acudir a Cristo para encomendarle nuestras almas? Si así fuere, hay esperanza. El puede sanarnos radicalmente y decirnos: "Libres sois de vuestra enfermedad." No perdamos la esperanza de la salvación de hombre alguno, en tanto que viva; antes bien, encomendémoslo a Dios noche y día. Tal vez tengamos parientes por quienes, a causa de su maldad, abriguemos pocas esperanzas. Pero no debemos desesperanzarnos. No hay paciente que Cristo no pueda curar. Cualquiera que sienta en el cuerpo el contacto de su mano "se endereza y glorifica a Dios." Perseveremos en la oración y no desmayemos. Las siguientes palabras de Job son dignas de encomio: "Yo conozco que todo lo puedes." Jesús puede salvar perpetuamente.

Vemos, por último, en estos versículos como Jesús reitera y defiende la recta observancia del sábado. El príncipe de la sinagoga en la cual fue curada la enferma, acusó a ésta de haber quebrantado el sábado; y dio así lugar a que nuestro Señor le dirigiese una reprensión severa pero justa: "Hipócrita, ¿cada uno de vos no desata en sábado su buey o su asno del pesebre, y le lleva a beber?" Si era permitido atender a las necesidades de los brutos en sábado, cuanto más no debía serlo atender a los de los seres racionales. Si tratando bien a los bueyes y asnos no se violaba la santidad del sábado, mucho menos se violaría con un acto de caridad hacia una hija de Abrahán.

Nuestro Señor sienta este mismo principio en otras partes del Evangelio. El nos enseña que con el mandamiento de abstenerse de hacer algo obra alguna en el día de sábado no se quiso excluir en manera alguna las obras de misericordia. El sábado fue creado para provecho del hombre, no para su daño; para promover su más alta dicha y no para privarlo de cosa alguna que real y verdaderamente redundase en bien suyo. No exige nada que no se encuentre dentro de los límites de la justicia y de la prudencia.

Pidamos a Dios que nos ayude a comprender que deberes surgen del precepto respecto del sábado. De todos los mandamientos que Dios ha dado no hay uno que sea tan esencial como éste para la felicidad del hombre; y, por otra parte, no hay tampoco uno que sea tan mal comprendido -que se viole y menosprecie tanto. Establezcamos, como guía, dos reglas para la observancia del sábado: primera, no hacer obra alguna que no sea absolutamente necesaria, segunda, santificar el día y dedicarlo a Dios. No nos desviemos jamás de estas reglas. La experiencia ha demostrado que hay una relación o correspondencia muy íntimas entre la observancia del sábado y la piedad cristiana.

NOTAS. LUCAS 13.11-17

12. La llamó. Nótese que este fue uno de los milagros que nuestro Señor obró espontáneamente, es decir, sin que nadie se lo rogase. En el comentario de Stella hay unas observaciones muy bellas sobre este pasaje. Dice que es un ejemplo notable del amor y de la compasión que el Señor tiene para con los pecadores. Si hace tanto por una persona sin que preceda súplica ninguna, cuantos no hará por los que imploren su auxilio por medio de la oración.

14. Seis días hay en que es menester obrar. Stella observa que muy semejante a la conducta del príncipe de la sinagoga era la de muchos prelados y jueces de su época (la de Stella). Pretendían estar animados de mucho celo por la causa de la religión, y perseguían a cualquiera que la atacase en lo más mínimo. "Sin embargo" continua el mismo autor, "ese celo era por su propia dignidad y no por la Gloria de Dios."

16. Que Satanás la había ligado. Esta expresión es muy notable. Parece dar a entender que Satanás tenía un poder permisivo para imponer enfermedades y dolencias.

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Parábola de la semilla de mostaza

Lucas 13.18-19

18  Y dijo: ¿A qué es semejante el reino de Dios,  y con qué lo compararé?

19  Es semejante al grano de mostaza,  que un hombre tomó y sembró en su huerto;  y creció,  y se hizo árbol grande,  y las aves del cielo anidaron en sus ramas.

Parábola de la semilla de mostaza

Lucas 13.18-19 Mt. 13.31-32; Mr. 4.30-32

Mt. 13.31-32 31  Otra parábola les refirió,  diciendo: El reino de los cielos es semejante al grano de mostaza,  que un hombre tomó y sembró en su campo; 32  el cual a la verdad es la más pequeña de todas las semillas;  pero cuando ha crecido,  es la mayor de las hortalizas,  y se hace árbol,  de tal manera que vienen las aves del cielo y hacen nidos en sus ramas.

Mr. 4.30.32 30 Decía también: ¿A qué haremos semejante el reino de Dios,  o con qué parábola lo compararemos? 31  Es como el grano de mostaza,  que cuando se siembra en tierra,  es la más pequeña de todas las semillas que hay en la tierra; 32  pero después de sembrado,  crece,  y se hace la mayor de todas las hortalizas,  y echa grandes ramas,  de tal manera que las aves del cielo pueden morar bajo su sombra.

 
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Parábola de la levadura

Lucas 13.20-21

20  Y volvió a decir: ¿A qué compararé el reino de Dios?

21  Es semejante a la levadura,  que una mujer tomó y escondió en tres medidas de harina,  hasta que todo hubo fermentado.

Parábola de la levadura

Lucas 13.20-21 Mt. 13.33 Otra parábola les dijo: El reino de los cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer,  y escondió en tres medidas de harina,  hasta que todo fue leudado.

Comentarios de J. C. Ryle

Lucas 13.18-21

Hay algo señaladamente interesante en las parábolas que contienen estos versículos. Dos veces fueron pronunciadas por nuestro Señor, y en dos ocasiones distintas. Este hecho solo bastaría para hacernos fijar más seriamente la atención en lo que enseñan. Encierran un caudal de verdades experimentales y proféticas.

La parábola del grano de mostaza simboliza el progreso que el Evangelio hace en el mundo.

Los comienzos del Evangelio fueron muy humildes -como los del grano de mostaza arrojado en el huerto. Al principio el cristianismo parecía ser una religión tan débil, desdeñada e impotente, que no podía existir por mucho tiempo. Su fundador vivió como pobre en el mundo y murió como un malhechor en la cruz. El número de sus primeros prosélitos era muy reducido, quizá no pasaba de mil cuando nuestro Señor dejó el mundo. Los primeros predicadores eran pescadores y publicanos, y casi todos ignorantes e iliteratos. El lugar donde estos empezaron su misión en un país despreciado, llamado Judea, pequeña provincia tributaria del vasto imperio romano. La principal doctrina iba sin duda a despertar el odio del corazón depravado: "Cristo crucificado era escándalo para los judíos, en insensatez para los griegos." Sus primeros pasos atrajeron sobre los discípulos persecución de todas partes. Fariseos y saduceos; judíos y gentiles; idólatras ignorantes y filósofos altaneros -todos estaban de acuerdo en el odio y la oposición al cristianismo. En todas partes se hablaba contra la nueva secta. Y entiéndase que estas no son meras aserciones sin fundamento alguno, sino hechos históricos que nadie puede negar. La religión del Evangelio empezó, a la verdad, como un grano de mostaza.

Pero el progreso del Evangelio, después que la semilla fue arrojada en la tierra, fue grande y no interrumpido. "El grano de mostaza creció y se hizo un árbol." A despecho de la persecución, la oposición y la violencia, el cristianismo prosperó y se difundió gradualmente. Año tras año el número de los fieles se iba aumentando. Año tras año la idolatría desapareciera a su paso. De ciudad en ciudad, de nación en nación la nueva fe era proclamada y recibida. De lugar en lugar, en casi todo el mundo conocido, se formaban iglesias. Acá un predicador, allá un misionero se presentaban a reemplazar los que morían. Emperadores romanos y filósofos paganos, unas veces con la fuerza, otras con argumentos, se esforzaron en vano por contener el progreso del cristianismo. Con igual éxito, podrían haber intentado detener las olas del mar o impedir el nacimiento del sol. En pocos siglos la religión del escarnecido Nazareno, la religión que tuvo su principio en la cámara alta de Jerusalén, se habían extendido por todo el mundo civilizado. Fue abrazada por casi toda la Europa, por gran parte de Asia, y por toda la parte septentrional de África. Las palabras proféticas de la parábola citada se cumplieron al pie de la letra. El grano de mostaza "creció y se hizo un árbol grande, y las aves del cielo se alojaron en sus ramas." Todo sucedió como Nuevo Testamento Señor Jesucristo lo había anunciado.

Que esta parábola nos enseñe a no desesperar de ninguna obra cristiana porque sus comienzos sean débiles y pequeños. Puede imaginarse tal vez que un solo ministro en una villa grande y privada de los auxilios religiosos, un solo misionero en medio de millares de paganos salvajes, un solo reformador en medio de una iglesia degenerada y corrompida no puedan hacer por sí solos mucho bien. En concepto del hombre la obra puede parecer muy grande y los medios para llevarla a cabo muy pequeños. Más no nos dejemos preocupar de semejantes ideas. Tengamos presente la parábola del grano de mostaza y no desmayemos. Cuando el deber nos llama con acentos inequívocos, no debemos detenernos a hacer cálculos, ni a averiguar que dirán los demás hombres o cuantos estarán a nuestro favor. Es menester que tengamos fe firme en que un hombre solo, contando con la semilla de la verdad divina, puede, a semejanza de Knox y de Lutero, transformar toda una nación. Si Dios está con él, nadie podrá oponérsele. A despecho de los hombres y de los espíritus infernales, la semilla que siembre se hará un árbol grande.

La parábola de la levadura simboliza el progreso del Evangelio en el corazón del creyente.

Los primeros cambios que la gracia obra en el corazón del cristiano son por lo general muy pequeños. Es como el pedazo de levadura mezclado con la masa. Una sola cláusula de un sermón, o un solo versículo de la Santa Escritura; la palabra de reconvención dirigida por un amigo, o una observación casual sobre asuntos religiosos; un tratado recibido de manos de un extraño, o un pequeño favor hecho por un cristiano; algunas de estas circunstancias dan principio al renacimiento del hombre. Las primeras manifestaciones de la vida espiritual son, a menudo, extremadamente débiles, tan débiles, en verdad, que no son conocidas, sino de aquel que las experimenta, y aún de él no son bien conocidas. Unos pocos pensamientos serios y remordimientos de conciencia; un deseo de orar con fervor y sinceridad y no por mera ceremonia; la consagración al estudio privado de la Biblia, la afición a los medios de gracia, un interés mayor en asuntos religiosos; una repugnancia creciente a los malos amigos y las malas costumbres, estos o algunos de ellos son los síntomas que indican que la gracia divina ha penetrado en el corazón de un hombre. Tal vez los hombres del mundo no los perciban, o los creyentes ignorantes no hagan caso de ellos, o aún los cristianos de experiencia no los conozcan; sin embargo, ellos marcan los primeros pasos dados en la obra de la conversión.

Y la obra de la gracia no permanece estacionaria una vez que haya empezado. Gradualmente leuda toda la masa. Como la levadura, una vez introducida, no puede separarse de la sustancia con que ha sido mezclada. Poco a poco ejerce su influjo sobre la conciencia, los afectos, el entendimiento y la voluntad, hasta que el hombre siente su dominio en todo su ser, y experimenta una conversión completa. En algunos casos el progreso es, sin duda, más rápido que entre otros, y los resultados son más palpables; pero siempre que el Espíritu Santo empiece a obrar en el corazón de un individuo, todo el modo de ser de éste, experimenta, tarde o temprano un cambio radical. Cambia en gustos, inclinaciones y aspiraciones. "Lo viejo se pasó; he aquí todo es hecho nuevo." 2Cor. 5.17. Nuestro Señor Jesucristo dijo que así sucedería, y la experiencia confirma sus palabras.

Que esta parábola nos enseñe a no desperdiciar en asuntos religiosos "el día de los pequeños principios." Zac. 4.10. El hombre tiene siempre que gatear antes de caminar, y caminar antes de correr. Si percibimos en un hermano algún germen de gracia, demos gracias a Dios y tengamos esperanza. La levadura de la gracia, una vez inoculada en el corazón, leudará toda la masa. "El que comenzó en nosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo." Fil. 1.6

Preguntémonos si en nuestros corazones ha empezado la obra de la gracia. ¿Estamos satisfechos con experimentar ciertas compunciones y deseos vagos ¿O sentimos interiormente la progresión gradual de esos fenómenos de crecimiento, de aumento, de desarrollo y de fermentación? Que solo esto nos satisfaga. La verdadera obra del Espíritu Santo no puede permanecer estacionaria. Menester es que toda la masa se leude.

NOTAS. LUCAS 13.18-21

19. Y fue hecho árbol grande. Téngase presente que el crecimiento de la vegetación en las regiones cálidas es muy rápido.

21. una mujer. tres medidas de harina. Algunos creen que la mujer, la harina y el numero tres tienen un sentido alegórico. Nosotros no somos de esa opinión.

Texto Bíblico
Textos Paralelos
Referencias

La puerta estrecha

Lucas 13.22-30

22  Pasaba Jesús por ciudades y aldeas,  enseñando,  y encaminándose a Jerusalén.

23  Y alguien le dijo: Señor,  ¿son pocos los que se salvan?  Y él les dijo:

24  Esforzaos a entrar por la puerta angosta;  porque os digo que muchos procurarán entrar,  y no podrán.

25  Después que el padre de familia se haya levantado y cerrado la puerta,  y estando fuera empecéis a llamar a la puerta,  diciendo: Señor,  Señor,  ábrenos,  él respondiendo os dirá: No sé de dónde sois.

26  Entonces comenzaréis a decir: Delante de ti hemos comido y bebido,  y en nuestras plazas enseñaste.

27  Pero os dirá: Os digo que no sé de dónde sois;  apartaos de mí todos vosotros,  hacedores de maldad. (Sal. 6.8)

28  Allí será el llanto y el crujir de dientes, (Mt. 22.13; 25.30)  cuando veáis a Abraham,  a Isaac,  a Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios,  y vosotros estéis excluidos.

29  Porque vendrán del oriente y del occidente,  del norte y del sur,  y se sentarán a la mesa en el reino de Dios. (Mt. 8.11-129

30  Y he aquí hay postreros que serán primeros,  y primeros que serán postreros. (Mt. 19.30; 20.16; Mr. 10.31)

La puerta estrecha

Lucas 13.22-30 Mt. 7.13-14 13 Entrad por la puerta estrecha: porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella.

14 porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hayan.; 21-23 21 No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.

22 Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?

23 Y entones les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mi, hacedores de maldad.

Lucas 13.27 Sal. 6.8 Apartaos de mí,  todos los hacedores de iniquidad;

 Porque Jehová ha oído la voz de mi lloro

Lucas 13.28 Mt. 22.13 Entonces el rey dijo a los que servían: Atadle de pies y manos,  y echadle en las tinieblas de afuera;  allí será el lloro y el crujir de dientes. ; 25.30 Y al siervo inútil echadle en las tinieblas de afuera;  allí será el lloro y el crujir de dientes.

Lucas 13.28-29 Mt. 8.11-12 11  Y os digo que vendrán muchos del oriente y del occidente,  y se sentarán con Abraham e Isaac y Jacob en el reino de los cielos; 12  mas los hijos del reino serán echados a las tinieblas de afuera;  allí será el lloro y el crujir de dientes.

Lucas 13.30 Mt. 19.30;    Pero muchos primeros serán postreros,  y postreros,  primeros.  20.16 Así,  los primeros serán postreros,  y los postreros,  primeros;  porque muchos son llamados,  mas pocos escogidos; Mr. 10.31 Pero muchos primeros serán postreros,  y los postreros,  primeros

Comentarios de J. C. Ryle

Lucas 13.22-30

Uno de estos versículos contiene una pregunta de alta trascendencia. Se nos refiere como un hombre preguntó a nuestro Señor: "¿Son pocos los que se salvan?"

No sabemos quien fuera el que hizo la pregunta. Bien pude haber sido alguno de aquellos judíos que hacían alarde de su piedad, y a quines se había enseñado a creer que no había esperanza para los incircuncisos, y que la salvación era solo para los hijos de Abrahán. O bien pudo ser uno de aquellos que hacían burla de la religión y que gastaban el tiempo en discutir cuestiones raras y especulativas. Más, sea de esto lo que fuere, no hay duda que la pregunta que hizo fue de altísima importancia.

El que quiera saber cuántos se salvan bajo la nueva alianza solo necesita consultar la Biblia y su curiosidad quedará satisfecha. En el Sermón del Monte encontrará estas solemnes palabras: "Porque la puerta es estrecha y angosto el camino que lleva a la vid; Y POCOS SON LO QUE LA HALLAN." Mat. 7.14. Solo tiene que mirar en derredor de sí y confrontar las acciones de los hombres con la palabra de Dios, y pronto decidirá, si procede con imparcialidad, que son pocos los que se salvan. Esta es una verdad terrible. Ante ella nuestras almas se llenas naturalmente de espanto; pero tanto la Escritura como los hechos la confirman. La salvación ha sido ofrecida a todos los hombres sin excepción. De parte de Dios no ha obstáculo alguno. Jesús tiene voluntad de recibir a los pecadores; más los pecadores no quieren acudir a Cristo, y por lo tanto, pocos se salvan.

En estos versículos se encuentra también una admirable exhortación. Cuando le preguntaron a Jesús si pocos eran los que se salvaban, dijo: "Porfiad a entrar por la puerta angosta." El dirigió estas palabras a todos sus oyentes. No le pareció que sería bueno satisfacer por medio de una respuesta directa la curiosidad del que hizo la pregunta; y prefirió más bien exhortarlo a él y a todos los circunstantes a que cumpliesen con su deber más próximo. Al prestar la debida atención a sus almas, obtendrían la respuesta. Al procurar entrar por la puerta angosta, verían si los que se salvan son pocos o muchos.

Nuestro Señor Jesucristo quiso enseñarnos que no hay duda alguna sobre cual sea nuestro deber en materias religiosas. La puerta es angosta; la obra es grande; los enemigos del alma son numerosos; es preciso que estemos alerta y seamos activos; no podemos esperar a nadie. Ni hemos de detenernos a preguntar que están haciendo los demás, y si muchos de nuestros vecinos, parientes y amigos están sirviendo a Cristo. La incredulidad y la indecisión de otros no pueden servirnos de excusa en el último día. Jamás debemos hacer el mal por seguir la corriente popular. Ya nos acompañen al cielo pocos o muchos, el precepto es claro y terminante: "Porfiad a entrar por la puerta angosta."

Nuestro Señor Jesucristo nos ha dado a entender que, cualquiera que sean las creencias religiosas de los demás, nosotros tenemos que dar cuenta a Dios de los esfuerzos que hayamos hecho. Ni hemos de continuar en nuestra maldad, escudándonos con la vana excusa de que no podemos hacer nada hasta que Dios no nos mueva. Tócanos a nosotros acercarnos a Él haciendo uso de los medios de gracia. ¿Cómo podemos hacer esto?, es cuestión con que no tenemos nada que ver. Es solo por medio de la obediencia que puede resolverse el gran problema. El precepto es expreso e inequívoco: "Porfiad a entrar por la puerta angosta."

Vemos en seguida, en estos versículos la descripción de una terrible solemnidad. Se nos dice como llegará tiempo en que "el padre de familias se levantará y cerrara la puerta;"en que algunos entrarán al reino de Dios, y otros quedarán fuera para siempre. No puede haber duda sobre cual será el significado de estas palabras. Se refiere a la segunda venida de Jesús y al día del juicio.

Llegará un día en que Dios no tendrá ya más clemencia de los pecadores. La puerta de la misericordia que ha estado abierta por tanto tiempo será al fin cerrada. La fuente donde se limpia toda impureza, todo pecado, será cegada. El trono de la gracia desaparecerá, y en su lugar será erigido el trono de la justicia. Todos los impenitentes e incrédulos serán para siempre arrojados de la presencia de Dios.

Pero también habrá un día en que los que crean en Jesucristo recibirán su galardón. El Padre de familias de la morada celestial convocará a sus siervos, y le dará a cada uno una corona inmarcesible de Gloria. Estos se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob, y vivirán en sosiego, libres del trabajo que cansa y de las luchas que atormentan. Morarán con Jesús y con los santos en el reino de los cielos, y allí no penetrarán jamás el pecado, la muerte, la tristeza, el mundo o el demonio. La humanidad comprenderá entonces que "el que sembrare justicia tendrá galardón firme"

En estos versículos vemos, finalmente, una profecía que conmueve. Nuestro Señor dice que el día de su segunda venida muchos procurarán entrar, más no podrán. Ellos golpearán a la puerta, diciendo: "Señor, Señor, ábrenos;" más no obtendrán entrada. Aún más, dirán con ansiedad: "Delante de ti hemos comido y bebido, y en nuestras plazas enseñaste;" más sus súplicas serán vanas. Ellos recibirán esta respuesta solemne: "Os digo que no os conozco de donde seáis: apartaos de mi todos los obreros de iniquidad." La profesión de fe y un conocimiento histórico de Jesucristo no bastarán para salvar a los que han sido esclavos del pecado y del mundo.

Hay algo de singular en el lenguaje con que nuestro Señor expresó la profecía de que hablamos. Nos revela la terrible verdad que algunos se apercibirán de que están en el error cuando sea demasiado tarde para arrepentirse. Si, llegará día en que será ya demasiado tarde para arrepentirse y para creer; para sentir contricción de corazón y para orar; para pensar en la salvación y para desear el cielo. Millares de hombres saldrán de su indiferencia en el otro mundo para aceptar verdades que en la tierra rehusaron creer. La tierra es el único lugar del universo donde existe la infidelidad. El infierno mismo, en su sentido abstracto, no es otra cosa que un conjunto de verdades reconocidas demasiado tarde.

Un examen detenido de este pasaje debiera ponernos en condición de apreciar las cosas que nos rodean en lo que valen. El dinero, y los placeres, el rango, y la grandeza, ocupan al presente el primer lugar  en el mundo. La oración, la fe, una vida piadosa, la obediencia a Cristo son cosas que se miran con desdén y se ponen en ridículo. Pero llegará un día en que suceda de otro modo.

Los postreros serán primeros, y los primero, postreros. Preparemos para ese día.

Y en este lugar conviene preguntarnos si somos de los "muchos" o de los "pocos." ¿Hemos luchado y lidiado contra el pecado, el mundo y el demonio? ¿Estamos preparados para cuando el Padre de familias cierre la puerta? El hombre que pueda contestar estas preguntas satisfactoriamente es un cristiano verdadero.

NOTAS. LUCAS 13.22-30

22. ¿Son pocos los que se salvan? A propósito de esta pregunta observaremos que no hay autoridad para suponer que el numero total de los que se condenan resulta al fin mayor que el de los que se salvan. Cuando se agreguen a las filas de los electos de Dios, todos los infantes que mueren antes de tener uso de razón y todos los pueblos que se conviertan después del llamamiento de los judíos, la multitud será innumerable.

Y él les dijo: Nótese que nuestro Señor dirigió la respuesta, no solo al que le hizo la pregunta, sino a todos los circunstantes.

24,25. Porfiad, et. "en estos versículos," dice Mayor, "se hace alusión a las fiestas nupciales, las cuales tenían lugar por la noche. Toda la casa era completamente iluminada, y los que tenían entrada en ella disfrutaban de las luces; pero los que eran rechazados quedaban fuera en completa oscuridad. Los convidados entraban por una reja estrecha, a la cual estaba un portero para impedir que entrasen los advenedizos. Tan luego como habían entrado todos los que habían sido invitados, cerraban la puerta y no la abrían a los que quedaban fuera por más que golpearan."

26. Delate de ti hemos comido y bebido: no creemos que estas palabras se refieran a la cena del Señor. En el Nuevo Testamento se emplea frecuentemente la expresión "comer y beber" para denotar el trato familiar.

28. Cuando viereis. Esta expresión parece probar que los réprobos verán desde lejos la Gloria y bienaventuranza de los justos, y que esta vista agravará sus sufrimientos.

29. Este versículo describe la convocación de los gentiles de todas las naciones, razas e idiomas, que estarán en el mismo reino que habitan los patriarcas y profetas.

Oriente. occidente. norte. mediodía. Bengel observa que los puntos cardinales fueron dispuestos de este modo intencionalmente, para anunciar el orden en que se proclamaría el Evangelio al mundo gentil. Es, en efecto, un hecho que el Evangelio fue primeramente recibido en Siria, y en Asia Menor; que en seguida se extendió al occidente de Europa y el litoral del Mediterráneo; que entonces siguió en su camino septentrional hacia las naciones escandinavas y la Gran Bretaña; y que, de esa época a la nuestra, se ha difundido hacia el sur, en África, Asia, Su América y las islas meridionales del Pacífico.

30. Hay postreros que serán primeros, etc. Estas palabras, expresadas en forma de proverbio, fueron cumplidas al pie de la letra cuando se empezó a proclamar el Evangelio, y desde entonces hasta la época presente, se ha cumplido muchas veces, tanto respecto a la iglesia como de los individuos. Los judíos que eran primeros vinieron a ser postreros y los gentiles que eran postreros vinieron a ser primero. Las iglesias de Asia Menor y de África fueron llamadas primero, y habían ya adquirido fama, cuando  la propaganda en la Gran Bretaña apenas había empezado. Pero ahora esas iglesias son postreras y las iglesias británicas ocupan el primer lugar en la cristiandad.

Texto Bíblico
Textos Paralelos
Referencias

Lamento de Jesús sobre Jerusalén

Lucas 13.31-35

31  Aquel mismo día llegaron unos fariseos,  diciéndole: Sal,  y vete de aquí,  porque Herodes te quiere matar.

32  Y les dijo: Id,  y decid a aquella zorra: He aquí,  echo fuera demonios y hago curaciones hoy y mañana,  y al tercer día termino mi obra.

33  Sin embargo,  es necesario que hoy y mañana y pasado mañana siga mi camino;  porque no es posible que un profeta muera fuera de Jerusalén.

34  ¡Jerusalén,  Jerusalén,  que matas a los profetas,  y apedreas a los que te son enviados!  ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos,  como la gallina a sus polluelos debajo de sus alas,  y no quisiste!

35  He aquí,  vuestra casa os es dejada desierta;  y os digo que no me veréis,  hasta que llegue el tiempo en que digáis: Bendito el que viene en nombre del Señor. (118.26)

Lamento de Jesús sobre Jerusalén

Lucas 13.31-35 Mt. 23.37-39

37   ¡Jerusalén,  Jerusalén,  que matas a los profetas,  y apedreas a los que te son enviados!  ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos,  como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas,  y no quisiste! 38  He aquí vuestra casa os es dejada desierta 39  Porque os digo que desde ahora no me veréis,  hasta que digáis: Bendito el que viene en el nombre del Señor.

Lucas 13.35 Sal. 118.26 Bendito el que viene en el nombre de Jehová;

 Desde la casa de Jehová os bendecimos

Comentarios de J. C. Ryle

Lucas 13.31-35

Estos versículos nos enseñan que estamos completamente bajo poder de Dios. Nuestro Señor Jesucristo nos inculca esta lección por medio de la respuesta que dio a los que le suplicaron que partiera porque Herodes lo quería matar. Él dijo: "He aquí echo fuera demonios y acabo sanidades hoy y mañana." Todavía no ha llegado la hora en que había de partir del mundo. Aún no había consumado su obra. En tanto que no llegase esa hora, Herodes no podía causarle daño alguno. En tanto que esa obra no fuese consumada, de nada serviría a sus enemigos forjar armas contra Él.

Hay algo en las palabras de nuestro Señor que llama la atención de todo cristiano verdadero. En ellas se trasluce un modo de ser que haríamos bien en imitar. Nuestro Señor habló, sin duda, con labios proféticos de lo que había de suceder después. Él sabía cuando tendría lugar su muerte, y no ignoraba tampoco que todavía no era tiempo. El conocimiento de las cosas futuras no ha sido concedido a los creyentes en nuestra época; más, sin embargo no debemos pasar por alto lo que las palabras citadas nos enseñan. Debemos, hasta cierto punto, aspirar a estar animados del mismo espíritu que animaba a Jesús. Debemos esforzarnos por tener una confianza firme y serena en los acontecimientos futuros y por poseer un corazón que no tema "la mala fama," sino que sea impasible, incontrastable y confiado en el Señor. Salmo 112.7

El asunto es delicado; pero merece consideración por estar íntimamente ligado con nuestra felicidad. No hemos de ser, como los mahometanos, fatalistas y amantes de la inacción; ni, como los estoicos, estatus sin animación, sin sensaciones. No hemos de dejar de hacer uso de los medios que estén a nuestro alcance, no de prepararnos para ese mundo invisible que se llama el provenir. Sin embargo, cuando hayamos hecho todo lo que nos sea posible, debemos tener en cuenta que, si bien nosotros tenemos deberes que cumplir, es Dios quien dirige los acontecimientos, nos toca, pues, encomendárselo todo a la divina providencia y no aferrarnos demasiado por el estado de nuestra salud, o la prosperidad de nuestra familia, o nuestra condición pecuniaria, o el buen éxito de tales o cuales planes. Haciéndolo así obtendremos tranquilidad de espíritu. Cuántas veces no nos asustamos por cosas que jamás suceden. Feliz el hombre que sigue las huellas de nuestro Señor y dice: "Yo obtendré todo lo que sea para mi bien. Viviré en la tierra hasta que mi misión en ella sea consumada, y no un minuto más. Partiré de este mundo cuando esté preparado para entrar en el cielo, y no antes de que eso se verifique. Ni aún todos los poderes del mundo reunidos pueden arrebatarme la vida sin el permiso de Dios; ni todos los médicos pueden conservármela cuando Dios quiera que yo deje de existir."

¿Hay algo en esta conducta que esté fuera del alcance del hombre? ¡Indudablemente que no! Los creyentes están bajo una alianza cuyos efectos, ordenados de antemano, son infalibles. Hasta los cabellos de sus cabezas han sido contados. Sus pasos han sido dirigidos por el Señor. Todo lo que le sucede contribuye a su bienestar. Cuando les acaece alguna desgracia es para su bien. Cuando les sobreviene alguna enfermedad es con algún sabio designio. Las Escrituras dicen que todas las cosas son suyas: la vida, la muerte, el presente, el porvenir. 2 Sam 23.5; Mateo 10.30; Salmo 37.23; Rom. 8.28; Heb. 12.10; Juan 11.4; 1Cor. 3.22. En la vida del creyente nada ocurre por casualidad, acaso o accidente. El cristiano solo necesita una cosa para gozar de calma o tranquilidad: una fe activa. Pidamos a Dios diariamente que nos conceda esa fe. Hay pocos en verdad que la hayan experimentado. La fe de la mayor parte de los creyentes es intermitente. Es por falta de fe constante y no interrumpida que hay tan pocos que puedan decir como Cristo: "Caminará hoy y mañana, y no moriré hasta que mi obra no sea consumada."

En estos versículos se deja ver, por otra parte, cuan grande es la compasión de Cristo para con los pecadores. Examínense si no las palabras que pronunció acerca de Jerusalén. Él sabía bien cuan perversa era esa ciudad. Él sabía que crímenes habían sido cometidos allí anteriormente. Él sabía los padecimientos que le esperaban. Y, sin embargo, aún a esa Jerusalén dice: "Cuántas veces quise juntar tus hijos como la gallina recoge su nidada debajo de sus alas; y no quisiste."

Mucho dolor causa al Señor el hecho de que los pecadores continúen en su maldad: "Vivo yo, dijo Él, que no quiero la muerte del impío." Que los que todavía no se hayan convertido tengan presente esta verdad. No solo causan pesar a sus padres, vecinos y amigos. Hay un Ser superior a todos estos a quien causan profundo dolor con su conducta: ese Ser es Cristo.

Nuestro Señor tiene voluntad de salvar a los pecadores. "No desea que ninguno perezca, sino que todos vengan al arrepentimiento." 2Pedro 3.9. "El quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad." 1 Tim 2.4. Este es un gran principio evangélico, aunque confunde a los teólogos superficiales y de espíritu menguado. Pero ¿qué dice la Escritura? Las palabras que tenemos delante de nosotros, así como el texto que acabamos de citar, son claras y terminantes. "Quise juntar tus hijos, dice Jesús, y no quisiste." La obstinación del desdichado infiel y no la voluntad de Cristo, es la causa de que aquel se pierda para siempre. Cristo quiere salvarlo; pero él no quiere ser salvo.

Atesoremos esta verdad en nuestro corazón para que produzca fruto a su tiempo. Estemos convencidos que si fuéramos arrojados al lugar del eterno tormento, la culpa es nuestra. No podemos atribuir nuestra desgracia a Dios Padre, ni a Jesucristo, el Redentor, ni al Espíritu Santo, el Consolador. Las promesas que el Evangelio contiene son amplias y universales en su aplicación. La buena voluntad que Cristo tiene de salvar a los pecadores ha sido expresada de una manera inequívoca. Sus palabras serán una acusación contra nosotros: "Y no queréis venir a mi para que tengáis vida."

Teniendo presente el pasaje transcrito al principio de este capítulo cuidemos de no pretender saber más de lo que enseña la Escritura, pues cosa peligrosa es "saber más de lo que está escrito." Nuestra salvación dimana exclusivamente de Dios. Solo los elegidos serán finalmente salvos. "Ninguno puede venir a Cristo si el Padre no lo trajere." Juan 6.44. pero nuestra perdición, si fuéramos condenados, depende solo de nosotros. Lo que nos acaezca será el resultado de nuestra propia elección. Ligada con estos dos principios hay una verdad que jamás debemos abandonar. Sin duda hay algo que también es en extremo misterioso. Nuestro entendimiento es demasiado limitado ahora para abarcarlo todo. Pero en la otra vida lo comprenderemos. Algún día veremos la soberanía de Dios y la responsabilidad del hombre en completa consonancia. Entre tanto, cualesquiera que sean nuestras dudas, no dudamos de la buena voluntad que de salvarnos tiene Cristo.

NOTAS. LUCAS 13.31-35

31. Sal y vete de aquí; porque Herodes te quiere matar. Estas palabras nos hacen inferir que nuestro Señor estaba en Galilea en aquel entonces, pues en otro lugar (Lucas 23.7) se nos dice expresamente que Galilea estaba bajo la jurisdicción de Herodes.

32. Hoy y mañana y trasmañana. Esta expresión es difícil de entender, y de ella se han dado tres interpretaciones. Algunos creen que nuestro Señor se refirió a tres días ordinarios. Otros creen que con la palabra "días" nuestro Señor quiso denotar "años," de cuerdo con la teoría que enseña que los días proféticos siempre denotan años. En el concepto de otros, esta expresión es indefinida y un modo proverbial de hablar para indicar un corto período. Lo que nuestro Señor dijo equivalió pues a lo siguiente: "Yo estaré con vosotros todavía algunos días, y durante este tiempo continuaré mi otra a despecho de las amenazas de Herodes; y al de esos días, y no antes, concluiré mi misión con la muerte." Nosotros creemos que esta última opinión es la mejor.

33. No es posible que un profeta muera fuera de Jerusalén. Parece bien clara que no debemos tomar estas palabras en sentido literal. Varios profetas, entre ellos Juan el Bautista, murieron fuera de Jerusalén. El sentido debe de ser como sigue: "Sería cosa no acostumbrada, sería una excepción a la regla, el que un profeta muriese fuera de Jerusalén. Yo he de morir en Jerusalén, más todavía estoy en Galilea."

34. ¡Jerusalén, Jerusalén! Este notable pasaje se encuentra en el Evangelio de S. Mateo (Mat. 23.37) expresado casi en las mismas palabras.

Quise. no quisiste. Pocos pasajes hay en la Biblia que de una manera más explícita declaren responsable al pecador por la pérdida de su alma. "Quise. no quisiste;" he aquí dos voluntades: la de Cristo para hacer bien, y la del hombre que rehúsa el bien ofrecido.

35. Os es dejada vuestra cada desierta. Estas palabras se refieren al templo.

No me veréis hasta, etc. Algunos opinan que nuestro Señor se refiere a la entrada triunfal que, montado en un asno, hizo en Jerusalén poco antes de la crucifixión. Otros piensan que alude a la próxima destrucción de Jerusalén, cuando, en vista del cumplimiento de todas sus predicciones, todos los judíos se verían obligados a confesar que Él era el Mesías. Otros creen que las palabras de nuestro Señor no se han cumplido todavía, y que se refieren al fin del mundo cuando los judíos verán a quien "traspasaron," y creerán en su segundo y glorioso9   advenimiento. La última interpretación es, sin duda, la mejor.

El Texto Bíblico esta siendo transcrito por:

Martha Iñiguez Moreno
de La Biblia Devocional de Estudio
Reina Valera Revisión 1960
de La Liga bíblica

Los Textos Paralelos y las Referencias están tomados de:

La Santa Biblia
Reina-Valera (1960)
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Los comentarios son tomados del libro:

Los Evangelios Explicados
Volumen Segundo, Lucas
J.C. C Ryle
Libros CLIE
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"Pero en cuanto a ti, enseña lo que está de acuerdo con la sana doctrina. Porque vendrá tiempo cuando no soportarán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oídos, acumularán para sí maestros conforme a sus propios deseos; y apartarán sus oídos de la verdad, y se volverán a mitos." (2 Timoteo 2:1; 4:3-4)

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