El Santo Evangelio según
San Lucas

Porque por gracia sois salvos

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Jesús sana al siervo de un centurión

Lucas 7.1-10

1  Después que hubo terminado todas sus palabras al pueblo que le oía,  entró en Capernaúm.

2  Y el siervo de un centurión,  a quien éste quería mucho,  estaba enfermo y a punto de morir.

3  Cuando el centurión oyó hablar de Jesús,  le envió unos ancianos de los judíos,  rogándole que viniese y sanase a su siervo.

4  Y ellos vinieron a Jesús y le rogaron con solicitud,  diciéndole: Es digno de que le concedas esto;

5  porque ama a nuestra nación,  y nos edificó una sinagoga.

6  Y Jesús fue con ellos.  Pero cuando ya no estaban lejos de la casa,  el centurión envió a él unos amigos,  diciéndole: Señor,  no te molestes,  pues no soy digno de que entres bajo mi techo;

7  por lo que ni aun me tuve por digno de venir a ti;  pero di la palabra,  y mi siervo será sano.

8  Porque también yo soy hombre puesto bajo autoridad,  y tengo soldados bajo mis órdenes;  y digo a éste:  Ve,  y va;  y al otro:  Ven,  y viene;  y a mi siervo:  Haz esto,  y lo hace.

9  Al oír esto,  Jesús se maravilló de él,  y volviéndose,  dijo a la gente que le seguía: Os digo que ni aun en Israel he hallado tanta fe.

10  Y al regresar a casa los que habían sido enviados,  hallaron sano al siervo que había estado enfermo.

Jesús sana al siervo de un centurión

Lucas 7.1-10 Mt. 8.5-13 5 Entrando Jesús, en Capernaúm, vino a él un centurión, rogándole, 6 y diciendo: Señor, mi criado está postrado en casa, paralítico, gravemente atormentado. 7 Y Jesús le dijo: Yo iré y le sanaré. 8 Respondió el centurión y dijo: Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente di la palabra, y mi criado sanará. 9 Porque también yo soy hombre bajo autoridad, y tengo bajo mis órdenes soldados, y digo a éste: ve, y va; y al otro: Ven, y viene, y a mi siervo: Haz esto, y lo hace. 10 Al oírlo Jesús, se maravillo, y dijo a los que le seguían: De cierto os digo, que ni aún en Israel he hallado tanta fe. 11 Y os digo que vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham e Isaac y Jacob en el reino de los cielos: 12 mas los hijos del reino serán echados a las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes.  13 Entonces Jesús dijo al centurión: Ve, y como creíste, te sea hecho. Y su criado fue sanado en aquella misma hora.

Comentarios de J. C. Ryle

Lucas 7.1-10

Estos versículos describen la cura milagrosa de un enfermo, centurión ú oficial del ejército Romano acude á nuestro Señor interesarlo en favor de su siervo, y obtiene lo que pide. Milagro de curación mayor que este no se registra en ninguna parte de Evangelios. Aun sin ver al paciente, que estaba moribundo, tocarlo con la mano, ni mirarlo, nuestro Señor le restituye la salud por medio de una sola palabra. Habla, y el enfermo es curado. Manda, y la enfermedad desaparece. No leemos de ningún profeta ó apóstol, que obrara milagros de esta manera. He aquí el dedo de Dios.

Debemos  de  notar en estos versículos la  bondad  del centurión. Este rasgo de su carácter se manifiesta de tres modos distintos. Le vemos en el tratamiento que da á su siervo: lo cuida tiernamente cuando está enfermo, y se esmera en que recobre la salud. Le vemos también en su cariño por el pueblo Judío. No lo desprecia como otros gentiles lo hacían generalmente, pues los ancianos dan este testimonio importante: "Él ama á nuestra nación." Le vemos finalmente en la generosidad con que patrocinó la sinagoga de Capernaúm: no manifestó su amor para con Israel de palabra solamente, sino también con hechos. Los mensajeros que envió á nuestro Señor apoyaron la petición diciendo: "El nos edificó una sinagoga."

Ahora bien, ¿en dónde aprendió el centurión á ser bondadoso? ¿Cómo podemos explicarnos porqué uno que era pagano de nacimiento y soldado de profesión manifestara tal carácter? Cualidades como estas no es probable que se adquiriesen entre los paganos ni que se formasen en la sociedad de un campamento romano. La filosofía Griega y la Latina no las recomendaban. Los tribunos, cónsules, prefectos, y emperadores no podían fomentarlas. Ocurre solamente una razón: el centurión era lo que era "por la gracia de Dios." El Espíritu había abierto los ojos de su entendimiento, y cambiándole el corazón. Su discernimiento de las cosas divinas era sin duda muy oscuro. Sus opiniones religiosas se fundaban probablemente en un conocimiento imperfecto de las Escrituras del Antiguo Testamento. Pero cualquiera que fuese la luz que hubiese recibido de lo alto, ella influyó en su vida, y uno de sus resultados fue la bondad descrita en este pasaje.

Sírvanos de ejemplo la conducta del centurión. Como él, demos muestras de benevolencia á todos aquellos con quienes nos tratemos. Empeñémonos en tener una mano dispuesta á socorrer, y un corazón inclinado á sentir, y una voluntad pronta á hacer bien á todo el mundo. Estemos dispuestos á llorar con los que lloran, y á alegrarnos con los que están alegres. Este es un medio de hacer simpática nuestra religión, y de enaltecerla ante los ojos de los hombres. La bondad es una virtud que todos pueden alcanzar; y por la cual nos hacemos semejantes á nuestro bendito Salvador. Si hay algún rasgo de su carácter más notable que otro, es su bondad no interrumpida y su amor. El bondadoso será feliz y prospero aun en esta vida. La persona benéfica rara vez estará sin amigos.

Debemos observar también en este pasaje la humildad del centurión.   Manifiéstese en el mensaje verbal que envió á nuestro Señor cuando este estaba cerca de su casa: "No soy digno de que entres debajo de mi techo; por lo cual ni aun me tuve por digno de venir a ti." Tales expresiones forman un contraste sorprendente con el lenguaje que usaron, los ancianos de los judíos. "Digno es," dijeron, "de concederle esto."    "No soy digno," dice el buen centurión, " de que entres debajo de mi techo."

Humildad como esta es una de las pruebas más fuertes de que el Espíritu de Dios mora en el corazón. De ella no sabemos nada por naturaleza, porque todos nacemos soberbios. Convencernos de pecado, exponer nuestra propia vileza y corrupción, colocarnos en lugar que nos corresponde, hacernos sumisos y abatidos-he aquí algunas de las principales obras que el Espíritu Santo realiza el corazón del hombre. Pocas expresiones de nuestro Señor son más rechazadas como las que terminan la parábola del Fariseo y el publicano: "Cualquiera que se ensalza será humillado, y oí que se humilla será ensalzado." Lucas 18:14. Poseer grandes idas y hacer grandes obras por Dios, no es dado á todos los oyentes. Pero todos los creyentes deben procurar ser humildes. Debemos notar además la fe del centurión.  De ella tenemos una, prueba en la súplica que hizo á nuestro Señor: "Di tan solo palabra, y mi criado será sano." El cree superfluo que nuestro Señor vaya al lugar en que su criado yace moribundo. Considera al Señor ejerciendo sobre las enfermedades una autoridad tan completa como la que él tenia sobre sus soldados, ó como la del aperador Romano sobre él; confía en que una palabra de Jesús, bastante para expeler la enfermedad; no quiere ver señal ó milagro alguno; y expresa su convicción de que Jesús es Señor y Rey Todopoderoso, y de que las enfermedades, cual siervos obedientes á órdenes, desaparecerán prontamente.

Fe como esta era, á la verdad, muy rara cuando el Señor Jesús estaba en la tierra.    "Muéstranos una señal del cielo," fue lo que exigieron los despreciativos Fariseos. Ver alguna cosa maravillosa fue el gran deseo del gentío que agolpado seguía á nuestro Señor. No hay que extrañar, pues estas palabras notables, "Jesús se maravilló de él," y que dijera á las gentes, "Os digo, que ni aun en Israel he hallado tanta fe." Ningunos debieran haber tenido una el vuelo á sus altos pensamientos con algunas palabras oportunas "Muchos que son primeros serán últimos, y los últimos primeros."

¡Que verdad no encierran estas palabras aun aplicadas á los doce apóstoles! Entre los que oían á nuestro Señor se encontraba un hombre que por algún tiempo pareció ser uno de los más preeminentes de los doce. Tenía á su cuidado el tesoro y guardaba lo que en él se ponía; y, sin embargo, ese hombre cayó y tuvo un fin desastroso. Se llamaba Judas Iscariote. Por el contrario, entre los oyentes de nuestro Señor no se encontraba aquel día uno que en época posterior hizo más por Cristo que todos los doce. Cuando nuestro Señor hablaba así era aún un joven fariseo, que se educaba á los pies de Gamaliel, y que por nada sentía tanto celo como por la ley. Y, sin embargo, ese joven al fin fue convertido á la fe do Cristo, no se quedó atrás de los principales de los apóstoles, y trabajó más que todos. Su nombre era Saulo. Con razón dijo nuestro Señor, "los primeros serán últimos, y los último s primeros."

¡Que verdaderas son esas palabras, cuando las aplicamos á la historia de las iglesias cristianas! Hubo un tiempo que el Asia Menor, la Grecia, y el África Septentrional estaban llenas de cristianos, mientras que la Inglaterra y la América eran países paganos. Mil y seiscientos años han producido un gran cambio. Las iglesias de África y de Asia se han hundido en una ruina completa, al mismo tiempo que las iglesias de Inglaterra y de América están trabajando en extender por el mundo el Evangelio. Con razón pudo decir nuestro Señor que "los primeros serán los últimos, y los últimos primeros."

¡Cuan verdaderas parecen estas palabras á los creyentes, cuando registran sus pasadas vidas y recuerdan todo lo que han visto desde el día de su conversión! Cuantos empezaron á servir á Cristo en la misma época que ellos y al parecer marcharon bien por algún tiempo. ¿Pero en donde se encuentran ahora? El mundo ha cautivado á uno; falsas doctrinas han extraviado á otro; un matrimonio malo ha echado á perder á un tercero; y pocos son los creyentes que no puedan recordar muchos casos parecidos. Pocos son los que al fin no descubren que "los últimos son a menudo los primeros, y los primeros últimos."

Aprendamos á pedir en nuestras oraciones humildad al leer llaman buenas colocaciones son con frecuencia las que arruinan por toda la eternidad á los que las obtienen.

NOTAS.    LUCAS 7:1-10.

1. En Capernaúm. Recuérdese que un milagro notable de curación se había ya tenido lugar en Capernaúm: la cura del hijo de un ministro del rey, referida al fin del capítulo cuarto de S. Juan. Esta cura fue diferente de la que aquí se describe. El centurión probablemente había oído hablar de ella. Nótese que en pocos lugares presenciaron más milagros de nuestro Señor que Capernaúm. esta circunstancia explica la expresión de nuestro Señor: "Tu, Capernaúm, que eres levantada hasta el cielo." Mat. 11: 23.

2. Un criado de cierto centurión. Séanos permitido apuntar en este lugar una lo dos cosas que merecen notarse en la relación del milagro arriba citado. El centurión de que se hace mención fue evidentemente gentil de nacimiento. Esto lo muestra la expresión de nuestro Señor, "Ni aun en Israel he hallado tanta fe."

Tal fe y amor en un soldado romano eran verdaderamente sorprendentes. "Un soldado romano," dice Bunyan, " fue el primer fruto del mundo gentil"

La conducta del centurión para con su siervo es digna de notarse. Si tenemos presente la posición de los siervos en las casas de los gentiles, el cuidado y la bondad del centurión para con su siervo son una prueba evidente de la gracia que aquel poseía.

6. Envió el centurión amigos á él. En el pasaje de S. Mateo que corresponde a este y al principio de la narración se dice que el centurión acudió á nuestro Señor en persona, y no por medio de mensajeros ó amigos. Esta discordancia entre las dos narraciones, ha inducido á algunos á pensar que S. Mateo y S. Lucas describen dos milagros distintos. Flacio Ilírico arguye ingeniosamente en favor de esta opinión. Más, según parece, hay poco fundamento para ella. La narración; que del milagro hace Mateo es sin duda más sucinta y breve que la que hace Lucas, y puede quizás referirse al centurión como haciendo por sí mismo algunas cosas que una narrativa mas extensa y completa explica las hacia por medio de otros. "Esto," dice Flacio, " es un cambio de personas, de que todas las narraciones históricas, y el lenguaje de la vida común están llenos." Es sumamente probable, sin embargo que las narrativas de ambos Evangelios son literalmente exactas, y no necesitan la explicación que acaba de darse. Es bien seguro que el centurión envió primero mensajeros á nuestro Señor, y después fue en persona á hablarle. S. Mateo refiere la última de estas entrevistas y S. Lucas la primera. Bajo este punto de vista las dos relaciones son verdaderas, y no se contradicen entre si.

Es bueno notar que muchas discrepancias aparentes entre las narraciones quo se encuentran en los Evangelios, pueden explicarse de este modo. En obsequio de la justicia debemos recordar, que dos personas pueden describir un mismo acontecimiento de la vida ordinaria y ambas decir la verdad, y sin embargo, dar dos relaciones algún tanto diferentes. Y la razón de esto es simplemente la que sigue: una de ellas se detiene á dar unos detalles y otra otros. Cada una relata ciertos puntos más extensamente que la otra; y no obstante ambas dicen la verdad. Las relaciones ligeramente discordantes que dos historiadores fieles hacen de los mismos acontecimientos, y las declaraciones ligeramente discordantes que dos testigos fidedignos dan con frecuencia ante un tribunal de justicia sobre los mismos hechos, son claros ejemplos de lo que venimos diciendo. En resumen, un acuerdo completo en la exposición de dos testigos que declaran separadamente es algunas veces sospechoso de suyo, pues da margen para temer que haya habido previo convenio ó confabulación entre las partes declarantes.

7. Di tan solo una palabra. El comentador Portugués Barradlo hace algunas observaciones notables sobre esta expresión del, centurión. Dice: "Este es un atributo peculiar de Dios, poder hacer todas las cosas con una palabra ó mandato. 'El mandó, y fueron creadas.' Salmo 148:5. Leed el libro del Génesis; y veréis como el mundo fue creado por la palabra de Dios: ' Dijo Dios: Sea la luz, y la luz fue.' Dijo Dios: 'Sea hecho el firmamento,' y fue hecho el firmamento."

9. Se maravilló de él Dos son las ocasiones en que se refiere que nuestro Señor Jesucristo "se maravilló." La presente y otra vez en Marcos 6:6. Es digno de notarse que en un caso se dice que se maravilló de la fe, y en el otro de la incredulidad. El Obispo Hall observa: "¿Qué puede ser más maravilloso que ver á Cristo maravillarse?"

Texto Bíblico
Textos Paralelos
Referencias

Jesús resucita al hijo de la viuda de Nain

Lucas 7.11-17

11  Aconteció después,  que él iba a la ciudad que se llama Naín,  e iban con él muchos de sus discípulos,  y una gran multitud.

12  Cuando llegó cerca de la puerta de la ciudad,  he aquí que llevaban a enterrar a un difunto,  hijo único de su madre,  la cual era viuda;  y había con ella mucha gente de la ciudad.

13  Y cuando el Señor la vio,  se compadeció de ella,  y le dijo: No llores.

14  Y acercándose,  tocó el féretro;  y los que lo llevaban se detuvieron.  Y dijo: Joven,  a ti te digo,  levántate.

15  Entonces se incorporó el que había muerto,  y comenzó a hablar.  Y lo dio a su madre.

16  Y todos tuvieron miedo,  y glorificaban a Dios,  diciendo: Un gran profeta se ha levantado entre nosotros;  y: Dios ha visitado a su pueblo.

17  Y se extendió la fama de él por toda Judea,  y por toda la región de alrededor.

   

Comentarios de J. C. Ryle

Lucas 7.11-17

EL pasmoso acontecimiento descrito en estos versículos, se encuentra referido solamente en el Evangelio de S. Lucas. Es uno de los tres grandes milagros en que nuestro Señor restituye la vida á los muertos, y, como la resurrección de Lázaro, y la de la hija del jefe de la congregación, se considera con razón como uno de los más grandes milagros que hizo sobre la tierra. En todos tres se nos deja ver el poder divino.- En cada uno vemos una prueba consoladora de que el Príncipe de la Paz, es más fuerte que "el rey de los terrores," y que aunque la muerte, el postrer enemigo, es poderosa, no es tan poderosa como el Protector del pecador.

En estos versículos percibimos que pesares ha traído el pecado al mundo. Se nos refiere un entierro en Nain. Todos los entierros son espectáculos tristes, pero es difícil imaginar uno más triste que este. Era el entierro de un joven, y de un joven hijo único de una viuda. No hay un detalle en toda la narración que no revele infortunio. Y todo este infortunio, preciso es tener presente, fue traído al mundo por el pecado. Dios no lo creó al principio cuando hizo todas las cosas "muy buenas." El pecado es la causa de todo mal. "El pecado entró en el mundo," cuando Adán cayó, "y por el pecado, la muerte."Rom. 5:12.

No olvidemos jamás esta gran verdad. El mundo á nuestro derredor está lleno de pesares. Enfermedades, y dolores, y flaquezas, y pobreza, y trabajos, é incomodidades, abundan por todas partes. Desde un extremo al otro del mundo, las historias de familia están llenas de lágrimas, duelo y dolor. ¿Y de dónde proviene todo esto? El pecado es la fuente de donde mana. No habría habido lágrimas, ni ansiedades, ni enfermedades, ni muertes, ni funerales en la tierra, si no hubiera habido pecado. Debemos sufrir con paciencia este estado de cosas. No podemos alterarlo. Demos gracias á Dios porque en el Evangelio se ofrece el remedio, y porque esta vida no es el fin de nuestra existencia. Pero entre tanto, atribuyamos el mal á su verdadero origen: al pecado.

¡Cuánto no deberíamos aborrecer el pecado! En vez de amarlo, de apegarnos á el, de acariciarlo, y de disimular su fealdad, debemos aborrecerlo con aversión implacable. El pecado es el azote y plaga de este mundo. No hagamos paz con él Hagámosle guerra sin tregua. Es "la cosa abominable que Dios aborrece." Feliz aquel que ama á Dios, y puede decir: "Aborrezco lo malo." Rom. 12:9.

Estos versículos nos enseñan así mismo cuan compasivo es el corazón de nuestro Señor Jesucristo. Su conducta en el entierro de Nain nos lo da á conocer. Encuentra el cortejo fúnebre que seguía al joven al sepulcro, y se mueve á compasión al verlo. No espera que se acuda á El por auxilio. Según parece, el auxilio que dio no fue ni pedido ni esperado. Vio á la madre llorosa, y conoció bien cuales debían ser sus sentimientos, porque El también había nacido de mujer. Al momento se dirige á ella, con palabras á la vez sorprendentes y conmovedoras, y le dice: " No llores." Unos pocos segundos más y el significado de estas palabras se revela. El hijo fue restituido con vida á su madre viuda. Su oscuridad se tornó en luz, y el pesar en gozo.

Nuestro Señor Jesucristo nunca varía: es el mismo ayer, hoy, y siempre. Su corazón es aún tan tierno como cuando estaba en la tierra. Su compasión hacia los que sufren es todavía tan fuerte como entonces. Tengamos esto presente, y sírvanos de consuelo. No hay amigo que pueda compararse á Cristo. En todos nuestros días de tristeza, que deben necesariamente ser muchos, acudamos primeramente á Jesús, el Hijo de Dios, por consuelo. El nunca nos abandonará, nunca nos dejará burlados, nunca rehusará tomar interés en nuestros pesares. Aún vive Aquel que hizo rebosar de gozo el corazón de la viuda de Nain. Vive aún para recibir á todos los cargados y agobiados que vengan á El con fe. Vive aún para consolar á los de corazón quebrantado, y ser un Amigo más afectuoso que un hermano. Y vive para hacer algún día cosas mayores que estas: vive para aparecerse otra vez á los creyentes, para enjugar todas sus lágrimas, y que no lloren más.

En estos versículos vemos, finalmente, el omnipotente poder de nuestro Señor Jesucristo. De esto no podemos pedir prueba más patente que el milagro ya citado. Con unas pocas palabras vuelve á la vida á un hombre. Habla á un cadáver helado, y al momento este se torna en persona viviente. En un instante, en un abrir y cerrar de ojos, el corazón, los pulmones, el cerebro, los sentidos, resumen sus operaciones y desempeñan sus funciones. "Mancebo," exclamó, " á ti digo, levántate."Esta voz fue una voz poderosa. Al instante se incorporó el muerto, y empezó á hablar.

Este gran milagro confirma la certeza de un hecho solemne: la resurrección universal. El mismo Jesús que resucitó entonces á un muerto, resucitará á todo el género humano en el último día. "Vendrá la hora, cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz, y los que hicieron bien saldrán, á resurrección de vida; y los que hicieron mal á resurrección de condenación." Juan 5:28, 29. Cuando suene la trompeta y Cristo mande, no habrá lugar á negativa ó fuga. Todos tienen que comparecer ante su tribunal en sus propios cuerpos. Todos serán juzgados según sus obras.

Vemos, además, en este gran milagro un emblema viviente del poder de Cristo para dar vida á los muertos en el pecado. En Él se encuentra la vida: él da vida á los que quiere. Juan 5:21. El puede tornar á nueva vida almas ya muertas en vanidad mundana y en pecado. El puede decir á corazones que ya parecen corrompidos y sin vida: " Levantaos al arrepentimiento y vivid en el servicio de Dios." No desesperemos nunca del bien de alma alguna. Oremos por nuestros hijos, y no nos desalentemos. Por mucho tiempo puede parecer que los jóvenes de ambos sexos están siguiendo el camino que conduce á la perdición. Más continuemos orando. Quién puede decir que Aquel que encontró el entierro á las puertas de Nain, no pueda aún venir hacia nuestros hijos no convertidos y decir con autoridad omnipotente, " A ti te digo, levántate." Para Cristo nada es imposible.

Antes de terminar este pasaje meditemos con solemnidad en lo que está anunciado para el último día. Se nos refiere que todos fueron sobrecogidos de temor cuando fue resucitado el mancebo. ¿Cuales serán pues las emociones del género humano cuando todos los muertos se levanten simultáneamente? El que no se haya convertido puede temer con razón la llegada de ese día, pues no está preparado para encontrar á Dios. Más el verdadero cristiano nada tiene que temer; puede descender al sepulcro con calma y tranquilidad. Por la fe en Cristo ha sido justificado y santificado, y cuando resucite contemplará á Dios sin temor.

NOTAS.   LUCAS 7:11-17.

11. La ciudad que se llama Nain. Este lugar no se menciona en ninguna otra parte de la Biblia. Era un pequeño lugar situado en el declive septentrional del Monte Hermon el menor, y sus ruinas con ese nombre existen hasta hoy día. Mr. Burgon dice, que un cementerio antiguo puede verse en nuestros días en la parte más baja del collado, no lejos de las ruinas.

12. Sacaban un difunto.  Nótese que el cementerio quedaba fuera de la ciudad. Y había con ella mucha gente. Esta expresión no debe pasarse por alto; pues manifiesta la publicidad del referido milagro que hecho delante, de muchos testigos.

14. Las andas. La práctica de enterrar en ataúdes era, según parece, desconocida entre los judíos, En el caso de que nos ocupamos, el cuerpo del mancebo estaba puesto probablemente sobre una especie de lecho. Bonar en los "Viajes por Palestina" describe un entierro que presenció, y dice que las andas eran como una "cuna larga."

A ti te digo, levántate. Debemos notar la vasta diferencia entre la manera como nuestro Señor obraba milagros y la manera como los hacían sus profetas y apóstoles. Hay una autoridad y un poder divino en los milagros que se refieren en los Evangelios, que no vemos en la relación de los otros milagros que registra la Biblia. Euthymius observa: "En otro tiempo el profeta Elías resucitó, es verdad, al hijo de la viuda de Sarepta, pero humillándose delante de Dios, y suplicándole. 1 Reyes 17:20, 21. Así también el profeta Elíseo resucitó al hijo de la Sunamita, más solo después de haberse tendido sobre su cuerpo. 2 Reyes 4: 34, 35. Pero Jesús tan solo con tocar y mandar resucitaba al punto á los muertos."

15. Empezó á hablar. Este hecho se menciona de cierto con el objeto de no dejar duda, que el mancebo fue realmente restituido á la vida. Donde hay habla, tiene que haber vida.

Obsérvese, que no se nos refiere cosa alguna de lo qué dijeran ó pensaran loa que fueron levantados milagrosamente de entre los muertos. Lo que experimentaron ó vieron se nos oculta sabiamente.

Dios ha visitado á su pueblo. Esta expresión debe compararse con las de Lucas 1:68, y Lucas 1:78, y con muchos lugares en el Antiguo Testamento-tales como Rut 1:6, 1 Sam. 2:21, Job 35:15, Jerem.6:6. Parece significar alguna notable interposición divina, ya por vía de misericordia ó de juicio, y no significa necesariamente, en este pasaje, una visita personal. Que "Dios se manifestó en la carne," cuando por nosotros Cristo se hizo hombre, es una verdad innegable de la Escritura. Más no puede probarse que se enseñe en este texto.

Texto Bíblico
Textos Paralelos
Referencias

Los mensajeros de Juan el Bautista

Lucas 7.18-35

18  Los discípulos de Juan le dieron las nuevas de todas estas cosas.  Y llamó Juan a dos de sus discípulos,

19  y los envió a Jesús,  para preguntarle: ¿Eres tú el que había de venir,  o esperaremos a otro?

20  Cuando,  pues,  los hombres vinieron a él,  dijeron: Juan el Bautista nos ha enviado a ti,  para preguntarte: ¿Eres tú el que había de venir,  o esperaremos a otro?

21  En esa misma hora sanó a muchos de enfermedades y plagas,  y de espíritus malos,  y a muchos ciegos les dio la vista.

22  Y respondiendo Jesús,  les dijo:  Id,  haced saber a Juan lo que habéis visto y oído:  los ciegos ven,  los cojos andan,  los leprosos son limpiados,  los sordos oyen, (Is. 35.5-6) los muertos son resucitados,  y a los pobres es anunciado el evangelio; (Is. 61.1)

23  y bienaventurado es aquel que no halle tropiezo en mí.

24  Cuando se fueron los mensajeros de Juan,  comenzó a decir de Juan a la gente: ¿Qué salisteis a ver al desierto?  ¿Una caña sacudida por el viento?

25  Más  ¿qué salisteis a ver?  ¿A un hombre cubierto de vestiduras delicadas?  He aquí,  los que tienen vestidura preciosa y viven en deleites,  en los palacios de los reyes están.

26  Más  ¿qué salisteis a ver?  ¿A un profeta?  Sí,  os digo,  y más que profeta.

27  Este es de quien está escrito: He aquí,  envío mi mensajero delante de tu faz,  El cual preparará tu camino delante de ti. (Mal. 3.1)

28  Os digo que entre los nacidos de mujeres,  no hay mayor profeta que Juan el Bautista;  pero el más pequeño en el reino de Dios es mayor que él.

29  Y todo el pueblo y los publicanos,  cuando lo oyeron,  justificaron a Dios,  bautizándose con el bautismo de Juan.

30  Mas los fariseos y los intérpretes de la ley desecharon los designios de Dios respecto de sí mismos,  no siendo bautizados por Juan. (Lc. 3.12)

31  Y dijo el Señor: ¿A qué,  pues,  compararé los hombres de esta generación,  y a qué son semejantes?

32  Semejantes son a los muchachos sentados en la plaza,  que dan voces unos a otros y dicen: Os tocamos flauta,  y no bailasteis;  os endechamos,  y no llorasteis.

33  Porque vino Juan el Bautista,  que ni comía pan ni bebía vino,  y decís: Demonio tiene.

34  Vino el Hijo del Hombre,  que come y bebe,  y decís: Este es un hombre comilón y bebedor de vino,  amigo de publicanos y de pecadores.

35  Mas la sabiduría es justificada por todos sus hijos.

Los mensajeros de Juan el Bautista

Lucas 7.18-35 Mt.11.2-19 2  Y al oír Juan,  en la cárcel,  los hechos de Cristo,  le envió dos de sus discípulos, 3  para preguntarle: ¿Eres tú aquel que había de venir,  o esperaremos a otro? 4  Respondiendo Jesús,  les dijo: Id,  y haced saber a Juan las cosas que oís y veis. 5  Los ciegos ven,  los cojos andan, los leprosos son limpiados,  los sordos oyen,  los muertos son resucitados,  y a los pobres es anunciado el evangelio;  6  y bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí. 7  Mientras ellos se iban,  comenzó Jesús a decir de Juan a la gente: ¿Qué salisteis a ver al desierto?  ¿Una caña sacudida por el viento? 8   ¿O qué salisteis a ver?  ¿A un hombre cubierto de vestiduras delicadas?  He aquí,  los que llevan vestiduras delicadas,  en las casas de los reyes están. 9  Pero  ¿qué salisteis a ver?  ¿A un profeta?  Sí,  os digo,  y más que profeta. 10  Porque éste es de quien está escrito: 

 He aquí,  yo envío mi mensajero delante de tu faz,   El cual preparará tu camino delante de ti. 11  De cierto os digo: Entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista;  pero el más pequeño en el reino de los cielos,  mayor es que él. 12  Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora,  el reino de los cielos sufre violencia,  y los violentos lo arrebatan. 13  Porque todos los profetas y la ley profetizaron hasta Juan 14  Y si queréis recibirlo,  él es aquel Elías que había de venir. 15  El que tiene oídos para oír,  oiga. 16  Mas  ¿a qué compararé esta generación?  Es semejante a los muchachos que se sientan en las plazas,  y dan voces a sus compañeros, 17  diciendo: Os tocamos flauta,  y no bailasteis;  os endechamos,  y no lamentasteis. 18  Porque vino Juan,  que ni comía ni bebía,  y dicen: Demonio tiene. 19  Vino el Hijo del Hombre,  que come y bebe,  y dicen: He aquí un hombre comilón,  y bebedor de vino,  amigo de publicanos y de pecadores. Pero la sabiduría es justificada por sus hijos.

Lucas 7.22 Is. 35.5-6 5  Entonces los ojos de los ciegos serán abiertos,  y los oídos de los sordos se abrirán. 6  Entonces el cojo saltará como un ciervo,  y cantará la lengua del mudo;  porque aguas serán cavadas en el desierto,  y torrentes en la soledad.

Lucas 7.22 Is. 61.1 El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí,  porque me ungió Jehová;  me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos,  a vendar a los quebrantados de corazón,  a publicar libertad a los cautivos,  y a los presos apertura de la cárcel;

Lucas 7.27 Mal. 3.1 He aquí,  yo envío mi mensajero,  el cual preparará el camino delante de mí;  y vendrá súbitamente a su templo el Señor a quien vosotros buscáis,  y el ángel del pacto,  a quien deseáis vosotros.  He aquí viene,  ha dicho Jehová de los ejércitos.

Lucas 7.29-30 Lc. 3.12 Vinieron también unos publicanos para ser bautizados,  y le dijeron: Maestro,  ¿qué haremos?

Comentarios de J. C. Ryle

Lucas 7.18-23.

El mensaje que Juan el Bautista envió á nuestro Señor y que se refiere en estos versículos es señaladamente instructivo, si consideramos las circunstancias en que fue enviado. Juan el Bautista en esa época estaba preso en poder de Herodes. "Oyó en la prisión los hechos de Cristo." Mat. 11:2. Su vida iba acercándose á su fin. Su oportunidad para prestar servicios había pasado. Una larga prisión, ó una muerte violenta, era lo único que podía esperar. Sin embargo, aun en estos días de sufrimiento, vemos á este hombre santo manteniéndose en su puesto como testigo en favor de Cristo. Es el mismo que había exclamado: "He aquí el Cordero de Dios." Dar testimonio de Cristo era su continua tarea cuando predicaba libremente. Enviar mensajeros á Cristo fue una de sus últimas obras cuando se hallaba prisionero en cadenas.

Debemos observar en estos versículos la sabia previsión que Juan mostró por sus discípulos antes de dejar el mundo. Se nos refiere que envió á dos de ellos á Jesús con un mensaje en que le preguntaba: ' ¿Eres tú aquel que había de venir, ó esperaremos á otro?"  Pensó sin duda que ellos recibirían una respuesta que dejaría una impresión indeleble en sus mentes. Y pensó bien; porque se les replicó, con los hechos, lo mismo que de palabra; todo lo cual produjo probablemente efecto más profundo que cualesquiera argumentos que hubieran podido oír de los labios de su maestro.

Podemos fácilmente imaginar que Juan el Bautista debió haber sentido mucha ansiedad por el porvenir de sus discípulos. Conocía su ignorancia y debilidad en la fe; sabia cuan natural era que mirasen á los discípulos de Jesús con envidia; sabia cuan probable era que se despertase entre ellos el despreciable espíritu de partido, é hiciera que se mantuviesen alejados de Cristo, después que su maestro hubiera muerto. Contra estas desgracias desea prepararlos mientras vive, y envía dos de ellos á Jesús para que vean por sí mismos qué clase de maestro es, no sea que lo rechacen sin verlo ni oírlo. Cuida de ponerlos en vía de adquirir la mejor; evidencia de que nuestro Señor es verdaderamente el Mesías. Semejante á su divino Maestro habiendo amado á sus discípulos, los ama hasta el fin. Y ahora, conociendo que va á separarse pronto de ellos, hace por dejarlos bien recomendados y procura que hagan Conocimiento con Cristo.

¡Qué lección tan instructiva es esta para los ministros y padres de familia-para todos los que tienen que cuidar de las almas de otros! Debemos esforzarnos, como Juan el Bautista, en proveer de antemano á la felicidad espiritual de los que dejemos detrás á nuestra muerte. Debemos con frecuencia hacerles presente que no podemos estar siempre con ellos. Debemos instarles á menudo que se guarden del camino espacioso cuando seamos separados de ellos, y queden solos en el mundo. Debemos no ahorrar esfuerzos para que todos los que por cualquier motivo esperen en nuestra protección se alleguen y conozcan á Cristo. ¡Felices aquellos ministros y padres de familia cuyas conciencias no los acusen en su lecho de muerte, por no haber dicho á sus oyentes é hijos que vayan á Jesús y lo sigan!

En segundo lugar debemos observar en estos versículos la respuesta singular que los discípulos de Juan recibieron de nuestro Señor. Se nos dice que "en la misma hora sanó Él á muchos de enfermedades y de plagas." Y después respondió Jesús, y les dijo: "Id y dad las nuevas á Juan de lo que habéis visto y oído." No afirma de una manera explícita que El es el Mesías prometido; más sencillamente presente los hechos á los mensajeros para que los trasmitan á su maestro, y los despide. El sabía bien qué uso Juan el Bautista haría de estos hechos. Él sabía que diría á sus discípulos: " Ved en el que ha hecho estos milagros á un profeta más grande que Moisés. Este es aquel á quien debéis oír y seguir, cuando yo muera. Este es verdaderamente el Cristo."

La respuesta que nuestro Señor dio á los discípulos de Juan contiene una gran lección de utilidad práctica que haremos bien en recordar. Nos enseña que el modo más eficaz de determinar el grado de mérito de las iglesias y de los ministros, es examinar las obras que hacen por amor de Dios, y los frutos que producen. ¿Queremos saber si una iglesia es pura y merecedora de confianza? ¿Queremos saber si un ministro tiene verdadera vocación, y es ortodoxo en la fe? Apliquemos aquella antigua escuadra que se llama la Escritura: "Por sus frutos los conoceréis." Como Cristo fue conocido por sus obras y por su doctrina, así mismo deben serlo las iglesias fieles, y los fieles ministros de Cristo. Cuando los que atan muertos en pecado no son resucitados, y los ciegos no reciben la vista, y á los pobres no se les anuncia el Evangelio, habrá, por lo general, razón para sospechar la falta de la presencia de Allí, donde Él esté, será visto y oído. Donde Él esté, habrá no solamente profesión, ritos, ceremonias, y otras demostraciones religiosas de esa clase, sino también progreso real y visible en el corazón y en la vida del creyente.

Últimamente, debemos observar en estos versículos la solemne admonición que nuestro Señor hizo á los discípulos de Juan. El conocía el peligro en que se hallaban. Sabia que á causa de su exterior humilde estaban inclinados á dudar que El fuese el Mesías. No descubrían indicios algunos de que fuera rey: nada de riquezas, nada de aparato real, nada de guardias, nada de cortesanos, nada de coronas. Veían solamente á un hombre, que al parecer era tan pobre como cualquiera de ellos, acompañado de unos pocos pescadores y publícanos. Su orgullo rechazaba con indignación la idea de que semejante persona fuese el Cristo. "¡Es increíble!" "¡Debe de haber alguna equivocación!" Pensamientos como estos, con toda probabilidad, cruzaban su mente. Nuestro Señor leyó sus corazones, y los despidió con una advertencia significativa. "Bienaventurado es," les dijo, "el que no fuere escandalizado en mí."

Esta admonición es tan necesaria ahora como lo fue entonces. Mientras que dure el mundo, Cristo y Su Evangelio serán "piedra de escándalo " para muchos. Oír que nosotros todos estamos perdidos y somos culpables pecadores, y que no podemos salvarnos sin el auxilio divino; oír que no debemos cifrar esperanzas en nuestra propia rectitud sino más bien confiar en Aquel que fue crucificado entre los ladrones; oír que tenemos que contentarnos con entrar en el cielo al lado de los publícanos y de las rameras; y oír, en fin, que nuestra salvación es toda de gracia y gratuita- esto, decimos, repugna siempre al hombre carnal. No puede agradar á nuestros corazones orgullosos. Tiene que disgustarnos.

Que se grabe profundamente en nuestras memorias la admonición contenida en estos versículos. Estemos alerta para no tropezar. Guardémonos de "ser escandalizados" por las humildes doctrinas del Evangelio, ó por la vida santa que prescribe á los que lo reciben. El orgullo secreto es uno de los peores enemigos del hombre; ha sido y será cansa de la ruina de millares de almas. Millares habrá en el último día á quienes se ha ofrecido la salvación, pero que la han rehusado por no haberles gustado las condiciones. No quisieron condescender á "entrar por la puerta angosta."

No quisieron venir humildemente como pecadores al trono de la gracia. En una palabra "se escandalizaron." Y entonces revelará el profundo sentido de las palabras de nuestro Señor: "Y bienaventurado es el que no fuere escandalizado en mí."

NOTAS.    LUCAS 7:18-23.

19. Y llamó Juan unos dos de sus discípulos y les envió á Jesús. Los diversos comentadores explican de muy distintas maneras las razones que asistieron á Juan el Bautista para enviar este mensaje á nuestro Señor.

Algunos piensan que Juan envió este mensaje cuando su fe estaba flaqueando, y que como otros santos de la Biblia, tenia sus momentos de debilidad; que su prisión, juntamente con el hecho de que nuestro Señor nada hacia para libertarle, había hecho que comenzara á dudar de que Jesús fuera el Mesías. Otros piensan que Juan envió este mensaje no por incredulidad, sino animado del deseo de adquirir informes. Se consideraba en manos de la muerte, y al borde de la sepultura. Deseaba saber si había de anunciar en el otro mundo que el Mesías había venido después de él. Esta interpretación parece tan absurda que no necesita refutación.

La interpretación más verosímil es la que queda expresada en la exposición del pasaje. Juan envió el mensaje no á causa de él, sino á causa de sus discípulos. No por que su fe estuviera flaqueando, sino porque deseaba que aquellos de quienes se iba á separar, creyeran que Jesús era el Mesías. Un argumento en favor de esta opinión es la grande improbabilidad que uno tan bien instruido por Dios como lo era Juan, y que había dado un testimonio tan explícito, olvidara su primera fe y dudara si Jesús era el Cristo. Otro argumento, mucho más fuerte que el primero, es el lenguaje de encomio que usa nuestro Señor tocante á Juan el Bautista, cuando sus mensajeros hubieron partido.

21. Enfermedades, plagas, espíritus malos. Nótese que los espíritus malos están mencionados aquí como aflicción diferente de todo padecimiento corpóreo. El Obispo Pearce nota: "Podemos inferir que los espíritus malos son considerados por S. Lucas, (que habla de las dolencias con más exactitud que los otros evangelistas,) como enfermedades diferentes de cualquiera de los desórdenes del cuerpo incluidos en las dos primeras palabras."

22. Los muertos resucitan. Se ha hecho á menudo la pregunta: ¿Á quienes se refiere nuestro Señor, al decir esto? Hasta este lugar solo sabemos de una persona á quien Cristo hubiera vuelto la vida. Esta persona fue el hijo de la viuda de Nain.

Á esto puede responderse sencillamente del modo siguiente. Es mera suposición, decir que ninguna persona muerta fue resucitada, además de las mencionadas expresamente, durante el período de la misión de nuestro Señor. Es fuera de toda razón suponer que todos los milagros de nuestro Señor estén registrados en los Evangelios.

A los pobres es anunciado el Evangelio. Que esta era una señal de la llegada d« los días del Mesías lo hacen evidente las palabras de Isaías: "Entonces los pobres entre los hombres se gozarán en el Santo de Israel." Isa. 29:19. El menospreciar al pobre, como ignorante y bajo, parece haber sido muy común en loa tiempos del Evangelio. Juan 7:49; 9:34, y Santiago 2:24. Afecto y tierno interés en lo concerniente á las almas de los pobres, como que han de vivir tanto como las de los ricos, es uno de los distintivos de las enseñanzas de nuestro Señor, y de sus apóstoles. Siempre es mal signo del estado de una iglesia, cuando las necesidades espirituales de las clases inferiores se descuidan, y el camino del cielo se hace más fácil al rico que al pobre.

 

Comentarios de J. C. Ryle

Lucas 7.24-30

El primer punto que llama nuestra atención en este pasaje es él solícito cuidado que Jesús tiene del buen nombre de sus fieles servidores. Defiende la reputación do Juan tan luego como sus mensajeros se retiran. Vé que las gentes que tenia al rededor no están inclinadas á pensar muy bien de Juan, en parte por estar este en prisión, ya á causa de la pregunta que sus discípulos habían acabado de hacer; y defiende la causa de su amigo ausente con palabras convincentes. Manda á sus oyentes que desechen de la mente las dudas indignas y recelosas acerca de este hombre santo; les dice que Juan no es de carácter ligero ó veleidoso cual caña agitada por el viento; les dice también que Juan no era mero cortesano, ni adulador de los reyes, aunque al fin de su misión las circunstancias lo habían colocado en contacto con el rey Herodes; les asegura que Juan es más que profeta, porque es el profeta que había sido profetizado, y concluye su defensa con estas palabras notables: " Entre los nacidos de mujeres no hay mayor profeta que Juan el Bautista."

Hay algo sumamente afectuoso en estas palabras de nuestro Señor en favor de Su siervo ausente. La situación de Juan en aquel entonces era muy diferente do lo que fue al principio de su obra. En otros días había sido el predicador mejor conocido y más popular. Hubo un tiempo en que "salían á él Jerusalén y toda la Judea-y eran bautizados por él en el Jordán." Mat. 3:8 Ahora era un prisionero solitario en poder de Herodes, desamparado, sin amigos, y sin otra esperanza en este mundo que la muerte. Pero la ausencia de las simpatías del hombre no es prueba de que Dios esté airado. Juan el Bautista tenía un Amigo que nunca le faltó, que nunca lo abandonó-un Amigo cuya bondad no seguía el flujo y reflujo de la popularidad de Juan, sino que era siempre la misma. Este Amigo era nuestro Señor Jesucristo.

Este pasaje debe servir de consuelo á todos los que son sospechados, calumniados, y acusados falsamente. Pocos son los hijos de Dios que, tarde ó temprano, no padecen de este modo. El acusador de los hombres sabe bien que el carácter es uno de los puntos en que puede más fácilmente zaherir á un cristiano. Sabe bien que las calumnias se levantan con facilidad, son recibidas con entusiasmo y propagadas con profusión, y que rara vez se les impone perpetuo silencio. Las mentiras y los rumores falsos son las armas favoritas con que lidia por dañar el influjo del cristiano, y destruir su paz. Más todos los que vean atacada su reputación deben tranquilizarse con saber que tienen un Abogado en el cielo que sabe sus pesares. El mismo Jesús que defendió el carácter de su amigo ante una muchedumbre de judíos, no abandonará á ningún individuo de Su pueblo. El mundo puede mirarlo con ceño; tal vez sus semejantes tiznen su nombre. Más Jesús jamás cambia, y algún día defenderá su causa delante de todo el mundo.

El segundo punto que llama nuestra atención en estos versículos es la inmensa superioridad de los privilegios que gozan los creyentes bajo la dispensación ó régimen del Nuevo Testamento, comparados con los de los creyentes bajo la dispensación del Antiguo Testamento. Esto nos lo enseña una expresión que usa nuestro Señor respecto á Juan el Bautista. Después de ensalzar sus gracias y dones espirituales añade estas palabras notables: "El más pequeño en el reino de los cielos es mayor que él."

Lo que nuestro Señor quiere decir con esta expresión parece ser simplemente esto: que la luz religiosa del menor discípulo que viviere después de su crucifixión y resurrección, seria mucho mayor que la de Juan Bautista, que murió antes que esos grandes sucesos se verificasen. El más humilde cristiano que oyese á S. Pablo comprendería cosas á la luz de la muerte de Cristo en la cruz, que Juan el Bautista nunca podría haber explicado. Eminente como era este santo varón en fe y en valor, el cristiano más humilde es, en cierto sentido, mayor que él. Mayor en gracia y en obras no puede ser, por cierto. Más sin duda, es mayor en privilegios y conocimientos.

Una expresión como esta deberá enseñar á todos los cristianos á estar muy agradecidos por haber recibido el Cristianismo. Probablemente tenemos poca idea de la gran diferencia entre el conocimiento religioso del creyente más instruido en el Antiguo Testamento, y el conocimiento de uno que esté familiarizado con el Nuevo. No sabemos cuántas verdades del Evangelio que en un tiempo se veían "confusamente al través de un cristal," ahora se nos presentan claras como el sol del mediodía. Nuestra mucha familiaridad con el Evangelio nos impide notar cuan extensos son nuestros privilegios. Difícilmente podemos formar idea al presente de cuantas verdades gloriosas de nuestra fe fueron reveladas en su plenitud por la muerte de Cristo en la cruz; cuántas permanecieron cubiertas con un velo hasta que Su sangre fue derramada. Las esperanzas de Juan el Bautista y S. Pablo eran sin duda las mismas. Ambos estaban guiados por un solo Espíritu. Ambos reconocían su maldad. Ambos confiaban en el Cordero de Dios. Más no podemos suponer que Juan hubiera podido dar una descripción tan completa de la vía de salvación como S. Pablo. Ambos contemplaban el mismo objeto de fe; pero uno lo veía muy remoto, y podía describirlo solo de un modo general: el otro lo veía muy cerca, y podía dar más pormenores. Aprendamos á ser más agradecidos. El niño que sabe la historia de la cruz posee una clave de la ciencia de la religión que los patriarcas y profetas nunca tuvieron.

El último punto que llama nuestra atención en estos versículos es la solemne aseveración que en ellos se hace acerca del poder que tiene el hombre para dañar su propia alma. Se nos dice que "los Fariseos y los sabios de la ley desecharon el consejo de Dios contra sí mismos." El sentido de estas palabras parece ser simplemente, que ellos desecharon el ofrecimiento de salvación que les hizo Dios. Rehusaron servirse de la puerta de salvación que les fue abierta con la predicación de Juan el Bautista. En resumen, ejecutaron al pie de la letra las palabras de Salomón: " Tu desechasteis todo consejo mío, y no quisisteis mi reprensión." Prov. 1:25.

Que todo hombre tiene poder para condenarse eternamente al infierno, es una gran verdad fundamental de la Escritura, y verdad que debe estar continuamente delante de nuestra mente. Impotentes y débiles como somos todos para hacer lo que es bueno, somos por naturaleza poderosos para obrar lo que es malo. Por medio de la impenitencia y la incredulidad constantes, por medio de la obstinación en el pecado, por medio del orgullo, la rebeldía, la pereza, y el decidido apego al mundo, podemos atraernos la perdición sempiterna. Y si esto sucede, veremos que á nadie podemos culpar sino á nosotros mismos. Dios "no quiere la muerte del que muere," Ezeq. 18:32. Cristo "quiere recoger" los hombres en su seno, si ellos quieren ser recogidos. Mat. 22:37. Los que son perdidos verán que han "perdido sus propias almas." Marc. 8:36.

¿Qué estamos haciendo? Esta es la pregunta principal que el pasaje debe sugerir á nuestra mente. ¿Es probable que nos perdamos ó que nos salvemos? ¿Estamos en el camino que conduce al cielo ó en el que conduce al infierno? ¿Hemos recibido en nuestros corazones aquel Evangelio que hemos oído? ¿Vivimos realmente de acuerdo con aquella Biblia que protestamos creer? ¿Ó estamos caminando diariamente hacia un abismo, y arruinando nuestras mismas almas? Es doloroso pensar que los Fariseos no son las solas personas que "desechan el consejo de Dios." Hay millares de personas llamadas cristianas que continuamente están haciendo lo mismo.

NOTAS.   LUCAS 7:24-30.

24. ¿Qué salisteis á ver?... una caña, etc.    Nótese que tanto en este lugar como en los dos versículos siguientes la pregunta es equivalente á una fuerte y decidida afirmación. Es como si nuestro Señor hubiera dicho: "Juan el Bautista no era una caña agitada por el viento"-"no era un hombre cubierto de vestidos delicados"-"no era meramente un profeta." Tal forma de expresión no es rara en la Biblia.

28. El más pequeño... mayor que él. Hay diversas y extrañas opiniones entre los comentadores sobre el sentido que deba darse á estas palabras. Algunos opinan que "el más pequeño en el reino de Dios" quiere decir el menor de los que reciben el bautismo cristiano, y que Juan no habiendo sido bautizado jamás, aunque fue regenerado por el Espíritu Santo, y por consiguiente era inferior á la persona más humilde que fuese bautizada por los apóstoles. Esta es la opinión de Cirilo. Es demasiado absurda para que merezca refutación. Decir que Juan, que estuvo "lleno del Espíritu Santo desde el vientre de su madre," no había sido engendrado del Espíritu, es un disparate, y repugna ni sentido común.

Otros piensan que "el más pequeño en el reino de Dios" significa el menor en el cielo. Esta es la opinión de Jerónimo y de Beda.

Otros que "el más pequeño en el reino " significa el ángel más pequeño. Esta es la opinión de Ambrosio, Buenaventura y Tomás de Aquino.

Otros, que "el más pequeño en el reino" designa á nuestro Señor Jesucristo que se humilló y dijo: "Yo soy gusano y no varón." Salmo 22:6. Esta es la opinión de Agustín y Crisóstomo, y ha sido sostenida por muchos en todas épocas. Más parece dar á las palabras un sentido torcido y forzado.

Creo que la mejor interpretación es la que hemos dado en la exposición del pasaje El más pequeño en el reino de Dios significa el creyente más pequeño de los que vivieren después de la crucifixión y resurrección de Cristo.

29. Y todo el pueblo oyéndole, etc. Es punto disputado si este versículo y el siguiente contienen las palabras de Cristo ó de S. Lucas. Los comentadores modernos consideran los dos versículos como momentos inspirados del evangelista, acerca de lo que nuestro Señor había acabado de decir.

Justificaron á Dios... siendo bautizados.  El sentido de esta expresión parece ser que "ellos manifestaban su creencia de que Juan era un profeta enviado de Dios, sometiéndose á su bautismo." Burkitt dice: "Los que creen el mensaje que Dios envía, y lo obedecen, justifican á Dios. Los que no creen ni obedecen, acusan y censuran á Dios."

30. Desecharon el consejo de Dios contra si mismos. El sentido de esta expresión parece ser, que despreciaron, y frustraron, é invalidaron el misericordioso ofrecimiento de arrepentimiento y salvación, que Dios les hizo por medio de Juan el Bautista.

El "consejo " de que se habla aquí no puede en manera alguna interpretarse como el consejo eterno de Dios, por el cual ha decretado salvar á los que ha elegido por Cristo. Este consejo subsistirá siempre. No está al alcance del hombre invalidarlo ó frustrarlo. En este texto significa probablemente el designio benéfico de Dios en enviar á Juan á predicar el arrepentimiento, y aquella benevolencia que el mismo Dios afirma tener para con todo el género humano que ha revelado en el Evangelio.

 

Comentarios de J. C. Ryle

Lucas 7.31-35

Aprendemos primeramente en estos versículos que los corazones de los no convertidos son con frecuencia tan terriblemente obstinados como malvados.

Nuestro Señor enseña esto por medio de una comparación notable, en la cual describe la generación de los hombres entre quienes vivió mientras estuvo en la tierra. Los compara con los muchachos, y dice que estos en sus juegos no eran más caprichosos, obstinados, y difíciles de agradar, que los Judíos de Su tiempo. Nada los satisfacía. Estaban siempre quejándose de todo. Cualquiera que fuera el medio que Dios emplease con ellos para su edificación espiritual, le hallaban faltas. Cualquiera que fuera el mensajero que Dios les enviase, no quedaban complacidos. Primero vino Juan el Bautista, viviendo una vida retirada ascética y de abnegación. Al momento dijeron los judíos: " Demonio tiene." Después de él vino el Hijo del Hombre, que comía y bebía y adoptaba las costumbres de la vida social á manera de los demás hombres. Al instante lo acusaron los judíos de "ser un comilón y bebedor de vino." En una palabra, era evidente que los Judíos se habían resuelto á no recibir absolutamente mensaje alguno de Dios. Sus objeciones eran solamente una capa para encubrir su aversión á la verdad de Dios. Lo que á ellos desagradaba en realidad era, no tanto los ministros de Dios, como el mismo Dios.

Quizás leamos esta aserción con admiración y sorpresa; y pensamos que nunca existieron hombres tan inicuamente injustos como estos judíos. Pero ¿estamos seguros de que su conducta no se está hoy día repitiendo continuamente entre nosotros? Extraño como pueda parecer á primera vista, la generación que ni quiera "bailar" cuando sus compañeras tocan la "flauta," ni "llorar" cuando aquellos les endechan, es demasiado numerosa en la iglesia de Cristo. ¿No es un hecho que muchos que se esfuerzan por servir fielmente á Cristo, y por vivir en comunión con Dios, hallan que sus vecinos y parientes están siempre disgustados con su conducta. No obstante que vivan piadosamente y sean consecuentes á sus principios, siempre piensan mal de ellos. Si se separan enteramente del mundo, y viven, como Juan el Bautista, una vida retirada y ascética, levantan el grito diciendo que son exclusivistas, fanáticos, de genio áspero, y demasiado rígidos. Si, por el contrario, frecuentan la sociedad, y se esfuerzan cuanto pueden en tomar interés en las tareas y distracciones de sus prójimos, al punto dicen que no son mejores que las demás gentes, y que no poseen más religión que los que no hacen ningunas protestas de fe. Censuras como estas son demasiado comunes. Son pocos los cristianos que no las han recibido. Los siervos de Dios, cualquiera que sea su conducta, son acriminados en todos tiempos.

La verdad es, que el corazón del hombre no convertido aborrece á Dios. "El ánimo carnal es enemigo de Dios." Tiene aversión á Su ley, á Su Evangelio, y á Su pueblo. Halla siempre alguna excusa para no creer ni obedecer. ¡La doctrina del arrepentimiento le parece demasiado estricta! ¡La doctrina de la fe y de la gracia demasiado fácil! ¡Juan el Bautista se separa demasiado del mundo! ¡Jesucristo se mezcla demasiado con el mundo! Y así el corazón del hombre se excusa siempre para permanecer en su pecado. Esto no debe sorprendernos. Debemos resignarnos á encontrar gentes no convertidas tan obstinadas, injustas, y difíciles de complacer como los Judíos del tiempo de nuestro Señor, Debemos dejar de pensar que podemos agradar á todo el mundo. Esto es imposible, y el intentarlo es solo perder el tiempo. Debemos contentarnos con seguir las huellas de Jesús y dejar que el mundo diga lo que quiera. Aunque hagamos cuanto esté á nuestro alcance nunca podremos satisfacerlo, ó poner fin á sus observaciones calumniosas. Primero censuró á Juan el Bautista, y después á nuestro bendito Maestro; y continuará cavilando, y censurando a los cristianos, mientras que uno de ellos quede sobre la tierra.

También se nos enseña en estos versículos que la sabiduría de Dios en todos sus designios es siempre reconocida y confesada por los que son de buen corazón.

Esto lo enseña una expresión algo oscura: " La sabiduría es justificada de todos sus hijos." Pero parece difícil sacar otro sentido de estas palabras si se interpretan de una manera justa é imparcial. La idea que nuestro Señor deseó fijar en nuestro ánimo parece ser, que aunque la inmensa mayoría de los Judíos era empedernida é injusta, había algunos que no lo eran-y que aunque la muchedumbre no percibía ningún sabio designio en la misión de Juan el Bautista, y en la suya (de Jesús), había algunos pocos que si lo descubrían. Estos pocos eran los "hijos de la sabiduría." Estos pocos, con sus vidas y su obediencia, declaraban ante el mundo, que los medios de que Dios se sirvió con los judíos eran sabios y equitativos, y que tanto Juan el Bautista como Jesús eran dignos de todo honor. En resumen, justificaron la sabiduría de Dios, y probaron ser verdaderamente sabios.

Estas palabras en que nuestro Señor se refiere á la generación entre la cual vivía, pintan un estado de cosas que se halla siempre en la iglesia cristiana. Á pesar de las sofisterías, mofas, objeciones, y ásperas observaciones con que es recibido el Evangelio por la mayor parte del género humano, hay siempre en cada país algunos que lo aceptan y obedecen con gusto. Nunca falta un "pequeño rebaño "que oiga con alegría la voz del Pastor, y llame justos todos sus modos de obrar. Los hijos del mundo pueden hacer mofa del Evangelio, y llenar de desprecios á los creyentes, llamando necio todo lo que hagan, y no percibiendo ni sabiduría ni belleza en ninguna de sus acciones. Pero Dios cuidará de formarse un pueblo en todas las épocas. Siempre habrá algunos que sostengan la excelencia de las doctrinas y exigencias del Evangelio, y que "justifiquen la sabiduría" de Aquel que lo envió. Y a estos es, por mucho que el mundo los desprecie, á quienes Jesús llama sabios. Son "sabios para la salud, por medio de la fe que es en Cristo Jesús." 2 Tim. 3:15.

Preguntémonos, al terminar este pasaje, si merecemos ser llamados hijos de la sabiduría. ¿Hemos sido enseñados por el Espíritu á conocer al Señor Jesucristo? ¿Se han abierto los ojos de nuestro entendimiento? ¿Poseemos la sabiduría que viene de lo alto?   Si somos verdaderamente sabios, no tengamos vergüenza de confesar á nuestro Maestro delante de los hombres. Declaremos abiertamente que aprobamos todo su Evangelio, todo lo que enseña todo lo que exige. Puede ser que haya pocos con nosotros, y sí anchos contra nosotros. Puede suceder que el mundo se ría de otros y que á nuestra sabiduría apellide tontería.   Más esa risa es de poca duración. La hora viene en que los pocos que han confiado á Cristo, y justificado en presencia de los hombres su modo obrar, serán confesados y justificados por Él ante Su Padre y i ángeles.

NOTAS.   LUCAS 7:31-35.

32. Semejantes son á los muchachos. Nótese que el punto que ha de tenerse presente en la comparación de la generación de aquel tiempo con los muchachos es el capricho y la determinación de no sentirse complacidos con nada, que con frecuencia se nota en algunos muchachos. En tal respecto son tipos exactos de los judíos, cuando Juan el Bautista y nuestro Señor les predicaron sucesivamente. Los dos sistemas eran notablemente desemejantes entre si. Más ninguno de los dos agradó a los judíos.

34. Que come y bebe. Lo más que se puede inferirse de esta expresión es esto, que la costumbre demuestro Señor, en cuanto á la comida y a la bebida, era diferente de la de Juan el Bautista, pues era menos ascético y más semejante á los demás hombres.

35 Mas la sabiduría es justificada de todos sus Ayos. Estas palabras son algún tanto oscuras. Por lo menos, hay mucha diferencia entre las interpretaciones que sobre ellas hacen los comentadores.

Creemos que la interpretación correcta consiste en considerar que "hijos de la sabiduría " designa á los verdaderamente sabios, á los elegidos, á los creyentes, á  las gentes que son iluminadas por Dios. Por ellos "la sabiduría de las obras de Dios es siempre justificada, á despecho de lo que los demás piensen."

Los "hijos de la sabiduría" es un hebraísmo que significa "los que son salvos." Así, "los hijos de la rebelión" significa los rebeldes; "los hijos de la Iniquidad" los inicuos; los "hijos de la soberbia" los soberbios ; "los hijos de la transgresión" los trasgresores ; los "hijos de esto mundo," é "hijos de la luz, y expresiones semejantes."

Texto Bíblico
Textos Paralelos
Referencias

Jesús en el hogar de Simón el fariseo

Lucas 7.36-50

36  Uno de los fariseos rogó a Jesús que comiese con él.  Y habiendo entrado en casa del fariseo,  se sentó a la mesa.

37  Entonces una mujer de la ciudad,  que era pecadora,  al saber que Jesús estaba a la mesa en casa del fariseo,  trajo un frasco de alabastro con perfume;

38  y estando detrás de él a sus pies,  llorando,  comenzó a regar con lágrimas sus pies,  y los enjugaba con sus cabellos;  y besaba sus pies,  y los ungía con el perfume. (Mt. 26.7; Mr. 14.3; Jn. 12.3)

39  Cuando vio esto el fariseo que le había convidado,  dijo para sí: Este,  si fuera profeta,  conocería quién y qué clase de mujer es la que le toca,  que es pecadora.

40  Entonces respondiendo Jesús,  le dijo: Simón,  una cosa tengo que decirte.  Y él le dijo: Di,  Maestro.

41  Un acreedor tenía dos deudores:  el uno le debía quinientos denarios,  y el otro cincuenta;

42  y no teniendo ellos con qué pagar,  perdonó a ambos.  Di,  pues,  ¿cuál de ellos le amará más?

43  Respondiendo Simón,  dijo: Pienso que aquel a quien perdonó más.  Y él le dijo: Rectamente has juzgado.

44  Y vuelto a la mujer,  dijo a Simón: ¿Ves esta mujer?  Entré en tu casa,  y no me diste agua para mis pies;  mas ésta ha regado mis pies con lágrimas,  y los ha enjugado con sus cabellos.

45  No me diste beso;  mas ésta,  desde que entré,  no ha cesado de besar mis pies.

46  No ungiste mi cabeza con aceite;  mas ésta ha ungido con perfume mis pies.

47  Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados,  porque amó mucho;  mas aquel a quien se le perdona poco,  poco ama.

48  Y a ella le dijo: Tus pecados te son perdonados.

49  Y los que estaban juntamente sentados a la mesa,  comenzaron a decir entre sí: ¿Quién es éste,  que también perdona pecados?

50  Pero él dijo a la mujer: Tu fe te ha salvado,  vé en paz.

Lucas 7.37-38 Mt. 26.7; Mr. 14.3; Jn. 12.3

Mt. 26.7 vino a él una mujer,  con un vaso de alabastro de perfume de gran precio,  y lo derramó sobre la cabeza de él,  estando sentado a la mesa.

Mr. 14.3 Pero estando él en Betania,  en casa de Simón el leproso,  y sentado a la mesa,  vino una mujer con un vaso de alabastro de perfume de nardo puro de mucho precio;  y quebrando el vaso de alabastro,  se lo derramó sobre su cabeza.

Jn. 12.3 Entonces María tomó una libra de perfume de nardo puro,  de mucho precio,  y ungió los pies de Jesús,  y los enjugó con sus cabellos;  y la casa se llenó del olor del perfume.

Comentarios de J. C. Ryle

Lucas 7.36-50

La interesante narración contenida en estos versículos se encuentra solamente en el Evangelio de S. Lucas. Para poder ver toda la belleza del episodio, debemos leer, por estar conexionado con él, el capítulo once de S. Mateo. Descubriremos entonces el admirable hecho de que la mujer de que se hace mención en este lugar debió probablemente su conversión á las bien conocidas palabras: " Venid á mí todos los que estáis trabajados y cargados, que yo os haré descansar." Esta admirable invitación fue lo que la hizo sentir esa paz por la que se mostró tan agradecida. Un amplio y generoso ofrecimiento de perdón es generalmente el medio que Dios elige para atraer á los más grandes pecadores al arrepentimiento.

En este pasaje se ve que él hombre puede manifestar algún respeto externo hacia Cristo, y sin embargo permanecer sin convertirse. El Fariseo á quien se refiere este pasaje es un ejemplo de esta verdad El manifestó hacia nuestro Señor Jesucristo mucho más respeto del que otros le habían manifestado. Aun le rogó que fuera a comer con él. Sin embargo, permaneció entre tanto enteramente ignorante de la naturaleza del Evangelio de Cristo. Su corazón altivo se  rebeló secretamente á vista de una pobre y contrita pecadora, á quien se le permitía ungir los pies de nuestro Señor. Hasta la hospitalidad que manifestó parece haber sido fría y ruin, nuestro Señor mismo dice: " No me diste agua para mis pies; no me diste beso; no ungiste mi cabeza con aceite." En resumen, en todo cuanto el Fariseo hizo habla de una gran falta: había cortesía exterior, pero no amor del corazón.

Bueno será que no olvidemos la conducta de este Fariseo. Es posible tener una forma adecuada de religión y sin embargo no saber nada del Evangelio de Cristo; venerar el Cristianismo, y estar no obstante totalmente ciegos acerca de sus doctrinas cardinales; conducirse con comedimiento y civilidad en la iglesia, y sin embargo detestar con aversión terrible la justificación por la fe, y la salvación por la gracia. ¿Sentimos afecto verdadero hacia Jesús? ¿Podemos decir, "Señor, tú sabes todo; tú sabes que te amo?" ¿Hemos abrazado cordialmente su Evangelio? ¿Deseamos entrar en el cielo junto con los mayores pecadores, y queremos cifrar todas nuestras esperanzas en la gracia gratuita? Estas son  preguntas que debemos considerar. Si no podemos contestarlas satisfactoriamente, no somos mejores en nada que Simón el fariseo; y nuestro Señor podría decirnos: "Una cosa tengo que deciros."

Así mismo nos enseña este pasaje que el amor y la gratitud son los de los que sirven fielmente á Cristo. La mujer á que alude este episodio tributó mucho más honor á nuestro Señor que el que le había tributado el Fariseo. "Y estando detrás á sus pies comenzó llorando á regar con lágrimas sus pies y los limpiaba con los cabellos de su cabeza; y besaba sus pies y los ungía con el ungüento." Ningunas pruebas más fuertes de reverencia y respeto podía haber dado, y el móvil de tales demostraciones era el amor. Amaba á nuestro Señor, y creía que nada que hiciera por Él seria bastante. Se sentía en sumo grado agradecida á nuestro Señor, y creía que ninguna demostración de gratitud que le hiciese seria demasiada costosa.

Servir más a Cristo es la necesidad universal de todas las iglesias. Este es un punto en que todas están acordes. Todas desean ver entre los cristianos mayor número de buenas obras, mayor abnegación, más obediencia en la práctica á los mandamientos de Cristo. Más ¿qué cosa producirá tales resultados? Mientras no exista más amor sincero hacia Cristo, nadie servirá más á Cristo. El temor del castigo, la esperanza de la recompensa, la conciencia del deber, todos son estímulos útiles, á su modo, para inclinar á los hombres á la santidad. Pero son débiles é ineficaces, mientras quo el hombre no ame á Cristo. Albérguese este móvil poderoso en el corazón de algún hombre, y veréis que cambio se efectúa en su vida.

No olvidemos esto jamás. Por mucho que el mundo se burle de los "sentimientos " religiosos, y por falsos y mentidos que estos sentimientos sean algunas veces, todavía queda en pié la gran verdad de que el sentimiento es la potencia motriz de nuestras acciones. Si no hemos dedicado nuestro corazón á Cristo, nuestras manos Saquearán. El trabajador que ama será siempre el que hace más en la viña del Señor.

Vemos, por último, en este pasaje, que la convicción de que nuestros pecados han sido perdonados es la fuente principal de donde mana nuestro amor hacia Cristo. Esta, sin duda fue la lección que nuestro Señor se propuso grabar en el ánimo del Fariseo, cuando le contó la historia de los dos deudores. "Uno debía á su acreedor quinientos denarios, y el otro cincuenta." Ninguno de los dos tenia "con que pagar," y á ambos perdonó la deuda. Siguió después la pregunta importante: " ¿Cuál de los dos le amará más?" "He aquí la verdadera razón," dijo el Señor á Simón, del amor profundo que esta penitenta ha manifestado. Sus abundantes lágrimas, su tierno afecto, su veneración pública, la acción de ungir los pies del Señor, todo tuvo origen en una misma causa: se le había perdonado mucho, por lo tanto amaba mucho. Su amor fue el efecto del perdón, no la causa-la consecuencia, no la condición-el resultado, no el motivo-el fruto, no la raíz. ¿Quería saber el Fariseo por qué manifestó tanto amor esta mujer? Era porque sabia que se le había perdonado mucho. ¿Quería saber por qué él había mostrado tan poco amor á su convidado? Porque no se sentía obligado hacia El; no tenia convicción íntima de haber obtenido perdón; no se reputaba como deudor de Cristo.

Que viva siempre en nuestra memoria, y penetre profundamente en nuestro corazón el importante principio que nuestro Señor sienta en este pasaje. Es una de las grandes piedras angulares del Evangelio. Es una de las llaves maestras que abren los secretos del reino de Dios. El único medio de hacer piadosos á los hombres, es enseñar y predicar la concesión de un perdón gratuito y completo por mediación de Cristo. El secreto de nuestra piedad consiste en conocer y sentir que Cristo ha perdonado nuestros pecados. La paz con Dios es la única planta que producirá el fruto de la santidad. El perdón ha de preceder á la santificación. Nada haremos mientras no estemos reconciliados con Dios. Este es el primer paso en la religión. Trabajamos porque tenemos vida, no con el fin de obtenerla. Nuestras mejores obras antes de estar justificados no son otra cosa que pecados con ropajes espléndidos.  Debemos vivir por la fe en el Hijo de Dios, y entonces, y no hasta entonces, caminaremos en sus sendas. El corazón que ha experimentado el amor clemente de Cristo, es el que ama á Cristo, y se esfuerza en darle loor y gloria.

Terminemos este pasaje con profundo reconocimiento de la admirable misericordia y compasión de nuestro Señor Jesucristo, con los mayores pecadores. Veamos en su bondad hacia la mujer que ungió sus pies, una invitación á todos, por malos que sean para que se acerquen á El á obtener el perdón.   Jesús no olvida sus palabras: "Al que viene á mí, de ningún modo rechazaré." No debe perder la esperanza de ser salvo si tiene voluntad de acudir á Cristo.

Preguntémonos en conclusión, ¿qué estamos haciendo por la a de Cristo? ¿Qué género de vida estamos viviendo?   ¿Qué prueba de amor estamos dando á Aquel que nos amó, y murió por nuestros pecados? Estos son preguntas serias. Si no podemos responderlas satisfactoriamente, tendremos razón para dudar de la realidad de nuestro perdón. La esperanza de perdón que no va empañada de amor durante la vida, no es esperanza absolutamente. El hombre cuyos pecados han sido realmente lavados demuestra siempre con sus obras que ama al Salvador que lo redimió

NOTAS.   LUCAS 7:36-50.

36. Y le rogó uno de tos Fariseos. Solo sabemos de este Fariseo que su nombre era Simón. No hay prueba de que fuera el mismo "Simón el leproso," de que se hace mención en Marcos 14:3. Ciertamente no era Simón Pedro, ó Simón Zelotes.

No se nos dice el lugar en que los acontecimientos aquí referidos tuvieran lugar. Es bien probable que fuera en Nain, donde fue resucitado el hijo de la viuda.

Había acabado de decir nuestro Señor que se le llamaba amigo de publicanos y de pecadores. S. Lucas procede en seguida á manifestar que lo era verdaderamente, y que no se avergonzaba del nombre.

Y entrado en la casa del Fariseo, etc. Algunos cristianos citan este acto de nuestro Señor para defender la costumbre de mantener relaciones con las gentes no convertidas y de concurrir a convites y diversiones en sus casos. Los que emplean tal argumento harían bien en tener presente cual fue la conducta de nuestro Señor en esta ocasión: que se ocupó de "los asuntos de Su Padre;" protestó contra el pecado que abrumaba al Fariseo; y explicó á este la naturaleza del perdón gratuito, del móvil del verdadero amor hacia Él, y de la fe que salva. Si los cristianos que están por tener amistad con gentes no convertidas, acostumbran visitar sus casas con el mismo objeto que nuestro Señor las visitaba, y hablan y se conducen como Él, en hora buena continúen esa práctica

Se sentó á la mesa. La palabra Griega traducida de este modo, significa literalmente "se reclinó," conforme á la costumbre del país. Es importante notar esto para comprender el resto del pasaje.

37. Y he aquí, una mujer de la ciudad. Quién era esta mujer, y en qué tiempo aconteció el suceso aquí descrito, son cuestiones que han causado mucha discusión, y originado mucha variedad de opiniones entre los comentadores. Solo en un punto convienen casi todos: que había sido una pecadora de notoriedad, quo había violado el sétimo mandamiento.

Maldonado y Cornelio á Lapide, escritores romanistas, sostienen fuertemente que este mujer era María Magdalena, y que el suceso referido en este pasaje es el mismo que tuvo lugar en Betania, descrito por Mateo, Marcos y Juan. Esta opinión parece insostenible.

No hay en la Escritura la prueba más ligera, de que la "mujer pecadora" fuese María Magdalena. Por otra parte, hay prueba plena é intrínseca que el suceso que refiere S. Lucas acaeció en tiempo y lugar enteramente distintos del referido por Mateo, Marcos, y Juan. Aun concediendo que S. Lucas no refiere siempre los sucesos en su orden cronológico, parece exigir demasiado suponer quo un acontecimiento que todos los otros evangelistas convienen en fijar al fin de la vida de nuestro Señor en la tierra, fuera quitado de su lugar por S. Lucas, para colocarlo en este época.

Que era pecadora. Cuan recientemente esta mujer había estado viviendo en pecado, no lo sabemos, pero es muy probable que fuera hasta entonces una pecadora. Pero es evidente que se había arrepentido ya de sus pecados, y sentía pesar de ellos; y esto es consecuencia de la enseñanza y predicación da nuestro Señor Jesucristo.

38. Y estando detrás á sus pies. Para comprender esto debemos acordarnos que en el país en que habitó nuestro Señor las gentes no se sentaban á la mesa, como lo hacemos en tiempos modernos, sino se reclinaban, ó se tendían a lo largo de lechos, con los pies extendidos hacia atrás. Fue así fácil á este mujer hacer lo que hizo á los pies de nuestro Señor

Los ungía. Los ungüentos y aceites se usaban en los países orientales con profusión que difícilmente podemos comprender. El calor excesivo del clima los hacia casi necesarios, para impedir que la piel se rajase. Ved el Salmo 1:16.

39. Este.  Hay al parecer algo de desdeñoso y despreciativo en esta expresión.

Conocería. Burgon observa: "La penetración de los pensamientos era reputada como la señal de un profeta verdadero; y tal conocimiento fue reconocido como el distintivo del Mesías, como lo manifiestan las confesiones de Natanael, y de la mujer de Samaria." Véase Isaías 11:3, 4; Juan 1:49, y 4:29

42. Soltó la deuda á ambos. Observemos que la deuda no fue perdonada por que los deudores amaran á su acreedor, sino por misericordia y compasión.  Y el amor de los deudores fue la consecuencia de haberles sido perdonadas sus deudas

47. Sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho.   Explicar estas palabras en el sentido de que los pecados de la mujer fueron perdonados, por motivo de haber amado mucho, es contradecir abiertamente toda la enseñanza de los seis versículos precedentes. "Porque" debe traducirse "por lo tanto," y la idea de nuestro Señor fue evidentemente: "El amor de ella es prueba de su don. Es una persona cuyos muchos pecados están perdonados." "La prueba de ello es, que ella muestra mucho amor; y la lección de mi parábola, según tu propia confesión, es esta: que mucho perdón produce mucho amor." Aún Stella, el comentador español, concede que este es el sentido del pasaje.

48. Los pecados te son perdonados. No vayamos á suponer que estas palabras dan á entender que los pecados de la mujer fueron ahora perdonados por primera vez. Tal interpretación echaría por tierra segunda vez toda la doctrina de la historia de los deudores. La mujer fue perdonada realmente antes que se acercarse a Cristo.    Más en esta ocasión recibió una declaración pública y auténtica de perdón delante de muchos testigos, como recompensa de su franca manifestación de amor y gratitud.   Antes tenia esperanza por medio de la gracia.   Después recibió la corroboración de sus esperanzas.

49. Quién es este que también perdona pecados. Nótese también, que esta expresión es el lenguaje que usarían naturalmente las personas que no conociendo a nuestro Señor, le oyesen y viesen por primera vez. Es muy inverosímil que semejante expresión se hubiera usado en Betania, en la compañía de María, Marta y Lázaro, pocos días antes de la crucifixión,

50. Tú fe te ha salvado.   Obsérvese que no se dice, "tu amor te ha salvado." lo mismo que en todos los otros pasajes del Nuevo Testamento, se tiene en cuenta que la fe es la clave de la salvación. Por la fe, la mujer recibió la invitación, "Venid á mi y yo os daré reposo." Por la fe, aceptó esta invitación, yal aceptarla, echó de sí los pecados bajo los cuales había estado tanto tiempo agobiada. Por la fe, vino sin temor á la casa del Fariseo, y con su conducta declaró que había hallado reposo en Cristo. Su fe en fue efecto del amor, y produjo un fruto de gran precio. Pero no fue amor sino fe la que salvó su alma.

Ve en paz. Esta era una frase de despedida usual entre los judíos, como nuestro "Adiós," ó "Dios vaya con V." Pool cree que nuestro Señor se contrajo especialmente á esa "paz" que es el fruto de la fe, descrita en la carta a los Romanos 5 :1.

El Texto Bíblico esta siendo transcrito por:

Martha Iñiguez Moreno
de La Biblia Devocional de Estudio
Reina Valera Revisión 1960
de La Liga bíblica

Los Textos Paralelos y las Referencias están tomados de:

La Santa Biblia
Reina-Valera (1960)
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