El Santo Evangelio según
San Lucas

Porque por gracia sois salvos

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Mujeres que sirven a Jesús

Lucas 8.1-3

1  Aconteció después,  que Jesús iba por todas las ciudades y aldeas,  predicando y anunciando el evangelio del reino de Dios,  y los doce con él,

2  y algunas mujeres que habían sido sanadas de espíritus malos y de enfermedades:  María,  que se llamaba Magdalena,  de la que habían salido siete demonios,

3  Juana,  mujer de Chuza intendente de Herodes,  y Susana,  y otras muchas que le servían de sus bienes. (Mt. 27.55-56; Mr. 15.40.41; Lc. 23.49)

Lucas 8.2-3 Mt. 27.55-56; Mr. 15.40.41; Lc. 23.49

Mt. 27.55-56 55  Estaban allí muchas mujeres mirando de lejos,  las cuales habían seguido a Jesús desde Galilea,  sirviéndole, 56  entre las cuales estaban María Magdalena,  María la madre de Jacobo y de José,  y la madre de los hijos de Zebedeo.

Mr. 15.40.41 40  También había algunas mujeres mirando de lejos,  entre las cuales estaban María Magdalena,  María la madre de Jacobo el menor y de José,  y Salomé, 41  quienes,  cuando él estaba en Galilea,  le seguían y le servían; y otras muchas que habían subido con él a Jerusalén.

Lc. 23.49 Pero todos sus conocidos,  y las mujeres que le habían seguido desde Galilea,  estaban lejos mirando estas cosas.

Comentarios de J. C. Ryle

Lucas 8.1-3

Notemos en estos versículos la actividad incansable de nuestro Señor Jesucristo en hacer bien. Se nos dice que caminaba por todas las ciudades y aldeas predicando, y anunciando el evangelio del reino de Dios."Sabemos el recibimiento que hallaba en muchos lugares. Sabemos que mientras algunos creían, muchos no creían. Pero la incredulidad de los hombres no hacia desistir de su obra á nuestro Señor. Estaba siempre "atendiendo á los negocios de Su Padre." Corta como fue su misión terrenal en punto ú duración, fue larga si consideramos lo que se llevó á cabo.

Que la actividad de Cristo sea un ejemplo para todos los cristianos. Sigamos las huellas de ese divino Maestro aunque estemos lejos de llegar á su perfección. Como Él, trabajemos con ahínco en hacer bien en nuestros días y en nuestro siglo, y dejar el mundo mejor que lo encontramos. No es sin objeto que dice la Escritura expresamente: " El que dice que está en Él, debe andar como Él anduvo." 1 Juan 2:6.

El tiempo es sin duda corto; pero si lo arreglamos con economía y somos sistemáticos en nuestros hábitos, podemos hacer mucho. Pocos tienen idea de cuanto puede hacerse en doce horas, si uno se consagra á sus negocios, y evita la negligencia y la frivolidad. Seamos pues activos como nuestro Señor, y "aprovechemos el tiempo"

La vida es indudablemente corta. Pero es la única época en que cristianos pueden hacer alguna obra de misericordia. En el otro mundo no habrá ningún ignorante á quien instruir, ningunos afligidos que consolar, ningún error espiritual que aclarar, ninguna miseria que remediar, ningún pesar que mitigar.   Cualquiera obra que hagamos de este género tenemos que hacerla de este lado de la sepultura. Apercibámonos de nuestra responsabilidad individual. Las almas están pereciendo, y el tiempo está pasando rápidamente. Resolvamos con la gracia de Dios hacer algo por la gloria de Dios antes de que muramos. Recordemos otra vez el ejemplo de nuestro Señor, y como Él, seamos activos y "aprovechemos el tiempo."

En segundo lugar notemos en estos versículos el poder de la gracia de Dios, y el influjo impulsivo del amor de Cristo. Leemos que entre las personas que seguían á nuestro Señor en sus viajes, iban "algunas mujeres, que habían sido curadas por él de malos espíritus y enfermedades."

Podemos fácilmente concebir que las dificultades que estas santas mujeres hubieron de arrostrar para hacerse discípulas de Cristo no fueran pocas ni pequeñas. Tenían que sufrir el desprecio y el escarnio que los Escribas y Fariseos vertían sobre todos los que seguían á Jesús. Tenían además muchas pruebas por que pasar á causa de las duras palabras y del mal trato que cualquiera Judía que pensaba por sí misma en materias religiosas tendría probablemente que sufrir. Pero ninguna de estas cosas las arredraban.

Agradecidas como estaban á nuestro Señor por las mercedes recibidas de sus manos, querían sufrir mucho por amor suyo. Fortalecidas interiormente por el poder renovador del Espíritu Santo, se hallaban en aptitud de seguir á Jesús y no flaquear. ¡Y Le permanecieron noblemente fieles hasta el fin! No fue una mujer quien vendió á nuestro Señor por treinta monedas de plata. No fueron mujeres quienes abandonaron al Señor en el jardín y huyeron.  No fue una mujer quien le negó tres veces en la casa del sumo sacerdote, fueron mujeres quienes lloraron y lamentaron cuando Jesús era llevado para ser crucificado. Mujeres fueron,  quienes se mantuvieron firmes hasta lo ultimo junto á la cruz. Fueron mujeres las que primero visitaron el sepulcro "en que yacía el Señor." ¡Grande es en verdad el poder de la gracia de Dios!

Que el recuerdo de la noble conducta de estas mujeres anime a todas las hijas de Eva á cargar la cruz y seguir á Cristo. Que el conocimiento de su propia debilidad, o el temor de caer no les impida hacer una decidida profesión de fe. Acaso la madre de una larga familia y de escasos recursos nos diga que no tiene tiempo desocupado para la religión. Acaso la mujer de un hombre irreligioso nos diga que no se atreve á. comenzar á ocuparse de religión. Tal vez la joven cuyos padres son indevotos nos diga que lo es imposible tener religión alguna. Y quizás la criada que vive en medio de compañeras no convertidas, pueda decirnos, que en mi posición una persona no puede seguir la religión. Pero este es un gravísimo error. Con Cristo nada es imposible. Que vuelvan a pensarlo, y cambien de parecer. Que empiecen con fe en Cristo, y confíen á Él el resultado. El Señor no cambia jamás. El que dio gracia y valor á "algunas mujeres " para que le sirvieran mientras estuvo en la tierra, puede facilitar los medios necesarios para que en estos tiempos las mujeres le sirvan, le glorifiquen, y sean Sus discípulas.

Notemos, finalmente, en estos versículos, el privilegio peculiar que nuestro Señor concede á los que fielmente lo siguen. Se nos dice que las mujeres que lo acompañaban en sus jornadas, "le servían de sus haberes." Sin duda Él no necesitaba de su auxilio. Son suyos todos los animales silvestres, y los ganados que pacen en mulares de montes. Salmo 50:10. Aquel poderoso Salvador que pudo multiplicar unos pocos panes y pescados para alimentar á millares de personas, pudo hacer brotar de la tierra alimento para su sustento, si así lo hubiera juzgado conveniente. Más no lo hizo así, por dos razones: primero, porque quiso mostrarnos que era hombre como nosotros mismos en todo, excepto solamente en el pecado, y que vivía con fe en la providencia de su Padre; segundo, porque permitiendo á sus secuaces que le asistieran, podía poner á prueba por sí mismo el amor y respeto con que lo miraban. El que tiene verdadero amor considera un placer dar algo al objeto amado. El que no lo tiene acostumbra hablar, prometer mucho, pero no hace absolutamente nada.

Esto de "servir á Cristo de sus haberes " presenta á la mente una importante serie de reflexiones que haremos bien en considerar. Nuestro Señor Jesucristo cuida continuamente de Su iglesia en nuestros días. Le seria fácil, sin duda, convertir á los chinos ó indostaníes en un momento, y crear la gracia con una sola palabra, ¡creó la luz el primer día de la creación! Más El no obra así. Quiere obrar usando como medios a los misioneros y su predicación, para difundir Su Evangelio.

Y haciéndolo así, está poniendo á prueba continuamente la fe y el celo de la iglesia. Permite á los cristianos que sean Sus coladores, para poder probar quien tiene voluntad de "servir," y quien no la tiene. Permite que la propagación del Evangelio se fomente por medio de suscriciones, contribuciones, y sociedades religiosas, para poder experimentar quienes son los avaros é infieles y quienes los verdaderamente "ricos para con Dios."  En resumen, la iglesia visible de Cristo puede dividirse en dos grandes partes, los que "sirven" á Cristo, y los que no le sirven. ¡Pluguiese á Dios que todos nos acordásemos de esta gran verdad y diésemos pruebas de nuestro amor! Mientras vivimos estamos en tela de juicio.   Nuestras vidas están manifestando constantemente de quienes somos y á quien servimos; si amamos á Cristo, ó amamos el mundo. ¡Felices los que saben qué es "servir á Cristo con sus haberes"!    Todavía podemos hacer esto, aunque nuestros ojos no contemplen su rostro. Aquellas palabras que describen lo que tendrá lugar el día del juicio son muy solemnes: "Tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber." Mat. 25:42.

NOTAS.    LUCAS 8:1-3.

María llamada Magdalena. El origen de este nombre lo explican diferentemente los comentadores. Unos opinan que era así llamada de una palabra Hebrea que significaba "tejedora de pelo." Otros opinan que era llamada así de la ciudad de Magdala en Galilea. La segunda opinión parece la más probable.

No hay autoridad Bíblica en que fundar la opinión común de que María Magdalena había vivido en pública violación del sétimo mandamiento. Que ella había sufrido la posesión extraordinaria del demonio es indudable; pero no hay evidencia satisfactoria de que fuese ramera.

3. Juana, mujer de Cusa, mayordomo de Herodes. De esta persona no se hace más mención en el Nuevo Testamento, y nada mas sabemos de ella.

Susana.   Este es el único pasaje, en que se hace mención de esta mujer.

Otras muchas. Quienes fueron estas, lo ignoramos. Los nombres de la mayor parte de ellas están probablemente en el libro de la vida, y el día del juicio los revelará.

Le asistían de lo que tenían. Era costumbre Judía, y de antiguo en la nación, creer inocente la costumbre de que las mujeres, con lo que tenían, proveyeran a sus instructores de alimento y vestido.

Texto Bíblico
Textos Paralelos
Referencias

Parábola del sembrador

Lucas 8.4-15

4  Juntándose una gran multitud,  y los que de cada ciudad venían a él,  les dijo por parábola:

El sembrador salió a sembrar su semilla;  y mientras sembraba,  una parte cayó junto al camino,  y fue hollada,  y las aves del cielo la comieron.

Otra parte cayó sobre la piedra;  y nacida,  se secó,  porque no tenía humedad.

Otra parte cayó entre espinos,  y los espinos que nacieron juntamente con ella,  la ahogaron.

Y otra parte cayó en buena tierra,  y nació y llevó fruto a ciento por uno.  Hablando estas cosas,  decía a gran voz: El que tiene oídos para oír,  oiga.

9  Y sus discípulos le preguntaron,  diciendo: ¿Qué significa esta parábola?

10  Y él dijo: A vosotros os es dado conocer los misterios del reino de Dios;  pero a los otros por parábolas,  para que viendo no vean,  y oyendo no entiendan. (Is. 6.9-10)

11  Esta es,  pues,  la parábola: La semilla es la palabra de Dios.

12  Y los de junto al camino son los que oyen,  y luego viene el diablo y quita de su corazón la palabra,  para que no crean y se salven.

13  Los de sobre la piedra son los que habiendo oído,  reciben la palabra con gozo;  pero éstos no tienen raíces;  creen por algún tiempo,  y en el tiempo de la prueba se apartan.

14  La que cayó entre espinos,  éstos son los que oyen,  pero yéndose,  son ahogados por los afanes y las riquezas y los placeres de la vida,  y no llevan fruto.

15  Más la que cayó en buena tierra,  éstos son los que con corazón bueno y recto retienen la palabra oída,  y dan fruto con perseverancia.

Parábola del sembrador

Lucas 8.4-15 Mt. 13.1-15, 18-23; Mr. 4.1-20

Mt. 13.1-15 1  Aquel día salió Jesús de la casa y se sentó junto al mar. 2  Y se le juntó mucha gente;  y entrando él en la barca,  se sentó, y toda la gente estaba en la playa. 3  Y les habló muchas cosas por parábolas,  diciendo: He aquí,  el sembrador salió a sembrar. 4  Y mientras sembraba,  parte de la semilla cayó junto al camino;  y vinieron las aves y la comieron. 5  Parte cayó en pedregales,  donde no había mucha tierra;  y brotó pronto,  porque no tenía profundidad de tierra; 6  pero salido el sol,  se quemó;  y porque no tenía raíz,  se secó. 7  Y parte cayó entre espinos;  y los espinos crecieron,  y la ahogaron. 8  Pero parte cayó en buena tierra,  y dio fruto,  cuál a ciento,  cuál a sesenta,  y cuál a treinta por uno. 9  El que tiene oídos para oír,  oiga. 10  Entonces,  acercándose los discípulos,  le dijeron: ¿Por qué les hablas por parábolas? 11  El respondiendo,  les dijo: Porque a vosotros os es dado saber los misterios del reino de los cielos;  mas a ellos no les es dado. 12  Porque a cualquiera que tiene,  se le dará,  y tendrá más;  pero al que no tiene,  aun lo que tiene le será quitado.  13  Por eso les hablo por parábolas: porque viendo no ven,  y oyendo no oyen,  ni entienden. 14  De manera que se cumple en ellos la profecía de Isaías,  que dijo: 

 De oído oiréis,  y no entenderéis; 

 Y viendo veréis,  y no percibiréis. 15  Porque el corazón de este pueblo se ha engrosado, 

 Y con los oídos oyen pesadamente, 

 Y han cerrado sus ojos; 

 Para que no vean con los ojos, 

 Y oigan con los oídos, 

 Y con el corazón entiendan, 

 Y se conviertan, 

 Y yo los sane., 18-23 18  Oíd,  pues,  vosotros la parábola del sembrador: 19  Cuando alguno oye la palabra del reino y no la entiende,  viene el malo,  y arrebata lo que fue sembrado en su corazón. Este es el que fue sembrado junto al camino. 20  Y el que fue sembrado en pedregales,  éste es el que oye la palabra,  y al momento la recibe con gozo; 21  pero no tiene raíz en sí,  sino que es de corta duración,  pues al venir la aflicción o la persecución por causa de la palabra,  luego tropieza. 22  El que fue sembrado entre espinos,  éste es el que oye la palabra,  pero el afán de este siglo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra,  y se hace infructuosa. 23  Mas el que fue sembrado en buena tierra,  éste es el que oye y entiende la palabra,  y da fruto;  y produce a ciento,  a sesenta,  y a treinta por uno.
Mr. 4.1-20
1 Otra vez comenzó Jesús a enseñar junto al mar, y se reunió alrededor del el mucha gente, tanto que entrando en una barca, se sentó en ella en el mar; y toda la gente estaba en tierra junto al mar. 2 Y les enseñaba por parábolas muchas cosas, y les decía en su doctrina: 3 Oíd: He aquí, el sembrador salió a sembrar; 4 y al sembrar, aconteció que una parte cayó junto al camino y vinieron las aves del cielo y la comieron. 5 Otra parte cayó en pedregales, donde no tenía mucha tierra; y brotó pronto, porque no tenía profundidad de tierra. 6 Pero salido el sol, se quemó; y porque no tenía raíz, se secó. 7 Otra parte cayó entre espinos; y los espinos crecieron y la ahogaron, y no dio fruto. 8 Pero otra parte cayó en buena tierra, y dio fruto, pues brotó y creció, y produjo a treinta, a sesenta, y a ciento por uno. 9 Entonces les dijo: El que tiene oídos para oír, oiga. 10 Cuando estuvo solo, los que estaban cerca de el con los doce le preguntaron sobre la parábola. 11 Y les dijo: A vosotros os es dado saber el misterio del reino de Dios; mas a los que están fuera, por parábolas todas las cosas; 12 para que viendo, vean y no perciban; y oyendo oigan y no entiendan; para que no se conviertan, y les sean perdonados los pecados  13 Y les dijo: ¿No sabéis esta parábola? ¿Cómo, pues, entenderéis todas las parábolas? 14 El sembrador es el que siembra la palabra.15 Y éstos son los de junto al camino; en quienes se siembra la palabra, pero después que la oyen, en seguida viene Satanás y quita la palabra que se sembró en sus corazones. 16 Estos son asimismo los que fueron sembrados en pedregales: los que cuando han oído la palabra, al momento la reciben con gozo; 17 pero no tienen raíz en sí, sino que son de corta duración, porque cuando viene la tribulación o la persecución por causa de la palabra, luego tropiezan. 18 Estos son los que fueron sembrados entre espinos; los que oyeron la palabra, 19 pero los afanes de este siglo, y el engaño de las riquezas, y las codicias de otras cosas, entran y ahogan la palabra, y se hace infructuosa. 20 Y estos son los que fueron sembrados, en buena tierra: los que oyen la palabra y la reciben, y dan fruto a treinta, a sesenta, y a ciento por uno.

Lucas 8.10 Is. 6.9-10 9  Y dijo: Anda,  y di a este pueblo: Oíd bien,  y no entendáis;  ved por cierto,  mas no comprendáis. 10  Engruesa el corazón de este pueblo,  y agrava sus oídos,  y ciega sus ojos,  para que no vea con sus ojos,  ni oiga con sus oídos,  ni su corazón entienda,  ni se convierta,  y haya para él sanidad.

Comentarios de J. C. Ryle

Lucas 8.4-15

La parábola del sembrador, contenida en estos versículos, se cita con más frecuencia que ninguna otra de la Biblia. Es una parábola de aplicación universal. Lo que refiere está pasando constantemente en cada congregación en que se predica el Evangelio. Las cuatro clases de personas que describe se encuentran en toda reunión que oye la divina palabra. Estas circunstancias deben hacer que leamos siempre la parábola con un reconocimiento profundo de su importancia. Al leerla debemos decirnos: "Esto me concierne; mi corazón está en esta parábola; yo, también, estoy incluido en ella."

El pasaje por sí mismo requiere poca explicación. En realidad la significación de toda la parábola ha sido tan completamente expresada por nuestro Señor Jesucristo que ninguna explicación ajena puede hacerla mucho más clara. Es una parábola que tiene por objeto recomendar la cautela, y eso en el más importante asunto: en el modo de oír la palabra de Dios. Previno á los apóstoles para que no esperasen demasiado de los oyentes; así mismo advierte á los ministros del Evangelio que no esperen que sus sermones produzcan mayores resultados de los que deben producir; y por último, va dirigida también á los oyentes para que cuiden de como oyen la palabra. La predicación es un medio de instrucción cuyo valor para la iglesia cristiana no puede jamás exagerarse. Pero nunca debe tampoco olvidarse, si los ministros del culto en su calidad de tales deben predicar bien, que los oyentes tienen que poner mucho de su parte para que la predicación no sea sin fruto. La primera admonición que se nos hace en la parábola es la de guardarnos del demonio cuando oigamos la palabra. Nuestro Señor nos dice que los corazones de algunos oyentes están como "junto al camino." La simiente del Evangelio es arrebatada por el demonio casi tan pronto como cae en ellos. No penetra profundamente en su conciencia: no hace la más mínima impresión en su mente. El demonio, sin duda, está en todas partes. Este espíritu maligno es incansable en sus esfuerzos por hacernos daño. Está siempre acechándonos, y buscando ocasión de perder nuestras almas, en ninguna parte es quizás esté tan activo el demonio como en la congregación  de los oyentes del Evangelio. En ninguna parte trabaja con tanto ahínco por detener el progreso de lo que es bueno, e impedir que se salven hombres y mujeres. De él provienen las ideas vagarosas y los pensamientos ociosos-él es muchas veces la causa de la indiferencia y la estupidez; él nos envía el cansancio, el aburrimiento, la falta de atención, y la agitación de nervios. La gente extraña de donde proviene todo esto, y se maravillan cómo es que hallan los sermones tan pesados, y los olvidan tan pronto Es que no tienen presente la parábola del sembrador, y lo que ella nos dice respecto del diablo.

Guardémonos de ser como las semillas que cayeron junto al camino. Guardémonos del demonio. Siempre se halla presente en la iglesia. Nunca está ausente del culto público. Acordémonos de esto, y estemos alerta. El calor ó el frió, el viento ó la niebla, la lluvia ó la nieve, atemorizan frecuentemente á los que van á la iglesia, les sirven de excusa para no ir. Pero hay un enemigo á quien deben temer más que á todas estas cosas juntas. Ese enemigo es Satanás.

La segunda admonición que se nos hace en la parábola del sembrador es la de cuidar que la impresión que recibamos al oír la, palabra no sea meramente efímera. Nuestro Señor nos dice que los corazones de muchos oyentes son semejantes al terreno pedregoso. La simiente de la palabra brota inmediatamente, tan pronto como la oyen, y produce una cosecha de gozo, y de emociones agradables. Pero este gozo y estas emociones no pasan de la superficie. Nada profundo y estable se verifica en sus almas, y por esto, tan pronto como el ardor quemante de la persecución ó de la tentación empieza á dejarse sentir, la pequeña semilla de religión, que parecía habían obtenido, se seca y desaparece.

Las emociones, los afectos, tienen, sin duda, gran parte en nuestra religión como individuos. Sin ellos no puede haber religión que salve. La esperanza, el gozo, la paz, la confianza, la resignación, el amor y el temor, son sensaciones que debemos sentir, si existen en realidad. Pero nunca debe olvidarse que hay emociones religiosas que son falsas, y que no proceden de otra cosa que del acaloramiento. Es muy posible sentir gran placer ó profunda alarma al oír la predicación del Evangelio, y no obstante estar enteramente destituidos de la gracia de Dios. Las lágrimas do algunos oyentes y la delicia extravagante de otros, no son signos seguros de conversión. Podemos ser admiradores entusiastas do algún predicador favorito, y sin embargo, asemejarnos al terreno pedregoso. Nada debe contentarnos sino aquella humildad, aquella contrición de corazón, que es obra del Espirito Santo, y una unión con Cristo, que nazca del corazón.

La tercera admonición contenida en la parábola del sembrador, es la de guardarnos de los cuidados de este mundo. Nuestro Señor nos dice que los corazones de muchos oyentes de la palabra son como un terreno lleno de espinas. Cuando la simiente de la palabra se siembra en ellos, es ahogada por el gran número de cosas de nuestra naturaleza, que atraen sus afectos. No hacen ninguna objeción á las doctrinas y preceptos del Evangelio. Hasta tienen deseos de creer y obedecer.    Pero dejan que las cosas de la tierra ganen tal posesión de su mente, que no queda espacio en que pueda obrar la palabra de Dios. De aquí resulta que aunque oyen muchos sermones, al parecer no se mejoran. En su corazón la verdad es sofocada cada semana, y, por lo tanto, no dan frutos sazonados.

El mundo es uno de los peligros más grandes que rodean el camino del cristiano. El dinero, los placeres, los negocios diarios, son á menudo otras tantas tentaciones. Millares de cosas, que en si mismas son inocentes, llevadas al exceso se convierten en veneno alma y apresuran la caída del hombre. El pecado cometido con descaro no es lo único que arruina el alma.  En medio de nuestras familias, y en el desempeño de nuestras ocupaciones lícitas, demos que estar alerta.  Si no velamos y oramos, el mundo puede privarnos cielo, y hacernos olvidar todos los sermones que oigamos. Tal vez vivamos y muramos sin que nuestro corazón pase de ser terreno espinoso.

La última admonición que se nos hace en la parábola del sembrador, es que nos guardemos de estar contentos con religión alguna que no produce fruto en nuestra vida. Nuestro Señor nos dice que los corazones de los que oyen bien la palabra, son como la buena tierra. La simiente del Evangelio penetra profundamente en ellos y produce resultados prácticos de fe, y de buena conducta. Tales personas obran con decisión: se arrepienten, creen, y obedecen. ¡No olvidemos por un solo momento que esta es la única religión que salva las almas! Más la mera profesión del Cristianismo, y un cumplimiento puramente externo con los sacramentos y demás ritos de la iglesia, nunca dan al hombre completa esperanza durante la vida, ó paz en la hora de la muerte, ó descanso en el mundo que queda más allá del sepulcro. Si en nuestro corazón y en nuestra conducta no manifestamos los frutos del Espíritu, el Evangelio nos ha sido predicado en vano. Tan solo aquellos que producen esos frutos se hallarán á la mano derecha de Cristo el día de su venida.

No terminemos esta parábola sin apercibirnos plenamente del peligro y de la responsabilidad á que están sujetos todos los oyentes del Evangelio. Podemos oír de cuatro maneras, y de estas cuatro solamente una es buena. Hay tres clases de oyentes cuyas almas están en peligro inminente. ¡Cuantos de estas tres clases se encuentran en cada congregación! Hay una sola clase de oyentes que son buenos á los ojos de Dios. ¿Pertenecemos á esa clase?

Finalmente, concluyamos estas ideas sobre la parábola con el recuerdo solemne del deber que todo fiel predicador tiene de clasificar su congregación, y de dirigirse á cada clase según sus necesidades. El clérigo que sube al pulpito todos los domingos y habla á su congregación como si todos hubieran de irse al cielo, no está ciertamente cumpliendo con su deber para con Dios ni para con el hombre. Su predicación está en contradicción abierta con la parábola del sembrador.

NOTAS.    LUCAS 8:4-15.

4. Y como se juntó una grande multitud. Notemos que esta expresión presenta una prueba indirecta pero importante de la fidelidad é integridad de nuestro Señor como instructor del pueblo. Tan lejos estaba de halagar á los hombres, y de decir cosas lisonjeras para adquirir popularidad, que cuando el concurso de oyentes era mayor, profirió una de las parábolas que más de cerca tocan el corazón y la conciencia.

5. Salió un sembrador á sembrar. Es muy probable que en esta parábola nuestro Señor describa algo que realmente estaba pasando á la visita. Preciso es recordar que pronunció muchas de sus parábolas en los campos, y que muchas veces usó como símiles objetos que estaban delante de sus ojos; de manera que sus lecciones hablaban á la vista lo mismo que al oído.

7. Entre espinas. No podemos determinar exactamente cuál sea la planta ó mala hierba á que se refiere el pasaje. Es la misma palabra empleada para describir "la corona de espinas" tejida por los soldados el día de la crucifixión, y colocada por mofa en la cabeza de nuestro Señor. Si esas espinas son de la misma naturaleza de las que todos conocemos, se ha dudado mucho, y la disputa no ha sido decidida.

8. El que tiene oídos para oír, oiga. Nótese que tres evangelistas, Mateo, Marcos y Lucas han preservado estas palabras en la narración de la misma parábola. Parece indicar que esta es de especial importancia.

10. Viendo, no vean. Esta expresión fue tomada evidentemente de las palabras de Isaías 6:9.    Es digno de observarse que pocos pasajes del Antiguo Testamentó se citan con tanta frecuencia en el Nuevo como este. Se halla seis veces, Mat. 13; 14, 15; Marcos 4:2; Juan 12:40; Hech. 28: 26; Rom. 11:8, y en este pasaje. Y en todas ellas se aplica á la misma cosa: á la obstinación y la incredulidad de los Judíos.

11. La simiente es la palabra de Dios. Observemos aquí, que la palabra "es" quiere decir, "significa," ó "representa," de acuerdo con un modismo hebreo. Es importante acordarse de esto, porque aclara aquellas palabras bien conocidas que pronunció nuestro Señor al instituir la cena: "Este es mi cuerpo," "Esta es mi sangre."

12 Luego viene el diablo. Esta es una de esas expresiones que enseñan terminantemente la existencia, personalidad, y acción del demonio.

13. Se apartan. La palabra así traducida es, en la lengua Griega, la raíz de la palabra tan conocida "apostasía."

14. Más idos.   El sentido de la palabra "idos" ha sido explicado de varios sentidos. Algunos creen que significa "idos" después de oír la palabra. Otros que significa "idos" "al través de la vida-en el curso de la vida," y la comparación con el pasaje en Lucas 1:6, donde se dice que Zacarías é Isabel "andaban en todos los mandamientos del Señor."

15. Corazón bueno y recto.  Debemos cuidar de no olvidar que esta expresión que implica que el corazón de persona alguna sea naturalmente "bueno," ó que en algún tiempo puede llegar á serlo sin la gracia de Dios. Lo que estas palabras sin duda significan es el corazón del que está libre de preocupaciones y del que desea aprender.

Texto Bíblico
Textos Paralelos
Referencias

Nada oculto que no haya de ser manifestado

Lucas 8.16-18

16  Nadie que enciende una luz la cubre con una vasija,  ni la pone debajo de la cama,  sino que la pone en un candelero (Mt. 5.15; Lc. 11.33) para que los que entran vean la luz.

17  Porque nada hay oculto,  que no haya de ser manifestado;  ni escondido,  que no haya de ser conocido,  y de salir a luz. (Mt. 10.26; Lc. 12.2)

18  Mirad,  pues,  cómo oís;  porque a todo el que tiene,  se le dará;  y a todo el que no tiene,  aun lo que piensa tener se le quitará. (Mt.25.29; Lc. 19.26)

Nada oculto que no hay de ser manifestado

Lucas 8.16-18 Mr. 4.21-25  21 También les dijo: ¿Acaso se trae la luz par ponerla debajo del almud, o debajo de la cama? ¿No es para ponerla en el candelero? 22 Porque no hay nada oculto que no haya de ser manifestado; ni escondido, que no hay de salir a luz  23 Si alguno tiene oídos para oír, oiga. 24 Les dijo también: Mirad lo que oís; porque con la medida con que medís, os será medido, y aun se os añadirá a vosotros lo que oís. 25 Porque al que tiene, se le dará; y al que no tiene; aun lo que tiene se le quitará.

Lucas. 8.6 Mt. 5.15; Lc. 11.33

Mt. 5.15 Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud,  sino sobre el candelero,  y alumbra a todos los que están en casa.

Lc. 11.33 Nadie pone en oculto la luz encendida,  ni debajo del almud,  sino en el candelero,  para que los que entran vean la luz.

Lucas 8.17 Mt. 10.26; Lc. 12.2

Mt. 10.26 Así que,  no los temáis;  porque nada hay encubierto,  que no haya de ser manifestado;  ni oculto,  que no haya de saberse.

Lc. 12.2 Porque nada hay encubierto,  que no haya de descubrirse;  ni oculto,  que no haya de saberse.

Lucas 8.18 Mt.25.29; Lc. 19.26

Mt.25.29 Porque al que tiene,  le será dado,  y tendrá más;  y al que no tiene,  aun lo que tiene le será quitado.

Lc. 19.26 Pues yo os digo que a todo el que tiene,  se le dará;  mas al que no tiene,  aun lo que tiene se le quitará.

Texto Bíblico
Textos Paralelos
Referencias

La madre y los hermanos de Jesús

Lucas 8.19-21

19  Entonces su madre y sus hermanos vinieron a él;  pero no podían llegar hasta él por causa de la multitud.

20  Y se le avisó,  diciendo: Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte.

21  El entonces respondiendo,  les dijo: Mi madre y mis hermanos son los que oyen la palabra de Dios,  y la hacen.

La madre y los hermanos de Jesús

Lucas 8.19-21 Mt. 12.46-50; Mr. 3.31-35

Mt. 12.46-50 46  Mientras él aún hablaba a la gente,  he aquí su madre y sus hermanos estaban afuera,  y le  querían hablar. 47  Y le dijo uno: He aquí tu madre y tus hermanos están afuera,  y te quieren hablar. 48  Respondiendo él al que le decía esto,  dijo: ¿Quién es mi madre,  y quiénes son mis hermanos? 49  Y extendiendo su mano hacia sus discípulos,  dijo: He aquí mi madre y mis hermanos. 50  Porque todo aquel que hace la voluntad de mi Padre que los cielos,  ése es mi hermano,  y hermana,  y madre.

Mr. 3.31-35 31  Vienen después sus hermanos y su madre,  y quedándose afuera,  enviaron a llamarle. 32  Y la gente que estaba sentada alrededor de él le dijo: Tu madre y tus hermanos están afuera,  y te buscan. 33  El les respondió diciendo: ¿Quién es mi madre y mis hermanos? 34  Y mirando a los que estaban sentados alrededor de él,  dijo: He aquí mi madre y mis hermanos. 35  Porque todo aquel que hace la voluntad de Dios,  ése es mi hermano,  y mi hermana,  y mi madre

 

Comentarios de J. C. Ryle

Lucas 8.16-21

Estos versículos no son otra cosa que una aplicación práctica de la celebre parábola del sembrador. Su objeto es grabar bien en nuestra  mente la lección importante que contiene esa parábola

Merecen, por lo tanto, la atención especial de todos los oyentes sinceros del Evangelio de Cristo.

Aprendemos primeramente en estos versículos que debemos hacer uso activo de los conocimientos que poseamos en cosas espirituales. Nuestro Señor nos dice que esos son semejantes á una lámpara encendida, que es totalmente inútil, cuando está cubierta con una vasija, ó puesta debajo de la cama, y que solo es útil cuando se la pone sobre el candelero, y se la coloca donde puede servir al hombre.

Cuando leamos estas palabras pensemos primero en nuestra propia conducta. El Evangelio que poseemos no nos ha sido dado solamente para que lo admiremos, para que hablemos acerca de él, y profesemos creerlo, sino también para que lo practiquemos. El Cristianismo es un "talento" confiado á nuestro cuidado, y que acarrea gran responsabilidad. Nosotros no estamos en tinieblas como los paganos. Una luz gloriosa ha sido colocada á nuestra vista. Cuidemos de no cerrar los ojos ante sus rayos. Marchemos mientras tenemos la luz. Juan 12:35.

Pero no pensemos solamente en nosotros. Pensemos también en los demás. Existen en el mundo millones que carecen absolutamente de luz espiritual. Viven sin Dios, sin Cristo, y sin esperanza. Efes. 2:12. No podemos hacer nada por ellos Hay millares á nuestro derredor, en nuestro propio país, que no se han convertido, que están muertos en el pecado, sin ver ni saber nada de bueno. ¿No podemos hacer nada por ellos? Preguntas son estas á las que todo verdadero cristiano debe dar respuesta satisfactoria. Debemos esforzarnos en extender nuestra religión por todas partes. No hay peor egoísmo que el del hombre que se contenta con ir solo al cielo. La caridad mejor entendida consisto en hacer lo posible por que otros participen de los rayos todos de la luz religiosa que poseamos, y en mantener nuestra lámpara de tal modo que alumbre á todos los que están á nuestro derredor. ¡Feliz aquel que, tan luego como reciba luz del cielo, empieza á pensar en otros, tanto como en sí mismo! Dios no enciende ninguna lámpara para que arda solitaria.

Aprendemos, en segundo lugar, en estos versículos, lo importante que es oír bien. Las palabras de nuestro Señor Jesucristo deben de grabar profundamente esta lección en nuestros corazones. El dijo: "Mirad pues como oís."

El provecho que los hombres reciben de todos los medios de gracia depende enteramente del modo como estos son empleados. La oración privada se halla en el cimiento mismo de la religión; pero la mera repetición rutinaria de un número determinado de palabras, cuando "el corazón está muy distante," no hace bien á ninguna alma. La lectura de la Biblia es esencial para obtener un correcto conocimiento del Cristianismo; sin embargo, el mero hábito de leer tantos capítulos como una tarea obligatoria, sin el deseo humilde de ser instruidos por Dios, no es otra cosa que pérdida de tiempo. Y lo que sucede respecto de la oración y de la lectura de la Biblia, puede aplicarse al acto de oír. No basta que vayamos á la iglesia y oigamos sermones. Podemos hacerlo por espacio de cincuenta años y no ser mejores sino más bien peores que antes: "Mirad, como oís," dijo nuestro Señor.

¿Desea alguno saber cómo debe oírse? Tenga presente tres reglas sencillas. En primer lugar debe oírse con fe, creyendo implícitamente que cada palabra de Dios es verdadera, y que "no pasará." La palabra aprovechó de poco á los judíos, "por no estar mezclada con fe en aquellos que la oyeron." Heb. 4: 2. También debemos oír con reverencia, teniendo presente constantemente que Biblia es el libro de Dios. Esto fue lo que hicieron los Tesalonicenses; recibieron el mensaje de Pablo, "no como palabra de hombres, sino como la palabra de Dios." 1 Tes. 2:13. Sobre todo, debemos oír con devoción, orando humildemente por la bendición de Dios antes y después de que se predique el sermón. La falta de la mayor parte de los oyentes consiste en que no piden bendición alguna, y por lo tanto no obtienen ninguna. El sermón pasa por su mente á la manera que el agua pasa por un cedazo, sin dejar nada adentro.

Traigamos á la memoria estas reglas todos los Domingos por la mañana, antes de que vayamos á oír predicar la palabra de Dios. No corramos á la presencia de Dios, descuidada y atolondradamente, como si no nos importara lo que hiciéramos. Entremos en la iglesia con fe, reverencia y devoción. Solo así podremos oír con provecho, y volver á nuestro hogar con agradecimiento.

Aprendemos, finalmente, en estos versículos, cuáles son las prerrogativas de los oyen la palabra de Dios, y la cumplen. Nuestro Señor Jesucristo dice que considera á estos como si fueran su madre y sus hermanos.

El que oye la palabra de Dios, y la cumple es el verdadero cristiano. Ese oye el llamamiento de Dios al arrepentimiento y á la conversión y lo obedece; cesa de obrar mal, y aprende á obrar bien se despoja del hombre viejo, y se reviste del hombre nuevo; oye la exhortación de Dios para creer en Jesucristo á fin de obtener justificación, y lo obedece, abandona su propia rectitud, y confiesa tener necesidad de un Salvador; recibe á Cristo crucificado como su única esperanza, y da por perdidas todas las cosas por conocerlo á él; oye que se le manda ser bueno, y obedece; se esfuerza en vivir, no según la carne, más según el espíritu; y empelase, en fin, en echar á un lado todo peso, y el pecado que tan estrechamente lo persigue. He aquí en lo que consiste el verdadero Cristianismo. Todos los hombres que obran así son verdaderos cristianos.

Pero los sufrimientos de todos los que "oyen la palabra de Dios y la cumplen " no son pocos ni pequeños. El mundo, la carne y el demonio los hacen padecer constantemente; y ellos gimen con frecuencia, estando sobrecargados. 2 Cor. 5.4. Muchas veces la cruz les parece pesada y el camino del cielo escabroso y estrecho; y se sienten dispuestos á exclamar como S. Pablo cuando dijo: " ¡Miserable de mí! ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte?" Rom. 7:24. Los que así piensen y los que así exclamen deben hallar consuelo en las palabras de nuestro Señor Jesucristo que hemos estado considerando. Que recuerden que el mismo Hijo de Dios los mira como á parientes cercanos. Que no hagan caso de la burla, del escarnio y de la persecución de este mundo. La mujer de quien Cristo dice: " Esa es mi madre," y el hombre de quien dice: " Ese es mi hermano " no tienen nada que temer.

NOTAS.   LUCAS 8:16-21.

16. Debajo de la cama. Esta palabra significa un "lecho" como los que se veían en todas las salas de las casas orientales, y debajo del cual en probable que se ponían machas cosas cuando no se necesitaban

18. Mirad, pues, como oís. Téngase presente, que la mayor parte del género humano en todos los siglos depende peculiarmente de la instrucción oral. El nombre de los que tienen tiempo y talento para leer y estudiar en privado es y siempre corto. Cuando la imprenta no había sido inventada, y el número escritores era reducido, esa especie de instrucción debió de haber sido de mayor importancia.

Porque á cualquiera que tuviere. Esta expresión quiere decir indudablemente, "el que tuviere é hiciere buen uso de lo que tuviere." La otra expresión en el versículo, "á cualquiera que no tuviere," quiere decir del mismo modo, "al que no hiciere uso de lo que hubiere recibido."

19. Su madre y hermanos.    De esta expresión muchos han inferido que José, esposo de María, ya había muerto. Si así fuere lo ignoramos; más parece indudable que había muerto antes que la crucifixión tuviese lugar, pues nuestro Señor  recomendó su madre á Juan. Juan 19:27.

Á quiénes se designa como "hermanos" es cosa que no puede determinarse ahora. La palabra así traducida no significa necesariamente los hijos de la misa madre. Es evidente que en muchos pasajes de la Biblia, la palabra "hermano" tiene frecuentemente una significación más lata, y puede denotar primos, o parientes más lejanos. Compárese el Gen. 31:46; Mat. 13:55; 27:56; Márc. 1:18; Gal. 1:19. Algunos piensan que estos " hermanos" eran hijos de José de primeras nupcias. Otros piensan que eran hijos de una de las hermanas. Nada se sabe de cierto sobre el particular.

Si la madre de nuestro Señor comprendía claramente en esta época la naturaleza de la obra de su hijo sobre la tierra, puede controvertirse seriamente. No hay razón para suponer que ella estuviera completamente exenta de aquella ignorancia de que los mejores judíos parecen haber adolecido acerca de las humillaciones y padecimientos del Mesías.

Texto Bíblico
Textos Paralelos
Referencias

Jesús calma la tempestad

Lucas 8.22-25

22  Aconteció un día,  que entró en una barca con sus discípulos,  y les dijo: al otro lado del lago.  Y partieron. 23  Pero mientras navegaban,  él se durmió.  Y se desencadenó una tempestad de viento en el lago;  y se anegaban y peligraban. 24  Y vinieron a él y le despertaron,  diciendo: ¡Maestro,  Maestro,  que perecemos!  Despertando él,  reprendió al viento y a las olas;  y cesaron,  y se hizo bonanza. 25  Y les dijo: ¿Dónde está vuestra fe?  Y atemorizados,  se maravillaban,  y se decían unos a otros: ¿Quién es éste,  que aun a los vientos y a las aguas manda,  y le obedecen?

Jesús calma la tempestad

Lucas 8.22-25 Mt. 8.23-27; Mr. 4.35-41

Mt. 8.23-27 23 Y entrando él en la barca, sus discípulos le siguieron. 24 Y he aquí que se levantó en el mar una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca; pero él dormía. 25 Y vinieron sus discípulos y le despertaron diciendo: ¡Señor, sálvanos, que perecemos! 26 El les dijo: ¿Por qué teméis, hombres de poca fe? Entonces, levantándose, reprendió a los vientos y al mar, y se hizo grande bonanza. 27 Y los hombres se maravillaron, diciendo. ¿Qué hombre es éste, que aún los vientos y el mar le obedecen?

Mr. 4.35-41 35  Aquel día,  cuando llegó la noche,  les dijo: Pasemos al otro lado. 36  Y despidiendo a la multitud,  le tomaron como estaba,  en la barca;  y había también con él otras barcas. 37  Pero se levantó una gran tempestad de viento,  y echaba las olas en la barca,  de tal manera que ya se anegaba. 38  Y él estaba en la popa,  durmiendo sobre un cabezal;  y le despertaron,  y le dijeron: Maestro,  ¿no tienes cuidado que perecemos? 39  Y levantándose,  reprendió al viento,  y dijo al mar: Calla,  enmudece. Y cesó el viento,  y se hizo grande bonanza. 40  Y les dijo: ¿Por qué estáis así amedrentados?  ¿Cómo no tenéis fe? 41  Entonces temieron con gran temor,  y se decían el uno al otro: ¿Quién es éste,  que aun el viento y el mar le obedecen?

 

Comentarios de J. C. Ryle

Lucas 8.22-25

El acontecimiento descrito en estos versículos ha sido referido tres veces en los Evangelios. Mateo, Marcos y Lucas fueron inspirados para narrarlo. Esta circunstancia debe indicarnos su importancia, y debe hacernos fijar más la atención en las lecciones que contiene.

Aprendemos, primeramente, en estos versículos, que nuestro Señor Jesucristo era tan realmente hombre como Dios. Refiéresenos que navegando en el lago de Genesaret en una barca con sus discípulos, "se durmió." El sueño, como es bien sabido, es uno de los fenómenos de nuestra constitución física corno seres humanos. Los ángeles y los espíritus no necesitan alimento ni descanso. Pero los seres humanos, para conservar la existencia, tienen que comer, beber, y dormir. Si Jesús se cansaba y necesitaba de reposo, debió haber unido dos naturalezas en una sola persona-una humana lo mismo que una divina.

Esta verdad es una fuente de consuelo y animación para todos los verdaderos cristianos. El Mediador, en quien se nos manda confiar, participó de la naturaleza humana. El Sumo Sacerdote, que mora á la diestra del Padre, tuvo experiencia propia de todos los sufrimientos corporales, excepto los que causa el pecado. El tuvo hambre y sed, y padeció dolores; El sufrió cansancio, y buscó descanso en el sueño. Abramos con franqueza nuestros corazones en su presencia, y contémosle aun nuestros más pequeños pesares, sin reserva. Aquel que hizo expiación por nosotros en la cruz es quien "puede compadecerse de nuestras flaquezas." Heb. 4:15. Aburrirse de trabajar por Dios es pecaminoso, pero sentir cansancio y decaimiento no es pecado. Jesús mismo estuvo cansado, y reposó.

Vemos, en segundo lugar, en estos versículos, qué de temores y ansiedades turban á veces el corazón de los verdaderos discípulos de Cristo. Se nos dice que cuando descargó una tempestad de viento sobre el lago, y la barca en que nuestro Señor iba se estaba llenando de agua, y se hallaba en peligro, Sus compañeros se alarmaron mucho, y se acercaron á Él y lo despertaron diciendo: "Maestro, maestro, que perecemos " Olvidaron, por un instante, el cuidado no interrumpido que su Maestro había tenido de ellos en tiempos pasados. Se olvidaron que á su lado estaban exentos de todo peligro, cualquiera que fuese el accidente que sobreviniese, todo lo olvidaron, excepto la vista y la convicción del peligro presente, y bajo esa impresión ni aun pudieron aguardar á que Cristo despertase. Que cierto es que la vista, las sensaciones y los sentimientos forman muy pobres teólogos.

Hechos como estos abaten el orgullo de la naturaleza humana, nuestra presunción y nuestros pensamientos altivos se desvanecen al ver que criatura tan vil es el hombre, aun en sus mejores circunstancias. Pero hechos tales son, por otra parte, sumamente instructivos: nos enseñan sobre qué cosas debemos velar y contra tales debemos implorar el auxilio divino; nos enseñan cual débenos esperar que sea la conducta de otros cristianos. En nuestras esperanzas debemos ser moderados. No debemos suponer que algunos hombres no sean creyentes, porque algunas veces manifiestan grande fragilidad, porque se encuentren algunas veces abrumados temores. Aun Pedro, Santiago y Juan exclamaron, "Maestro, nuestro, que perecemos."

Se nos da á conocer, en tercer lugar, en estos versículos, cuan grande es el poder de nuestro Señor Jesucristo. Se nos dice que cuando Sus discípulos lo llamaron durante la tempestad, "despertando él riñó al viento y á la tempestad de agua, y cesaron; y fue grande bonanza." Este fue, sin duda, un milagro prodigioso. Se necesitaba el poder de Aquel que hizo descender el diluvio sobre la tierra en los días de Noé, y, á su tiempo lo hizo desaparecer, dividió en dos el mar Rojo y el río Jordán, y abrió camino á Su pueblo por entre las aguas; y que hizo venir las langostas sobre Egipto con un viento del Este, y con un viento del Oste las arrebató. Éxodo 10:13, 19. Ningún poder menor que este hubiera podido convertir en un momento una tempestad en bonanza. "Hablar á los vientos y á las olas " es un proverbio común para denotar que lo que se intenta es imposible.  Pero en este pasaje vemos que Jesús habla, y los vientos y las olas obedecen instantáneamente. Como hombre había dormido; como Dios apaciguó la tempestad.

Es un pensamiento glorioso y consolador que nuestro Señor Jesucristo hace uso de su poder infinito en favor de los creyentes. Vino al mundo á salvarlos á todos, y "poderoso es para salvar." Las tribulaciones de Su pueblo son frecuentemente muchas y muy penosas: el demonio jamás cesa de hacerles la guerra; los gobernantes de este mundo los persiguen con frecuencia; los jefes mismos de la iglesia, que deberían ser pastores afectuosos, se oponen á menudo y obstinadamente contra la verdad que se encuentra en Jesús. Pero, no obstante todo esto, el pueblo de Cristo jamás que dará completamente abandonado. Aunque cruelmente hostilizado, no será anonadado; aunque abatido, no será vencido. Aun en las horas más sombrías los verdaderos Cristianos pueden tranquilizarse con la reflexión de que "es mayor Aquel que está por ellos que todos los que están contra ellos. El oleaje y los huracanes de la política y de la iglesia pueden acaso estrellarse furiosamente contra ellos, y toda esperanza puede parecer perdida; más ¿por qué desesperar? Aquel divino Protector que mora en los cielos puede hacer que estos vientos y estos oleajes cesen en un instante. La iglesia verdadera, de la cual Cristo es la cabeza, jamás perecerá. El glorioso Jesús es omnipotente, y vive eternamente, y todos los miembros fieles de la iglesia vivirán también y llegarán finalmente salvos á la patria celestial. Juan 14:19.

Vemos, por ultimo, en estos versículos cuan necesario es que los cristianos mantengan viva su fe para servirse de ella en todo caso. Nuestro Señor dijo á sus discípulos cuando la tempestad había cesado, y sus terrores se habían disipado: "¿Dónde está vuestra fe?" ¡No sin razón hizo esta pregunta! ¿De qué les servia tener fe si no podían creer en el tiempo de la necesidad? ¿Qué mérito positivo tendría su fe, á no ser que la mantuvieran en activo ejercicio? ¿Qué ventaja habría en confiar, si solo confiaban en su Maestro durante la calma, pero no en la borrasca?

La lección de que nos ocupamos es de grande y práctica importancia: poseer la fe verdadera es una cosa; mantener viva y activa esa fe para todo caso de necesidad, es otra. Muchos aceptan á Cristo como su Salvador, y le confían sus almas en vida y en muerte; sin embargo, muchas veces les falta la fe cuando acaece algún suceso inesperado ú ocurre repentinamente alguna tentación. Esto no debiera ser así. Nuestra oración ferviente debe ser que siempre nuestra fe permanezca á nuestro alcance y que nunca nos encontremos desprevenidos. El cristiano más leal es el que vive "cómo si viese al invisible." Heb. 11:27. Ese cristiano no se arredra ante la tempestad; pues ve á Jesús cerca de él en la hora más tenebrosa, y percibe el azul del cielo tras las nubes más negras

NOTAS.   LUCAS 8:22-25.

18. Entró en uní nave. Los acontecimientos referidos en este pasaje acaecieron en el lago de Genesaret, ó mar de Galilea. En la época en que nuestro Señor Jesucristo estuvo sobre la tierra, el país situado al rededor de este lago estaba densamente habitado y parece que había muchos botes. Al presente, según nos refieren los viajeros, hay allí pocos botes, y la población al rededor es muy escasa.

23.  Y descendió una tempestad de viento en el lago.   Todos los viajeros están acordes en referir, que el lago de Genesaret está muy expuesto á tempestades de esta clase. Situado muy bajo, y rodeado casi por todos lados de collados elevados, ráfagas repentinas de viento son por consiguiente muy comunes.

Texto Bíblico
Textos Paralelos
Referencias

El endemoniado gadareno

Lucas 8.26-39

26  Y arribaron a la tierra de los gadarenos,  que está en la ribera opuesta a Galilea.

27  Al llegar él a tierra,  vino a su encuentro un hombre de la ciudad,  endemoniado desde hacía mucho tiempo;  y no vestía ropa,  ni moraba en casa,  sino en los sepulcros.

28  Este,  al ver a Jesús,  lanzó un gran grito,  y postrándose a sus pies exclamó a gran voz: ¿Qué tienes conmigo,  Jesús,  Hijo del Dios Altísimo?  Te ruego que no me atormentes.

29  (Porque mandaba al espíritu inmundo que saliese del hombre,  pues hacía mucho tiempo que se había apoderado de él;  y le ataban con cadenas y grillos,  pero rompiendo las cadenas,  era impelido por el demonio a los desiertos.)

30  Y le preguntó Jesús,  diciendo: ¿Cómo te llamas?  Y él dijo: Legión.  Porque muchos demonios habían entrado en él.

31  Y le rogaban que no los mandase ir al abismo.

32  Había allí un hato de muchos cerdos que pacían en el monte;  y le rogaron que los dejase entrar en ellos;  y les dio permiso.

33  Y los demonios,  salidos del hombre,  entraron en los cerdos;  y el hato se precipitó por un despeñadero al lago,  y se ahogó.

34  Y los que apacentaban los cerdos,  cuando vieron lo que había acontecido,  huyeron,  y yendo dieron aviso en la ciudad y por los campos.

35  Y salieron a ver lo que había sucedido;  y vinieron a Jesús,  y hallaron al hombre de quien habían salido los demonios,  sentado a los pies de Jesús,  vestido,  y en su cabal juicio;  y tuvieron miedo.

36  Y los que lo habían visto,  les contaron cómo había sido salvado el endemoniado.

37  Entonces toda la multitud de la región alrededor de los gadarenos le rogó que se marchase de ellos,  pues tenían gran temor.  Y Jesús,  entrando en la barca,  se volvió.

38  Y el hombre de quien habían salido los demonios le rogaba que le dejase estar con él;  pero Jesús le despidió,  diciendo:

39  Vuélvete a tu casa,  y cuenta cuán grandes cosas ha hecho Dios contigo.  Y él se fue,  publicando por toda la ciudad cuán grandes cosas había hecho Jesús con él.

El endemoniado gadareno

Lucas 8.26-39 Mt. 8.28-34; Mr. 5.1-20

Mt. 8.28-34 28 Cuando llegó a la otra orilla, a la tierra de los gaderenos, vinieron a su encuentro dos endemoniados que salían de los sepulcros, feroces en gran manera, tanto que nadie podía pasar por aquel camino. 29 Y clamaron diciendo: ¿Qué tienes con nosotros, Jesús, Hijo de Dios? ¿Has venido acá para atormentarnos antes de tiempo? 30 Estaba paciendo lejos de ellos un hato de muchos cerdos. 31 Y los demonios le  rogaron diciendo: si nos echas fuera, permítenos ir a aquel hato de cerdos. 32 El les dijo: Id.  Y  ellos salieron, y se fueron a aquel hato de cerdos; y he aquí, todo el hato de cerdos se precipitó en el mar por un despeñadero, y perecieron en las aguas. 33 Y los que los apacentaban huyeron, y viniendo a la ciudad, contaron todas las cosas, y lo que había pasado con los endemoniados. 34 Y toda la ciudad salió al encuentro de Jesús; y cuando le vieron, le rogaron que se fuera de sus contornos.

Mr. 5.1-20 1  Vinieron al otro lado del mar,  a la región de los gadarenos. 2  Y cuando salió él de la barca,  en seguida vino a su encuentro,  de los sepulcros,  un hombre con un espíritu inmundo, 3  que tenía su morada en los sepulcros,  y nadie podía atarle,  ni aun con cadenas. 4  Porque muchas veces había sido atado con grillos y cadenas,  mas las cadenas habían sido hechas pedazos por él,  y desmenuzados los grillos;  y nadie le podía dominar. 5  Y siempre,  de día y de noche,  andaba dando voces en los montes y en los sepulcros,  e hiriéndose con piedras. 6  Cuando vio,  pues,  a Jesús de lejos,  corrió,  y se arrodilló ante él. 7  Y clamando a gran voz,  dijo: ¿Qué tienes conmigo,  Jesús,  Hijo del Dios Altísimo?  Te conjuro por Dios que no me atormentes. 8  Porque le decía: Sal de este hombre,  espíritu inmundo. 9  Y le preguntó: ¿Cómo te llamas?  Y respondió diciendo: Legión me llamo;  porque somos muchos. 10  Y le rogaba mucho que no los enviase fuera de aquella región. 11  Estaba allí cerca del monte un gran hato de cerdos paciendo. 12  Y le rogaron todos los demonios,  diciendo: Envíanos a los cerdos para que entremos en ellos. 13  Y luego Jesús les dio permiso.  Y saliendo aquellos espíritus inmundos,  entraron en los cerdos,  los cuales eran como dos mil;  y el hato se precipitó en el mar por un despeñadero,  y en el mar se ahogaron. 14  Y los que apacentaban los cerdos huyeron,  y dieron aviso en la ciudad y en los campos.  Y salieron a ver qué era aquello que había sucedido. 15  Vienen a Jesús,  y ven al que había sido atormentado del demonio,  y que había tenido la legión,  sentado,  vestido y en su juicio cabal;  y tuvieron miedo. 16  Y les contaron los que lo habían visto,  cómo le había acontecido al que había tenido el demonio,  y lo de los cerdos. 17  Y comenzaron a rogarle que se  fuera de sus contornos. 18  Al entrar él en la barca,  el que había estado endemoniado le rogaba que le dejase estar con él. 19  Más Jesús no se lo permitió,  sino que le dijo: Vete a tu casa,  a los tuyos,  y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo,  y cómo ha tenido misericordia de ti. 20  Y se fue,  y comenzó a publicar en Decápolis cuán grandes cosas había hecho Jesús con él;  y todos se maravillaban.

 

Comentarios de J. C. Ryle

Lucas 8.26-36

Estos incidentes que son bien conocidos han sido cuidadosamente referidos por los tres primeros evangelistas. Presentan una prueba evidente del dominio completo de nuestro Señor sobre el príncipe de este mundo. El gran enemigo de nuestras almas vencido completamente-el "fuerte " fue batido por uno más fuerte que él, y el león fue despojado de su presa.

Observemos, primeramente, en este pasaje, cuan miserable es situación de aquellos sobre quienes reina el demonio. El cuadro puesto ante nuestra vista es horroroso. Se nos dice que cuando nuestro  Señor llegó al país de los gadarenos "le salió al encuentro de la ciudad un hombre que tenia demonios ya de mucho tiempo, y no llevaba vestido ni moraba en casa, sino en los sepulcros." También se nos dice que aunque se le tenia atado con cadenas y grillos, rompía las prisiones é iba impelido del demonio por los despoblados. En resumen, tal caso parece haber sido uno de las más graves formas de posesión demoníaca. El infeliz paciente estaba bajo el dominio completo de Satanás, tanto en cuerpo como en alma. Mientras que continuaba en este estado debió haber servido de estorbo y molestia á todos los que estaban á su derredor. Sus facultades mentales estaban bajo el dominio de una "legión de demonios. Solo podía emplear su fuerza corporal en su propio daño. Difícil es concebir á un mortal en estado más lastimoso.

¡Casos como este son raros, á lo menos, en tiempos modernos! Empero no debemos, por este motivo, olvidar que el demonio está ejerciendo constantemente un poder inmenso sobre muchos corazones y muchas almas. El excita sin cesar á muchos á que se entreguen á prácticas deshonrosas y ruinosas; y gobierna todavía a muchos con cetro de hierro. Lanza á los hombres de vicio en vicio y de maldad en maldad; alejados de la buena sociedad, y del influjo de amigos respetables; sumérgelos en los mas profundos abismos de perversidad; tórnalos en suicidas; y los hace tan inútiles á sus familias, á la iglesia, y al mundo, como si estuviesen muertos, y no vivos. ¿Dónde está el ministro fiel que no podría señalar con el dedo muchos casos semejantes? ¿Á que otra causa puede atribuirse el modo de vivir de muchos jóvenes de ambos sexos?, sino á la de que están poseídos de demonios. Es inútil cerrar los ojos á los hechos.   La posesión demoníaca del cuerpo puede ser comparativamente rara; pero muchos, desgraciadamente, son los casos en qua el demonio parece poseer completamente las almas de los hombres.

¡Causa espanto pensar sobre estas cosas! ¡Horroroso es ver á que estado de ruina de cuerpo y alma Satanás lanza con frecuencia a los jóvenes! ¡Horroroso es observar cuan á menudo los aparta de todo buen influjo, y los sumerge en el cieno de las malas compañías, y de pecados asquerosos! ¡Horroroso, sobre todo, es reflexionar que dentro de poco tiempo los esclavos de Satanás se perderán para siempre, y en el infierno! En tal caso queda una sola cosa para hacer por ellos: se puede orar á Cristo por ellos. Aquel que vino al país de los gadarenos, y allí sanó al mísero endemoniado, vive aún en el cielo, y se apiada de los pecadores. Aún el peor esclavo de Satanás no está irremediablemente perdido. Jesús puede aún compadecerse de él, y libertarlo.

Observemos, en segundo lugar, en estos versículos, cuan absoluto es el poder que nuestro Señor Jesucristo ejerce sobre Satanás. Se nos dice que "mandó al espíritu inmundo que saliese del hombre," cuya miserable condición acabamos de ver descrita. Al instante el desgraciado paciente fue sanado. Los "muchos demonios" de quienes había estado poseído fueron obligados á dejarlo. Ni es esto todo. Echados fuera del corazón del hombre, estos espíritus malignos suplicaron á nuestro Señor que "no los mandase ir al abismo," y por tanto confesaron la supremacía de Jesús sobre ellos. Aunque eran poderosos, conocieron claramente que estaban en la presencia de un Ser mas poderoso que ellos. Llenos de malignidad como estaban, ni aun á la piara de cerdos de los gadarenos podían hacer mal hasta que nuestro Señor no les concediera permiso.

El dominio que tiene nuestro Señor Jesucristo sobre el demonio debe ser para todos los verdaderos cristianos un pensamiento consolador. Sin él, á la verdad, podrían con razón desespera  de conseguir la salvación. El conocimiento de que tenemos siempre junto á nosotros un enemigo espiritual é invisible, trabajando noche y día por lograr nuestra perdición, seria suficiente para quitarnos toda esperanza, si no supiéramos también que tenemos un Protector. ¡Bendito sea Dios, porque el Evangelio nos lo revela! El Señor es más fuerte que "el fuerte enemigo," que está siempre en guerra contra nuestras almas. Jesús puede librarnos del demonio. Muchas veces hizo patente el poder que tiene sobre él, cuando estuvo en la tierra; y sobre la cruz triunfó gloriosamente de él. Nunca lo dejará que arrebate de sus manos ninguna de sus ovejas. Algún día lo quebrantará debajo de nuestros pies, y lo atará con una gran cadena en la prisión del infierno. Rom. 16: 20; Rev. 20:1, 4 ¡Felices los que oyen la voz de Cristo y lo siguen! ¡Satanás puede tentarlos, pero no perder sus almas! Ellos serán "más que victoriosos" por medio de Aquel que los amó. Rom. 8: 37.

Notemos, finalmente, el cambio maravilloso que Cristo puede resultar en los esclavos de Satanás. Se nos dice que los gadarenos hallaron al hombre de quien habían salido los demonios, vestido, y en su sano juicio, sentado á los pies de Jesús. ¡Este espectáculo debió  de haber sido verdaderamente extraño y asombroso! La vida y condición anteriores del hombre eran, sin duda, bien conocidas. Había sido probablemente estorbo y espanto de todo el vecindario. Pero ya, en un momento, un cambio completo se había efectuado en él. "Lo viejo se pasó ya: he aquí todo es hecho nuevo." El poder por cuyo medio se obró tal curación, debe, en verdad haber sido infinito. Cuando Cristo es el médico, nada es imposible.

Una cosa, sin embargo, jamás se debe perder de vista. Sorprendente y milagrosa como fue esta cura, no es en verdad más maravillosa que la conversión de un pecador. Maravilloso como fue el cambio que se manifestó en el estado del endemoniado ya curado, no es un ápice más maravilloso que el cambio que sobreviene á cada uno que nace de nuevo, y torna á Dios del poder da Satanás. Jamás estará el hombre en su sano juicio, mientras no se convierta; jamás ocupará su debido lugar, mientras que no se arroje con fe á los pies de Jesús. ¿Nos hemos detenido alguna vez á considerar lo que es una conversión verdadera? No es otra cosa que la milagrosa redención de un cautivo, la restauración milagrosa de un hombre á su sano juicio, el milagroso rescate de un alma del poder del demonio.

¿Qué somos nosotros? Esta, es conclusión, es la gran pregunta que nos atañe. ¿Somos esclavos de Satanás, ó siervos de Dios? ¿Nos ha libertado Cristo, ó reina todavía el demonio en nuestros corazones? ¿Nos postramos diariamente á los pies de Jesús? ¿Estamos en nuestro sano juicio? ¡Plegué al Señor ayudarnos á dar recta respuesta á estas preguntas!

NOTAS.   LUCAS 8:26-36.

27. Un hombre que tenía demonios ya de mucho tiempo. En este, como en todos los ejemplos e posesión demoníaca mencionados en la Escritura, hay algo que es en extremo misterioso. Y preciso es que así sea por el hecho de que tales posesiones  parecen haber sido mucho más comunes, y de síntomas más pronunciados cuando nuestro Señor estuvo en la tierra, que la han sido desde aquel entonces.

Bástenos creer implícitamente, que la posesión diabólica, tanto del cuerpo como del alma, era un hecho innegable en tiempo de nuestro Señor, y quo todas las tentativas que se han hecho para atribuir á otras causas los casos descritos, como epilepsia, frenesí, y otras enfermedades parecidas, no satisfacen absolutamente. En cuanto á lo demás, lo que no podamos comprender completamente, debemos contentarnos con creerlo.

En los sepulcros.    Trench cita un incidente notable referido por el viajero Warburton, en su libro titulado "La Creciente y la Cruz," que aclara mucho esta expresión. "Bajando de la altura del Líbano," dice, "me encontré en un cementerio en el cual los turbantes esculpidos indicaban que la aldea cercana era musulmana. El silencio de la noche fue interrumpido entonces por horribles gritos y alaridos, que descubrí procedían de un maniático desnudo, que estaba peleando por un hueso con algunos perros feroces.  Al momento que nos vio, dejó sus coraros caninos, y adelantándose con rápidas zancadas, agarró mi caballo por la brida y casi lo hizo despeñarse."

30 Legión. Este es un nombre muy conocido con que se designaba una división del ejército romano. Se supone que la legión romana se componía de 5,000 hombres. La palabra legión en este lugar está usada indefinidamente, expresar un gran número.

31 Al abismo, significa lo profundo del infierno. Es la misma palabra usada en el libro de la Revelación.   Véase Rev. 20:1-3.

32.  Un hato de muchos puercos que pacían en el monte.   Nótese que cuidar cerdos era una contravención de la ley mosaica, por ser el puerco animal inmundo. 11:7. Por esta razón, si los gadarenos eran Judíos, y hay buenas razones suponerlo así, estaban cometiendo un pecado todos los días.

Los dejó. Se ha preguntado muchas veces, porqué permitió nuestro Señor á los demonios que entraran en la piara de cerdos, y toleró así la destrucción de estos tales. Bastaría decir en respuesta á esta pregunta, que la Escritura nos enseña que á los animales se les quitaba la vida frecuentemente por mandato del mismo Dios, cuando era necesario enseñar al hombre alguna verdad espiritual, o por ejemplo, en los sacrificios de la ley. Pero además de esto, es natural suponer que nuestro Señor permitió la destrucción de la piara de cerdos, en señal de desagrado de Dios contra los gadarenos por criar tales animales.

34. Antes de que dejemos de hablar sobre este milagro, conviene decir algo acerca de la aparente discrepancia entre la relación que de él hace S. Mateo, y las que hacen S. Marcos y S. Lucas. S. Mateo habla de dos endemoniados. S. Marcos y S. Lucas hablan da uno solo.

Son varias las explicaciones que se dan. Según Agustín, Theofylact, y Grocio, la mencionada por Marcos y Lucas era una persona bien conocida, y más ilustre que la otra. Según Crisóstomo, Euthymius y Maldonado, este era el más feroz de los dos individuos. Según Lightfoot, uno de los endemoniados era judío y el otro gentil, y la curación del gentil es la que Marcos y Lucas refieren detenidamente.

Me aventuro á sugerir que la razón por la cual Marcos y Lucas mencionan solamente uno, es porque solamente uno de los dos suplicó que se le permitiera estar con nuestro Señor, después de su curación, y solo uno llegó á dar testimonio de nuestro Señor en el país de los gadarenos. La curación del otro no presentaba ningunas circunstancias de interés especial, y por esto Marcos y Lucas lo pasan por alto. Es casi superfluo notar, que no hay contradicción alguna entre las dos narraciones. Seria absurdo decir que, porque Marcos y Lucas describen la curación de un solo endemoniado, niegan por ese hecho que dos fueran curados. Ellos refieren solamente el milagro de mayor importancia. Esto es todo.

Comentarios de J. C. Ryle

Lucas 8.37-40

Este pasaje contiene dos súplicas hechas á nuestro Señor Jesucristo, que son muy diferentes entre sí y que emanaron de dos personas de carácter muy distinto. También se nos dice de qué manera las recibió nuestro Señor Jesucristo. Ambas recibieron muy notables respuestas. Todo el pasaje es señaladamente instructivo

Observemos, en primer lugar, que los gadarenos rogaron á nuestro  Señor que se retirase de ellos, y El accedió á su ruego. Leemos con dolor estas solemnes palabras: "Y él subiendo en la nave, se volvió."

Y ¿porqué deseaban estos desdichados que el Hijo de Dios los dejase? ¿Por qué después del asombroso milagro que acababa de obrar entre ellos y que revelaba tanta misericordia, no sentían deseo ninguno de saber más de Aquel que lo obró? ¿Porqué, en una palabra, declarándose enemigos de sí mismos, desecharon las mercedes que se les concedían, y cerraron la puerta al Evangelio? No hay más que una sola respuesta á estas preguntas: Los gadarenos amaban el mundo y estaban resueltos á no renunciarlo. Se sentían íntimamente convencidos de que no podían recibir á Cristo al mismo tiempo perseverar en sus pecados, y estaban resueltos hacer lo último. Conocieron, á primera vista, que había algo en Jesús con lo cual no se avendrían sus costumbres; y teniendo que coger entre dos líneas de conducta, una antigua y otra nueva, desecharon la nueva y escogieron la antigua. Y ¿por qué nuestro Señor Jesucristo accedió á la petición de gadarenos, y los dejó? Lo hizo por castigo, para dar así á conocer que no ignoraba la enormidad de sus pecados. Lo hizo así mismo por compasión á su iglesia, enseñando cuan grande es la maldad de los que obstinadamente rechazan la verdad. Parece ser una ley eterna de su gobierno, que á los que obstinadamente rehúsen caminar á la luz, se les prive de la luz. ¡Grande es la paciencia y clemencia de Cristo! Su misericordia es eterna. Sus invitaciones y ofrecimientos son extensos, amplios y universales. Concede á cada iglesia su día de gracia y su día de visitación. Lucas 19: 44. Pero no ha prometido en ningún lugar que si los hombres persisten en desechar su doctrina, los forzará á seguirla. Los que poseen el Evangelio, y sin embargo rehúsan obedecerlo, no deben sorprenderse si se les priva de él. Centenares de iglesias, parroquias, y familias, se encuentran hoy día en el mismo estado que los gadarenos. Han dicho á Cristo: " Retírate de nosotros," y El les ha otorgado su petición. Se han dado á los ídolos, y ahora "los deja"   Job 21:14; Osea 4:17.

Cuidemos de no cometer el pecado de los gadarenos. Estemos alerta no sea que por tibieza, desatención, y vanidad mundana, arrojemos á Jesús de nuestras puertas, y hagamos que nos deje enteramente abandonados. De todos los pecados de que nos hagamos culpables, este es el peor. De todas las situaciones de la vida ninguna es tan terrible como la del que está "abandonado." Supliquemos diariamente que Cristo no nos deje abandonados á nosotros mismos. El espectáculo que presenta el bajel que muchos días después del naufragio se ve en seco sobre un banco de arena, no es más lastimoso que el del hombre cuyo corazón Cristo ha visitado con bendiciones y castigos, mas al fin ha cesado de visitar por no haber sido recibido. La puerta atrancada es una á la que Jesús no toca jamás. El que obra como los gadarenos no del sorprenderse de ver que Cristo lo deja y se va.

Observemos, en segundo lugar, que el hombre de quien los demonios habían salido suplicó á nuestro Señor que le permitiese estar con El, mas no se le concedió su súplica. Se nos dice que Jesús lo despidió diciéndole: " Vuélvete á tu casa, y cuenta cuan grandes cosas ha hecho Dios contigo."

Podemos comprender fácilmente la causa que impulsó á este hombre á hacer esa súplica. Se sentía sumamente agradecido por la merced que acababa de recibir; se sentía lleno de amor y del afecto ardiente hacia Aquel que lo había curado tan maravillosa y bondadosamente; y quería verlo más, estar más en su compañía, y tener mayor intimidad con El. Todo lo olvidó ante estos sentimientos. Familia, parientes, amigos, patria, hogar, campos, todo parecía pequeño á sus ojos. Sentía que nada quería sino estar con Cristo. Y no podemos culparlo por estos sentimientos. Pueden haber estado mezclados de algo de fanatismo y de indiscreción. Puede haber habido en ellos un celo mal entendido. En el primer momento de excitación que naturalmente se siguió á la cura milagrosa tal vez no estaba en aptitud de juzgar cual debería de ser en el porvenir su línea de conducta; mas los sentimientos exaltados en materias religiosas son mucho mejores que la carencia absoluta de ellos. En la súplica que hizo hay mucho más que alabar que censurar.    Pero ¿por qué rehusó nuestro Señor Jesucristo conceder la petición de este hombre? ¿Por qué en una época en que tenia pocos discípulos despidió á este hombre? ¿Por qué en vez de dejarlo ocupar el mismo lugar que Pedro, y Santiago, y Juan ocupaban, le mandó que se volviera á su casa?  Nuestro Señor obró con infinita sabiduría. Lo hizo así para bien del alma del hombre; pues vio que era mejor para él que enseñase el Evangelio en su patria que no que fuese discípulo fuera de ella.    Lo hizo por favor á los gadarenos, pues así dejaba entre ellos un testimonio permanente de la verdad de Su divina misión.    Lo hizo, principalmente, para la instrucción perpetua de toda su iglesia: quiso que supiésemos que hay varios modos en que el hombre puede glorificarse, que puede ser honrado en la vida privada tan bien como en el ministerio apostólico, y que el primer lugar en que debemos proclamar á Cristo es en nuestra casa.

En este pequeño incidente hay una lección que encierra profunda sabiduría, y que harían bien todos los cristianos verdaderos en depositar en el corazón. Esta lección se refiere á nuestra  ignorancia en cuanto á la carrera que más nos convenga seguir en este mundo, y la necesidad de someter nuestros deseos á la voluntad de Cristo. La posición que deseamos ocupar no es siempre la que más nos conviene; el partido que deseamos tomar no es siempre el que Cristo cree que es mejor para nuestras almas. El oficio que nos vemos obligados á desempeñar es muchas veces muy fastidioso, y sin embargo puede ser necesario para nuestra santificación. La posición que estamos compelidos á ocupar puede ser muy desagradable á nuestra constitución física, y no obstante puede ser la realmente necesaria para mantenernos en nuestro puesto como cristianos. Es mejor ser despedido de la presencia de Cristo, por el mismo Cristo, que permanecer en su presencia sin Su consentimiento.

Supliquemos se nos conceda resignación y "contento con las cosas que poseamos." Guardémonos de escoger por nosotros mismos en esta vida sin el consentimiento de Cristo, ó de movernos, cuando la columna de nube y fuego no se está moviendo delante de nosotros. Que nuestra oración diaria sea: "Dame lo que tú quieras. Colócame donde tú quieras. Permíteme solamente ser tu discípulo y permanecer en Ti."

NOTAS.    LUCAS 8:37-40.

37. Le rogaron que se retirase. Muchos comentadores han observado que estos gadarenos son un tipo exacto de los hombres del mundo. Veían como uno de sus semejantes había sido librado, y no tomaban interés en ello; pero, por otra parte, veían la pérdida de sus cerdos con profundo pesar. En una palabra, hacían más caso a la perdida de los cerdos que de la salvación de un alma. Hay millares como ellos. Habladles del éxito de los misioneros, y de la conversión de las almas en el interior ó en el exterior, y os oyen con indiferencia, ó quizá con desprecio; pero si les habláis de la pérdida de propiedad, ó del cambio en el valor del dinero, entonces salen de su indiferencia. La generación de los gadarenos no se ha extinguido aun.

38. Jesús le despidió. Notemos en este texto, que seguir a Cristo y abandonar parientes, amigos y hogares en sentido literal, no es esencial para la salvación. Puede ser necesaria para algunas personas, y ciertas veces, y bajo determinadas circunstancias. Pero según el caso de que nos ocupamos, es claro  que no es necesario para todos.

39. Vuélvete á tu casa, y cuenta, etc. Es interesante é instructivo observar di que manera tan diferente nuestro  Señor habla a personas diversas, y cuan distintos son los mandatos que les hace según sus caracteres. Al príncipe en Marcos 10:21, le mandó "tomar su cruz y seguirle." Al leproso mencionado en S. Marcos 1:43, le encargó rígidamente, "no digas á nadie nada." Al hombre que llamó, en Lucas 9:19, no le concedió ni aun ir á su casa á enterrar á su padre. ¡Por el contrario, al hombre de quien estamos hablando le mandó volver á su casa y contar á todos lo que Cristo había hecho por él!

Ahora bien ¿cómo explicaremos el porqué de esta extraña diversidad de preceptos? Ocurre una respuesta sencilla: nuestro Señor hacia en cada caso lo que veía que era necesario. El sabia lo que pasaba en el corazón de cada individuo; y prescribía á cada uno, cual sabio médico, la conducta especial y apropiada que requería el estado de su alma.

Debemos pues aprender de la conducta de nuestro Señor, á no tratar precisamente del mismo modo á todas las personas que necesitan de consejo espiritual. Todas, por supuesto, necesitan que se les recomienden las mismas grandes doctrinas: arrepentimiento para con Dios, fe en nuestro Señor Jesucristo, y completa santidad. Pero no todas deben tener una misma regla para su curso particular de acción. Deben tenerse en cuenta las peculiaridades de las circunstancias, y de los caracteres.

Texto Bíblico
Textos Paralelos
Referencias

La hija de Jairo y la mujer que tocó el manto de Jesús

Lucas 8.40-56

40  Cuando volvió Jesús,  le recibió la multitud con gozo;  porque todos le esperaban.

41  Entonces vino un varón llamado Jairo,  que era principal de la sinagoga,  y postrándose a los pies de Jesús,  le rogaba que entrase en su casa;

42  porque tenía una hija única,  como de doce años,  que se estaba muriendo.  Y mientras iba,  la multitud le oprimía.

43  Pero una mujer que padecía de flujo de sangre desde hacía doce años,  y que había gastado en médicos todo cuanto tenía,  y por ninguno había podido ser curada,

44  se le acercó por detrás y tocó el borde de su manto;  y al instante se detuvo el flujo de su sangre.

45  Entonces Jesús dijo: ¿Quién es el que me ha tocado?  Y negando todos,  dijo Pedro y los que con él estaban: Maestro,  la multitud te aprieta y oprime,  y dices: ¿Quién es el que me ha tocado?

46  Pero Jesús dijo: Alguien me ha tocado;  porque yo he conocido que ha salido poder de mí.

47  Entonces,  cuando la mujer vio que no había quedado oculta,  vino temblando,  y postrándose a sus pies,  le declaró delante de todo el pueblo por qué causa le había tocado,  y cómo al instante había sido sanada.

48  Y él le dijo: Hija,  tu fe te ha salvado;  ve en paz

49  Estaba hablando aún,  cuando vino uno de casa del principal de la sinagoga a decirle: Tu hija ha muerto;  no molestes más al Maestro.

50  Oyéndolo Jesús,  le respondió: No temas;  cree solamente,  y será salva.

51  Entrando en la casa,  no dejó entrar a nadie consigo,  sino a Pedro,  a Jacobo,  a Juan,  y al padre y a la madre de la niña.

52  Y lloraban todos y hacían lamentación por ella.  Pero él dijo: No lloréis;  no está muerta,  sino que duerme.

53  Y se burlaban de él,  sabiendo que estaba muerta.

54  Mas él,  tomándola de la mano,  clamó diciendo: Muchacha,  levántate.

55  Entonces su espíritu volvió,  e inmediatamente se levantó;  y él mandó que se le diese de comer.

56  Y sus padres estaban atónitos;  pero Jesús les mandó que a nadie dijesen lo que había sucedido.

La hija de Jairo y la mujer que tocó el manto de Jesús

Lucas 8.40-56 Mt. 9.18-26; Mr. 5.21-43

Mt. 9.18-26 18 Mientras él les decía estas cosas, vino un hombre principal y se postró ante él, diciendo: Mi hija acaba de morir; más ven y pon tu mano sobre ella, y vivirá. 19 Y se levantó Jesús, y le siguió con sus discípulos. 20 Y he aquí una mujer enferma de flujo de sangre desde hacía doce años, se le acercó por detrás y tocó el borde de su manto; 21 porque decía dentro de sí: Si tocare solamente su manto seré salva. 22 Pero Jesús, volviéndose y mirándola, dijo: Ten ánimo, hija; tu fe te ha salvado. Y la mujer fue salva desde aquella hora. 23 Al entrar Jesús en la casa del principal, viendo a los que tocaban flautas, y la gente que hacía alboroto, 24 les dijo: Apartaos, porque la niña no está muerta, sino duerme. Y se burlaban de él. 25 Pero cuado la gente había sido echada fuera; entró y tomó de la mano a la niña, y ella se levantó. 26 Y se difundió la fama de esto por toda aquella tierra.

Mr. 5.21-43 21 Pasando otra vez Jesús en una barca a la otra orilla, se reunió alrededor de él una gran multitud; y él estaba junto al mar. 22 Y vino uno de los principales de la sinagoga, llamado Jairo; y luego que le vio, se postró a sus pies. 23 y le rogaba mucho, diciendo: Mi hija está agonizando; ven y pon las manos sobre ella para que sea salva, y vivirá. 24 Fue, pues, con él; y le seguía una gran multitud, y le apretaban. 25 Pero una mujer que desde hacía doces años padecía de flujo de sangre, 26 y había sufrido mucho de muchos médicos, y gastado todo lo que tenía, y nada había aprovechado, antes le iba peor, 27 cuando oyó hablar de Jesús, vino por detrás entre la multitud, y tocó su manto. 28 Porque decía: Si tocare tan solamente su manto, seré salva. 29 Y en seguida la fuente e su sangre se secó; y sintió en el cuerpo que estaba sana de aquel azote. 30 Luego Jesús, conociendo en sí mismo el poder que había salido de él, volviéndose a la multitud, dijo: ¿Quién ha tocado mis vestidos? 31 Sus discípulos le dijeron: Ves que la multitud te aprieta, y dices: ¿Quién me ha tocado? 32 Pero él miraba alrededor para ver quién había hecho esto. 33 Entonces la mujer, temiendo y temblando, sabiendo lo que en ella había sido hecho, vino y se postró delante de él, y le dijo toda la verdad. 34 Y él le dijo: Hija, tu fe te ha hecho salva, ve en paz, y queda sana de tu azote. 35 Mientras él aún hablaba, vinieron de casa del principal de la sinagoga, diciendo. Tu hija ha muerto; ¿para que molestar más al Maestro? 36 Pero Jesús, luego que oyó lo que se decía, dijo al principal de la sinagoga: No temas, cree solamente. 37 Y no permitió que le siguiese nadie sino Pedro, Jacobo, y Juan hermano de Jacobo. 38 Y vino a casa del principal de la sinagoga, y vio el alboroto y a los que lloraban y lamentaban mucho. 39 Y entrando, les dijo: ¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no está muerta, sino duerme. 40 Y se burlaban de él. Más él, echando fuera a todos, tomó al padre y a la madre de la niña, y a los que estaban con él, y entró donde estaba la niña. 41 Y tomando la mano de la niña, le dijo: Talita cumi; que traducido es: Niña, a ti te digo, levántate. 42 Y luego la niña se levantó y andaba, pues tenía doce años. Y se espantaron grandemente. 43 Pero él les mandó mucho que nadie lo supiese, y dijo que se le diese de comer.

 

Comentarios de J. C. Ryle

Lucas 8.41-48

¡Cuánta miseria y aflicción ha traído el pecado al mundo! El pasaje que hemos acabado de leer nos suministra de esto una prueba melancólica. Vemos primero á un angustiado padre en ansiedad penosa por una hija moribunda. Vemos después á una mujer padeciendo una enfermedad incurable que la había afligido por espacio de doce años; ¡y estos son males que el pecado ha sembrado con mano pródiga sobre toda la tierra!   Estos dos casos no son sino muestras de lo que está pasando continuamente en todas partes. Mas Dios no creó al principio tales males: el hombre los trajo sobre  sí con la caída. No habrían existido aflicciones ni enfermedades entre los hijos de Adán, si no hubiera habido pecado.

La mujer aquí descrita ofrece un tipo admirable de la condición de muchas almas. Se nos dice, que había estado afligida de una penosa enfermedad por el espacio de doce años, y que había gastado en médicos todo lo que tenía sin que ninguno hubiese podido sanarla. He aquí, como en un espejo, el estado de muchos pecadores, y tal vez de nosotros mismos.

En la mayor parte de las congregaciones hay hombres que han sentido intensamente sus pecados, y que se han afligido en sumo grado creyendo que no han sido perdonados, y que no han estado preparados para morir. Han anhelado consuelo y tranquilidad de conciencia, pero no han sabido en donde hallarlos. Han experimentado muchos remedios espurios, y en vez de hallar alivio se han empeorado. Han vagado de secta en secta, y de religión en religión, y se han hastiado con todos los sistemas imaginables con que el hombre ha pretendido obtener salud espiritual; más todo ha sido en vano: la paz de conciencia parece estar para ellos tan distante como siempre. La herida interior les parece tan perniciosa y de carácter tal que nada puede curarla. Aún los persiguen la desdicha y el infortunio, aún se sienten descontentos con su situación. En suma, como la mujer de quien tratamos, dicen llenos de dolor "No hay esperanza para mí: nunca me salvaré."

Todos los que se encuentran en ese estado pueden hallar con suelo en el milagro de que venimos hablando, sabiendo que "hay bálsamo en Galaad" que puede curarlos, y que todavía no han buscado; que hay una puerta á la que nunca han tocado desde que han estado haciendo esfuerzos por obtener alivio; que hay un Médico á quien nunca han ocurrido y que jamás deja de curar. Obsérvese qué hizo aquella mujer en su dolor: cuando todos los otros medios habían resultado ser inútiles, acudió á Jesús en busca de remedio. "Id y haced lo mismo."

Obsérvese, en segundo lugar, que la conducta de la mujer presenta  un ejemplo notable de la manera con que obra al principio la fe, y de los efectos que esta produce. Se nos dice que ella se acercó á nuestro Señor por detrás, y le tocó el borde del vestido, y al punto se estancó el flujo de sangre. La acción parece muy sencilla, y del todo insuficiente para producir resultado de trascendencia alguna. Sin embargo, el efecto fue maravilloso En un instante la pobre paciente quedó curada; en un instante obtuvo el alivio que tan ton médicos no habían podido darle en doce años. ¡Con tocar solamente una vez, quedó sana!

Difícil es imaginar una descripción más vívida de lo que experimentan muchas almas, que la narración de la curación de esta mujer. Hay centenares que pueden decir que, como ella, solicitaron alivio, por largo tiempo, de manos de médicos inhábiles, y se cansaron al fin de usar remedios que no producían cura ninguna. Como ella, oyeron hablar al fin de un Ser, que sana las conciencias afligidas, y perdona á los pecadores, "sin dinero y sin precio," si vienen á Él con fe. Tales condiciones les parecieron demasiado buenas para ser creídas; tales noticias demasiado favorables para ser verdaderas. Pero, á semejanza de la mujer ya citada, se resolvieron á hacer la prueba: se acercaron á Cristo con fe, cargados de todos sus pecados, y para sorpresa suya, al instante hallaron consuelo. Y ahora sienten más consuelo y más esperanza que en ningún otro periodo de su vida. La carga parece haber desaparecido de sus hombros; el dolor parece haber huido de sus almas; la luz empieza á penetrar en su corazón; y ellos comienzan á "gloriarse en la esperanza de la gloria de Dios." Rom. 5:2. Y si les preguntásemos nos dirían que todo esto es debido á un acto muy sencillo: se acercaron á Jesús exactamente como se encontraban, le tocaron con fe, y fueron curados.

Grabemos para siempre en nuestros corazones esta gran verdad: que la fe en Cristo es el medio por el cual alcanzamos paz con Dios. Sin ella jamás hallaremos tranquilidad interior, sea lo que fuere, lo que hagamos en punto á religión. Sin ella bien podemos diariamente al servicio divino y tomar parte todas las semanas en la cena del Señor; bien podemos dar nuestros bienes á pobres, y hasta entregarnos para ser quemados; bien podemos ir y llevar cilicios y vivir como ermitaños; bien podemos todo esto, y con todo ser en extremo desgraciados. Allegarse á Cristo con fe, vale más que todas estas cosas reunidas. Acaso esto no lisonjee el orgullo de la naturaleza humana; pero es cierto. Millares se levantarán el día del juicio y dirán como nunca sintieron tranquilidad hasta que no se acercaron á Cristo con fe, y se resolvieron á no confiar en sus propias obras, y á ser salvos absoluta y enteramente por la gracia de Dios. Se nota, por último, en este pasaje, cuánto desea nuestro Señor  que de El han recibido beneficios, lo confiesen ante los hombres. Él no permitió á la mujer que se alejase de la multitud en silencio; preguntó quien le había tocado; y tornó á preguntar, hasta que la mujer se adelantó, y expresó, en presencia de todo el pueblo, cuáles eran sus circunstancias. Entonces El profirió estas palabras llenas de benignidad: "Confía, hija, tu fe te ha sanado, ve en paz."

"Confesar á Cristo es cuestión de alta importancia, y que debe se presente por todo fiel cristiano. Lo que nosotros podemos hacer por nuestro divino Maestro es poco y de poco mérito. Los más grandes esfuerzos que hacemos por glorificarle son débiles é imperfectos; nuestras plegarias y alabanzas son lamentablemente decientes; nuestro saber y nuestro amor son en extremo pequeños. Más ¿sentimos interiormente que Cristo ha sanado nuestras almas?   ¿No podemos entonces confesar á Cristo delante de los  hombres?    ¿No podemos contar claramente á otros, todo lo que Cristo  ha hecho por nosotros-que estábamos muriéndonos de una enfermedad mortal, y que fuimos curados; que estábamos perdidos, y que hemos sido salvos; que estábamos ciegos, y que ahora vemos?  Hagámoslo con valor y no tengamos miedo. No nos ruboricemos que todo el mundo sepa lo que ha hecho Jesús por nuestras almas. Nuestro Maestro quiere que lo confesemos: á él le agrada que su pueblo no se avergüence de su nombre. S. Pablo dijo: "Si confesares con tu boca al Señor Jesús y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de entre los muertos, serás salvo." Rom. 10:9. Y el mismo Jesús pronunció estas palabras solemnes:"El que se avergonzare de mí y de mis palabras, de este tal el Hijo del hombre se avergonzará." Lucas 9: 26.

NOTAS.    LUCAS 8:41-48.

43. Una mujer que tenía flujo de sangre. Para comprender cual era la enfermedad de esta mujer, y la magnitud del milagro referido en este versículo, debe leerse el Levítico 15:19. Véase entonces que la mujer era inmunda según la ley ceremonial. Teniendo esto presente, comprenderemos el deseo que tenia de evitar publicidad y observación.

44. El borde de su vestido. La palabra del original designa una borla del vestido, que los Judíos en general llevaban en obedecimiento á la ley mosaica Nm. 15:38, y que á los Escribas y Fariseos agradaba llevar notablemente grandes, como divisas de extraordinaria piedad.

Maestro. Nótese que la palabra así traducida se halla solo en S. Lucas y se aplica solamente á Cristo. Significa literalmente "uno á quien se da el encargo de dirigir la ejecución de alguna cosa." Es un título de respeto, y un reconocimiento de autoridad.

Comentarios de J. C. Ryle

Lucas 8.49-56

Estos versículos contienen la relación de uno de los tres casos en que los evangelistas refieren que nuestro Señor restituyó la vida á un muerto. Los otros dos milagros de esta naturaleza son la resurrección de Lázaro y la del dijo de la viuda de Naín. Parece que no hay razón para dudar que nuestro Señor resucitara á otros además de estos tres. Pero estos tres casos bastan para demostrar su infinito poder. Uno fue el de una niña que había acabado de morir; otro el de un joven que llevaban á enterrar; y el tercero el de hombre que hacia ya cuatro días que estaba en el sepulcro. Todos  tres volvieron á la vida repentinamente al mandato de Cristo. Observemos en estos versículos cuan universal es el dominio que la muerte tiene sobre los hijos de los hombres. Viene á casa de un rico y arrebátale de un solo golpe el encanto de sus ojos.  "Vino de la casa del príncipe de la sinagoga á decirle: Tu hija es muerta. Noticias como estas son parte de los amargos dolores que tenemos que padecer en este mundo.   Nada hiere tan intensamente el corazón del hombre como perder á las personas amadas, y tenerlos que enterrar. Pocos pesares son tan grandes y penosos como el que siente un padre por la pérdida de un hijo único. ¡La muerte es en verdad un enemigo cruel!   No hace distinción en sus ataques: se presenta en el alcázar del rico lo mismo que la cabaña del pobre.   No es más clemente con el joven, el robusto, ó el hermoso, que con el viejo, el débil, ó el feo.   Ni todo el oro Australia, ni toda la habilidad de los doctores, pueden desviar nuestros cuerpos el golpe de la muerte.   Cuando llega la hora señalada, y Dios le permite herir, tenemos que abandonar todos nuestros  proyectos y cerrar los ojos ante todos los objetos queridos.

Estos pensamientos son melancólicos, y á pocos agrada que se les mencionen. La muerte es un asunto que los hombres rehúsan considerar. "Todos los hombres creen que los demás son mortales excepto ellos mismos." Pero ¿por qué nos conducimos de esta manera cuando se trata de una verdad tan importante? ¿Por qué no pensamos en la muerte con preferencia á cualquiera otro asunto, para que cuando llegue nuestro turno, estemos preparados para morir? La muerte se presentará en nuestras moradas, queramos ó no. La muerte nos llevará á despecho del disgusto que manifestemos al oír hablar de ella. Es propio del hombre prudente estar preparado á este gran cambio. ¿Y por qué no hemos de estar preparados? Hay Uno que puede librarnos del temor de la muerte. Hebreos 2:15. Cristo ha puesto fin á la muerte, y "ha sacado á luz la vida y la inmortalidad por medio del Evangelio." 2 Tim. 1:10. El que tiene fe en Él tiene la vida eterna, aunque esté muerto, vivirá. Juan 6:25. Creamos en el Señor  Jesús, y entonces la muerte perderá su aguijón; entonces podremos decir como Pablo: "Para mí el morir es ganancia." Filip. 1:21.

Notemos, en segundo lugar, en estos versículos, que la fe en el amor y en el poder de Cristo es el mejor remedio en tiempo de aflicción. Se nos refiere que cuando Jesús oyó que la hija del jefe estaba muerta, dijo á este: "No temas, cree solamente, y será sana." Estas palabras, sin duda, tenían referencia al milagro que iba á hacer. Pero no debemos dudar tampoco que fuesen pronunciadas así mismo para bien de la iglesia. Con ellas se tuvo el designio de revelarnos el gran secreto para obtener consuelo en la hora ddeo necesidad: ese secreto es ejercer fe, confiar constantemente en el tierno corazón y en la mano poderosa de Cristo, en una palabra, creer.

Que forme parte de nuestras oraciones diarias la súplica por más fe. Si quisiéremos tener siempre paz, y tranquilidad, y serenidad de espíritu, digamos con frecuencia: "Señor, aumenta nuestra fe." Centenares de penalidades pueden acaecernos en esto mundo de desdichas cuya causa nuestro débil entendimiento no puede comprender jamás. Sin fe estaremos constantemente inquietos y abatidos. Nada puede alegrarnos ni tranquilizarnos sino la meditación continúa en el amor y la sabiduría de Cristo, en su vigilancia sobre nosotros, y en su gobierno providencial de todos los eventos humanos. Si tenemos fe no nos agobiaremos bajo el peso de las malas noticias. Salmo 112:7. Si tenemos fe, estaremos tranquilos y esperaremos mejores días. Si tenemos fe podemos ver luz aun en la hora más tenebrosa, y aun en medio de las mas duras pruebas. Si tenemos fe no nos faltarán sitios en donde levantar altares de alabanza en cualesquiera circunstancias, y podremos cantar cánticos de júbilo cualquiera que sea la situación en que nos encontremos. "El que creyere no se apresure. "Guardarás paz; porque en ti han confiado." Isa. 28:16; 26: 3. Repitámoslo: preciso es que se grabe esta lección en nuestra mente Si quisiéremos ir tranquilamente al través de este mundo, tenemos que creer.

Notemos, finalmente, en estos versículos, el poder que tiene nuestro Señor Jesucristo aun sobre la muerte.   Se nos dice que llegó a la cada de Jairo, y cambió el pesar en gozo.   Tomó por la mano el cadáver de la hija del príncipe, y dijo en voz alta: " Joven, levántate, al instante esa voz todopoderosa le restituyó la vida: "su espíritu se levantó luego."

"Animémonos al pensar que hay un límite al poder de la muerte. El rey del terror" es muy fuerte. ¡Cuántas generaciones no ha ido y precipitado al polvo! ¡Cuántos hombres sabios y fuertes y bellos no han arrojado al sepulcro y arrebatado violentamente en la primavera de la vida! ¡Cuántas victorias no ha ganado, y á menudo no ha escrito "vanidad de vanidades" sobre el orgullo del hombre!   Patriarcas, y reyes, y profetas, y apóstoles, todos á su turno se ha visto obligados á someterse á su poder, todos han muerto.    Pero, gracias sean dadas á Dios, hay un más Ser poderoso que la muerte.    Hay un Ser que ha dicho: "Oh muerte yo seré tu mortandad: ¡O sepulcro! yo seré tu destrucción Oseas 13:14.   Ese Ser es el Amigo de los pecadores, Cristo Jesús. Él manifestó frecuentemente Su poder cuando estuvo en la tierra: en la casa de Jairo, junto al sepulcro de Betania, á la puerta de Nain. Y lo demostrará á todo el mundo en su segunda venida. El  postrer enemigo que ha de ser destruido es la muerte."1 Cor. 15: 26. "La tierra echará los muertos."   Isa. 26:19.

Terminemos el pasaje con el pensamiento consolador de que lo le aconteció en la casa de Jairo es un tipo de los felices acontecimientos que están por verificarse. La hora se acerca y pronto llegará en que la voz de Cristo llamará á todo su pueblo de sus tumbas, y lo reunirá para no separarlo jamás. Los maridos creyentes otra vez á sus esposas creyentes; los padres á sus hijos, Cristo  reunirá la familia de los fieles en la mansión celestial, y todas las lágrimas serán enjugadas.

NOTAS.   LUCAS 8:49-56.

49.  Tu hija es muerta.   Chemnitius nota que con una sola excepción, Marcos 1:30, no se nos refiere jamás en los Evangelios de hijos que vinieran a Cristo en favor de sus padres, aunque se hace mención muchas veces de padres que acudieron en favor de sus hijos.

Al Maestro. Nótese que la palabra Griega así traducida no es la misma que emplea en el versículo 45.   Aquí significa preceptor, ó enseñador.

51. A Pedro, y á Santiago, y á Juan. Es bueno tener presente que estos apóstoles fueron separados tres veces de los otros doce, y tuvieron el privilegio de acompañar á nuestro Señor en ocasiones extraordinarias. Estuvieron con Él el monte de la Transfiguración, y en el jardín de Getsemaní. Y cuando obró el milagro de que hemos estado tratando. Ninguno de los otros apóstoles tuvo tan clara revelación de la divinidad y humanidad de nuestro Señor, y de su poder y compasión hacia los afligidos y pecadores.

52. No es muerta, mas duerme. Burkitt dice que lo que nuestro Señor quiso decir fue esto: "Ella está muerta para vosotros, mas dormida para mí: no tan muerta que esté fuera de mi poder al resucitarla."

Jones de Nayland dice: "No teniendo nosotros sino nociones imperfectas de la relación y diferencia entra la vida y la muerte, nuestro Señor al resucitar una doncella, dijo á los que se hallaban presentes, 'La niña no ha muerto, sino que está dormida.' No dijo 'Está muerta, y la resucitare;' sino 'está dormida,' de lo cual era de inferirse que despertaría. Los que no entendían el estilo figurado se reían de Él como si hubiera dicho por ignorancia lo que expresó con mucha veracidad y sabiduría."

55. Entonces su espíritu volvió. Este es uno de los textos que enseñan claramente la existencia separada de los espíritus, y su independencia del cuerpo. Mateo Henry observa: "Esto prueba que nuestras almas existen y obran cuando están separadas del cuerpo, y que por consiguiente son inmortales; prueba que la muerte no extingue la lámpara que el Señor ha puesto en el hombre, sino más bien la saca á donde alumbre mejor. No es, como Grocio observa, el calor del cuerpo ó algo que con este perece, sino algo que subsiste por sí mismo, y que después de la muerte, ocupa un lugar distinto del que ocupa el cuerpo. En donde se encontraba el alma de la niña antes del milagro, no se nos dice. "Sin duda estaba en manos del Padre de los espíritus, á quien en la muerte todas las almas vuelven."

56. A nadie dijesen lo que había sido hecho. Nótese en este como en otros muchos pasajes, cuan poco deseaba nuestro Señor la publicidad. Hacer grandes obras y no decir nada tocante á ellas ; trabajar eficazmente, pero en silencio y sin ostentación, es seguir las huellas de Cristo. Los arroyos más someros, y las vasijas más vacías hacen mayor ruido.

El Texto Bíblico esta siendo transcrito por:

Martha Iñiguez Moreno
de La Biblia Devocional de Estudio
Reina Valera Revisión 1960
de La Liga bíblica

Los Textos Paralelos y las Referencias están tomados de:

La Santa Biblia
Reina-Valera (1960)
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"Pero en cuanto a ti, enseña lo que está de acuerdo con la sana doctrina. Porque vendrá tiempo cuando no soportarán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oídos, acumularán para sí maestros conforme a sus propios deseos; y apartarán sus oídos de la verdad, y se volverán a mitos." (2 Timoteo 2:1; 4:3-4)

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