El Santo Evangelio según
San Lucas

Porque por gracia sois salvos

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Misión de los doce discípulos

Lucas 9.1-6

1  Habiendo reunido a sus doce discípulos,  les dio poder y autoridad sobre todos los demonios,  y para sanar enfermedades.

2  Y los envió a predicar el reino de Dios,  y a sanar a los enfermos.

3  Y les dijo: No toméis nada para el camino,  ni bordón,  ni alforja,  ni pan,  ni dinero;  ni llevéis dos túnicas.

4  Y en cualquier casa donde entréis,  quedad allí,  y de allí salid.

Y dondequiera que no os recibieren,  salid de aquella ciudad,  y sacudid el polvo de vuestros pies en testimonio contra ellos.

6  Y saliendo,  pasaban por todas las aldeas,  anunciando el evangelio y sanando por todas partes.

Misión de los doce discípulos

Lucas 9.1-6 Mt. 10.5-15; Mr. 6.7-13

Mt. 10.5-15 5  A estos doce envió Jesús,  y les dio instrucciones,  diciendo: Por camino de gentiles no vayáis,  y en ciudad de samaritanos no entréis, 6  sino id antes a las ovejas perdidas de la casa de Israel. 7  Y yendo,  predicad,  diciendo: El reino de los cielos se ha acercado. 8  Sanad enfermos,  limpiad leprosos,  resucitad muertos,  echad fuera demonios;  de gracia recibisteis,  dad de gracia. 9  No os proveáis de oro,  ni plata,  ni cobre en vuestros cintos; 10  ni de alforja para el camino,  ni de dos túnicas,  ni de calzado,  ni de bordón;  porque el obrero es digno de su alimento. 11  Mas en cualquier ciudad o aldea donde entréis,  informaos quién en ella sea digno,  y posad allí hasta que salgáis. 12  Y al entrar en la casa,  saludadla. 13  Y si la casa fuere digna,  vuestra paz vendrá sobre ella;  mas si no fuere digna,  vuestra paz se volverá a vosotros. 14  Y si alguno no os recibiere,  ni oyere vuestras palabras,  salid de aquella casa o ciudad,  y sacudid el polvo de vuestros pies. 15  De cierto os digo que en el día del juicio,  será más tolerable el castigo para la tierra de Sodoma y de Gomorra,  que para aquella ciudad.

Mr. 6.7-13 7  Después llamó a los doce,  y comenzó a enviarlos de dos en dos;  y les dio autoridad sobre los espíritus inmundos. 8  Y les mandó que no llevasen nada para el camino,  sino solamente bordón;  ni alforja,  ni pan,  ni dinero en el cinto, 9  sino que calzasen sandalias,  y no vistiesen dos túnicas. 10  Y les dijo: Dondequiera que entréis en una casa,  posad en ella hasta que salgáis de aquel lugar. 11  Y si en algún lugar no os recibieren ni os oyeren,  salid de allí,  y sacudid el polvo que está debajo de vuestros pies,  para testimonio a ellos.  De cierto os digo que en el día del juicio,  será más tolerable el castigo para los de Sodoma y Gomorra,  que para aquella ciudad. 12  Y saliendo,  predicaban que los hombres se arrepintiesen. 13  Y echaban fuera muchos demonios,  y ungían con aceite a muchos enfermos,  y los sanaban.

Comentarios de J. C. Ryle

Lucas 9.1-6

Estos versículos contienen los preceptos que dio nuestro Señor a Sus doce apóstoles cuando los envió por primera vez á predicar evangelio. Es un pasaje que tiene referencia á las tareas de los ministros cristianos de todos los siglos. No hay duda que el poder de hacer milagros que poseían los apóstoles hacia su condición muy desemejante á la de cualesquiera otros ministros de la iglesia. No hay duda que en muchos particulares ellos fueron únicos en su clase y no tuvieron sucesores. Sin embargo, las palabras de nuestro Señor contenidas en este pasaje no deben aplicarse tan solo á los doce apóstoles: las verdades que enseñan son igualmente útiles maestros y predicadores cristianos de todos los siglos.

Observemos que la misión encomendada á los apóstoles tenia referencia especial a lo que debían hacer respecto del demonio y de las enfermedades corporales. Se nos dice que Jesús les dio virtud y potestad sobre todos los demonios, y que sanasen enfermedades.

Se perciben en este pasaje con toda claridad dos de los deberes principales del ministro cristiano. No debemos esperar de él que lance los espíritus malignos, pero sí podemos esperar con razón que "resista al demonio y todas sus maquinaciones," y luche sin tregua contra "el príncipe de este mundo." No debemos exigirle que haga curas milagrosas; pero sí que tome particular interés en todos los enfermos: que los visite, los consuele, y los socorra, si necesario, hasta donde le sea posible. El ministro que descuida las ovejas enfermas de su rebaño no es buen pastor; y no debe sorprenderse si el pueblo dice que él estima en más la lana de las ovejas que su salud. El ministro que permite que los pecados de la embriaguez, la blasfemia, la obscenidad, las riñas, la disipación, y otros tales infesten su congregación, y no amonesta á los que los cometen, omite un deber que le ha sido impuesto de una manera terminante. No lidia contra el demonio, y por consiguiente, no es digno sucesor de los apóstoles. Observemos, en segundo lugar, que una de las principales tareas que fueron encomendadas á los apóstoles fue la predicación. Nuestro Señor "los envió á que predicasen el reino de Dios," y que ellos iban de aldea en aldea anunciando el Evangelio.

La importancia de la predicación, como un medio de gracia, se inferiría fácilmente en este pasaje aunque no hubiese otro que versase sobre el asunto. Pero no es sino uno de los muchos ejemplos del valor que se da en la Biblia á la predicación. Esta es en verdad, el instrumento elegido por Dios para trabajar en bien de las almas. Por medio de la predicación los pecadores se convierten; los que buscan la verdad hallan el camino que conduce á ella y los fieles se mantienen firmes en sus creencias. De aquí se desprende que la iglesia visible ha menester buenos ministros para conservar su pureza y promover su prosperidad. El pulpito es el lugar en que se han ganado siempre las victorias del Evangelio, y ninguna iglesia en que se haya desatendido ha hecho jamás mucho progreso en verdadera religión. ¿Deseamos saber si un ministro es verdaderamente apostólico? Si lo es, pondrá mucha atención en sus sermones; se esmerará y orará á Dios á fin de que sean eficaces, y dirá á su congregación cómo tiene esperanza que de su predicación resulte la conversión de muchas almas. El ministro que da á los sacramentos ó á las ceremonias de la iglesia un lugar más elevado que á la predicación puede ser celoso, fervoroso, concienzudo, y respetable; pero su celo no escucha los dictados de la prudencia. No puede decirse que imita á los apóstoles.

Observemos, en tercer lugar, que nuestro Señor, al enviar á sus apóstoles, les encarga que procuren habituarse á la sencillez de vida, y contentarse con lo que tengan. Les manda no llevar nada para el  camino, ni bordones, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni dos vestidos, y que en cualquiera casa en que entraren permanezcan y salgan. En parte, estos preceptos se refieren á un periodo especial. Vino un día en que nuestro Señor mismo mandó á todo el que no tenía espada que vendiera su capa y comprara una espada. Lucas 22:36. Pero en parte, estos preceptos pueden aplicarse en todas las épocas. Del espíritu de estos versículos deben imbuirse todos los ministros del Evangelio.

La idea principal que ellos encierran tiene por objeto poner un dique á la codicia y al lujo. ¡Habría sido un bien para el mundo y para la iglesia si esa idea hubiera sido acatada con más cuidado! De nadie ha sufrido el Cristianismo tanto daño como de parte de sus mismos maestros. Sobre ningún punto han errado estos tanto y tan frecuentemente, como en lo que respecta á la codicia y al lujo. Á menudo con su conducta han hecho nugatoria su predicación; y han dado margen á los enemigos de la religión para que digan que ellos aman la holganza, y el dinero, y el boato, mucho que las almas de sus feligreses. ¡Roguemos diariamente que la iglesia se vea libre de tales ministros! Ellos son piedras de tropiezo en el camino del cielo; son obreros en la causa del demonio, no en la de Dios. El predicador que cifra sus afectos en el dinero, en el vestido, en los banquetes, y en los placeres, ha errado indudablemente su vocación, ha olvidado las instrucciones de Maestro: no es varón apostólico.

Observemos, finalmente, que nuestro Señor previene á sus discípulos contra la incredulidad, y el endurecimiento de corazón de aquellos á los que han de predicar. Se refiere á los que no los recibían, como una clase de gente con la cual tienen que ponerse en contacto; y les dice como han de conducirse cuando sean rechazados, como si tal evento fuese inevitable.

(Bueno seria que todos los ministros del evangelio leyesen con cuidado esta parte de los preceptos de nuestro Señor. Todos los misioneros, todos los maestros de escuelas dominicales, todos los que enseñen la Biblia al pueblo harían bien en atesorarla en el corazón. Que no desmayen si les parece que su obra es fútil, y su trabajo sin provecho. Que recuerden que aun los primeros predicadores y maestros á quienes Jesús envió,  recibieron la advertencia explícita de que no todos creerían. Que continúen trabajando con paciencia, y siembren la buena simiente sin desalentarse. Á ellos corresponde hacer los esfuerzos: el éxito está á cargo de Dios. Los apóstoles pueden plantar y regar: más solo el Espíritu Santo puede dar el crecimiento. El Señor sabe lo que se alberga en el corazón del hombre; y no tiene en menos á Sus trabajadores a causa de que solo un poco de la simiente que siembren crezca y fructifique. La cosecha puede ser pequeña; pero cada trabajador será recompensado según lo que haga.

NOTAS.   LUCAS 9:1-6.

1. Sus doce discípulos.    Nótese que Judas Iscariote, el apóstol falso y traidor, fue uno de los doce que nuestro Señor envió á predicar y curar á los enfermos, no debe sorprendernos si vemos á hombres no convertidos ejerciendo las delicadas funciones de predicadores y ministros del Evangelio.    Nuestro Señor permitió a uno de esa clase que fuese contado en el número de Sus apóstoles, para enseñar que en este mundo debemos esperar ver mezclado al malo con el bueno. Las más altas dignidades y los empleos eclesiásticos no prueban que el que los ejerce tenga la gracia de Dios.

Les dio virtud. Teofilacto observa, que en este pasaje tenemos una evidencia del poder divino de nuestro Señor. El no solamente podía hacer milagros, sino también conferir poder á otros para hacerlos.

2. Los envió á que predicasen el reino de Dios. Nótese atentamente, que hablando con propiedad y exactitud no existe lo que se apellida sucesión apostólica. La misión de los apóstoles fue aislada, independiente y distinta. Los ministros de la iglesia son sucesores de Timoteo y Tito, pero no de los apóstoles.

3. No toméis nada para el camino. Ningún hombre podrá establecer el reino de Dios en los corazones del pueblo, en tanto que no se muestre plenamente persuadido de que lo que predica es la verdad. ¿Y cómo puede mostrarse así si otros sus hechos y con su conducta contradice sus palabras?

4. Quedad allí y salid de allí. El objeto de este precepto es patente. Los apóstoles tenían que guardarse de parecer volubles, veleidosos, muelles y difíciles de contentar. Como hombres que habían de considerar el mundo como una posada, y el cielo como su morada, habían de contentarse con cualquiera habitación, y con cualquiera clase de asistencia.

6. Anunciando el Evangelio. Horrorosa es la idea de que uno de los que hacían esto era Judas Iscariote. Parece que no hay razón para suponer que él predicara menos eficazmente que los otros apóstoles. Sin embargo, su corazón era siempre falso á los ojos de Dios. Que un hombre predique el Evangelio no es prueba de que se haya convertido. Véase Filip. 1:15.

Texto Bíblico
Textos Paralelos
Referencias

Muerte de Juan el Bautista

Lucas 9.7-9

7  Herodes el tetrarca oyó de todas las cosas que hacía Jesús;  y estaba perplejo,  porque decían algunos: Juan ha resucitado de los muertos;

8  otros: Elías ha aparecido;  y otros: Algún profeta de los antiguos ha resucitado. (Mt. 16.14; Mr. 8.28; Lc. 9.19)

9  Y dijo Herodes: A Juan yo le hice decapitar;  ¿quién,  pues,  es éste,  de quien oigo tales cosas?  Y procuraba verle.

Muerte de Juan el Bautista

Lucas 9.7-9 Mt. 14.1-12; Mr. 6.14-29

Mt. 14.1-12 1  En aquel tiempo Herodes el tetrarca oyó la fama de Jesús, 2  y dijo a sus criados: Este es Juan el Bautista;  ha resucitado de los muertos,  y por eso actúan en él estos poderes. 3  Porque Herodes había prendido a Juan,  y le había encadenado y metido en la cárcel,  por causa de Herodías,  mujer de Felipe su hermano; 4  porque Juan le decía: No te es lícito tenerla. 5  Y Herodes quería matarle,  pero temía al pueblo;  porque tenían a Juan por profeta. 6  Pero cuando se celebraba el cumpleaños de Herodes,  la hija de Herodías danzó en medio,  y agradó a Herodes, 7  por lo cual éste le prometió con juramento darle todo lo que pidiese. 8  Ella,  instruida primero por su madre,  dijo: Dame aquí en un plato la cabeza de Juan el Bautista. 9  Entonces el rey se entristeció;  pero a causa del juramento,  y de los que estaban con él a la mesa,  mandó que se la diesen, 10  y ordenó decapitar a Juan en la cárcel. 11  Y fue traída su cabeza en un plato,  y dada a la muchacha;  y ella la presentó a su madre. 12  Entonces llegaron sus discípulos,  y tomaron el cuerpo y lo enterraron;  y fueron y dieron las nuevas a Jesús.

Mr. 6.14-29 14 Oyó el rey Herodes la fama de Jesús, porque su nombre se había hecho notorio; y dijo: Juan el Bautista ha resucitado de los muertos, y por eso actúan en él estos poderes. 15 Otros decía: Es Elías. Y otros decían: Es un profeta, o alguno de los profetas  16 al oír esto Herodes, dijo. Este es Juan, el que yo decapité, que ha resucitado de los muertos. 17 Porque el mismo Herodes había enviado y prendido a Juan, y le había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, mujer de Felipe su hermano; pues la había tomado por mujer. 18 Porque Juan decía a Herodes: No te es lícito tener la mujer de tu hermano  19 Pero Herodías le acechaba, y deseaba matarle, y no podía; 20 porque Herodes temía a Juan, sabiendo que era varón justo y santo, y le guardaba a salvo; y oyéndole se quedaba muy perplejo, pero le escuchaba de buena gana. 21 Pero venido un día oportuno, en que Herodes en la fiesta de su cumpleaños, daba una cena a sus príncipes y tribunos y a los principales de Galilea; 12 entrando la hija de Herodías, danzó, y agradó a Herodes y a los que estaban con él a la mesa; y el rey dijo a la muchacha: Pídeme lo que quieras, y yo te lo daré. 23 Y lo juró: Todo lo que me pidas te daré, hasta la mitad de mi reino. 24 Saliendo ella, dijo a su madre: ¿Qué pediré? Y ella le dijo: La cabeza de Juan el Bautista. 25 Entonces ella entró prontamente al rey y pidió diciendo: Quiero que ahora mismo me des en un plato la cabeza de Juan el Bautista. 26 Y el rey se entristeció mucho; pero a causa del juramento y de los que estaban con él a la mesa, no quiso desecharla. 27 Y en seguida el rey, enviando a uno de la guardia, mandó que fuese traída la cabeza de Juan. 28 El guarda fue, le decapitó en la cárcel, y trajo su cabeza en un plato y la dio a la muchacha, y la muchacha la dio a su madre. 29 Cuando oyeron esto sus discípulos, vinieron y tomaron su cuerpo, y lo pusieron en un sepulcro.

Lucas 9.7-8 Mt. 16.14; Mr. 8.28; Lc. 9.19

Mt. 16.14 Ellos dijeron: Unos,  Juan el Bautista;  otros,  Elías;  y otros,  Jeremías,  o alguno de los profetas.

Mr. 8.28 Ellos respondieron: Unos,  Juan el Bautista;  otros,  Elías;  y otros,  alguno de los profetas.

Lc. 9.19 Ellos respondieron: Unos,  Juan el Bautista;  otros,  Elías;  y otros,  que algún profeta de los antiguos ha resucitado.

Comentarios de J. C. Ryle

Lucas 9.7-11

Notemos en este pasaje cuánto puede hacer el remordimiento de conciencia. Se nos dice que cuando Herodes el tetrarca oyó hablar de todo lo que hacia nuestro Señor, quedó en duda. El dijo: " Á Juan yo lo degollé: ¿quién pues será este?" Grande y poderoso como era lo que oyó decir de nuestro Señor le recordó sus pecados y lo inquietó aun en su palacio real. Rodeado como estaba de todo cuanto se considera que hace agradable la vida, el rumor de que había uno que predicaba la justicia lo llenó de sobresalto. El recuerdo de la maldad que había cometido en hacer matar á el Bautista le vino á la mente; conoció que había obrado mal; y se sintió culpable, tuvo convicción de su crimen, y el descontento se apoderó de su ser. Cierto y verdadero es aquel proverbio de Salomón: "El camino de los prevaricadores es duro Pr. 13:15. El  pecado  había clamado contra Herodes. La prisión y la espada habían impuesto silencio á los labios de Juan el Bautista, mas no pudieron acallar la voz de la conciencia del asesino. La verdad de Dios no puede ser escondida, ni encadenada, ni aniquilada.

La conciencia es la manifestación más poderosa de nuestro ser. Ella no puede salvarnos; jamás nos lleva á Cristo; es muchas veces ciega, torpe, y extraviada; pero con frecuencia acusa al pecador de una manera irresistible, y le hace sentir que "es cosa mala y amarga " apartarse de las sendas de Dios. Los jóvenes especialmente deben acordarse de esto, y vigilar sobre su propia conducta, No se lisonjeen con que todo está bien, cuando sus pecados ya han sido olvidados por el mundo. La conciencia puede traer cada pecado ante su mente y causarles amargo remordimiento. Millones el último día que experimentaron lo mismo que sintió Herodes; que la conciencia llamó antiguos pecados de sus escondrijos y los hizo causar nuevas heridas al corazón; que aunque parecían felices y llenos de prosperidad, eran interiormente desdichados e infelices. ¡Dichosos los que han hallado el único bálsamo que sana una mala conciencia: la sangre de Cristo!

Notemos en segundo lugar que es importante que los cristianos estén de cuando en cuando á solas y en un lugar secreto. Se nos dice, que cuando los apóstoles regresaron de su primera misión nuestro Señor los llevó consigo y se retiró á un lugar desierto. Indudablemente hizo esto con algún gran designio. Quiso enseñarnos que los que se ocupan públicamente en bien de las almas de los demás deben tener algunas horas para estar á solas con Dios.

Es esta una lección que muchos cristianos harían bien en tener presente. La soledad, el examen de sí mismo, la meditación y la comunión en privado con Dios, son absolutamente esenciales para la salud espiritual. El que eso descuida está en gran peligro de caer. Predicar, enseñar, hablar, escribir, y hacer obras públicas constantemente es sin duda una prueba de celo; pero no es siempre prueba de aquel celo que se sujeta á lo que aconseja la prudencia: muchas veces acarrea fatales consecuencias. Debemos proporcionarnos algún tiempo para ponernos á estudiar interiormente con calma, á examinar el estado de las relaciones que existen entre nosotros y Cristo. La omisión de esta práctica es la causa verdadera de tantas reincidencias que afligen á la iglesia, y dan ocasión á que los infieles blasfemen. Muchos podrían repetir con dolor las palabras de los Cantares, "Hiciéronme guarda de viñas, y no he guardado mi propia viña." Cant. 1: 6.

Notemos, finalmente, en este pasaje, cuan pronto está nuestro Señor Jesucristo á recibir á todos los que vienen á El. Cuando las gentes le siguieron al despoblado á que se había retirado, "las recibió, y les hablaba del reino de Dios, y sanó á los que tenían necesidad de cura." Descortés é inesperada como parece haber sido esta invasión de su retiro, no fueron rechazados por Él. Estaba siempre más pronto á dar instrucción que las gentes á pedirla, y más deseoso de enseñar que las gentes de ser enseñadas.

Mas este incidente, insignificante como puede parecer, está en completo acuerdo con todo lo que se nos dice en los Evangelios de la afabilidad y condescendencia de Cristo. Jamás le vemos tratar al pueblo según sus merecimientos; jamás le hallamos escudriñando los móviles de sus oyentes, ó impidiéndoles que oigan su doctrina porque sus corazones no sean rectos á los ojos de Dios. El siempre estaba dispuesto á oír y á obrar, y á predicar. Jamás fue desechada persona alguna que viniera á él. Podrían pensar lo que quisieran de su doctrina, pero nunca pudieron decir que Jesús de Nazaret fuera "hombre austero."

Acordémonos de esto cuando oremos á Cristo por la salud de nuestras almas. Podemos acercarnos á El sin temor, y abrirle nuestros corazones con confianza. El es un Salvador de infinita compasión y misericordia. "El no quebrará la caña cascada, ni apagará el pabilo que humeare." Los secretos de nuestra vida espiritual pueden ser tales que no quisiéramos que nuestros más íntimos amigos los supiesen; las llagas de nuestra conciencia son tal vez hondas y delicadas; mas nada tenemos que temer, si lo ponemos todo en manos de Jesús, el Hijo de Dios. Su bondad no tiene límites; y aquellas palabras suyas son muy verdaderas: "Yo soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas." Mat. 11:29.

Finalmente, tengamos esto presente cuando otras personas nos pidan consejo en lo que se refiera á sus almas. Esforcémonos en seguir el ejemplo de Cristo, y en ser como Él benévolos y sufridos, y en estar siempre deseosos de dar buenos consejos. La ignorancia de los neófitos en religión es á veces muy desagradable: nosotros estamos inclinados á fastidiarnos de su falta de firmeza, de su volubilidad é indecisión. Pero recordemos la conducta de Jesús, -y seamos pacientes. Él recibió á todos, habló á todos, é hizo bien á todos. Vivamos y procedamos de la misma manera. Procedamos unos con otros como Cristo procede con nosotros.

NOTAS.   LUCAS 9:7-11

7. Resucitado de los muertos. Obsérvese que la resurrección de entre los muertos se menciona en este versículo y en los siguientes como punto que se, creía comúnmente, y se reconocía como cierto por los Judíos. La opinión de que estos no tenían, antes de Cristo, noción alguna de la resurrección, ó de la otra vida, es totalmente insostenible.

Texto Bíblico
Textos Paralelos
Referencias

Alimentación de los cinco mil

Lucas 9.10-17

10  Vueltos los apóstoles,  le contaron todo lo que habían hecho.  Y tomándolos,  se retiró aparte,  a un lugar desierto de la ciudad llamada Betsaida.

11  Y cuando la gente lo supo,  le siguió;  y él les recibió,  y les hablaba del reino de Dios,  y sanaba a los que necesitaban ser curados.

12  Pero el día comenzaba a declinar;  y acercándose los doce,  le dijeron: Despide a la gente,  para que vayan a las aldeas y campos de alrededor,  y se alojen y encuentren alimentos;  porque aquí estamos en lugar desierto.

13  El les dijo: Dadles vosotros de comer.  Y dijeron ellos: No tenemos más que cinco panes y dos pescados,  a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta multitud.

14  Y eran como cinco mil hombres.  Entonces dijo a sus discípulos: Hacedlos sentar en grupos,  de cincuenta en cincuenta.

15  Así lo hicieron,  haciéndolos sentar a todos.

16  Y tomando los cinco panes y los dos pescados,  levantando los ojos al cielo,  los bendijo,  y los partió,  y dio a sus discípulos para que los pusiesen delante de la gente.

17  Y comieron todos,  y se saciaron;  y recogieron lo que les sobró,  doce cestas de pedazos.

Alimentación de los cinco mil

Lucas 9.10-17 Mt. 14.13-21; Mr. 6.30-44; Jn. 6.1-14

Mt. 14.13-21 13  Oyéndolo Jesús,  se apartó de allí en una barca a un lugar desierto y apartado;  y cuando la gente lo oyó,  le siguió a pie desde las ciudades. 14  Y saliendo Jesús,  vio una gran multitud,  y tuvo compasión de ellos,  y sanó a los que de ellos estaban enfermos. 15  Cuando anochecía,  se acercaron a él sus discípulos,  diciendo: El lugar es desierto,  y la hora ya pasada;  despide a la multitud,  para que vayan por las aldeas y compren de comer. 16  Jesús les dijo: No tienen necesidad de irse;  dadles vosotros de comer. 17  Y ellos dijeron: No tenemos aquí sino cinco panes y dos peces. 18  El les dijo: Traédmelos acá. 19  Entonces mandó a la gente recostarse sobre la hierba;  y tomando los cinco panes y los dos peces,  y levantando los ojos al cielo,  bendijo,  y partió y dio los panes a los discípulos,  y los discípulos a la multitud. 20  Y comieron todos,  y se saciaron;  y recogieron lo que sobró de los pedazos,  doce cestas llenas. 21  Y los que comieron fueron como cinco mil hombres,  sin contar las mujeres y los niños.

Mr. 6.30-44 30  Entonces los apóstoles se juntaron con Jesús,  y le contaron todo lo que habían hecho,  y lo que habían enseñado. 31  El les dijo: Venid vosotros aparte a un lugar desierto,  y descansad un poco. Porque eran muchos los que iban y venían,  de manera que ni aun tenían tiempo para comer. 32  Y se fueron solos en una barca a un lugar desierto. 33  Pero muchos los vieron ir,  y le reconocieron;  y muchos fueron allá a pie desde las ciudades,  y llegaron antes que ellos,  y se juntaron a él. 34  Y salió Jesús y vio una gran multitud,  y tuvo compasión de ellos,  porque eran como ovejas que no tenían pastor;  y comenzó a enseñarles muchas cosas. 35  Cuando ya era muy avanzada la hora,  sus discípulos se acercaron a él,  diciendo: El lugar es desierto,  y la hora ya muy avanzada. 36  Despídelos para que vayan a los campos y aldeas de alrededor,  y compren pan,  pues no tienen qué comer. 37  Respondiendo él,  les dijo: Dadles vosotros de comer Ellos le dijeron: ¿Que vayamos y compremos pan por doscientos denarios,  y les demos de comer? 38  El les dijo: ¿Cuántos panes tenéis?  Id y vedloY al saberlo,  dijeron: Cinco,  y dos peces. 39  Y les mandó que hiciesen recostar a todos por grupos sobre la hierba verde. 40  Y se recostaron por grupos,  de ciento en ciento,  y de cincuenta en cincuenta. 41  Entonces tomó los cinco panes y los dos peces,  y levantando los ojos al cielo,  bendijo,  y partió los panes,  y dio a sus discípulos para que los pusiesen delante;  y repartió los dos peces entre todos. 42  Y comieron todos,  y se saciaron. 43  Y recogieron de los pedazos doce cestas llenas,  y de lo que sobró de los peces. 44  Y los que comieron eran cinco mil hombres.

Jn. 6.1-14 1  Después de esto,  Jesús fue al otro lado del mar de Galilea,  el de Tiberias. 2  Y le seguía gran multitud,  porque veían las señales que hacía en los enfermos. 3  Entonces subió Jesús a un monte,  y se sentó allí con sus discípulos. 4  Y estaba cerca la pascua,  la fiesta de los judíos. 5  Cuando alzó Jesús los ojos,  y vio que había venido a él gran multitud,  dijo a Felipe: ¿De dónde compraremos pan para que coman éstos? 6  Pero esto decía para probarle;  porque él sabía lo que había de hacer. 7  Felipe le respondió: Doscientos denarios de pan no bastarían para que cada uno de ellos tomase un poco. 8  Uno de sus discípulos,  Andrés,  hermano de Simón Pedro,  le dijo: 9  Aquí está un muchacho,  que tiene cinco panes de cebada y dos pececillos;  mas  ¿qué es esto para tantos? 10  Entonces Jesús dijo: Haced recostar la gente.  Y había mucha hierba en aquel lugar;  y se recostaron como en número de cinco mil varones. 11  Y tomó Jesús aquellos panes,  y habiendo dado gracias,  los repartió entre los discípulos,  y los discípulos entre los que estaban recostados;  asimismo de los peces,  cuanto querían. 12  Y cuando se hubieron saciado,  dijo a sus discípulos: Recoged los pedazos que sobraron,  para que no se pierda nada. 13  Recogieron,  pues,  y llenaron doce cestas de pedazos,  que de los cinco panes de cebada sobraron a los que habían comido. 14  Aquellos hombres entonces,  viendo la señal que Jesús había hecho,  dijeron: Este verdaderamente es el profeta que había de venir al mundo.

Comentarios de J. C. Ryle

Lucas 9.12-17

El milagro descrito en estos versículos es referido mayor número de veces en los Evangelios que ningún otro de los que obró nuestro Señor. Esta repetición no fue, sin duda, sin objeto. Se tuvo en mira llamar nuestra atención á los detalles de dicho milagro.

Por una parte, se percibe en estos versículos un ejemplo patente del poder divino de nuestro Señor Jesucristo.  Alimenta una reunión de cinco mil hombres con cinco panes y dos peces; con una provisión de viandas tan escasa que era meramente suficiente para satisfacer por un día sus propias necesidades y las de sus discípulos, satisface el hambre de una reunión tan numerosa como una legión romana. No pudo haber engaño acerca de la realidad y magnitud de este milagro. Fue hecho públicamente, y delante de muchos testigos. El mismo poder que al principio sacó el mundo de la nada, hizo existir alimento que antes no había existido. Las circunstancias de todo el acontecimiento hacen imposible el fraude. Cinco mil hombres hambrientos no  hubieran convenido en que "todos se hartaron," si no hubieran tomado alimento real y verdadero. Nunca se habrían recogido cestas llenas de los pedazos que sobraron, si no hubiesen sido panes y peces reales y materiales los que fueron  multiplicados milagrosamente. Nada en resumen puede explicar todo el suceso, sino la intervención del dedo do Dios. La misma mano que envió maná del cielo al desierto para alimentar á Israel, fue la mano que hizo que cinco panes y dos peces supliesen las necesidades de cinco mil hombres.

El milagro que nos ocupa es una de muchas pruebas de que para Cristo nada es imposible. El Salvador de los pecadores es omnipotente. "Llama las cosas que no son, como si fuesen." Rom. 4:17. Cuando El quiere una cosa, se hace. Cuando manda algo, sucede infaliblemente. Puede sacar luz de en medio de las tinieblas, orden de en medio del desorden, fuerza de la debilidad, gozo del pesar, y alimento de la nada. ¡Por siempre bendigamos á Dios por esto! Tendríamos razón para desesperar cuando viésemos la corrupción de la naturaleza humana, y la obstinación é incredulidad del corazón del hombre, si no conociéramos el poder de Cristo. "¿Pueden tornar á la vida estos huesos secos?" ¿Puede salvarse algún hombre? ¿Puede algún niño, ó alguno de nuestros amigos llegar á ser en algún tiempo cristiano verdadero? ¿Podemos nosotros mismos ganar la vida eterna? Preguntas como estas nunca podrían responderse, si Jesús no fuese todopoderoso. Pero, loado sea Dios, Jesús tiene todo poder en el cielo y en la tierra. Vive en él cielo para socorrernos, y tiene poder para salvar; por lo tanto tengamos confianza.

Por otra parte, estos versículos nos presentan á la vista un emblema patente del poder que tiene Cristo para satisfacer las necesidades espirituales del género humano. El milagro es un cuadro. En él vemos como delineadas sobre el lienzo algunas de las grandes verdades del Cristianismo. Es en realidad una gran parábola del glorioso Evangelio representada á lo vivo.

¿Qué representa ese gentío pobre, desamparado y desprovisto de alimento, que rodea á nuestro Señor en el despoblado? Representa al género humano. Nosotros somos una reunión de pobres pecadores, en medio de un mundo malvado, sin fuerza ó poder para salvarnos, y en gran peligro de perecer por carencia de alimento espiritual

¿Quién es aquel Maestro benévolo que se compadece de esa mísera multitud en el despoblado, y dice á Sus discípulos: "Dadles vosotros de comer"? Es Jesús mismo, siempre compasivo, siempre benéfico, siempre pronto á mostrar misericordia aun á los ingratos y á los perversos. Y Él no ha cambiado. Es hoy exactamente el mismo que era ochocientos años ha. Elevado en el cielo á la diestra de Dios mira hacia abajo la vasta multitud de miserables pecadores que cubren la faz de la tierra: todavía los compadece; todavía cuida de ellos y se conduele de su desamparo y de su miseria. Y todavía dice á los discípulos que le siguen: "He aquí esta multitud, dadles vosotros de comer."

¿Qué representa ese portentoso alimento que creó Cristo milagrosamente para la hambrienta multitud que estaba en su presencia? Es una figura del Evangelio. Débil y pequeño como á muchos parece, el Evangelio contiene "bastante y sobrado" para las almas de todo el género humano. Insignificante y despreciable como la historia del Salvador crucificado parece al docto y al entendido, es el "poder de Dios para salvar á todo el que tiene fe." Rom. 1:16.

¿Qué representan aquellos discípulos que recibieron los panes y los peces de la mano de Cristo, y los pusieron delante de las gentes, para que todas ellas comiesen y se hartasen? Representan á todos los predicadores y maestros fieles del Evangelio. Sus palabras son sencillas, y sin embargo sumamente importantes. Han sido elegidos para poner delante de los hombres el alimento quo Cristo ha hecho para sus almas. No se les ha encomendado que den nada que sea creación suya. Todo cuanto trasmiten á los hombres debe venir de las manos de Cristo. Mientras que ellos desempeñen fielmente ese encargo, pueden esperar con confianza la bendición de su Maestro. Muchos, indudablemente, rehusarán siempre participar del alimento que Cristo ha provisto; mas si los ministros ofrecen fielmente á los hombres el pan de vida, la sangre de los que de estos se pierden no caerá sobre aquellos.

¿Qué estamos haciendo nosotros? ¿Hemos reconocido quo este mundo es un desierto, y que nuestras almas han de ser alimentadas del pan del cielo, ó morir eternamente? ¡Felices los que han aprendido esta lección, y sabido por experiencia quo Cristo crucificado es el pan verdadero de vida! El hombre jamás podrá satisfacerse con las cosas de este mundo: siempre estará hambriento, y sediento, y descontento, hasta que venga á Cristo Solo los que oyen la voz de Cristo, y le siguen, y se alimentan de Él con la fe, son los que "se hartan."

NOTAS.    LUCAS 9:12-17.

17. Los que les sobró...doce esportones.  Nótese que nuestro Señor desaprueba el desperdicio. Si "el gran Padre de familias," dice Burkitt, "es tan particular tocante á conservar lo que sobra, ¿qué cuenta darán el día del juicio los que piensan que es nada el desperdicio de tiempo, dinero, salud, y vigor, en el servicio del pecado y del mundo?"

Texto Bíblico
Textos Paralelos
Referencias

La confesión de Pedro

Lucas 9.18-20

18  Aconteció que mientras Jesús oraba aparte,  estaban con él los discípulos;  y les preguntó,  diciendo: ¿Quién dice la gente que soy yo?

19  Ellos respondieron: Unos,  Juan el Bautista;  otros,  Elías;  y otros,  que algún profeta de los antiguos ha resucitado. (Mt. 14.1-2; Mr. 6.14-15; Lc. 9.7-8)

20  El les dijo: ¿Y vosotros,  quién decís que soy?  Entonces respondiendo Pedro,  dijo: El Cristo de Dios.

21  Pero él les mandó que a nadie dijesen esto,  encargándoselo rigurosamente  (Jn. 6.68-69)

La confesión de Pedro

Lucas 9.18-20 Mt. 16.13-20; Mr. 8.27-30

Mt. 16.13-20 13  Viniendo Jesús a la región de Cesárea de Filipo,  preguntó a sus discípulos,  diciendo: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? 14  Ellos dijeron: Unos,  Juan el Bautista;  otros,  Elías;  y otros,  Jeremías,  o alguno de los profetas. 15  El les dijo: Y vosotros,  ¿quién decís que soy yo? 16  Respondiendo Simón Pedro,  dijo: Tú eres el Cristo,  el Hijo del Dios viviente. 17  Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres,  Simón,  hijo de Jonás,  porque no te lo reveló carne ni sangre,  sino mi Padre que está en los cielos. 18  Y yo también te digo,  que tú eres Pedro,  y sobre esta roca edificaré mi iglesia;  y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. 19  Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos;  y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos;  y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos. 20  Entonces mandó a sus discípulos que a nadie dijesen que él era Jesús el Cristo.

Mr. 8.27-30 27  Salieron Jesús y sus discípulos por las aldeas de Cesárea de Filipo.  Y en el camino preguntó a sus discípulos,  diciéndoles: ¿Quién dicen los hombres que soy yo? 28  Ellos respondieron: Unos,  Juan el Bautista;  otros,  Elías;  y otros,  alguno de los profetas.  29  Entonces él les dijo: Y vosotros,  ¿quién decís que soy?  Respondiendo Pedro,  le dijo: Tú eres el Cristo. 30  Pero él les mandó que no dijesen esto de él a ninguno. 31  Y comenzó a enseñarles que le era necesario al Hijo del Hombre padecer mucho,  y ser desechado por los ancianos,  por los principales sacerdotes y por los escribas,  y ser muerto,  y resucitar después de tres días.

Lucas 9.19 Mt. 14.1-2; Mr. 6.14-15; Lc. 9.7-8

Mt. 14.1-2 1  En aquel tiempo Herodes el tetrarca oyó la fama de Jesús, 2  y dijo a sus criados: Este es Juan el Bautista;  ha resucitado de los muertos,  y por eso actúan en él estos poderes.

Mr. 6.14-15 14  Oyó el rey Herodes la fama de Jesús,  porque su nombre se había hecho notorio;  y dijo: Juan el Bautista ha resucitado de los muertos,  y por eso actúan en él estos poderes. 15  Otros decían: Es Elías.  Y otros decían: Es un profeta,  o alguno de los profetas.

Lc. 9.7-8 7  Herodes el tetrarca oyó de todas las cosas que hacía Jesús;  y estaba perplejo,  porque decían algunos: Juan ha resucitado de los muertos; 8  otros: Elías ha aparecido;  y otros: Algún profeta de los antiguos ha resucitado.

Lucas 9.20 Jn. 6.68-69 68  Y respondióle Simón Pedro: Señor, ¿á quién iremos? tú tienes palabras de vida eterna.  69  Y nosotros creemos y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios viviente.

Comentarios de J. C. Ryle

Lucas 9.18-22

Notemos en este pasaje la diversidad de opiniones que prevalecía; acerca de nuestro Señor Jesucristo durante el periodo de su misión sobre la tierra. Se nos dice que algunos afirmaban que era Juan el Bautista; otros, que Elías; y otros, que uno de los profetas antiguos que había resucitado. Una observación general es aplicable a todas estas opiniones: todos estaban acordes en que la doctrina de nuestro Señor no era semejante á la de los escribas y todos veían en Él al valeroso denunciador de la maldad que existía en el mundo.

No nos sorprendamos si encontramos en nuestros días la misma diversidad de opiniones con respecto á Cristo y á Su Evangelio. La verdad de Dios despierta á los hombres de su indolencia espiritual; los obliga á pensar; los hace raciocinar, é investigar, é inventar teorías para explicar la causa de su difusión en algunas regiones, y de su repulsión en otras. Millares de hombres en todos los siglos de la iglesia pasan la vida de este modo, y nunca se sienten movidos del arrepentimiento. Se satisfacen á sí mismos con un foco de charla acerca de los sermones de Fulano ó los escritos de zutano; y piensan que este dice demasiado, y que aquel no dice lo suficiente. Aprueban ciertas doctrinas, y desaprueban otras. Llaman "ortodoxos" á unos, y "heterodoxos" á otros. No pueden formar una opinión decidida sobre lo que es verdadero, ó lo que es justo. Los años se suceden unos á otros y se encuentran en el mismo estado; charlando, criticando, censurando, cavilando, sin adelantar jamás; dando vueltas como la polilla al rededor de la religión, sin detenerse como la abeja para alimentarse de su miel. Jamás confían firmemente en Cristo; jamás se dedican sinceramente á la gran causa de servir á Dios; jamás toman la cruz á cuestas y se hacen cristianos decididos; y al fin después de tanto hablar mueren en sus pecados, sin estar preparados para comparecer ante Dios.

No nos contentemos con una religión de este género. El conversar, el investigar, y el discutir acerca del Evangelio no puede salvarnos. El Cristianismo que salva es algo que cada uno debe adoptar, poseer, sentir y experimentar por sí mismo. No hay la más ligera excusa para limitarnos moralmente á hablar, opinar y discutir. Los Judíos del tiempo de nuestro Señor debieran haber descubierto, si lo hubieran indagado con sinceridad, que Jesús de Nazaret no era ni Juan el Bautista, ni Elías, ni uno de los antiguos profetas, sino el Ungido de Dios. El cristiano de nuestros días se satisfaría fácilmente sobre todo lo que es esencial para la salvación, si solicitara real, cándida y humildemente la iluminación del Espíritu Santo. Solemnes y significativas son aquellas palabras de nuestro Señor: "Si alguno quiere hacer la voluntad de Dios, conocerá de la doctrina si es de Dios." Juan 7:16. La obediencia que emana de intenciones puras es una de las llaves que abren el templo del saber.

Observemos en segundo lugar  cuan notables fueron el conocimiento y la fe que desplegó el apóstol Pedro. Cuando nuestro Señor preguntó á sus discípulos: " ¿Quién decís vosotros que soy yo?" respondió Pedro, y dijo: "El Cristo de Dios." Esta fue una noble respuesta, respuesta que seria difícil apreciar el día de hoy en todo su valor. Para estimarla debidamente tenemos que colocarnos en la posición de los discípulos de nuestro Señor; hemos de tener presente que los grandes, y sabios, y doctos de su nación no veían atractivo alguno en su Maestro, y no querían recibirlo como Mesías; tenemos que recordar que ellos no veían boato ni pompa alguna en torno de nuestro Señor, nada de coronas, nada de ejército, nada de dominio terrenal-nada, sino un hombre pobre, que muchas veces no tenia ni en donde reclinar la cabeza. Y no obstante, fue entonces, y bajo tales circunstancias que Pedro expresó abiertamente su creencia de que Jesús era el Cristo de Dios ¡Grande fue, á la verdad, esta fe! Sin duda que tenía su mezcla de errores é imperfecciones; más, con todo, era una fe singular. El que la profesó era un hombre notable y mucho más adelantado que los de su siglo.

Debiéramos orar frecuentemente para que Dios se dignase crear más cristianos del carácter del apóstol Pedro. Errado, frágil é ignorante de su propio corazón como se mostró algunas veces, ese buen apóstol fue en algunos aspectos muy singular. Tuvo amor a Cristo, y fe, y celo, en un tiempo en que casi todo Israel era incrédulo é indiferente. Necesitamos más hombres de esa clase. Necesitamos hombres que no tengan miedo de verse solos, y de seguir á Cristo cuando la muchedumbre está contra El. Hombres como Pedro, pueden errar gravemente algunas veces, pero en el curso de la vida harán mayor bien que ningunos otros. La erudición es sin duda una cosa excelente, pero erudición sin celo y fervor nunca hará mucho por el mundo.

En tercer lugar, notemos en este pasaje la predicción que hizo nuestro Señor respecto á su cercana muerte. El dijo: " Es menester que el Hijo del hombre padezca muchas cosas, y sea desechado de los ancianos y de los príncipes de los sacerdotes, y de los escribas, sea muerto, y resucite al tercer día." Estas palabras parecen sencillas y de poca significación, mas en el fondo de ellas hay dos verdades que se deben recordar cuidadosamente.

Por una parte, la predicción de nuestro Señor nos hace ver que Su muerte en la cruz fue un acto enteramente espontáneo. No fue entregado á Pilato y crucificado porque no pudiera evitarlo, ó porque no tuviera poder para destruir á sus enemigos. Su muerte fue el resultado de los eternos consejos de la bendita Trinidad. El había tomado á Su cargo padecer por el pecado del hombre, el Justo por los injustos, para que pudiera encaminarnos hacia Dios. Se había ofrecido á tomar sobre sí nuestros pecados como Sustituto, y los llevó voluntariamente en el madero del martirio. El tenía el Calvario y la cruz delante de sí cuando iba de pueblo en pueblo predicando el Evangelio; y se sometió deliberada y voluntariamente á la muerte ignominiosa á fin de pagar nuestra deuda con su propia sangre. Su muerte no fue la del hombre débil que no puede escapar; sino la muerte de un Ser que era "verdadero Dios de verdadero Dios," y se había sometido á ser castigado en nuestro lugar.

Por otra parte, la predicción de nuestro Señor nos enseña los malos efectos de la preocupación que domina la mente de los hombres. Claras y sencillas como Sus palabras nos parecen ahora, sus discípulos no las comprendieron. Fue como si no oyesen. No podían comprender que el Mesías había de "ser muerto." No podían aceptar la doctrina de que era necesario que su Maestro muriese. Y por esto, cuando su muerte tuvo lugar, se aterraron y confundieron. Aunque Jesús con frecuencia les había hablado de ella, nunca imaginaron que se verificase. Vigilemos y oremos contra la preocupación que ha extraviado lastimosamente á muchas personas celosas, y las ha llenado de dolor. Guardémonos de que tradiciones, ideas anticuadas, interpretaciones heterodoxas, y teorías infundadas en materia de religión, se arraiguen en nuestros corazones. No hay más que una piedra de toque para conocer la verdad: " ¿Qué dice la Escritura?" Ante ésta, calle toda preocupación.

NOTAS.   LUCAS 9:18-22.

18. Estando Él solo orando. No nos olvidemos de notar cuan frecuentemente se menciona en los Evangelios la costumbre que tenia nuestro Señor de orar á solas. El dio ejemplo á todos los que trabajan en la causa de Dios. El orar mucho en privado es uno de los medios de obtener buen éxito.

20. El Cristo de Dios. Esta expresión, debe notarse, es equivalente á "el Mesías de Dios," el Salvador prometido de quien habló Daniel. Dan. 9:21.

Texto Bíblico
Textos Paralelos
Referencias

Jesús anuncia su muerte

Lucas 9.21-27

21  Pero él les mandó que a nadie dijesen esto,  encargándoselo rigurosamente  

22 y diciendo: Es necesario que el Hijo del Hombre padezca muchas cosas,  y sea desechado por los ancianos,  por los principales sacerdotes y por los escribas,  y que sea muerto,  y resucite al tercer día.

23  Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí,  niéguese a sí mismo,  tome su cruz cada día,  y sígame. (Mt. 10.38; Lc. 14.27)

24  Porque todo el que quiera salvar su vida,  la perderá;  y todo el que pierda su vida por causa de mí,  éste la salvará. (Mt. 10.39; Lc. 17.33; Jn. 12.25)

25  Pues  ¿qué aprovecha al hombre,  si gana todo el mundo,  y se destruye o se pierde a sí mismo?

26  Porque el que se avergonzare de mí y de mis palabras,  de éste se avergonzará el Hijo del Hombre cuando venga en su gloria,  y en la del Padre,  y de los santos ángeles.

27  Pero os digo en verdad,  que hay algunos de los que están aquí,  que no gustarán la muerte hasta que vean el reino de Dios.

Jesús anuncia su muerte

Lucas 9.21-27 Mt. 16.21-28; Mr. 8.31-9.1

Mt. 16.21-28 21  Desde entonces comenzó Jesús a declarar a sus discípulos que le era necesario ir a Jerusalén y padecer mucho de los ancianos,  de los principales sacerdotes y de los escribas;  y ser muerto,  y resucitar al tercer día. 22  Entonces Pedro,  tomándolo aparte,  comenzó a reconvenirle,  diciendo: Señor,  ten compasión de ti;  en ninguna manera esto te acontezca. 23  Pero él,  volviéndose,  dijo a Pedro: ¡Quítate de delante de mí,  Satanás!;  me eres tropiezo,  porque no pones la mira en las cosas de Dios,  sino en las de los hombres. 24  Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí,  niéguese a sí mismo,  y tome su cruz,  y sígame. 25  Porque todo el que quiera salvar su vida,  la perderá;  y todo el que pierda su vida por causa de mí,  la hallará. 26  Porque  ¿qué aprovechará al hombre,  si ganare todo el mundo,  y perdiere su alma?  ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma? 27  Porque el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles,  y entonces pagará a cada uno conforme a sus obras. 28  De cierto os digo que hay algunos de los que están aquí,  que no gustarán la muerte,  hasta que hayan visto al Hijo del Hombre viniendo en su reino.

Mr. 8.31-9.1 31  Y comenzó a enseñarles que le era necesario al Hijo del Hombre padecer mucho,  y ser desechado por los ancianos,  por los principales sacerdotes y por los escribas,  y ser muerto,  y resucitar después de tres días. 32  Esto les decía claramente.  Entonces Pedro le tomó aparte y comenzó a reconvenirle. 33  Pero él,  volviéndose y mirando a los discípulos,  reprendió a Pedro,  diciendo: ¡Quítate de delante de mí,  Satanás!  Porque no pones la mira en las cosas de Dios,  sino en las de los hombres. 34  Y llamando a la gente y a sus discípulos,  les dijo: Si alguno quiere venir en pos de mí,  niéguese a sí mismo,  y tome su cruz,  y sígame.  35  Porque todo el que quiera salvar su vida,  la perderá;  y todo el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio,  la salvará.  36  Porque  ¿qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo,  y perdiere su alma? 37  ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma? 38  Porque el que se avergonzare de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora,  el Hijo del Hombre se avergonzará también de él,  cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles. 9.1 También les dijo: De cierto os digo que hay algunos de los que están aquí,  que no gustarán la muerte hasta que hayan visto el reino de Dios venido con poder.

Lucas 9.23 Mt. 10.38; Lc. 14.27

Mt.10.38 y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí,  no es digno de mí.

Lc. 14.27 Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí,  no puede ser mi discípulo.

Lucas 9.24 Mt. 10.39; Lc. 17.33; Jn. 12.25

Mt. 10.39

Lc. 17.33 Todo el que procure salvar su vida,  la perderá;  y todo el que la pierda,  la salvará.

Jn. 12.25 El que ama su vida,  la perderá;  y el que aborrece su vida en este mundo,  para vida eterna la guardará.

Comentarios de J. C. Ryle

Lucas 9.23-27

Estas palabras de nuestro Señor Jesucristo contienen tres grandes lecciones para uso de todos los cristianos. Son aplicables á personas de todas clases y condiciones, sin excepción alguna, y en todos los siglos y épocas, y á las diversas ramas de la iglesia visible.

Se nos enseña, primeramente, la necesidad absoluta de la abnegación cotidiana. Debemos "crucificar la carne " cada día, para vencer el mundo y resistir al demonio; debemos dominar nuestro cuerpo y obligarlo á que esté sumiso; debemos estar en guardia, a la manera de soldados en campaña; debemos luchar cada día y mantener una guerra sin tregua. El precepto de nuestro Maestro es claro y sencillo: " Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz cada día, y sígame."

Ahora bien, ¿hemos practicado este precepto? Esta es una pregunta que nos conviene hacer. El ir á la iglesia por costumbre no puede ser el Cristianismo de que habla Jesús en este versículo. ¿Dónde está nuestra abnegación? ¿Cargamos con la cruz cada día? ¿Seguimos á Cristo? Sin una religión de esta naturaleza no nos salvaremos jamás. Á un Salvador crucificado nunca le agradarán gentes que tengan apego al mundo y que busquen solo la satisfacción de sus pasiones. ¡Sin abnegación no hay gracia! ¡Sin cruz do hay corona! "Los que son de Cristo," dice S. Pablo, "ya crucificaron la carne con sus afectos y concupiscencias." Gal. 5:24 "Cualquiera que quisiere salvar su vida," dice el Señor Jesús, "la perderá; y cualquiera que perdiere su vida por causa de mí, éste la salvará."

Las palabras del Señor, contenidas en este lugar, nos enseñan cuan inestimable es el valor del alma. La siguiente pregunta admite una sola respuesta: "¿Qué aprovecha al hombre si granjeare á todo el mundo, y se pierda él á sí mismo, ó corra peligro de sí?"

La posesión de todo el mundo, y todo cuanto contiene, nunca puede hacer dichoso á ningún hombre. Los placeres que el mundo ofrece son falsos y engañosos. Sus riquezas, dignidades y honores no pueden satisfacer el corazón. Mientras que no los hemos obtenido brillan, relucen, y parecen apetecibles: al momento, que los poseemos descubrimos que son un engaño y que no pueden hacernos felices. Y, lo peor de todo es, que cuando poseemos loa bienes de este mundo hasta la saciedad, no podemos retenerlos: la muerte sobreviene luego y para siempre nos separa de todas nuestras posesiones. Desnudos vinimos á la tierra, y desnudos salimos de ella, y de todos nuestros haberes no podemos llevar cosa alguna ¡Tal es el mundo, que absorbe toda la atención de millares de hombres! Tal es el mundo por amor al cual tantos están perjudicando sus almas cada año. La pérdida del alma es lo más grave que puede sobrevenir al hombre. La peor y más penosa enfermedad; la más calamitosa bancarrota de fortuna, el más desastroso naufragio, son desgracias insignificantes comparadas con la pérdida de un alma. Todas las demás pérdidas son llevaderas, ó duran corto tiempo, pero la pérdida del alma es para siempre, el perder á Dios, y á Cristo, y el cielo, y la gloria, y la felicidad por toda la eternidad. Es ser arrojado al infierno y quedar allí para siempre, sin consuelo y sin auxilio.

¿Qué estamos haciendo nosotros? ¿Estamos causando la ruina de nuestras propias almas? Por medio de la negligencia y pecados manifiestos, por pura indiferencia é indolencia, ó por deliberada contravención de la ley de Dios, ¿estamos acaso causando nuestra propia destrucción? Estas preguntas exigen respuesta. Lo que sucede con muchos cristianos es simplemente esto: que están pecando todos los días contra el sexto mandamiento. ¡Están cometiendo suicidio espiritual!

Finalmente, las palabras de nuestro Señor nos enseñan cuan culpable y peligroso es avergonzarse de Cristo y de Sus palabras. "El que se avergonzare de mí y de mis palabras, de este tal el Hijo del hombre se avergonzará cuando vendrá en su gloria, y del Padre, y de los santos ángeles."

Hay varios modos de avergonzarse de Cristo. Somos culpables de ello, siempre que tememos que los hombres conozcan que amamos Sus doctrinas, Sus preceptos, Su pueblo, y Sus estatutos. Somos culpables siempre que dejamos que el temor de los demás nos amilane y nos impida dar á conocer nuestro credo religioso. Siempre que procedamos de este modo, negamos á nuestro Maestro, y cometemos un pecado grave.

El pecado de avergonzarse de Cristo es muy grande. Es prueba de incredulidad: demuestra que tenemos en más la alabanza de los hombres á quienes podemos ver, que la de Dios á quien no podemos ver. Es prueba de ingratitud; pues demuestra que tememos confesar delante de los hombres á Aquel que no se avergonzó de morir por nosotros en la cruz. Infelices son, á la verdad, los que se entregan á este pecado. En este mundo son siempre desdichados; la mala conciencia les roba la paz. En el otro mundo no pueden esperar consuelo. En el DIA del juicio serán alejados de Cristo eternamente, si no lo confesaren sobre la tierra.

Hagamos firme resolución de no avergonzarnos nunca de Cristo, el pecado y de la vanidad mundana, podemos avergonzarnos con razón.  De Cristo y de su causa, no tenemos razón absolutamente para avergonzarnos. El valor en servir á Cristo acarrea siempre, recompensa. El cristiano más valiente es siempre el más feliz.

NOTAS.    LUCAS 9: 23-27.

23. Tome su cruz. A todo el que era condenado por los romanos a la pena de crucifixión, se le obligaba á llevar la cruz, en que había de ser suspendido al lugar de la ejecución.   De este modo fue tratado nuestro Señor. "Como este castigo no era judío sino romano, la mención arriba citada que de él hizo nuestro Señor puede considerarse como la primera insinuación de la muerte que había de sufrir. Si hubiera sido costumbre en el país ejecutar a los criminales de ese modo, la expresión podría tomarse como proverbial." Quesnel observa sobre todo el versículo lo siguiente: "Poned atención especial, á las palabras, 'á todos,' y 'cada día.' Ninguna persona está excusada, y ningún día está exceptuado. ¿En qué pues piensan, y aquí aspiran, los que todos los días se entregan á los placeres, á la sensualidad y á las diversiones?"

24. Quisiere salvar su vida, la perderá. Hay aquí una especie de juego de palabras. El que está resuelto a salvar su vida, en el sentido de conservarla, y a guardar todos los bienes de este mundo que tienen relación con ella, la perderá; perderá lo que es, en fin, el gran objeto de nuestra existencia, el alma inmortal es el mismo uso de palabras en dos sentidos diferentes, que hallamos en la expresión: "Deja á los muertos enterrar á sus muertos," lo que quiere decir, " los que están "dejar a los que están muertos espiritualmente, que atiendan á tales diligencias como la de enterrar á los que mueren de muerte natural."

25.   Y se pierde él á si mismo.    Nótese que nuestro Señor habla de esto, como de un acontecimiento muy posible.    Un hombre puede destruirse.

26.  Cuando vendrá, etc.   Esto significa la segunda venida de nuestro Señor en que juzgará al mundo.

27. No gustarán la muerte, hasta que vean, etc. Estas palabras se interpretan de dos modos. Algunos piensan que significan: "Algunos no morirán hasta que hayan visto la iglesia de Cristo establecida y organizada en la tierra." La opinión  más acertada parece ser la que relaciona este versículo con la transfiguración, y considera la visión gloriosa del reino, que la transfiguración representó, como al cumplimiento de la promesa del versículo. Esta es la opinión de Jerónimo; Hilario, Crisóstomo, Teofilacto y otros muchos.

Texto Bíblico
Textos Paralelos
Referencias

La transfiguración

Lucas 9.28-36

28  Aconteció como ocho días después de estas palabras,  que tomó a Pedro,  a Juan y a Jacobo,  y subió al monte a orar. (2 P. 1.17-18)

29  Y entre tanto que oraba,  la apariencia de su rostro se hizo otra,  y su vestido blanco y resplandeciente.

30  Y he aquí dos varones que hablaban con él,  los cuales eran Moisés y Elías;

31  quienes aparecieron rodeados de gloria,  y hablaban de su partida,  que iba Jesús a cumplir en Jerusalén.

32  Y Pedro y los que estaban con él estaban rendidos de sueño;  mas permaneciendo despiertos,  vieron la gloria de Jesús,  y a los dos varones que estaban con él.

33  Y sucedió que apartándose ellos de él,  Pedro dijo a Jesús: Maestro,  bueno es para nosotros que estemos aquí;  y hagamos tres enramadas,  una para ti,  una para Moisés,  y una para Elías;  no sabiendo lo que decía.

34  Mientras él decía esto,  vino una nube que los cubrió;  y tuvieron temor al entrar en la nube.

35  Y vino una voz desde la nube,  que decía: Este es mi Hijo amado; (Is. 42.1; Mt. 3.17; 12.18; Mr. 1.11; Lc. 3.22) a él oíd.

36  Y cuando cesó la voz,  Jesús fue hallado solo;  y ellos callaron,  y por aquellos días no dijeron nada a nadie de lo que habían visto.

La transfiguración

Lucas 9.28-36 Mt. 17.1-8; Mr. 9.2-8

Mt. 17.1-8 1  Seis días después,  Jesús tomó a Pedro,  a Jacobo y a Juan su hermano,  y los llevó aparte a un monte alto; 2  y se transfiguró delante de ellos,  y resplandeció su rostro como el sol,  y sus vestidos se hicieron blancos como la luz. 3  Y he aquí les aparecieron Moisés y Elías,  hablando con él. 4  Entonces Pedro dijo a Jesús: Señor,  bueno es para nosotros que estemos aquí;  si quieres,  hagamos aquí tres enramadas: una para ti,  otra para Moisés,  y otra para Elías. 5  Mientras él aún hablaba,  una nube de luz los cubrió;  y he aquí una voz desde la nube,  que decía: Este es mi Hijo amado,  en quien tengo complacencia;  a él oíd. 6  Al oír esto los discípulos,  se postraron sobre sus rostros,  y tuvieron gran temor. 7  Entonces Jesús se acercó y los tocó,  y dijo: Levantaos,  y no temáis. 8  Y alzando ellos los ojos,  a nadie vieron sino a Jesús solo.

Mr. 9.2-8 2  Seis días después,  Jesús tomó a Pedro,  a Jacobo y a Juan,  y los llevó aparte solos a un monte alto;  y se transfiguró delante de ellos. 3  Y sus vestidos se volvieron resplandecientes,  muy blancos,  como la nieve,  tanto que ningún lavador en la tierra los puede hacer tan blancos. 4  Y les apareció Elías con Moisés,  que hablaban con Jesús. 5  Entonces Pedro dijo a Jesús: Maestro,  bueno es para nosotros que estemos aquí;  y hagamos tres enramadas,  una para ti,  otra para Moisés,  y otra para Elías. 6  Porque no sabía lo que hablaba,  pues estaban espantados. 7  Entonces vino una nube que les hizo sombra,  y desde la nube una voz que decía: Este es mi Hijo amado; él oíd. 8  Y luego,  cuando miraron,  no vieron más a nadie consigo,  sino a Jesús solo.

Lucas 9. 28-35 2 P. 1.17-18 17  Pues cuando él recibió de Dios Padre honra y gloria,  le fue enviada desde la magnífica gloria una voz que decía: Este es mi Hijo amado,  en el cual tengo complacencia. 18  Y nosotros oímos esta voz enviada del cielo,  cuando estábamos con él en el monte santo.

Lucas 9.35 Is. 42.1; Mt. 3.17; 12.18; Mr. 1.11; Lc. 3.22

Is. 42.1 He aquí mi siervo,  yo le sostendré;  mi escogido,  en quien mi alma tiene contentamiento;  he puesto sobre él mi Espíritu;  él traerá justicia a las naciones.

Mt. 3.17 Y hubo una voz de los cielos,  que decía: Este es mi Hijo amado,  en quien tengo complacencia.; 12.18 He aquí mi siervo,  a quien he escogido;   Mi Amado,  en quien se agrada mi alma;  Pondré mi Espíritu sobre él,   Y a los gentiles anunciará juicio.

Mr. 1.11 Y vino una voz de los cielos que decía: Tú eres mi Hijo amado;  en ti tengo complacencia.

Lc. 3.22 y descendió el Espíritu Santo sobre él en forma corporal,  como paloma,  y vino una voz del cielo que decía: Tú eres mi Hijo amado;  en ti tengo complacencia.

Comentarios de J. C. Ryle

Lucas 9.28-36

El suceso descrito en estos versículos, comúnmente llamado "la transfiguración " es uno de los más notables en la historia de la vida terrenal de nuestro Señor. Es uno de aquellos pasajes qua debemos leer siempre con peculiar gratitud; descorre parte del velo que está extendido sobre el otro mundo, y aclara algunas verdades muy profundas de nuestra religión.

En primer lugar, este pasaje nos descubre algo de la gloria que acompañará á Cristo cuando venga al mundo por segunda vez. Nos dice que "la apariencia de su rostro cambió, y su vestido se puso blanco y resplandeciente," y que los discípulos que estaban con Él "vieron su gloria."

No tenemos porque dudar que en esta visión maravillosa se tuviera por objeto animar y fortalecer á los discípulos de nuestro Señor. Acababan de oír hablar de la cruz y la pasión, y de la abnegación, y los padecimientos á que debían someterse si querían salvarse; esta vez fueron alentados con la vislumbre de la "gloria que se seguirían'' y de la recompensa que recibirían algún día todos los siervos fieles á su Maestro. Habían entrevisto la hora de la humillación de su Maestro; esta vez contemplaron por unos pocos minutos una manifestación de su poder futuro.

Animémonos con el pensamiento de que hay bienes en gran abundancia reservados para todos los verdaderos cristianos, que recompensarán ampliamente las aflicciones de esta vida. Ahora es tiempo de llevar la cruz y de participar de la humillación de nuestro Salvador. La corona, el reino, la gloria, están aún por venir. Cristo y su pueblo se hallan ahora, como  David en la cueva de Odollan, menospreciados y desdeñados del mundo. No rodea ni el esplendor ni la opulencia. Mas ya se acerca de la hora, y pronto ha de llegar, en que Cristo se posesione de su gran poder y reino, y ponga á todos sus enemigos debajo de sus pies. Y entonces la gloria que fue vista primero unos pocos minutos por tres testigos, en el Monte de la Transfiguración, será vista por todo el mundo, y nunca jamás se ocultará.

En segundo lugar, este pasaje nos enseña que todos los verdaderos creyentes que han partido de este mundo están en salvo. Se nos dice que cuando nuestro Señor apareció en gloria, Moisés y Elías fueron vistos con Él de pié y hablando. Moisés había muerto hacia cerca de mil quinientos años; Elías había sido arrebatado de la tierra por un torbellino hacia mas de novecientos años; empero estos santos varones fueron vistos vivos en el Monte de la Transfiguración, ¡y no solamente vivos sino en gloria! Consolémonos con el pensamiento glorioso, de que hay una resurrección y una vida venidera. Todo no se acaba cuando exhalamos el último suspiro. Está otro mundo más allá de la sepultura. Y, sobre todo, consolémonos con saber que entre tanto que llega el día, y empieza la resurrección, el pueblo de Dios está con Cristo exento de todo peligro. Sin duda, su estado actual es para nosotros un profundo misterio. ¿En dónde queda el lugar de su residencia? ¿Qué conocimiento tiene de las cosas de la tierra? Estas son preguntas que no podemos responder. Pero bástenos saber que Jesús cuida de él, y lo traerá consigo el último día. El puso á Moisés y á Elías á vista de sus discípulos en el Monte de la Transfiguración, y expondrá á la nuestra á todos los que han muerto en la fe, cuando venga la segunda vez- Nuestros hermanos en Cristo están bien cuidados. No los hemos perdido; nos han precedido.

En tercer lugar, este pasaje nos enseña que los santos del Antiguo Testamento, que están en la gloria, toman intenso interés en la muerte expiatoria de Cristo. Cuando Moisés y Elías se aparecieron en gloria á nuestro Señor en el Monte de la Transfiguración, hablaron con El; y ¿cuál era el asunto de su conversación? No tenemos que formar conjeturas ó hacer suposiciones acerca de esto. S. Lucas nos dice "que hablaron de su salida, la cual había de cumplir en Jerusalén." Ellos sabían el objeto de esa muerte, y preveían sus resultados; por eso "hablaban" acerca de ella.

Es error grave suponer que los santos del Antiguo Testamento no sabían nada tocante al sacrificio que Cristo iba á consumar por el pecado del mundo. Sus conocimientos, indudablemente, no eran tan claros como los nuestros. Ellos veían muy remota é indistintamente las cosas que nosotros vemos como si estuviesen á la mano. Pero no hay la prueba mas ligera de que algún santo del Antiguo Testamento confiara jamás en otra satisfacción por el pecado, sino en la que Dios prometió dar en la persona del Mesías. Desde Abel toda la serie ulterior de los antiguos creyentes tenían fe en un sacrificio prometido, y en una sangre de poderosa eficacia que aún estaba por ser revelada. Desde el principio del mundo nunca ha habido sino un centro de esperanza y paz para los pecadores: la muerte del poderoso Mediador entre Dios y el hombre. Esta es la verdad fundamental de toda religión revelada. Fue el asunto de que hablaron Moisés y Elías cuando se les vio aparecer en gloria.

Cuidemos de que esta muerte de Cristo sea la base de toda nuestra confianza. Ninguna otra cosa puede darnos consuelo en la hora de la muerte y en el día del juicio. Todas nuestras obras son defectuosas é imperfectas. Nuestros pecados son más numerosos que los cabellos de nuestra cabeza. Salmo 40:15. La muerte que sufrió Cristo por nuestros pecados, y su resurrección para nuestra justificación, deben ser nuestra única defensa, si deseamos salvarnos. ¡Feliz el que ha aprendido á no de confiar en sus obras, y á, no gloriarse en ninguna otra cosa que en la cruz de Cristo! Si los santos que están en la gloria creen de tal importancia la muerte de Cristo, que necesariamente han de hablar de ella, ¡cuanto más obligados a Hacerlo no están los pecadores en la tierra!

Finalmente, el pasaje nos enseña la inmensa superioridad de i respecto de todos los demás maestros que Dios ha dado al hombre. Se nos dice que cuando Pedro, "no sabiendo lo que se decía," propuso hacer tres pabellones en el monte, uno para Jesús, otro para Moisés, y otro para Elías, como si los tres merecieran igual honor, la propuesta fue censurada al instante de un modo muy notable: Vino una voz de la nube, que decía: "Este es mi Hijo amado, á él oíd" Esta voz fue la voz de Dios el Padre, expresando tanto censura, como instrucción. Esta voz proclamaba á los oídos de Pedro, que sin embargo de lo grande que fueran Moisés y Elías, tenía delante de él un Ser mucho más grande que ellos. Ellos eran meras criaturas: Él era el Hijo del Rey. Ellos no eran sino estrellas, Él era el Sol. Ellos no eran sino testigos: Él era la Verdad. Que resuenen siempre en nuestros oídos esas solemnes palabras Padre, y sean, por decirlo así, la nota fundamental de nuestra religión. Honremos á los ministros por amor á su Maestro: sigámoslos mientras siguen á Cristo; pero que nuestro cuidado principal sea oír la voz de Cristo, y seguirle adonde quiera que vaya. Hablen algunos, si quieren, de la voz de la iglesia. Conténtense otros con decir, "Yo oigo á este predicador, ó á ese clérigo." Nunca estemos satisfechos, á menos que el Espíritu afirme en nuestro interior, que oímos al mismo Cristo, y que ellos son Sus discípulos.

NOTAS.   LUCAS 9:28-36.

28. Después de estas palabras.  Esta expresión parece corroborar la opinión de las palabras, "no gustarán la muerte hasta que vean el reino de Dios," del versículo precedente, se dijeron con referencia especial á la visión de la transfiguración.

A. un monte. Es tradición común que este monte fui el Tabor; pero la opinión  de viajeros modernos que se han informado bien no confirma la tradición.

29.  Y entre tanto que oraba. Nótese que se nos dice especialmente que fue cuando nuestro Señor estaba  "orando" en su bautismo que bajó el Espíritu Santo, y se oyó la voz del Padre. Así también la oración es precursora de la gran visión de gloria referida en este versículo.

El Obispo Hall observa: "Notad como Cristo empezaba Sus grandes obras Con oraciones. Cuando estaba para comenzar la gran obra de humillación en la pasión, entró en el jardín á orar. Cuando estaba para empezar la gran obra da exaltación en la Transfiguración, subió á la montaña para orar. Para ambas escenas fue conducido al levantarse de sus rodillas. ¡O noble ejemplo de piedad y devoción para nosotros!"

30. Moisés y Elías. Es observación común que Moisés en esta visión representaba la ley, y Elías a los profetas. Ambos estaban acordes en declarar y reconocer á Cristo, como Aquel de quien la ley y los profetas dieron testimonio.

Es también muy probable que fueran designados para servir de tipos y emblemas de los santos que aparecerán con Cristo en gloria en su segunda venida. Moisés es tipo de los que hubieren muerto, y resucitarán á la llegada del Señor. Elías es tipo de los que se hallaren vivos, y "serán arrebatados para encontrar al Señor en el aire." 1 Tes. 4:17.

31. Su salida. Esta expresión es muy notable. Significa literalmente, "Su partida." Fue usada por "muerte"'por S. Pedro, hablando de su propia muerte.

32 Estaban cargados de sueño. Nótese que los mismísimos discípulos que aquí dormían durante la visión de gloria, también fueron hallados durmiendo durante la agonía en el jardín de Getsemaní. ¡El cuerpo compuesto de carne y sangre necesita indudablemente trasmutarse antes de que pueda entrar en el cielo!

Y como despertaron, vieron. Es evidente que despertaron antes que desapareciera la visión, y vieron y oyeron mucho de lo que sucedió.

33. Bien es que nos quedemos ají. Hay sin duda mucho de reprensible en esta expresión de Pedro; en parte, porque puso á su divino Maestro en un nivel con Moisés y Elías; y en parte porque hubiera querido de buena gana habitar en la montaña y detener allí á su Maestro cuando había tanto que hacer por el mundo. Sin embargo no podemos dejar de admirar el rapto de gozo de Pedro al ver á su Maestro rodeado de tanta gloria, y con tales compañeros. Fue el rapto de un corazón verdaderamente lleno de amor. El Arzobispo Usher observa: "Cuando Pedro vio á Moisés y á Elías con Cristo en su Transfiguración, aunque gozó solo de una vislumbre de gloria, dijo: 'Bien es que nos quedemos aquí.' Pero ¡Oh! cuan infinitamente más agradable será estar en el cielo. ¡Cómo estaremos arrobados en éxtasis de gloria, cuando estemos por siempre con el Señor!"

35. A él oíd. No cabe duda que esta expresión se refirió á la profecía de Moisés contenida en el Deuteronomio, en cuyo pasaje habla del profeta semejante á sí mismo, y dice: "Á él oiréis," Deut. 18:15, y esto bajo castigo tan grande, que todos los que rehusaran oírle "serán aniquilados."

36. Se halló Jesús solo. La desaparición de Moisés y Elías, y las palabras, "A Él oíd," sin duda tuvieron por objeto enseñar que la ley ceremonial estaba para ser abolida, y que el verdadero Cordero de Dios y el verdadero Profeta había venido.

Texto Bíblico
Textos Paralelos
Referencias

Jesús sana a un muchacho endemoniado

Lucas 9.37-43

37  Al día siguiente,  cuando descendieron del monte,  una gran multitud les salió al encuentro.

38  Y he aquí,  un hombre de la multitud clamó diciendo:  Maestro,  te ruego que veas a mi hijo,  pues es el único que tengo;

39  y sucede que un espíritu le toma,  y de repente da voces,  y le sacude con violencia,  y le hace echar espuma,  y estropeándole,  a duras penas se aparta de él.

40  Y rogué a tus discípulos que le echasen fuera,  y no pudieron.

41  Respondiendo Jesús,  dijo: ¡Oh generación incrédula y perversa!  ¿Hasta cuándo he de estar con vosotros,  y os he de soportar?  Trae acá a tu hijo.

42  Y mientras se acercaba el muchacho,  el demonio le derribó y le sacudió con violencia;  pero Jesús reprendió al espíritu inmundo,  y sanó al muchacho,  y se lo devolvió a su padre.

43  Y todos se admiraban de la grandeza de Dios. 

Jesús sana a un muchacho endemoniado

Lucas 9.37-43 Mt. 17.14-21; Mr. 9.14-29

Mt. 17.14-21 14  Cuando llegaron al gentío,  vino a él un hombre que se arrodilló delante de él,  diciendo: 15  Señor,  ten misericordia de mi hijo,  que es lunático,  y padece muchísimo;  porque muchas veces cae en el fuego,  y muchas en el agua. 16  Y lo he traído a tus discípulos,  pero no le han podido sanar. 17  Respondiendo Jesús,  dijo: ¡Oh generación incrédula y perversa!  ¿Hasta cuándo he de estar con vosotros?  ¿Hasta cuándo os he de soportar?  Traédmelo acá. 18  Y reprendió Jesús al demonio,  el cual salió del muchacho,  y éste quedó sano desde aquella hora. 19  Viniendo entonces los discípulos a Jesús,  aparte,  dijeron: ¿Por qué nosotros no pudimos echarlo fuera? 20  Jesús les dijo: Por vuestra poca fe;  porque de cierto os digo,  que si tuviereis fe como un grano de mostaza,  diréis a este monte: Pásate de aquí allá,  y se pasará;  y nada os será imposible. 21  Pero este género no sale sino con oración y ayuno.

Mr. 9.14-29 14  Cuando llegó a donde estaban los discípulos,  vio una gran multitud alrededor de ellos,  y escribas que disputaban con ellos. 15  Y en seguida toda la gente,  viéndole,  se asombró,  y corriendo a él,  le saludaron. 16  El les preguntó: ¿Qué disputáis con ellos? 17  Y respondiendo uno de la multitud,  dijo:  Maestro,  traje a ti mi hijo,  que tiene un espíritu mudo, 18  el cual,  dondequiera que le toma,  le sacude;  y echa espumarajos,  y cruje los dientes,  y se va secando;  y dije a tus discípulos que lo echasen fuera,  y no pudieron. 19  Y respondiendo él,  les dijo: ¡Oh generación incrédula!  ¿Hasta cuándo he de estar con vosotros?  ¿Hasta cuándo os he de soportar?  Traédmelo. 20  Y se lo trajeron;  y cuando el espíritu vio a Jesús,  sacudió con violencia al muchacho,  quien cayendo en tierra se revolcaba,  echando espumarajos. 21  Jesús preguntó al padre: ¿Cuánto tiempo hace que le sucede esto?  Y él dijo: Desde niño. 22  Y muchas veces le echa en el fuego y en el agua,  para matarle;  pero si puedes hacer algo,  ten misericordia de nosotros,  y ayúdanos. 23  Jesús le dijo: Si puedes creer,  al que cree todo le es posible. 24  E inmediatamente el padre del muchacho clamó y dijo: Creo;  ayuda mi incredulidad. 25  Y cuando Jesús vio que la multitud se agolpaba,  reprendió al espíritu inmundo,  diciéndole: Espíritu mudo y sordo,  yo te mando,  sal de él,  y no entres más en él. 26  Entonces el espíritu,  clamando y sacudiéndole con violencia,  salió;  y él quedó como muerto,  de modo que muchos decían: Está muerto. 27  Pero Jesús,  tomándole de la mano,  le enderezó;  y se levantó. 28  Cuando él entró en casa,  sus discípulos le preguntaron aparte: ¿Por qué nosotros no pudimos echarle fuera? 29  Y les dijo: Este género con nada puede salir,  sino con oración y ayuno.

 
Texto Bíblico
Textos Paralelos
Referencias

Jesús anuncia otra vez su muerte

Lucas 9.43b-45

Y maravillándose todos de todas las cosas que hacía,  dijo a sus discípulos:

44  Haced que os penetren bien en los oídos estas palabras;  porque acontecerá que el Hijo del Hombre será entregado en manos de hombres.

45  Mas ellos no entendían estas palabras,  pues les estaban veladas para que no las entendiesen;  y temían preguntarle sobre esas palabras.

Jesús anuncia otra vez su muerte

Lucas 9.43b-45 Mt. 17.22-23; Mr. 9.30-32

Mt. 17.22-23 22  Estando ellos en Galilea,  Jesús les dijo: El Hijo del Hombre será entregado en manos de hombres, 23 y le matarán;  mas al tercer día resucitará. Y ellos se entristecieron en gran manera.

Mr. 9.30-32 30  Pero él les mandó que no dijesen esto de él a ninguno. 31  Y comenzó a enseñarles que le era necesario al Hijo del Hombre padecer mucho,  y ser desechado por los ancianos,  por los principales sacerdotes y por los escribas,  y ser muerto,  y resucitar después de tres días. 32  Esto les decía claramente.  Entonces Pedro le tomó aparte y comenzó a reconvenirle.

 

Comentarios de J. C. Ryle

Lucas 9.37-45

El acontecimiento descrito en estos versículos tuvo lugar inmediatamente después de la transfiguración. El Señor, preciso es notarlo, no permaneció mucho tiempo en el Monte de los Olivos. Su conversación con Moisés y Elías fue muy corta. Volvió pronto á la ocupación acostumbrada de hacer bien á un mundo afligido por el pecado. Durante su vida sobre la tierra, recibir honor y tener visiones de gloria eran acontecimientos  excepcionales: servir á  otros, curar á todos los que estaban oprimidos por el demonio y hacer obras de misericordia á los pecadores, era lo regular.  Felices aquellos cristianos que han aprendido de Jesús á vivir para bien de  otros más que para sí mismos, y comprenden que "más bienaventurado es dar que recibir." Hechos 20: 35.

Vemos primero, en estos versículos, un ejemplo de lo que un padre debe hacer cuando esté atribulado respecto de sus hijos. Se nos habla de un varón que se hallaba sumamente afligido por causa de su único hijo. Estaba este poseído de un espíritu inmundo, y era cruelmente atormentado tanto en el cuerpo como en el alma. En tal angustia el padre acude á nuestro Señor Jesucristo por alivio: "Maestro," le dice, "ruegote que veas á mi hijo, el único que tengo."

Existen el día de hoy muchos padres cristianos que se hallan exactamente tan atribulados respecto de sus hijos como el hombre á que se refiere este pasaje. El hijo que fue en otro tempo el "encanto de sus ojos," y a quien sus vidas estaban estrechamente ligadas, .se vuelve pródigo y libertino, y se asocia con pecadores. La hija que fue en otro tiempo el orgullo de la familia, y á quien llamaban "el consuelo de su vejez," se vuelve desobediente y apegado á las cosas mundanas, y ama los placeres más que á Dios. Ellos están casi á punto de morir de pesar. Un acero les penetra el corazón. Parece como si el demonio triunfase de ellos, y les robase sus joyas predilectas. Están apunto de exclamar: "Descenderemos llorando á la sepultura. ¿Qué bien puede ser para nosotros la vida?" Y ¿qué deben hacer un padre ó una madre en semejante trance? Deben postrarse de rodillas ante Jesús, y rogarle que bendiga á su hijo. Deben exponer minuciosamente ante ese Salvador compasivo todos sus pesares, y rogarle que los favorezca. ¡Grande es el poder de la oración é intercesión! El que ora con frecuencia y con fervor rara vez será abandonado. El tiempo que Dios señalo para la conversión puede no ser el que nosotros creamos oportuno. El puede juzgar conveniente probar nuestra fe, haciéndonos esperar mucho tiempo para desesperar.

Estos versículos nos presentan, en segundo lugar, un ejemplo que demuestra cuan inclinado está Cristo a compadecerse de los jóvenes. Se nos dice que la súplica del padre fue concedida. Jesús le dijo: "Trae tú hijo acá." Y entonces "riñó al espíritu inmundo, y sanó al muchacho, y le volvió á su padre." Muchos casos semejantes se encuentran referidos en los Evangelios. La hija de Jairo, el hijo del noble de Capernaum, la hija de la mujer Cananea, el hijo de la viuda de Naín: todos son ejemplos del interés que nuestro Señor muestra por los jóvenes. Y á estos precisamente el demonio se empeña en cautivar y hacerlos suyos.

Hechos como estos no se registran en la historia sin un objeto especial. Es para alentar á todos los que trabajan en bien de las almas de los jóvenes. Es para recordarnos que los jóvenes ocupan de una manera especial la atención de Cristo. Es para suministrarnos un fuerte argumento contra la idea harto generalizada de que es inútil hablar encarecidamente sobre religión á los jóvenes. Es preciso tener presente que tal idea viene del demonio, y no de Cristo. Aquel que lanzó al espíritu inmundo del mancebo que menciona este pasaje, vive aun, y es todavía poderoso para salvar, continuemos pues trabajando, y tratemos de hacer bien á los jóvenes. No importa lo que piense el mundo: Cristo está complacido.

Finalmente, estos versículos nos presentan un ejemplo que demuestra que la ignorancia espiritual puede albergarse hasta en la mente de hombres buenos. Nuestro Señor dijo á Sus discípulos: " Él Hijo del hombre será entregado en manos de hombres."Ellos habían oído lo mismo de boca de Él hacia algo más de una semana. Y hora, como entonces, esas palabras les parecían incomprensibles; No podían fijar en la mente como una realidad el hecho de que su Maestro había de morir. No podían persuadirse á aceptar la gran verdad de que Cristo había de ser inmolado antes de que hubiese de reinar, y que esta inmolación había de verificarse en la cruz. Escrito está: "Ellos no entendían esta palabra."

Tal falta de inteligencia puede sorprendernos mucho en este del período del mundo. Tenemos propensión á olvidar el influjo de los hábitos adquiridos en una edad tierna, y las preocupaciones nacionales en medio de las cuales los discípulos habían sido educados. "El trono de David," dice un eminente teólogo, "ocupaba tanto sus ojos que no podían ver la cruz." Aun más, olvidamos la enorme diferencia entre las ventajas que disfrutamos los que conocemos la historia de la crucifixión y las Escrituras que ella cumplió, y las del judío creyente que vivió antes que Cristo muriese, y antes de que el velo del templo se rasgase en dos de arriba á abajo. Mas sea de esto lo que fuere, la ignorancia de los discípulos nos enseña dos lecciones, que haremos bien en no descuidar.

En primer lugar, nos enseña que puede suceder que un hombre comprenda solo superficialmente las cosas espirituales, y que sin embargo sea un verdadero hijo de Dios. El entendimiento puede ser obtuso en tanto que el corazón es recto. La gracia es mucho mejor que los dones naturales, y la fe que el saber. Si un hombre tiene fe y gracia bastante para renunciarlo todo por amor de Cristo, y cargar con la cruz y seguirle, ese hombre será salvo á pesar de su mucha ignorancia. Cristo lo reconocerá el último día.

Finalmente, aprendamos á tolerar la ignorancia de otros, y á tratar con paciencia á los recién convertidos. No reputemos á los hombres como trasgresores por una palabra que digan. No señalemos á nuestro hermano como si no tuviera gracia espiritual por que no dé pruebas de que posee claros conocimientos. ¿Tiene fe en Cristo? ¿Ama á Cristo?   Si Jesús pudo tolerar tanta flaqueza en sus discípulos, toleremos nosotros también.

NOTAS.   LUCAS 9:37-45.

40. No pudieron. Este hecho demuestra la existencia de la posesión satánica. No se nos dice de enfermedad alguna que los discípulos no pudieran curar; pero aquí se nos refiere de un energúmeno con quien nada podía hacer. Había una especie de posesión satánica con la cual su débil fe no podía contender. Sin duda tenia que ser enteramente distinta de cualquiera otra dolencia meramente corporal,

41 O generación infiel y perversa. Con frecuencia se ha suscitado la cuestión, ¿Á quienes se dirigieron estas palabras? ¿Y con qué mira se profirieron? ¿Se profirieron con animo de aplicarlas á los discípulos solamente, y de reprenderlos por su falta de fe? Esta es la opinión de Orígenes. ¿Fueron, por otra parte, dirigidas á toda la multitud de judíos, tanto como á los discípulos? Esta es la opinión de Hilario, Crisóstomo, y Jerónimo. ¿Se refería nuestro Señor al contraste entre la visión de gloria de que acababa de separarse en el Monte en la Transfiguración, en compañía de Moisés y Elías, y la falta de fe y la perversidad de la generación entre la cual estaba residiendo? Esta es la opinión de Burgon. Como quiera que sea, puede dudarse si estas palabras podrían aplicarse con razón al hombre cuyo hijo estaba atormentado. El padre hizo todo lo que pudo: lo trajo á los discípulos. Si la cura no se efectuó, la culpa fue indudablemente de ellos más bien que de él. En realidad, cuando los discípulos, según lo refiere S. Mateo 17: 20, preguntaron á su Maestro por qué causa no habían podido lanzar ni demonio, Él respondió al momento: "Por vuestra incredulidad."El padre por el contrario, cuando nuestro Señor le dijo: "Si puedes tener fe, todo es posible," exclamó, "Fe tengo, Señor."

Las palabras de nuestro Señor por lo tanto parecen ser dirigidas en parte a sus discípulos, y en parte a toda la generación de los judíos entre quienes vivía.

Texto Bíblico
Textos Paralelos
Referencias

¿Quién es el mayor?

Lucas 9.46-48

46  Entonces entraron en discusión sobre quién de ellos sería el mayor. (Lc. 22.24)

47  Y Jesús,  percibiendo los pensamientos de sus corazones,  tomó a un niño y lo puso junto a sí,

48  y les dijo: Cualquiera que reciba a este niño en mi nombre,  a mí me recibe;  y cualquiera que me recibe a mí,  recibe al que me envió; (Mt. 10.40; Lc. 10.16; Jn. 13.20) porque el que es más pequeño entre todos vosotros,  ése es el más grande.

¿Quién es el mayor?

Lucas 9.46-48 Mt. 18.1-5; Mr. 9.33-37

Mt. 18.1-5 1  En aquel tiempo los discípulos vinieron a Jesús,  diciendo: ¿Quién es el mayor en el reino de los cielos? 2  Y llamando Jesús a un niño,  lo puso en medio de ellos, 3  y dijo: De cierto os digo,  que si no os volvéis y os hacéis como niños,  no entraréis en el reino de los cielos. 4  Así que,  cualquiera que se humille como este niño,  ése es el mayor en el reino de los cielos. 5  Y cualquiera que reciba en mi nombre a un niño como este,  a mí me recibe.

Mr. 9.33-37 33  Y llegó a Capernaúm;  y cuando estuvo en casa,  les preguntó: ¿Qué disputabais entre vosotros en el camino? 34  Mas ellos callaron;  porque en el camino habían disputado entre sí,  quién había de ser el mayor. 35  Entonces él se sentó y llamó a los doce,  y les dijo: Si alguno quiere ser el primero,  será el postrero de todos,  y el servidor de todos. 36  Y tomó a un niño,  y lo puso en medio de ellos;  y tomándole en sus brazos,  les dijo: 37  El que reciba en mi nombre a un niño como este,  me recibe a mí;  y el que a mí me recibe,  no me recibe a mí sino al que me envió.

Lucas 9.46 Lc. 22.24 Hubo también entre ellos una disputa sobre quién de ellos sería el mayor.

Lucas 9.48 Mt. 10.40; Lc. 10.16; Jn. 13.20

Mt. 10.40 El que a vosotros recibe,  a mí me recibe;  y el que me recibe a mí,  recibe al que me envió.

Lc. 10.16 El que a vosotros oye,  a mí me oye;  y el que a vosotros desecha,  a mí me desecha;  y el que me desecha a mí,  desecha al que me envió.
Jn. 13.20
De cierto,  de cierto os digo:  El que recibe al que yo enviare,  me recibe a mí;  y el que me recibe a mí,  recibe al que me envió.

Texto Bíblico
Textos Paralelos
Referencias

El que no es contra nosotros, por nosotros es

Lucas 9.49-50

49  Entonces respondiendo Juan,  dijo: Maestro,  hemos visto a uno que echaba fuera demonios en tu nombre;  y se lo prohibimos,  porque no sigue con nosotros.

50  Jesús le dijo: No se lo prohibáis;  porque el que no es contra nosotros,  por nosotros es.

El que no es contra nosotros, por nosotros es

Lucas 9.49-50 Mr. 9.38-40 38  Juan le respondió diciendo: Maestro,  hemos visto a uno que en tu nombre echaba fuera demonios,  pero él no nos sigue;  y se lo prohibimos,  porque no nos seguía. 39  Pero Jesús dijo: No se lo prohibáis;  porque ninguno hay que haga milagro en mi nombre,  que luego pueda decir mal de mí. 40  Porque el que no es contra nosotros,  por nosotros es.

 

Comentarios de J. C. Ryle

Lucas 9.46-50

Estos versículos contienen admoniciones muy importantes, respecto de dos males muy comunes en la iglesia de Cristo. El que las hizo sabía bien lo que pasa en el corazón del hombre. ¡Bueno sido que la iglesia de Cristo hubiera dado más atención á las palabras de su Fundador!

En primer lugar, el Señor nos previene contra el orgullo y la presunción.    Se nos dice que "entraron en disputa (los discípulos) cuál de ellos seria el mayor."   Extraordinario como puede parecer, pequeña junta de pescadores y publícanos no estaba exenta del egoísmo y de la ambición. Llenos de la falsa idea de que el reino de nuestro Señor había de venir inmediatamente, estaban prontos á disputar acerca del lugar y de la posición que en él ocuparían. Cada uno creía que su petición era la más justa. Cada uno creía que sus propios merecimientos y sus propias prerrogativas no podían dudarse. Cada uno creía que cualquiera que fuese el puesto que se asignase á sus hermanos, el principal debía asignársele á él. Y todo esto acontecía cuando estaban en compañía del mismo Cristo, y bajo la luz meridiana de Su enseñanza. ¡Tal es el corazón del hombre!

Hay algo sumamente instructivo en este hecho. Debe penetrar profundamente en el corazón de todo lector cristiano. De todos los pecados no hay ninguno contra el cual tenemos tanta necesidad de vigilar y orar, como el del orgullo. Es "pestilencia que anda oscuridad y mortandad que destruye al mediodía." Ningún pecado está tan profundamente arraigado en nuestro corazón, y sus raíces nunca se secan completamente: en cualquiera oportunidad reviven y muestran un vigor pernicioso. Ningún pecado es tan engañoso y falaz: á veces se reviste del traje de la misma humildad. Puede albergarse en el corazón del ignorante, del destituido de talento, y del pobre, lo mismo que en el pecho del grande, del erudito y del rico. Es un dicho harto extraño y familiar, pero también muy verdadero, que ningún papa ha recibido jamás tantos honores como el papa que se denomina el "Yo." Que una de nuestras súplicas diarias sea que Dios nos conceda humildad y sencillez infantil. De todas las criaturas ninguna tiene poca razón para tener orgullo como el hombre, y de todos los hombres ninguno debe ser tan humilde como el cristiano. ¿Confesamos ser "miserables pecadores," deudores de gracia y misericordia cada día? ¿Somos discípulos de Jesús, que "era manso y humilde de corazón," y "se despojó á sí mismo" por amor nuestro? Entonces que nos anime el mismo espíritu que animó á Cristo Jesús. Desechemos todo pensamiento altivo y toda presunción. En humildad de corazón, estimemos á los demás más que á nosotros mismos. Estemos dispuestos, en todas ocasiones, á ocupar el lugar mas humilde, y hagamos que las palabras de nuestro Señor resuenen continuamente en nuestros oídos: "El que fuere el menor entre todos vosotros, este será el grande.

Nuestro Señor Jesucristo nos previene, en segundo lugar, contra el fanatismo y la preocupación. En este, lo mismo que en los versículos precedentes, provoca la admonición la conducta de sus discípulos. Juan le dijo: "Maestro, hemos visto á uno que echaba fuera demonios en tu nombre, y se lo vedamos porque no te sigue con nosotros." Quién era este hombre, y porqué no se asociaba con los discípulos, lo ignoramos; pero sí sabemos quo estaba haciendo una obra buena en lanzar los demonios, y que lo hacia en el nombre de Cristo. Y sin embargo Juan dice: " Se lo vedamos." Muy notable es la respuesta que al instante le dio nuestro Señor: "No se lo vedéis, porque el que no es contra nosotros, por nosotros es."

La conducta de Juan y de los otros discípulos en esta ocasión es una prueba de la identidad de la naturaleza humana en todos los siglos. Millares de hombres, en todos los períodos de la historia de la iglesia, han pasado su vida imitando á Juan. Se han empeñado en impedir que haga cosa alguna por la causa de Dios al que no obre ó piense como ellos; se han imaginado, en su ruin vanidad, que ninguno puede ser soldado de Cristo, á menos que vista el uniforme de ellos y lidie bajo el mismo estandarte; y señalando con el dedo, han gritado á todo cristiano que no ve todo del mismo color que ellos lo ven: ¡Vedádselo! ¡Vedádselo! porque no nos sigue."

La solemne observación que hizo nuestro Señor Jesucristo exige nuestra atención especial Él no emitió su opinión concerniente á la conducta del hombre de quien Juan habló. Ni lo alabó ni lo censuró por obrar de un modo independiente, y por no trabajar con Sus discípulos. Solo dijo que no debía prohibírsele, y que los que emprendiesen la misma obra que ellos habían emprendido debían ser mirados como aliados no como enemigos. "El que no es contra nosotros por nosotros es."

El principio establecido en este pasaje es de grande importancia. Comprenderlo bien nos será útil en la época presente. Las divisiones y las diferencias de opinión que existen entre los cristianos son, sin duda, muy grandes. Los cismas y las disidencias que continuamente están acaeciendo respecto del gobierno de la iglesia, los modos de celebrar el culto, causan mucha zozobra á las conciencias timoratas.   ¿Aprobaremos esas divisiones?   No podemos hacerlo. La unión es la fuerza. La desunión de los cristianos es causa de que el progreso del Cristianismo sea tan lento, ¿Denunciaremos y expondremos á la reprobación pública á todos los que no convienen en obrar de acuerdo con nosotros, ó en oponerse á Satanás á nuestro modo? Es inútil el hacerlo. Las palabras injuriosas jamás han creado la unanimidad. Nunca se ha dado la unión por medio de la fuerza. Entonces ¿qué debemos hacer?   Debemos dejar en paz á los que no están de acuerdo con otros, y aguardar tranquilamente hasta el día en que Dios juzgue conveniente reconciliarnos.   Sea lo que fuere que pensemos de nuestros desacuerdos, no debemos olvidar las palabras de nuestro Señor: "No se lo vedéis."

La verdad es, que todos estamos demasiado inclinados á decir: nosotros somos el pueblo y con nosotros morirá la sabiduría." Job 12:2. Olvidamos que ninguna iglesia en la tierra tiene monopolio absoluto de toda la sabiduría, y que muchas personas pueden acertar en lo esencial, sin convenir con nosotros. Debemos contentarnos si se ataca el pecado, y se predica el Evangelio, y se destruye el reino del demonio, aunque todo esto no se haga exactamente del modo que es de nuestro agrado. Debemos creer que los hombres pueden ser discípulos sinceros de Jesucristo, y que obstante por discretas razones pueden tener en materias religiosas distintas opiniones de las que nosotros tenemos. Sobre todo, debemos alabar á Dios si las almas son convertidas, y Cristo exaltado-no importa quien sea el predicador, ni á cuál iglesia pertenezca. Felices los que pueden decir con Pablo: "Cristo es anunciado; y en esto me huelgo, y aun me holgaré."   Filip. 1:18. Y como Moisés, " ¿Tienes tú celo por mí?   ¡Ojalá que todas las gentes del Señor fuesen profetas, y que todas profetizaran!" Num, 11:29.

NOTAS    LUCAS 9:46-50.

46. Una disputa. La palabra traducida así es la misma que la traducida "pensamiento " en el versículo siguiente.

Cuál de ellos sería el mayor. L esperanza de un reino temporal establecida por el Mesías debió haber motivado este deseo de preeminencia.

48. Este niño. Debemos guardarnos de tergiversar el lenguaje de nuestro Señor concerniente á los niños usado aquí y en alguna otra parte, en el sentido de que los niños son, por naturaleza, inocentes y están libres de todo pecado, la sencillez, el desinterés y el espíritu subordinado de un niño, que dimana del conocimiento de su debilidad, de su endebles, y de su ignorancia de lo que el mundo llama bien, son las cualidades prominentes por las cuales el niño ha de servir de modelo al cristiano.

50. No se lo vedéis. Es curioso observar las diversas aplicaciones prácticas que del gran principio contenido en este pasaje han hecho los hombres en diversos períodos de la historia de la iglesia.

Bucer aplica el pasaje á los anabaptistas y fanáticos de su tiempo en Alemania, y arguye que ese pasaje justifica á los cristianos, en servirse del apoyo y favor de reyes, príncipes, y otros grandes dignatarios del mundo, si están dispuestos a patrocinar el Evangelio, aunque no se hayan convertido á Dios.

Scott aplica el pasaje á las restauraciones religiosas (revivals), y arguye que  nos enseña á no condenarlas ni aprobarlas con precipitación.

En nuestros días parece indicarse claramente que debemos aplicar el pasaje a nuestras relaciones con otras sectas religiosas.

Texto Bíblico
Textos Paralelos
Referencias

Jesús reprende a Jacob y a Juan

Lucas 9.51-56

51  Cuando se cumplió el tiempo en que él había de ser recibido arriba,  afirmó su rostro para ir a Jerusalén.

52  Y envió mensajeros delante de él,  los cuales fueron y entraron en una aldea de los samaritanos para hacerle preparativos.

53  Mas no le recibieron,  porque su aspecto era como de ir a Jerusalén.

54  Viendo esto sus discípulos Jacobo y Juan,  dijeron: Señor,  ¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo,  como hizo Elías,  y los consuma? (2R.1.9-16)

55  Entonces volviéndose él,  los reprendió,  diciendo:  Vosotros no sabéis de qué espíritu sois;

56  porque el Hijo del Hombre no ha venido para perder las almas de los hombres,  sino para salvarlas.  Y se fueron a otra aldea

Lucas 9.54 2R.1.9-16 9  Luego envió a él un capitán de cincuenta con sus cincuenta,  el cual subió a donde él estaba;  y he aquí que él estaba sentado en la cumbre del monte.  Y el capitán le dijo: Varón de Dios,  el rey ha dicho que desciendas. 10  Y Elías respondió y dijo al capitán de cincuenta: Si yo soy varón de Dios,  descienda fuego del cielo,  y consúmate con tus cincuenta.  Y descendió fuego del cielo,  que lo consumió a él y a sus cincuenta. 11  Volvió el rey a enviar a él otro capitán de cincuenta con sus cincuenta;  y le habló y dijo: Varón de Dios,  el rey ha dicho así: Desciende pronto. 12  Y le respondió Elías y dijo: Si yo soy varón de Dios,  descienda fuego del cielo,  y consúmate con tus cincuenta.  Y descendió fuego del cielo,  y lo consumió a él y a sus cincuenta. 13  Volvió a enviar al tercer capitán de cincuenta con sus cincuenta;  y subiendo aquel tercer capitán de cincuenta,  se puso de rodillas delante de Elías y le rogó,  diciendo: Varón de Dios,  te ruego que sea de valor delante de tus ojos mi vida,  y la vida de estos tus cincuenta siervos. 14  He aquí ha descendido fuego del cielo,  y ha consumido a los dos primeros capitanes de cincuenta con sus cincuenta;  sea estimada ahora mi vida delante de tus ojos. 15  Entonces el ángel de Jehová dijo a Elías: Desciende con él;  no tengas miedo de él.  Y él se levantó,  y descendió con él al rey. 16  Y le dijo: Así ha dicho Jehová: Por cuanto enviaste mensajeros a consultar a Baal-zebub dios de Ecrón,  ¿no hay Dios en Israel para consultar en su palabra?  No te levantarás,  por tanto,  del lecho en que estás,  sino que de cierto morirás.

Comentarios de J. C. Ryle

Lucas 9.51-56

Observemos en estos versículos  con  cuan firme determinación, nuestro Señor Jesucristo contemplaba su pasión y muerte.    Se nos dice que "como se cumplió el tiempo en que había de ser recibido afirmó su rostro para ir á Jerusalén."   El sabia muy bien que suerte le esperaba allí: la traición, el juicio injusto, la mofa, la corona de espinas, los clavos, la lanza, la agonía en la cruz -todo, todo sin duda se presentaba ante sus ojos como un cuadro. Mas nunca, ni por un instante retrocedió ante la obra que había emprendido. El se había propuesto firmemente pagar el precio de nuestra redención, y hasta descender al frió sepulcro para nuestro rescate.   El estaba lleno de tierno amor hacia los pecadores; y era el deseo de su alma conseguirles la salvación; por lo cual, "habiéndole sido propuesto gozo, sufrió la cruz, menospreciando la vergüenza."   Heb. 12:2. Alabemos para siempre á Dios por habernos dado un Salvador misericordioso; y acordémonos, que así como Éste se prestó a padecer, así también se presta á salvar. El que viene á Cristo con fe no tiene porqué dudar de la buena voluntad de Cristo para recibirle. El mero hecho que el hijo de Dios vino voluntariamente al mundo á morir, y que padeció voluntariamente, debe disipar enteramente semejantes dudas. Toda la falta de voluntad está de parte del hombre, no de Cristo. Consiste en la ignorancia, en el orgullo, en la carencia de fe, en el poco ánimo de aquel.

Esforcémonos y oremos para que nos mueva el mismo ánimo que movió á nuestro bendito Maestro.  Como Él, estemos prontos á ir cualquiera parte y hacer cualquiera cosa, cuando la senda del deber nos esté claramente marcada y cuando se oiga la voz de Dios. No cejemos ante ningunas dificultades y bebamos pacientemente el amargo cáliz cuando venga de mano del Padre.

En segundo lugar, notemos en estos versículos la conducta extraordinaria de dos de los apóstoles, Santiago y Juan. Cierta ciudad de samaritanos rehusó dar hospitalidad, á nuestro Señor: "Mas no lo recibieron; porque su rostro era de hombre que iba á Jerusalén." Entonces estos apóstoles hicieron la extraña pregunta: "Señor, ¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo y los consuma, como también hizo Elías?"

Ellos ciertamente tuvieron celo, y celo de la mejor clase- ¡celo por el honor de Cristo! Tuvieron un celo justificado y apoyado en un ejemplo de la Escritura, y ese ejemplo ¡nada menos que del profeta Elías! Pero no fue un celo discreto. Los dos discípulos, en su acaloramiento, olvidaron que "las circunstancias alteran los casos," y que la misma acción que es buena y justificable en uní ocasión, puede ser mala é injustificable en otra. Olvidaron que los castigos deben ser siempre en proporción á las ofensas, y que el destruir toda una ciudad de gente ignorante, por un mero acto de descortesía, habría sido tan injusto como cruel. En resumen, la propuesta de Santiago y de Juan fue inconsiderada y temeraria. La intención pudo ser buena, pero en hablar así los apóstoles cometieron un grave error. Hechos como este se registran en los Evangelios para nuestra instrucción. Cuidemos de notarlos y atesorarlos cuidadosamente en nuestra mente. Es posible tener mucho celo por Cristo, y al mismo tiempo, darlo á conocer por los medios más impíos y anticristianos. Es posible pensar bien y tenor buenas intenciones, y sin embargo cometer los errores más enormes. Es posible figurarnos que tenemos la Escritura de nuestra parte, y sostener nuestro proceder con citas bíblicas, y no obstante cometer graves equivocaciones. Es tan claro como la luz del día, según este y otros casos referidos en la Biblia, que no basta sur celoso y bien intencionado. En faltas muy graves se incurre frecuentemente con buenas intenciones. Ningunos, quizás han causado tantos males á la iglesia como los ignorantes bien intencionados.

Debemos procurar ser tan discretos como celosos. El celo sin prudencia es un ejército sin general, una nave sin timón. Debemos pedir á Dios que nos dé sabiduría para aplicar bien la Escritura. La palabra es sin duda "antorcha para nuestros pies, y luz para nuestra senda;" pero preciso es que hagamos buen uso do ella y la apliquemos correctamente.

Finalmente, observemos en estos versículos qué protesta tan solemne hace nuestro Señor contra toda persecución que se fomente á nombre de la religión. Cuando Santiago y Juan hicieron la extraña propuesta que queda mencionada, Jesús, vuelto hacia ellos, los reprendió, y dijo: "Vosotros no sabéis de que espíritu sois: porque el Hijo del hombre no ha venido para perder las vidas de los hombres, sino para salvarlas." Groseros como los Samaritanos habían sido, su conducta no debía ser castigada con la violencia. La misión del Hijo del hombre era hacer bien, siempre que los hombres lo recibieran, no hacer daño. Su reino había de extenderse por medio de la perseverancia en hacer bien, y por medio de la mansedumbre y docilidad en el sufrir: jamás por medio del rigor y de la violencia. Ningunas palabras  de nuestro Señor han sido quizás tan totalmente desdeñadas por la iglesia  de Cristo,  como esas  de que nos ocupamos. Nada puede imaginarse más contrario á la voluntad de Cristo como las guerras religiosas y las persecuciones que manchan los anales de la historia eclesiástica. Millares y decenas de millares han sido quemados, ó fusilados, ó ahorcados, ó ahogados, ó decapitados en nombre del Evangelio, ¡y los que les han quitado la vida han creído realmente servir á Dios! Solo han dado á conocer de una manera lastimosa que ignoran el espíritu del Evangelio,  y de la voluntad de Cristo.

Sea, pues, uno de los principios mas fijos que nos guíen en la vida que cualesquiera que sean los errores de nuestros semejantes en materias de religión, nunca debemos perseguirlos.   Discutamos, razonemos con ellos si fuere necesario, y procuremos señalarles el camino recto; pero nunca hagamos uso de la fuerza para promover la difusión de la verdad. No nos prestemos jamás á perseguir á nadie, directa ó indirectamente, bajo pretexto de trabajar por la gloria de Cristo y bien de la iglesia. Antes bien, acordémonos, la religión que algunos profesen, por temor á la muerte, ó por miedo del castigo, no vale nada absolutamente, y que si aumentamos nuestras filas, por medio de la amenaza, no ganamos realmente fuerza ninguna. "Las armas de nuestra milicia," dice S. Pablo, 'no son carnales."   2 Cor. 10:4. Es á la conciencia y al juicio de los hombres que debemos apelar.   Nuestros argumentos no han de ser la espada, ó el fuego, ó la prisión, sino las doctrinas, y los preceptos, y los textos.   "Un voluntario vale por diez hombres que apelen contra sus convicciones."

NOTAS.   LUCAS 9:51-56.

51. El tiempo en que había de ser recibido arriba. Tocante el sentido de esta expresión hay diferencia de opinión.   Algunos piensan que el sentido es, "el tiempo de su muerte, y de ser levantado en la cruz." Otros creen que quiere decir, "el tiempo de su ascensión, ó de ser elevado al cielo." Este último sentido parece el más probable de los dos, y lo confirma el hecho de que las versiones siríacas y arábigas traducen la palabra "su ascensión."

63. No le recibieron. Los que deseen ver el origen de la discordia entre judíos y samaritanos, deben leer 2 Reyes 17, y Esdras 4.

54. Los discípulos Santiago y Juan, etc. Hay algo muy notable en el ánimo que en esta ocasión manifestaron estos dos discípulos. No fui sin fundamento que nuestro Señor les puso el sobrenombre de Boanerges, ó "Hijos del trueno," cuando los constituyó apóstoles. Marcos 3:17. Nótese el poder transformador que la gracia de Dios ejerció en el carácter de Juan. Tres veces hallamos referidos en los Evangelios pecados que cometió Juan contra la caridad. Vérnosle a él y á su hermano pidiendo una vez el sentarse respectivamente á la derecha y a la izquierda de Cristo en Su reino, y ser elevados sobre todos los demás apóstoles. Otra vez veda á uno lanzar demonios, porque no seguía á los apóstoles. Por tercera vez lo que se refiere en el pasaje en cuestión. Sin embargo, este fue el apóstol que resultó al fin ser el más notable en predicar amor y caridad. No hay cambio que el Señor no sea capaz de efectuar.

Como también hizo Elías. Apelar al Antiguo Testamento, como en este caso, es cosa que han hecho á menudo los fanáticos para justificar acciones violentan.

El ejemplo de hombres que fueron elevados al poder para ejecutar obras especiales en los tiempos del Antiguo Testamento no debe ser imitado en todo. El que pretenda imitar á Josué y á Elías en toda su conducta hacia los enemigos de Dios, debe presentar pruebas de que ha sido enviado para seguir sus huellas.

55. Vosotros no sabéis de que espíritu sois. Los discípulos olvidaron la naturaleza de aquel espíritu que habían aceptado como guía. Se olvidaron de que era el espíritu de amor, y de mansedumbre, y de suavidad de carácter, y que todas las acciones de carácter violento y vengativo le eran ofensivas. "Los frutos del Espíritu son: amor, gozo, paz, longanimidad, benignidad, bondad, fe." Gal. 5:22. Su Maestro les había enseñado que si alguien les diera una bofetada en una mejilla le presentaran también la otra. Mat. 5:39. Pero todo esto lo olvidaron.

Bengel observa, que debemos comparar con la conducta de estos dos discípulos el hecho que cuando Jesús oró en la cruz, empleando las mismas palabras en los Salmos 22 y 31, no rogó contra sus enemigos, sino por ellos.

Es un hecho interesante, que más tarde el apóstol Juan vino á Sumaría con un ánimo muy diferente. Acompañado de Pedro vino de Jerusalén con la misión especial de conferir bendiciones á los samaritanos creyentes, y se nos dice que "anunciaba el Evangelio en muchas tierras de los samaritanos." Actos 8:25.

Texto Bíblico
Textos Paralelos
Referencias

Los que quieran seguir a Jesús

Lucas 9.57-62

57  Yendo ellos,  uno le dijo en el camino: Señor,  te seguiré adondequiera que vayas.

58  Y le dijo Jesús: Las zorras tienen guaridas,  y las aves de los cielos nidos;  mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza.

59  Y dijo a otro: Sígueme.  El le dijo: Señor,  déjame que primero vaya y entierre a mi padre.

60  Jesús le dijo: Deja que los muertos entierren a sus muertos;  y tú ve,  y anuncia el reino de Dios.

61  Entonces también dijo otro: Te seguiré,  Señor;  pero déjame que me despida primero de los que están en mi casa. 1 R.19.20

62  Y Jesús le dijo: Ninguno que poniendo su mano en el arado mira hacia atrás,  es apto para el reino de Dios.

Los que quieran seguir a Jesús

Lucas 9.57-62 Mt. 8.18-22 18 Viéndose Jesús rodeado de mucha gente, mandó pasar al otro lado. 19 Y vino un escriba y le dijo: Maestro, te seguiré a dondequiera que vayas. 20 Jesús le dijo: Las zorras tienen guaridas, y las aves donde recostar su cabeza. 21 Otro de sus discípulos le dijo: Señor, permíteme que vaya primero y entierre a mi padre. 22 Jesús le dijo: Sígueme; deja que los muertos entierren a sus muertos

Lucas 9.61 1 R.19.20 Entonces dejando él los bueyes,  vino corriendo en pos de Elías,  y dijo: Te ruego que me dejes besar a mi padre y a mi madre,  y luego te seguiré.  Y él le dijo: Ve,  vuelve;  ¿qué te he hecho yo?

Comentarios de J. C. Ryle

Lucas 9.57-62

Este pasaje es muy notable: contiene tres cortos dichos de solemnidad peculiar, dirigidos por nuestro Señor Jesucristo á tres personas diferentes. Nada sabemos del nombre de estas personas. Nada sabemos del efecto que las palabras de nuestro Señor produjeron en ellas. Más no debemos dudar que cada dicho fue dirigido de modo que se adaptase al carácter de cada una de las tres personas, y estemos seguros que el pasaje tiene por objeto principal excitar en nosotros el examen de nuestros corazones. El primero de estos dichos fue dirigido á un hombre que se ofreció como discípulo espontáneamente y sin condición alguna. "Señor," dijo este, "yo te seguiré donde quiera que fueres."   Esta oferta parecía buena. Al parecer revelaba mejores sentimientos que los de otros muchos hombres. Millares de personas oyeron los sermones de nuestro Señor y nunca pensaron en decir lo que ese hombre dijo. Empero el que hizo esa oferta habló evidentemente sin reflexión. Jamás había considerado cuales eran los deberes del discípulo. No había "calculado el costo;" y por esto necesitaba la grave respuesta que se le dio: "Las zorras tienen cuevas, y las aves de los cielos nidos; mas el Hijo del hombre no tiene en donde reclinar su cabeza." Debía meditar bien lo que iba á emprender. No debía suponer que el servicio de Cristo iba á presentarla otra cosa tan solo placeres y un camino sembrado de rosas.    ¿Estaba dispuesto para esto?  ¿Estaba preparado á "sufrir el mal?"  2 Tim. 2:3. Si no, le era mejor abandonar la idea de hacerse discípulo.

Las palabras de nuestro Señor nos manifiestan que Él quiere que todos los que profesan el Cristianismo y se llaman cristianos tengan presente que les es menester tomar la cruz; y que cuenten con ser despreciados, y afligidos, y atormentados como su Maestro. El no quiere que ninguno entre en sus filas por falsos é indignos motivos. Es su deseo que se comprenda claramente que tenemos que luchar, y sufrir, y padecer, y trabajar mucho si nos proponemos seguirle. El está pronto á darnos la salvación, "sin dinero y sin precio." Gracia durante el camino, y gloria al fin serán dadas á todo pecador que viene á Él. Mas Él no quiere que ignoremos que hemos de tener enemigos mortales-el mundo, la carne, y el demonio; y que muchos nos aborrecerán, nos calumniarán, y nos perseguirán si nos hacemos Sus discípulos. No es Su ánimo desanimarnos, pero sí que sepamos la verdad.

Bueno habría sido para la iglesia si la admonición de nuestro Señor hubiera sido meditada con más frecuencia. Muchos principian la vida religiosa, llenos de ardor y celo, y pronto pierden su primer amor, y vuelven otra vez al mundo. Les gusta el uniforme nuevo, y la remuneración, y el nombre de soldado cristiano. Nunca piensan en la vigilancia, y las batallas, y las heridas, y los conflictos, y todo lo que el soldado cristiano tiene que sufrir. No olvidemos jamás esta lección. No debe impedirnos que empecemos a servir á Cristo, pero debe hacernos cautos y humildes, é impulsarnos á implorar la gracia divina. Si no estamos dispuestos á tomar parte en las tribulaciones que sobrevienen al hombre por amor do Cristo, no debemos esperar tener parte alguna en la gloria celestial.

El segundo dicho de nuestro Señor fue dirigido a un hombre a quien Él invitó que lo siguiese. La respuesta que le dio es muy notable: "Señor," dijo el hombre, " déjame que primero vaya y entierro á mi padre." Esta petición en sí misma era inocente'; mas, en aquella hora, era inoportuna. Asuntos de mucha más importancia que los funerales de un padre, exigían la atención inmediata del hombre. Había siempre muchas gentes dispuestas y aptas para encargarse de un entierro; y, por otra parte, había en aquellos momentos urgente necesidad de trabajadores que se encargasen de la viña del Señor; por esto la súplica del hombre dio motivo para que nuestro Señor profiriese esta solemne réplica: "Deja á los muertos que entierren á sus muertos; mas tú ve, y anuncia el reino de Dios."

Estas palabras nos enseñan que no debemos dejar que nuestros deberes sociales y de familia se antepongan á nuestro deber para con Dios. Funerales, bodas, visitas de cortesía y otras cosas semejantes, no son incuestionablemente pecaminosas en sí mismas. Pero cuando absorben el tiempo del creyente, y le impiden cumplir con algún deber religioso, se convierten en asechanzas contra el alma. Que los hombres del mundo, y los no convertidos, les permitan ocupar todo su tiempo y todos sus pensamientos, no es de admirar: no conocen nada más elevado, ni mejor, ni más importante. "Deja á los muertos el enterrar á sus muertos." Pero los herederos  la gloria, y los hijos del Rey de reyes, deben ser hombres de distinto carácter. Deben manifestar claramente por medio de su conducta, que el otro mundo es la gran realidad que ocupa constantemente sus pensamientos; y no deben avergonzarse de que el mundo vea que no tienen tiempo para regocijarse, ó para entristecerse como los otros que no tienen esperanza. 1 Tes. 4:18. Delante   de sí está la obra de su Maestro, y ella ocupa principalmente atención. Son en el mundo sacerdotes de Dios, y, como los sacerdotes de los tiempos antiguos, tienen que restringir su tristeza dentro de ciertos límites. Lev. 21:1. "El lamentar," dice un teólogo antiguo, "no debe impedir el trabajar," y no debemos dar rienda á la tristeza.

 El tercer dicho de nuestro Señor que se registra en este pasaje es dirigido á un hombre que se presentó voluntariamente para seguirle, que disminuyó el mérito de su oferta, anteponiendo una súplica, "Señor" dijo, "seguirte he; mas déjame que me despida primero de los que están en mi casa."   La respuesta que recibió demuestra claramente que todavía no se había decidido firme y sinceramente a servir á Cristo, y que, de consiguiente no se hallaba apto para ser discípulo.    Jesús le dijo, "Ninguno que, poniendo su mano al arado, mirare atrás, es apto para el reino de Dios."

Estas palabras nos enseñan que es imposible servir á Cristo cuando no lo amamos de todo corazón. Si estamos mirando hacia atrás á alguna cosa de este mundo, no somos aptos para ser discípulos de Jesucristo.  Los que miran atrás, como la mujer de Lot, es porque quieren volver atrás. Jesús no quiere que dividamos  nuestro afecto-no, ni con nuestros parientes más queridos. Él quiere de poseer todo nuestro corazón, ó nada. Sin duda hemos de honrar á padre y madre, y amar á todos nuestros prójimos. Pero cuando el amor hacia Cristo y el amor hacia los parientes se oponen, Cristo debe tener la preferencia. Es menester que estemos prontos como Abrahán para dejar la parentela y la casa paterna, si fuere necesario, por amor de Cristo.   Debemos estar preparados en caso de necesidad para abandonar, como Moisés aun á los que nos han criado si nos llama Dios, y nuestro deber es claro. Tal resolución puede causarnos amargos pesares. Acaso atribule nuestros corazones causar disgusto á los que amamos. Pero tal conducto puede ser algunas veces absolutamente necesario para nuestra salvación; y si cejamos ante el deber, no somos dignos del reino de Dios. El buen soldado no deja que el afecto por su tierra natal y por su hogar lo domine completamente. Si con frecuencia se entrega al pesar por sus parientes y amigos, no podrá seguir una campaña. Sus deberes como militar-el vigilar, el marchar, y ni combatir-deben ocupar preferentemente sus pensamientos. Y lo mismo debe suceder con todos los que quisieren servir á Cristo. Es menester que se guarden de la timidez que envilece el carácter del cristiano. Es menester que sufran trabajos, como fieles soldados de Jesucristo. 2 Tim. 2:3.

Terminemos la consideración de este pasaje examinando á fondo nuestros corazones. Las cosas sin duda han cambiado mucho desde el día en que nuestro Señor pronunció esas palabras. Pocos son los llamados á hacer sacrificios por amor de Cristo como los que tenían que hacer sus discípulos cuando Él estaba en la tierra. Pero el corazón del hombre es siempre el mismo. Las dificultades quo hay que vencer para conseguir la salvación, son todavía muy grandes. La atmósfera del mundo no es todavía propicia á la religión espiritual. Si queremos alcanzar el cielo, preciso es que tomemos una resolución firme y sincera. Estemos, pues, prontos á hacer y sufrir cualquier cosa, y á renunciarlo todo por amor de Cristo. Algo nos costará por unos pocos años, pero el premio en la eternidad será grande.

NOTAS.   LUCAS 3:57-62.

57. Uno le dijo. S. Mateo nos dice que este hombre era Escriba. El ofrecimiento parece haber sido hecho al principio de la misión de nuestro Señor. Mateo 8:19. S. Lucas la menciona en este lugar, porque es su costumbre referir loe sucesos en grupos, no en riguroso orden cronológico.

58. Las zorras tienen cuevas. Esta expresión da a conocer la pobreza y humildad en que plugo á nuestro Señor estar durante su vida.

59. Que primero vaya, y entierre á mi padre. Teofilacto y Pellican opinan que esta expresión quiere decir "cuidar del padre hasta que muera," y que esto implica el deseo de cuidar al anciano padre durante las achaques de sus postreros días.

Heinesio opina que en el pasaje se hace alusión a las cansadas y supersticiosas prácticas de los judíos cuando moría alguno, tales como siete días de plañido ates del entierro del padre y un año de luto después.

60. Deja a los muertos que entierren á sus muertos. La primera palabra "muertos" en esta expresión, significa los "muertos espiritualmente," la segunda "los muertos naturalmente." La inteligencia es evidentemente, que los funerales pueden dejarse sin peligro a cargo de los que, estando sin vida espiritual, dan mucha importancia á todas las ceremonias y prácticas de esta vida.

Más tú ve, y anuncia el reino de Dios.   No es inverosímil que este mandato fuese dado poco antes de que nuestro Señor escogiese los setenta predicadores de que se hace mención en el capítulo siguiente.

61. Despida.   Si la súplica hubiera sido para despedirse como Elíseo cuando le llamó Elías, es decir, para "besar á su padre y á su madre," nuestro Señor no le habría dicho lo que le dijo.    1 Reyes 19:20.    Sea como se fuere, es evidente que nuestro Señor sabia que el corazón de ese hombre estaba más apegado á su casa que a Su obra.

61. Es apto para el reino de Dios.   Nótese en todo el pasaje, que tanto en el segundo como en el tercer caso, la gravedad de la falta consistió en el deseo de hacer algo "primero" que la obra de Cristo.

El Texto Bíblico esta siendo transcrito por:

Martha Iñiguez Moreno
de La Biblia Devocional de Estudio
Reina Valera Revisión 1960
de La Liga bíblica

Los Textos Paralelos y las Referencias están tomados de:

La Santa Biblia
Reina-Valera (1960)
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