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Predicación
de Juan el Bautista Marcos 1.1-8 Mt. 3.1-12 1 En aquellos días vino Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea, 2 y diciendo: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado.3 Pues éste es aquel de quien habló el profeta Isaías, cuando dijo: par Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, Enderezad sus sendas. 4 Y Juan estaba vestido de pelo de camello, y tenía un cinto de cuero alrededor de sus lomos; y su comida era langostas y miel silvestre. 5 Y salía a él Jerusalén, y toda Judea, y toda la provincia de alrededor del Jordán, 6 y eran bautizados por él en el Jordán, confesando sus pecados. 7 Al ver él que muchos de los fariseos y de los saduceos venían a su bautismo, les decía: ¡Generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera? 8 Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento, 9 y no penséis decir dentro de vosotros mismos: A Abraham tenemos por padre; porque yo os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras. 10 Y ya también el hacha está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado en el fuego.11 Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego.12 Su aventador está en su mano, y limpiará su era; y recogerá su trigo en el granero, y quemará la paja en fuego que nunca se apagará. Lc. 3.1-9 Enderezad sus sendas. 5 Todo valle se rellenará, Y se bajará todo monte y collado; Los caminos torcidos serán enderezados, Y los caminos ásperos allanados; 6 Y verá toda carne la salvación de Dios. 7 Y decía a las multitudes que salían para ser bautizadas por él: ¡Oh generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera? 8 Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento, y no comencéis a decir dentro de vosotros mismos: Tenemos a Abraham por padre; porque os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras. 9 Y ya también el hacha está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto se corta y se echa en el fuego. |
Marcos Marcos 1.3 Is. 40.3 Marcos 1.6 |
| Comentarios
J.C. Ryle Marcos 1.1-8 El Evangelio de San Marcos, que ahora comenzamos, es bajo cierto punto de vista diferente a los otros tres; pues nada nos dice del nacimiento ni de los primeros años de la vida de nuestro Señor Jesucristo, y comparativamente contiene muy pocos de sus dichos y discursos. Es también la más corta de las cuatro historias inspiradas del ministerio terrenal de nuestro Señor. Pero estas peculiaridades no nos hagan ni remotamente tener en menos el Evangelio de San Marcos. Está de una manera singular, lleno de hechos preciosos respecto al Señor Jesús y narrados en estilo sencillo, terso y conciso. Si no nos transmite muchas de las palabras de nuestro Señor, es riquísimo en el catálogo de sus hechos, contiene menudos detalles históricos de gran interés, que están omitidos en Mateo, Lucas y Juan. En una palabra, no creamos que es tan solo un compendio del de San mateo, como algunos han asegurado sin fundamento, sino la narración original de un testigo independiente, que fue inspirado para escribir con preferencia a las Palabras las obras de nuestro Señor. Leámoslo con santa reverencia, pues como todas las otras Escrituras, cada palabra de San Marcos ha sido "comunicada por inspiración de Dios", y cada una de ellas es "provechosa". Observemos que en estos versículos tenemos una declaración plena de la dignidad personal de nuestro Señor Jesucristo. Desde la primera sentencia habla de El nombrándolo "el Hijo de Dios". Estas palabras "el Hijo de Dios" decías mucho mas a los espíritus de los judíos que a los nuestros, pues son la aserción de la divinidad de nuestro Señor: proclamaban que Jesús era Dios e "igual a Dios" Juan 5.18 No hay nada más apropiado como asentar esta verdad en el comienzo de un Evangelio. La divinidad de Cristo es la ciudadela y el sostén del cristianismo; en ese dogma estriba el valor infinito de la satisfacción que dio en la cruz, y el mérito especial de su muerte expiatoria por los pecadores. Esa muerte no fue la de un hombre como nosotros, sino de uno que está "Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos". Rom. 9.5. No hay por que admirarse que los sufrimientos de una persona fueron propiciación suficiente por los pecados del mundo, cuando recordamos que el que sufrió era "el Hijo de Dios" Que los creyentes cuiden con el mayor celo de afianzarse en esta doctrina; pues con ella están firmes sobre una roca, sin ella nada sólido encuentran bajo sus plantas. Siendo nuestros corazones tan flacos y nuestros pecados tan numerosos, necesitamos un Redentor que pueda salvarnos de una manera completa y librarnos de la ira venidera. Este es el Redentor que tenemos en Jesucristo. Es "el Dios poderoso". Isaías 9.6 Observemos, en segundo lugar, que el principio del Evangelio fue un cumplimiento de las Escrituras. Juan el Bautista comenzó su ministerio, "como está escrito en los profetas". La venida de Jesucristo al mundo no fue un acontecimiento imprevisto ni una determinación repentina. Desde el principio del Génesis encontramos predicho que "la simiente de la mujer aplastaría la cabeza de la serpiente" Gn. 3.15. En todo el Antiguo Testamento encontramos el mismo acontecimiento anunciado con una claridad cada vez más grande. Fue una promesa que se renovó con frecuencia a los patriarcas, y repitieron los profetas que un día aparecería un Libertador y Redentor. Su nacimiento, su carácter, su vida, su muerte, su resurrección, quien había de ser su precursor, todo fue predicho, mucho antes que viniera. La Redención se fue desenvolviendo en todas su fases y quedó consumada, tal "como estaba escrito" Deberíamos leer el Antiguo Testamento con el deseo de encontrar en él algo que se relacionase con Jesucristo. Con poco provecho lo estudiamos si no vemos en él más que a Moisés, David, Samuel y los profetas. Analicemos con más prolijidad los libros del Antiguo Testamento. Aquel cuyas palabras no pasarán nunca dijo, "ellos son los que dan testimonio de mi" Juan 5.40 Notemos que poca confianza podemos depositar en lo que se llama popularidad. Si alguna vez hubo un ministro popular, el Bautista lo fue. Sin embargo, de todas las turbas que acudieron a su bautismo y oyeron su predicación, sospechamos que muy pocos fueron convertidos. Algunos, como Andrés, fueron guiados a Cristo por Juan; pero la mayoría murió probablemente en sus pecados. Recordemos esto siempre que veamos una iglesia llena de gente; no hay duda que una gran congregación es un espectáculo agradable, pero debiera ocurrírsenos con frecuencia este pensamiento "¿cuántos de estos entrarán en el cielo?" No es bastante oír y admirar a los predicadores populares; no es prueba de conversión ir a tributar nuestro culto a Dios en lugares concurridos; cuidémonos de oración la voz de Cristo y seguirlo. Observemos, finalmente, que doctrina tan clara caracterizaba la predicación de Juan el Bautista. Exaltaba a Cristo: "Ahí viene en pos de mí uno que es más poderoso que yo" Hablaba con mucha claridad también del Espíritu Santo: "El os bautizará con el Espíritu Santo" Estas verdades no habían sido antes proclamadas de una manera tan distinta por ningún mortal; aun hoy no pueden encontrarse verdades mas importantes que estas en todo el sistema del cristianismo. La principal misión de todo ministro del Evangelio que sea fiel es presentar en relieve al Señor Jesús ante sus oyentes, y mostrarles que es competente y poderoso para salvarlos. Lo que tiene que hacer después es presentarles la obra del Espíritu Santo, y empeñarse en que comprendan la necesidad que hay del nuevo nacimiento y de se bautizado interiormente con Su gracia. Parece que estas dos verdades supremas las tenía Juan Bautista siempre en sus labios. Que gran bien seria para la iglesia y para el mundo, que hubiese más ministros que se le pareciesen. Preguntémonos, antes de concluir con este pasaje, si conocemos por experiencia propia las verdades que Juan predicaba. ¿Qué pensamos de Cristo? ¿Tenemos necesidad de El, y acudimos a El en busca de paz? ¿Es el rey de nuestros corazones, y lo es todo para nuestras almas? ¿Qué pensamos del Espíritu Santo? ¿Qué ha operado en nuestros corazones? ¿Nos ha hecho participantes de la naturaleza Divina? De la respuesta a estas preguntas depende nuestra vida o nuestra muerte. "Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, este tal no es de Jesucristo" Rom. 8.9 |
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El Bautismo
de Jesús
Marcos 1.9-11 9 aconteció en aquellos días, que Jesús vino de Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán. 10 Y luego, cuando subía del agua, vio abrirse los cielos, y al Espíritu como paloma que descendía sobre él. 11 Y vino una voz de los cielos que decía: tu eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia (Is. 42.1; Mt. 12.18; 17.5; Mr.9.7;Lc.9.35) |
El Bautismo
de Jesús
Marcos 1.9-11 |
Is. 42.1 1
He aquí mi siervo, yo le sostendré; mi escogido, en quien mi alma tiene
contentamiento; he puesto sobre él mi Espíritu; él traerá justicia a las
naciones.
Mt. 12.18 18 He aquí
mi siervo, a quien he escogido;
Mi Amado, en quien se agrada mi alma; Pondré mi Espíritu sobre él, Y a los gentiles anunciará juicio. Mt
17.5 5 Mientras él aún hablaba, una nube de luz los
cubrió; y he aquí una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo amado,
en quien tengo complacencia; a él oíd.
Mr.9.7 7 Entonces
vino una nube que les hizo sombra, y desde la nube una voz que decía:
Este es mi Hijo amado; a él oíd.
Lc.9.35 35 Y vino
una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo amado; a él oíd.
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| Tentación de Jesús Marcos 1.12-13 12 Y luego el espíritu le impulsó al desierto. 13 Y estuvo allí en el desierto cuarenta días, y era tentado por Satanás, y estaba con las fieras; y los ángeles le servían. |
Marcos 1. 12-13 Mt. 4.1-11; Lc. 4.1-13 Mt. 4.1-11 1 Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo. 2 Y después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre.3 Y vino a él el tentador, y le dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan.4 Él respondió y dijo: Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.5 Entonces el diablo le llevó a la santa ciudad, y le puso sobre el pináculo del templo, 6 y le dijo: Si eres Hijo de Dios, échate abajo; porque escrito está: A sus ángeles mandará acerca de ti, y, En sus manos te sostendrán, Para que no tropieces con tu pie en piedra.7 Jesús le dijo: Escrito está también: No tentarás al Señor tu Dios. 8 Otra vez le llevó el diablo a un monte muy alto, y le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos, 9 y le dijo: Todo esto te daré, si postrado me adorares. 10 Entonces Jesús le dijo: Vete, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él sólo servirás. 11 El diablo entonces le dejó; y he aquí vinieron ángeles y le servían. Lc. 4.1-13 1 Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán, y fue llevado por el Espíritu al desierto 2 por cuarenta días, y era tentado por el diablo. Y no comió nada en aquellos días, pasados los cuales, tuvo hambre. 3 Entonces el diablo le dijo: Si eres Hijo de Dios, dí a esta piedra que se convierta en pan. 4 Jesús, respondiéndole, dijo: Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra de Dios. 5 Y le llevó el diablo a un alto monte, y le mostró en un momento todos los reinos de la tierra. 6 Y le dijo el diablo: A ti te daré toda esta potestad, y la gloria de ellos; porque a mí me ha sido entregada, y a quien quiero la doy. 7 Si tú postrado me adorares, todos serán tuyos. 8 Respondiendo Jesús, le dijo: Vete de mí, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirás. 9 Y le llevó a Jerusalén, y le puso sobre el pináculo del templo, y le dijo: Si eres Hijo de Dios, échate de aquí abajo; 10 porque escrito está: A sus ángeles mandará acerca de ti, que te guarden; 11 y, En las manos te sostendrán, Para que no tropieces con tu pie en piedra. 12 Respondiendo Jesús, le dijo: Dicho está: No tentarás al Señor tu Dios. 13 Y cuando el diablo hubo acabado toda tentación, se apartó de él por un tiempo. |
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| Jesús principia su
ministerio Marcos 1. 14-15 14 Después que Juan fue encarcelado, Jesús vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios, 15 diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios (Dn.2.44) se ha acercado, arrepentíos, (Mt. 3.2) y creed en el evangelio. |
Jesús principia su
ministerio Marcos 14-15 Mt. 4.12-17; Lc. 4.14-15 Mt. 4.12-17 12 Cuando Jesús oyó que Juan estaba preso, volvió a Galilea; 13 y dejando a Nazaret, vino y habitó en Capernaum, ciudad marítima, en la región de Zabulón y de Neftalí, 14 para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo: 15 Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, Camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles; 16 El pueblo asentado en tinieblas vio gran luz; Y a los asentados en región de sombra de muerte, Luz les resplandeció. 17 Desde entonces comenzó Jesús a predicar, y a decir: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado. Lc. 4.14-15 14 Y Jesús volvió en el poder del Espíritu a Galilea, y se difundió su fama por toda la tierra de alrededor. 15 Y enseñaba en las sinagogas de ellos, y era glorificado por todos. |
Marcos 15 Dn.2.44
44 Y
en los días de estos reyes el Dios del cielo levantará un
reino que no será jamás destruido, ni será el reino
dejado a otro pueblo; desmenuzará y consumirá a todos estos
reinos, pero él permanecerá para siempre, Marcos 15 Mt. 3.2 2 y diciendo: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado. |
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Referencias
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| Jesús llama a cuatro
pescadores Marcos 1.16-20 16 Andando junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés su hermano, que echaban la red en el mar; porque eran pescadores. 17 Y les dijo Jesús: Venid en pos de mi, y haré que seáis pescadores de hombres. 18 Y dejando luego sus redes, le siguieron. 19 Pasando de allí un poco más adelante, vio a Jacobo hijo de Zebedeo, y a Juan su hermano, también ellos en la barca, que remendaban las redes. 20 Y luego los llamó; y dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, le siguieron. |
Marcos 16-20
Mt. 4.18-22; Lc. 5.1-11 Mt. 4.18-22 18 Andando Jesús junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano, que echaban la red en el mar; porque eran pescadores. 19 Y les dijo: Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres. Mat 4:20 Ellos entonces, dejando al instante las redes, le siguieron.21 Pasando de allí, vio a otros dos hermanos, Jacobo hijo de Zebedeo, y Juan su hermano, en la barca con Zebedeo su padre, que remendaban sus redes; y los llamó.22 Y ellos, dejando al instante la barca y a su padre, le siguieron. Lc. 5.1-11 1 Aconteció que estando Jesús junto al lago de Genesaret, el gentío se agolpaba sobre él para oír la palabra de Dios. 2 Y vio dos barcas que estaban cerca de la orilla del lago; y los pescadores, habiendo descendido de ellas, lavaban sus redes. 3 Y entrando en una de aquellas barcas, la cual era de Simón, le rogó que la apartase de tierra un poco; y sentándose, enseñaba desde la barca a la multitud. 4 Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar. 5 Respondiendo Simón, le dijo: Maestro, toda la noche hemos estado trabajando, y nada hemos pescado; mas en tu palabra echaré la red. 6 Y habiéndolo hecho, encerraron gran cantidad de peces, y su red se rompía. 7 Entonces hicieron señas a los compañeros que estaban en la otra barca, para que viniesen a ayudarles; y vinieron, y llenaron ambas barcas, de tal manera que se hundían. 8 Viendo esto Simón Pedro, cayó de rodillas ante Jesús, diciendo: Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador. 9 Porque por la pesca que habían hecho, el temor se había apoderado de él, y de todos los que estaban con él, 10 y asimismo de Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Pero Jesús dijo a Simón: No temas; desde ahora serás pescador de hombres. 11 Y cuando trajeron a tierra las barcas, dejándolo todo, le siguieron. |
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| Comentarios J.C. Ryle Marcos 1.9-11 Este pasaje está lleno de materias importantes, y es una muestra notable de la concisión de estilo que distingue el Evangelio de San Marcos. El bautismo de nuestro Señor, su tentación en el desierto, el principio de su predicación, y el llamamiento de sus primeros discípulos se relatan aquí en once versículos. Notemos en primer lugar, la voz del cielo que se oyó en el bautismo de nuestro Señor. Leemos que "una voz vino de los cielos, que decía, Tú eres mi Hijo amado, en quien me estoy complaciendo" Esa voz era la de Dios Padre. Proclamaba el amor inefable y maravilloso que ha existido entre el Padre y el Hijo por toda la eternidad. "El Padre ama al Hijo, y ha puesto todas las cosas en su mano" Juan 3.35. Anunciaba que el Padre aprobaba completa y plenamente la misión de Cristo de buscar y salvar a los que estaban perdidos; y que aceptaba al Hijo como el Mediador, el Sustituto, y el Fiador de la nueva alianza. Que tesoro de consuelos hay en esas palabras para todos los que creen en Cristo. Nada ven en si mismos ni en sus obras, que pueda agradar a Dios; están convencidos de su debilidad, de sus faltas, de sus imperfecciones. Pero recuerdan que el Padre los contempla como miembros de su amado hijo Jesucristo. No ve mancha ninguna en ellos. Cantar 4.7 Los ve "en Cristo", revestidos de la justicia y cubiertos con los méritos de Cristo; son "aceptados en el Hijo amado", y cuando Dios fija en ellos sus ojos santísimos queda "complacido"" Notemos, en segundo lugar, la naturaleza de la predicación de Cristo. Leemos que vino diciendo, "Arrepentíos y creed el Evangelio". Este es el mismo antiguo sermón que todos los testigos fieles de Dios han venido predicando desde el principio del mundo. Desde Noe hasta el día presente el tema principal ha sido siempre el mismo, "Arrepentíos y creed" El apóstol Pablo dijo a los presbíteros de Efeso cuando se separó de ellos la última vez, que la sustancia de lo que les había enseñado era "arrepentimiento respecto a Dios, y fe en nuestro Señor Jesucristo". Hechos 20.21. Su enseñanza se fundaba en el mejor de los precedentes, en el ejemplo que le había dado la cabeza de la iglesia. Arrepentimiento y fe eran los puntos cardinales del ministerio de Cristo, y arrepentimiento y fe tienen que ser los puntos principales sobre que deber girar la enseñanza de todo fiel ministro. No hay por que admirarse, si meditamos en las necesidades de la naturaleza humana. Todos por naturaleza nacemos en pecado, y todo necesitamos arrepentirnos, convertirnos y nacer de nuevo, si es que queremos ver el reino de Dios. Todos somos por naturaleza culpables y estamos condenados ante Dios, y tenemos que acudir a la esperaza que el Evangelio nos presenta y creer en el, si deseamos salvarnos. Todos nosotros, aunque arrepentidos, necesitamos ejercitarnos diariamente a mayor arrepentimiento; y aunque creyentes, necesitamos constantes exhortaciones para aumentar nuestra fe. Preguntémonos si sentimos ese arrepentimiento y experimentamos esa fe. ¿Hemos reconocido nuestros pecados y los hemos abandonado? ¿Nos hemos asido de Cristo y creído en El? Podemos alcanzar el cielo sin saber, sin riqueza, sin salud ni grandezas mundanas; pero no si morimos impenitentes e incrédulos. Para salvarse son indispensables nuevo corazón y fe viva en un Redentor. Ser miembro de la iglesia tan solo y recibir la absolución de un sacerdote a nadie salvan. Aquellos mueren en el Señor "que se arrepienten y creen" Notemos en tercer lugar, cual era la ocupación de los primeros que fueron llamados a ser discípulos de Cristo. Leemos que nuestro Señor llamó a Simón y a Andrés, cuando "estaban echando una red al mar" y a Santiago y a Juan cuando "estaban remendando sus redes". Claro es entonces que los primeros que siguieron a nuestro Señor no fueron los grandes de este mundo, sino hombres que no tenían ni riquezas, ni rango, ni poder; pues que el reino de Cristo no depende de cosas tales. Se extiende por el mundo "no en virtud de la fuerza, ni del poder, sino por mi Espíritu, dice el Señor de los ejércitos" Zac. 4.6. Se encontrarán siempre verdaderas las palabras de Pablo: "No muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles habéis sido llamados. Sino que Dios ha escogido lo necio, según el mundo, para confundir a los sabios; y Dios ha escogido lo flaco del mundo, para confundir a los fuertes" 1 Cor. 1.26-27. La iglesia que empezó con uno pocos pescadores, y se extendió sin embargo por la mitad del mundo, debe haber sido fundada por Dios. Debemos guardarnos de dar curso a la idea tan general de que hay algo de vergonzoso en ser pobre y trabajar con nuestras manos. La Biblia contiene muchos ejemplos de privilegios especiales conferidos a trabajadores. Moisés guardaba un rebaño cuando Dios le apareció en la zarza ardiente. Gedeon trillaba, cuando el ángel le comunicó un mensaje del cielo. Eliseo estaba arando cuando Elías lo llamó para que fuese profeta en su lugar. Los apóstoles estaban pescando cuando Jesús los llamó para que lo siguieran. Es deshonroso se codicioso, vano, defraudador, borracho, glotón, impuro o jugador, pero no ser pobre. El trabajador que sirve con fidelidad a Cristo tiene mucho más honor a los ojos de Dios, que el noble que sirve al pecado. Observemos, en último lugar, a que oficio llamó nuestro Señor a sus primeros discípulos. Leemos que dijo, "Venid en pos de mí, que Yo os haré pescadores de hombres" El significado de estas palabras es calara e inequívoca. Los discípulos iban a ser pescadores de almas. Debían trabajar en sacar a los hombres de las tinieblas a la luz, y arrancarlos del poder de Satanás para conducirlos a Dios. Habían de esforzarse en cogerlos en la red de la iglesia de Cristo, para que fuesen salvados vivos, y no pereciesen eternamente. Marquemos bien esas expresiones, porque están llenas de enseñanza. Es el nombre más antiguo con que en el Nuevo Testamento se describe el ministerio evangélico; es más significativo que el nombre del obispo, presbítero o diácono; es lo que un ministro debe tener siempre presente. No ha de ser un mero lector de formularios, ni dispensador de ceremonias; tiene que ser "pescador" de almas. El ministro que no se empeña en merecer ese nombre, se ha equivocado en su vocación. ¿Se esfuerza el pescador por coger peces? ¿Emplea todos los medios para conseguirlo y se lamenta si fracasa en su empresa? Pues lo mismo debe de hacer un ministro del Evangelio. ¿No se reviste de paciencia el pescador? ¿No se afana día tras día, y espera y trabaja lleno siempre de esperanza? Haga el ministro lo mismo. Feliz el hombre en que se hallen reunidas la destreza, la diligencia y la paciencia del pescador. Oremos por los ministros, pues no es fácil su misión si quieren cumplir con su deber. No solo tienen que cuidar de sus almas, sino de las almas de otros. Por eso no debemos admirarnos si Pablo exclama ¿Quién es suficiente para eso? 2 Cor. 2.16 |
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Referencias
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| Un hombre que tenía un espíritu
inmundo Marcos 1.21-28 21 Y entraron en Capernaúm; y los días de reposo, (Aquí equivale a sábado) entrando en la sinagoga, enseñaba. 22 Y se admiraban de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas. (Mt. 7.28-29) 23 Pero había en la sinagoga de ellos un hombre con espíritu inmundo, que dio voces, 24 diciendo: ¡Ah! ¿que tienes con nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venidos para destruirnos? Sé quién eres, el Santo de Dios. 25 Pero Jesús le respondió, diciendo: ¡Cállate, y sal de el! 26 Y el espíritu inmundo, sacudiéndole con violencia, y clamando a gran voz, salió de él. 27 Y todos se asombraron, de tal manera que discutían entre sí, diciendo: ¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es esta, que con autoridad manda aún a los espíritus inmundos, y le obedecen? 28 Y muy pronto, se difundió su fama por toda la provincia alrededor de Galilea. |
Un hombre que tenía un espíritu
inmundo Marcos 1.21-28 Lc. 4.31-37 31 Descendió Jesús a Capernaum, ciudad de Galilea; y les enseñaba en los días de reposo. 32 Y se admiraban de su doctrina, porque su palabra era con autoridad. 33 Estaba en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu de demonio inmundo, el cual exclamó a gran voz, 34 diciendo: Déjanos; ¿qué tienes con nosotros, Jesús nazareno? ¿Has venido para destruirnos? Yo te conozco quién eres, el Santo de Dios. 35 Y Jesús le reprendió, diciendo: Cállate, y sal de él. Entonces el demonio, derribándole en medio de ellos, salió de él, y no le hizo daño alguno. 36 Y estaban todos maravillados, y hablaban unos a otros, diciendo: ¿Qué palabra es esta, que con autoridad y poder manda a los espíritus inmundos, y salen? 37 Y su fama se difundía por todos los lugares de los contornos. |
Marcos 1.22 Mt. 7.28-29 28 Y cuando terminó Jesús estas palabras, la gente se admiraba de su doctrina; 29 porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas. |
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| Jesús sana a la suegra de
Pedro Marcos 1.29-31 29 Al salir de la sinagoga, vinieron a casa de Simón y Andrés, con Jacobo y Juan. 30 Y la suegra de Simón estaba acostada con fiebre; y en seguida le hablaron de ella. 31 Entonces él se acercó, y la tomó de la mano y la levantó; e inmediatamente le dejó la fiebre, y ella les servía. |
Jesús sana a la suegra de
Pedro Marcos 1.29-31 Mt. 8.14-15; Lc. 4.38-39 Mt. 8.14-15 14 Vino Jesús a casa de Pedro, y vio a la suegra de éste postrada en cama, con fiebre. 15 Y tocó su mano, y la fiebre la dejó; y ella se levantó, y les servía. Lc. 4.38-39 38 Entonces Jesús se levantó y salió de la sinagoga, y entró en casa de Simón. La suegra de Simón tenía una gran fiebre; y le rogaron por ella. 39 E inclinándose hacia ella, reprendió a la fiebre; y la fiebre la dejó, y levantándose ella al instante, les servía. |
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Referencias
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Marcos 1.32-34 32 Cuando llegó la noche, luego que el sol se puso, le trajeron todos los que tenían enfermedades, y a los endemoniados; 33 y toda la ciudad se agolpó a la puerta. 34 Y sanó a muchos que estaban enfermos de diversas enfermedades, y echó fuera muchos demonios; y no dejaba hablar a los demonios, porque le conocían. Muchos sanados al ponerse el sol |
Mt.8.16-17 16 Y cuando llegó la noche, trajeron a él muchos endemoniados; y con la palabra echó fuera a los demonios, y sanó a todos los enfermos; 17 para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo: El mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias. Lc.4.40-41 40 Al ponerse el sol, todos los que tenían enfermos de diversas enfermedades los traían a él; y él, poniendo las manos sobre cada uno de ellos, los sanaba. 41 También salían demonios de muchos, dando voces y diciendo: Tú eres el Hijo de Dios. Pero él los reprendía y no les dejaba hablar, porque sabían que él era el Cristo. |
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| Comentarios J.C. Ryle Marcos 1.21-34 En estos versículos comienza la larga serie de milagros que contiene el Evangelio de S. marcos. En ellos se nos relata como nuestro Señor lanzó demonios en Capernaúm, y curó de una fiebre a la suegra de Pedro. En estos versículos se nos enseña primeramente, lo inútil que es conocer la religión tan solo intelectualmente. Por dos veces se nos dice muy especialmente que los espíritus inmundos conocen a nuestro Señor. Conocían a Cristo, cuando los escribas no se ocupaban de El, y los fariseos no querían aceptarlo; y sin embargo ese conocimiento no les servía para salvarse. El creer en los hechos y en las doctrinas del cristianismo no basta para salvar nuestras almas; pues esa creencia suele no ser más eficiente que la de los demonios. Todos estos creen y saben que Jesús es el Cristo; que vendrá un día a juzgar al mundo, y arrojarlos a los tormentos eternos del infierno: muy grave es y triste pensar que sobre estos particulares algunos que se llaman cristianos tienen menos fe aún que el diablo. Algunos hay que dudan de la realidad del infierno y de la eternidad de los castigos. Tales dudas no tienen entrada sino en los corazones de los obstinados. Entre los diablos no hay incredulidad. "Creen y tiemblan" Santiago 2.19 Cuidemos de que nuestra fe sea tanto del corazón como de la cabeza. Tratemos de que nuestro conocimiento tenga una influencia santificante en nuestros afectos y en nuestras vidas. No conozcamos tan solo a Cristo, sino amémoslo reconociendo todos los beneficios que de El hemos recibido, no creamos solamente que es Hijo de Dios y Salvador del mundo, sino regocijémonos en Él, y adhirámonos a El de corazón. No lo conozcamos tan solo de oídas, sino porque nos dirijamos a El todos los días personalmente demandándole gracia y misericordia. "La vida del cristianismo", dice Lutero, "consiste en pronombres posesivos". Una cosa es decir, "Cristo es un Salvador" y otra muy distinta decir, "El es mi Salvador y mi Señor". El diablo puede decir lo primero; solo el verdadero cristiano puede decir lo segundo. Aprendamos, en segundo lugar, cuál es el primer remedio a que debe recurrir un cristiano en sus angustias. Debe seguir el ejemplo de los amigos de la suegra de Pedro: vemos que cuando "estuvo en cama con fiebre", ellos "se lo participaron a Jesús" No hay remedio como este. No hay duda que en nuestros apuros debemos emplear con diligencia todos los medios de salir de ellos. En caso de enfermedad se debe enviar por los doctores y abogados consultarse cuando la propiedad o la reputación están amenazadas; es de buscarse también el socorro de los amigos. Pero no obstante, lo primero que debe hacerse es clamar al Señor Jesucristo por ayuda, pues nadie puede remediarnos tan eficazmente como El; ni nadie es tan compasivo, ni está tan dispuesto a socorrernos. Cuando Jacob se vio angustiado, a Dios se volvió primero diciéndole: "Líbrame, te lo suplico, de las manos de Esaú" Génesis 32.11. Cuando Ezequías se encontró atribulado, abrió ante el Señor la epístola de Senaquerib, y exclamó: "Ruegote que nos salves de su mano". 2 Reyes 19.19. Cuando Lázaro cayó enfermo sus hermanas enviaron inmediatamente a decir a Jesús, "Señor, el que tú amas está enfermo". Juan 11.2 hagamos lo mismo. "Descarga el peso que te abruma sobre el Señor, y El te sostendrá". "Descargando todos tus cuidados sobre El." "En todo dense a conocer lustras peticiones delante de Dios, por la oración y el ruego con hacimiento de gracias". Salmo 55.22; 1 Pe. 5.7; Fil. 4.6 N nos acordemos tan solo de esta regla, sino practiquémosla. Vivimos en un mundo de pecado y de dolor, y en la vida de un h9ombre muchos son los días nublados. No se necesita ser profeta para prever que todos tendremos que derramar muchas lágrimas y sentir muchas angustias de corazón, antes de llegar al término de la muerte. Armémonos contra la desesperación antes que comiencen nuestras luchas; sepamos que hemos de hacer, cuando las enfermedades, los duelos, las pruebas, las pérdidas o los desengaños caigan sobre nosotros de improviso. Hagamos lo que hicieron los que estaban en la casa de Simón en Capernaúm. "Digámoselo inmediatamente a Jesús" Aprendamos, por último, en estos versículos, que completa y perfecta es la salud que nos da el Señor Jesús, cuando nos cura. Toma por la mano a la mujer enferma, la levanta y "la fiebre la deja instantáneamente". Pero no es esto todo; otro milagro más grande viene en pos; se nos dice también "que ella los servía". La debilidad y postración de fuerzas que deja la fiebre cuando p asa, desaparecieron enteramente en este caso. La mujer calenturienta no solamente quedó buena en un momento, sino que de súbito adquirió fuerzas y pudo ponerse a trabajar. Podemos ver, en este caso un emblema vivo de la manera con que Cristo obra en las almas que el pecado aflige. Ese bendito Salvador no da tan solo merced y perdón, sino además la gracia que renueva. A todos los que lo aceptan como su Médico les da poder para transformarse en hijos de Dios; los limpia con Su Espíritu y los lava en Su preciosa sangre; a los que justifica también los santifica, y a los que absuelve, les da también un corazón nuevo. Cuando concede un perdón dado por todo lo pasado, da también fuerza para servirlo en el tiempo venidero. El alma que adolecía del mal del pecado no es meramente curada, quedando abandonada y sola; se le suministra además un nuevo corazón y un espíritu recto que le permitan vivir complaciendo a Dios. Cuan consolador es este pensamiento para todos los que experimentan el deseo de servir a Cristo, pero que tienen miedo de empezar. Muchos son los que se encuentran en esa condición espiritual. Temen volverse a extraviar o quedarse rezagados, después de haber marchado animosamente al frente y tomando la cruz; y que esa falta de perseverancia cubra de descrédito su profesión. Abandonen, pues, todo temor; sepan que Jesucristo es su Salvador omnipotente, que no abandonó jamás a los que una vez se confían en El. Así que se vean levantados por Su mano poderosa de la muerte del pecado, y que se laven en Su preciosa sangre, continuarán sirviéndolo hasta el fin de su vida, capaces de vencer el mundo, crucificar la carne y resistir al diablo. Hagan por principiar que después continuarán. Jesús no deja las enfermedades curadas a medias ni obra ninguna incompleta. Confíen pues en Jesús y avancen con intrepidez que el alma perdonada podrá siempre servir a Cristo. Consuelo deben también sentir los que realmente están sirviendo a Cristo y se hallan sin embargo agonizados con la idea de su debilidad. Muchos se encuentran en ese caso. Dudas y ansiedades los angustian, y algunas veces se imaginan que no llegarán nunca a alcanzar el cielo. Que no teman, su fuerza estará a la altura de sus pruebas. Las dificultades que ahora los asustan desaparecerán de su camino, y el león que los cerraba encontrarán que está encadenado. La misma mano misericordiosa que primero los tocó y curó, los sostendrá, robustecerá y guiará hasta el fin de su carrera. El Señor Jesús no perderá ninguna de sus ovejas, pues que a los que ama y perdona, los ama sin término. El alma curada continuará siempre sirviendo al Señor". La gracia conduce siempre a la Gloria. |
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Texto Bíblico
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Textos
Paralelos
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Referencias
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| Jesús recorre Galilea predicando Marcos 1.35-39 35 Levantándose muy de mañana, siendo aún muy oscuro, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba. 36 Y le buscó Simón, y los que con él estaban; 37 y hallándole, le dijeron: Todos te buscan. 38 El les dijo: Vamos a los lugares vecinos, para que predique también allí; porque para esto he venido. 39 Y predicaba en las sinagogas de ellos en toda Galilea, y echaba fuera los demonios. (Mt. 4.23; 9.35) |
Jesús recorre Galilea predicando Marcos 1.35-39 Lc. 4.42-44 42 Cuando ya era de día, salió y se fue a un lugar desierto; y la gente le buscaba, y llegando a donde estaba, le detenían para que no se fuera de ellos. 43 Pero él les dijo: Es necesario que también a otras ciudades anuncie el evangelio del reino de Dios; porque para esto he sido enviado. 44 Y predicaba en las sinagogas de Galilea. |
Marcos 1.39 Mt.
4.23; Mt.9.35 Mt. 4.23 Y recorrió Jesús toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. Mt.9.35 Recorría Jesús todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. |
| Comentarios
J.C. Cryle Marcos 1.35-39 Todos los hechos de la vida de nuestro Señor, mientras estuvo en la tierra, y todas las palabras que salieron de sus labios, deben ser muy interesantes para todo cristiano verdadero. En el pasaje que acabamos de leer notamos un hecho y unas palabras que merecen una minuciosa atención. Se nos da en él, ante todo, un ejemplo de los hábitos de nuestro Señor Jesucristo respecto al empleo de la plegaria privada. Se nos dice que "levantándose muy de mañana, aun muy oscuro, salio, y se fue a un lugar desierto, y allí oraba". En la historia evangélica se nos referirá con frecuencia al mismo hecho respecto a nuestro Señor. Cuando fue bautizado, se nos dice, que estaba "orando". Lucas 3.21. Cuando su transfiguración, se nos dice también, que "mientras oraba, se cambió el aspecto de su rostro". Lucas 9.29. Antes de elegir a los doce apóstoles, se nos vuelve a decir que "permaneció toda la noche en oración a Dios" Lucas. 6.12. Cuando todos hablaban bien de El y estuvieron a punto de hacerlo rey, se nos dice que "subió a una alta y apartada montaña para orar". Marco. 14.23. Cuando fue tentado en el jardín de Getsemaní, dijo, "Permaneced aquí sentados, mientras Yo esté orando". Marcos 14.23. En una palabra, nuestro Señor oraba siempre sin cansarse. Aunque en El no había pecado, nos presenta el ejemplo de una comunión incesante con su Padre. Su divinidad no le impide emplear como hombre todos los medios. Su misma perfección se mostraba en el ejercicio perfecto de la oración. Esto nos prueba la importancia inmensa de la devoción privada. Si Aquel que era "santo, inocente, inmaculado, y estaba separado de los pecadores", oraba así continuamente ¿Cuánto más no deberemos hacerlo nosotros que estamos sujetos a tantas debilidades? Si creía necesario alzar sus súplicas con lamentos y lágrimas ¿cuánto más necesario no lo será para nosotros, que en tantas cosas ofendemos a Dios diariamente? ¿Qué diremos, teniendo ante la vista este pasaje, a los que nunca oran¡ Témome que hay muchos que así se manejan entre los que profesan ser cristianos, muchos que se levantan por la mañana minorar, y que sin pronunciar una oración se acuestan de noche: muchos que nunca dirigen una palabra a Dios. ¿Son cristianos? Imposible es darles ese nombre. Un Señor que estaba siempre orando, como Jesús, no puede tener siervos que no lo hagan. El Espíritu de adopción influirá siempre en el hombre para que clame a Dios. No orar es no creer en Cristo, ni en d, y encontrarse en mundo de la perdición. ¿Qué diremos a los que oran, pero que dedican muy poco tiempo a sus plegarias? Tenemos que decirles que muestran muy poco del espíritu que animaba a Cristo. Como piden poco, deben esperar conseguir poco; y como poco buscan, no puede sorprenderles el poseer poco. Se verá siempre que cuando las oraciones son escasas, la gracia, la fuerza, la paz y la esperanza son escasas. Empeñémonos santamente en fortalecer nuestro hábito de orar. Ese es el pulso de nuestro cristianismo, la verdadera piedra de toque de nuestra condición espiritual. Así es como la verdadera religión empieza a desarrollarse en el alma; y cuando el hombre comienza a quedarse rezagado y a apartarse de Dios, empieza a perder el hábito de orar. Sigamos las huellas de nuestro bendito Maestro en esto como en todo lo demás. Seamos diligentes como El en nuestras oraciones privadas, y aprendamos lo que es "dirigirse a lugares apartados y orar". Vemos demás, en este pasaje, una manifestación notable de nuestro Señor respecto al objeto para que vino al mundo. Le oímos decir, "Vamos a las aldeas vecinas para que predique también allí, pues para eso he venido" La significación es estas palabras es clara e inequívoca. Nuestro Señor declara que vino al mundo para ser predicador y maestro. Vino para ejercer una misión profética, para ser un "profeta más grande que Moisés", como tanto tiempo antes se había predicho. Deut. 18.15. Dejó la Gloria que por toda la eternidad había gozado con el Padre, para trabajar como evangelista. Vino a la tierra para mostrar al hombre el camino de la paz, anunciar libertad a los cautivos, y dar vista a los ciegos. Su obra principal en la tierra era ir por todas partes publicando la buena nueva, ofreciendo salud a los corazones desgarrados, luz a los que estaban en tinieblas, y perdón a los más grandes pecadores. "Pues para eso", dice, "vine" Debemos hacer observar de que gran honor revistió el Señor Jesús el empleo de predicador; es una ocupación que el Hijo Eterno de Dios ejerció. Pudo haber empleado su ministerio terrestre e instituir y mantener ceremonias, como Aarón; o rey como David haber gobernado y reinado; pero eligió una profesión distinta. Hasta la época en que murió sacrificándose por nuestros pecados, predicar fue su obra diaria y casi de cada hora. "Para eso", dice, "he venido" Que nada influya en nosotros los que pretenden desprestigiar la profesión de predicador y claman que los sacramentos y las otras ordenanzas de la iglesia son de más importancia que los sermones. Concedamos a todos los actos del culto público de Dios su propio lugar y el honor que les es debido, pero guardémonos de considerar ninguno de ellos superior a la predicación. La iglesia de Cristo se reunió al principio y se fundó por medio de la predicación, y por ella se ha mantenido siempre en salud y prosperidad. Predicando es como se despierta a los pecadores, se guía a los que buscan la verdad, se edifica a los santos, y la predicación lleva el cristianismo al mundo pagano. Hay muchos ahora que miran con desdén a los misioneros y se burlan de los que salen a las encrucijadas y a los caminos públicos a predicar a las turbas al aire libre. Pero bien harían los que así se manejan en detenerse a meditar con calma en lo que hacen. Estos trabajos, que ridiculizan, son los que transforman el mundo, y derriban el paganismo, y sobre todo es la obra que el mismo Cristo emprendió. El Rey de reyes y el Señor de señores fue en un tiempo predicador. Por tres largos años fue por doquiera proclamando el Evangelio. Ya lo vemos en una casa, ya en la ladera de una montaña, ya en una sinagoga judía, o en un bote en el mar; pero siempre predicando y enseñando. "Para eso," dice, "he venido" Al concluir este pasaje hagamos la solemne resolución de "no despreciar nunca las profecías" 1 Tes. 5.20. Quizás el ministro que vamos a oír no tenga grandes dotes; posible es que sus sermones sean débiles y escasos de elocuencia; pero, no obstante acordémonos que la predicación la ha ordenado Dios para convertir las almas y salvarlas. El predicador fiel está empuñando la misma arma que el Hijo de Dios no se avergonzó de emplear. Esta es la obra de que Cristo dijo, "Para eso he venido" |
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Texto Bíblico
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Textos
Paralelos
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Referencias
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| Jesús sana a un leproso Marcos 1.40-45 40 Vino a él un leproso, rogándole; e hincada la rodilla, le dijo: Si quieres, puedes limpiarme. 41 Y Jesús, teniendo misericordia de él, extendió la mano y le tocó, y le dijo: Quiero, se limpio. 42 Y así que él hubo hablado, al instante la lepra se fue de aquel, y quedó limpio. 43 Entonces le encargó rigurosamente, y le despidió luego, 44 y le dijo: Mira, no digas a nadie nada, sino ve, muéstrate al sacerdote, y ofrece por tu purificación lo que Moisés mandó (Lv. 14.1-32) para testimonio a ellos. 45 Pero ido él, comenzó a publicarlo mucho y a divulgar el hecho, de manera que ya Jesús no podía entrar abiertamente en la ciudad, sino que se quedaba fuera en los lugares desiertos; y venían a él de todas partes. |
Jesús sana a un leproso Marcos 1.40-45 Mt.8.1-4; Lc.5.12-16 Mt.8.1-4 1 Cuando descendió Jesús del monte, le seguía mucha gente. 2 Y he aquí vino un leproso y se postró ante él, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme. 3 Jesús extendió la mano y le tocó, diciendo: Quiero; sé limpio. Y al instante su lepra desapareció. 4 Entonces Jesús le dijo: Mira, no lo digas a nadie; sino ve, muéstrate al sacerdote, y presenta la ofrenda que ordenó Moisés, para testimonio a ellos. Lc.5.12-16 12 Sucedió que estando él en una de las ciudades, se presentó un hombre lleno de lepra, el cual, viendo a Jesús, se postró con el rostro en tierra y le rogó, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme. 13 Entonces, extendiendo él la mano, le tocó, diciendo: Quiero; sé limpio. Y al instante la lepra se fue de él. 14 Y él le mandó que no lo dijese a nadie; sino ve, le dijo, muéstrate al sacerdote, y ofrece por tu purificación, según mandó Moisés, para testimonio a ellos. 15 Pero su fama se extendía más y más; y se reunía mucha gente para oírle, y para que les sanase de sus enfermedades. 16 Mas él se apartaba a lugares desiertos, y oraba. |
Marcos 44 Lv. 14.1-32 1 Y habló Jehová a Moisés, diciendo: 2 Esta será la ley para el leproso cuando se limpiare: Será traído al sacerdote, 3 y éste saldrá fuera del campamento y lo examinará; y si ve que está sana la plaga de la lepra del leproso, 4 el sacerdote mandará luego que se tomen para el que se purifica dos avecillas vivas, limpias, y madera de cedro, grana e hisopo. 5 Y mandará el sacerdote matar una avecilla en un vaso de barro sobre aguas corrientes. 6 Después tomará la avecilla viva, el cedro, la grana y el hisopo, y los mojará con la avecilla viva en la sangre de la avecilla muerta sobre las aguas corrientes; 7 y rociará siete veces sobre el que se purifica de la lepra, y le declarará limpio; y soltará la avecilla viva en el campo. 8 Y el que se purifica lavará sus vestidos, y raerá todo su pelo, y se lavará con agua, y será limpio; y después entrará en el campamento, y morará fuera de su tienda siete días. 9 Y el séptimo día raerá todo el pelo de su cabeza, su barba y las cejas de sus ojos y todo su pelo, y lavará sus vestidos, y lavará su cuerpo en agua, y será limpio. 10 El día octavo tomará dos corderos sin defecto, y una cordera de un año sin tacha, y tres décimas de efa de flor de harina para ofrenda amasada con aceite, y un log de aceite. 11 Y el sacerdote que le purifica presentará delante de Jehová al que se ha de limpiar, con aquellas cosas, a la puerta del tabernáculo de reunión; 12 y tomará el sacerdote un cordero y lo ofrecerá por la culpa, con el log de aceite, y lo mecerá como ofrenda mecida delante de Jehová. 13 Y degollará el cordero en el lugar donde se degüella el sacrificio por el pecado y el holocausto, en el lugar del santuario; porque como la víctima por el pecado, así también la víctima por la culpa es del sacerdote; es cosa muy sagrada. 14 Y el sacerdote tomará de la sangre de la víctima por la culpa, y la pondrá el sacerdote sobre el lóbulo de la oreja derecha del que se purifica, sobre el pulgar de su mano derecha y sobre el pulgar de su pie derecho. 15 Asimismo el sacerdote tomará del log de aceite, y lo echará sobre la palma de su mano izquierda, 16 y mojará su dedo derecho en el aceite que tiene en su mano izquierda, y esparcirá del aceite con su dedo siete veces delante de Jehová. 17 Y de lo que quedare del aceite que tiene en su mano, pondrá el sacerdote sobre el lóbulo de la oreja derecha del que se purifica, sobre el pulgar de su mano derecha y sobre el pulgar de su pie derecho, encima de la sangre del sacrificio por la culpa. 18 Y lo que quedare del aceite que tiene en su mano, lo pondrá sobre la cabeza del que se purifica; y hará el sacerdote expiación por él delante de Jehová. 19 Ofrecerá luego el sacerdote el sacrificio por el pecado, y hará expiación por el que se ha de purificar de su inmundicia; y después degollará el holocausto, 20 y hará subir el sacerdote el holocausto y la ofrenda sobre el altar. Así hará el sacerdote expiación por él, y será limpio. 21 Mas si fuere pobre, y no tuviere para tanto, entonces tomará un cordero para ser ofrecido como ofrenda mecida por la culpa, para reconciliarse, y una décima de efa de flor de harina amasada con aceite para ofrenda, y un log de aceite, 22 y dos tórtolas o dos palominos, según pueda; uno será para expiación por el pecado, y el otro para holocausto. 23 Al octavo día de su purificación traerá estas cosas al sacerdote, a la puerta del tabernáculo de reunión, delante de Jehová. 24 Y el sacerdote tomará el cordero de la expiación por la culpa, y el log de aceite, y los mecerá el sacerdote como ofrenda mecida delante de Jehová. 25 Luego degollará el cordero de la culpa, y el sacerdote tomará de la sangre de la culpa, y la pondrá sobre el lóbulo de la oreja derecha del que se purifica, sobre el pulgar de su mano derecha y sobre el pulgar de su pie derecho. 26 Y el sacerdote echará del aceite sobre la palma de su mano izquierda; 27 y con su dedo derecho el sacerdote rociará del aceite que tiene en su mano izquierda, siete veces delante de Jehová. 28 También el sacerdote pondrá del aceite que tiene en su mano sobre el lóbulo de la oreja derecha del que se purifica, sobre el pulgar de su mano derecha y sobre el pulgar de su pie derecho, en el lugar de la sangre de la culpa. 29 Y lo que sobre del aceite que el sacerdote tiene en su mano, lo pondrá sobre la cabeza del que se purifica, para reconciliarlo delante de Jehová. 30 Asimismo ofrecerá una de las tórtolas o uno de los palominos, según pueda. 31 Uno en sacrificio de expiación por el pecado, y el otro en holocausto, además de la ofrenda; y hará el sacerdote expiación por el que se ha de purificar, delante de Jehová. 32 Esta es la ley para el que hubiere tenido plaga de lepra, y no tuviere más para su purificación. |
| Comentarios J.C. Ryle Marcos 1.40-45 Leemos en estos versículos como nuestro Señor Jesucristo curó a un leproso. De todas las curas milagrosas de nuestro Señor, ninguna fue más maravillosa que las de los leprosos. Tan solo dos casos han sido descritos menudamente en la historia evangélica, y este es uno de ellos. Tratemos, ante todo, de comprender bien lo terrible de la enfermedad que Jesús curó. Muy poco o nada se conoce la lepra en los climas fríos y templados; pero en el Oriente es muy común. Es una dolencia incurable; porque no es, como algunos se imagina, una mera afección cutánea; es un mal que afecta profundamente todo el organismo. Ataca no tan solo la piel, sino la sangre, la carne y los huesos, hasta que el desgraciado paciente empieza a perder las extremidades y a corromperse pulgada a pulgada. Recordemos, además, que entre los judíos, el leproso era considerado impuro, y quedaba separado de la congregación de Israel sin poder tomar parte en el culto. Veíase obligado a habitar en una casa aislada; nadie podía tocarlo ni servirle. Recordemos todo esto para que podamos apreciar los sufrimientos indecibles de un leproso. Según se expresó Aaron, cuando intercedió por Miriam, era "como un cadáver, cuya carne estaba medio destruida" Num. 12.12 Pero ¿no existe entre nosotros algo parecido a la lepra? Y mucho que si. Hay una asquerosa enfermedad del alma arraigada en lo más íntimo de nuestra naturaleza, y adherida a la médula de nuestros huesos con furor mortífero. Tenemos la plaga del pecado que como la lepra, es una dolencia interna que inficiona todo nuestro ser, el corazón, la voluntad, la conciencia, la inteligencia, la memoria y los afectos. Como la lepra, nos hace abominables y asquerosos, indignos de la compañía de Dios, e incapaces de la Gloria del cielo. Como la lepra, no puede ser curada por ningún médico terrestre, y nos va arrastrando lenta pero ciertamente a la muerte segunda. Y lo que es más terrible que todo, es mucho peor que la lepra: porque ningún moral está exento de esa enfermedad. "Todos somos" a los ojos de Dios, "como cosa impura" Isaías 64.6 ¿Lo sabemos? ¿Lo hemos descubierto? ¿Estamos convencidos de nuestro pecado, de nuestra maldad, de nuestra corrupción? ¡Feliz el que ha aprendido a confesar que es un "miserable pecador", y que no hay "salud en el"! ¡Bienaventurado, en verdad, el que sabe que es un leproso espiritual, y una criatura mala, criminal y pecadora! Conocer nuestra dolencia es dar un paso hacia la curación; pues la perdición y la desgracia de muchas almas es que nunca vieron sus pecados ni sintieron la necesidad que las aqueja. Aprendamos, en segundo lugar, a conocer en estos versículos la omnipotencia maravillosa de nuestro Señor Jesucristo. Se nos dice que el infeliz leproso se acercó a nuestro Señor "suplicándole, y postrándose ante El" y diciéndole, "Si quieres, puedes dejarme limpio". Se nos dice que "Jesús, movido de compasión, extendió la mano, y tocándolo, le dijo, Quiero, se limpio" Y la curación fue instantánea. En aquel momento mismo aquella plaga mortal dejó libre al pobre paciente, y quedó curado. Bastó una palabra, un toque, y ahí está ante el Señor, no un leproso, sino un hombre sano y cabal. ¿Quién puede concebir el cambio inmenso que tuvo lugar en los sentimientos del leproso, cuando se vio curado? El sol de la mañana iluminó en él a un ser miserable, más muerto que vivo, una masa de úlceras y de corrupción, para quien la existencia era un peso. El sol de la tarde lo vio lleno de esperanza y de alegría, libre de dolores y apto para entra en la sociedad de los hombres, pasó como de muerte a vida. Bendigamos a Dios porque tenemos un Salvador que es omnipotente. Qué animo no da, y que consuelo no comunica el pensamiento que para Cristo no hay nada imposible. Puede curar las dolencias del corazón por agudas que sean. Nuestro Médico celestial puede curar todas las plagas del alma, cualquiera que sea su virulencia. Mientras tenga vida, no desesperemos de la salvación de nadie. La más violenta de las lepras espirituales puede aún sanarse. No hay ningún caso de lepra espiritual que pueda ser peor que los de Manases, Saul y Zaqueo, y sin embargo, todos ellos fueron curados. La sangre y el Espíritu de Cristo pueden llevar a los más grandes pecados a los pies de Dios. No se pierden los hombres porque sean demasiado malos para salvarse, sino porque no quieren acudir a Cristo que puede salvarlos. Aprendamos, por último, en estos versículos, que hay tiempos en que debemos guardar silencio respecto a las obras de Cristo, y otros en que debemos proclamarlas. Esta verdad se nos enseña de una manera muy notable. Vemos a nuestro Señor que encarga estrictamente a este hombre que no hable a nadie de su curo, que "no diga a ninguna persona" Vemos después a este hombre desobedecer esta orden en el ardor de su celo, y publicar y "vociferar" por do quiera su curación; y se nos dice que todo ello tuvo por resultado que Jesús "no pudiera volver a entrar en la ciudad, sino que estaba fuera en lugares solitarios" Esta es una lección profunda e importante, aunque sea dificultoso aplicarla rectamente. Claro es que hay épocas en que el Señor quiere que trabajemos para El con quietud y en silencio, antes que atraer la atención pública con un celo ruidoso. Hay un celo que "no es ilustrado" y otro que es el verdadero y digno de alabanza. Todo es bello en su sazón. En algunos casos podemos con tranquilidad y paciencia servir mejor que de otra manera cualquier la causa de nuestro Maestro. No debemos "dar lo que es santo a los perros" ni "arrojar perlas ante los cerdos" por olvidar estas reglas podemos hacer más mal que bien y retardar la causa que deseamos ayudar. No hay duda que el punto es delicado y de difícil apreciación. Es incuestionable que la mayoría de los cristianos se siente muchos más inclinada a guardar silencio respecto a su glorioso Señor, que a confesarlo delante de los hombres -y no necesitan tanto de la brida como del acicate. Pero tambpoco puede negarse que hay un tiempo para caca cosa; y conocer ese tiempo debe ser el gran empeño de todos los cristianos. Hay hombres muy buenos que tienen más celo que discreción y que hasta ayudan al enemigo de la verdad con palabras y actos inoportunos. Pidamos todos nosotros a Dios que nos conceda el Espíritu de sabiduría y la firmeza de alma. Empeñémonos en descubrir diariamente la senda de nuestro deber, y diariamente impetremos discreción y buen sentido. Seamos valientes como leones para confesar a Cristo y no temamos "hablar de El ante los príncipes", si necesario fuere. Pero no olvidemos jamás que la "Sabiduría es provechosa para guiar" Ecl. 10.11, y guardémonos de hacer daño con un celo mal entendido. |
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El Texto Bíblico esta siendo transcrito por:
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"Pero en cuanto a ti, enseña lo que está de acuerdo con la sana doctrina. Porque vendrá tiempo cuando no soportarán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oídos, acumularán para sí maestros conforme a sus propios deseos; y apartarán sus oídos de la verdad, y se volverán a mitos." (2 Timoteo 2:1; 4:3-4)
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