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La entrada triunfal en Jerusalén Marcos 11.1-11 1 Cuando se acercaban a Jerusalén, junto a Betfagé y a Betania, frente al monte de los Olivos, Jesús envió dos de sus discípulos, 2 y les dijo: Id a la aldea que está enfrente de vosotros, y luego que entréis en ella, hallaréis un pollino atado, en el cual ningún hombre ha montado; desatadlo y traedlo. 3 Y si alguien os dijere: ¿Por qué hacéis eso? Decid que el Señor lo necesita, y que luego lo devolverá. 4 Fueron, y hallaron el pollino atado afuera a la puerta, en el recodo del camino, y lo desataron. 5 Y unos de los que estaban allí les dijeron: ¿Qué hacéis desatando el pollino? 6 Ellos entonces les dijeron como Jesús había mandado; y los dejaron. 7 Y trajeron el pollino a Jesús, y echaron sobre él sus mantos, y se sentó sobre él. 8 También muchos tendían sus mantos por el camino, y otros cortaban ramas de los árboles, y las tendían por el camino. 9 Y los que iban delante y los que venían detrás daban voces, diciendo: ¡Hosanna! (Sal. 118.25) ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! (Sal. 118.26) 10 ¡Bendito el reino de nuestro padre David que viene! ¡Hosanna en las alturas! 11 Y entró Jesús en Jerusalén, y en el templo; y habiendo mirado alrededor todas las cosas, como ya anochecía, se fue a Betania con los doce. |
La entrada triunfal en Jerusalén Marcos 11.1-11 Mt. 21-1-11; Lc. 19.28-40; Jn. 12.12-19
Mt. 21-1-11
1 Cuando se acercaron a
Jerusalén, y vinieron a Betfagé, al monte de los Olivos, Jesús envió
dos discípulos, 2
diciéndoles: Id a la aldea que está
enfrente de vosotros, y luego hallaréis una asna atada, y un pollino con
ella; desatadla, y traédmelos. 3
Y si alguien os dijere algo, decid: El Señor
los necesita; y luego los enviará.
4 Todo esto aconteció para que se
cumpliese lo dicho por el profeta, cuando dijo:
5 Decid a la hija de Sion: He
aquí, tu Rey viene a ti, Manso, y sentado sobre una asna, Sobre un
pollino, hijo de animal de carga.
6 Y los discípulos fueron, e hicieron
como Jesús les mandó; 7 y trajeron el asna
y el pollino, y pusieron sobre ellos sus mantos; y él se sentó encima.
8 Y la multitud, que era muy
numerosa, tendía sus mantos en el camino; y otros cortaban ramas de los
árboles, y las tendían en el camino.
9 Y la gente que iba delante y la que iba
detrás aclamaba, diciendo: ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que
viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!
10 Cuando entró él en Jerusalén,
toda la ciudad se conmovió, diciendo: ¿Quién es éste?
11 Y la gente decía: Este es Jesús
el profeta, de Nazaret de Galilea. Jn. 12.12-19 12 El siguiente día, grandes multitudes que habían venido a la fiesta, al oír que Jesús venía a Jerusalén, 13 tomaron ramas de palmera y salieron a recibirle, y clamaban: ¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor, el Rey de Israel! 14 Y halló Jesús un asnillo, y montó sobre él, como está escrito: 15 No temas, hija de Sión; He aquí tu Rey viene, Montado sobre un pollino de asna. 16 Estas cosas no las entendieron sus discípulos al principio; pero cuando Jesús fue glorificado, entonces se acordaron de que estas cosas estaban escritas acerca de él, y de que se las habían hecho. 17 Y daba testimonio la gente que estaba con él cuando llamó a Lázaro del sepulcro, y le resucitó de los muertos. 18 Por lo cual también había venido la gente a recibirle, porque había oído que él había hecho esta señal. 19 Pero los fariseos dijeron entre sí: Ya veis que no conseguís nada. Mirad, el mundo se va tras él. |
Marcos 11.9 Sal. 118.25 Oh Jehová, sálvanos ahora, te ruego; Te ruego, Oh Jehová, que nos hagas prosperar ahora. Marcos 11.9 Sal. 118.26 Bendito el que viene en el nombre de Jehová; Desde la casa de Jehová os bendecimos. |
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Comentarios J.C. Ryle Marcos 11.1-11 El acontecimiento descrito en estos versículos es una excepción muy notable en la historia del ministerio terrenal de nuestro Señor. Generalmente hablando, vemos á Jesús evitando la publicidad, habitando con frecuencia en los desiertos, y realizando así la profecía que había anunciado, que "no gritaría, ni lucharía, ni dejaría oír su voz en las calles."En este caso, y solo en este, parece que nuestro Señor abandona su carácter privado, y deliberadamente hace fijar en El la atención pública. Hace una entrada pública en Jerusalén á la cabeza de sus discípulos; entra voluntariamente cabalgando en la ciudad, rodeado de una gran muchedumbre, que grita, Hosanna, como cuando el rey David volvía en triunfo á su palacio. 2 Sam. 19.40. Todo esto también tuvo lugar en una época en que millares de judíos se reunían de todas partes en Jerusalén para celebrar la Pascua. Bien podemos creer que la santa ciudad resonó con las nuevas de la llegada de nuestro Señor. Probable es que no hubo una casa en Jerusalén en que no se supiese la entrada del profeta de Nazaret y en que aquella noche no se hablase de ella. Recordemos siempre estas cosas al leer esta parte de la historia de nuestro Señor. Por algo es que se relata cuatro veces en el Nuevo Testamento esta entrada en Jerusalén. Es evidente que tiene por objeto que los cristianos estudien con especial atención escena de la vida terrestre de Jesús Estudiémosla con ese espíritu, y veamos que lecciones prácticas podemos aprender en este pasaje para bien de nuestras almas. Observemos, en primer lugar, cuan público hizo intencionalmente nuestro Señor el último acto de su vida. Vino á morir á Jerusalén, y quiso que toda Jerusalén lo supiese. Cuando enseñaba las doctrinas más abstrusas del Espíritu, no hablaba regularmente sino con sus discípulos. Cuando decía sus parábolas, no se dirigía frecuentemente sino á una multitud de galileos pobres é ignorantes. Cuando hacia sus milagros, era generalmente en Capernaúm, ó en la tierra de Zabulón y Neftalí. Pero cuando llegó el momento en que debía morir, hizo su entrada pública en Jerusalén. Llamó hacia El la atención de los gobernadores, de los sacerdotes y ancianos, de escribas, griegos y romanos. Sabía que iba á verificarse el acontecimiento más portentoso que había tenido lugar en este mundo. El Hijo Eterno de Dios iba á sufrir por los hombres pecadores, el gran Cordero Pascual iba á ser sacrificado, la gran expiación iba á realizarse. Por tanto ordenó que su muerte fuese en grado eminente pública. Arregló las cosas de manera que todos los ojos en Jerusalén se fijasen en El, y que cuando muriera, presenciaran su muerte muchos testigos. He aquí una prueba más de la importancia indecible de la muerte de Cristo. Conservemos como un tesoro sus palabras; tratemos de imitar su santa vida; apreciemos en lo que vale su intercesión; y deseemos con ansia su segunda venida; pero no olvidemos que su muerte en la cruz es el hecho que corona todo lo que de Jesucristo sabemos. De esa muerte dimanan todas nuestras esperanzas; sin ella no podríamos asentar nuestras plantas en nada sólido. Demos, según .vayamos viviendo, más y más valor a esa muerte, y cuando pensemos en Cristo, que nada nos regocije más que el gran hecho que por nosotros murió. Observemos, en segundo lugar, en este pasaje, la pobreza voluntaria á que se sometió nuestro Señor, cuando estuvo en la tierra. ¿Como entró en Jerusalén cuándo llegó á ella en esta ocasión tan notable? ¿Vino en un carro real, con caballos, soldados, y gran séquito, como los reyes de la tierra? Nada de eso se nos dice. Leemos que pidió prestado un pollino para ese acto, y que montó sirviéndole de silla los vestidos de sus discípulos. Esto estaba en armonía con todo el tenor de su ministerio. Nunca poseyó ninguna de las riquezas de este mundo. Cuando cruzó el mar de Galilea lo hizo en un bote prestado; cuando cabalgó para entrar en la santa ciudad, fue en un animal prestado, y cuando fue sepultado, lo enterraron en un sepulcro prestado. Tenemos en estos hechos tan sencillos una muestra de esa mezcla maravillosa de debilidad y poder, de riqueza y pobreza, de divinidad y humanidad, que descubrimos tan á menudo en la historia de nuestro bendito Salvador. ¿Quién, si lee los Evangelios con cuidado, puede dejar de observar, que Aquel que tuvo poder para alimentar á millares de personas con unos pocos panes, estaba algunas veces hambriento; que Aquel que podía curar á los inválidos y enfermos, se encontraba algunas veces cansado; que Aquel que podía lanzar los demonios con una palabra, se vio también tentado; y que Aquel que podía resucitar á los muertos, iba á someterse á la muerte? Lo mismo descubrimos en el pasaje que meditamos. Vemos el poder de nuestro Señor al dominar las voluntades de una vasta multitud de hombres y hacerles que lo lleven á Jerusalén en triunfo, y al mismo tiempo vemos su pobreza al verse obligado á pedir prestado un pollino para cabalgar en él en su entrada triunfal. Todo esto es maravilloso, pero muy apropiado. Justo es y debido que no olvidemos la unión de la naturaleza humana y de la naturaleza divina en la persona de nuestro Señor. Si contempláramos tan solo sus actos divinos podríamos olvidar que era hombre. Si lo observáramos tan solo en sus momentos de pobreza y debilidad, olvidaríamos que era Dios. Pero se quiere que veamos en Jesús la fuerza divina y la debilidad humana unidas en una persona. No podemos explicar ese misterio, pero podemos consolarnos con la idea de que "es nuestro Salvador, nuestro Cristo; capaz de simpatizar porque es hombre, pero Omnipotente para salvarnos porque es Dios." Finalmente, veamos en ese hecho tan simple, de haber cabalgado nuestro Señor en un asno, una prueba más de que la pobreza no es pecado. No hay duda que pecaminosas son las causas que producen mucha de la pobreza que vemos en torno nuestro. Borrachera, despilfarro, libertinaje, deshonestidad, pereza, todo esto es malo ante Dios, y produce la mayor parte de las miserias del mundo. Pero nacer pobre, no heredar nada de nuestros padres, trabajar con nuestras manos para ganar nuestro pan, no tener tierras-que nos pertenezcan, eso, sí, que no es pecado ni remotamente. El pobre honrado es tan respetable a los ojos de Dios como el rey más opulento. El Señor Jesucristo era pobre; no tenía plata ni oro; no tenia muchas veces en donde reclinar su cabeza. Aunque era rico, se hizo pobre por amor á nosotros, y estar colocado en sus propias circunstancias, no puede ser malo en sí. Cumplamos con nuestro deber en la condición que Dios nos ha impuesto, y si juzga conveniente mantenernos pobres, no nos avergoncemos de .ello. El Salvador de los pecadores se ocupa de nosotros, como de los demás. El Salvador de los pecadores sabe lo que es ser pobre |
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Maldición de la higuera estéril Marcos 11.12-14 12 Al día siguiente, cuando salieron de Betania, tuvo hambre. 13 Y viendo de lejos una higuera que tenía hojas, fue a ver si tal vez hallaba en ella algo; pero cuando llegó a ella, nada halló sino hojas, pues no era tiempo de higos. 14 Entonces Jesús dijo a la higuera: Nunca jamás coma nadie fruto de ti. Y lo oyeron sus discípulos. |
Maldición de la higuera estéril Marcos 11.12-14 Mt. 21.18-19 18 Por la mañana, volviendo a la ciudad, tuvo hambre. 19 Y viendo una higuera cerca del camino, vino a ella, y no halló nada en ella, sino hojas solamente; y le dijo: Nunca jamás nazca de ti fruto. Y luego se secó la higuera. |
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Purificación del Templo Marcos 11.15-19 15 Vinieron, pues, a Jerusalén; y entrando Jesús en el templo, comenzó a echar fuera a los que vendían y compraban en el templo; y volcó las mesas de los cambistas, y las sillas de los que vendían palomas; 16 y no consentía que nadie atravesase el templo llevando utensilio alguno. 17 Y les enseñaba, diciendo: ¿No está escrito: Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones? (Is. 56.7) Mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones. (Jer. 7.11) 18 Y lo oyeron los escribas y los principales sacerdotes, y buscaban cómo matarle; porque le tenían miedo, por cuanto todo el pueblo estaba admirado de su doctrina. 19 Pero al llegar la noche, Jesús salió de la ciudad. |
Purificación del Templo Marcos 11.15-19 Mt. 21.12-17; Lc. 19.45-48; Jn. 2.13.22 Mt. 21.12-17 12 Y entró Jesús en el templo de Dios, y echó fuera a todos los que vendían y compraban en el templo, y volcó las mesas de los cambistas, y las sillas de los que vendían palomas; 13 y les dijo: Escrito está: Mi casa, casa de oración será llamada; mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones. 14 Y vinieron a él en el templo ciegos y cojos, y los sanó. 15 Pero los principales sacerdotes y los escribas, viendo las maravillas que hacía, y a los muchachos aclamando en el templo y diciendo: ¡Hosanna al Hijo de David! se indignaron, 16 y le dijeron: ¿Oyes lo que éstos dicen? Y Jesús les dijo: Sí; ¿nunca leísteis: De la boca de los niños y de los que maman Perfeccionaste la alabanza? 17 Y dejándolos, salió fuera de la ciudad a Betania, y posó allí. Lc. 19.45-48 45 Y entrando en el templo, comenzó a echar fuera a todos los que vendían y compraban en él, 46 diciéndoles: Escrito está: Mi casa es casa de oración; mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones. 47 Y enseñaba cada día en el templo; pero los principales sacerdotes, los escribas y los principales del pueblo procuraban matarle. 48 Y no hallaban nada que pudieran hacerle, porque todo el pueblo estaba suspenso oyéndole. Jn. 2.13.22 12 Después de esto descendieron a Capernaúm, él, su madre, sus hermanos y sus discípulos; y estuvieron allí no muchos días. 13 Estaba cerca la pascua de los judíos; y subió Jesús a Jerusalén, 14 y halló en el templo a los que vendían bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas allí sentados. 15 Y haciendo un azote de cuerdas, echó fuera del templo a todos, y las ovejas y los bueyes; y esparció las monedas de los cambistas, y volcó las mesas; 16 y dijo a los que vendían palomas: Quitad de aquí esto, y no hagáis de la casa de mí Padre casa de mercado. 17 Entonces se acordaron sus discípulos que está escrito: El celo de tu casa me consume. 18 Y los judíos respondieron y le dijeron: ¿Qué señal nos muestras, ya que haces esto? 19 Respondió Jesús y les dijo: Destruid este templo, y en tres días lo levantaré. 20 Dijeron luego los judíos: En cuarenta y seis años fue edificado este templo, ¿y tú en tres días lo levantarás? 21 Más él hablaba del templo de su cuerpo. 22 Por tanto, cuando resucitó de entre los muertos, sus discípulos se acordaron que había dicho esto; y creyeron la Escritura y la palabra que Jesús había dicho. |
Marcos 11.17 Is. 56.7 yo los llevaré a mi santo monte, y los recrearé en mi casa de oración; sus holocaustos y sus sacrificios serán aceptos sobre mi altar; porque mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos. Marcos 11.17 Jer. 7.11 ¿Es cueva de ladrones delante de vuestros ojos esta casa sobre la cual es invocado mi nombre? He aquí que también yo lo veo, dice Jehová. |
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Comentarios J.C. Ryle Vemos al principio de este pasaje una de las muchas pruebas de que nuestro Señor Jesucristo era realmente hombre. Leemos que " tenia hambre." Tenia una naturaleza y una constitución corporal, exactamente iguales á las nuestras en todo excepto el pecado Lloraba, se regocijaba, sufría dolores; se cansaba y necesitaba descanso, tenia sed y necesitaba agua ; tenia hambre y necesitaba alimento. Expresiones como estas debieran enseñarnos cual era la condescendencia de Cristo. ¡Que -admirable cuando en ella reflexionamos! Aquel que es Dios eterno, que hizo el mundo y lo que encierra, de cuyas manos brotaron los frutos de la tierra, los pescados del mar, los pájaros del aire, las bestias de los campos, se dignó sufrir hambre, cuando vino al mundo á salvar á los pecadores. Este es un gran misterio. Bondad y amor que exceden la humana inteligencia. No es de admirarnos, pues, que S. Pablo hable de las "insondables riquezas de Cristo." Efes. 3.8. Expresiones como estas deberían mostrarnos como puede Cristo simpatizar con los fieles que viven sobre la tierra. Sabe por experiencia cuales son sus penas. Puede conmoverse con el sentimiento de sus miserias. Sabe lo que es tener un cuerpo, con sus necesidades diarias. Ha experimentado los sufrimientos más terribles á que puede someterse el cuerpo humano. Ha probado lo que es debilidad, dolor, cansancio, hambre y sed. Cuando en nuestras oraciones le hablamos de estas cosas, sabe lo que decimos, y no le cogen de nuevo nuestras angustias. Ciertamente que este es el Salvador y Amigo que requiere esta pobre humanidad dolorida y quejosa. Aprendemos, en segundo lugar, en estos versículos el gran peligro de una religión que consiste en formas y que no produce frutos Es una lección que nuestro Señor nos da de una manera típica. Se nos dice que como se acercara á una higuera en busca de higos, y no encontrara "en ella sino hojas," pronunció esta solemne sentencia: "Que ningún hombre coma fruto de ti nunca más en adelante." Y se agrega que al día siguiente se encontró la higuera "seca desde las raíces." No podemos dudar que este acontecimiento fue un emblema de cosas espirituales. Fue una parábola en acción, tan significativa como cualquiera otra de las parábolas habladas de nuestro Señor. Pero ¿á quienes son á los que debe dirigirse y hablar esa higuera seca? Fue un sermón que podía aplicarse de tres maneras sermón que debería clamar en voz muy alta á la conciencia de todos los que hacen profesión de ser cristianos. Aunque marchito y seca esa higuera habla aún. De ella salía una voz para la iglesia judaica. Rica en hojas que eran las formas de su religión, pero estéril en frutos del Espíritu, esa iglesia estaba en gran peligro, precisamente cuando tuvo lugar ese fenómeno. ¡Que bueno hubiera sido para la iglesia judaica tener ojos para ver su peligro! De ella salía una voz para todas las ramificaciones de la iglesia visible de Cristo en todas épocas y en todas las partes del mundo. Era un apercibimiento contra las profesiones huecas de Cristianismo que no estén acompañadas de doctrina sana y de santidad de vida, y que harían bien en atesorar en su corazón algunas de ellas. Pero especialmente una voz salía de esa higuera seca que se dirige á todos los cristianos carnales, hipócritas y falsos. ¡Que gran bien reportarían todos los que se contentan con vivir en el nombre aunque estén muertos en realidad, al contemplarse en el espejo de este pasaje! Cuidemos cada uno de nosotros individualmente de aprender la lección que encierra esta higuera. Recordemos siempre, que el bautismo, que ser miembros de la iglesia, participar de la cena del Señor y la práctica asidua de las formas externas del Cristianismo, no son suficientes para salvar nuestras almas. Son hojas, hojarasca y nada más, que sin frutos contribuirán á nuestra condenación. Como las hojas de higuera de que se hicieron cubiertas Adán y Eva, no podrán ocultar la desnudez de nuestras almas á loa ojos de un Dios que todo lo ve, ni darnos valor cuando estemos en su presencia el día final. ¡No! tenemos que producir frutos, ó nos perdemos para siempre. Debe haber frutos en nuestros corazones, y frutos en los actos de nuestra vida, frutos de arrepentimiento hacia Dios, y de fe en nuestro Señor Jesucristo, y de verdadera santidad en nuestra conducta. Sin frutos de esta clase una profesión estéril de Cristianismo nos hundirá más profundamente en el infierno. Aprendemos, finalmente, en este pasaje, con que reverencia debemos estar en los lugares dedicados al culto público. Verdad es esa que nos enseña de una manera vivida la conducta de nuestro Señor Jesucristo cuando entró en el templo. Se nos dice "que lanzó á los que vendían y compraban en el templo, y derribó las mesas de los cambistas, y los puestos de los que vendían palomas." Y eso nos dice además que ratificó estos actos con la autoridad de la Escritura, diciendo : " ¿No está escrito, Mi casa será llamada por todas las naciones casa de oración ? pero vosotros la habéis convertido en cueva de ladrones." No debemos dudar que nuestro Señor en esta ocasión dio á sus actos una profunda significación. Como la maldición de la higuera, toda esta escena fue eminentemente típica. Pero al decir esto, no debemos perder de vista la obvia y sencilla lección que se desprende de la superficie de este pasaje. Esta lección es lo pecaminoso de una conducta descuidada ó irreverente en el uso de los edificios dedicados al servicio público de Dios. Nuestro Señor purificaba el templo no tanto como casa de sacrificio, cuanto como "casa de oración." Su conducta indica claramente que sentimientos debemos abrigar respecto á toda "casa de oración." Un lugar dedicado al culto cristiano indudablemente que no es en ningún sentido tan sagrado como el tabernáculo, ó templo judaico. Sus arreglos internos no tienen ningún significado típico. No se ha fabricado siguiendo un modelo divino, ni tiene por objeto servir como una muestra de cosas divinas y celestes. Pero porque así sea, no se sigue de ello, que no se debe mostrar más reverencia á un templo cristiano que á una casa privada, á una tienda ó una posada. Hay una reverencia decente, que debemos tributar al lugar en que Cristo y su pueblo se reúnen con regularidad y en que se ofrecen plegarias públicas, reverencia que es necio y torpe acusar de supersticiosa y confundir con el papismo. Hay un sentimiento especial que reviste de santidad y de solemnidad todos los lugares en que se predica á Cristo, y en donde las almas vuelven á nacer, sentimiento que no se funda en ninguna consagración hecha por manos de hombre, y, que lejos de ahogarse, debe estimularse. De todas maneras la intención de nuestro Señor Jesús en este pasaje nos parece muy clara. Se ocupa de la conducta que se observa en los lugares en que se le tributa culto, y á sus ojos toda irreverencia ó profanación es una ofensa á Dios. Recordemos estos versículos siempre que vayamos á la casa de Dios, y procuremos ir con gravedad, no para ofrecer el sacrificio de los necios. Acordémonos en donde estamos, lo que hacemos allí, de qué vamos á ocuparnos, y en la presencia de quien nos encontramos. Guardémonos de tributar á Dios un culto tan solo de formalidades externas, mientras nuestros corazones están llenos del mundo. Dejemos en casa nuestros negocios y el cuidado de nuestro dinero, y no los llevemos á la iglesia. No permitamos que en medio de nuestras asambleas religiosas, se celebren compras y ventas en lo interior de nuestros corazones. El Señor, que arrojó del templo á los traficantes, vive aun, y es mucho su desagrado cuando contempla tal conducta. |
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La higuera maldecida se seca Marcos 11.20-26 20 Y pasando por la mañana, vieron que la higuera se había secado desde las raíces. 21 Entonces Pedro, acordándose, le dijo: Maestro, mira, la higuera que maldijiste se ha secado. 22 Respondiendo Jesús, les dijo: Tened fe en Dios. 23 Porque de cierto os digo que cualquiera que dijere a este monte: Quítate y échate en el mar, y no dudare en su corazón, sino creyere que será hecho lo que dice, lo que diga le será hecho. (Mt. 17.20; 1 Co. 13.2) 24 Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá. 25 Y cuando estéis orando, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone a vosotros vuestras ofensas. 26 Porque si vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre que está en los cielos os perdonará vuestras ofensas. (Mt. 6.14-15) |
La higuera maldecida se seca Marcos 11.20-26 Mt. 21.19-22 19 Y viendo una higuera cerca del camino, vino a ella, y no halló nada en ella, sino hojas solamente; y le dijo: Nunca jamás nazca de ti fruto. Y luego se secó la higuera. 20 Viendo esto los discípulos, decían maravillados: ¿Cómo es que se secó en seguida la higuera? 21 Respondiendo Jesús, les dijo: De cierto os digo, que si tuviereis fe, y no dudareis, no sólo haréis esto de la higuera, sino que si a este monte dijereis: Quítate y échate en el mar, será hecho. 22 Y todo lo que pidiereis en oración, creyendo, lo recibiréis. |
Marcos 11.23 Mt. 17.20; 1 Co. 13.2 Mt. 17.20 Jesús les dijo: Por vuestra poca fe; porque de cierto os digo, que si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible. 1 Co. 13.2 Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy. Marcos 11.25-26 Mt. 6.14-15 15 Ellos dijeron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas. 15 El les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? |
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Comentarios J.C. Ryle Aprendemos en estas palabras de nuestro Señor Jesucristo la inmensa importancia de la fe. Es una lección que nuestro Señor nos transmite primero por medio de un dicho proverbial. La fe hace al hombre capaz de dar cima á empresas, y de superar dificultades tan grandes y formidables, como remover una montaña, y arrojarla al mar. Trata después de grabar más profundamente en nosotros esa lección exhortándonos á ejercitar la fe cuando oramos. "Todo lo que orando pidiereis, creed que lo recibiréis, y os vendrá." Esta promesa debe, por supuesto, aceptarse con ciertas modificaciones razonables. Se supone que un creyente pedirá lo que no es pecaminoso, y solo lo que esté en armonía con la voluntad de Dios. Cuando pide tales cosas, debe creer con confianza quo su plegaria será oída. Digamos usando las palabras de Santiago, "Demande con fe, no dudando nada." Sant. 1.6. Debe distinguirse la fe que aquí se recomienda de la que es necesaria para nuestra justificación. En lo absoluto, la verdadera fe no es más que una, y es siempre la misma; pero en los objetos y en las operaciones de la fe, hay diversidades que es útil comprender. La fe justificante es ese acto del alma por medio del cual nos asimilamos á Cristo, y entramos en paz con Dios. Su objeto especial es la expiación del pecado, que Jesús hizo por nosotros en la cruz. La fe de que habla el pasaje que nos ocupa tiene una significación más general: es producto, al mismo tiempo que compañera, de la fe justificante, pero no debe confundirse con esta. Es más bien una confianza completa y absoluta en el poder y en la sabiduría de Dios, y en su buena voluntad para con los que creen; y son objetos especiales suyos, las promesas, la palabra, y el carácter de Dios en Cristo. Confiar en que Dios socorrerá por su poder y por su voluntad á todo el que crea en Cristo, y tener la convicción de la verdad de todas las palabras que Dios ha hablado, es el gran secreto del buen éxito y de la prosperidad en nuestra religión. Es de hecho la raíz del Cristianismo que salva. "Por ella los ancianos obtuvieron buena fama." "El que se dirige á Dios debe creer que existe y que es recompensador de los que lo buscan con diligencia." Para comprender lo que ella vale á los ojos de Dios, deberíamos estudiar con frecuencia el capítulo undécimo de la Epístola á los Hebreos. ¿Deseamos crecer en gracia, y en el conocimiento do nuestro Señor Jesucristo? ¿Queremos hacer progresos en religión, y llegar á ser cristianos robustos, y no permanecer como infantes en las cosas espirituales? Impetremos en nuestras oraciones diarias más fe, y vigilemos nuestra fe llenos de celo. Esta es la piedra angular ce la religión. Un pelo ó un punto débil en ella afectará la condición toda de nuestra vida íntima. Según sea nuestra fe así será el grado de nuestra paz, de nuestra esperanza, de nuestra alegría, de nuestra decisión en el servicio de Cristo, nuestro valor para confesar, nuestra resistencia para trabajar, nuestra resignación en las desgracias, nuestro consuelo sensible en la oración. Todo, todo estriba en la proporción de nuestra fe. Felices los que saben reclinar todo su peso en el Dios de la alianza, y marchar por la fe, no por la vista. "El que cree no se precipita." Isaías 28.16. Aprendemos, además, en estos versículos, la absoluta necesidad en que estamos de sentirnos siempre dispuestos á perdonar á nuestros prójimos. Esta lección se nos da de una manera muy eficaz. No hay un enlace inmediato entre la importancia de la fe, de que acababa de hablar nuestro Señor, y el perdón de las injurias; pero la plegaria es el anillo que une los dos puntos. Primeramente se nos dice que la fe es esencial para el logro de nuestras plegarias, y después se agrega que las plegarias no serán oídas si no las hacemos con un corazón clemente. "Cuando estuviereis orando, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que nuestro Padre que está en los cielos os perdone vuestras ofensas." Todos podemos comprender que el valor de nuestras plegarias depende mucho de la condición en que se encuentra nuestra alma cuando las dirigimos. Pero el punto que nos ocupa ahora no recibe toda la atención que merece. No solo deben ser nuestras plegarias fervorosas, sentidas y sinceras, y en nombre de Cristo; deben contener otro ingrediente: deben brotar de un corazón compasivo y clemente. No tenemos ningún derecho á esperar misericordia, si no estamos dispuestos á manifestárselo á nuestros hermanos. No podemos sentir realmente la gravedad de los pecados por que pedimos perdón, si abrigamos malos sentimientos contra nuestros prójimos. Debemos en la tierra tener hacia ellos un corazón de hermano, si deseamos que Dios sea en el cielo nuestro Padre. No nos lisonjeemos con la idea de poseer el Espíritu de adopción, si no podemos sobrellevar y perdonar. Esta es una materia que nos obliga á registrar nuestra conciencia. Horriblemente grande es la cantidad de malevolencia, de amargura, de espíritu de partido que llena el alma de los cristianos. No es de admirar que tantas oraciones sean al parecer descartadas y queden sin respuesta. Asunto es este que interesa mucho á los cristianos. Todos no tienen el mismo don de comprender y expresarse cuando se aproximan á Dios; pero todos pueden perdonar á sus prójimos. Nuestro Señor Jesucristo se ha tomado un trabajo especial en grabar este principio en nuestras almas. Le ha dado un lugar muy preeminente en ese dechado de la manera de orar, en la oración dominical. Desde nuestro infancia nos familiarizamos con estas palabras: "perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos á nuestros deudores" y ¡Que bueno seria para muchos, si meditasen en lo que esas palabras significan! No dejemos este pasaje sin un severo examen de nosotros mismos. ¿Sabemos lo que es tener una disposición misericordiosa y clemente? ¿Podemos olvidar las injurias que hemos recibido en este mundo tan malo? ¿Podemos desentendernos de las transgresiones contra nosotros y perdonar las ofensas? Si no, ¿cual es nuestro Cristianismo? Si no, ¿porque admirarnos de que no haya paz en nuestras almas? Resolvámonos á enmendar nuestras disposiciones, y determinémonos á perdonar, si esperamos ser perdonados. Así es como más nos podremos acercar al duchado que nos presentó Jesucristo. Este es el carácter que mejor sienta á un hijo de Adán, pobre y pecador. Nuestro privilegio más elevado en este mundo es el perdón gratuito de los pecados por Dios. Nuestro único título á la vida eterna en el mundo venidero es el perdón gratuito de Dios. Perdonemos, pues, y estemos perdonando durante los pocos años que vivamos en la tierra. |
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La autoridad de Jesús Marcos 11.27-33 27 Volvieron entonces a Jerusalén; y andando él por el templo, vinieron a él los principales sacerdotes, los escribas y los ancianos, 28 y le dijeron: ¿Con qué autoridad haces estas cosas, y quién te dio autoridad para hacer estas cosas? 29 Jesús, respondiendo, les dijo: Os haré yo también una pregunta; respondedme, y os diré con qué autoridad hago estas cosas. 30 El bautismo de Juan, ¿era del cielo, o de los hombres? Respondedme. 31 Entonces ellos discutían entre sí, diciendo: Si decimos, del cielo, dirá: ¿Por qué, pues, no le creísteis? 32 ¿Y si decimos, de los hombres...? Pero temían al pueblo, pues todos tenían a Juan como un verdadero profeta. 33 Así que, respondiendo, dijeron a Jesús: No sabemos. Entonces respondiendo Jesús, les dijo: Tampoco yo os digo con qué autoridad hago estas cosas. |
La autoridad de Jesús Marcos 11.27-33 Mt. 21.23-27; Lc. 20.1-8 Mt. 21.23-27 23 Cuando vino al templo, los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo se acercaron a él mientras enseñaba, y le dijeron: ¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿Y quién te dio esta autoridad? 24 Respondiendo Jesús, les dijo: Yo también os haré una pregunta, y si me la contestáis, también yo os diré con qué autoridad hago estas cosas. 25 El bautismo de Juan, ¿de dónde era? ¿Del cielo, o de los hombres? Ellos entonces discutían entre sí, diciendo: Si decimos, del cielo, nos dirá: ¿Por qué, pues, no le creísteis? 26 Y si decimos, de los hombres, tememos al pueblo; porque todos tienen a Juan por profeta. 27 Y respondiendo a Jesús, dijeron: No sabemos. Y él también les dijo: Tampoco yo os digo con qué autoridad hago estas cosas. Lc. 20.1-8 1 Sucedió un día, que enseñando Jesús al pueblo en el templo, y anunciando el evangelio, llegaron los principales sacerdotes y los escribas, con los ancianos, 2 y le hablaron diciendo: Dinos: ¿con qué autoridad haces estas cosas? ¿O quién es el que te ha dado esta autoridad? 3 Respondiendo Jesús, les dijo: Os haré yo también una pregunta; respondedme: 4 El bautismo de Juan, ¿era del cielo, o de los hombres? 5 Entonces ellos discutían entre sí, diciendo: Si decimos, del cielo, dirá: ¿Por qué, pues, no le creísteis? 6 Y si decimos, de los hombres, todo el pueblo nos apedreará; porque están persuadidos de que Juan era profeta. 7 Y respondieron que no sabían de dónde fuese. 8 Entonces Jesús les dijo: Yo tampoco os diré con qué autoridad hago estas cosas. |
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Comentarios J.C. Ryle Notemos cuanta ceguedad espiritual puede existir en los corazones de los que ocupan puestos eclesiásticos elevados. Vemos "á los príncipes de los sacerdotes y escribas y ancianos " dirigiéndose á nuestro Señor, y suscitando dificultades y objeciones en su camino. Sabemos que estos hombres eran maestros acreditados y gobernadores de la iglesia judaica; que eran considerados fuentes y manantiales de los conocimientos religiosos. La mayor parte de ellos habían sido ordenados en regla para ocupar el puesto que tenían, y podían trazar sus órdenes sacerdotales en una descendencia regular desde Aarón. Y, sin embargo, vemos á estos mismos hombres, en el momento en que debían ser maestros de los demás, llenos de preocupaciones contra la verdad, y ser enemigos acérrimos del Mesías. Estas cosas se han escrito para enseñar á los cristianos que no deben fiarse demasiado de hombres que han sido ordenados. No deben considerar á los ministros como si fueran papas, ni mirarlos como infalibles. Ninguna iglesia puede conferir con las órdenes infalibilidad, ya sea la iglesia episcopal, la presbiteriana, ó la independiente. Lo que menos podemos decir respecto á obispos, ministros y diáconos, es que son de carne y hueso, y que pueden errar, tanto en doctrinas como en prácticas, lo mismo que los príncipes de los sacerdotes y que los ancianos de los Judíos. Sus actos y su enseñanza deben comprobarse con la palabra de Dios. Debemos seguirlos en cuanto ellos siguen las Escrituras y no más lejos No hay más que un Sacerdote y Obispo de las almas que nunca se equivoca, y ese es el Señor Jesucristo. En El solo no hay debilidad, ni equivocación, ni asomo de flaqueza. Aprendamos á apoyarnos más por completo en El. "No llamemos 'Padre' á ningún hombre en la tierra." Mateo 23.9. Que si así obramos, nunca nos veremos chasqueados. Observemos, en segundo lugar, como la envidia y la incredulidad impelen á los hombres á desacreditar las comisiones de los que trabajan en la causa de Dios. Esos príncipes de los sacerdotes y esos ancianos no podían negar la realidad de los milagros misericordiosos de nuestro Señor. No podían decir que su enseñanza era contraria á las Santas Escrituras, ni que su vida era pecadora. ¿Qué hicieron pues? Dijeron que no tenía títulos ningunos á que se le prestara atención, y le preguntaron con que autoridad obraba. "¿Con que autoridad haces estas cosas? ¿Y quién te ha dado esta autoridad? No puede haber duda ninguna, que en términos generales, todos los que se dedican á enseñar, deberían ser nombrados siguiendo ciertas reglas. El mismo S. Pablo declara que nuestro mismo Señor obró de esa manera, en referencia al carácter sacerdotal: "Ni nadie toma para sí mismo esta honra, sino el que es llamado de Dios, como lo fue Aarón." Heb. 5.18. Y aun ahora, que ya no existe el oficio de sacrificador, las palabras del Artículo veinte y tres de la constitución de la iglesia anglicana son muy sabias y escriturarias. "No es permitido á hombre alguno asumir el cargo de predicador público, ni administrar los sacramentos á la congregación, sin ser antes legítimamente llamado á desempeñarlo, y ser del mismo modo comisionado á ejecutarlo. Y debemos considerar Ilegítimamente llamados y comisionados á aquellos que lo son por los que están revestidos de autoridad pública, que les ha concedido la congregación, para llamar y comisionar ministros que sirvan en la viña del Señor." Pero una cosa es mantener la legitimidad de un nombramiento especial para administrar las cosas sagradas, y otra muy distinta asegurar que es lo único que se necesita, y que sin ese nombramiento ó esa licencia no se puede trabajar en la causa del Señor. En esto erraron evidentemente los judíos de la época del ministerio terrestre de nuestro Señor, y en ese error los han seguido desgraciadamente muchos hasta en el día presente. Guardémonos de ese espíritu estrecho, principalmente en esta época en que vivimos. Es incuestionable que no debemos menospreciar el orden y la disciplina de la iglesia; tiene en ella tanto valor como en un ejército. Pero no vayamos á imaginarnos que Dios está obligado absolutamente á no valerse sino de hombres que han sido ordenados. No debemos olvidar que puede haber un llamamiento interno del Espíritu Santo sin ningún llamamiento externo de parte del hombre, no menos que á la inversa, llamamiento humano sin ningún llamamiento interno del Espíritu Santo. La primera investigación que debe hacerse es esta: " ¿Está un hombre por Cristo, ó contra El? ¿Qué enseña? ¿Cómo vive? ¿Hace bien?" Si estas preguntas pueden responderse satisfactoriamente, demos gracias á Dios, y regocijémonos. Debemos recordar que el médico es inútil, por elevado que sea su grado y por bueno que sea a título, si no cura ; y un soldado es también inútil, por bien vestido y disciplinado que esté, si no le hace frente al enemigo, el día de la batalla. El mejor doctor es el que cura, y el mejor soldado el que sabe batirse. Observemos, finalmente, á qué deshonestidad y á que errores pueden ser arrastrados los incrédulos por sus preocupaciones contra la verdad. Les príncipes de los sacerdotes y los ancianos no se atrevieron á contestar la pregunta de nuestro Señor respecto al bautismo de Juan. No se atrevieron á decir que era "de los hombres," porque temían al pueblo; ni á confesar que era "del cielo," porque comprendieron que nuestro Señor les hubiera dicho, " ¿Porqué no lo creísteis? Daba muy claro testimonio de mí." ¿Qué hicieron pues? Dijeron una mentira intencional. Dijeron, "No podemos decirlo." Es un hecho muy triste, que esa falta de honradez no es poco común entre los inconversos. Hay muchísimos que evaden los llamamientos que se dirigen á su conciencia con respuestas que son falsas. Cuando se ven apremiados á ocuparse de sus almas, dicen cosas que saben bien que no son exactas. Aman el mundo y sus propios caminos, y como los enemigos de nuestro Señor están determinados á no ceder, pero como ellos también se avergüenzan de decir la verdad; y así es que responden á las exhortaciones á arrepentirse y á decidirse con falsas excusas. Uno pretende que "no puede entender" las doctrinas del Evangelio; otro asegura que verdaderamente "trata" de servir á Dios, pero que no hace progresos; un tercero declara que desea mucho servir á Cristo, pero que "no tiene tiempo." Estos no son generalmente sino efugios miserables. Como regla general, son tan infundados como la respuesta del sacerdote, "No podemos contestar." La verdad pura es que debemos ir con mucho tiento antes de dar crédito á las razones que alegan los inconversos para no servir á Cristo. Podemos estar seguros que cuando dicen, "No podemos," lo que quieren decir con su corazón, es, "No queremos." ¡Que bendición tan grande es tener franqueza y usar de verdad en cuestiones religiosas! Que se decida una vez un hombre á vivir según la luz que ha recibido, y á obrar según su conocimiento, y pronto conocerá cual es la doctrina de Cristo, y se apartará del mundo. Juan 7.17. La perdición de muchos consiste simplemente en esto, que se manejan deshonestamente con sus propias almas, y son falsos con ellos mismos. Alegan supuestas dificultades como motivos de no servir á Cristo, mientras que en realidad " aman las tinieblas más que la luz," y no tienen deseo verdadero de cambiar. Juan 3.19. |
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El Texto Bíblico esta siendo transcrito por:
Martha Iñiguez Moreno
de La Biblia Devocional de Estudio
Reina Valera Revisión 1960
de La Liga bíblicaLos Textos Paralelos y las Referencias están tomados de:
La Santa Biblia
Reina-Valera (1960)
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"Pero en cuanto a ti, enseña lo que está de acuerdo con la sana doctrina. Porque vendrá tiempo cuando no soportarán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oídos, acumularán para sí maestros conforme a sus propios deseos; y apartarán sus oídos de la verdad, y se volverán a mitos." (2 Timoteo 2:1; 4:3-4)
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