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El endemoniado gadereno Marcos 5.1-20 1 Vinieron al otro lado del mar, a la región de los gaderenos. 2 Y cuando salió el de la barca, en seguida vino a su encuentro, de los sepulcros, un hombre con un espíritu inmundo, 3 que tenía su morada en los sepulcros, y nadie podía atarle, ni aún con cadenas. 4 Porque muchas veces había sido atado con grillos y cadenas, más las cadenas habían sido hechas pedazos por él, y desmenuzados los grillos, y nadie le podía dominar. 5 Y siempre, de día y de noche, andaba dando voces en los montes y en los sepulcros, e hiriéndose con piedras. 6 Cuando vio, pues, a Jesús de lejos, corrió y se arrodilló ante él. 7 Y clamando a gran voz, dijo: ¿Qué tienes conmigo, Jesús, Hijo del Dios altísimo? Te conjuro por Dios que no me atormentes. 8 Porque le decía: Sal de ese hombre, espíritu inmundo. 9 Y le preguntó: ¿Cómo te llamas? Y respondió diciendo: Legión me llamo, porque somos muchos. 10 Y le rogaba mucho que no lo enviase fuera de aquella región. 11 Estaba allí cerca del monte un gran hato de cerdos paciendo. 12 Y le rogaron todos los demonios, diciendo. Envíanos a los cerdos para que entremos en ellos. 13 Y luego Jesús les dio permiso. Y saliendo aquellos espíritus inmundos, entraron en los cerdos, los cuales eran como dos mil: y el hato se precipitó en el mar por un despeñadero, y en el mar se ahogaron. 14 Y los que apacentaban los cerdos huyeron, y dieron aviso en la ciudad y en los campos. Y salieron a ver que era aquello que había sucedido. 15 Vienen a Jesús, y ven al que había sido atormentado del demonio, y que había tenido la legión, sentado, vestido y en su juicio cabal; y tuvieron miedo. 16 Y les contaron los que lo habían visto, cómo le había acontecido al que había tenido al demonio, y lo de los cerdos. 17 Y comenzaron a rogarle que se fuera de sus contornos. 18 Al entrar él en la barca, el que había estado endemoniado le rogaba que le dejase estar con él. 19 Más Jesús no se lo permitió, sino que le dijo: Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti. 20 Y se fue, y comenzó a publicar en Decápolis cuán grandes cosas había hecho Jesús con él; y todos se maravillaban. |
El endemoniado gadereno Marcos 5.1-20 Mt. 8.28-34; Lc. 8.26-39
Mt. 8.28-34 28
Cuando llegó a la otra orilla, a la tierra de los gadarenos,
vinieron a su encuentro dos endemoniados que salían de los sepulcros,
feroces en gran manera, tanto que nadie podía pasar por aquel camino.
29 Y clamaron diciendo: ¿Qué tienes
con nosotros, Jesús, Hijo de Dios? ¿Has venido acá para
atormentarnos antes de tiempo? 30
Estaba paciendo lejos de ellos un hato de muchos cerdos. 31
Y los demonios le rogaron diciendo: Si nos echas fuera, permítenos
ir a aquel hato de cerdos. 32 El
les dijo: Id.
Y ellos salieron, y se fueron a aquel hato de cerdos; y he
aquí, todo el hato de cerdos se precipitó en el mar por un despeñadero,
y perecieron en las aguas. 33 Y los
que los apacentaban huyeron, y viniendo a la ciudad, contaron
todas las cosas, y lo que había pasado con los endemoniados. 34
Y toda la ciudad salió al encuentro de Jesús; y cuando le vieron,
le rogaron que se fuera de sus contornos. |
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Comentarios
J.C. Ryle Comentarios J.C. Ryle Marcos 5.18-20 La conducta que han observado después de su cura los que nuestro Señor Jesucristo sanó cuando estuvo en la tierra, no se menciona con frecuencia en los Evangelios. La historia se ocupa de describir la cura milagrosa, y prescindiendo de la persona, para a otras cosas. Pero hay algunos casos muy interesantes en que se ocupa de la conducta posterior de las personas curadas; y una de ellas es el hombre de quien fue lanzado el diablo en el país de los Gaderenos. Los versículos que comentamos nos narran esa historia; aunque no son numerosos, están llenos de una preciosa enseñanza. Aprendemos en estos versículos que el Señor Jesucristo sabe mejor que los miembros de su pueblo cual es la posición en que deben estar. Se nos dice que estando el Señor a punto de dejar el país de los Gaderenos, el hombre "que había estado poseído por el diablo le suplicó que lo dejara permanecer con El". Bien podemos explicarnos esa petición; agradecido por el cambio feliz que había tenido lugar en él, sentía un amor intenso hacia su Libertador, y creyó que no podría hacer cosa mejor que seguir a nuestro Señor y ser su compañero y discípulo. Estaba determinado a abandonar patria y hogar para seguir a Cristo, y, sin embargo, se le negó la petición, lo que parece extraño a primera vista. "Jesús no se lo permitió". Nuestro Señor le señaló otro trabajo, porque veía mejor que él de su manera podía glorificar más a Dios. "Vete a tu casa con tus amigos", le dice "cuéntales que grandes cosas ha hecho el Señor por ti, y como ha tenido compasión de ti" En estas palabras hay tesoros de profunda sabiduría. Hay lugares en que los cristianos desean estar, y que no son los más apropiados para su alma. La situación que algunas veces preferirían, si pudieran realizar sus deseos, no es siempre la que Jesús quiere que ocupen. Nadie necesita más esta lección que los recién convertidos, porque son regularmente jueces muy malos de lo que les conviene. Llenos de las nuevas ideas que han recibido graciosamente, excitados por la novedad de su condición actual, contemplan todo lo que los rodea bajo una nueva luz, conociendo aun muy poco las astucia de Satanás y la debilidad de sus corazones; pues solo saben que no ha mucho estaban ciegos, y ahora por misericordia ven, están en gran peligro de errar. Con las mejores intenciones están expuestos a incurrir en mil errores respecto al plan de vida que deben adoptar, sus preferencias, los pasos que dan y las profesiones que hace. Olvidan que lo que más nos gusta, no es siempre lo mejor para nuestras almas; y que la semilla de la gracia requiere para madurarse y convertirse en Gloria, inviernos y veranos, calores y fríos. Supliquemos a Dios que nos guíe en todos nuestros pasos después de habernos convertido, y que no nos permita errar en nuestras preferencias, ni tomar decisiones precipitadas. Aquel lugar y aquella posición son más convenientes para nosotros en que nos mantenemos más humildes, en que mejor comprendemos nuestra pecabilidad, en que podemos acercarnos más a la Biblia y a la plegaria y en que somos arrastrados a vivir más por la fe que por la vista. Quizás no nos agrade mucho; pero si Cristo nos ha colocado en ese puesto providencialmente, no nos apresuremos a abandonarlo. Fijémonos en él con Dios. Lo importante para nosotros es no hace nuestra voluntad, y estar donde Jesús lo ordena. Aprendemos, además, en estos versículos, que el hogar, que la familia del creyente tiene los principales títulos para fijar su atención antes que todo. Se nos muestra en las notables palabras que nuestro Señor dirige al hombre que había estado poseído por el diablo. "Vete a casa, donde están tus amigos", le dice, "y cuéntales que grandes cosas ha hecho el Señor por ti". Sus amigos probablemente no lo habían visto por muchos años sino bajo la influencia de Satanás. Habría sido para ellos como muerto, o peor que muerto, fuente constante de disgustos, ansiedades y pesares. Este era, pues, el camino de su deber; esta la manera de glorificar mejor a Dios. Que se dirija a su casa y diga a sus amigos lo que Jesús ha hecho por el; que sea ante sus ojos testimonio vivo de la compasión de Cristo. Niéguese el placer de estar en la presencia corporal de Cristo, para hacer la obra más importante de ser útil a los demás. ¡Cuánto no encierran estas sencillas palabras de nuestro Señor! ¡Qué sentimientos no suscitan en el corazón de todos los verdaderos cristianos! "Ve a tu casa y cuéntaselo a tus amigos" Su hogar es donde primero debe procurar hacer el bien el Hijo de Dios; es el lugar donde se le ve de continuo, y en que la realidad de su gracia debe verdaderamente revelarse. En su hogar deben concentrarse todos sus afectos más puros; allí debe todos los días rendir testimonio a Cristo. Ese es el lugar en que diariamente hace mal con su ejemplo, mientras sirva al mundo, y en donde está obligado a ser epístola viva de Cristo, tan pronto como por misericordia ha aprendido a servir a Dios. Recordemos esto constantemente. Que nunca se diga de nosotros que somos santos fuera de casa pero malévolos en su interior, que hablemos mucho de religión cuando estamos entre gente extraña, pero que somos mundanos e impíos en casa. Pero, después de todo, ¿tenemos algo que decir a los demás? ¿Podemos asegurar que la gracia ha producido sus efectos en nuestros corazones? ¿Estamos seguros de habernos librado del poder del mundo, de la carne y del diablo? ¿Hemos gustado alguna vez la gracia de Cristo? Estas son cuestiones muy graves. Si no hemos nacido de nuevo, si no somos nuevas criaturas, nada tenemos que "contar" Si tenemos algo que contar de Cristo, hagamos la resolución de decirlo; no permanezcamos en silencio, si hemos encontrado paz y descanso en el Evangelio. Hablemos a nuestros parientes y amigos, a nuestras familias y santos vecinos, y contémosles lo que el Señor ha hecho por nuestras almas. No están todos llamados a ser ministros, ni son aptos para predicar; pero todos puedes seguir las huellas del hombre cuya historia hemos leído, así como la de Andrés, Felipe y la Samaritana. Juan 1.41-45; 4.29. Bienaventurado el que no se avergüenza de decir a los demás, "Ven y oye lo que el Señor ha hecho por mi alma" Salmo 66.16 |
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La hija de Jairo, y la mujer que tocó el manto de Jesús Marcos 5.21-43 21 Pasando otra vez Jesús en una barca a la otra orilla, se reunió alrededor de él una gran multitud; y él estaba junto al mar. 22 Y vino uno de los principales de la sinagoga, llamado Jairo; y luego que le vio, se postró a sus pies. 23 y le rogaba mucho, diciendo: Mi hija está agonizando; ven y pon las manos sobre ella para que sea salva, y vivirá. 24 Fue, pues, con él; y le seguía una gran multitud, y le apretaban. 25 Pero una mujer que desde hacía doces años padecía de flujo de sangre, 26 y había sufrido mucho de muchos médicos, y gastado todo lo que tenía, y nada había aprovechado, antes le iba peor, 27 cuando oyó hablar de Jesús, vino por detrás entre la multitud, y tocó su manto. 28 Porque decía: Si tocare tan solamente su manto, seré salva. 29 Y en seguida la fuente e su sangre se secó; y sintió en el cuerpo que estaba sana de aquel azote. 30 Luego Jesús, conociendo en sí mismo el poder que había salido de él, volviéndose a la multitud, dijo: ¿Quién ha tocado mis vestidos? 31 Sus discípulos le dijeron: Ves que la multitud te aprieta, y dices: ¿Quién me ha tocado? 32 Pero él miraba alrededor para ver quién había hecho esto. 33 Entonces la mujer, temiendo y temblando, sabiendo lo que en ella había sido hecho, vino y se postró delante de él, y le dijo toda la verdad. 34 Y él le dijo: Hija, tu fe te ha hecho salva, ve en paz, y queda sana de tu azote. 35 Mientras él aún hablaba, vinieron de casa del principal de la sinagoga, diciendo. Tu hija ha muerto; ¿para que molestar más al Maestro? 36 Pero Jesús, luego que oyó lo que se decía, dijo al principal de la sinagoga: No temas, cree solamente. 37 Y no permitió que le siguiese nadie sino Pedro, Jacobo, y Juan hermano de Jacobo. 38 Y vino a casa del principal de la sinagoga, y vio el alboroto y a los que lloraban y lamentaban mucho. 39 Y entrando, les dijo: ¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no está muerta, sino duerme. 40 Y se burlaban de él. Más él, echando fuera a todos, tomó al padre y a la madre de la niña, y a los que estaban con él, y entró donde estaba la niña. 41 Y tomando la mano de la niña, le dijo: Talita cumi; que traducido es: Niña, a ti te digo, levántate. 42 Y luego la niña se levantó y andaba, pues tenía doce años. Y se espantaron grandemente. 43 Pero él les mandó mucho que nadie lo supiese, y dijo que se le diese de comer. |
La hija de Jairo, y la mujer que tocó el manto de Jesús Marcos 5.21-43 Mt. 9.18-26; Lc. 8.40-56 Mt. 9.18-18 Mientras él les decía estas cosas, vino un hombre principal y se postró ante él, diciendo: Mi hija acaba de morir; más ven y pon tu mano sobre ella, y vivirá. 19 Y se levantó Jesús, y le siguió con sus discípulos. 20 Y he aquí una mujer enferma de flujo de sangre desde hacía doce años, se le acercó por detrás y tocó el borde de su manto; 21 porque decía dentro de sí: Si tocare solamente su manto seré salva. 22 Pero Jesús, volviéndose y mirándola, dijo: Ten ánimo, hija; tu fe te ha salvado. Y la mujer fue salva desde aquella hora. 23 Al entrar Jesús en la casa del principal, viendo a los que tocaban flautas, y la gente que hacía alboroto, 24 les dijo: Apartaos, porque la niña no está muerta, sino duerme. Y se burlaban de él. 25 Pero cuado la gente había sido echada fuera; entró y tomó de la mano a la niña, y ella se levantó. 26 Y se difundió la fama de esto por toda aquella tierra. Lc. 8.40-56 40 Cuando volvió Jesús, le recibió la multitud con gozo; porque todos le esperaban. 41 Entonces vino un varón llamado Jairo, que era principal de la sinagoga, y postrándose a los pies de Jesús, le rogaba que entrase en su casa; 42 porque tenía una hija única, como de doce años, que se estaba muriendo. Y mientras iba, la multitud le oprimía. 43 Pero una mujer que padecía de flujo de sangre desde hacía doce años, y que había gastado en médicos todo cuanto tenía, y por ninguno había podido ser curada, 44 se le acercó por detrás y tocó el borde de su manto; y al instante se detuvo el flujo de su sangre. 45 Entonces Jesús dijo: ¿Quién es el que me ha tocado? Y negando todos, dijo Pedro y los que con él estaban: Maestro, la multitud te aprieta y oprime, y dices: ¿Quién es el que me ha tocado? 46 Pero Jesús dijo: Alguien me ha tocado; porque yo he conocido que ha salido poder de mí. 47 Entonces, cuando la mujer vio que no había quedado oculta, vino temblando, y postrándose a sus pies, le declaró delante de todo el pueblo por qué causa le había tocado, y cómo al instante había sido sanada. 48 Y él le dijo: Hija, tu fe te ha salvado; ve en paz. 49 Estaba hablando aún, cuando vino uno de casa del principal de la sinagoga a decirle: Tu hija ha muerto; no molestes más al Maestro. 50 Oyéndolo Jesús, le respondió: No temas; cree solamente, y será salva. 51 Entrando en la casa, no dejó entrar a nadie consigo, sino a Pedro, a Jacobo, a Juan, y al padre y a la madre de la niña. 52 Y lloraban todos y hacían lamentación por ella. Pero él dijo: No lloréis; no está muerta, sino que duerme. 53 Y se burlaban de él, sabiendo que estaba muerta. 54 Mas él, tomándola de la mano, clamó diciendo: Muchacha, levántate. 55 Entonces su espíritu volvió, e inmediatamente se levantó; y él mandó que se le diese de comer. 56 Y sus padres estaban atónitos; pero Jesús les mandó que a nadie dijesen lo que había sucedido. |
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| Comentarios J.C. Ryle Marcos 5.21-34 El asunto principal de estos versículos es la curación milagrosa de una mujer enferma. ¡Grande es la experiencia de nuestro Señor en casos de enfermedad! ¡Grande su simpatía con sus miembros enfermos y adoloridos! Se representan generalmente los dioses paganos terribles y poderosos en los combates, gozándose en derramar sangre, patronos de los fuertes y amigos de los guerreros. El Salvador de los cristianos se nos presenta siempre dulce, de fácil acceso, medico de los corazones desgarrados, refugio de los débiles y de los desamparados, consolador de los afligidos, el mejor amigo de los enfermos. ¿Y no es este precisamente el Salvador que necesita la humana naturaleza? El mundo está lleno de dolores y angustias; los débiles son en el más numerosos que los fuertes. Veamos en estos versículos la desgracia que el pecado ha traído al mundo. Leemos que una persona tuvo una enfermedad penosa por doce años; había "sufrido mucho con los médicos y gastado todo lo que tenía, sin estar mejor por eso, sino más bien peor". Había hecho mil pruebas en vano; la ciencia médica había sido impotente para curarla y había pasado doce años angustiosos en luchar con la enfermedad, sin que el alivio, pareciese más próximo que al principio. "La esperanza diferida" podría bien "enfermar su corazón" Prov. 13.12. ¡Qué maravilloso es que no aborrezcamos el pecado más! Pues él es la causa de todos los dolores y las enfermedades del mundo. Dios no crió al hombre para que fuese una criatura inválida y llena de dolores. El pecado, y nada más que el pecado, produjo todos los males a que está sujeta la carne. Al pecado debemos los agudos dolores, las enfermedades asquerosas y todas las dolencias humillantes que agobian nuestros pobres cuerpos. Tengamos presente esto siempre, y odiemos el pecado con un odio santo. Notemos, en segundo lugar, cuan diferentes son los sentimientos que llevan a las personas cerca de Cristo. Se nos dice en estos versículos, que, "mucha gente seguía" a nuestro Señor "y lo sofocaba". Pero solo una persona se nos habla que "se adelantó por detrás al través del gentío" y lo tocó con fe y quedó curada. Muchos seguían a Jesucristo por curiosidad, y ningún beneficio recababan; una persona, solo una, lo siguió sintiendo profundamente su necesidad, y convencida del poder que tenía nuestro Salvador para aliviarla, y esa sola recibió una gran bendición. Vemos que lo mismo acontece continuamente en la iglesia de Cristo aun al presente. Turbas numerosas concurren a los templos y llenan sus bancos; centenares se acercan a la mesa del Señor y reciben el pan y el vino; pero de todos estos adoradores y comulgantes, cuan pocos obtienen realmente algo de Cristo. La moda, la costumbre, la excitación el prurito de oír, son los verdaderos móviles de la mayoría. Son pocos los que toca a Cristo con fe y se vuelven a su casa "en paz". Puede que esto parezca duro, pero desgraciadamente es la verdad. Notemos, en tercer lugar, cuan inmediata e instantánea fue la cura de esta mujer. Apenas tocó los vestidos de nuestro Señor que quedó curada; lo que había estado en vano anhelando por doce años, quedó hecho en un momento. La cura que muchos médicos no había podido conseguir fue lograda en un instante. "Sintió en su cuerpo que estaba curada de aquella plaga". No debemos dudar que esta cura es un emblema de las que el Evangelio realiza en las almas. La experiencia de muchas conciencias cargadas ha sido exactamente la de esa mujer enferma. Muchos hombres han pasado años dolorosos y angustiados en busca de paz con Dios, y no pudieron encontrarla; apelaron a remedios mundanos, y no hallaron alivio; se cansaron yendo ya a un lugar ya a otro, a esta iglesia y a aquella, y se encontraron después de todo "nada mejorados, sino más bien peores". Pero al fin encontraron reposo, y ¿en donde? Lo encontraron, lo mismo que esta mujer, en Jesucristo. Han suspendido sus propias obras, han abandonado el empeño de buscar alivio en sus propios actos y esfuerzos. Se han acercado a Jesucristo, como pecadores humildes y se han confiado en su misericordia; e inmediatamente la carga ha desaparecido de sus hombros; el decaimiento se ha convertido en alegría y la ansiedad en paz. Un solo toque con verdadera fe puede hacer más por el alma que mil austeridades impuestas voluntariamente. Fijar una mirada en Jesucristo es más eficaz que años de cilicio y de ceniza. No lo olvidemos mientras vivamos; dirigirnos personalmente a Cristo es el secreto real para logra paz con Dios. Notemos, en cuarto lugar, cuan propio es que los cristianos confiesen ante los hombres el beneficio que de Cristo reciben. Vemos que no se le permitió a esta mujer retornar a su casa, así que estuvo curada, sin que publicara su cura. Nuestro Señor averiguó quien lo había tocado, y "miró en torno suyo para ver a la que lo había hecho". No hay duda que sabía perfectamente el nombre y la historia de aquella mujer, no necesitaba que nadie se lo dijese; pero quería enseñarle a ella y a todos los que lo rodaban, que las almas curadas deben reconocer en público las mercedes recibidas. Esta es una lección que harían bien en recordar a todos los verdaderos cristianos. No avergoncemos de confesar a Cristo ante los hombres, y de que otros sepan lo que ha hecho por nuestras almas. Si hemos encontrado paz por medio de su sangre y hemos sido renovados por su Espíritu, no debemos evitar confesarlo en todas ocasiones. No es necesario anunciarlo a son de trompeta por las calles, y obligar a todo el mundo a escuchar nuestra historia. Lo que se requiere de nosotros es la voluntad de reconocer a Cristo por nuestro Maestro, sin temer el ridículo o la persecución que esa confesión pudiera acarrearnos. No se exige más de nosotros; pero no debemos contentarnos con menos. Si nos avergonzamos de Jesucristo ante los hombres, El se avergonzará un día de nosotros ante su Padre y los ángeles. Notemos, en último lugar, que gracia tan preciosa es la fe. "Hija" dice Nuevo Testamento Señor a la mujer curada, "tu fe te ha sanado; vete en paz" De todas las gracias cristianas, ninguna se menciona tanto en el Nuevo Testamento como la fe, y ninguna es tan altamente recomendada. Ninguna otra gracia redunda tanto en Gloria de Cristo. La esperanza despierta un ardiente anhelo de las cosas buenas que han de venir; el amor forma un corazón lleno de ardor y voluntad; la fe trae las manos vacías, todo lo recibe, y nada puede dar en retorno. Ninguna gracia es tan importante para el alma del cristiano. Principiamos por la fe, por la fe vivimos, en la fe nos apoyamos; caminamos por la fe y no por la vista; por la fe vencemos; por la fe logramos paz; por la fe descansamos. Ninguna gracia debería ser para nosotros asunto de más meditaciones. Deberíamos preguntarnos con frecuencia "creo realmente" ¿Es mi fe verdadera, genuina, don de Dios" No descansemos hasta no responder satisfactoriamente estas preguntas. Cristo no ha cambiado después del día en que la mujer fue curada, es aún benigno y poderoso para salvarnos. Solo necesitamos hacer una cosa, si queremos salvarnos: la mano de la fe, toquemos con ella a Jesús y nos sanará. Comentarios J.C. Ryle Marcos 5.35-43 Un gran milagro se refiere en estos versículos; una muchacha muerta es restaurada a la vida. Poderoso como es el "Rey de los terrores", hay uno más poderoso que él. Las llaves de la muerte están en manos de nuestro Señor Jesucristo. El un día "hará desaparecer la muerte en la victoria" Isaías 25.8 Aprendamos en estos versículos que el rango no es una exención del dolor. Jairo era gobernador; "sin embargo, la enfermedad y las angustias penetran en su casa. Probablemente es que Jairo poseía riquezas y con estas podía emplear la ciencia de los médicos; pero el dinero no pudo alejar la muerte de su hija. Las hijas de los gobernadores están tan expuestas a enfermarse como las hijas de los pobres y tienen también que morir. Bueno es que todos lo tengamos presente, pues lo olvidamos con mucha facilidad. Hablamos y pensamos como si la posesión de las riquezas fuera un antídoto del pesar, y como si el dinero pudiera preservarnos de la enfermedad y de la muerte. ¡Qué ceguedad tan completa el imaginárselo! Dirijamos la vista en torno nuestro y eso bastará para que veamos mil pruebas de lo contrario. La muerte entra en los salones y los palacios, lo mismo que en la chozas, se lleva a los propietarios lo mismo que a los labradores, a los ricos y a los pobres. No guarda ceremonias, y no se detiene por la conveniencia de nadie. No podemos alejarla ni cerrarle el camino con barras y cerraduras. "Está establecido que los hombres mueran una sola vez; y después de esto, el juicio" Hebreos 9.27. Todos vamos al mismo lugar, a la sepultura. Podemos estar seguros que hay más igualdad de la que a primera vista aparece en la suerte de los hombres. Las enfermedades son grandes niveladores; no hacen distinciones. El cielo es el único lugar en que "sus habitantes no dirán, estamos enfermos" Isaías 23.24 Felices los que fijan sus afectos en las cosas del cielo. Ellos, y solo ellos poseen un tesoro incorruptible. Tendrán que esperar un poco solamente para encontrarse en donde no oigan malas nuevas, en donde enjugarán sus lágrimas y en donde no tendrán que vestirse de luto nunca jamás. Allí no volverán a oír estas tristes palabras, "tu hija, tu hijo, tu mujer, tu marido, han muerto" Todo eso habrá pasado para siempre. Aprendemos, además, que grande es el poder de nuestro Señor Jesucristo. El mensaje que atravesó el corazón del gobernador, anunciándole que su hija había muerto no detuvo a nuestro Señor ni un momento. Levantó inmediatamente el espíritu abatido del padre con estas palabras consoladoras, "No temas, cree tan solo" Va a la casa donde hay muchos que lloran y se lamenta, y entra en el cuarto en que está tendida la muchacha; la toma por la mano, y le dice; "Muchacha, Yo te lo digo, levántate". El corazón le empieza a palpitar de nuevo y el cuerpo que estaba sin vida vuelve a respirar. La muchacha se levantó y caminó. No es de extrañarse que leamos estas palabras: "quedaron asombrados con grande admiración" Meditemos un momento en lo admirable del cambio que tuvo lugar en aquella casa. Del llanto pasaron al regocijo, de los pésames a las congratulaciones, de la muerte a la vida, ¡cuán grande y maravillosa debió ser la transición! Bien pueden decirlo que han visto la muerte de cerca, apagada la que era la luz de su hogar y el dardo de hierro clavado en lo más íntimo del alma. Solo ellos pueden concebir lo que debió sentir la familia de Jairo cuando vio a la que amaba devuelta a su regazo por el poder de Cristo, ¡Qué alegre reunión de familia tendría lugar aquella noche! Veamos en este milagro glorioso una prueba de lo que Jesús puede hacer por las almas que se encuentran como muertas. Puede resucitar a nuestros hijos de la muerte de la trasgresión y del pecado, y hacerlos marchar ante El con vida nueva. Puede tomar a nuestros hijos de la mano y decirles "Levantaos" y mandarles que no vivan para ellos solos, sino para Aquel que murió por ellos y resucitó. ¿Tenemos un alma muerta en nuestra familia? Clamemos al Señor para que venga y la reanime. Efes. 2.1 Enviémosle mensaje tras mensaje, y pidámosle su ayuda. El que vino al socorro de Jairo tiene aún abundancia de misericordia y omnipotencia. Veamos, finalmente, en este milagro una bendita promesa de lo que nuestro Señor hará el día de su segunda venida. Hará salir a su pueblo amado del seno de sus sepulcros; los revestirá de un cuerpo mejor, más glorioso, y más bello, que el que tenían en la época de su peregrinación. Reunirá a sus elegidos del norte, del sur, del este y del oeste para que nunca más se separen y nunca más vuelvan a morir. Padres creyentes volverán a ver a sus hijos creyentes, maridos creyentes a sus esposas creyentes. No nos aflijamos como los que no tienen esperanza por nuestros amigos que duermen en el Señor. Cuando menos lo esperemos asomará la mañana gloriosa del a resurrección. "Dios traerá consigo a los que duermen en Jesús" 1 Tes. 4.14. Llegará el día en que estas palabras recibirán completo cumplimiento: "Los resucitaré del seno de la tumba; los redimiré de la muerte: O muerte, Yo seré tu azote; o sepulcro, Yo seré tu destrucción" Oseas 13.14. El que resucitó a la hija de Jairo, vive aún. Cuando reúna su rebaño en torno suyo el día final, no se echará de menos ni uno de sus corderos. |
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El Texto Bíblico esta siendo transcrito por:
Martha Iñiguez Moreno
de La Biblia Devocional de Estudio
Reina Valera Revisión 1960
de La Liga bíblicaLos Textos Paralelos y las Referencias están tomados de:
La Santa Biblia
Reina-Valera (1960)
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Versión 7.6.1
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Los Evangelios Explicados
Volumen Segundo, Marcos
J.C. C Ryle
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"Pero en cuanto a ti, enseña lo que está de acuerdo con la sana doctrina. Porque vendrá tiempo cuando no soportarán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oídos, acumularán para sí maestros conforme a sus propios deseos; y apartarán sus oídos de la verdad, y se volverán a mitos." (2 Timoteo 2:1; 4:3-4)
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