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Jesús en Nazaret Marcos 6.1-6 1 Salió Jesús de allí y vino a su tierra, y le seguían sus discípulos. 2 Y llegado el día de reposo (aquí equivale a sábado) comenzó a enseñar en la sinagoga; y muchos, oyéndole, se admiraban, y decían: ¿De dónde tiene éste estas cosas? ¿Y qué sabiduría es esta que le es dada, y esos milagros que por sus manos son hechos? 3 ¿No es este el carpintero, hijo de María, hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón? ¿No están también, aquí con nosotros sus hermanas? Y se escandalizaban de él 4 Más Jesús les decía: No hay profeta sin honra sino en su propia tierra (Jn. 4.44) y entre sus parientes, y en su casa. 5 Y no pudo hacer allí ningún milagro, salvo que sanó a unos pocos enfermos, poniendo sobre ellos las manos. 6 Y estaba asombrado de la incredulidad de ellos. Y recorría las aldeas de alrededor, enseñando. |
Jesús en Nazaret Marcos 6.1-6 Mt. 13.53-38; Lc. 4.16-30 Mt. 13.53-58 53 Aconteció que cuando terminó Jesús estas parábolas, se fue de allí. 54 Y venido a su tierra, les enseñaba en la sinagoga de ellos, de tal manera que se maravillaban, y decían: ¿De dónde tiene éste esta sabiduría y estos milagros? 55 ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos, Jacobo, José, Simón y Judas? 56 ¿No están todas sus hermanas con nosotros? ¿De dónde, pues, tiene éste todas estas cosas? 57 Y se escandalizaban de él. Pero Jesús les dijo: No hay profeta sin honra, sino en su propia tierra y en su casa. 58 Y no hizo allí muchos milagros, a causa de la incredulidad de ellos. Lc. 4.16-30 16 Vino a Nazaret, donde se había criado; y en el día de reposo entró en la sinagoga, conforme a su costumbre, y se levantó a leer. 17 Y se le dio el libro del profeta Isaías; y habiendo abierto el libro, halló el lugar donde estaba escrito: 18 Espíritu del Señor está sobre mí, Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; A pregonar libertad a los cautivos, Y vista a los ciegos; A poner en libertad a los oprimidos; 19 A predicar el año agradable del Señor. 20 Y enrollando el libro, lo dio al ministro, y se sentó; y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él. 21 Y comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros 22 Y todos daban buen testimonio de él, y estaban maravillados de las palabras de gracia que salían de su boca, y decían: ¿No es éste el hijo de José? 23 El les dijo: Sin duda me diréis este refrán: Médico, cúrate a ti mismo; de tantas cosas que hemos oído que se han hecho en Capernaum, haz también aquí en tu tierra. 24 Y añadió: De cierto os digo, que ningún profeta es acepto en su propia tierra. 25 Y en verdad os digo que muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando el cielo fue cerrado por tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en toda la tierra; 26 pero a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda en Sarepta de Sidón. 27 Y muchos leprosos había en Israel en tiempo del profeta Eliseo; pero ninguno de ellos fue limpiado, sino Naamán el sirio. 28 Al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de ira; 29 y levantándose, le echaron fuera de la ciudad, y le llevaron hasta la cumbre del monte sobre el cual estaba edificada la ciudad de ellos, para despeñarle. 30 Mas él pasó por en medio de ellos, y se fue. |
Marcos 6.4 Jn. 4.44 Porque Jesús mismo dio testimonio de que el profeta no tiene honra en su propia tierra. |
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Comentarios J.C. Ryle Marcos 6.1-6 Este pasaje nos muestra a nuestro Señor Jesucristo en "su propio país" en Nazaret. Es una comprobación melancólica de la maldad del corazón humano, y merece atención especial. Vemos, en primer lugar, cuan dispuestos están los hombres a tener en poco aquello que les es familiar. Nuestro Señor "escandalizaba" a los de Nazaret. No podían imaginarse que el que había vivido tantos años entre ellos, a y cuyos hermanos y hermanas conocían, fuese digno de ser seguido como maestro público. Ningún lugar en la tierra ha gozado de los privilegios de Nazaret. El Hijo de Dios residió treinta años en esa ciudad, y recorrió sus calles. Por treinta años marchó por las sendas de Dios a vista de sus habitantes, llevando una vida intachable y perfecta. Pero esto no hizo en ellos ninguna impresión. No estaban dispuestos a aceptar el Evangelio, cuando el Señor se presentó para enseñar en su sinagoga. No quisieron convenir en que tuviera ningún título a fijar su atención una persona que conocían tan bien, y que por tanto tiempo estuvo entre ellos, comiendo, bebiendo, y vistiéndose como ellos. Se "escandalizaban de El" No hay nada en esto que debe sorprendernos; lo mismo está aconteciendo todos los días en torno nuestro y en nuestro mismo país. Las Santas Escrituras, la predicación del Evangelio, el culto público de la religión, los abundantes medios de gracia de que goza la Inglaterra, son muy a menudo tenidos en poco aprecio por los ingleses. Están tan acostumbrados a ellos, que no comprenden sus privilegios. Es una triste verdad, que en religión, más que en nada, la confianza engendra el desprecio. Lo que experimentó el Señor en este particular es una fuente de consuelos para algunos de los que forman su pueblo. Es un consuelo para los ministros fieles del Evangelio, que angustia la incredulidad de sus feligreses o de los oyentes que regularmente tienen. Es un consuelo para los verdaderos cristianos que se encuentran aislados en medio de sus familias, y ven a todos los que los rodean apegados al mundo. Recuerden que están apurando el mismo cáliz que su amado Maestro. Recuerden que El también fue despreciado por los que mejor lo conocían. Aprendan que la conducta más arreglada y más constante no reducirá a lo demás a adoptar sus opiniones y sus ideas, como sucedió con la gente de Nazaret. Sepan que los siervos del Señor aprenderán por propia experiencia cuan fundadas eran sus quejas doloridas, cuando exclamaba, "un profeta no está deshonrado, sino en su propio país, y entre los de su parentela, y en su propia casa" Vemos, en segundo lugar, cuan humilde era el rango que en el mundo se dignó aceptar Nuevo Testamento Señor antes de empezar a ejercer su ministerio público. El pueblo de Nazaret decía de El, con desprecio, "¿No es este el carpintero?" Esta es una expresión muy notable y que solo se encuentra en el Evangelio de S. Marcos. Nos prueba claramente que durante los primeros treinta años de su vida nuestro Señor no se avergonzaba de trabajar con sus manos. Hay algo de maravilloso en esto, y el pensar en ello nos sobrecoge. El que hizo el cielo, la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos -Aquel sin el cual nada se hizo de lo que ha sido hecho; el Unigénito de Dios tomó la forma de siervo, y "comió el pan con el sudor de su frente" como un obrero. Este es, en verdad, "ese amor de Cristo que sobrepuja toda inteligencia". Aunque era rico, por causa nuestra se hizo pobre; y se humilló en su vida y en su muerte, para que por su medio los pecadores pudieran vivir y reinar eternamente. Recordemos, al leer este pasaje, que la pobreza no es pecado. No debemos avergonzarnos de nuestra pobreza, a menos que nuestros pecados no la hayan causado; ni debemos despreciar a nadie porque sea pobre. Vergonzoso es ser jugador, borracho, avariento o mentiroso, pero no es una afrenta trabajar con nuestras manos y ganar el pan con nuestro trabajo. El espectáculo del taller del carpintero en Nazaret, debería humillar los altivos pensamientos de todos los que adoran el ídolo de las riquezas. No es una deshonra ocupar la misma posición que el Hijo de Dios y el Salvador del mundo. Vemos, en último lugar, que pecado tan terrible es la incredulidad. En dos expresiones muy notables se encierra esta lección. Una de ellas es, que nuestro Señor "no pudo hacer milagros en Nazaret" por la dureza del corazón del pueblo; la otra, que "El se maravillaba de su incredulidad" La una prueba que la incredulidad puede privar a los hombres de las más ricas bendiciones; la otra que un pecado tan irracional y tan suicida, que aún el Hijo de Dios lo contempla con sorpresa. Nunca nos deberemos creer bastante en guardia contra la incredulidad. Es el pecado más antiguo en el mundo, pues principió en el Edén, cuando Eva prestó oídos a las promesas del diablo, en vez de creer la palabra de Dios, "moriréis". Es el pecado que produce las consecuencias más desastrosas. Introdujo la muerte en el mundo; mantuvo a Israel cuarenta años fuera de Canaán; es el pecado que llena especialmente el infierno. "El que no cree será condenado". Es el más necio y el más inconsecuente de todos los pecados. Arrastra al hombre anegarse a la evidencia, a cerrar sus ojos al testimonio más claro y a creer, sin embargo, falsedades. Pero lo peor de todo es que ese pecado abunda mucho en el mundo; millares de millares incurren en él, que profesan ser cristianos, que nada han oído de Paine ni Voltaire, pero que en la práctica son incrédulos reales y efectivos; no creen de una manera implícita en la Biblia, ni aceptan a Cristo como su Salvador. Vigilemos cuidadosamente nuestros corazones en ese particular de la incredulidad. El corazón, no la cabeza, es el trono de su misterioso poder. Los hombres son incrédulos no por falta de pruebas, ni por las dificultades de la doctrina cristiana; es porque no tienen voluntad de creer, y aman el pecado, y están adheridos al mundo. A los que se encuentran en esa condición espiritual nunca les faltan razones aparentes que sostengan su voluntad. El corazón humilde y sencillo como el del niño es el corazón que cree. Sigamos vigilando nuestro corazón aún después de haber creído, que nunca queda bien extirpada la raíz de la incredulidad. Si nos descuidamos en vigilar y orar, pronto brotarán las malas yerbas de la incredulidad. Ninguna plegaria es tan importante como la de los discípulos, "Señor aumenta nuestra fe" |
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Misión de los doce discípulos Marcos 6.7-13 7 Después llamó a los doce y comenzó a enviarlos de dos en dos; y les dio autoridad sobre los espíritus inmundos. 8 Y los mandó (Lc. 10.4-11) que no llevases nada para el camino, sino solamente bordón; ni alforja, ni pan, ni dinero en el cinto, 9 sino que calzasen sandalias, y no vistiesen dos túnicas. 10 Y les dijo: Dondequiera que entréis en una casa, posad en ella hasta que salgáis de aquel lugar. 11 Y si en algún lugar no os recibieron ni os oyeren, salid de allí, y sacudid el polvo que está debajo de vuestros pies, para testimonio a ellos. (Hech. 13.51) De cierto os digo que en el día del juicio, será más tolerable el castigo para los de Sodoma y Gomorra, que para aquella ciudad. 12 Y saliendo, predicaban que los hombres se arrepintiesen. 13 Y echaban fuera muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos, y los sanaban. (Stg. 5.14) |
Misión de los doce discípulos Marcos 6.7-13 Mt. 10.5-15; Lc. 9.1-6 Mt. 10.5-15 5 A estos doce envió Jesús, y les dio instrucciones, diciendo: Por camino de gentiles no vayáis, y en ciudad de samaritanos no entréis, 6 sino id antes a las ovejas perdidas de la casa de Israel. 7 Y yendo, predicad, diciendo: El reino de los cielos se ha acercado. 8 Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios; de gracia recibisteis, dad de gracia. 9 No os proveáis de oro, ni plata, ni cobre en vuestros cintos; 10 ni de alforja para el camino, ni de dos túnicas, ni de calzado, ni de bordón; porque el obrero es digno de su alimento. 11 Mas en cualquier ciudad o aldea donde entréis, informaos quién en ella sea digno, y posad allí hasta que salgáis. 12 Y al entrar en la casa, saludadla. 13 Y si la casa fuere digna, vuestra paz vendrá sobre ella; mas si no fuere digna, vuestra paz se volverá a vosotros. 14 Y si alguno no os recibiere, ni oyere vuestras palabras, salid de aquella casa o ciudad, y sacudid el polvo de vuestros pies. 15 De cierto os digo que en el día del juicio, será más tolerable el castigo para la tierra de Sodoma y de Gomorra, que para aquella ciudad. Lc. 9.1-6 1 Habiendo reunido a sus doce discípulos, les dio poder y autoridad sobre todos los demonios, y para sanar enfermedades. 2 Y los envió a predicar el reino de Dios, y a sanar a los enfermos. 3 Y les dijo: No toméis nada para el camino, ni bordón, ni alforja, ni pan, ni dinero; ni llevéis dos túnicas. 4 Y en cualquier casa donde entréis, quedad allí, y de allí salid. 5 Y dondequiera que no os recibieren, salid de aquella ciudad, y sacudid el polvo de vuestros pies en testimonio contra ellos. 6 Y saliendo, pasaban por todas las aldeas, anunciando el evangelio y sanando por todas partes. |
Marcos 6.8 Lc. 10.4-11 4 No llevéis bolsa, ni alforja, ni calzado; y a nadie saludéis por el camino. 5 En cualquier casa donde entréis, primeramente decid: Paz sea a esta casa. 6 Y si hubiere allí algún hijo de paz, vuestra paz reposará sobre él; y si no, se volverá a vosotros. 7 Y posad en aquella misma casa, comiendo y bebiendo lo que os den; porque el obrero es digno de su salario. No os paséis de casa en casa. 8 En cualquier ciudad donde entréis, y os reciban, comed lo que os pongan delante; 9 y sanad a los enfermos que en ella haya, y decidles: Se ha acercado a vosotros el reino de Dios. 10 Mas en cualquier ciudad donde entréis, y no os reciban, saliendo por sus calles, decid: 11 Aun el polvo de vuestra ciudad, que se ha pegado a nuestros pies, lo sacudimos contra vosotros. Pero esto sabed, que el reino de Dios se ha acercado a vosotros. Marcos 6.11 Hech. 13.51 Ellos entonces, sacudiendo contra ellos el polvo de sus pies, llegaron a Iconio. Marcos 6.13 Stg. 5.14 ¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor. |
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Comentarios J.C. Ryle Marcos 6.7-13 Estos versículos nos describen la manera con que fueron enviados la primera vez los apóstoles a predicar. La gran Cabeza de la iglesia quiso probar a sus ministros, antes de dejarlos solos en el mundo. Los enseñó a e ensayar el poder que tenían para comunicar su doctrina a los demás hombres y descubrir sus deficiencias, mientras que El estaba aun con ellos. Así podía, por una parte, corregir sus equivocaciones y por otra disciplinarlos para la obra que un día tendrían que hacer, para que no estuvieran bisoños cuando tuvieran al fin que dejarlos. Sería un gran bien para la iglesia, que todos los ministros del Evangelio se prepararan de la misma manera para cumplir con su deber, y no entraran en él, como tantas veces sucede, sin pruebas, sin ensayos y sin experiencia. Notemos en estos versículos que nuestro Señor Jesucristo envía a sus discípulos de "dos en dos". S. Marcos es el único evangelista que menciona este hecho, y merece especial atención. No hay duda que este hecho tuvo por objeto enseñarnos las ventajas de la asociación cristiana entre todos los que trabajan por Cristo. El sabio tuvo mucha razón en decir, "Mejor es ser dos que uno" Ecl.4.9. Dos hombres unidos hacen más trabajo que dos hombres aislados; se ayudan mutuamente con sus observaciones y comenten menos errores. Se sostienen en las dificultades y no es tan fácil que fracasen en sus propósitos. Se excitan mutuamente cuando la pereza se apodera de ellos y con menos frecuencia la indolencia o la indiferencia los domina. Se consuelan en las adversidades y así no se dejan abatir. "Desgraciado del que está solo cuando cae; porque no tiene quien le ayude" Ecel.4.10 Probable es que en el día este principio no se recuerda, como fuera debido, en la iglesia de Cristo. No hay duda que la mies es abundante, tanto en la patria como en países extraños, y que los labradores son pocos; que el nombre de hombres fieles es mucho menor que la demanda que de ellos existe. Es innegable que las razones para enviar misiones uno a uno en las circunstancias presentes son fuertes y de mucho peso; pero, a pesar de todo, la conducta de nuestro Señor en este caso es un hecho notable. Apenas hay un solo ejemplo en el libro de los Hechos, en que veamos a Pablo o a cualquier otro apóstol trabajando enteramente solo, y esta es otra circunstancia muy digna también de consideración. Es casi imposible dejar de concluir que si la regla de viajar de "dos en dos" hubiera sido observada más estrictamente, el campo de las misiones hubiera producido resultados más pingues que los que ha dado. Una cosa, al menos es cierta, el deber de todos los que trabajan por Cristo de cooperar al mismo fin y ayudarse mutuamente siempre que puedan. "Como el hierro afila el hierro, así el rostro de un hombre anima a su amigo". Los ministros, los misioneros, los visitadores de distritos rurales o urbanos, los maestros de las escuelas dominicales deberían aprovechar todas las oportunidades que se les presentaran para reunirse y consultar entre si. Las palabras siguientes de S. Pablo encierran una verdad que se olvida con demasiada frecuencia: "Y considerémonos los unos a los otros, para provocarnos a amor y a buenas obras; no dejando nuestra congregación". Heb.10.24-25 Observemos, en segundo lugar, que palabras tan solemnes emplea nuestro Señor cuando se refiere a los que no reciben ni oyen a sus ministros. Dice: "más tolerable será el castigo de Sodoma o de Gomorra en el día del juicio, que el de aquella ciudad" Esta es una verdad que encontramos muy repetida en los Evangelios, y es doloroso ver como muchos la pasan por alto. Por lo que se ve, millares de personas suponen, que si van a la iglesia, y no matan, ni roban, ni defraudan, ni violan abiertamente ninguno de los mandamientos de Dios, no están en gran peligro. Se olvidan que se necesita algo más que abstenerse de esas irregularidades visibles para salvar su alma. No comprenden que uno de los más grandes pecados que un hombre puede cometer a los ojos de Dios es oír el Evangelio de Cristo y no creer en el, ser invitado a arrepentirse y a creer y permanecer sin embargo, indiferente e incrédulo. En una palabra, rechazar el Evangelio es lo que hunde al alma en lo más profundo del infierno. No concluyamos las lectura de un pasaje como este sin preguntarnos, ¿Qué es lo que hacemos con el Evangelio? Vivimos en un país cristiano, en nuestras casas se ve la Biblia, durante el año oímos predicar con frecuencia la salvación que encontramos en el Evangelio. Pero ¿lo hemos recibido en nuestros corazones? En una palabra ¿hemos abrazado la esperanza que así se nos ofrece cargando con la cruz y seguido las huellas de Cristo? Si así no obramos, somos peores que los paganos que se prosternan ante leños y piedras; somos más criminales que los habitantes de Sodoma y Gomorra. Estos nunca oyeron predicar el Evangelio, por tanto no lo rechazaron; pero nosotros lo oímos predicar, y sin embargo, no queremos creer en él. Examinemos nuestros corazones y tratemos de no condenar nuestras almas. Observemos, por último, cual era la doctrina que los apóstoles de nuestro Señor predicaban: Leemos que "salieron y predicaron que los hombres debían arrepentirse" La necesidad del arrepentimiento podrá parecer a primera vista una verdad muy simple y muy elemental; y, sin embargo, podrían escribirse volúmenes para probar lo fundado de la doctrina y en adaptabilidad a todas las edades y épocas, y a todos los rangos y las clases de la sociedad. Está indisolublemente enlazada con las nociones verdaderas respecto a Dios, la naturaleza humana, el pecado, Cristo, la santidad y el cielo. Todos han pecado y se han apartado de la Gloria de Dios, todos necesitan que en ellos se despierte la convicción íntima de sus pecados, el dolor de haberlos cometido, el deseo y la voluntad de renunciar a ellos, y hambre y sed de perdón. Todos, en una palabra, necesitan volver a nacer y acudir a Cristo. Este es el arrepentimiento que engendra la vida; todo eso se requiera para la salvación de cualquier hombre; hada menos debe exigir de los hombres todo aquel que profese enseñar la religión de la Biblia. Debemos apremiar a los hombres para que se arrepientan, si pretendemos seguir las huellas de los apóstoles y cuando se hayan arrepentido, debemos insistir en que continúen arrepintiéndose hasta sus últimos momentos. ¿Nos hemos arrepentido? Esto es lo que más nos importa. Bueno es saber lo que los apóstoles enseñaron, muy bueno familiarizarse con todo el sistema de la doctrina cristiana; pero se mucho mejor saber por experiencia propia lo que es el arrepentimiento y sentirlo en lo más profundo de nuestros corazones. No descansemos hasta que sepamos y sintamos que nos hemos arrepentido. En el reino del cielo no entran los impenitentes; todos los que allí están, han sentido el dolor del pecado, lo han lamentado, ha desistido de él y han pedido perdón. Así debemos obrar nosotros si queremos salvarnos. |
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Muerte de Juan el Bautista Marcos 6.14-29 14 Oyó el rey Herodes la fama de Jesús, porque su nombre se había hecho notorio; y dijo: Juan el Bautista ha resucitado de los muertos, y por eso actúan en él estos poderes. 15 Otros decía: Es Elías. Y otros decía: Es un profeta, o alguno de los profetas (Mt.16.14; Mr. 8.28; Lc. 9.19) 16 al oír esto Herodes, dijo. Este es Juan, el que yo decapité, que ha resucitado de los muertos. 17 Porque el mismo Herodes había enviado y prendido a Juan, y le había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, mujer de Felipe su hermano; pues la había tomado por mujer. 18 Porque Juan decía a Herodes: No te es lícito tener la mujer de tu hermano (Lc. 3.19-20) 19 Pero Herodías le acechaba, y deseaba matarle, y no podía; 20 porque Herodes temía a Juan, sabiendo que era varón justo y santo, y le guardaba a salvo; y oyéndole se quedaba muy perplejo, pero le escuchaba de buena gana. 21 Pero venido un día oportuno, en que Herodes en la fiesta de su cumpleaños, daba una cena a sus príncipes y tribunos y a los principales de Galilea; 12 entrando la hija de Herodías, danzó, y agradó a Herodes y a los que estaban con él a la mesa; y el rey dijo a la muchacha: Pídeme lo que quieras, y yo te lo daré. 23 Y lo juró: Todo lo que me pidas te daré, hasta la mitad de mi reino. 24 Saliendo ella, dijo a su madre: ¿Qué pediré? Y ella le dijo: La cabeza de Juan el Bautista. 25 Entonces ella entró prontamente al rey y pidió diciendo: Quiero que ahora mismo me des en un plato la cabeza de Juan el Bautista. 26 Y el rey se entristeció mucho; pero a causa del juramento y de los que estaban con él a la mesa, no quiso desecharla. 27 Y en seguida el rey, enviando a uno de la guardia, mandó que fuese traída la cabeza de Juan. 28 El guarda fue, le decapitó en la cárcel, y trajo su cabeza en un plato y la dio a la muchacha, y la muchacha la dio a su madre. 29 Cuando oyeron esto sus discípulos, vinieron y tomaron su cuerpo, y lo pusieron en un sepulcro. |
Muerte de Juan el Bautista Marcos 6.14-28 Mt. 14.1-12; Lc. 9.7-9 Mt. 14.1-12 1 En aquel tiempo Herodes el tetrarca oyó la fama de Jesús, 2 y dijo a sus criados: Este es Juan el Bautista; ha resucitado de los muertos, y por eso actúan en él estos poderes. 3 Porque Herodes había prendido a Juan, y le había encadenado y metido en la cárcel, por causa de Herodías, mujer de Felipe su hermano; 4 porque Juan le decía: No te es lícito tenerla. 5 Y Herodes quería matarle, pero temía al pueblo; porque tenían a Juan por profeta. 6 Pero cuando se celebraba el cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías danzó en medio, y agradó a Herodes, 7 por lo cual éste le prometió con juramento darle todo lo que pidiese. 8 Ella, instruida primero por su madre, dijo: Dame aquí en un plato la cabeza de Juan el Bautista. 9 Entonces el rey se entristeció; pero a causa del juramento, y de los que estaban con él a la mesa, mandó que se la diesen, 10 y ordenó decapitar a Juan en la cárcel. 11 Y fue traída su cabeza en un plato, y dada a la muchacha; y ella la presentó a su madre. 12 Entonces llegaron sus discípulos, y tomaron el cuerpo y lo enterraron; y fueron y dieron las nuevas a Jesús. Lc. 9.7-9 7 Herodes el tetrarca oyó de todas las cosas que hacía Jesús; y estaba perplejo, porque decían algunos: Juan ha resucitado de los muertos; 8 otros: Elías ha aparecido; y otros: Algún profeta de los antiguos ha resucitado. 9 Y dijo Herodes: A Juan yo le hice decapitar; ¿quién, pues, es éste, de quien oigo tales cosas? Y procuraba verle. |
Marcos 6.15 Mt.16.14; Mr. 8.28; Lc. 9.19 Mt.16.14 Ellos dijeron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas. Mr. 8.28 Ellos respondieron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los profetas. Lc. 9.19 Ellos respondieron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, que algún profeta de los antiguos ha resucitado. Marcos 6.17-18 Lc. 3.19-20 19 Entonces Herodes el tetrarca, siendo reprendido por Juan a causa de Herodías, mujer de Felipe su hermano, y de todas las maldades que Herodes había hecho, 20 sobre todas ellas, añadió además esta: encerró a Juan en la cárcel. |
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Comentarios J.C. Ryle Marcos 6.14-29 Estos versículos narran la muerte de uno de los más eminentes santos de Dios; describen el asesinato de Juan el Bautista. De todos los evangelistas ninguno refiere esa triste historia tan minuciosamente como S. Marcos. Veamos que lecciones prácticas para nuestras almas contiene este pasaje. Descubrimos, en primer lugar, el poder maravilloso que la verdad ejerce sobre la conciencia. Herodes "teme" a Juan el Bautista mientras este vive, y su recuerdo lo conturba después de su muerte. Un pecador solitario y sin amigos, no usando otra arma que la verdad de Dios, perturba y aterra a un rey. Todo hombre tiene conciencia, y ese es el secreto del poder que ejerce un ministro fiel. Por eso Félix "tembló" y Agripa quedó "Casi persuadido", cuando Pablo, que era un prisionero, habló en su presencia. Dios ha encerrado un testigo suyo en el corazón de los inconversos. Aunque el hombre es un ser caído y corrompido, sus pensamientos lo acusan o lo excusan, según es su vida, pensamientos que no se pueden ahogar, y que inquietan y espantan aún a los reyes como Herodes. Nadie tiene que recordar esto más que los ministros y los maestros. Si predican y enseñan la verdad de Cristo, pueden estar seguros que su trabajo no es vano. Podrán ser los niños desatentos en la escuela, los oyentes en las congregaciones descuidados; pero en uno y otro caso, el efecto producido en la conciencia es a menudo mucho más grande de lo que vemos. Se ven brotar semillas y dar fruto, después que el sembrador, como Juan Bautista, ha muerto o partido. Vemos, en segundo lugar, cuan adelantados pueden estar en religión algunas personas y no salvarse con todo por ceder a un pecado que los domina. El rey Herodes fue más lejos que muchos: "temía a Juan;" "sabía que era un justo y un santo;" lo "observaba;" lo "escuchaba, y hacía muchas cosas" de las que recomendaba; hasta "lo oía con gusto". Pero Herodes no quería dejar de hacer una cosa: no quería cesar en su adulterio; no quiso abandonar a Herodías; y por eso condenó su alma por una eternidad. Que el caso de Herodes sea para nosotros un apercibimiento. No nos reservemos nada, no nos adhiramos a ningún vicio favorito -no tengamos consideración con nada que se interponga entre nosotros y nuestra salud eterna. Examinemos nuestro interior hasta estar seguros que no hay ninguna concupiscencia favorita, ninguna trasgresión acariciada, que como otra Herodías, esté matando nuestras almas. Prefiramos cortarnos la mano derecha y sacarnos el ojo derecho, a descender al fuego del infierno. No nos contentemos con ir a admirar a predicadores de fama, ni oír con gusto sermones evangélicos; no descansemos hasta que no podamos repetir con David, "Estimo justos todos tus mandamientos, respecto a todas las cosas, y aborrezco los falsos manejos" Salmo 119.128 Vemos en tercer lugar, con que valor un fiel ministro de Dios debe reprochar el pecado. Juan Bautista habló muy francamente a Herodes de la maldad que cometía. No se excusó de hacerlo so pretexto que decírselo pudiera ser imprudente, impolítico, inoportuno o inútil. No lo trató con suavidad, ni intentó paliar la maldad del rey empleando palabras blandas para describir su falta. Dijo a su real oyente la verdad sencilla sin mirar a las consecuencias: "No es justo que tengas a la mujer de tu hermano". He aquí un ejemplo que todos los ministros deberían imitar. En público y en privado, desde el púlpito y en sus visitas domiciliarias, deben reprochar todo pecado conocido, y apercibir a todos los que viven en él. Quizás incomode; quizás se haga impopular; pero no debe ocuparse de ello; cumplan con su deber y dejen a Dios las consecuencias. No hay duda que se necesita mucha gracia y mucho valor para manejarse así. No hay duda que un acusador, como Juan Bautista, debe trabajar con mucho amor y mucha prudencia al cumplir con la comisión que ha recibido de su Maestro de reprochar a los malvados; pero es asunto en que su fidelidad y su caridad están empeñadas. Si cree que una persona está perjudicando su alma, debe decírselo; si lo ama realmente, no debe dejar de advertirle que corre a su ruina. Por grande que la ofensa parezca al principio, el acusador fiel al cabo será generalmente respetado. "El que reconviene a un hombre, encontrará después más favor en él, que el que lo lisonjea con sus palabras" Prov. 28.23 Vemos, en cuarto lugar, cuan profundamente odian los hombre a los que los reconvienen cuando están determinados a continuar en sus pecados. Herodías, la desgraciada cómplice de la iniquidad del rey, estaba al parecer más hundida en el abismo del pecado que Herodes. Con una conciencia endurecida y cauterizada por la maldad, aborrecía a Juan Bautista por su franqueza y rectitud, y no paró hasta lograr su muerte. No debemos maravillarnos; cuando los hombres han escogido su línea de conducta, y están resueltos a continuar por la senda del crimen en que han entrado, miran mal a todo el que trata de sacarlos de ella. Quieren que los dejen tranquilos; se irritan con la oposición, y se enfurecen cuando se les dice la verdad. Se dijo del profeta Elías que era un "hombre que revolvía a Israel". El profeta Miqueas fue odiado por Acab, "porque nunca profetizó de el bien, sino mal". Los profetas y los predicadores fieles han sido tratados de la misma manera en todas épocas. Han sido aborrecidos al mismo tiempo que no creídos. No nos sorprendamos, pues, cuando oigamos que se odian, que se injurian a algunos ministros fieles del Evangelio, y que se habla mal de ellos. Recordemos que han sido ordenados para servir de testigos contra el pecado, el mundo, y el diablo, y que si son fieles, tienen que causar ofensas. No es una mancha en el carácter de un ministro no agradar a los impíos y a los malvados; ni deben tener por un honor que todos hablen bien de ellos. Creemos que no se meditan bastante estas palabras de nuestro Señor: "Ay de vosotros cuanto todos los hombres hablan bien de ustedes" Vemos, en quinto lugar, cuanta influencia tienen en producir el pecado las fiestas y los banquetes. Herodes celebra su natalicio con un espléndido banquete; pasa el día con los convidados en beber y danzar; y en un momento de excitación concede a una joven impía la petición que le hacer de ordenar la decapitación de Juan Bautista. Es probable que el día siguiente se arrepintió de su conducta; pero era ya tarde; lo hecho no tenía remedio. Es una pintura fiel de las consecuencias que suelen tener las fiestas y las diversiones. Se hacen cosas en tales ocasiones, cuando las pasiones se encienden, que se lloran después amargamente. ¡Felices los que se alejan de semejantes tentaciones, y evitan presentarle al diablo esas oportunidades! Nadie sabe lo que es capaz de hacer una vez que se aventura lejos de los caminos seguros y conocidos. Muchos pueden considerar muy inocente permanecer hasta horas muy avanzadas en salones llenos de turbas numerosas, gozando en fiestas espléndidas con la música y con la danza; pero el cristiano no debe olvidar nunca que tomar parte en ellas es abrir ancha puerta a las tentaciones. Vemos, finalmente, n estos versículos que premio tan escaso reciben en este mundo algunos de los mejores siervos de Dios. Una prisión injusta y una muerte violenta fueron los frutos que recogió Juan Bautista de sus asiduas tareas. Como Esteba y Santiago y otros, de quienes el mundo no fue digno, fue llamado a sellar su testimonio con sangre. Historias como estas han sido escritas para recordarnos que cosas mejores están reservadas aun para los verdaderos cristianos. Su descanso, su corona, su salario, su premio, están del otro lado de la tumba. Aquí, en este mundo, tienen que marchar guiados por la fe, y no por la vista; y muy desconsolados se verán, si esperan obtener alabanzas de los hombres. Aquí, en esta vida, tienen que sembrar, trabajar, combatir y sufrir persecuciones; y si esperan una gran recompensa en la tierra, esperan lo que no recibirán. Pero esta vida no es todo: tiene que llegar el día de la retribución, el tiempo de la cosecha de la Gloria, y el cielo compensará por todo. No, los ojos no han visto, ni los oídos han escuchado, las glorias que Dios ha atesorado para todos los que lo aman. No se ha de medir el valor de la religión verdadera por lo que se ve, sino por lo que no se ve. "Porque yo juzgo, que lo que en este tiempo se padece, no es digno de compararse con la Gloria venidera que en nosotros ha de ser manifestada". Rom.8.18. "Porque nuestra leve tribulación, que no es sino por un momento, obra por nosotros un peso de Gloria inconmensurablemente grande y eterno". Cor.4.17 |
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Alimentación de los cinco mil Marcos 6.30-44 30 Entonces los apóstoles se juntaron con Jesús, y le contaron todo lo que habían hecho, y lo que habían enseñado. 31 El les dijo: Venid vosotros aparte a un lugar desierto, y descansad un poco. Porque eran muchos los que iban y venían, de manera que ni aun tenían tiempo para comer. 32 Y se fueron solos en una barca a un lugar desierto. 33 Pero muchos los vieron ir, y le reconocieron; y muchos fueron allá a pie desde las ciudades, y llegaron antes que ellos, y se juntaron a él. 34 Y salió Jesús y vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos, porque eran como ovejas que no tenían pastor; (1R.22.17; 2.Cro.18.16; Zac. 10.2; Mt.9.36) y comenzó a enseñarles muchas cosas. 35 Cuando ya era muy avanzada la hora, sus discípulos se acercaron a él, diciendo: El lugar es desierto, y la hora ya muy avanzada. 36 Despídelos para que vayan a los campos y aldeas de alrededor, y compren pan, pues no tienen qué comer. 37 Respondiendo él, les dijo: Dadles vosotros de comer. Ellos le dijeron: ¿Que vayamos y compremos pan por doscientos denarios, y les demos de comer? 38 El les dijo: ¿Cuántos panes tenéis? Id y vedlo. Y al saberlo, dijeron: Cinco, y dos peces. 39 Y les mandó que hiciesen recostar a todos por grupos sobre la hierba verde. 40 Y se recostaron por grupos, de ciento en ciento, y de cincuenta en cincuenta. 41 Entonces tomó los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, bendijo, y partió los panes, y dio a sus discípulos para que los pusiesen delante; y repartió los dos peces entre todos. 42 Y comieron todos, y se saciaron. 43 Y recogieron de los pedazos doce cestas llenas, y de lo que sobró de los peces. 44 Y los que comieron eran cinco mil hombres. |
Alimentación de los cinco mil Marcos 6.30-44 Mt. 14.13-21; Lc. 9.10-17; Jn. 6.1-14 Mt. 14.13-21 13 Oyéndolo Jesús, se apartó de allí en una barca a un lugar desierto y apartado; y cuando la gente lo oyó, le siguió a pie desde las ciudades. 14 Y saliendo Jesús, vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos, y sanó a los que de ellos estaban enfermos. 15 Cuando anochecía, se acercaron a él sus discípulos, diciendo: El lugar es desierto, y la hora ya pasada; despide a la multitud, para que vayan por las aldeas y compren de comer. 16 Jesús les dijo: No tienen necesidad de irse; dadles vosotros de comer. 17 Y ellos dijeron: No tenemos aquí sino cinco panes y dos peces. 18 El les dijo: Traédmelos acá. 19 Entonces mandó a la gente recostarse sobre la hierba; y tomando los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, bendijo, y partió y dio los panes a los discípulos, y los discípulos a la multitud. 20 Y comieron todos, y se saciaron; y recogieron lo que sobró de los pedazos, doce cestas llenas. 21 Y los que comieron fueron como cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños. Lc. 9.10-17 10 Vueltos los apóstoles, le contaron todo lo que habían hecho. Y tomándolos, se retiró aparte, a un lugar desierto de la ciudad llamada Betsaida. 11 Y cuando la gente lo supo, le siguió; y él les recibió, y les hablaba del reino de Dios, y sanaba a los que necesitaban ser curados. 12 Pero el día comenzaba a declinar; y acercándose los doce, le dijeron: Despide a la gente, para que vayan a las aldeas y campos de alrededor, y se alojen y encuentren alimentos; porque aquí estamos en lugar desierto. 13 El les dijo: Dadles vosotros de comer. Y dijeron ellos: No tenemos más que cinco panes y dos pescados, a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta multitud. 14 Y eran como cinco mil hombres. Entonces dijo a sus discípulos: Hacedlos sentar en grupos, de cincuenta en cincuenta. 15 Así lo hicieron, haciéndolos sentar a todos. 16 Y tomando los cinco panes y los dos pescados, levantando los ojos al cielo, los bendijo, y los partió, y dio a sus discípulos para que los pusiesen delante de la gente. 17 Y comieron todos, y se saciaron; y recogieron lo que les sobró, doce cestas de pedazos. Jn. 6.1-14 1 Después de esto, Jesús fue al otro lado del mar de Galilea, el de Tiberias. 2 Y le seguía gran multitud, porque veían las señales que hacía en los enfermos. 3 Entonces subió Jesús a un monte, y se sentó allí con sus discípulos. 4 Y estaba cerca la pascua, la fiesta de los judíos. 5 Cuando alzó Jesús los ojos, y vio que había venido a él gran multitud, dijo a Felipe: ¿De dónde compraremos pan para que coman éstos? 6 Pero esto decía para probarle; porque él sabía lo que había de hacer. 7 Felipe le respondió: Doscientos denarios de pan no bastarían para que cada uno de ellos tomase un poco. 8 Uno de sus discípulos, Andrés, hermano de Simón Pedro, le dijo: 9 Aquí está un muchacho, que tiene cinco panes de cebada y dos pececillos; mas ¿qué es esto para tantos? 10 Entonces Jesús dijo: Haced recostar la gente. Y había mucha hierba en aquel lugar; y se recostaron como en número de cinco mil varones. 11 Y tomó Jesús aquellos panes, y habiendo dado gracias, los repartió entre los discípulos, y los discípulos entre los que estaban recostados; asimismo de los peces, cuanto querían. 12 Y cuando se hubieron saciado, dijo a sus discípulos: Recoged los pedazos que sobraron, para que no se pierda nada. 13 Recogieron, pues, y llenaron doce cestas de pedazos, que de los cinco panes de cebada sobraron a los que habían comido. 14 Aquellos hombres entonces, viendo la señal que Jesús había hecho, dijeron: Este verdaderamente es el profeta que había de venir al mundo. |
Mateo 6.34 1R.22.17; 2.Cro.18.16; Zac. 10.2; Mt.9.36 1R.22.17 Entonces él dijo: Yo vi a todo Israel esparcido por los montes, como ovejas que no tienen pastor; y Jehová dijo: Estos no tienen señor; vuélvase cada uno a su casa en paz. 2.Cro.18.16 Entonces Micaías dijo: He visto a todo Israel derramado por los montes como ovejas sin pastor; y dijo Jehová: Estos no tienen señor; vuélvase cada uno en paz a su casa. Zac. 10.2 Porque los terafines han dado vanos oráculos, y los adivinos han visto mentira, han hablado sueños vanos, y vano es su consuelo; por lo cual el pueblo vaga como ovejas, y sufre porque no tiene pastor. Mt.9.36 Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor. |
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Comentarios J.C. Ryle Marcos 6.30-34 Marquemos en este pasaje la conducta de los apóstoles cuando volvieron de su primera misión como predicadores. Leemos que "se juntaron con Jesús, y le dijeron todas las cosas que habían hecho, y lo que habían enseñado". Estas palabras son muy instructivas: deben servir de guía a todos los ministros del Evangelio y a todos los que trabajan en hacer bien a las almas. Todos ellos deben hacer diariamente lo que los apóstoles en esta ocasión. Deben referir todo lo que hagan a la gran Cabeza de la iglesia; presentar toda su obra a Cristo, y pedirle consejos, dirección, fuerza y ayuda. La plegaria es el gran secreto del éxito en esas empresas espirituales; conmueve al que pone en movimiento el cielo y la tierra; hace descender la prometida ayuda del Espíritu Santo, sin quien, los mejores sermones, la enseñanza más luminosa, y el trabajo más diligente, son completamente vanos. No son los que tienen las dotes más eminentes los que logran más éxito al trabajar por Dios, sino los que se mantienen en comunión más íntima con Cristo y son más constantes en la oración. Los que claman con el profeta Ezequiel, "Ven de los cuatro puntos cardinales, Oh aliento, y sopla sobre estos muertos para que vivan". Ezeq. 37.9. Los que siguen con más exactitud el modelo apostólico, y "se consagran a la plegaria y al ministerio de la palabra". Hech.6.4. ¡Feliz la iglesia que tiene ministros que saben orar lo mismo que predicar! La pregunta que debemos hacer respecto a un nuevo ministro, no es solamente "¿Sabe predicar bien?" sino también "¿Ora mucho a favor de su pueblo y de su obra?" Notemos, en segundo lugar, las palabras que nuestro Señor dirigió a los apóstoles, cuando volvieron de su primera misión pública. "Les dijo, venid aparte a un lugar desierto, y descansad un poco". Estas palabras están llenas de una tierna consideración. Nuestro Señor sabe bien que sus siervos son carne así como espíritu, y que tienen cuerpos lo mismo que almas. Sabe que los mejores tienen un tesoro encerrado en vasos de tierra y están sujetos a muchas flaquezas. Les hace ver que no espera de ellos más que lo que su fuerza corporal permite. Nos exige lo que podemos hacer, no lo imposible. "Apartaos" les dice, "y descansad un poco" Estas palabras están llenas de profunda sabiduría. Nuestro Señor sabe que sus siervos tienen que atender a sus almas así como atender a las de los demás. Sabe que dedicar una atención constante a una obra pública puede hacernos olvidar los intereses privados de nuestras almas y que mientras cuidemos de las viñas ajenas, corremos peligro de descuidar la Nuevo Testamento. Cant.1.6. nos recuerda que es bueno que los ministros se retiren algunas veces de sus trabajos públicos y se examinen. "Apartaos", les dice, "a un lugar desierto" Desgraciadamente hay poco en la iglesia de Cristo que necesitan estas amonestaciones; hay pocos en peligro de trabajar demasiado y de dañar sus cuerpos y sus almas por ocuparse con exceso de los demás. La gran mayoría de los que se llaman cristianos es indolente y perezosa, y nada hace en bien del mundo que los rodea; pocos hay que necesiten de la brida tanto como del acicate; estos pocos, sin embargo, deben atesorar en sus corazones las enseñanzas que se desprenden de este pasaje. Deben economizar su salud como un capital, y no malgastarlo como jugadores; deben contentarse con gastar la renta diaria de fuerza que poseen, y no girar contra el principal destinadamente; deben recordar que hacer poco y hacerlo bien, es el medio de hacer más al cabo. Sobre todo no deberían olvidarse nunca de vigilar del continuo sus corazones y proporcionarse de una manera metódica tiempo para examinarse y para meditar con calma. El éxito del ministerio de una persona y de los buenos resultados de sus trabajos públicos está íntimamente enlazado con la buena condición de su alma; muy útil le es el retirarse de cuando en cuando. Finalmente, fijemos la atención en los sentimientos que manifiesta nuestro Señor Jesucristo respecto a las personas que se les unieron. Leemos "que sintió por ellas gran compasión, porque estaban como ovejas sin pastor". No tenían maestros que los enseñaran, y sus guías eran los escribas y fariseos que estaban ciegos, sin recibir otro alimento espiritual que las tradiciones humanas. Millares de almas inmortales estaban allí, en presencia de nuestro Señor, ignorantes, desvalidas, marchando por el ancho camino de la perdición. El bondadoso corazón de nuestro Señor Jesucristo se conmovió. "Sintió compasión por ellos, y empezó a enseñarles muchas cosas" No olvidemos nunca que nuestro Señor es el mismo ayer, hoy y eternamente, que jamás cambia y que en el cielo, a la diestra de Dios, contempla compasivo a los hijos de los hombres; se compadece aún del ignorante y de los que están extraviados y aún está dispuesto a "enseñarles muchas cosas". Aunque siente un amor especial por las ovejas que oyen su voz, siente también un amor inmenso y universal por el género humano entero, amor compasivo y lleno de misericordia. Es una teología muy estrecha la que enseña que Cristo se ocupa tan solo de los creyentes. Apoyándonos en la Escrituras podemos asegurar a los pecadores más endurecidos, que Jesús los compadece, que se ocupa de sus almas; que Jesús desea salvarlos y los invita a creer y a encontrar su salvación. Preguntémonos al concluir este pasaje si comprendemos el espíritu de Cristo y lo sentimos en nosotros. ¿Nos interesamos como El por las almas de los inconversos? ¿Compadecemos, como El, profundamente a todos los que están como o vejas sin pastor? ¿Nos cuidamos de los impenitentes y de los impíos que están a nuestra puerta? ¿Nos cuidamos de los paganos, de los judíos, de los mahometanos, de los católicos romanos que habitan en remotas tierras? ¿Empleamos todos los medios que están a nuestro alcance y damos con placer nuestro dinero, para esparcir el Evangelio por el mundo? Estas son preguntas muy graves, y que exigen graves respuesta. El que no se cuida de las almas de los demás no es como Jesucristo. Puede muy bien ponerse en duda si está convertido, y si conoce el valor de su misma alma. Comentarios J.C. Ryle Marcos 6.35-46 De todos los milagros de nuestro Señor Jesucristo, ninguno se refiere con más frecuencia en los Evangelios, que el que acabamos de leer. Cada uno de los cuatro evangelistas fue inspirado para referirlo. Evidente es que demanda una atención especial de todos los lectores de la palabra de Dios. Observemos, ante todo, en este pasaje, que prueba nos suministra este milagro del extraordinario poder de nuestro Señor Jesucristo. Se nos dice que dio de comer a cinco mil hombres con cinco panes y dos peces, y se expresa con mucha claridad que aquella multitud no tenía nada que comer. Con no menos claridad se nos dice que todas las provisiones que allí se encontraban eran solo cinco panes y dos peces; y, sin embargo, leemos que nuestro Señor tomó los panes y los peces, los bendijo, los rompió y se los dio a sus discípulos para que se los repartiesen al pueblo. Y al fin de la narración se nos dice, que "comieron y rellenaron" y que se recogieron "doce cestas llenas de fragmentos" Este, sin duda ninguna, es poder creador. Tuvo manifiestamente que dar existencia a algo sólido, real y sustancia, que antes no existía. No se puede dar entrada a la teoría que las turbas estaban bajo la influencia de una ilusión óptica; o de una imaginación excitada. Cinco mil personas hambrientas no hubieran quedado satisfechas, si no hubieran recibido en la boca pan verdadero. No se hubieran podido recoger doce cestas de fragmentos, si los cinco panes no se hubieran multiplicado de una manera milagrosa. En fin, es muy claro que la mano del que hizo el mundo de la nada medió en esta ocasión; solo Aquel que creó el principio de todas las cosas, que hizo caer el maná en el desierto, pudo así haber preparado "un banquete en el desierto". Todos los verdaderos cristianos deben atesorar en sus almas hechos como este y recordarlos en épocas de necesidad. Vivimos en medio de un mundo malo y vemos a pocos de nuestro lado y a muchos contra nosotros. Llevamos con nosotros un corazón débil, dispuesto a cada instante a desviarse del camino recto; y siempre tenemos cerca de nosotros a un diablo muy activo, que espía de continuo nuestras debilidades y trata de hacernos caer en tentación. ¿A dónde iremos a buscar consuelo? ¿Quién mantendrá nuestra fe viva y nos impedirá sumirnos en la desesperación? No hay más que una respuesta. Fijemos nuestras miradas en Jesús. Debemos pensar en su poder supremo y en las maravillas que hizo en los tiempos antiguos. Debemos recordar que de la nada puede crear alimento para su pueblo y satisfacer las necesidades de los que lo siguen aunque sea al desierto. Y al resolver estos pensamientos recordemos que ese Jesús vive aun, que nunca cambia y que está de nuestra parte. Observemos además, en este pasaje, la conducta de nuestro Señor Jesucristo, así que hizo el milagro de dar de comer a la multitud. Leemos que "cuando los despidió, se dirigió a una montaña a orar". Hay algo de profundamente instructivo en esta circunstancia. Nuestro Señor no buscaba las alabanzas de los hombres, después de uno de sus más grandes milagros, lo vemos buscar inmediatamente la soledad y pasar mucho tiempo en la oración. Practicaba lo que había enseñado, cuando dijo "entra en tu alcoba, cierra la puerta y dirige tus plegarias a tu Padre que está en lo escondido". Nadie hizo cosas tan grandes como el, ni habló tales palabras ni fue nunca tan constante en la oración. Sírvanos de ejemplo la conducta de nuestro Señor. No podemos hacer milagros como El; no tiene igual en eso, pero podemos seguir sus huellas en todo lo que concierne a la devoción privada. Si tenemos el espíritu de adopción, podremos orar. Resolvámonos a orar más que hasta ahora, empeñémonos en buscar tiempo, lugar y oportunidad de estar solos con Dios. Sobre toda, no oremos solamente antes de trabajar por Dios, sino oremos después de haber concluido nuestra obra. Muy conveniente sería para nosotros todos que nos examináramos con más frecuencia respecto a este punto de la oración privada. ¿Qué tiempo le concedemos en las veinticuatro horas del día? ¿Qué progresos notamos, según van pasando los años, en el fervor, en la plenitud y en el entusiasmo de nuestras plegarias? ¿Sabemos por experiencia "trabajar fervientemente orando"? Col. 4.12. Estas son indagaciones que nos humillan, pero muy convenientes para nuestras almas. De temerse es que hay pocas cosas en que los cristianos se aparten más del ejemplo de Cristo, que en punto a plegarias. Los grandes lamentos y las lagrimas de nuestro Maestro, la frecuencia con que se apartaba a lugar solitarios para ponerse en comunión íntima con el Padre, son cosas que se habla mucho y que se admiran más que se imitan. Vivimos en una edad de precipitación, de bullicio y de un movimiento incesante que se llama actividad. Se ven hombres tentados continuamente a acortar sus devociones privadas y a abreviar sus plegarias. Cuando tal acontece, no debemos admirarnos que la iglesia de Cristo haga tan poco en proporción a lo vasto de su organización. La iglesia debe aprender a imitar más exactamente a su Cabeza; sus miembros deben encerrarse con más frecuencia en sus retretes. "Tenemos poco", porque poco pedimos. Sant. 4.2 |
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Jesús anda sobre el mar Marcos 6.45-52 45 En seguida hizo a sus discípulos entrar en la barca e ir delante de él a Betsaida, en la otra ribera, entre tanto que él despedía a la multitud. 46 Y después que los hubo despedido, se fue al monte a orar; 47 y al venir la noche, la barca estaba en medio del mar, y él solo en tierra. 48 Y viéndoles remar con gran fatiga, porque el viento les era contrario, cerca de la cuarta vigilia de la noche vino a ellos andando sobre el mar, y quería adelantárseles. 49 Viéndole ellos andar sobre el mar, pensaron que era un fantasma, y gritaron; 50 porque todos le veían, y se turbaron. Pero en seguida habló con ellos, y les dijo: ¡Tened ánimo; yo soy, no temáis! 51 Y subió a ellos en la barca, y se calmó el viento; y ellos se asombraron en gran manera, y se maravillaban. 52 Porque aún no habían entendido lo de los panes, por cuanto estaban endurecidos sus corazones. |
Jesús anda sobre el mar Marcos 6.45-52 Mt. 14.22-27; Jn. 6.15-21 Mt. 14.22-27 22 En seguida Jesús hizo a sus discípulos entrar en la barca e ir delante de él a la otra ribera, entre tanto que él despedía a la multitud. 23 Despedida la multitud, subió al monte a orar aparte; y cuando llegó la noche, estaba allí solo. 24 Y ya la barca estaba en medio de la mar, azotada por las olas; porque el viento era contrario. 25 Mas a la cuarta vigilia de la noche, Jesús vino a ellos andando sobre el mar. 26 Y los discípulos, viéndole andar sobre el mar, se turbaron, diciendo: ¡Un fantasma! Y dieron voces de miedo. 27 Pero en seguida Jesús les habló, diciendo: ¡Tened ánimo; yo soy, no temáis! Jn. 6.15-21 15 Pero entendiendo Jesús que iban a venir para apoderarse de él y hacerle rey, volvió a retirarse al monte él solo. 16 Al anochecer, descendieron sus discípulos al mar, 17 y entrando en una barca, iban cruzando el mar hacia Capernaum. Estaba ya oscuro, y Jesús no había venido a ellos. 18 Y se levantaba el mar con un gran viento que soplaba. 19 Cuando habían remado como veinticinco o treinta estadios, vieron a Jesús que andaba sobre el mar y se acercaba a la barca; y tuvieron miedo. 20 Más él les dijo: Yo soy; no temáis. 21 Ellos entonces con gusto le recibieron en la barca, la cual llegó en seguida a la tierra adonde iban. |
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Referencias
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Jesús sana a los enfermos en Genesaret Marcos 6.53-56 53 Terminada la travesía, vinieron a tierra de Genesaret, y arribaron a la orilla. 54 Y saliendo ellos de la barca, en seguida la gente le conoció. 55 Y recorriendo toda la tierra de alrededor, comenzaron a traer de todas partes enfermos en lechos, a donde oían que estaba. 56 Y dondequiera que entraba, en aldeas, ciudades o campos, ponían en las calles a los que estaban enfermos, y le rogaban que les dejase tocar siquiera el borde de su manto; y todos los que le tocaban quedaban sanos. |
Jesús sana a los enfermos en Genesaret Marcos 6.53-56 Mt. 14.34-36 34 Y terminada la travesía, vinieron a tierra de Genesaret. 35 Cuando le conocieron los hombres de aquel lugar, enviaron noticia por toda aquella tierra alrededor, y trajeron a él todos los enfermos; 36 y le rogaban que les dejase tocar solamente el borde de su manto; y todos los que lo tocaron, quedaron sanos. |
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Comentarios J.C. Ryle Marcos 6.47-56 El primer acontecimiento que se relata en estos versículos, es un bello emblema de la condición en que se encontrarán todos los creyentes, antes de la segunda venida de Jesucristo. Como los discípulos, somos juguete de las borrascas y no gozamos de la presencia visible de nuestro Señor; y como los discípulos, veremos otra vez cara a cara a nuestro. Señor. Como los discípulos, veremos tiempos mejores, cuando nuestro Maestro venga a nosotros; no seremos azotados por las tormentas y gozaremos de calma perfecta. Nada hay de fantástico en la aplicación del pasaje. No debemos dudar que hay una profunda significación en todos los pasos de su vida, y que era "Dios manifiesto en la carne". Por ahora, sin embargo, limitémonos a presentar las enseñanzas claras y prácticas que contienen estos versículos. Notemos, el primer lugar, como nuestro Señor fija sus miradas en las angustias de su pueblo creyente, y los socorre en debido tiempo. Leemos, que cuando "la barca estaba en medio del mar, y El solo estaba en la tierra, vio a sus discípulos afanados remando" -se dirigió a ellos caminando sobre el mar, y los animó con estas graciosas palabras, "Soy Yo, no temáis", cambiando la tempestad de bonanza. ¡Cuántos motivos de consuelo no hay en estas palabras para todos los verdaderos creyentes! En donde quiera que se encuentren, y cualesquiera que sean las circunstancias que los rodean, el Señor Jesús los ve. Solos o acompañados, en salud o enfermedad, por tierra o por mar, expuestos a peligros en las ciudades o en los desiertos, los mismos ojos que vieron a los discípulos sacudidos por las olas en el lago, nos están de continuo contemplando. Nunca estamos fuera del alcance de su cuidado, nuestros pasos no se le ocultan, sabe el sendero que tomamos y aún puede socorrernos. Quizás no venga a nuestra ayuda en el momento que más deseamos, pero no permitirá que sucumbamos por completo. El que marchó sobre las olas no cambia nunca; llegará siempre en el tiempo oportuno para sostener a su pueblo. Aunque se demore, esperemos con paciencia. Jesús nos ve y no nos abandonará. Notemos, en segundo lugar, los terrores de los discípulos, al ver por primera vez a Nuevo Testamento Señor caminar sobre el mar. Se nos dice que "suponían que era un espíritu, y comenzaron a gritar; pues todos ellos lo vieron y se amedrentaron" ¡Qué pintura tan fiel de la naturaleza humana nos presentan estas palabras! ¡Cuántos millares de personas, si vieran al presente lo que vieron los discípulos, se manejarían de la misma manera! ¡Cuán pocos se mantendrían tranquilos, y libres de temor, si estando a bordo de un buque vieran de repente en una noche tempestuosa a una persona marchando sobre las aguas y acercándose al bajel! Dejad que algunos se rían, si así les place, de los temores supersticiosos de sus discípulos ignorantes. Encarezcan, si ese es su deseo, la marcha de la inteligencia y los progresos de los conocimientos de nuestros días. Pocos hay, lo aseguramos con toda confianza, que colocados en la misma situación de los apóstoles, hubieran manifestado más valor que ellos. Los escépticos más audaces han resultado ser los más grandes cobardes, al ver de noche objetos que no podían explicarse. La verdad es, que hay un sentimiento instintivo en el hombre que lo hace apartarse con disgusto de todo lo que al parecer pertenece a otro mundo. Tenemos la conciencia, que muchos se empeñan en vano ocultar con afectada indiferencia, de que hay seres invisibles así como visibles, y que la vida que ahora vivimos en la carne no es la única existencia que tiene el hombre. Las historias vulgares de apariciones y duendes son, a no dudarlo, necias y supersticiosas; podemos casi siempre encontrar su origen en las ilusiones y los terrores de personas débiles e ignorantes. Sin embargo, es un hecho que merece estudiarse la aceptación y circulación que tales cuentos obtienen en todo el mundo. Es una prueba indirecta de la creencia latente en lo invisible, de la misma manera que la moneda falsa es una evidencia que la hay buena. Forma un testimonio muy peculiar que el incrédulo encontrará difícil refutar, porque prueba que hay algo en el hombre, que testifica que hay un mundo más allá de la tumba, y que lo aterra cuando lo siente. Deber es del cristiano proveerse de un antídoto que lo preserve de los terrores de ese gran mundo invisible. Ese antídoto es la fe en un Salvador invisible y estar en comunión constante con El. Armados con ese antídoto, y mirando al que invisible, no tenemos por que temer. Estamos en viaje dirigiéndonos al mundo de los espíritus, y aun ahora nos vemos rodeados de muchos peligros, pero teniendo a Jesús por nuestro Pastor, no hay por que alarmarnos; estamos seguros si El es nuestro Escudo. Notemos, al concluir con este capítulo, que brillante ejemplo tenemos de nuestros deberes mutuos. Se nos dice que cuando nuestro Señor llegó a tierra de Genesaret, el pueblo "recorrió toda aquella región" y le llevó en lechos "a los que estaban enfermos" Leemos que "en dondequiera que entraba, en aldeas, o ciudades o heredades, ponían a los enfermos en las calles, y le suplicaban que les permitiera tocar aunque fuera la orla de su vestido. Que en esto veamos un ejemplo para nosotros. Hagamos lo mismo; tratemos de llevar a Jesús, el gran Médico, para que cure a todos los que en torno nuestro necesitan medicina espiritual. Almas hay que mueren de continuo, y las oportunidades pasan rápidamente, y la noche viene cuando nadie puede trabajar. No perdonemos esfuerzos en despertar en todos el conocimiento de Jesucristo, para que puedan salvarse. Es una idea consoladora saber que "todos los que lo tocan quedan sanos" |
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El Texto Bíblico esta siendo transcrito por:
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"Pero en cuanto a ti, enseña lo que está de acuerdo con la sana doctrina. Porque vendrá tiempo cuando no soportarán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oídos, acumularán para sí maestros conforme a sus propios deseos; y apartarán sus oídos de la verdad, y se volverán a mitos." (2 Timoteo 2:1; 4:3-4)
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