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Alimentación de los cuatro mil Marcos 8.1-10 1 En aquellos días, como había una gran multitud, y no tenían qué comer, Jesús llamó a sus discípulos, y les dijo: 2 Tengo compasión de la gente, porque ya hace tres días que están conmigo, y no tienen qué comer; 3 y si los enviare en ayunas a sus casas, se desmayarán en el camino, pues algunos de ellos han venido de lejos. 4 Sus discípulos le respondieron: ¿De dónde podrá alguien saciar de pan a éstos aquí en el desierto? 5 El les preguntó: ¿Cuántos panes tenéis? Ellos dijeron: Siete. 6 Entonces mandó a la multitud que se recostase en tierra; y tomando los siete panes, habiendo dado gracias, los partió, y dio a sus discípulos para que los pusiesen delante; y los pusieron delante de la multitud. 7 Tenían también unos pocos pececillos; y los bendijo, y mandó que también los pusiesen delante. 8 Y comieron, y se saciaron; y recogieron de los pedazos que habían sobrado, siete canastas. 9 Eran los que comieron, como cuatro mil; y los despidió. 10 Y luego entrando en la barca con sus discípulos, vino a la región de Dalmanuta. |
Alimentación de los cuatro mil Marcos 8.1-10 Mt. 15.32-39 32 Y Jesús, llamando a sus discípulos, dijo: Tengo compasión de la gente, porque ya hace tres días que están conmigo, y no tienen qué comer; y enviarlos en ayunas no quiero, no sea que desmayen en el camino. 33 Entonces sus discípulos le dijeron: ¿De dónde tenemos nosotros tantos panes en el desierto, para saciar a una multitud tan grande? 34 Jesús les dijo: ¿Cuántos panes tenéis? Y ellos dijeron: Siete, y unos pocos pececillos. 35 Y mandó a la multitud que se recostase en tierra. 36 Y tomando los siete panes y los peces, dio gracias, los partió y dio a sus discípulos, y los discípulos a la multitud. 37 Y comieron todos, y se saciaron; y recogieron lo que sobró de los pedazos, siete canastas llenas. 38 Y eran los que habían comido, cuatro mil hombres, sin contar las mujeres y los niños. 39 Entonces, despedida la gente, entró en la barca, y vino a la región de Magdala. |
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La demanda de una señal Marcos 8.11-13 11 Vinieron entonces los fariseos y comenzaron a discutir con él, pidiéndole señal del cielo, (Mt. 12.38; Lc. 11.16) para tentarle. 12 Y gimiendo en su espíritu, dijo: ¿Por qué pide señal esta generación? (Mt. 12.39; Lc. 11.29) De cierto os digo que no se dará señal a esta generación. 13 Y dejándolos, volvió a entrar en la barca, y se fue a la otra ribera. |
La demanda de una señal Marcos 8.11-13 Mt.16.1-4; Lc. 12.54-56
Mt.16.1-4
1
Vinieron los fariseos y los saduceos para tentarle, y le pidieron que les
mostrase señal del cielo. 2 Mas él
respondiendo, les dijo: Cuando anochece,
decís: Buen tiempo; porque el cielo tiene arreboles.
3 Y por
la mañana: Hoy habrá tempestad; porque tiene arreboles el cielo nublado.
¡Hipócritas! Que sabéis distinguir el aspecto del cielo, ¡mas las señales
de los tiempos no podéis!
4 La
generación mala y adúltera demanda señal; pero señal no le será dada, sino
la señal del profeta Jonás. Y dejándolos, se fue. |
Marcos 8.11 Mt. 12.38; Lc. 11.16
Mt. 12.38
Entonces
respondieron algunos de los escribas y de los fariseos, diciendo: Maestro,
deseamos ver de ti señal. |
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Comentarios J.C. Ryle Marcos 8.1-13 Vemos otra vez á nuestro Señor dando de comer á una gran multitud con unos pocos panes y peces. Conocía el corazón del hombre, y veía la nube de disputadores y escépticos que iba a levantarse, y que pondrían en duda la realidad de las obras portentosas que hacia. Repite el milagro asombroso que aquí se refiere para cerrar la boca á todos los que no se empeñan en cerrar los ojos á la evidencia. Muestra la grandeza de su poder por segunda vez ante cuatro mil testigos. Observemos en este pasaje cuan grande es la bondad y compasión de nuestro Señor Jesucristo. Veía en torno suyo á una "multitud muy grande," que no tenia nada que comer; sabia que una gran mayoría lo seguían tan solo por mera curiosidad, y no tenían el más ligero título para ser considerados como discípulos suyos. Sin embargo, cuando los vio hambrientos y destituidos, se compadeció de ellos: "Tengo compasión de la multitud, porque hace tres días que están conmigo, y no tienen nada que comer." En estas palabras se descubre lo sensible del corazón de nuestro Señor Jesucristo. Se compadece aun de aquellos que no son miembros de su pueblo, de los infieles, de los que no tienen gracia, de los adoradores del mundo; por ellos se enternece, aunque ellos no lo conocen; muere por ellos, aunque ellos se cuidan muy poco de lo que El hizo en la cruz. Los recibiría graciosamente, y les concedería un perdón absoluto y gratuito, si tan solo se arrepintieran y creyeran en El. Guardémonos de medir el amor de Cristo con medidas humanas. Indudable es que tiene un amor especial á los creyentes que forman su pueblo, pero se compadece amorosamente aun de los malos y de los mal agradecidos. Su amor" excede todo conocimiento." Efes.3:19. Empeñémonos en hacer á Jesús nuestro modelo tanto en este particular, como en todo. Seamos bondadosos, compasivos, piadosos y corteses con todos los hombres; estemos siempre dispuestos á hacer bien á todos, y no solo á los amigos ni á los que pertenecen á la familia de los creyentes. Practiquemos la orden de nuestro Señor, "Amad á vuestros enemigos, bendecid á los que os maldicen, haced bien á los que os aborrecen." Mat. 5:44. Esto es tener el espíritu de Cristo; esta es la mejor manera de amontonar carbones encendidos sobre la cabeza de nuestros enemigos, y convertirlos en amigos. Rom. 12:20. Observemos, en segundo lugar, según este pasaje, que para Cristo nada es imposible. Los discípulos dijeron "¿de donde puede un hombre hartar á estos hombres de pan, aquí en el desierto?" Bien podían decirlo. Sin la mano de Aquel que hizo al principio el mundo de la nada, no hubiera podido realizarse. Pero en las manos omnipotentes de Jesús siete panes y unos pocos peces resultaron suficientes para satisfacer á cuatro mil hombres. Nada es muy difícil para el Señor. No nos permitamos nunca dudar del poder de Cristo para subvenir á las necesidades espirituales de todo su pueblo. Tiene "pan bastante y aun de sobra" para toda alma que en El confía. Por débiles, enfermos, corrompidos, y vacíos que se encuentren los creyentes, que no desesperen jamás, pues Cristo vive. Hay en El tesoro inagotable de misericordia y gracia, reservado para el uso de todos los miembros creyentes, y listo para ser concedido á todo aquel que en sus oraciones lo pidiera. "Plugo al Padre que en El residiera toda la plenitud." Col. 1:19. No dudemos nunca del cuidado providencial que Cristo se toma para remediar las necesidades temporales de todo su pueblo. Está informado de sus circunstancias; conoce todas sus necesidades, y no permitirá que les falte nada que realmente sea para su bien. Su corazón no ha cambiado después que subió al cielo, y se sentó á la diestra de Dios. Vive aun el que tuvo compasión de las turbas hambrientas en el desierto, y socorrió su necesidad. ¿Con cuanta más razón no debemos suponer que remediará las necesidades de los que confían en El? De seguro que las remediará; podrá poner su fe á prueba algunas veces; algunas veces tendrán quizás que esperar largo tiempo y se encontrarán agobiados; pero el creyente no quedará destituido. "Pan recibirá; su agua estará segura." Isaías 33:16. Observemos, por último, que gran pesar la incredulidad causa á nuestro Señor Jesucristo. Se nos dice que cuando "los fariseos empezaron á altercar con El, pidiéndole un signo del cielo, tentándolo, suspiró profundamente en su espíritu." ¡Cuanto significaba ese suspiro! Se escapaba de un corazón que se lamentaba de la ruina que esos malvados estaban acarreando á sus propias almas. Aunque enemigos suyos, Jesús no podía contemplar sin dolor como se endurecían en la incredulidad. El sentimiento que nuestro Señor Jesucristo manifiesta en esta ocasión será siempre el de todos los cristianos verdaderos. Dolerse de los pecados de nuestros prójimos es una prueba evidente de la gracia. El que está verdaderamente convertido mirará al inconverso con piedad é interés. Así pensaba David: " Contemplé á los transgresores y me afligí." Salmo 119:138. Así sentían los buenos en los días de Ezequiel: "Suspiran y claman por las abominaciones que se cometen en la tierra." Ezeq. 9:4. Ese era el espíritu que dominaba á Lot: "Su alma recta se angustiaba con las maldades de los que lo rodeaban." 2 Pedro 2: 8. Lo mismo sucedía con Pablo: " Que tengo gran tristeza y continuo dolor en mi corazón." Rom. 9:2. En todos estos casos descubrimos algo del espíritu de Cristo. Como siente la Cabeza excelsa de la iglesia, así sienten los miembros. Todos se afligen cuando ven el pecado. No concluyamos con este pasaje sin examinarnos escrupulosamente. ¿Sabemos lo que es imitar á Cristo, y tener sus mismos sentimientos? ¿Nos sentimos lastimados, afligidos y angustiados cuando vemos á los hombres persistir en sus pecados y en su incredulidad? ¿Nos lamentamos é interesamos por la condición de los inconversos? Estas son cuestiones importantes, íntimas, y que demandan seria consideración. Hay pocos signos más seguros de un corazón inconverso, que la indiferencia y el descuido respecto á las almas de los demás. No olvidemos finalmente que la incredulidad y el pecado son ahora causa tan grande de dolor para nuestro Señor como lo fueron hace mil ochocientos años. Luchemos y oremos para que ningún acto ó hecho nuestro vaya á aumentar ese dolor. Muchos cometen continuamente el pecado de afligir á Cristo sin pensarlo y sin reflexionarlo. No ha cambiado Aquel que suspiro al ver la incredulidad de los fariseos. ¿Podemos dudar que se aflige cuando ve á alguno que persiste ahora en su incredulidad? ¡Permita Dios que nos veamos libres de semejante pecado! |
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La levadura de los fariseos Marcos 8.14-21 14 Habían olvidado de traer pan, y no tenían sino un pan consigo en la barca. 15 Y él les mandó, diciendo: Mirad, guardaos de la levadura de los fariseos, y de la levadura de Herodes. 16 Y discutían entre sí, diciendo: Es porque no trajimos pan. 17 Y entendiéndolo Jesús, les dijo: ¿Qué discutís, porque no tenéis pan? ¿No entendéis ni comprendéis? ¿Aún tenéis endurecido vuestro corazón? 18 ¿Teniendo ojos no veis, y teniendo oídos no oís? ¿Y no recordáis? 19 Cuando partí los cinco panes entre cinco mil, ¿cuántas cestas llenas de los pedazos recogisteis? Y ellos dijeron: Doce. 20 Y cuando los siete panes entre cuatro mil, ¿cuántas canastas llenas de los pedazos recogisteis? Y ellos dijeron: Siete. 21 Y les dijo: ¿Cómo aún no entendéis? |
La levadura de los fariseos Marcos 8.14-21 Mt. 16.5-12 5 Llegando sus discípulos al otro lado, se habían olvidado de traer pan. 6 Y Jesús les dijo: Mirad, guardaos de la levadura de los fariseos y de los saduceos. 7 Ellos pensaban dentro de sí, diciendo: Esto dice porque no trajimos pan. 8 Y entendiéndolo Jesús, les dijo: ¿Por qué pensáis dentro de vosotros, hombres de poca fe, que no tenéis pan? 9 ¿No entendéis aún, ni os acordáis de los cinco panes entre cinco mil hombres, y cuántas cestas recogisteis? 10 ¿Ni de los siete panes entre cuatro mil, y cuántas canastas recogisteis? 11 ¿Cómo es que no entendéis que no fue por el pan que os dije que os guardaseis de la levadura de los fariseos y de los saduceos? 12 Entonces entendieron que no les había dicho que se guardasen de la levadura del pan, sino de la doctrina de los fariseos y de los saduceos. |
Marcos 8.15 Lc. 12.1 En esto, juntándose por millares la multitud, tanto que unos a otros se atropellaban, comenzó a decir a sus discípulos, primeramente: Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía. Marcos 8.18 Is. 6.9-10; Jer. 5.21; Ez. 12.2 Is. 6.9-10 9 Y dijo: Anda, y di a este pueblo: Oíd bien, y no entendáis; ved por cierto, mas no comprendáis. 10 Engruesa el corazón de este pueblo, y agrava sus oídos, y ciega sus ojos, para que no vea con sus ojos, ni oiga con sus oídos, ni su corazón entienda, ni se convierta, y haya para él sanidad. Jer. 5.21 Oíd ahora esto, pueblo necio y sin corazón, que tiene ojos y no ve, que tiene oídos y no oye: Ez. 12.2 Hijo de hombre, tú habitas en medio de casa rebelde, los cuales tienen ojos para ver y no ven, tienen oídos para oír y no oyen, porque son casa rebelde. |
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Comentarios J.C. Ryle Marcos 8.14-21
Notemos el
solemne apercibimiento que nuestro Señor dirige á sus discípulos al
principio de este pasaje. Dice, "Mirad, guardaos de la levadura de los
fariseos, y de la levadura de Herodes." |
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Un ciego sanado en Betsaida Marcos 8.22-26 22 Vino luego a Betsaida; y le trajeron un ciego, y le rogaron que le tocase. 23 Entonces, tomando la mano del ciego, le sacó fuera de la aldea; y escupiendo en sus ojos, le puso las manos encima, y le preguntó si veía algo. 24 El, mirando, dijo: Veo los hombres como árboles, pero los veo que andan. 25 Luego le puso otra vez las manos sobre los ojos, y le hizo que mirase; y fue restablecido, y vio de lejos y claramente a todos. 26 Y lo envió a su casa, diciendo: No entres en la aldea, ni lo digas a nadie en la aldea. |
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Comentarios J.C. Ryle Marcos 8.22-26 No sabemos la razón que tuvo nuestro Señor Jesucristo para emplear los medios especiales que usó al hacer el milagro que se relata en estos versículos. Vemos á un ciego curado milagrosamente; sabemos que una palabra de los labios de nuestro Señor, ó el contacto de su mano, hubiera sido suficiente á producir la cura; pero vemos que Jesús toma al ciego de la mano, lo lleva fuera de la aldea, le escupe en los ojos, le impone las manos, y entonces es que recobra la vista. El pasaje que comentamos no nos comunica el significado de todos esos actos. Bueno es recordar, al leer pasajes de esta clase, que el Señor no se limita á usar siempre los mismos medios. En la conversión de las almas hay diversidad de operaciones, pero el mismo Espíritu es el que convierte; así al curar el cuerpo nuestro Señor emplea diversos instrumentos, pero el mismo poder divino es el que realiza la curación. En todas sus obras Dios es soberano; no da cuenta de sus actos. Debemos observar especialmente en este pasaje que la cura que nuestro Señor hizo del ciego fue gradual: no se vio libre de su ceguera inmediatamente, sino por grados. Pudo haberla hecho instantáneamente, pero prefirió hacerla paso á paso. El ciego dijo primero que veía tan solo " á los hombres como árboles que caminaban. "Recobró después completamente la vista y "vio á todos claramente." Bajo este respecto, este milagro no se parece á ningún otro. Es imposible dudar que esta cura gradual tuvo por objeto presentarnos un emblema de las cosas espirituales. Estemos seguros que hay una profunda significación en todas las palabras y los actos de nuestro Señor durante su ministerio terrestre, y en este caso, como en otros, encontraremos útiles lecciones. Debemos ver en esta restauración gradual de la vista una vivida ilustración de la manera con que el Espíritu trabaja frecuentemente en la conversión de las almas. Todos somos por naturaleza ciegos é ignorantes en todo lo que concierne á nuestras almas. La conversión es una iluminación, pasar de las tinieblas á la luz, de estar ciegos á contemplar el reino de Dios. Sin embargo pocos convertidos ven desde el principio distintamente. Ven confusamente, y comprenden de una manera imperfecta la naturaleza y extensión de las doctrinas, de las prácticas y de las ordenanzas del Evangelio. Están como el hombre á quien se refiere este pasaje, que vio al principio á los hombres como árboles que caminaban. Están deslumbrados al encontrarse en el mundo nuevo en que acaban de entrar. No pueden ver claro y dar su propio lugar á todas las diversas partes de la religión, hasta que la obra del Espíritu no profundiza bien, y han adquirido alguna experiencia. Esta es la historia de muchos de los hijos de Dios. Principian por ver á los nombres como árboles que caminan, y acaban por verlo todo claro. Dichoso aquel que ha aprendido esta lección bien, y en su humildad desconfía de su propio juicio. Veamos finalmente en la cura gradual de este ciego, una pintura animada de la condición actual en el mundo del pueblo creyente de Cristo, comparada con la que será en el porvenir. En la presente dispensación vemos y conocemos parcialmente; estamos como los que viajan de noche, pues no comprendemos mucho de lo que pasa en torno nuestro. En las relaciones providenciales de Dios con sus hijos, y en la conducta de muchos de los santos de Dios, vemos muchas cosas que no podemos comprender y que no podemos alterar. En una palabra, estamos como el que vio "á los hombres como árboles que caminaban." Pero fijemos nuestra vista en el tiempo venidero y consolémonos; un momento llegará en que veamos todas las cosas "claramente." La noche está muy avanzada y el día se aproxima; contentémonos con esperar, vigilar, trabajar y orar. Cuando llegue el día del Señor, nuestra vista espiritual se perfeccionará. Veremos como hemos sido vistos y conoceremos como hemos sido conocidos. |
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La confesión de Pedro Marcos 8.27-30 27 Salieron Jesús y sus discípulos por las aldeas de Cesarea de Filipo. Y en el camino preguntó a sus discípulos, diciéndoles: ¿Quién dicen los hombres que soy yo? 28 Ellos respondieron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los profetas. (Mr. 6.14-15; Lc. 9.7-8) 29 Entonces él les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy? Respondiendo Pedro, le dijo: Tú eres el Cristo. (Jn. 6.68-69) 30 Pero él les mandó que no dijesen esto de él a ninguno. 31 Y comenzó a enseñarles que le era necesario al Hijo del Hombre padecer mucho, y ser desechado por los ancianos, por los principales sacerdotes y por los escribas, y ser muerto, y resucitar después de tres días. |
La confesión de Pedro Marcos 8.27-30 Mt. 16.13-20; Lc. 9.18-21
Mt. 16.13-20
13
Viniendo Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus
discípulos, diciendo: ¿Quién dicen los
hombres que es el Hijo del Hombre?
14 Ellos dijeron: Unos, Juan el
Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas.
15 El les dijo:
Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
16 Respondiendo Simón Pedro, dijo:
Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.
17 Entonces le respondió Jesús:
Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás,
porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los
cielos.
18 Y yo también te digo, que tú eres
Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no
prevalecerán contra ella.
19 Y a ti te
daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra
será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será
desatado en los cielos.
20 Entonces mandó a sus discípulos que a
nadie dijesen que él era Jesús el Cristo. |
Marcos 8.28 Mr. 6.14-15; Lc. 9.7-8 Mr. 6.14-15 14 Oyó el rey Herodes la fama de Jesús, porque su nombre se había hecho notorio; y dijo: Juan el Bautista ha resucitado de los muertos, y por eso actúan en él estos poderes. 15 Otros decían: Es Elías. Y otros decían: Es un profeta, o alguno de los profetas. Lc. 9.7-8 7 Herodes el tetrarca oyó de todas las cosas que hacía Jesús; y estaba perplejo, porque decían algunos: Juan ha resucitado de los muertos; 8 otros: Elías ha aparecido; y otros: Algún profeta de los antiguos ha resucitado. Marcos 8.29 Jn. 6.68-69 68 Y respondióle Simón Pedro: Señor, ¿á quién iremos? tú tienes palabras de vida eterna. 69 Y nosotros creemos y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios viviente. |
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Comentarios J.C. Ryle Marcos 8.27-33 Muy importantes son las circunstancias que aquí se consignan. Tuvieron lugar en un viaje, y se suscitaron á consecuencia de una conversación "durante el camino." Viajes dichosos aquellos en que el tiempo no se pierde en fruslerías, sino que se aprovecha en cuanto es posible meditando y discutiendo cuestiones graves. Observemos la variedad de opiniones respecto á Cristo que prevalecía entre los Judíos. Unos decían que era Juan Bautista, otros Elías, y algunos que era uno de los profetas. En una palabra parece que circulaban mil diferentes opiniones, excepto la verdadera. El mismo espectáculo se nos presenta hoy día. Cristo y su Evangelio son tan poco comprendidos en realidad, y son asunto de tantas opiniones diferentes como hace mil ochocientos años. Muchos saben el nombre de Cristo, lo reconocen como un Ser que vino al mundo á salvar á los pecadores, y que es adorado en unos edificios que han sido separados y dedicados á su servicio. Pocos son los que están íntimamente convencidos de que es Dios, el único Mediador, el único Gran Sacerdote, la única fuente de vida y paz, su propio Pastor y su propio Amigo. Es muy común oír expresar ideas vagas respecto á Cristo; aun es muy raro un conocimiento de Cristo razonado y experimental. No descansemos hasta que no podamos decir de Cristo, "Mi Amado es mío y yo soy Suyo." Cant. 2:16. Este es el conocimiento que salva, la vida eterna. Observemos la buena confesión de fe con que el apóstol Pedro dio tu testimonio. Contestó á la pregunta de nuestro Señor, " ¿Quién dicen vosotros que soy Yo?" "Tú eres el Cristo." Esta fue una respuesta muy noble, citando se toman debidamente en consideración las circunstancias en que se dio. Se dio cuando estaba Jesús en una condición pobre, sin honores, sin majestad, ni riquezas, ni poder; cuando los principales de la nación judía, tanto en la iglesia como en el estado, rehusaban reconocer á Jesús como el Mesías. Y, sin embargo, Simón Pedro dice, "Tú eres el Cristo." La fuerza de su fe no flaqueó ante la pobreza y la baja condición en que se encontraba nuestro Señor. Su confianza no sufrió quebranto alguno al ver la oposición de los escribas y fariseos, y el desprecio de los gobernadores y sacerdotes. Ninguna de esas consideraciones influyó en Simón Pedro. Creía que Aquel á quien seguía, Jesús de Nazaret, era el Salvador prometido, el verdadero Profeta más grande que Moisés, el Mesías predicho por tanto tiempo. Así lo declaró valiente y decididamente; el credo de él y de sus compañeros era "Tú eres el Cristo." Mucho podemos aprender con provecho de la conducta de Pedro en esta ocasión. Aunque algunas veces era mudable y cometía sus errores, la fe que mostró en el pasaje que ahora meditamos, es digna de ser imitada. Una confesión tan franca como la suya es la prueba más evidente de una fe viva, y es un requisito indispensable en todos tiempos en los que quieren ser verdaderos discípulos de Cristo. Debemos estar prontos á confesar á Cristo, como lo hizo Pedro. Descubriremos que nuestro Maestro y su doctrina no son nunca muy populares. Preparémonos á confesarlo con la seguridad de que pocos estarán de nuestro lado y sí muchos en contra nuestra. Pero cobremos ánimo y sigamos las huellas de Pedro, que no dejaremos da recibir la recompensa de Pedro. Jesús recuerda á los que lo confiesan delante de los hombres, y un día los reconocerá siervos suyos ante la humanidad congregada. Observemos el anuncio explícito que nuestro Señor hace de su futura muerte y resurrección. Leemos que "comenzó á enseñarles, que el Hijo del hombre tendría que sufrir mucho, y ser rechazado por los ancianos, y los príncipes de los sacerdotes, y los escribas, y que seria ejecutado, y resucitaría después del tercer día." Los acontecimientos que así se anunciaban debieron parecer muy extraños á los discípulos. Que anuncio tan terrible, y tan ininteligible debió parecerles, que su amado Maestro, después da sus portentosos milagros, sería pronto condenado á muerte y ejecutado. Pero las palabras con que el presagio fue comunicado son casi tan notables como el acontecimiento mismo: "Debe sufrir-Debe morir-Debe resucitar." ¿Porqué nuestro Señor emplea la palabra "debe"? ¿Quiso dar á entender que le seria imposible evitar los sufrimientos, que tendría que morir á impulsos de un poder más fuerte que el suyo? Imposible; esa no puede ser la significación de sus palabras. ¿Quiso dar á entender que tendría que morir necesariamente para presentar al mundo un gran ejemplo de sacrificio personal y abnegación, y que eso, y solo eso, hacia necesaria su muerte? Puede volverse á contestar, "Imposible." La frase "debe" sufrir y ser ejecutado tiene una significación más profunda. Quiso decir que su pasión y muerte eran necesarias para expiar el pecado del hombre; que sin derramamiento de sangre no podía haber remisión, y sin el sacrificio de su cuerpo en la cruz no podía quedar satisfecha la santa ley de Dios. "Debe" sufrir para reconciliar la iniquidad; "debe" morir, porque sin su muerte como ofrenda propiciatoria los pecadores no podrían nunca tener vida. "Debe" sufrir, porque sin su sufrimiento vicario no podrían jamás lavarse nuestros pecados. En una palabra, "debe" ser entregado por nuestras ofensas, y resucitar para justificación nuestra. Esta es la verdad central de la Biblia, que nunca debemos olvidar. Todas las otras verdades comparadas con esta son de importancia secundaria. Cualesquiera que sean las opiniones que tengamos respecto á las verdades religiosas, preciso es que nos adhiramos firmemente á la eficacia expiatoria de la muerte de Cristo. Que la verdad tantas veces proclamada por nuestro Señor á sus discípulos, y con tanta eficacia enseñada por los discípulos al mundo, sea la verdad fundamental de nuestro Cristianismo. En vida y en muerte, en salud y enfermedad apoyémonos fuertemente en este hecho poderoso, que aunque hemos pecado, Cristo murió por los pecadores, y que aunque nuestros méritos son nulos, Cristo sufrió por nosotros en la cruz, y con sus sufrimientos compró el cielo para todos los que en él creen. Observemos, finalmente, en este pasaje, la mezcla extraña de gracia y debilidad que puede encontrarse en el corazón de un cristiano verdadero. Vemos á ese mismo Pedro que acaba de hacer tan noble confesión atreviéndose á reconvenir á su Maestro porque hablaba de sufrimientos y de muerte. Lo vemos que se atrae el reproche más duro que salió nunca de los labios de nuestro Señor durante su ministerio terrestre. "Apártate de mí, Satanás; porque no sabes las cosas que son de Dios, sino las que son de los hombres." Aquí tenemos una prueba humillante que el mejor de los santos es una pobre criatura falible. Fue ignorancia de Simón Pedro; porque no comprendía la necesidad de la muerte de nuestro Señor, y hubiera de hecho impedido su sacrificio en la cruz. Fue presunción de Simón Pedro; se imaginaba saber mejor que su Maestro lo que era conveniente y apropiado para su Maestro, é intenta mostrar al Mesías una conducta más excelente. Después de todo, y no es esto lo menos importante, ¡Simón Pedro hizo todo eso con la mejor intención! Sus deseos eran buenos y sus móviles puros; pero el celo y el fervor no son excusas del error. Puede un hombre tener muy buenas intenciones ó incurrir en terribles equivocaciones. Aprendamos á ser humildes meditando en estos hechos. Guardémonos de envanecernos por nuestras dotes espirituales, y de exaltarnos con las alabanzas que se nos prodiguen. No vayamos á creer nunca que todo lo sabemos y que no es posible que erremos. Vemos que no hay mucha distancia entre hacer una buena confesión y convertirse en un "Satanás" que se atraviesa en el camino de Cristo. Pidamos diariamente en nuestras oraciones, "Sostenme, guárdame, enséñame, no me dejes errar." Aprendamos, por último, á ser caritativos en vista de los hechos que aquí se narran. No nos apresuremos á alejar á nuestros hermanos considerándolos desprovistos de gracia con motivo de pus errores y equivocaciones. Recordemos que sus corazones pueden ser rectos ante los ojos de Dios, como el de Pedro, aunque como Pedro se extravíen alguna vez; fijemos en nuestra memoria el consejo de Pablo, y obremos según él. "Si algún hombre fuere sorprendido en alguna falta, vosotros los espirituales restauradle al tal en espíritu de mansedumbre, considerándote á ti mismo, no sea que tú seas también tentado." Gal. 6:1. |
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Jesús anuncia su muerte Marcos 8.31-38 31 Y comenzó a enseñarles que le era necesario al Hijo del Hombre padecer mucho, y ser desechado por los ancianos, por los principales sacerdotes y por los escribas, y ser muerto, y resucitar después de tres días. 32 Esto les decía claramente. Entonces Pedro le tomó aparte y comenzó a reconvenirle. 33 Pero él, volviéndose y mirando a los discípulos, reprendió a Pedro, diciendo: ¡Quítate de delante de mí, Satanás! Porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres. 34 Y llamando a la gente y a sus discípulos, les dijo: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. (Mt.10.38; Lc. 14.27) 35 Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará. (Mt. 10.39; Lc. 17.33; Jn. 12.25) 36 Porque ¿qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? 37 ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma? 38 Porque el que se avergonzare de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del Hombre se avergonzará también de él, cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles. |
Jesús anuncia su muerte Marcos 8.31-38 Mt. 16.21-28; Lc. 9.22-27 Mt. 16.21-28 21 Desde entonces comenzó Jesús a declarar a sus discípulos que le era necesario ir a Jerusalén y padecer mucho de los ancianos, de los principales sacerdotes y de los escribas; y ser muerto, y resucitar al tercer día. 22 Entonces Pedro, tomándolo aparte, comenzó a reconvenirle, diciendo: Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca. 23 Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: ¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres. 24 Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. 25 Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará. 26 Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma? 27 Porque el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno conforme a sus obras. 28 De cierto os digo que hay algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte, hasta que hayan visto al Hijo del Hombre viniendo en su reino. Lc. 9.22-27 22 y diciendo: Es necesario que el Hijo del Hombre padezca muchas cosas, y sea desechado por los ancianos, por los principales sacerdotes y por los escribas, y que sea muerto, y resucite al tercer día. 23 Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. 24 Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, éste la salvará. 25 Pues ¿qué aprovecha al hombre, si gana todo el mundo, y se destruye o se pierde a sí mismo? 26 Porque el que se avergonzare de mí y de mis palabras, de éste se avergonzará el Hijo del Hombre cuando venga en su gloria, y en la del Padre, y de los santos ángeles. 27 Pero os digo en verdad, que hay algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte hasta que vean el reino de Dios. |
Marcos 8.34 Mt.10.38; Lc. 14.27 Mt.10.38 y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí. Lc. 14.27 Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo. Marcos 8.35 Mt. 10.39; Lc. 17.33; Jn. 12.25 Mt. 10.39 El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará. Lc. 17.33 Todo el que procure salvar su vida, la perderá; y todo el que la pierda, la salvará. Jn. 12.25 El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará. |
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Comentarios J.C. Ryle Marcos 8.34-38 Las palabras de nuestro Señor Jesucristo en este pasaje son muy solemnes y de mucho peso. Quiso con ellas corregir las ideas equivocadas de sus discípulos respecto á la naturaleza de su reino. Pero contienen verdades muy profundas y muy importantes también para los cristianos de todas las épocas de la iglesia. Todo el pasaje debe ser tema de nuestras meditaciones privadas. Aprendamos, en primer lugar, en estos versículos, la necesidad absoluta de la abnegación, si queremos ser discípulos de Cristo y salvarnos. ¿Qué dice nuestro Señor? "Cualquiera que quisiere venir en pos de mí, niéguese á sí mismo, y tome su cruz, y sígame." No hay duda que la salvación es graciosa; es ofrecida gratuitamente en el Evangelio á los pecadores más endurecidos, sin dinero y sin precio. "Por gracia sois salvos por medio de la fe, y esto no por vosotros, que es don de Dios; no por obras, para que nadie se glorié." Efes. 2:8,9. Pero todos los que aceptan esta gran salvación deben probar la realidad de su fe cargando la cruz en pos de Cristo. No deben imaginarse que entrarán en el cielo sin disgustos, dolores, sufrimientos, y conflictos aquí en la tierra. Deben contentarse con cargar la cruz de la doctrina, y la cruz de la práctica, la cruz de sostener una fe que el mundo desdeña, y la cruz de llevar una vida que el mundo ridiculiza como demasiada estricta y rigorosa. Deben querer sacrificar la carne, mortificar el cuerpo, batallar diariamente con el diablo, separarse del mundo, y perder la vida, si necesario fuere, por amor de Cristo y del Evangelio. Parece esto duro pero no hay evasión posible. Las palabras de nuestro Señor son claras y distintas; si no cargamos con la cruz, no ceñiremos nunca la corona. Que el miedo de la cruz no nos aleje de servir a Cristo, que por pesada que parezca, Jesús nos dará gracia para llevarla. "Puedo hacerlo todo por Cristo que me da fuerzas." FiL 4:13. Millares de millares la han cargado antes que nosotros, y han encontrado el yugo de Cristo fácil y su carga ligera. Nada bueno se logra en la tierra sin trabajo, y no podemos esperar que sin luchas se pueda entrar en el reino de Dios. Avancemos valientemente y que ninguna dificultad nos detenga. La cruz durante el viaje es por pocos años, y la gloria que se obtiene en su término es eterna. Preguntémonos con frecuencia si nuestro Cristianismo nos cuesta algo. ¿Nos impone algún sacrificio? ¿Está marcado con el sello del cielo? ¿Carga con su cruz? Si así no es, temblemos y temamos, que una religión que nada cuesta, nada vale. De poco nos servirá en la vida presente, y no nos guiará á la salvación en la vida futura. Aprendamos también en estos versículos cual es el valor indecible del alma. ¿Qué dice nuestro Señor? "¿De que aprovechará á un hombre ganar el mundo todo, si pierde su propia alma?" Estas palabras tuvieron por objeto movernos á obrar y á sacrificarnos. Deberían estar resonando como un clarín en nuestros oídos, por la mañana cuando nos levantamos, y de noche cuando nos retiramos al lecho. Grábense profundamente en nuestra memoria y que ni el diablo ni el mundo puedan nunca borrarlas de ella. Todos nosotros tenemos almas que vivirán eternamente; sepámoslo ó no, todos llevamos en nosotros algo que vivirá cuando nuestros cuerpos se estén reduciendo á polvo en el sepulcro. Todos nosotros tenemos almas por las que daremos estricta cuenta á Dios; y en verdad que es una idea terrible cuando consideramos que poca atención presta el hombre á ninguna cosa que no sea el mundo; pero es la verdad. Cualquier hombre puede perder su alma; no puede salvarla, que solo Cristo puede hacerlo; y puede perderla de diferentes maneras. Puede asesinarla amando el pecado y adhiriéndose al mundo. Puede envenenarla escogiendo una religión de falsedades y creyendo en supersticiones de fábrica humana. Puede aniquilarla con hambre despreciando los medios de gracia, y rehusando recibir el Evangelio en su corazón. Muchos son los caminos que conducen al abismo; cualquiera que sea el que un hombre tome, él solo es responsable por ello. Por débil, corrompida, degradada é impotente que sea la naturaleza humana, el hombre tiene poder para destruir, arruinar y perder su alma. La posesión del mundo entero no puede compensar al hombre por la pérdida de su alma; todos los tesoros que contiene no pueden ponerse en la balanza para equilibrar la perdición eterna. No nos satisfacen, ni nos hacen felices mientras los poseemos; los gozamos cuando más unos pocos años y tenemos que dejarlos para siempre. De todos los negocios ruinosos y necios que el hombre puede hacer, el peor es dar la salvación de su alma en cambio de los bienes de este mundo. Es una especulación de que muchísimos se han arrepentido, como Esaú que vendió su primogenitura por un plato de lentejas-pero de que desgraciadamente como Esaú se han arrepentido muy tarde. Que estas sentencias de nuestro Señor se graben profundamente en nuestros corazones, pues que las palabras son inadecuadas para expresar su importancia. Recordémoslas en la hora de la tentación, cuando el alma nos parece tan pequeña y tan insignificante, y el mundo tan grande y tan esplendente. Recordémoslas en la hora de la persecución, cuando el miedo al hombre se apodera de nosotros, y nos inclinamos á abandonar á Cristo. En momentos semejantes que nuestra alma evoque esa cuestión capital de nuestro Señor, y se la repita, " ¿De que servirá á un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?" Aprendamos, por último, en estos versículos, el gran peligro que se corre en tener vergüenza de Cristo. ¿Que dice nuestro Señor? "Todo aquel que se avergonzare de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, de él también se avergonzará el Hijo del hombre cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles." ¿Cuándo se puede decir de alguno que está avergonzado de Cristo? Somos culpables de esa falta, cuando nos avergonzamos de que se sepa que amamos y creemos las doctrinas de Cristo, que deseamos vivir según los mandamientos de Cristo, y que ansiamos ser contados como miembros del pueblo de Cristo. La doctrina, las leyes, y el pueblo de Cristo nunca fueron populares, y nunca lo serán. El que confiesa valerosamente que los ama, está seguro de atraerse el ridículo y la persecución. Todo el que se retrae de hacer esa confesión por miedo del ridículo y de la persecución, se avergüenza de Cristo, y está incluso en la sentencia que proclama este pasaje. Hay quizás pocas sentencias de nuestro Señor que sean más condenatorias que esta. Verdad es "que el miedo del hombre nos tiende un lazo." Prov. 29:25. Hay muchas personas que le harían frente á un león, ó asaltarían una brecha, si el deber se los ordenase; que nada temen, y que, sin embargo, se avergüenzan de confesar que preferirían agradar á Cristo más bien que al hombre. ¡Que admirable es el poder del ridículo! ¡Maravilloso es como el hombre vive siervo de la opinión del mundo! Pidamos diariamente en nuestras oraciones fe y valor para confesar á Cristo ante los hombres. Bueno es que nos avergoncemos del pecado, de la mundanalidad y de la incredulidad, pero nunca de Aquel que murió por nosotros en la cruz. Confesemos valerosamente que servimos á Cristo á despecho de las risas, de las burlas y de los insultos. Meditemos con frecuencia en el día de su segunda venida, y acordémonos de lo que dice en este lugar. Es cien mil veces mejor confesar ahora á Cristo, y ser despreciado por los hombres, que vernos negados por Cristo ante su Padre el día del juicio final. |
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El Texto Bíblico esta siendo transcrito por:
Martha Iñiguez Moreno
de La Biblia Devocional de Estudio
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de La Liga bíblicaLos Textos Paralelos y las Referencias están tomados de:
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"Pero en cuanto a ti, enseña lo que está de acuerdo con la sana doctrina. Porque vendrá tiempo cuando no soportarán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oídos, acumularán para sí maestros conforme a sus propios deseos; y apartarán sus oídos de la verdad, y se volverán a mitos." (2 Timoteo 2:1; 4:3-4)
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