El Santo Evangelio según
San Marcos

Porque por gracia sois salvos

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Marcos 9.1-13 También les dijo: De cierto os digo que hay algunos de los que están aquí,  que no gustarán la muerte hasta que hayan visto el reino de Dios venido con poder.

La Transfiguración

Marcos 9.2-13

2  Seis días después,  Jesús tomó a Pedro,  a Jacobo y a Juan,  y los llevó aparte solos a un monte alto;  y se transfiguró delante de ellos. (2 P. 1.17-18)

3  Y sus vestidos se volvieron resplandecientes,  muy blancos,  como la nieve,  tanto que ningún lavador en la tierra los puede hacer tan blancos.

4  Y les apareció Elías con Moisés,  que hablaban con Jesús.

5  Entonces Pedro dijo a Jesús: Maestro,  bueno es para nosotros que estemos aquí;  y hagamos tres enramadas,  una para ti,  otra para Moisés,  y otra para Elías.

6  Porque no sabía lo que hablaba,  pues estaban espantados.

7  Entonces vino una nube que les hizo sombra,  y desde la nube una voz que decía: Este es mi Hijo amado; (Mt. 3.17; Mr. 1.11; Lc. 3.22) a él oíd.

8  Y luego,  cuando miraron,  no vieron más a nadie consigo,  sino a Jesús solo.

9  Y descendiendo ellos del monte,  les mandó que a nadie dijesen lo que habían visto,  sino cuando el Hijo del Hombre hubiese resucitado de los muertos.

10  Y guardaron la palabra entre sí,  discutiendo qué sería aquello de resucitar de los muertos.

11  Y le preguntaron,  diciendo: ¿Por qué dicen los escribas que es necesario que Elías venga primero? (Mal. 4.5; Mt. 11.14)

12  Respondiendo él,  les dijo: Elías a la verdad vendrá primero,  y restaurará todas las cosas;  ¿y cómo está escrito del Hijo del Hombre,  que padezca mucho y sea tenido en nada?

13  Pero os digo que Elías ya vino,  y le hicieron todo lo que quisieron,  como está escrito de él.

La Transfiguración

Marcos 9.2-13 Mateo 17.1-13; Lc. 9.28-36

Mateo 17.1-13 1  Seis días después,  Jesús tomó a Pedro,  a Jacobo y a Juan su hermano,  y los llevó aparte a un monte alto; 2  y se transfiguró delante de ellos,  y resplandeció su rostro como el sol,  y sus vestidos se hicieron blancos como la luz. 3  Y he aquí les aparecieron Moisés y Elías,  hablando con él. 4  Entonces Pedro dijo a Jesús: Señor,  bueno es para nosotros que estemos aquí;  si quieres,  hagamos aquí tres enramadas: una para ti,  otra para Moisés,  y otra para Elías. 5  Mientras él aún hablaba,  una nube de luz los cubrió;  y he aquí una voz desde la nube,  que decía: Este es mi Hijo amado,  en quien tengo complacencia;  a él oíd. 6  Al oír esto los discípulos,  se postraron sobre sus rostros,  y tuvieron gran temor. 7  Entonces Jesús se acercó y los tocó,  y dijo: Levantaos,  y no temáis. 8  Y alzando ellos los ojos,  a nadie vieron sino a Jesús solo. 9  Cuando descendieron del monte,  Jesús les mandó,  diciendo: No digáis a nadie la visión,  hasta que el Hijo del Hombre resucite de los muertos. 10  Entonces sus discípulos le preguntaron,  diciendo: ¿Por qué,  pues,  dicen los escribas que es necesario que Elías venga primero? 11  Respondiendo Jesús,  les dijo: A la verdad,  Elías viene primero,  y restaurará todas las cosas. 12  Mas os digo que Elías ya vino,  y no le conocieron,  sino que hicieron con él todo lo que quisieron;  así también el Hijo del Hombre padecerá de ellos. 13  Entonces los discípulos comprendieron que les había hablado de Juan el Bautista.

Lc. 9.28-36 28  Aconteció como ocho días después de estas palabras,  que tomó a Pedro,  a Juan y a Jacobo,  y subió al monte a orar. 29  Y entre tanto que oraba,  la apariencia de su rostro se hizo otra,  y su vestido blanco y resplandeciente. 30  Y he aquí dos varones que hablaban con él,  los cuales eran Moisés y Elías; 31  quienes aparecieron rodeados de gloria,  y hablaban de su partida,  que iba Jesús a cumplir en Jerusalén. 32  Y Pedro y los que estaban con él estaban rendidos de sueño;  mas permaneciendo despiertos,  vieron la gloria de Jesús,  y a los dos varones que estaban con él. 33  Y sucedió que apartándose ellos de él,  Pedro dijo a Jesús: Maestro,  bueno es para nosotros que estemos aquí;  y hagamos tres enramadas,  una para ti,  una para Moisés,  y una para Elías;  no sabiendo lo que decía. 34  Mientras él decía esto,  vino una nube que los cubrió;  y tuvieron temor al entrar en la nube. 35  Y vino una voz desde la nube,  que decía: Este es mi Hijo amado;  a él oíd. 36  Y cuando cesó la voz,  Jesús fue hallado solo;  y ellos callaron,  y por aquellos días no dijeron nada a nadie de lo que habían visto.

Marcos 9.27 2 P. 1.17-18 17  Pues cuando él recibió de Dios Padre honra y gloria,  le fue enviada desde la magnífica gloria una voz que decía: Este es mi Hijo amado,  en el cual tengo complacencia. 18  Y nosotros oímos esta voz enviada del cielo,  cuando estábamos con él en el monte santo.

Marcos 9.7 Mt. 3.17; Mr. 1.11; Lc. 3.22

Mt. 3.17 Y hubo una voz de los cielos,  que decía: Este es mi Hijo amado,  en quien tengo complacencia.
Mr. 1.11
 Y vino una voz de los cielos que decía: Tú eres mi Hijo amado;  en ti tengo complacencia.
Lc. 3.22
y descendió el Espíritu Santo sobre él en forma corporal,  como paloma,  y vino una voz del cielo que decía: Tú eres mi Hijo amado;  en ti tengo complacencia.

Marcos 9.11 Mal. 4.5; Mt. 11.14

Mal. 4.5 He aquí,  yo os envío el profeta Elías,  antes que venga el día de Jehová,  grande y terrible.
Mt. 11.14
Y si queréis recibirlo,  él es aquel Elías que había de venir.

Comentarios J.C. Ryle

Marcos 9.1-13

No debe perderse de vista el enlace de este pasaje con el fin del último capítulo. Nuestro Señor había estado hablando de su próxima muerte y pasión, de la necesidad de abnegación en los que quisieran ser sus discípulos, de la precisión de perder nuestras vidas si es que deseamos salvarlas; pero seguidamente pasa á hablar de su reino futuro y de su gloria. Suaviza la "dureza de sus palabras," prometiendo la contemplación de esa gloria a algunos de los que lo escuchaban; y en la historia de la transfiguración, que en este lugar se relata, vemos esa promesa cumplida.

Lo primero que debe fijar nuestra atención en estos versículos es la maravillosa visión que contienen de la gloria, que Cristo y su pueblo obtendrán en su segunda venida.

No hay duda que este fue uno de los principales objetos de la transfiguración. Se propuso con ella enseñar á sus discípulos, quo aunque su Señor era ahora de apariencia pobre y humilde, aparecería un día con la majestad real que convenía al Hijo de Dios. Se propuso con ella enseñarles que cuando su Maestro viniera por segunda vez, sus santos, como Moisés y Elías, aparecerían con El. Fue su objeto recordarles que aunque vilipendiados y perseguidos ahora, porque seguían á Cristo, día llegaría en que se verían revestidos de honor, y participando de la gloria de su Maestro.

Razón tenemos de dar gracias á Dios por esta visión. Nos vemos á menudo tentados á abandonar el servicio de Cristo por causa de la cruz y de las aflicciones que trae consigo. Vemos a pocos con nosotros, y á muchos en contra nuestra; nuestros nombres despreciados como algo malo, y toda clase de calumnias dirigidas contra nosotros, tan solo porque creemos y amamos el Evangelio. Vemos en el transcurso de los años á nuestros compañeros en el servicio de Cristo arrebatados por la muerte, y respecto á ellos no sabemos sino que han partido para un mundo desconocido y que hemos quedado solos. Todas estas cosas son pruebas muy duras para la carne y la sangre. No es de admirarse que la fe de los creyentes desfallezca algunas veces, y que su vista se oscurezca sin descubrir un vestigio de esperanza.

Veamos en la historia de la transfiguración un remedio para esas dudas. La visión en el santo monte es una prenda que Dios graciosamente ha querido darnos de las glorias que tiene reservadas á su pueblo. Sus santos vendrán todos con El, y permanecen seguros y resguardados hasta ese día feliz. Podemos esperar pacientemente. "Cuando Cristo, que es nuestra vida, aparezca, vosotros también apareceréis entonces con El." Colos. 3:4.

Lo que debe, en segundo lugar, fijar nuestra atención en este pasaje, es la fuerza con que se expresó el apóstol Pedro, al ver á su Señor transfigurado. "Maestro," le dijo, "que bueno es para nosotros estar aquí."

No hay duda que hay mucho en esas palabras que no puede recomendarse. Muestran la ignorancia en que estaba del verdadero objeto de la venida de Jesús á la tierra, que era sufrir y morir. Muestran que se olvidaba de aquellos hermanos suyos que no estaban con él, así como del mundo aun cubierto de tinieblas y que tanto necesitaba de la presencia del Maestro. Sobre todo, la proposición que hizo al mismo tiempo de " edificar tres tabernáculos," para Moisés, Elías y Cristo, mostraba la opinión tan elevada que tenia de la dignidad de su Maestro, pero implicaba que no sabia que allí estaba uno que era, más grande que Moisés y Elías. Bajo todos estos respectos la exclamación del apóstol es de criticarse y no alabarse.

Pero habiendo hecho estas salvedades, no dejemos de notar la alegría y la felicidad que esta visión gloriosa despertó en el corazón ardiente del discípulo. Veamos en su fervorosa exclamación, " Que bueno es estar aquí," el consuelo y el refrigerio que la contemplación de la gloria puede proporcionar á un creyente verdadero. Fijemos la vista en el porvenir, y procuremos formarnos una idea del placer que los santos experimentarán, cuando al fin se reúnan con el Señor Jesús en su segunda venida, y se unan á El para no volverse á separar. Una visión de pocos minutos fue suficiente para mover y encender el corazón, de Pedro. El espectáculo de dos santos en la gloria lo vivificaba y regocijaba de tal manera, que hubiera querido continuar gozándolo. ¿Qué diremos pues cuando veamos á nuestro Señor aparecerse en el último día con 'todos sus santos? ¿Qué diremos cuando se nos permita á todos nosotros ser partícipes de su gloria, reunimos á esa turba feliz, y tener la convicción de que nunca más nos apartaremos del gozo de nuestro Señor? Estas son preguntas que no pueden contestarse. La felicidad que sentiremos ese gran día en que todos nos reuniremos es tal, que no puede concebirse. Los sentimientos de que tuvo Pedro una ligera idea anticipada, los experimentaremos entonces por completo. Cuando veamos á Cristo y á sus santos, entonces diremos todos con un corazón y con una voz, "Que bueno es estar aquí."

Lo que debe finalmente fijar nuestra atención en este pasaje es el testimonio que en él se da al oficio y ala dignidad de Cristo, como el Mesías prometido. Descubrimos ese testimonio primeramente en la aparición de Moisés y de Elías, representantes de la ley y de los profetas. Se presentaron como testigos de que Jesús es Aquel de quien se habló en los tiempos antiguos, y de quien escribieron que debía venir. Desaparecieron pocos minutos después, y dejaron solo á Jesús, como si con ello quisieran probar que no eran sino testigos, y que habiendo venido nuestro Maestro, los siervos debían cederle el principal lugar. Vemos ese testimonio, en segundo lugar, en la voz milagrosa que del cielo se oyó, y que decía, "Este es mi amado Hijo; escuchadle."La misma voz de Dios Padre, que se oyó en el bautismo de nuestro Señor, se volvió á oír en su transfiguración. En ambas ocasiones tuvo lugar la misma declaración solemne, "Este es mi Hijo amado." En esta última ocasión, hubo una adición de una palabra muy importante, "Escachadlo."

Los incidentes todos que tuvieron lugar al fin de la visión fueron muy apropiados para producir una impresión duradera en el espíritu de los tres discípulos. Les mostraron de la manera más vivida, que su Señor estaba muy por encima de ellos y de los profetas, como el amo de la casa lo está sobre sus siervos; y que debían en todo creerlo, seguirlo, obedecerlo, confiar en El y escucharlo.

Finalmente, las últimas palabras de la voz que se oyó del cielo deben estar siempre presentes á la memoria de todos los cristianos verdaderos. Deben " oír á Cristo." Es el gran Maestro; los que desean ser sabios deben aprender de El. Es la luz del mundo; los que desean no equivocarse deben seguirlo. Es la cabeza de la iglesia; los que desean ser miembros vivos de su cuerpo místico deben siempre tener la vista fija en EL La gran cuestión que á todos nos interesa más no es tanto averiguar lo que los hombres dicen, ó los ministros, lo que la iglesia, ó los concilios dicen, sino lo que Cristo dice. Escuchémoslo. Moremos en EL Apoyémonos en El. Fijemos nuestros ojos en El. El y solo El no nos faltará nunca, nunca nos chasqueará, nunca nos extraviará. Felices los que saben de una manera práctica lo que significa este texto, "Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen; y Yo les doy la vida eterna ; y nunca perecerán, ni ningún hombre las arrebatará de mis manos." Juan 10.27, 28.

Texto Bíblico
Textos Paralelos
Referencias

Jesús sana a un muchacho endemoniado

Marcos 9.14-29

14  Cuando llegó a donde estaban los discípulos,  vio una gran multitud alrededor de ellos,  y escribas que disputaban con ellos.

15  Y en seguida toda la gente,  viéndole,  se asombró,  y corriendo a él,  le saludaron.

16  El les preguntó: ¿Qué disputáis con ellos?

17  Y respondiendo uno de la multitud,  dijo:  Maestro,  traje a ti mi hijo,  que tiene un espíritu mudo,

18  el cual,  dondequiera que le toma,  le sacude;  y echa espumarajos,  y cruje los dientes,  y se va secando;  y dije a tus discípulos que lo echasen fuera,  y no pudieron.

19  Y respondiendo él,  les dijo: ¡Oh generación incrédula!  ¿Hasta cuándo he de estar con vosotros?  ¿Hasta cuándo os he de soportar?  Traédmelo.

20  Y se lo trajeron;  y cuando el espíritu vio a Jesús,  sacudió con violencia al muchacho,  quien cayendo en tierra se revolcaba,  echando espumarajos.

21  Jesús preguntó al padre: ¿Cuánto tiempo hace que le sucede esto?  Y él dijo: Desde niño.

22  Y muchas veces le echa en el fuego y en el agua,  para matarle;  pero si puedes hacer algo,  ten misericordia de nosotros,  y ayúdanos.

23  Jesús le dijo: Si puedes creer,  al que cree todo le es posible.

24  E inmediatamente el padre del muchacho clamó y dijo: Creo;  ayuda mi incredulidad.

25  Y cuando Jesús vio que la multitud se agolpaba,  reprendió al espíritu inmundo,  diciéndole: Espíritu mudo y sordo,  yo te mando,  sal de él,  y no entres más en él.

26  Entonces el espíritu,  clamando y sacudiéndole con violencia,  salió;  y él quedó como muerto,  de modo que muchos decían: Está muerto.

27  Pero Jesús,  tomándole de la mano,  le enderezó;  y se levantó.

28  Cuando él entró en casa,  sus discípulos le preguntaron aparte: ¿Por qué nosotros no pudimos echarle fuera?

29  Y les dijo: Este género con nada puede salir,  sino con oración y ayuno.

Jesús sana a un muchacho endemoniado

Marcos 9.14-29 Mt. 17.14-21; Lc. 9.37-43

Mt. 17.14-21 14  Cuando llegaron al gentío,  vino a él un hombre que se arrodilló delante de él,  diciendo: 15  Señor,  ten misericordia de mi hijo,  que es lunático,  y padece muchísimo;  porque muchas veces cae en el fuego,  y muchas en el agua. 16  Y lo he traído a tus discípulos,  pero no le han podido sanar. 17  Respondiendo Jesús,  dijo: ¡Oh generación incrédula y perversa!  ¿Hasta cuándo he de estar con vosotros?  ¿Hasta cuándo os he de soportar?  Traédmelo acá. 18  Y reprendió Jesús al demonio,  el cual salió del muchacho,  y éste quedó sano desde aquella hora. 19  Viniendo entonces los discípulos a Jesús,  aparte,  dijeron: ¿Por qué nosotros no pudimos echarlo fuera? 20  Jesús les dijo: Por vuestra poca fe;  porque de cierto os digo,  que si tuviereis fe como un grano de mostaza,  diréis a este monte: Pásate de aquí allá,  y se pasará;  y nada os será imposible. 21  Pero este género no sale sino con oración y ayuno.

Lc. 9.37-43 37  Al día siguiente,  cuando descendieron del monte,  una gran multitud les salió al encuentro. 38  Y he aquí,  un hombre de la multitud clamó diciendo:  Maestro,  te ruego que veas a mi hijo,  pues es el único que tengo; 39  y sucede que un espíritu le toma,  y de repente da voces,  y le sacude con violencia,  y le hace echar espuma,  y estropeándole,  a duras penas se aparta de él. 40  Y rogué a tus discípulos que le echasen fuera,  y no pudieron. 41  Respondiendo Jesús,  dijo: ¡Oh generación incrédula y perversa!  ¿Hasta cuándo he de estar con vosotros,  y os he de soportar?  Trae acá a tu hijo. 42  Y mientras se acercaba el muchacho,  el demonio le derribó y le sacudió con violencia;  pero Jesús reprendió al espíritu inmundo,  y sanó al muchacho,  y se lo devolvió a su padre. 43  Y todos se admiraban de la grandeza de Dios. 

Comentarios J.C. Ryle

Marcos 9.14-29

El contraste entre estos versículos y los precedentes es muy pronunciado. Del monte de la transfiguración pasamos á la narración de una historia melancólica, obra del demonio. Descendemos de la visión de la gloria á una lucha con un poseído de Satanás. Dejamos la compañía bendita de Moisés y Elías para entrar en lucha con los escribas incrédulos. Abandonamos el gusto anticipado de la gloria del milenio para volver á escenas de dolores, debilidades y miseria; para encontrarnos con un muchacho en la agonía, con un padre loco de dolor, con una tropa pequeña de débiles discípulos de quienes Satanás se burla y que no pueden aliviarlo. El contraste, como vemos, es grande; pero no es, sin embargo, sino pálido emblema del cambio de escena á que Jesús voluntariamente quiso someterse, cuando, al despojarse de su gloria, vino á este mundo; y es también la vivida pintura de la existencia de todos los cristianos verdaderos. Para ellos, como para el Maestro, como regla general, se reservan los trabajos, los conflictos, las escenas de angustias y dolores. Para ellos, también, como excepciones se guardan las visiones de la gloria, la contemplación anticipada del cielo, las temporadas en el monte.

Aprendamos en estos versículos cuan dependientes están los discípulos de Cristo de la compañía y ayuda de su Maestro.

Vemos esta verdad presentada en relieve en la escena que se ofreció a la vista de nuestro Señor, cuando bajó del monte. Como Moisés cuando descendió del Sinaí, encuentra á su pequeño rebaño en confusión. Ve á sus nueve apóstoles asediados por una partida de escribas maliciosos, y burlados en su intento de curar á uno que les habían presentado poseído de Satanás. Los mismos discípulos que poco tiempo antes habían hecho muchos milagros, y " lanzado mucho diablos," se encuentran ahora con un caso muy difícil para ellos. Aprendieron por una experiencia humillante la gran lección, encerrada en estas palabras, "sin mí nada podéis hacer." Juan 15.5. Era una lección útil, á no dudarlo, y que tendía á su bien espiritual. Probablemente la recordarían todos los días de su vida. Lo que aprendemos con una experiencia dolorosa se fija en nuestra memoria, mientras se olvidan las verdades que solo nos entran por los oídos. Pero seguro es que fue entonces para ellos una lección muy amarga. No nos gusta saber que nada podemos hacer sin Cristo.

No tenemos que ir muy lejos á buscar comprobantes de esta verdad en la historia del pueblo de Cristo en todas épocas. Los mismos que en una época hicieron grandes cosas en la causa del Evangelio, en otra fracasan por completo, y parecen débiles y mudables como el agua. Las retractaciones temporales de Cranmer y de Jewell son ejemplos muy notables de lo que venimos probando. El más santo y el mejor de los cristianos no tiene nada de que gloriarse. La fuerza que posee no es suya; nada tiene que no haya recibido, y solo tiene que provocar al Señor para que lo abandone por algún tiempo, y descubrirá pronto que su poder se ha desvanecido. Como Sansón, cuando tenía el cabello cortado, es tan débil como otro hombre cualquiera.

Aprendamos una lección de humildad en el fracaso de los discípulos. Procuremos robustecer en nosotros cada día más la convicción de la necesidad que tenemos de la gracia y de la presencia de Cristo. Con El probable es que todo lo podamos; sin El es seguro que nada podemos realizar. Con El venceremos las mayores tentaciones, y sin El la más pequeña nos dejará vencidos Clamemos todas las mañanas pidiéndole á Dios que " no nos deje abandonados á nosotros mismos;"diciéndole que no sabemos lo que en un día puede acontecemos," que "si no nos acompañas con tu presencia no podemos ascender."

Aprendamos, en segundo lugar, en estos versículos, cuan temprano en la vida estamos expuestos á ser dañados por Satanás. Leemos aquí una descripción terrible de las miserias que Satanás ocasionó al joven de quien se habla en este pasaje; y se nos dice que sus sufrimientos comenzaron desde su infancia; el mal le principió "siendo niño."

No debemos pasar por alto la importante lección que aquí encontramos. Debemos esforzarnos en hacer bien á nuestros hijos desde sus años más tempranos. Si Satanás comienza tan pronto á hacerles mal, no debemos quedarnos rezagados y ser diligentes en guiarlos á Dios. Cuestión difícil de resolver es fijar á que edad principia un niño á ser responsable de sus acciones; quizás más temprano de lo que nos imaginamos. Una cosa sí que es muy clara de todas maneras: que nunca es demasiado pronto para luchar y orar por la salud de las almas de los niños; nunca demasiado temprano para dirigirnos á ellos y hablarles, como seres morales, de Dios, de Cristo, del mal y del bien. El diablo, estemos seguros de ello, no pierde tiempo en ejercer su influencia sobre las almas de los jóvenes; principia desde que son "niños." Trabajemos por neutralizarla. Si los corazones juveniles pueden llenarse con el espíritu de Satanás, también podremos llenarlos con el Espíritu de Dios.

En tercer lugar aprendemos en estos versículos como la fe y la incredulidad pueden estar mezcladas en el mismo corazón. El padre del niño establece esta verdad con palabras que conmueven. "Señor," exclamó, "creo; ayuda mi incredulidad."

Tenemos en estas palabras una vivida pintura del corazón de muchos que son verdaderos cristianos. Pocos se encuentran de los creyentes, en quienes la confianza y la duda, la esperanza y el temor no existan de consuno. Nada es perfecto en un hijo de Dios mientras permanece en el cuerpo. Su conocimiento, su amor, y su humildad, son más ó menos defectuosos, y están más ó menos mezclados de corrupción. Como con las otras gracias, así sucede con la fe cree y a pesar de ello aun le queda un dejo de incredulidad.

¿Qué haremos con nuestra fe?   Debemos hacer uso de ella; por débil, trémula y dudosa que sea, usémosla. No esperemos á que sea grande, perfecta y poderosa, sino como el hombre de que nos ocupamos, sirvámonos de ella, y esperemos que será un día más fuerte. "Señor," dijo, " creo."

¿Qué deberemos hacer con nuestra incredulidad? Debemos resistirle, y orar contra ella. No debemos permitirle que nos aleje le Cristo. Presentémosla á Cristo, como le llevamos todos nuestros pecados y nuestras debilidades, y clamemos á El para que nos salve. Como el hombre que está ahora ante nosotros, exclamemos, "Señor, ayuda mi incredulidad."

Hay verdades de experiencia, y felices son los que las conocen, pues el mundo en general las ignora. Fe é incredulidad, dudas y temores, son necedades y tristerías para el hombre natural. Pero que el verdadero cristiano estudie estas cosas bien y trate de comprenderlas. Es de la mayor importancia para nuestro consuelo saber, que un verdadero creyente es reconocido tal tanto por sus luchas internas, como por la paz de su alma.

Fijemos nuestra atención, por último, en el completo dominio que nuestro Señor ejerce sobre Satanás y todos sus agentes. El espíritu, que era demasiado fuerte para los discípulos, fue inmediatamente lanzado por el Maestro. Habla con autoridad y poder, y Satanás se ve obligado á obedecer. "Te ordeno que salgas de él, y que no vuelvas á entrar en él."

Podemos concluir de meditar sobre este pasaje llenos de consuelo. El que está con nosotros es más grande que todos los que están contra nosotros. Satanás es fuerte, activo, malicioso, incansable, pero Jesús puede salvar á todos los que se acercan á Dios por medio de El, del diablo y del pecado, del diablo y del mundo. Tengamos paciencia, que Jesús vive todavía y no permitirá que Satanás nos arranque de sus manos. Jesús vive todavía, y volverá otra vez á protegernos de los dardos inflamados del maligno. Está preparada la gran cadena, con que Satanás será un día atado. Rev. 20.1. Dentro de breve tiempo el Dios de paz aplastará á Satanás bajo sus pies. Rom. 16:20.

Texto Bíblico
Textos Paralelos
Referencias

Jesús anuncia otra vez su muerte

Marcos 9.30-32

30  Pero él les mandó que no dijesen esto de él a ninguno.

31  Y comenzó a enseñarles que le era necesario al Hijo del Hombre padecer mucho,  y ser desechado por los ancianos,  por los principales sacerdotes y por los escribas,  y ser muerto,  y resucitar después de tres días.

32  Esto les decía claramente.  Entonces Pedro le tomó aparte y comenzó a reconvenirle.

Jesús anuncia otra vez su muerte

Marcos 9.30-32 Mt. 17.22-23; Lc. 9.43-45

Mt. 17.22-23 22  Estando ellos en Galilea,  Jesús les dijo: El Hijo del Hombre será entregado en manos de hombres, 23 y le matarán;  mas al tercer día resucitará. Y ellos se entristecieron en gran manera.

Lc. 9.43-45 43  Y todos se admiraban de la grandeza de Dios.  Jesús anuncia otra vez su muerte

 Y maravillándose todos de todas las cosas que hacía,  dijo a sus discípulos: 44  Haced que os penetren bien en los oídos estas palabras;  porque acontecerá que el Hijo del Hombre será entregado en manos de hombres. 45  Mas ellos no entendían estas palabras,  pues les estaban veladas para que no las entendiesen;  y temían preguntarle sobre esas palabras.

Texto Bíblico
Textos Paralelos
Referencias

¿Quién es el mayor?

Marcos 9.33-37

33  Y llegó a Capernaúm;  y cuando estuvo en casa,  les preguntó: ¿Qué disputabais entre vosotros en el camino?

34  Mas ellos callaron;  porque en el camino habían disputado entre sí,  quién había de ser el mayor. (Lc. 22.24)

35  Entonces él se sentó y llamó a los doce,  y les dijo: Si alguno quiere ser el primero,  será el postrero de todos,  y el servidor de todos. (Mt. 20.26-27; Mateo 23.11; Mar. 10.43-44; Lc. 22.26)

36  Y tomó a un niño,  y lo puso en medio de ellos;  y tomándole en sus brazos,  les dijo:

37  El que reciba en mi nombre a un niño como este,  me recibe a mí;  y el que a mí me recibe,  no me recibe a mí sino al que me envió.

(Mt. 10.40; Lc. 10.16; Jn. 13.20)

¿Quién es el mayor?

Marcos 9.33-37 Mt. 18.1-5; Lc. 9.46-48

Mt. 18.1-5 1  En aquel tiempo los discípulos vinieron a Jesús,  diciendo: ¿Quién es el mayor en el reino de los cielos? 2  Y llamando Jesús a un niño,  lo puso en medio de ellos, 3  y dijo: De cierto os digo,  que si no os volvéis y os hacéis como niños,  no entraréis en el reino de los cielos. 4  Así que,  cualquiera que se humille como este niño,  ése es el mayor en el reino de los cielos. 5  Y cualquiera que reciba en mi nombre a un niño como este,  a mí me recibe.
Lc. 9.46-48
46  Entonces entraron en discusión sobre quién de ellos sería el mayor. 47  Y Jesús,  percibiendo los pensamientos de sus corazones,  tomó a un niño y lo puso junto a sí, 48  y les dijo:  Cualquiera que reciba a este niño en mi nombre,  a mí me recibe;  y cualquiera que me recibe a mí,  recibe al que me envió;  porque el que es más pequeño entre todos vosotros,  ése es el más grande.

Marcos 9.34 Lc. 22.24 Hubo también entre ellos una disputa sobre quién de ellos sería el mayor.

Marcos 9.35 Mt. 20.26-27; Mateo 23.11; Mar. 10.43-44; Lc. 22.26
Mt. 20.26-27
26  Mas entre vosotros no será así,  sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, 27  y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo;
Mateo 23.11
El que es el mayor de vosotros,  sea vuestro siervo.
Mar. 10.43-44
43  Pero no será así entre vosotros,  sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, 44  y el que de vosotros quiera ser el primero,  será siervo de todos.
Lc. 22.26
mas no así vosotros,  sino sea el mayor entre vosotros como el más joven,  y el que dirige,  como el que sirve.

Marcos 9.37 Mt. 10.40; Lc. 10.16; Jn. 13.20

Mt. 10.40 El que a vosotros recibe,  a mí me recibe;  y el que me recibe a mí,  recibe al que me envió.
Lc. 10.16
El que a vosotros oye,  a mí me oye;  y el que a vosotros desecha,  a mí me desecha;  y el que me desecha a mí,  desecha al que me envió.
Jn. 13.20
De cierto,  de cierto os digo:  El que recibe al que yo enviare,  me recibe a mí;  y el que me recibe a mí,  recibe al que me envió.

Comentarios J.C. Ryle

Marcos 9.30-37

Marquemos, en estos versículos, que nuestro Señor renueva el anuncio de su próxima muerte, y de su resurrección. "Enseñó á sus discípulos, y les dijo, el Hijo del hombre será entregado en manos da hombres, que lo matarán; y después que él sea muerto, resucitará al tercer día."

Aparente es una vez más la torpeza de los discípulos en comprender las cosas espirituales, tan pronto como se les hizo este anuncio. Algo de bueno había en la noticia, así como también mal aparente; algo de dulce y de amargo, de vida y de muerte, de resurrección y de cruz. Pero todo eso fue oscuridad para los confundidos discípulos. "No entendieron aquellas palabras, y tuvieron miedo de preguntar." Tenían aún la cabeza llena de ideas equivocadas respecto al reino de su Maestro sobre la tierra. Creían que su reino terrenal iba á establecerse inmediatamente. Nunca nos cuesta más trabajo comprender como cuando preocupaciones y opiniones preconcebidas oscurecen nuestros ojos.

Se descubre en este nuevo anuncio que hace la inmensa importancia de la muerte y de la resurrección de nuestro Señor. Por algo nos recuerda que tenía que morir; deseaba hacernos comprender que su muerte era el gran objeto que se había propuesto al venir á este mundo. Quería recordarnos que con esa muerte quedaría resuelto el gran problema, como Dios podría ser justo, y justificar al mismo tiempo á los pecadores. No vino á la tierra tan solo para enseñar, predicar y hacer milagros; vino para dar satisfacción por el pecado con su propia sangre y sus sufrimientos en la cruz. No olvidemos esto nunca. La encarnación, el ejemplo, y las palabras de Cristo, son de gran importancia; pero el gran objeto que demanda toda nuestra atención en la historia de su ministerio terrenal, es su muerte en el Calvario.

Marquemos, en segundo lugar, en estos versículos, la ambición y amor de preeminencia que los apóstoles manifiestan, "Durante el camino disputaban entre ellos cual seria el más grande."

¡Que extrañas suenan estas palabras! ¿Quién hubiera pensado que unos pocos pescadores y publícanos pudieran estar movidos por el espíritu de emulación y el deseo de supremacía? ¿Quién hubiera esperado que hombres pobres, que todo lo habían abandonado por amor de Cristo, se verían turbados por luchas y disensiones respecto al lugar y á la precedencia que cada uno de ellos merecía? Y, sin embargo, así sucedió, y este hecho ha quedado registrado para nuestra enseñanza. El Espíritu Santo ha hecho que se escriba para guía perpetua de la iglesia de Cristo. Cuidemos que no se haya escrito en vano.

Es una verdad dolorosa, ya la aceptemos ó no, que el orgullo es uno de los pecados más comunes de la humana naturaleza. Todos nacemos fariseos; todos por naturaleza pensamos de nosotros mejor de lo que debemos. Todos nos imaginamos naturalmente que merecemos más de lo que tenemos. Es un pecado muy antiguo. Empezó á mostrarse en el Edén, cuando Adán y Eva creyeron que no poseían todo aquello á que sus merecimientos los hacían acreedores. Es un pecado muy sutil; gobierna y rige muchos corazones sin que se le descubra, y aun puede vestirse con el sayal de la humildad. Es el pecado que más arruina el alma, porque se opone al arrepentimiento, y mantiene al hombre lejos de Cristo, ahoga el amor fraterno, y agosta en flor las ansias espirituales. Pongámonos en guardia contra él, y vigilémoslo. De todos los trajes con que podemos vestirnos, ninguno es tan gracioso, ninguno sienta tan bien, y ninguno es más raro, que la verdadera humildad.

Fijémonos, en tercer lugar, en el modelo especial de verdadera grandeza que nuestro Señor presenta á sus discípulos. Les dice, "Si alguno desea ser el primero, deberá ser el último de todos, y siervo de todos."

Estas palabras son muy instructivas. Nos muestran que las máximas de este mundo están en oposición directa con las ideas de Cristo. La idea que el mundo tiene de la grandeza es gobernar, pero la grandeza cristiana consiste en servir; es ambición del mundo recibir honores y atenciones, pero el deseo del cristiano debería ser dar más bien que recibir, y servir á los demás en lugar de ser servido por ellos. En una palabra, aquel que más se empeña en servir á sus semejantes, y ser útil á los hombres de su generación, es el hombre más grande que imaginarse puede á los ojos de Cristo.

Empeñémonos en aplicar de una manera práctica esta máxima profunda. Tratemos de hacer el bien á nuestros prójimos, y mortificar esa tendencia al placer y á la satisfacción personal que tanto nos domina. ¿Podemos servir en algo á nuestros semejantes? ¿Podemos manifestarles de algún modo nuestra bondad, ayudándolos y promoviendo su felicidad? Si así es, hagámoslo sin tardanza. Qué gran bien seria para la cristiandad que fuesen menos frecuentes las protestas de ortodoxia y obediencia á la iglesia, y más común la práctica de las virtudes que en este pasaje nos inculcan las palabras de nuestro Señor.

Pocos son en general los hombres que quieran ser los últimos, y por amor á Cristo, los siervos de todos; y, sin embargo, esos son los que hacen bien, los que destruyen las preocupaciones, y convencen á los infieles de la realidad del Cristianismo.

Notemos, finalmente, como el Señor nos estimula á ser bondadoso con los más pequeños y humildes de los que creen en su nombre. Nos da esta lección de una manera muy interesante; tomó á un niño en sus brazos, y dijo á sus discípulos, " Cualquiera que reciba á uno de estos niños en mi nombre, á mí me recibe; y todo el que me recibe, recibe á Aquel que me envió."

El principio que aquí se establece es una continuación del que hemos venido meditando. Para el hombre natural es una locura ; la carne y la sangre no encuentran otros caminos á la grandeza, lino coronas, rango, riquezas, y posición elevada en la sociedad

El Hijo del hombre declara que el camino que á ella conduce es el sacrificarnos á cuidar de los más débiles y de los más humildes del rebaño. Esfuerza su declaración acompañándola de palabras que nos llenan de maravilla, y que leemos y oímos sin fijar en ellas nuestras almas. Nos dice que el que "recibe á un niño en su nombre, recibe á Cristo, y que recibir á Cristo es recibir á Dios."

Cuanto no deben animar estas palabras á los que se consagran á la obra caritativa de hacer bien á las almas que se ven abandonadas. Cuanto no deben estimular á los que trabajan por volver á introducir en la sociedad á un paria, por levantar al caído, por recoger á los niños harapientos de quienes nadie se cuida, por sacar de una vida pecaminosa á los peores caracteres, como se sacan los tizones de una hoguera, por conducir á los extraviados al hogar paterno. Consuélense todos los que lean estas palabras; quizás sus trabajos son duros y se sienten con frecuencia desalentados; quizás se burlen de ellos, y los ridiculicen, y los presentan al escarnio del mundo. Pero sepan que el Hijo de Dios va marcando á todos los que así obran, y en ellos se complace. Piense el mundo lo que quiera, á esos será á quienes Jesús se deleitará en honrar cuando llegue el ultimo día.

Texto Bíblico
Textos Paralelos
Referencias

El que no es contra nosotros, por nosotros es

Marcos 9.38-41

38  Juan le respondió diciendo: Maestro,  hemos visto a uno que en tu nombre echaba fuera demonios,  pero él no nos sigue;  y se lo prohibimos,  porque no nos seguía.

39  Pero Jesús dijo: No se lo prohibáis;  porque ninguno hay que haga milagro en mi nombre,  que luego pueda decir mal de mí.

40  Porque el que no es contra nosotros,  por nosotros es. (Mt. 12.30; Lc. 11.23)

41  Y cualquiera que os diere un vaso de agua en mi nombre,  porque sois de Cristo,  de cierto os digo que no perderá su recompensa.  (Mt. 10.42)

El que no es contra nosotros, por nosotros es

Marcos 9.38-41 Lc. 9.49-50 49  Entonces respondiendo Juan,  dijo: Maestro,  hemos visto a uno que echaba fuera demonios en tu nombre;  y se lo prohibimos,  porque no sigue con nosotros. 50  Jesús le dijo: No se lo prohibáis;  porque el que no es contra nosotros,  por nosotros es.

Marcos 9.40 Mt. 12.30; Lc. 11.23

Mt. 12.30 El que no es conmigo,  contra mí es;  y el que conmigo no recoge,  desparrama.
Lc. 11.23
El que no es conmigo,  contra mí es;  y el que conmigo no recoge,  desparrama.

Marcos 9.41 Mt. 10.42 Y cualquiera que dé a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente,  por cuanto es discípulo,  de cierto os digo que no perderá su recompensa.

Texto Bíblico
Textos Paralelos
Referencias

Ocasiones de Caer

Marcos 9.42-50

42  Cualquiera que haga tropezar a uno de estos pequeñitos que creen en mí,  mejor le fuera si se le atase una piedra de molino al cuello,  y se le arrojase en el mar.

43  Si tu mano te fuere ocasión de caer,  córtala;  mejor te es entrar en la vida manco,  que teniendo dos manos ir al infierno,  al fuego que no puede ser apagado, (Mt. 5.30)

44  donde el gusano de ellos no muere,  y el fuego nunca se apaga.

45  Y si tu pie te fuere ocasión de caer,  córtalo;  mejor te es entrar a la vida cojo,  que teniendo dos pies ser echado en el infierno,  al fuego que no puede ser apagado,

46  donde el gusano de ellos no muere,  y el fuego nunca se apaga.

47  Y si tu ojo te fuere ocasión de caer,  sácalo;  mejor te es entrar en el reino de Dios con un ojo,  que teniendo dos ojos ser echado al infierno, (Mt. 5.29)

48  donde el gusano de ellos no muere,  y el fuego nunca se apaga. (Is. 66.24)

49  Porque todos serán salados con fuego,  y todo sacrificio será salado con sal.

Mar 9:50  Buena es la sal;  mas si la sal se hace insípida,  ¿con qué la sazonaréis?  (Mt. 5.13; Lc. 14.34-35)Tened sal en vosotros mismos;  y tened paz los unos con los otros.

Ocasiones de Caer

Marcos 9.42.50 Mt.18.6-9; Lc. 17.1-2

Mt.18.6-9 Y cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí,  mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno,  y que se le hundiese en lo profundo del mar. 7   ¡Ay del mundo por los tropiezos!  Porque es necesario que vengan tropiezos,  pero  ¡ay de aquel hombre por quien viene el tropiezo! Por tanto,  si tu mano o tu pie te es ocasión de caer,  córtalo y échalo de ti;  mejor te es entrar en la vida cojo o manco,  que teniendo dos manos o dos pies ser echado en el fuego eterno. Y si tu ojo te es ocasión de caer,  sácalo y échalo de ti;  mejor te es entrar con un solo ojo en la vida,  que teniendo dos ojos ser echado en el infierno de fuego.

Lc. 17.1-2 1  Dijo Jesús a sus discípulos: Imposible es que no vengan tropiezos;  mas  ¡ay de aquel por quien vienen! 2  Mejor le fuera que se le atase al cuello una piedra de molino y se le arrojase al mar,  que hacer tropezar a uno de estos pequeñitos.

Marcos 9.43 Mt. 5.30 Y si tu mano derecha te es ocasión de caer,  córtala,  y échala de ti;  pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros,  y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno.

Marcos 9.47 Mt. 5.29 Por tanto,  si tu ojo derecho te es ocasión de caer,  sácalo,  y échalo de ti;  pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros,  y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno.

Marcos 9.48 Is. 66.24 Y saldrán,  y verán los cadáveres de los hombres que se rebelaron contra mí;  porque su gusano nunca morirá,  ni su fuego se apagará,  y serán abominables a todo hombre.

Marcos 9.50 Mt. 5.13; Lc. 14.34-35

Mt. 5.13 Vosotros sois la sal de la tierra;  pero si la sal se desvaneciere,  ¿con qué será salada?  No sirve más para nada,  sino para ser echada fuera y hollada por los hombres.

Lc. 14.34-35 34  Buena es la sal;  mas si la sal se hiciere insípida,  ¿con qué se sazonará? 35  Ni para la tierra ni para el muladar es útil;  la arrojan fuera.  El que tiene oídos para oír,  oiga.

Comentarios J.C. Ryle

Marcos 9.38-50

Tenemos en estos versículos la opinión de Cristo respecto á la gran cuestión de tolerancia religiosa. El apóstol Juan le dijo, "Maestro, vimos á uno que lanzaba demonios en tu nombre, y no nos sigue: y se lo vedamos, porque no nos sigue." Esa persona estaba sin duda haciendo una buena obra; es incuestionable que militaba bajo la misma bandera de los apóstoles; pero eso no satisfacía á Juan, porque no trabajaba en su compañía, ni combatía con ellos en el mismo cuerpo de ejército; por tanto, Juan se lo prohibió. Escuchemos ahora lo que decide sobre este particular la gran Cabeza de la iglesia. "Jesús le dijo, No se lo impidas; porque no hay ninguno que haga milagros en mi nombre que pueda hablar mal de mí. Pues que el que no está contra nosotros, con nosotros está."

Esta es una regla preciosa, de que está en mucha necesidad la humana naturaleza, y que con harta frecuencia se olvida. Muy dispuestos están á imaginarse los miembros de las diferentes ramificaciones de la iglesia de Cristo que ningún bien puede hacerse en el mundo, si no lo hace su propio partido ó su denominación especial. Tienen miras tan estrechas, que no pueden concebir ni aun la posibilidad de trabajar de otra manera sino siguiendo el modelo ó el sistema que se han trazado. Convierten en un ídolo la organización eclesiástica á que pertenecen, y no pueden encontrar ningún mérito en otra alguna. Son como el que clamaba cuando El-dad y Medad profetizaban en el campamento, "Señor Moisés, prohíbeselos."

Debemos á este espíritu intolerante algunas de las páginas más negras de la historia de la iglesia.  Cristianos han perseguido repetidamente á otros cristianos por ninguna otra razón más fuerte que la que aquí da Juan.    Han dicho en realidad á sus hermanos, "nos seguís, ó no trabajáis por Cristo de ninguna manera."

Guardémonos de este sentimiento, pues está muy cerca de la superficie de nuestros corazones. Empeñémonos en practicar el espíritu liberal y tolerante que Jesús nos recomienda en este pasaje, y agradezcamos toda buena obra cualquiera que sea la persona que la haga y el lugar en que se realiza. Espiemos en nosotros mismos la más ligera inclinación á paralizar y detener á otros en sus trabajos, tan solo porque no han preferido adoptar nuestros planes, ni trabajar con nosotros. Permitido nos es considerarlos errados en algunos particulares; creer que mucho más podría hacerse por Cristo, si se hubieran unido á nosotros, y todos trabajáramos de consuno; lamentar los males que ocasionan las luchas y divisiones religiosas; pero esto no debe ser un obstáculo á que nos regocijemos de que las obras del demonio sean destruidas y de que las almas se salven. ¿Está mi prójimo guerreando contra Satanás? ¿Está realmente trabajando por Cristo? Esta es la gran cuestión. Mejor es cien mil veces que otras manos hagan el trabajo antes que quede por hacer. Feliz aquel que siente en sí el espíritu de Moisés cuando dijo: " Ojalá que todos los miembros del pueblo de Dios fueran profetas," Núm. 11.29; y el de Pablo cuando este dice: "Si Cristo es predicado, me regocijo, sí, y me regocijaré." Filip. 1:16.

Vemos además en estos versículos la necesidad en que estamos de renunciar á todo lo que se atraviesa entre nosotros y la salvación de nuestras almas. La "mano" y el "pié" deben ser cortados y el " ojo " sacado, si ofenden, ó son ocasiones de pecar. Debemos renunciar á todo lo que nos es querido, como los ojos, los pies y las manos, y alejarlo de nosotros si daña nuestras almas, cualquiera que sea el sacrificio ó el dolor que nos cause.

Es una ley esta que parece á primera vista dura y severa en extremo, pero no sin causa la promulga nuestro amoroso Maestro. Cumplir con ella es absolutamente necesario, puesto que el infringirla es caminar de seguro al infierno. Nuestros sentidos corporales son los canales por donde se introducen en nosotros las tentaciones más formidables. Nuestros miembros son instrumentos dispuestos al mal, aunque lentos para el bien. El ojo, el pié, y la mano son siervos buenos cuando están bien dirigidos, pero preciso es vigilarlos de continuo, pues si no, nos conducen al pecado.

Decidámonos con la gracia de Dios á hacer uso práctico de la orden solemne que en este pasaje nos da nuestro Señor.    Considerémosla como la prescripción de un médico sabio, el consejo de un padre tierno, o el apercibimiento de un amigo. Aunque los hombres nos ridiculicen por lo estricto y cumplidos que seamos, sea en nosotros un hábito "crucificar nuestra carne con sus afectos y concupiscencias." Neguémonos todo goce antes de exponernos al peligro de pecar contra Dios. Sigamos las huellas de Job, cuando dice: "He hecho un pacto con mis ojos."  Job 31.1. Recordemos a Pablo; dice, "Sujeto mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre; no sea que predicando á los otros, no me vea yo mismo reprobado."  1 Cor. 9.27.

Vemos, finalmente, en estos versículos, la realidad, el horror, y la eternidad del castigo futuro. El Señor Jesús habla tres veces del "infierno." Menciona tres veces el "gusano que nunca muere." Tres veces dice que " el fuego no se apagará."

Estas son expresiones terribles, que invitan á reflexionar más que á explicar. Medítenlas, considérenlas y recuérdenlas todos los que profesan ser cristianos. Poca diferencia hace que las tomemos por figuradas ó emblemáticas; si lo son, una cosa por lo menos es muy clara, que el gusano y el fuego son emblemas de realidades; que hay un infierno verdadero, y un infierno que es eterno. No es mostrar misericordia el no tocar ante los hombres la cuestión del infierno; por lo mismo que es tan horrible y tan tremendo, debemos imprimirla en todas las almas como una de las grandes verdades del Cristianismo. Nuestro Salvador que es tan amoroso habla frecuentemente de él, y el apóstol Juan lo describe más de una vez en el libro de la Revelación; así es que los siervos de Dios no deben en nuestros días avergonzarse de confesar que en él creen. Si no hubiera en Cristo una misericordia infinita para todos los que en El creen, podríamos con razón evitar la consideración de tan horrible idea. Si no tuviéramos la sangre preciosa de Cristo que lava todos nuestros pecados, bien podríamos guardar silencio respecto á la ira venidera. Pero hay misericordia para todo el que la pide en nombre de Cristo; hay una fuente abierta para todo pecado. Aseguremos pues franca y decididamente que hay infierno, y supliquemos á los hombres que huyan de él, antes que sea muy tarde. "Conociendo los terrores del Señor," el gusano, y el fuego, "persuadamos á los hombres." 2 Cor. 5.11. Posible es que no se hable bastante de Cristo, pero sí es posible qua se diga poco del infierno.

Que las palabras con que terminó su discurso nuestro Señor resuenen en nuestros oídos, al concluir este pasaje. "Tened sal en vosotros mismos, y paz unos con otros." Tengamos la seguridad de poseer en nuestros corazones la gracia salvadora del Espíritu Santo, que santifica, purifica y preserva todo el hombre interno le la corrupción. Conservemos vigilantes la gracia que diariamente se nos otorga, y pidamos á Dios que nos salve del descuido y del pecado, no sea que incurramos en faltas que manchen nuestras conciencias y desacrediten nuestra profesión cristiana.   Vivamos sobre todo en paz con los demás, no buscando grandes cosas, ni intrigando por preeminencia, sino revestidos de humildad, y amando sinceramente á todos los que aman á Cristo.   Todo esto es muy sencillo, pero su cumplimiento acarrea grandes mercedes.

El Texto Bíblico esta siendo transcrito por:

Martha Iñiguez Moreno
de La Biblia Devocional de Estudio
Reina Valera Revisión 1960
de La Liga bíblica

Los Textos Paralelos y las Referencias están tomados de:

La Santa Biblia
Reina-Valera (1960)
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Los comentarios son tomados del libro:

Los Evangelios Explicados
Volumen Segundo, Marcos
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