El Santo Evangelio según
San Mateo

Porque por gracia sois salvos

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Texto Bíblico
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El juzgar a los demás
Mateo 7.1-6

1 No juzguéis, para que no seas juzgados
2 Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que midáis, os será medido. (Mr. 4.24)
3 ¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de su hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?
4¿O cómo dirás a tu hermano. Déjame sacar la paja de tu ojo, y he aquí la viga en el ojo tuyo?
5 ¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano.
6 No deis los santo a los perros, ni echéis lustras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen, y se vuelvan y os despedacen. El juzgar a los demás.

Mateo 7.1-6 Lc. 6.37-38; Lc. 41-42
Lc. 6.37-38
37 No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados. 38 Dad, y se os dará; medida buena, apretada, remecida y rebosando darán en vuestro regazo; porque con la misma medida con que medís, os volverán a medir.
Lc. 41-42 41 ¿Por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo? 42 ¿O cómo puedes decir a tu hermano: Hermano, déjame sacar la paja que está en tu ojo, no mirando tú la viga que está en el ojo tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja que está en el ojo de tu hermano.
Mateo 7.2 Mr. 4.24 Les dijo también: Mirad lo que oís; porque con la medida con que medís, os será medido, y aun se os añadirá a vosotros los que oís.
Texto Bíblico
Textos Paralelos
Referencias
La oración, y la regla de oro
Mateo 7.7.12

7 Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad y se os abrirá.
8 Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.
9 ¿Qué hombre hay de vosotros, que si su hijo le pide pan, le dará una piedra?
10 ¿O si le pide un pescado, le dará una serpiente?
11 Pues si vosotros siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?
12 Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetas. La oración, y la regla de oro
Mateo 7.7.12 Lc. 11.9-13; Lc. 6.31
Lc 11:9
9 Y yo os digo: Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. 10 Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. 11 ¿Qué padre de vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si pescado, en lugar de pescado, le dará una serpiente? 12 ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? 13 Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?
Lc 6:31 31 Y como queréis que hagan los hombres con vosotros, así también haced vosotros con ellos.
 

Comentarios de

J.C. Ryle

Mateo 7.1-11

De los versículos que quedan citados los primeros forman uno de aquellos pasajes de la Escritura de los cuales han abusado los enemigos de la religión verdadera, forzando su significado y haciendo de ellos una aplicación errada. Acontece á veces que se apretan tanto las palabras de la Biblia que no producen bálsamo sino veneno

Nuestro Señor no quiso decir que fuera reprensible un juicio desfavorable acerca de la conducta ó las opiniones de los demás, pues es claro que estamos en el deber de examinarlo todo y formar conceptos decididos. Ni tampoco quiere decir que sea malo reprobar los pecados y faltas de los demás en tanto que nosotros no seamos perfectos. Esa interpretación estaría en contradicción con otros pasajes de la Escritura; haría de todo punto imposible improbar el error; privaría á todos de ejercer las funciones del magistrado; la tierra quedaría abandonada en manos de los perversos; y la herejía y los atentados estarían al orden del día.

Lo que nuestro Señor se propuso condenar fue la murmuración y la costumbre de poner faltas. Esa inclinación á culpar á los demás por ofensas baladíes, ó por asuntos de ninguna significación; ese hábito de pronunciar juicios precipitados; esa propensión á ver con lente de aumento los extravíos y debilidades de nuestros prójimos -he aquí lo que nuestro Señor prohibió. Esa era una falta muy común entre los fariseos, y ha prevalecido desde aquel entonces hasta nuestros días. Todos debemos guardarnos de incurrir en ella. Con respecto á los demás debemos creerlo y esperarlo todo y no apresurarnos á censurar. Esto es lo que nos dicta la caridad cristiana. 1 Cor. 13.7.

La segunda lección que se nos enseña en este pasaje se refiere á lo importante que es ejercer circunspección en cuanto á las personas con quienes hablemos de materias religiosas. Todo ha de hacerse en su tiempo y lugar correspondientes. "No castigues* (o reprendas) al burlador," dice Salomón, "por que no te aborrezca," No es prudente abrir nuestro corazón á todos respecto de asuntos espirituales. Hay algunos hombres que, por tener genios violentos ó por estar entregados á los vicios, no se hallan en aptitud de formar un juicio acertado de las doctrinas del Evangelio. Mencionar el nombre de Cristo á tales gentes es verdaderamente arrojar las perlas á los cerdos. De ello no les resulta provecho sino daño, puesto que despierta todo su encono y los pone coléricos; pues son como los Judíos de Corinto (Hechos 18.6), ó como Nabal de quien dice la Escritura que era un hijo tal de Belial que nadie podía dirigirle la palabra. 1 Sam. 25.17.

Es difícil seguir con tino este precepto. La mayor parte de los cristianos están más expuestos á pecar de prudentes que de demasiado celosos. Por lo general estamos más dispuestos á recordar cuando debemos callar que cuando debemos hablar. Empero á una persona reflexiva no pueden menos que venirle á la mente serias preguntas. ¿He impedido por medio de mi indiferencia ó irritabilidad que mis amigos me dieran sanos consejos? ¿No he obligado á los demás, con mi orgullo y desdén á que guarden silencio en mi presencia? Ah! tal vez he errado en este respecto.

Lo último que el pasaje de que tratamos nos enseña se refiere al deber de orar y á los estímulos que para su cumplimiento se nos presentan.

Existe una notable relación entre esta lección y la que la precede. Si queremos saber cuando es que debemos callar y cuando hablar, cuando es que debemos tratar de cosas santas y enseñar nuestras perlas es preciso que hagamos oración. Que este es un asunto al cual nuestro Señor dio grande importancia, se deja ver por la manera que de él habló. Para expresar la misma idea empleó tres palabras distintas: "pedir," "buscar," "llamar."

La promesa que hizo á los que oraren fue amplia y significativa: "Cualquiera que pide, recibe." Y por último por medio del ejemplo de nuestros padres en la tierra explicó como Dios está pronto á oír nuestras plegarias. Si ellos, siendo pecadores y egoístas por naturaleza, no se desentienden de las necesidades de sus hijos, mucho menos abandonará á los suyos un Dios de misericordia y de amor.

¿Practicáis el deber de la oración? Nada hay tan sencillo como orar si uno tuviere voluntad de hacerlo; mas, por otra parte, no hay deber que el hombre descuide tanto. Y, sin embargo, sin orar nadie puede ser salvo. No se nos condenará á ninguno por no haber hecho lo que le fue imposible ejecutar, ó por no haber sabido lo que le fue imposible saber; pero muchos se perderán por no haber rogado á Dios que los salvase.

Texto Bíblico
Textos Paralelos
Referencias
La puerta estrecha
Mateo 7.13-14

13 Entrad por la puerta estrecha: porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella.
14 porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hayan. La puerta estrecha
Mateo 7.13-14 Lc. 13.24 24 Esforzaos a entrar por la puerta angosta; porque os digo que muchos procurarán entrar, y no podrán.  
Texto Bíblico
Textos Paralelos
Referencias
Por sus frutos los conoceréis
Mateo 7.15-20

15 Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces.
Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos?
17 Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos.
18 No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos.
19 Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado en el fuego. (Mt.3.10; Lc. 3.9)
20 Así que, por sus frutos los conoceréis. (Mt. 12.33) Por sus frutos los conoceréis
Mateo 7.15-20 Lc. 6.43-44 43 No es buen árbol el que da malos frutos, ni árbol malo el que da buen fruto. 44 Porque cada árbol se conoce por su fruto; pues no se cosechan higos de los espinos, ni de las zarzas se vendimian uvas. 45 El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla la boca. Mateo 7.19 Mt.3.10; Lc. 3.9
Mt.3.10
Y ya también el hacha está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado en el fuego.
Lc. 3.9 Y ya también el hacha está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto se corta y se echa en el fuego.
Mateo 7.20 Mt. 12.33 O haced el árbol bueno, y su fruto bueno, o haced el árbol malo, y su fruto malo; porque por el fruto se conoce el árbol.

Comentarios de

J.C. Ryle

Mateo 7.12-20

Examinemos uno por uno los preceptos que nuestro Señor inculca en esta parte de su sermón.

En primer lugar, sienta un principio general como norma de la conducta de los hombres entre sí. Debemos conducirnos con los demás de la manera que quisiéramos que ellos se condujesen con nosotros. No hemos de portarnos con ellos así como se portan con nosotros: tal proceder revelaría un egoísmo detestable. Hemos de portarnos como quisiéramos que ellos se portasen con nosotros: tal proceder armoniza con el espíritu del Cristianismo.

Con razón se ha llamado esta "la regla de oro." No solo prohíbe pequeños actos de malevolencia, venganza y engaño: abarca en su aplicación muchas acciones: y arregla infinidad de disputas que se suscitan entre los hombres. Previene así la necesidad de prescribir un sin número de reglas para guía de nuestra conducta en casos especiales, pues lo incluye todo en un gran principio, y señala la pauta que todos deben seguir en el cumplimiento de su deber. ¿Hay algo que quisiéramos que nuestro prójimo no hiciera hacia nosotros? Pues, entonces recordemos que eso es precisamente lo que hemos de evitar hacer hacia él. ¿Hay algo que quisiéramos que él hiciera hacia nosotros? Pues, entonces eso es lo que debemos ejecutar para con él. Cuántas disputas no se decidirían prontamente de una manera satisfactoria si se observara escrupulosamente esta regla.

En segundo lugar, el Señor nos previene de una manera general acerca del camino que siguen los muchos en materias religiosas.   No siempre es lo más recomendable pensar como otros piensan y obrar como otros obran; o adoptar las opiniones de moda y nadar con la corriente. Jesús nos dice que el camino que conduce á la vida perdurable es angosto y que pocos son los que lo siguen; en tanto que el camino que conduce á la perdición eterna es ancho, y los que lo transitan son muchos.

Estas verdades son terribles, y debieran impulsar á todo el que las lee á hacer un detenido examen de conciencia, y á preguntarse á sí mismo: "¿Cuál de estas sendas es la que yo sigo?"  Todos nos encontramos en una de las dos.

Razón tendremos para temblar y sobrecogernos de temor si nuestra religión sea la que profesa la muchedumbre. Si lo único que podemos alegar en nuestro favor es que vamos á donde los demás van, y rendimos culto donde los demás lo rinden, y que tenemos esperanza de que no nos quedaremos en zaga de los demás, pronunciamos así nuestra propia condenación. ¿Qué es esto sino seguir el "camino ancho"? ¿Qué es esto sino andar en la senda que conduce á la perdición?

No tenemos razón para desalentarnos y abatirnos, si la religión que profesamos no es popular y si pocos son los que convienen con nosotros. El arrepentimiento, la fe en Jesucristo y la santidad de vida no han estado jamás de moda: el verdadero rebaño de Cristo ha sido siempre pequeño. Ni debemos sorprendernos si se nos considera singulares y excéntricos en cuanto á nuestra conducta, y fanáticos y mezquinos en cuanto á nuestras ideas. Es á la verdad mejor entrar á la vida eterna con unos pocos, que descender al infierno en medio de un numeroso concurso.

Finalmente, el Señor nos previene contra los falsos maestros que suelen aparecer en el seno mismo de la iglesia. "Guardaos," dice, "de los falsos profetas." El enlace que este pasaje tiene con el que le precede es bien notable. ¿Queremos mantenernos lejos del camino ancho? Entonces tenemos que guardarnos de los falsos profetas. En todos tiempos los habrá. Empezaron á aparecer en los días de los apóstoles: aun en aquel entonces se sembró la Semilla del error. Y desde esa época, no han dejado de presentarse aquí y allí. Estemos alerta.

Muy necesario es hacer esta advertencia. Millares de personas hay que están prontas á creer cualquier cosa que oigan, si emana de los labios de un ministro que haya recibido las órdenes sagradas. Se olvidan que los clérigos están tan sujetos á error como los legos, pues no son infalibles y sus enseñanzas deben ser pesadas en la balanza de la Escritura. Debe creérseles y seguir sus consejos hasta el punto en que sus doctrinas se ajusten á los preceptos de la Biblia: pero no un ápice más allá. Y debemos conocerlos por sus frutos. La profesión de sanas doctrinas y la vida piadosa son los distintivos de los verdaderos ministros del Evangelio. Recordemos esto, y convenzámonos de que las equivocaciones de nuestro cura ó pastor no pueden servirnos para excusar las nuestras. Si un ciego guía á otro ciego ambos caerán en el hoyo.

¿Y cuál es el mejor preservativo contra las falsas enseñanzas? Sin duda que el estudio constante de la palabra de Dios, precedido de una plegaria por el auxilio del Espíritu Santo. Nos fue dada la Biblia para que nos sirviera de "lámpara á nuestros pies y de lumbre á nuestro camino." Salmo 119:105. Es casi imposible que se extravíe el que la lea de la manera debida. Es el descuido en leer la Biblia lo que expone á tantos á ser víctimas del primer maestro falso que oigan.

Tengamos, pues, presente la admonición de nuestro Señor. El mundo, el demonio y la carne no son los únicos enemigos que amenazan al cristiano: hay otro más y es el falso profeta, el lobo con piel de oveja. Feliz el que, después de implorar la ayuda divina, examina con cuidado la Biblia, y aprende á distinguir la verdad del error.

Texto Bíblico
Textos Paralelos
Referencias
Nunca os conocí
Mateo 7.21-23

21 No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.
22 Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?
23 Y entones les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mi, hacedores de maldad. (Sal.6.8)
Nunca os conocí
Mateo 7.21-23
Lc. 13.25-27
25 Después que el padre de familia se haya levantado y cerrado la puerta, y estando fuera empecéis a llamar a la puerta, diciendo: Señor, Señor, ábrenos, él respondiendo os dirá: No sé de dónde sois.26 Entonces comenzaréis a decir: Delante de ti hemos comido y bebido, y en nuestras plazas enseñaste. 27 Pero os dirá: Os digo que no sé de dónde sois; apartaos de mí todos vosotros, hacedores de maldad.
Mateo 7.23 Sal. 6.8 Apartaos de mí, todos los hacedores de iniquidad; Porque Jehová ha oído la voz de mi lloro.
Texto Bíblico
Textos Paralelos
Referencias
Los dos cimientos
Mateo 7.24-29

24 Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca.
25 Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca.
26 Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena;
27 y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue grande su ruina.
28 Y cuando terminó Jesús estas palabras, la gente se admiraba de su doctrina;
29 porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas. (Mr.1.22; Lc.4.32)
Los dos cimientos
Mateo 7.24-29
Lc. 6.46-49
46 ¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo? 47 Todo aquel que viene a mí, y oye mis palabras y las hace, os indicaré a quién es semejante. 48 Semejante es al hombre que al edificar una casa, cavó y ahondó y puso el fundamento sobre la roca; y cuando vino una inundación, el río dio con ímpetu contra aquella casa, pero no la pudo mover, porque estaba fundada sobre la roca. 49 Mas el que oyó y no hizo, semejante es al hombre que edificó su casa sobre tierra, sin fundamento; contra la cual el río dio con ímpetu, y luego cayó, y fue grande la ruina de aquella casa.
Mateo 7.29 Mr.1.22; Lc.4.32
Mr.1.22
Y se admiraban de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas.
Lc.4.32 Y se admiraban de su doctrina, porque su palabra era con autoridad.

Comentarios de

J.C. Ryle

Mateo 7.21-29

Nuestro Señor terminó el Sermón del Monte con una aplicación que penetra hasta lo más íntimo de la conciencia. Después de hablar de los falsos maestros pasa á tratar de los falsos discípulos.

La primera lección que del pasaje se desprende es que una mera profesión externa del Cristianismo es inútil. No todo el que diga, "Señor, Señor," entrará en el reino de los cielos. No todos los que profesen ser cristianos se salvarán.

Para que una alma se salve se requiere mucho más de lo que comúnmente se cree. Bien que hayamos sido bautizados en nombre de Cristo; bien que poseamos un conocimiento científico de las doctrinas religiosas, y que tal vez seamos maestros de nuestros semejantes. Más ¿hacemos la voluntad de nuestro Padre celestial? ¿Nos hemos arrepentido verdaderamente, creemos con sinceridad, y llevamos una vida humilde y santa? Si así no fuere, a pesar de todas nuestras oportunidades y protestas, dejaremos de entrar en el cielo y oiremos las terribles palabras: "Nunca os conocí." El día del juicio revelará á la verdad cosas muy extrañas!

Se nos presenta, en segundo lugar, un cuadro notable de dos clases dé oyentes cristianos. Á la primera pertenecen los que oyen y no practican; y á la segunda los que oyen y practican.

El que oye los preceptos del Cristianismo y los practica, es como el hombre prudente que edifica su casa sobre una roca. No se contenta con que se le exhorte al arrepentimiento, á la fe, á la vida santa; mas se arrepiente, cree, deja de hacer lo malo, aborrece todo lo que es pecaminoso y practica lo que es bueno.   Oye y ejecuta.    Santiago 1: 22.

Y ¿qué resulta de ahí? Que á la hora de la prueba su religión no lo abandona. Acaso las enfermedades, los pesares, la pobreza, los desengaños, el duelo vengan sobre él como otras tantas tempestades; mas su alma gozará de calma y de consuelo. Puede haberle costado muchos afanes y muchas lágrimas el echar los cimientos de la religión; mas su trabajo no ha sido emprendido en balde. Después cosecha los frutos: la religión que puede hacer frente á los contratiempos es la verdadera religión.

Por otra parte, el que oye los preceptos cristianos y no las practica es como el hombre insensato que construyó su casa sobre la arena. Se contenta con oír y aprobar, pero no da un paso más hacia adelante. Tal vez se lisonjea con la creencia de que su alma está bien para con Dios porque abriga ciertos sentimientos, ciertas convicciones, ciertos deseos espirituales. Nunca se aparta del pecado ni rompe los lazos que lo ligan al mundo; nunca se acoge á Cristo ni toma sobre sí la cruz. Todo lo que hace es oír la verdad.

Y ¿qué le sucede á un hombre de esa clase? Que su religión lo abandona en la primera borrasca que le sobrevenga. Como los manantiales que no afluyen en el estío, le falta cuando tiene mayor necesidad de ella, y lo deja, como un barco echado á pique, sobre un banco de arena para que sirva de escándalo á la iglesia, de ludibrio á los infieles y de tormento á sí mismo. Muy cierto es que poco vale lo que poco cuesta. Una religión que no nos cuesta nada, y que solo consiste en oír sermones, resultará al fin ser inútil.

Así termina el célebre Sermón en el Monte. Cuidemos de que ejerza un influjo permanente sobre nuestras almas. Fue predicado para nuestro provecho, así como para el de los que lo oyeron. Si lo miramos con indiferencia tendremos que dar cuenta de ello en el último día. Juan 12.48.

El Texto Bíblico esta siendo transcrito por:

Martha Iñiguez Moreno
de La Biblia Devocional de Estudio
Reina Valera Revisión 1960
de La Liga bíblica

Los Textos Paralelos y las Referencias están tomados de:

La Santa Biblia
Reina-Valera (1960)
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Versión 7.6.1
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Rick Meyers
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Los comentarios son tomados del libro:

Los Evangelios Explicados
Volumen Segundo, Mateo
J.C. C Ryle
Libros CLIE
Galvani, 115, Terrassa (Barcelona)

 

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